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Vol. 18. Núm. 2.
Páginas 81-82 (Abril - Junio 2017)
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Vol. 18. Núm. 2.
Páginas 81-82 (Abril - Junio 2017)
Editorial
DOI: 10.1016/j.edumed.2017.03.017
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La formación en valores del futuro médico
Training in values of the future doctor
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Rafael Pacheco Guevaraa,b
a Comité de Ética Asistencial, Hospital General Universitario Reina Sofía, Murcia, España
b Medicina Legal y Bioética, Universidad de Murcia, Murcia, España
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Desde la experiencia acumulada durante 35 años de docencia universitaria en disciplinas de tanto arraigo socio-sanitario como medicina legal y ética médica, quiero compartir algunas reflexiones acerca de lo ineludible que es, para los estudiantes de medicina, la asunción e interiorización de determinadas actitudes, como rasgos esenciales.

Respecto a lo relacionado con la potenciación de la posesión innata, adquisición o perfeccionamiento de sus aptitudes para el aprendizaje de conocimientos biológicos (genéticos, bioquímicos, fisiológicos, histológicos, etc.), habilidades diagnósticas (anamnesis, semiología, propedéutica) y destrezas terapéuticas (protocolos, guías clínicas, algoritmos prescriptores), ya existen acreditadas metodologías. Sin embargo, no ocurre lo mismo con el intangible universo de los valores éticos.

Siendo las actitudes tan importantes para la práctica médica como las aptitudes, ya que ambas conforman la competencia profesional, creo necesario efectuar un acercamiento crítico a la manera como las primeras se han venido enseñando en nuestras facultades de medicina.

Al estar tan inmersos en el protagonismo de las estructuras formales y los mecanismos funcionales, hemos ido menospreciando y relegando la importancia de lo inmaterial, que es todo lo que se sustenta en valores morales (de donde emanan las actitudes personales).

Nuestro quehacer profesional se objetiva en el acto médico, encuentro entre 2 personas, cada una de ellas con un rol bien definido: el paciente ha sufrido una pérdida (la enfermedad siempre lo es) y el médico dispone de formación reglada y capacidad resolutiva.

Sin confianza, el acto médico no es eficaz, y esta (la confianza) no se halla en la forma anatómica ni en la función fisiológica.

Desde siempre, hemos aceptado que la medicina responde al binomio arte-ciencia, sin detenernos a pensar que, mientras la ciencia se articula a través de una serie de aptitudes propiciadoras de sus hallazgos, el arte del médico se sustenta en un conjunto de actitudes. Unas y otras generan la correcta «praxis médica», consistente en el logro del diagnóstico más certero y la prescripción del más eficaz tratamiento, administrado con un exquisito trato: actitudes y aptitudes versus trato y tratamiento.

El resto de las dualidades médicas derivan de las anteriores: talento y talante, razón y emoción, saber y sabor, curación y cuidado, calidad y calidez, competencia y complicidad, conocimiento y acercamiento, destreza y entrega, información y comunicación, etc.

¿Cómo conseguir el auténtico convencimiento de los futuros galenos en el hecho consistente en que, sin unas comprometidas y acertadas actitudes, las mejores y más eficientes aptitudes pueden resultar estériles?

Hay que persuadir a los alumnos de que no basta con aquello de «etiopatogenia, diagnóstico, pronóstico y tratamiento». Además, es irrenunciable contar con unas nítidas nociones de bioética, antropología, psicología, sociología, comunicación, administración sanitaria, bioderecho y economía de la salud. No es preciso insistir en que la informática y el inglés, ya no son méritos sino requisitos.

Las mencionadas ciencias, todas ellas más cualitativas que cuantitativas, han de complementar a las que son básicas: genética, anatomía, bioquímica, histología, fisiología, farmacología, citología, microbiología, patología… Esas otras materias han sido minusvaloradas y ninguneadas.

El citado binomio «arte y ciencia» puede hoy considerarse superado por la nueva trilogía de la medicina: «arte, ciencia y tecnología», lo que amenaza, aún más, todo lo que no sea estrictamente medible.

… Y la realidad, con su tozudez, nos hace constatar diariamente que los pacientes demandan, antes que nada: interés, respeto, servicio, ayuda, cortesía, amabilidad, compasión, seguridad, confianza y esperanza… sin dejar de exigir competencia, adiestramiento, capacidad y un acertado tratamiento.

¿Es tan difícil proyectar a los alumnos un mensaje que armonice lo uno con lo otro?

Todo cuenta para perfilar al óptimo profesional: formación teórica, recorrido clínico, actualización, honestidad, compromiso, habilidad, intuición, experiencia, diligencia, etc. Pero antes, han debido asumirse una serie de valores capitales: dignidad, libertad, generosidad, altruismo, solidaridad, justicia, equidad, responsabilidad…

Conseguir un verdadero médico ha de ser mucho más que lograr un buen técnico de la medicina. Nuestra profesión siempre estuvo sacralizada y, aunque vivimos la era de la autonomía (lo que constituye un gran avance), nunca se debería perder ese halo «mágico» que siempre acompañó al «sanador», a quien la sociedad (antes la tribu) le otorga muchas prerrogativas (autoridad, poder y acceso a la privacidad e intimidad personal/familiar), convencida de su honradez: disponemos de licencia, a cambio de nuestra decencia.

Transmitir valores, no solo se logra incorporando al currículo académico la asignatura de bioética. Es preciso mucho más: conseguir que todos los profesores, previa identificación con los principios éticos básicos de nuestra sociedad y con los fundamentales deberes deontológicos de nuestra profesión, impregnemos de ellos el mensaje que les trasladamos, durante todo el itinerario académico.

Lo anterior sería más fácilmente alcanzable creando, reconociendo y apoyando, en todas nuestras facultades de ciencias sanitarias, formativos y útiles departamentos de humanidades médicas. Esa es mi propuesta.

Creo sinceramente que, afectados por la excesiva parcelación de las ciencias biológicas (herencia de los 2 anteriores siglos), parece que pretendiéramos formarles como «pluri-mini-especialistas» en todas y cada una de las ramas del saber médico y, tal vez por ello, les privamos de una necesaria visión, global y general, de la ciencia médica, la salud y la enfermedad.

Tiempo habrá para el logro de las especialidades, durante los años del posgrado-MIR.

La evidencia científica precisa de la conciencia humanista, siendo la una el complemento inexcusable de la otra. No generemos solo capaces «técnicos en medicina», persigamos conseguir buenos y compasivos médicos, para que después sean acreditados especialistas.

¡Sin ética, no es medicina!

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