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Rev Esp Patol 2017;50:69-71 - DOI: 10.1016/j.patol.2017.02.004
Editorial
Medio siglo de Patología con unas briznas de historia y autocrítica
Half a century of Patología with a smattering of history and self-criticism
Alberto Anaya
fundador de “PATOLOGÍA”

Respondiendo a la amable invitación del Prof. Mayayo, estas líneas pretenden, en primer lugar, rendir un homenaje a quienes como él han mantenido viva hasta ahora, es decir durante medio siglo, la que fue una modesta llama ofrendada a la cultura médica, que se encendió con el nombre a secas de Patología, con muy pocos medios propios, mucha suerte y una dosis superlativa de atrevimiento, en una época en que nadie, en este país, comprendía el significado universal de esta palabra. Muy pocos también entendían (fuera de la profesión médica) el nombre de Anatomía Patológica. Y casi nadie había oído jamás la palabra biopsia, aunque algo se usaba1.

Sobre la precariedad general de los años 60, los graves acontecimientos internacionales de la época, los indicios de cambio en España y la presencia en la escena pública de algunas personas animosas, capaces de mirar al futuro con esperanza, no se ha escrito todo lo que el tema merece, pero este no es tampoco el lugar para hacerlo, aunque se relacione mucho con cuanto ocurrió y nos afecta.

La fundación exitosa de la Clínica Puerta de Hierro2 preparó el terreno, antes inhabitable, para la existencia de «anatomía patológica» en los Hospitales del «Seguro» y, tras estos, en todos los demás. Pero, tal como había ocurrido en otras partes, no se hizo sin algunos grandes problemas3. Por ejemplo, entre nosotros, hubo que crear el sistema Residencial de Enseñanza posgraduada y con él dar sentido a la aparición legal de las especialidades médicas. Una indefinición parecida debió haber en EE. UU., algún tiempo, cuando uno de los mejores patólogos de la historia firmaba como profesor de Cirugía4.

Del milagroso nacimiento de Patología di cuenta en el Congreso de Cádiz, a instancias de su Presidente, el Prof. González Cámpora que amablemente me había invitado. Pero debo repetir, que, aparte de las imprevisibles circunstancias afortunadas en que ocurrió serendipia, que diría nuestro Director5, la clave, excepcional, fue la generosidad sin límites y el idealismo del Dr. García Peri, empresario editorial que, sin gasto alguno por nuestra parte, ni contrapartida alguna, puso toda su empresa a disposición de la Dirección de la Revista. El destino fue menos generoso con él y falleció, haciendo deporte, pocos años después. Sé que tuvo un cariño especial a esta aventura, y que habría celebrado con entusiasmo esta efeméride. Es, con buen motivo, uno de nuestros Socios de Honor.

Del segundo milagro, la supervivencia durante tanto tiempo de un medio de comunicación con ámbito tan restringido, y tan escaso en apoyos de todo tipo, hay personas con más autoridad que yo para hablar, porque han estado más tiempo a los mandos. Y además gran parte de los lectores tienen amplias colecciones que hablan por sí solas. Parece por tanto más razonable, aquí y ahora, afrontar las realidades del presente; y a la celebración de todo lo bueno ocurrido, añadir unas gotas de reflexión y autocrítica.

Según Talleyrand, «con las bayonetas, todo es posible, menos sentarse encima». Lo que se ha interpretado generalmente como que es poco razonable tener un poder y no usarlo. Los patólogos, que hemos tardado siglos en llegar a la clínica diaria, parecemos no habernos dado cuenta de la extraordinaria importancia que esto ha tenido y, quizá por ello, no hemos ocupado del todo, en todas partes, el lugar que a nuestra disciplina corresponde. El éxito de la Patología asistencial en España, que pocas personas conocedoras de las corrientes médicas osarían discutir, es la historia de un denodado quehacer colectivo en el que ya han dejado su huella varias generaciones. Pero este hecho real no se corresponde del todo con la influencia del patólogo en el hospital.

No se han cumplido las otras expectativas que animaban el primer desembarco en territorio hostil: las de que todo el mundo supiese que la Patología es la verdad última de cualquier proceso médico, tanto si es conocida, caso a caso, como si no. Es un bien intocable, cuando se conoce y muy deseado cuando aún no se conoce: el sólido cimiento en que se apoya el resto de la Medicina, la justificación total de su existencia, porque si la enfermedad no es conocida al límite de lo posible, ¿cómo, en el mundo de hoy, se justificaría el inmenso aparato terapéutico donde el peligro roza, a veces, el límite de lo permisible? ¿Podría iniciarse esa aventura sin un diagnóstico perfecto?

Si nuestra Patología fuese así, y todo el mundo lo percibiera de esa forma, ¿cómo sería posible que, de manera efectiva el hospital no gravitase constantemente sobre ella para cualquier asunto, de cualquier importancia? Por ejemplo, para controlar, de manera efectiva la alta calidad asistencial; para regir, de manera efectiva las comisiones de tumores, tejidos y mortalidad, para dar vida a las sesiones clínico-patológicas (cuya importancia puede medirse porque convirtieron al New England Journal of Medicine en universal, y modelo de las publicaciones sanitarias, solo por publicarlas todas las semanas desde 19246).

Esas cosas, que a algunos parecen secundarias y a otros caras en esfuerzo y baratas en resultados, son las que dan peso, en el hospital, a quien verdaderamente lo tiene. Para no decir nada de las autopsias, porque ya parece todo dicho, aunque no se ha hablado mucho de su calidad ni de su aprovechamiento. Pero aún cabe añadir que en un mundo que se interesa, hasta gastar millonadas, por fenómenos remotos e inasequibles, parece muy poco razonable que la autopsia, técnica barata, cercana e inmensamente fértil en sabiduría, fácilmente aprovechable, sea menospreciada. Humildemente creo que si los patólogos ocuparan todo ese territorio moral, que hoy minusvaloran, su posición en el hospital sería privilegiada y nadie tendría dudas sobre lo que representan.

Prueba de que por ahora no es así es que, no hace mucho, en esta misma Revista, un colega escribe un largo artículo para preguntar «¿qué es pathology7 Si esta pregunta puede hacerse hoy ¡y por un médico!, y si algunos políticos y empresarios de la sanidad piensan «externalizar» de los hospitales todos los laboratorios, incluyendo Patología, o parte de ella; o si se planea que un cierto estudio molecular, muy caro, pero que claramente corresponde a Patología, se haga por libre, algo ha estado mal concebido en el diseño del hospital, o los patólogos no hemos jugado bien las enormes bazas que tenemos en las manos.

Si las cosas están así, una dosis de autocrítica podría quizá contribuir a mejorarlas. Seamos realistas: las personas que tienen problemas serios de salud ya no buscan como hace siglos al gran curador, investido de poderes cuasiangélicos. La gente va al hospital, a la institución, que supone suficientemente articulada para alcanzar los mejores resultados posibles; confía, por ejemplo, en que el joven médico que los recibe en la puerta esté plenamente cualificado para hacer esa función y que, a partir de él, cada cual hará lo mejor que cabe hacer, porque los mecanismos íntimos de la casa lo garantizan. Y, en esencia espera ser diagnosticado con exactitud y tratado con los remedios apropiados. Pero lo que no sabe, ni tiene por qué, es que si su proceso resulta ser medianamente serio, no en todos, pero en la mayoría de los casos, el diagnóstico que condicionará su tratamiento (y con él todo su futuro) será de un patólogo.

Y no sabrá, ni tiene por qué, que hace algo más de medio siglo esa realidad no existía, sino que, aparte de laboriosas y largas exploraciones y tratamientos de prueba, se encauzaba el destino de cada paciente, como mejor se podía, se confiaba en haber acertado con el diagnóstico, intuitivo, que cabía hacer y se esperaba a ver los resultados; y eso era todo, o se volvía a empezar. La irrupción de la Patología en la medicina diaria es de ayer; y al día de hoy, asombrosamente, no existe aún en todas partes. Pero donde está, aporta un nivel de seguridad previa a las medidas ulteriores, que muy pocos actos trascendentes de la vida actual, pública o privada, pueden disfrutar, ya sea en fábricas, en laboratorios o en tráfico aéreo. Los pacientes no tienen por qué, pero hasta el último médico del hospital tiene que llevar escrito en cada neurona que lo que piensa un patólogo no es igual que lo que piensa otro médico cualquiera. Que sobre un enfermo el patólogo no opina sino que dictamina. Que su informe no es uno más entre los muchos de la historia clínica, sino el que cambia el destino del paciente, sólido, archivable como el material en que se basa, comprobable y final.

Esa entrada de la Patología en la clínica diaria es, con gran diferencia, el hecho más trascendente en sanidad, del siglo xx (antibióticos y «píldora» incluidos), y ha costado llegar a ella más de 4 siglos de trabajos y dudas y fracasos; y la incomprensible resistencia, que aún continúa, de quienes se niegan a extraer de ella todo lo mucho que aún puede dar de sí.

Patología es igual a certeza, sin olvidar naturalmente que nada en manos humanas es infalible (ni siquiera las máquinas infalibles hechas por humanos). Su certeza permite las terapéuticas más arriesgadas, y la unión de sus certezas hace la ciencia más sólida posible y la formación médica más eficaz. E, incluso, algo más importante aún: el peso de su indiscutible realidad da fuerza al diálogo permanente que, basado en ella, es la esencia viva del hospital (no sus muros ni su aparataje). La comunicación abierta en todo momento, apoyada en el cimiento de la Patología, es la clave de la buena medicina; para asuntos menores y para decisiones de alto nivel. Y el encuentro periódico (¡semanal, por lo menos!) de todos los profesionales, en grandes sesiones, da la medida del nivel de cada centro.

La sesión clínico-patológica, además de homenaje permanente a quienes pusieron las bases de esta disciplina, es la garantía de que la Medicina, desde su espléndido presente, está completamente abierta (al contrastar, públicamente, razonamiento y realidad) a cualquier cosa que el futuro pueda traer, y pone de manifiesto que los clínicos, que día a día, de forma admirable, se vuelcan en cuidar directamente a los enfermos, lo hacen sobre la base de los conocimientos seculares profundos, y las tecnologías de última hora, que conforman la materia que, con serenidad e independencia, maneja el patólogo. Sin ella todos los esfuerzos carecerían de base y todos los riesgos serían inadmisibles.

Tengo pocas esperanzas de que quienes hoy gobiernan los hospitales faciliten motu proprio estas actividades, a un nivel más allá del simbólico. Pero creo en el amor de los patólogos por su disciplina, que, definitivamente, no es tecnológica (ni como tal puede admitirse un solo minuto) sino profundamente intelectual, aunque, por supuesto use la mejor tecnología como instrumento. Por eso, y porque la razón está de su parte, confío en que en esta, que es la última batalla que falta por ganar, el triunfo caiga al final de su lado, y con él se haga mucho más visible el papel, rigurosamente único que desempeñan en la salud de sus conciudadanos.

Para terminar: la Anatomía Patológica hizo científica a la medicina con Benivieni y Morgagni, pero en varios siglos no logró ser útil a los pacientes, en cuanto individuos. El microscopio y los avances quirúrgicos, incluyendo asepsia y anestesia, permitieron las biopsias y estas acabaron por ser parte sustancial de la práctica diaria. No se trató de un mero avance, sino del momento exacto en que el mundo hospitalario cambió de raíz, de utilidad y de futuro. Es el 12 de octubre de la Medicina.

La Patología es la superdisciplina hospitalaria por excelencia, que engloba autopsias, biopsias y todo lo que intelectualmente permite el aprovechamiento de tan extraordinarias fuentes de conocimiento. Aprovecharla o no para el bien de la sociedad depende, al final, de los patólogos, que ya no son 131 como cuando salió el primer número de Patología sino 1.171, según el listado del último censo que yo publiqué, hace 15 años. Y que además, en vez de principiantes desorientados, como éramos entonces, tienen una muy sólida formación, magníficos departamentos con aparataje de primera calidad y laboratorios excelentes, hospitales magníficos, bibliotecas, una sanidad pujante, mucha sabiduría, como reflejan sus publicaciones, una Sociedad muy capaz de defender sus derechos y en ella, como un elemento más, ahora trascendente, la Revista Española de Patología, magníficamente editada y dirigida, viva durante medio siglo como fruto de un esfuerzo colectivo.

Y a su lado, para complementarla, o quizá para sustituirla, todo un mundo digital, que nos hace también en esto ciudadanos de la aldea global. Pero nadie ha dicho que estos adelantos sean incompatibles con el talento y menos aún que vayan a sustituirle. Solo nos falta ocupar más espacio moral en el hospital y, ni por asomo, pensar que puedan echarnos de él. De las técnicas cabría prescindir, del talento, no.

Bibliografía
1
V. Gilsanz,J.M. Alonso Barrera,A. Anaya
The renal biopsy in Wilson's disease
Arch Intern Medic., 105 (1960), pp. 758-761
2
A. Anaya
La Clínica Puerta de Hierro en la medicina y la patología españolas
Rev Esp Patol., 37 (2004), pp. 219-228
3
R.E. Fechner
The birth and evolution of American surgical pathology
Guiding the surgeon's hand. The history of American surgical pathology. American Registry of Pathology.,
4
A.P. Stout
Professor of surgery, Columbia tumors of the peripheral nervous system
Armed Forces Institute of Pathology, (1949)
5
E. Mayayo
Serendipia
Rev Esp Patol., 45 (2012), pp. 193-194
6
B.H. Castleman,R.H. Dudley
Clinicopathological conferences of the Massachusetts General Hospital, selected medical cases
Little, Brown and Co, (1960)
7
F.A. Navarro
¿Qué es exactamente pathology?
Rev Esp Patol., 46 (2013), pp. 158-161
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