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Vol. 50. Núm. 2.
Páginas 288-302 (Julio - Diciembre 2016)
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Vol. 50. Núm. 2.
Páginas 288-302 (Julio - Diciembre 2016)
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DOI: 10.1016/j.antro.2016.05.005
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Los “últimos” tlahmaquetl nahuas: continuidades e innovación en la Montaña de Guerrero, México
The last Tlahmaquetl Nahua: innovation and continuity in the Montaña of Guerrero, México
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Gregorio Serafino
Programa de Becas Posdoctorales, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, Circuito de la Investigación Científica, Ciudad Universitaria, Coyoacán, Ciudad de México, C.P. 04510, México
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Resumen

Para los nahuas de la Montaña de Guerrero, los tlahmaquetl o especialistas religiosos representan el centro de la vida ritual comunitaria y también son un eje de sus tradiciones culturales. Su función principal es celebrar los rituales relacionados con las lluvias de temporal y el cultivo del maíz, como la petición de lluvia y el agradecimiento a la cosecha. La importancia de estos ritos realizados por el grupo étnico nahua y otros que viven en la Montaña es central por su cosmovisión que sigue siendo relacionada con los trabajos del ciclo agrícola, en una región rural y montañosa con escasez de agua. El tlahmaquetl, que actúa a través de las plegarias y de las ofrendas, posee poderes sobrenaturales, es un intermediario entre los hombres y la naturaleza, capaz de medir las lluvias y rechazar las tormentas. El papel de estos especialistas religiosos en sus comunidades de origen está, sin duda, estrictamente ligado a la memoria colectiva del pueblo que a través de ella debe de enfrentar los nuevos retos de la modernidad y “resignificar” sus identidades, así como preservar sus principales características culturales mediante nuevos procesos de adaptación.

Palabras clave:
Especialistas rituales
Identidad
Nahuas
Agricultura
Etnografía
Abstract

For the nahuas of the Montaña in Guerrero, the tlahmaquetl or religious specialists represent the focal point of religious life. Their principal role is to celebrate rituals related to the rain or corn, like rain petitioning or the corn harvest thanksgiving. These rituals represent one of the most important offerings of the ritual cycle for the nahua people, in a rural and high region like theirs frequently affected by water scarcity. The tlahmaquetl, a figure with supernatural powers, has the role to mediate with prayers and offerings between men and nature, and he must be able to measure rains and to reject storms. His role is linked to the collective memory of the community by which its members have to face the challenges of modernity, opening ways to adapt while preserving their cultural identity.

Keywords:
Religious specialist
Identity
Nahuas
Agriculture
Ethnography
Texto completo
Introducción

En las comunidades indígenas campesinas sobreviven amplios rasgos de la sabiduría milenaria prehispánica originada desde la observación del medio-ambiente y del territorio (Broda, 2009). Así, el tlahmaquetl (sabio, rezandero) para los nahuas de la Montaña es el especialista ritual, el intermediario entre los dioses1 y los hombres que posee la extraordinaria habilidad de “hablar” con “entidades”, santos tutelares, “potencias” de la naturaleza (“aires”, vientos, nubes) que pertenecen a un mundo sobrenatural e inmaterial2. Conocer los ciclos naturales, la agricultura, la geografía y de consecuencia la meteorología resulta determinante para vivir de la tierra y en el medioambiente. Las prácticas locales de subsistencia han permitido la conservación de esta tradición mesoamericana, de los especialistas rituales indígenas que controlan el “tiempo” (Bonfil Batalla, 1968), es decir tienen las facultades de influir sobre la naturaleza y los eventos meteorológicos (Glockner, 1997, 2001; Mendoza, 1997). La función de estos especialistas en las comunidades de la Montaña, también llamados “sacerdotes”3 o “graniceros” según la tradición etnológica de los “ritualistas del rayo en México” (Lorente Fernández, 2009), es de celebrar los rituales más importantes del ciclo agrícola, como la petición de lluvia en honor a San Marcos –santo relacionado con el agua– alrededor del 25 de abril y el agradecimiento a la lluvia en septiembre, durante la fiesta de San Miguel y otros santos (San Nicolás, San Mateo)4. Los tlahmaquetl nahuas deben ser elegidos por predestinación (que se puede manifestar con un sueño, una aparición, el golpe de un rayo o revelarse en una habilidad) y son los únicos conocedores de un patrimonio cultural indígena trasmitido en su mayoría por vía oral5. Su principal tarea es pedir la lluvia necesaria para una buena cosecha y al mismo tiempo alejar el granizo, o sea los “malos aires”6 (Gómez Martínez, 2014, p.12), y también los eventos nefastos consecuencia del enojo de los dioses.

Pedir la lluvia es una tarea complicada, incluso puede ser peligrosa, ya que se deben instalar las ofrendas y rezar las plegarias de forma adecuada, en honor a los santos tutelares y a sus correspondientes prehispánicos. Como bien afirma Lupo a propósito de los huaves del Istmo: “Las lluvias fecundantes… sirven esencialmente para posibilitar la agricultura de temporal…, son por lo tanto indispensables, pero igualmente indispensable es que no sean excesivas para evitar los riesgos de posibles inundaciones” (Lupo, 2015, p. 89). En el caso de los nahuas de la Montaña el principal riesgo es evitar las temibles sequías que con frecuencia afectan el área y a causa del relieve, el calor y la falta de ríos casi no es posible practicar una agricultura que no sea de temporal. Los especialistas, además de representar el núcleo de la vida ritual agrícola, son interpelados para las decisiones más importantes del pueblo en varios ámbitos. Los tlahmaquetl también son curanderos, en la Montaña es muy difundida la práctica de curar “las sombras” (Dehouve, 2002; Lupo, 2009), y tienen muchas habilidades (guardar la memoria y las plegarias, controlar los fenómenos atmosféricos, hablar con los dioses, etcétera) que los caracterizan como habitantes distinguidos en sus comunidades, ya que “... los graniceros forman un grupo selecto, una corporación de escogidos. Para ser uno de ellos se requiere haber sido “llamado desde arriba”, “exigidos” para prestar servicio en la tierra a los poderes sobrenaturales que gobiernan el “tiempo” (Bonfil Batalla, 1968, p. 102).

No tan lejos de la costa sur occidental mexicana del Océano Pacífico, se ubica el territorio de la Montaña, en el Estado de Guerrero, con porciones limítrofes en los estados de Puebla y Oaxaca. Esta región se caracteriza por una compleja diversidad natural y cultural, en donde varios pueblos indígenas (nahuas, me¿phaa, na savi y amuzgos) comparten una vida común y procesos históricos semejantes, que en ocasiones también han sido conflictivos (Dehouve, 1995). Todo el vasto territorio de la Montaña es caracterizado por los altos picos de la Sierra Madre del Sur y Oriental que se alterna con pequeños valles accidentados; el clima es cálido de tipo subtropical, aún los relieves crean muchas diversidades y microclimas diferentes.

La labor de investigación aquí presentada se basa, en gran parte, precisamente en las enseñanzas de algunos tlahmaquetl conocidos durante el trabajo de campo en la región Montaña. Sin su permiso difícilmente habría obtenido la autorización del comisario (la autoridad principal de cada comunidad indígena en el suroeste de México), necesaria para asistir a los rituales sobre las cumbres de los cerros así como en las cuevas. Toda la información y los datos etnográficos provienen de un largo trabajo de campo que realicé entre 2009 y 2013 en varias comunidades nahuas de la misma región. La estrategia metodológica utilizada fue la combinación de la observación participante (en particular modo en los ritos) y la realización de entrevistas en profundidad7.

He desarrollado el trabajo en las comunidades nahuas de San Pedro Petlacala y Aquilpa en los alrededores del municipio de Tlapa de Comonfort (46 975 habitantes) de pequeñas dimensiones y con una población entre las 700 y 1 300 unidades. En ambas comunidades siguen vigentes los “usos y costumbres” del pueblo, o sea todo un conjunto de cargos y comisiones que cada ciudadano –hombre o mujer– debe cumplir de forma gratuita y obligatoria, a pesar de sus compromisos laborales. La vida cotidiana en las comunidades está caracterizada por actividades agrarias de tipo temporal de acuerdo con las lluvias (de junio a septiembre), donde figuran principalmente los cultivos bajo el sistema de la milpa (maíz, frijol, chile) y en menor parte comercio y ganadería. La población de la Montaña se caracteriza por desarrollarse desde épocas ancestrales alrededor de los ciclos del maíz que, con el tiempo, ha adquirido profundos significados simbólicos y es un elemento central de la religión. Este conjunto de elementos sociales asociados al clima, cálido y húmedo, en relación con las labores tradicionales en el campo ha sido definido como “ciclo agrícola” por Broda y Good Eshelman (2004) además de otros. Las precarias condiciones de vida, la fuerte inseguridad que padece todo el estado y la falta de infraestructuras básicas hacen que la Montaña siga siendo una región relativamente aislada y poco conocida. A pesar de ser el área indígena de mayor población de Guerrero, sujeta a fuertes migraciones rumbo al norte de México (Sonora, Sinaloa, etcétera) y Estados Unidos, persiste una fuerte densidad de población que se observa sobre todo cuando los migrantes retornan a sus lugares de origen para las celebraciones de las fiestas agrícolas, los santos tutelares y los muertos.

La importancia de este artículo radica en el estudio analítico de los tlahmaquetl, protagonistas de los rígidos protocolos rituales que aún se realizan en la Montaña, entre sus características y connotaciones. Sin embargo, las comunidades indígenas de México son, cada día más, llamadas a enfrentarse con una actualidad en profunda y rápida transformación, que concierne también a las prácticas rituales y las tradiciones, a veces en forma amenazadora. En el trabajo de campo, el autor fue testigo del fuerte proceso de innovación con el cual tuvo que confrontarse la comunidad de San Pedro Petlacala, a causa de la pérdida de su viejo especialista ritual, Don José.

De tlahmaquetl o especialistas rituales

El tlahmaquetl de las comunidades nahuas de la Montaña se caracteriza no solo por ser un especialista a la orden de su pueblo originario, sino por incorporar sobre todo un “don”, una vocación, que permite presagiar el tiempo y “dominar” (quizá sería más justo utilizar la palabra “condicionar”), los elementos de la naturaleza. Estas características, “el “don”, la “potestad” o poder para controlar los fenómenos atmosféricos” (Albores, 1997, p. 387), son comunes también entre los “graniceros” del Altiplano Central como bien señalan varios autores (Broda, 1997; Broda y Báez-Jorge, 2001; Lorente Fernández, 2009). Las cualidades del tlahmaquetl, que pueden ser tanto adquiridas como congénitas, lo vuelven un punto de referencia esencial y una de las principales autoridades comunitarias. Es una persona con mucho poder, un “sacerdote”, en la expresión indígena, con facultades extrahumanas, con propiedades liminales porque puede cruzar las fronteras entre el mundo humano y aquel sagrado (López Austin, 1967). Por estas razones es sin duda el sujeto más representativo, aquel que incorpora en una sola persona los valores de la antigua tradición cultural junto a los de la identidad colectiva: el tlahmaquetl presta servicio por toda su vida mientras las fuerzas no lo abandonen, volviéndose un icono por el grupo social de pertenencia. En primer lugar, exhibe facultades intelectuales y habilidades gnoseológicas extraordinarias: no es un orador que se limita a rezar de memoria textos del evangelio, como los “cantores” (oradores) católicos que también encontramos en las comunidades indígenas, sino conoce profundamente la lengua nativa en sus numerosas variantes simbólicas y rituales. Mantiene una “polivalencia simbólica” (Bravo, 1997, p. 375) por su característica de mediador entre la comunidad y el mundo sobrenatural y también por su papel social dirigido al bienestar del pueblo.

El vocablo náhuatl tlahmaquetl (tla-[i]-hmati) significa “preparar las cosas” o “dar los nombres, nombrar”8: tlamah (plur. tlahmatqueh) o tlahmatqui (desde el cual proviene la variante dialectal de la zona de Tlapa tlahmaquetl) se puede traducir con “el que prepara las cosas”. Los especialistas rituales también son conocidos con otros términos que se diferencian de lugar en lugar y provienen de un lenguaje común: “sabios olvidados”9, “rezanderos”, “curanderos”. Según el vocabulario náhuatl de Alexis Wimmer, ihmati quiere decir también “despacio, con orden, con prudencia”8, es decir adjetivos que caracterizan la forma de trabajar del tlahmaquetl, ya que se distingue por su prudencia y sabiduría al cuidar de la ofrenda y rezar las plegarias. En otras regiones indígenas, como por ejemplo la Huasteca veracruzana10, existen figuras análogas, los “tlamatineh” (Gómez Martínez, 2002) que se preocupan por asegurar “el bienestar, la salud, los alimentos” (Gómez Martínez, 2014, p. 2) o los “quicazcles” y “ahuizote” en el Estado de México (Albores, 1997; Bravo, 1997).

Aprender el enunciado ritual de las plegarias en náhuatl exclusivamente por vías orales, además de un lenguaje no verbal sino corporal y material, significa ser un guardián de los mismos “fundamentos de la identidad” de la memoria colectiva de un grupo comunitario, que son peculiares en la historia de cada pueblo originario (Oudijk, 2002). Por estas razones el tlahmaquetl no elige ser tlahmaquetl y tampoco servir a la colectividad por toda su vida, al contrario es “predestinado” y “señalado”, por vocación o iniciación, desde su precursor. La vida del tlahmaquetl es muy difícil porque es totalmente dedicada a la reflexión, a la oración y a la devoción. Es un “nahua-hablante” (Bonilla Manzano, 1986) en grado de pronunciar oraciones de un alto nivel conceptual y poético, muy bellas y ricas metáforas, cada una corresponde a un sitio geográfico (un cerro, una cueva, etcétera) de culto diferente y a un momento distinto del ritual. La plegaria es más bien, utilizando las palabras del mismo tlahmaquetl de San Pedro Petlacala, un “encuentro” o un “debate” entre el especialista y el interlocutor divino. Además de ser un intermediario y “manejar las fuerzas de la naturaleza”, un buen tlahmaquetl debe conducir una vida digna y sencilla, ejemplar por la comunidad: su esfuerzo no es remunerado (a excepción de pequeñas donaciones) y cuando se acaban las funciones (religiosas) debe atender su familia y respaldar sus necesidades, como cualquier habitante comunitario. Mientras “trabaja” en los rituales, debe practicar el ayuno desde unos días antes para reforzar el espíritu y favorecer el vínculo con una dimensión sobrehumana. Por otro lado, debe permanecer en postura erecta durante muchas horas (incluso días, sin dormir o arrodillarse, mientras pronuncia las plegarias por las ofrendas y por el ritual del presente, en el cual el especialista ofrenda comida y bienes (cigarros, dinero, semillas de maíz, etcétera) a San Marcos por parte de la comunidad (Serafino, 2014).

La memoria y el paso del tiempo: Don José

Para los pueblos originarios de la Montaña el papel del tlahmaquetl o de los sabios es aún hoy en día de fundamental importancia para la supervivencia cultural y de las tradiciones de toda el área indígena guerrerense. Este territorio ha sido tradicionalmente poco considerado a nivel académico y sigue despertando poco interés. Esta situación, además de los problemas estructurales que afectan la región (pobreza extrema, falta de infraestructura, escasa educación, etcétera) ha empeorado en tiempos recientes por las trágicas afectaciones causadas por la depresión tropical “Manuel” (septiembre 2013). Este evento meteorológico ha provocado inundaciones, causado deslaves y derrumbes que han sepultados pueblos, viviendas, cultivos y ahora amenazan en forma grave la supervivencia de los pueblos originarios. Los tlahmaquetl, los rituales de petición de lluvia y de agradecimiento, y más en general los rasgos culturales de esta zona representan un patrimonio colectivo que debe de ser defendido y valorado y ahora necesita una vez más el apoyo y la ayuda de todos (fig. 1).

Figura 1.

Don José, tlahmaquetl de la comunidad de San Pedro Petlacala hasta el año 2010.

(0,34MB).

El tlahmaquetl de la comunidad de San Pedro Petlacala ha sido hasta el 2010 Don José11, un anciano monolingüe de baja estatura con el aspecto muy cansado. De aproximadamente unos setenta años de edad, quizás algunos más, ha servido a la comunidad con diligencia y profesionalismo desde los años 50 del siglo pasado sin nunca pedir nada a cambio y por lo tanto los habitantes le tienen un profundo respeto y una fuerte reverencia. Por cinco décadas ha celebrado el ritual del presente, el “novenario” (chiknahui)12, el depósito ritual13 y ha sido el protagonista indiscutible de la petición de lluvia de San Pedro Petlacala. Su fama de buen tlahmaquetl muy pronto ha superado los límites de la comunidad para propagarse en muchas localidades de la Montaña: es opinión común que solo gracias a su minucioso trabajo nunca han faltado las lluvias, y también en épocas de sequías la cosecha de maíz siempre ha sido productiva. Don José ha sido obligado a renunciar a su cargo después de una gravísima enfermedad que lo ha vuelto progresivamente sordo y ciego. En realidad el trabajo del tlahmaquetl es pesado y puede afectar la salud a causa de los continuos ayunos y del notable esfuerzo físico necesario a la ejecución del ritual; a este se añaden las largas peregrinaciones, además del duro trabajo en los cultivos, y, sin duda, las numerosas borracheras rituales que caracterizan la petición de lluvia. Don José ha sido, según la opinión de varios habitantes de Petlacala, un tlahmaquetl muy virtuoso, hábil en “medir” los fenómenos de la naturaleza, especialmente las lluvias, y con un arte oratorio muy fino. Su capacidad expresiva en náhuatl es ilimitada, riquísima de figuras estilísticas como metáfora, paralelismo y sinécdoque que remiten a tiempos lejanos, cuando la evolución semántica de la lengua más hablada en el centro de Mesoamérica había alcanzado el apogeo artístico, filosófico y poético (Lupo, 1995; Dehouve, 2011). La última entrevista con Don José es de marzo del año 2010, periodo en el cual, ya ciego y profundamente agotado por la enfermedad, me concedió en forma extraordinaria una entrevista en la intimidad de su habitación. En aquella ocasión tuve la oportunidad de registrar integralmente una de las plegarias rituales (Serafino, en prensa) que según la tradición se pronuncian en la cima del Cerro Petlacaltepetl, en el territorio de San Pedro Petlacala, en los días de petición de lluvia. El tlahmaquetl se encontraba de mal humor, con dificultades en el habla, causadas por la grave enfermedad que lo consumía. Su esposa, que lo cuidaba incansable, fue la intérprete y también traductora de sus respuestas a mis preguntas. Aunque Don José ya en el mes de marzo del año 2010 se cansaba muy fácilmente, demostró una extraordinaria habilidad en pronunciar la plegaria, como si todas sus energías se hubieran reunido por aquel evento especial. Transcribo un fragmento de la entrevista a Don José:

“Mi maestro, se llama don Guadalupe. Me metí como mayor, anda llevando esta flor de ahuehuete, allá llegó, andaba yo borracho, andaba yo en la calle. Un día me dijo: –me vas a ayudar en el cerro, allá en el cerro se bebe mucha aguardiente, te voy a dar. Un, dos, tres, cuatro, cinco botellas de aguardiente, por una semana vas a andar borracho–. Ahí se mete uno aguardiente, ahí. Allá no se va a comprar, pensaba yo, borracho, ¡ya no tengo que comprar! Me dan aguardiente allá (en el cerro). Ahí se quedó, me fui al cerro, me emborracho. Pero yo andaba diario borracho, y nomás así pues, oyendo cómo le dice y cómo le entrega el presente, adonde. Y después fuimos; ya no me habló (Don Guadalupe). Cuando vamos en el cerro vas a presentar mi vela, yo me voy a sentar por ahí, nada más voy a oír, ¿si no pasas aquí, porque aquí no hablaste...? Fuimos, me fui a rezar en el cerro, nada más cinco vueltas le dimos, y cinco vueltas salió bueno. Ahora sí, te quedas aquí. Yo mero me voy a morir... Y después hablaron sus hijos, tenían sus hijos, su papá se murió. ¿Quién va al cerro? Ay, nosotros no sabemos, (tú) háblale al que andaba llevando, este sí, nosotros no nos comprometemos con esto. Así, comisario y pueblo para ir al cerro, yo estoy sirviendo, y de veras pues, me enseñó. Nunca cae el agua, nunca cae el agua, y nunca cae el granizo. Allá donde quieren los cerros caen granizo, donde hay buen se cae granizo, pero aquí no, se cae el agua; nunca, nunca se cae granizo. Hasta por ahora, ahora sí, ¿quién va a ir al cerro? Hasta aquí no más, ahora sí ya no me comprometo, ya no veo, ya no oigo…”14.

Don José relata de sus primeras experiencias de iniciación a la particular profesión de tlahmaquetl: poco a poco empezó a ser el fiel ayudante del precedente especialista de San Pedro Petlacala, Don Guadalupe, sin darse cuenta. En busca de trabajo, intrigado por esta figura “mágica”, y fascinado por la posibilidad de beber aguardiente sin pagar, Don José pronto se volvió la sombra fiel de Don Guadalupe: asistía a todas las ceremonias, lo acompañaba sobre los cerros y escuchaba atentamente sus preceptos. Originario de San Miguel Chiepetlán, un pequeño pueblo en los alrededores de Petlacala, Don José era el único, según él, inconsciente, discípulo del tlahmaquetl que después de muchas borracheras rituales había aprendido a rezar las plegarias necesarias a la ceremonia de petición de lluvia. El relato del especialista continúa hasta el día en el cual Don Guadalupe le comunica de no estar más en condición de subir al cerro para rezar a las velas.

Después de la muerte de Don Guadalupe nadie, con excepción de Don José, tenía la menor idea sobre cuáles serían los espacios sagrados, los ritos y las plegarias necesarias para celebrar el ritual de petición de lluvia. El comisario de aquellos tiempos, preocupado por la sucesión, pidió a los hijos de Don Guadalupe tomar el lugar del padre. La respuesta fue: “no somos capaces”; pero indicaron al comisario un joven, al parecer adicto al aguardiente, que solía acompañar a Don Guadalupe y, con suerte, había aprendido todo. Don José afirma “de veras pues, me enseñó”, en otras palabras recuerda exactamente su estupor inicial cuando, comisionado como nuevo tlahmaquetl de la comunidad, se dio cuenta por primera vez que era en grado de practicar el ritual por sí solo y, sobre todo, que sus plegarias tenían el efecto esperado. Por muchos años en San Pedro Petlacala no ha caído el granizo, los cultivos siempre han sido bien remojados por las lluvias de temporada y han asegurado prosperidad al pueblo, por lo menos hasta la fecha.

Este testimonio sintetiza muy bien algunos de los aspectos principales del pensamiento del “último” tlahmaquetl de Petlacala. Su caso es un buen ejemplo de cómo, a su decir, haya sido elegido e iniciado en este delicado oficio sin aparentemente ser consciente de ello. La literatura etnográfica mesoamericana reporta numerosos ejemplos de iniciación de especialistas rituales en diversas regiones y grupos indígenas heterogéneos, tanto de tipo individual como en grupos de discípulos (Bonfil Batalla, 1968; Glockner, 1997, 2001, 2009; Gómez Martínez, 2002; Dehouve, 2007; Barrera Hernández, 2008). En todos los casos el tlahmaquetl es una figura de fundamental importancia por la reproducción social comunitaria, artífice de aquella “reinterpretación simbólica” (Bartolomé y Barabas, 1982, p. 34 y pp. 138-139) que ha asegurado por siglos el persistir del equilibrio en la comunidad (fig. 2).

Figura 2.

Don Pepe, tlahmaquetl de la comunidad de Aquilpa.

(0,25MB).
Don Pepe, el tlahmaquetl de Aquilpa

En la cercana comunidad de Aquilpa, que pertenece al municipio de Tlapa de Comonfort y es muy arraigada a sus tradiciones, se encuentra la jovial personalidad del tlahmaquetl Don Pepe15, que todavía se dedica16, incansable, a su singular profesión con una dedicación sin igual. Don Pepe, con unos setenta años de edad, es un señor en gran forma y sigue siendo desde mucho tiempo, los años 60 del siglo pasado, el tlahmaquetl o “representante del cerro”, como le gusta llamarse, de su pueblo y nunca ha tenido un discípulo. Año con año, se encamina en “peregrinaje” a los principales santuarios de Aquilpa, la cueva llamada Aquiltepetl, una barranca y un manantial que forman el “paisaje ritual” (Broda, Iwaniszewski y Montero, 2001) de la comunidad. Don Pepe además es coetáneo de Don José, con el cual ha condividido las enseñanzas del mismo maestro, Don Guadalupe17. Gracias a la cercanía entre las dos comunidades, he tenido la posibilidad de entrar en confidencia con el tlahmaquetl de Aquilpa y de discutir sobre las características del ritual del presente.

“Hay mucho para presentar. Pollo, para presentar guajolote, para presentar chivo, aguardiente, cigarro, todo...se le presenta y se le entrega, por esto dice. Tú vas allá con tu necesidad, con tu gente, con toda(s) autoridad(es) que van. Tú como representante vas a pedir todo para ellos todo, no nomás para ti. Vas a ayunar, no vas a agarrar la comida que estás entregando. Yo voy, entrego toda la comida, todo el presente que hay. Yo entrego para ellos, por los grandes, por los cerros, los principales grandes volcanes, lejos pues...Tienen sus nombres, se nombran todos. Como principal se junta todo en la mesa, allí están los ídolos. Les doy presente, les entrego presente, todo lo que llevan, entrego todo. De lo que yo entrego no puedo agarrar ni un pedazo, yo debo entregar, agarran otros señores. Cuando ya pasó (el ritual) sí, pero después. Yo me aguanto, dos días, no como nada. Por eso ahorita que ya ha pasado el tiempo, como que ya no aguanto pues, me quiero desmayar; ya se acabó la fuerza. Cuando yo era joven todavía aguantaba, ni agua, ni nada. Y ahora sí, el casero o el comisario piensan en mí y entonces me llevan un cafecito, nada más. Pero aparte, un pancito (pequeño pan), pero aparte, no allá”18.

Don Pepe explica cómo existen muchas variantes del mismo ritual, el presente, cada una con una análoga estructura y con características específicas que dependen del objeto que se ofrenda. El tlahmaquetl no pronuncia las fórmulas necesarias por él mismo sino para la colectividad: trabaja de manera paralela en los individuos como en el grupo, implorando al mismo tiempo beneficios para cada persona y por el pueblo. La performance ritual se compone de diferentes prácticas simbólicas estructuradas que tienden a reforzar el grupo en función de las posibilidades económicas de cada uno. El tlahmaquetl repite con determinación sus plegarias en honor de los dioses, las entidades de la naturaleza –como los cerros o los grandes volcanes– y también los espíritus “invisibles” de los ancestros, los míticos fundadores de la comunidad. De todo lo que ofrece a San Marcos, entidad sobrenatural que vive en las cuevas y en los cerros, el tlahmaquetl no puede comer nada, ni un pedacito de pan y debe respetar los estrictos protocolos necesarios para realizar un ritual. Según Don Pepe el ayuno y la abstinencia sexual que es necesario respetar por todo el mes de abril, cuando se celebra el ritual, son las principales razones por las cuales ningún joven desea “aprender” este especial trabajo.

“No, ya está trabajoso. Yo le digo: ¡aprendan! Vienen en la tarde y le digo así y así, pero no quieren pues... Le digo así, pero van a cumplir porque tienen que aguantar. Si ahorita vas a aprender todo, quieres aprender todo vas a ayunar hasta que aprenda todo. No vas a pasear con la mujer ni vas a dormir con la mujer… ¡no! Vas a ayunar para que aprenda, para que sirva pues... es delicado pues. Que te gusta te gusta (la mujer) pero sí, aguanta pues, porque si no te puede castigar tú, son delicados ellos (las entidades). Estos están muy delicados los ángeles ¡porque ellos trabajan en el tiempo!”19.

Las nuevas generaciones no están suficientemente disponibles para aguantar el cansancio y las renuncias establecidas desde este “particular” sacerdocio. Aún así, Don Pepe a causa de su respetable edad quisiera instruir un joven en la esperanza que tenga las cualidades por convertirse en el nuevo tlahmaquetl de Aquilpa. El trabajo del tlahmaquetl no es solo caracterizado por la abstinencia y los sacrificios; son necesarios, además de la predisposición, un gran valor y una renovada aptitud a confrontarse con los elementos o “espíritus” (“abogados, angelitos, ídolos”20) que pertenecen a un ámbito no humano. Se trata, como correctamente explica Don Pepe, de un trabajo peligroso: no es posible desviarse de los preceptos como la abstinencia sexual o el ayuno, con la consecuencia de provocar las iras de las “potencias”. Esta perversa posibilidad tendría en primer lugar el efecto de invalidar la “hierofanía” –utilizando un término de Eliade (1989)– expresada por la performance ritual, poniendo en riesgo la llegada de las lluvias y la prosperidad de la comunidad; además podría ser amenazada la misma integridad del especialista. “Trabajar en el tiempo” (Bonfil Batalla, 1968) donde con el término “tiempo” se entiende en general como los fenómenos atmosféricos, es una tarea delicada y peligrosa.

El tlahmaquetl cuando reza las antiguas fórmulas en náhuatl se refiere simultáneamente a divinidades o “potencias” que pertenecen tanto al ámbito de las religiones prehispánicas mexicanas como a aquellas de las culturas europeas católico-cristianas. “Santos milagrosos”, “abogados” y “San Marcos” acompañan las plegarias en las diferentes etapas de la petición de lluvia. Con el término “abogados” el especialista se refiere a los santos protectores festejados en la región mientras que con la palabra “angelitos” a los ángeles custodios. Según un mito popular en la región nahua de la Montaña estos últimos son considerados los artífices del viento porque con su aliento mueven incesantemente el aire: el viento de otro lado transporta las nubes cargadas de lluvia hasta las áridas estepas de la zona desde quién sabe cuál remoto rincón del mundo. De acuerdo con el mito, los “angelitos” tienen mucha responsabilidad para provocar las lluvias e influir en el tiempo atmosférico; por eso deben de ser agradecidos en el ritual. Si la potencia “principal” es San Marcos, todas las demás “divinidades” nombradas por el tlahmaquetl son también esenciales para el buen éxito de un ritual propiciatorio y deben ser adecuadamente reverenciadas21.

El maestro de Don Pepe fue Don Guadalupue, el mismo precursor de Don José de San Pedro Petlacala, recordado por muchos como un gran “sacerdote”, muy respetado y popular en toda la región. La coincidencia de la figura de Don Guadalupe en los relatos de ambos tlahmaquetl sugiere que las dos comunidades, Aquilpa y Petlacala, estén correlacionadas ya desde largo tiempo. También es posible que en algunos casos específicos los pueblos indígenas intercambien los especialistas religiosos, como una particular forma de apoyo, frente a necesidades reales y sin otras posibles alternativas. Don Pepe sostiene además la existencia de un texto escrito, hoy irremediablemente extraviado a causa de las negligencias de uno de los hijos de Don Guadalupe, en el cual habrían sido documentadas plegarias y prácticas rituales necesarias por el trabajo del tlahmaquetl. Aunque en general, las plegarias en náhuatl sean divulgadas por vía oral, no se puede descartar que algún especialista haya decidido escribir sus experiencias y sus conocimientos en cuanto a la realización de las ceremonias de petición de lluvia.

El último tlahmaquetl de Petlacala: innovación y continuidades

Don José en el 2009 participó en su último ritual de petición de lluvia, cuando sus condiciones de salud ya muy precarias lo obligaron a descender del Cerro Petlacaltepetl a lomo de mula. Desde este momento toda la comunidad de San Pedro Petlacala, a mayor razón el comisario, fue obligada a enfrentarse con una nueva y dura realidad: el tlahmaquetl, anciano y dolorido, ya no estaba más en condiciones de desempeñar su tarea y, además, no existía un sucesor. Nadie, antes de ese fatídico momento, se había preguntado cuál era el estado de salud del principal especialista religioso, la figura más representativa del pueblo, y tampoco se había hecho preguntas sobre cómo celebrar el próximo 25 de abril. Sin soluciones posibles ha sido necesario encontrar un escamotage para colmar el gran vacío dejado por Don José. En el año del 2010, el ritual se llevó a cabo regularmente, aunque entre mil divergencias respeto al año anterior; sin embargo el tlahmaquetl fue otro. La colectividad de San Pedro Petlacala obligada a enfrentar un nuevo problema consideró que no era posible renunciar a uno de los momentos más importantes del ciclo agrícola y representativo de su específica identidad y reproducción simbólica. En la improbable eventualidad de encontrar un auténtico tlahmaquetl nahua-hablante y aún menos conocedor de las antiguas plegarias, se ha optado por seguir celebrando el ritual, con la esperanza de que siguiera siendo eficaz. El nuevo tlahmaquetl fue identificado, aunque según algunos solo en forma temporal, en la persona de Don Juan22, hombre de cuarenta años originario de Petlacala. La comunidad ha sido obligada a organizarse de nuevo, a pesar de los hechos, sin contar con un heredero “natural”, comprobando una inédita falta de vocación al oficio del tlahmaquetl en las nuevas generaciones y tratando de emular las antiguas prácticas dictadas por la costumbre. Don Juan ha sido nombrado por el comisario de Petlacala el nuevo tlahmaquetl a causa de su afinidad con la religión, aunque no sepa hablar náhuatl y obviamente tampoco rezar las plegarias. El nuevo especialista proviene de una escuela cristiana, es decir, en la juventud estudió en el seminario de la ciudad de Cuautla, en el Estado de Morelos, optando finalmente por los vestuarios civiles. Esta particular característica ha sido en cierto modo interpretada por los habitantes como una especie de vocación a la ocupación del tlahmaquetl o, por lo menos, como un estado de predisposición.

Aunque la decisión del comisario ha sido influenciada por la necesidad, pienso que este caso es un buen ejemplo para observar cómo son abordados los temas religiosos en un contexto indígena caracterizado por la vida rural, según una perspectiva “local”. Los ritos de petición de lluvia se inscriben en un marco de congénita propensión a una vida litúrgica común, con raíces en un mundo indígena prehispánico anterior a lo cristiano. En San Pedro Petlacala esta “religiosidad popular” (Báez-Jorge, 1994) se caracteriza por un sentido de mutuo socorro muy fuerte, casi ostentado, que de alguna manera ha reforzado la identidad del grupo. Los actuales habitantes no han tenido ninguna duda en sustituir una personalidad arraigada en la antigua tradición como el tlahmaquetl Don José, con un seminarista desinformado de los principales preceptos culturales del “sacerdocio” indígena. En la posición de perder una figura tan importante por el ritual de petición de lluvia, se decidió por un compromiso.

Don Juan, apasionado estudioso de las Sagradas Escrituras ha sustituido las plegarias en náhuatl con algunas composiciones tomadas en préstamo por las liturgias católicas, tratando de respetar las directivas del anterior tlahmaquetl por lo menos en los tiempos rituales y en los lugares sagrados. Si en la actualidad ya no es posible escuchar las plegarias en náhuatl, la ofrenda y el ritual siguen iguales a como lo hacía Don José hasta el 2009 gracias a las mujeres popochtlamatzin23 especialistas rituales coetáneas del viejo especialista. Las sabias popochtlamatzin o “mujeres auxiliares” (Villela Flores, 2008, p. 125) ayudan por costumbre al tlahmaquetl en la organización de la ofrenda: gracias a su esfuerzo en guiar Don Juan, la petición de lluvia en Petlacala no ha perdido su significado simbólico ni su eficacia ritual. Han sido las ancianas señoras quienes explicaron a Don Juan cómo seguir correctamente el itinerario ritual, los sitios donde organizar las ofrendas, los espacios donde rezar, etcétera. La comunidad, sin duda, ha sido obligada a acostumbrarse al nuevo tlahmaquetl y a sus inusuales oraciones en español inspiradas en las escrituras bíblicas y tomadas en préstamo. El descontento es todavía difuso y muchas son las opiniones en desacuerdo, preocupadas de que un cambio tan drástico y repentino pueda tener en el tiempo repercusiones negativas, que es bueno recordar, hasta ahora no se han producido.

El ritual de petición de lluvia en el 2010, el primero sin Don José, como en los años siguientes, se ha celebrado normalmente en los tiempos y espacios establecidos. Don Juan se integró más y se ha vuelto más consciente de su papel a disposición de la comunidad, aunque las diferencias con su predecesor sean claras y fuerte sea la preocupación por la pérdida de un inmenso patrimonio cultural, con las raíces en una época prehispánica, que representa la ausencia del “último” verdadero tlahmaquetl de San Pedro Petlacala. Las últimas palabras de Don José representan casi un aviso para las nuevas generaciones, en su opinión siempre menos interesadas en cuidar las antiguas tradiciones:

“Yo le decía al comisario: –comisario métele uno que me va a ayudar!– Pero no quiso. Ahora van, trae un hombre por ahí, por su pueblo... con dinero. Hasta ahí llego, pero yo no gano, yo voy pidiendo cosas que van a comer. Aquí en el pueblo voy en el cerro. Yo no gano, pero sí hay que comer. Ahora sí ya lo tiene lo que quieres”24.

Conflicto de intereses

El autor declara no tener ningún conflicto de intereses.

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La revisión por pares es responsabilidad de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Como en muchos otros contextos etnológicos, “los fenómenos celestes capaces de destrucción y productores de vida como el rayo, el granizo, el viento y el huracán, son claramente reconocidos como seres divinos de gran poder” (Aviña, 1997, p. 292). Según los nahuas de La Montaña una entidad con poder de influenciar la naturaleza que vive en las cuevas y en los cerros es sagrada y tiene una estricta relación con los elementos naturales (lluvia, agua, viento, tierra, etcétera). Como se sabe, hay muchas relaciones de continuidades (también de rupturas) entre los dioses de origen prehispánico asociados al ciclo agrícola (Tlalóc, Tezcaltipoca, etcétera) y los santos tutelares (San Marcos, San Miguel). Aún no se desarrollan en este artículo, existe en la mentalidad popular de los nahuas de La Montaña una identificación entre el viejo Dios Tlalóc y el actual San Marcos (Serafino, 2014).

Los términos entre comillas han sido escuchados y grabados directamente en el trabajo de campo por el autor. Dehouve también reporta entre los tlapanecos el término “potencias” (2007). Los datos etnográficos provienen de varias comunidades nahuas en la región de La Montaña, Guerrero (2013-2015).

Dato etnográfico grabado en el campo, región de La Montaña, Guerrero (2013-2015).

Para ulteriores informaciones sobre la relación de los santos tutelares (San Marcos, San miguel, etcétera) con el ciclo agrícola de las comunidades nahuas de La Montaña véanse estos dos artículos recientes de mi autoría (Serafino, 2014, 2015): “La comida Ritual de los nahuas de San Pedro Petlacala por la petición de lluvia”, “La fiesta de san Miguel en La Montaña nahua de Guerrero”.

Sobre la oralidad y las plegarias rituales en la comunidad de Petlacala, Gro. Véase (Serafino, en prensa).

Entre los especialistas nahuas de La Montaña los términos “malos aires” o también “los aires” se utilizan tanto en las plegarias rituales como en el lenguaje común para referirse a los númenes, buenos y malos (Serafino, 2015,p. 226). Esta característica ambivalencia, la dualidad benigno/malignos de los “aires”, también se encuentra entre los nahuas de Veracruz, Morelos y otras regiones (Juárez Becerril, 2013).

Actualmente estoy dando seguimiento y profundización a este trabajo con un nuevo proyecto “La fiesta de San Miguel en las comunidades nahua de La Montaña de Guerrero” que se preocupa en primer lugar por rescatar datos etnográficos sobre las fiestas que caracterizan el mes de septiembre y octubre y que son dedicadas al nuevo maíz y a la cosecha.

Alexis Wimmer. Dictionnaire de la langue Nahuatl Classique. [online] Disponible en: http://sites.estvideo.net/malinal/

Abel Barrera Hernández. Comunicación personal.

Para más informaciones sobre las regiones de México donde siguen activos los especialistas ver Lorente Fernández (2009).

Por razones de deontología no se utiliza el nombre verdadero.

Rito nocturno que pertenece al conjunto de la petición de lluvia y se caracteriza por ser practicado por nueves noches consecutivas.

Ocupo el término “depósito ritual” definido por Dehouve (2007, 2013) a causa de las múltiples similitudes entre la ofrenda nahua con el depósito ritual tlapaneco. Creo que se puede ocupar este término también en el contexto nahua, sin embargo hay diferencias importantes, como por ejemplo la ausencia de los manojos y otros elementos.

Entrevista al Tlahmáquetl de Petlacala del 19/03/2010.

Por razones de deontología no se utiliza el nombre verdadero.

Por lo menos hasta el 2013.

Don Pepe siempre dijo de conocer personalmente a Don José y a Don Guadalupe. Sin embargo Don José, según él, sería el único discípulo de Don Guadalupe.

Video entrevista al tlahmaquetl de Aquilpa del 19/04/2010.

Video entrevista al tlahmaquetl de Aquilpa del 19/04/2010.

“Abogados” y “angelitos” son términos de uso común en las comunidades estudiadas. Los “ídolos” son pequeñas piedras antropomorfas que forman parte de los objetos sagrados del pueblo.

El mito de los “angelitos” ha sido recopilado en una precedente temporada de campo en la región por el autor.

Por razones de deontología no se utiliza el nombre verdadero.

“Mujeres que sahúman”. La palabra náhuatl se refiere a la acción ritual de dispersar el humo de copal, una resina muy olorosa (Serafino, 2014).

Entrevista al tlahmaquetl de Petlacala del 19/03/2010.

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