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Vol. 25. Núm. 2.
Páginas 96-102 (Febrero 2006)
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Marcel Proust y la historia natural del hombre
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Juan Esteva de Sagreraa
a Facultad de Farmacia. Universidad de Barcelona.
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¿En busca de la salud perdida?

Proust trasladó a su obra maestra, En busca del tiempo perdido, sus experiencias, entre ellas su enfermedad y los sufrimientos que le ocasionaban sus dolencias. La experiencia de Proust como enfermo y su convicción de que vivir es una enfermedad incurable y de que amar es el más grave de todos los trastornos impregnaron de componentes médicos y farmacéuticos su obra, que puede ser interpretada como un tratado de historia natural del hombre.

Admirada y detestada quizás a partes iguales, En busca del tiempo perdido ha sido estudiada desde todos los puntos de vista. Todavía es posible, sin embargo, un nuevo enfoque, propiciado por las palabras del propio autor y frecuentemente pasado por alto: la lectura de la novela como un tratado de historia natural consagrado en exclusiva al estudio de las pasiones y la psicología del hombre. Una interpretación que haría de Proust una versión literaria de Linneo: dos príncipes, el uno de los novelistas y el otro de los botánicos.

El escalpelo de Proust

La indagación proustiana sobre el paso del tiempo y su acción en las personas y las cosas convirtió a su autor en un vampiro, un ser que sin que los demás lo advirtiesen extraía de los seres que frecuentaba e incluso de los que decía amar, también sin duda de los que amó, los datos que buscaba para escribir En busca del tiempo perdido. Esa novela irrepetible es muchas cosas a la vez: enciclopedia de las sensaciones, un espejo en el que la banalidad de cuanto acontece es transmutada por la sensibilidad y la sutileza del narrador, una pesquisa sin precedentes sobre el amor, el sufrimiento, la homosexualidad, los placeres y los celos. Es también, y el autor lo reitera una y otra vez sin que sus lectores le hayan prestado demasiada atención, una obra en la que Proust se propuso exponer las leyes del comportamiento humano, los códigos de la psicología, para lo que anotó y reflejó el comportamiento de las personas con la minuciosidad de un botánico o un entomólogo. Proust acudía a los salones con la misma actitud con la que Linneo observaba y catalogaba plantas y flores, para fijar sus caracteres y definir sus características, para ordenar el mundo fragmentario y captar y enunciar, tras la multiplicidad aparentemente sin sentido del mundo, las leyes que rigen los procesos del comportamiento de la naturaleza y de los hombres. Como un Linneo de la literatura, buceó en el comportamiento de cuantas personas conoció, y lo hizo con la curiosidad de un naturalista. En varios momentos de su obra afirma que está exponiendo las leyes de la psicología humana e incluso las de la historia natural del hombre, con lo que convierte a éste en la especie de la naturaleza a la que dedicó su estudio. En La fugitiva, el sexto volumen de la serie, Proust lo declara explícitamente. Conoce a una mujer y cree que es lesbiana, como lo sospecha de su amante Albertina. Le parece que ambas comparten la claridad de la tez y de las miradas, un aspecto de flaqueza amable que seducía a todo el mundo, que se basaba en su desinterés por los actos de los demás y en su falta de franqueza sobre ellas mismas. Sospecha que esos pueden ser rasgos que comparten todas las lesbianas, lo que permitiría distinguirlas a pesar de lo que dicen y hacen. Intenta leer en el rostro de la mujer y escribe que hubiera querido decirle: «Debiera usted decírmelo, me interesaría por conocer una ley de historia natural humana», pero no le dice nada, consciente de que ella no le diría la verdad.

En busca del tiempo perdido puede ser leído como un tratado de historia natural especializado en el comportamiento, las pasiones y los sufrimientos del hombre. Aquel ser de apariencia insignificante, profundamente enfermo del alma y del cuerpo, asmático ilustre, era en realidad un sistemático, un vampiro en busca de nuevos datos para su enciclopedia natural, curiosamente, una novela, si es que En busca del tiempo perdido es realmente una novela. Más parece, en ocasiones, un tratado de zoología dedicado a la descripción de la especie humana mediante la disección de su psicología. Es también una obra de medicina, en la que el enfermo es el hombre, descrito con minuciosidad casi enfermiza y morbosa, de modo que apenas si una obsesión humana queda al margen de este enorme tratado de enfermedad del alma. Es posible que ningún autor haya utilizado tantos términos médicos en su obra, tal número de comparaciones con enfermedades y medicamentos. Proust, al escribir, utilizaba en realidad un bisturí, y su obra se asemeja a la de un médico que trata enfermos y diagnostica males, que pronostica el curso de las enfermedades y que a veces se compadece del dolor de sus pacientes. Es también la obra de un analista que hace la radiografía de cuantos conoce, que capta, según sus propias palabras, las profundidades de las personas de modo que se esfuma su posible encanto, «como un cirujano que, bajo la tersura de un vientre de mujer, viera el mal interno que lo roe». Toda su obra está impregnada de una convicción: estamos enfermos, nuestro comportamiento es patológico, nos enferman nuestras pasiones y nos enferma el tiempo, nuestras pasiones son obsesivas, amar es sufrir y no hay curación posible, salvo ese mismo paso del tiempo que terminará anestesiándonos, envejeciéndonos y llevándonos allí donde ya nada importa. Mientras esto sucede, y tomando nota de cuanto acontece y siente, Proust sobrevive diseccionando a las personas, empezando por sí mismo, en busca del tiempo perdido, de la salud perdida, de los amores excesivos, imprudentes e imposibles.

La enfermedad, punto de partida

«Cuando cojo un libro que ha estado en tu cuarto, ya puedo leerlo fuera, que de todos modos se sabe que viene de tu casa, porque conserva algo de tus repugnantes fumigaciones», le dice Albertine al narrador al inicio de La prisionera. No son muy abundantes las referencias concretas a la enfermedad padecida por Proust y a los tratamientos que le amargaron la vida, aunque hay diversos pasajes en los que hace comentarios sobre el asma que sufría y sobre sus estancias en los sanatorios, así como sobre el confinamiento en su habitación, aislado del mundo exterior, protegido por pesados cortinajes. Entre otras muchas cosas, La prisionera es la historia de una doble reclusión: el confinamiento de Proust, asmático, para aislarse del exterior y escribir su novela; el encarcelamiento de su amada Albertine, cuando devorado por los celos, el narrador decide encerrarla para evitar que se dedique a sus aficiones lésbicas. Muy prolijo en toda clase de observaciones y detalles, a veces hasta el agotamiento, Proust fue en cambio poco explícito sobre su enfermedad y los tratamientos que recibió, si bien toda su obra se impregnó de nociones ligadas a la enfermedad y a los medicamentos para combatirla1. En busca del tiempo perdido es una obra impregnada de medicina, se podría decir que medicalizada, y abundan las observaciones que muestran un profundo conocimiento de los síntomas de la enfermedad, de los padecimientos del enfermo, de la ineptitud de los médicos y de la ineficacia de los medicamentos.

La vida de un asmático era un infierno a finales del siglo xix y a inicios del siglo xx, y a Proust no se le perdonó ninguno de los suplicios asociados a esa enfermedad y a su tratamiento2.

El primer ataque de asma se le presentó a los 9 años. La primavera de 1881, sufrió una terrible crisis asmática que estuvo a punto de asfixiarle en presencia de su padre durante un paseo por el Bois de Boulogne. Acompañaba a la familia de Marcel el médico Duplay. A partir de esa primera crisis, Marcel padeció alergia al polen, a las flores primaverales y al campo en general, lo que contribuyó a su confinamiento, a su reclusión en sus aposentos y en sus moradas interiores, donde se fraguó En busca del tiempo perdido, una obra que acaso sólo pudo haber sido escrita por un enfermo, aunque no sólo por un enfermo. El asma de Proust, junto con su hipersensibilidad y su homosexualidad, contribuyeron a hacer posible esa obra magnífica y extraña, irrepetible, que exigió a su autor un confinamiento sólo interrumpido por esporádicas salidas al exterior en busca del material necesario para la escritura. Eran las incursiones a los salones, al atardecer, cuando Marcel se transformaba en vampiro y extraía de sus interlocutores la sangre y la savia con las que escribió En busca del tiempo perdido, una obra asfixiante escrita por un asmático que, también él, se ahogaba al faltarle el aire.

Los médicos trataron a Proust con la terapia habitual en su época, ineficaz y dolorosa. Desengañado de los galenos, después de haber consultado a todos los especialistas, Proust decidió ser su propio médico y curarse solo. Vivió en habitaciones herméticamente cerradas para aislarse del polvo y del polen, prohibió agitar las alfombras y pasó largas temporadas a la orilla del mar. Salía poco, y rara vez pernoctaba en casa de los demás, una noche como máximo, como cuando durmió en casa de los Clermont-Tonnerre para ver, de noche, las rosas iluminadas por los faros del coche conducido por su chofer Agostinelli, el amor que le inspiró el personaje de Albertina. Cuando necesitó visitar el Bois de Boulogne para tomar datos, lo hizo en un vehículo cerrado, y cuando paseaba por los Campos Elíseos lo hacía protegiéndose la nariz con un foulard de seda3.

La medicación consumida por Proust fue abundante: cigarrillos Espic, polvo Legras, somníferos como trional, veronal4 y valeriana, aguas bicarbonatadas arsenicales, silíceas y ferruginosas, y las abundantes fumigaciones que aumentaban la sensación de asfixia e impregnaban su cuarto y sus cuadernos de humo y de sustancias medicamentosas.

Edouard Brissaud (1852-1909), miembro de la Academia de Medicina de París y discípulo aventajado de Charcot, escribió un tratado sobre la higiene de los asmáticos y fue médico personal de Proust. Era partidario de que los enfermos decidiesen su propia medicación, aprovechando su experiencia sobre lo que les había aliviado o perjudicado anteriormente. Brissau recomendó a Proust que se hiciera lavajes mercuriales y fracasó como el resto de médicos que le trataron5.

Representación de la habitación de Marcel Proust. Museo Carnavalet. París.

Contemporáneo de Proust, el pintor Pierre-Auguste Renoir trasladó a sus lienzos escenas de la alta burguesía parisina, tan frecuentada por el escritor. El palco (1874).

Detalle de Tarde de domingo (1886) de Georges Seurat, obra en la que se refleja el ambiente mundano que se vivía en el París de finales del siglo xix.

Proust tuvo su primer ataque de asma a la edad de 9 años durante un paseo dominical por el Bois de Boulogne. Carreras de caballos en el Bois de Boulogne (1881), de Giuseppe De Nittis.

La novela, punto de llegada

Si la enfermedad fue uno de los factores que hizo posible el inicio de En busca del tiempo perdido, aunque no baste para explicar esa obra irrepetible, la escritura fue el punto de llegada, la meta alcanzada por Proust para transmutar sus sufrimientos en arte. Una y otra vez el narrador se refiere a su novela, que nunca adelanta, retrasada por sus enfermedades, sus aventuras amorosas y su vida social. Proust puede parecer frívolo por el material empleado en su obra: marqueses, princesas, duquesas, balnearios, el gran mundo, pero tras esa apariencia frívola, que desconcierta a muchos de sus lectores, late una seriedad impresionante. Sucede que Proust creía que lo de menos es lo que se narra, lo que sucede, y que lo que importa es la capacidad de reflexión del autor. Un novelista vulgar no sabrá sacar provecho de los más solemnes acontecimientos, mientras que un novelista sagaz, como él, saca partido incluso de lo aparentemente más nimio. De ese material en principio poco valioso extrajo sus observaciones para escribir las leyes psicológicas del comportamiento humano, ese curioso tratado de historia natural humana que es En busca del tiempo perdido.

En El tiempo recobrado, después del famoso episodio de la biblioteca, cuando el narrador ve a sus antiguos conocidos con nuevos ojos y advierte asombrado lo mucho que han envejecido, se propone no dilatar por más tiempo su obra y escribir una novela sobre el paso del tiempo y el imposible proceso de su recuperación anotando los cambios producidos por éste en las personas, cambios físicos pero ante todo psíquicos, morales y de carácter.

A Proust se le reprocha en ocasiones que en su obra no pase nada, que no tenga argumento: ¡siete volúmenes en los que no hay acción, en los que nada sucede! Fue en esto un precursor de una de las líneas maestras de la literatura del siglo xx. Tampoco en el Ulises de Joyce pasa nada durante las 24 horas de un día dublinés sin especial relevancia, como no pasa tampoco nada en La señora Dalloway, una de las mejores novelas de Virginia Woolf. Y sin embargo pasan muchas cosas, aunque no haya acción ni grandes acontecimientos. Pasa la vida, lo que no es poco. Transcurre el tiempo, que cambia y erosiona a los seres humanos, se modifican los puntos de vista, las pasiones, se transmutan los placeres, muere un mundo y surgen otros que lo reemplazan para morir a continuación.

Se suele considerar a Proust un experto en miniaturas, y se dice que su obra fue escrita con un microscopio, con el que pudo captar la infinidad de detalles que pueblan su obra. Sin embargo, el escritor opinaba lo contrario y en El tiempo recobrado, al final del libro, dice que no ha escrito su obra con un microscopio, sino con la ayuda de un telescopio, para acceder no a lo infinitamente pequeño sino a lo extraordinariamente lejano: los seres humanos y su comportamiento. Con ese telescopio escribió Proust su tratado de historia natural del hombre, En busca del tiempo perdido: «Pronto pude mostrar algunos esbozos. Nadie entendió nada. Hasta los que fueron favorables a mi percepción de las verdades que quería luego grabar en el templo me felicitaron por haberles descubierto al «microscopio» --cuando la verdad es que me había servido de un telescopio-- unas cosas muy pequeñas al parecer, pero porque estaban situadas a gran distancia, y que cada una de ellas era un mundo. Allí donde yo buscaba las grandes leyes, me llamaban desenterrador de detalles».

Notas

1. «Proust tiene una mirada médica sobre el mundo, la vida, las pasiones: todo es patología, síntomas, y cada descripción se convierte en un diagnóstico, sobre todo en lo que concierne al amor.» Tadié J-Y. Marcel Proust. Biographie. 2 vols. París: Gallimard; 1996. p. 81.

2. En 1921, Proust confesó que para tratarle la fiebre del heno le habían practicado 110 cauterizaciones nasales para destruir el tejido eréctil de la nariz e impedir la acción del polen.

3. Tadié J-Y. Op. cit.

4. En 1919, Proust sufrió una grave intoxicación causada por el veronal, que le provocó confusión mental y dificultades de expresión.

5. Postel-Vinay N. Notes sur le décor médical de l'univers proustien. La Gazette du CHU. 1992;4(8). Según las actas del coloquio «Proust et la médecine». Tenon, 28 de noviembre de 1992.

Una descripción digna de un naturalista

Aun inmóvil, su color, más suyo que de todos los Guermantes, como el dorado de un día de sol que se tornara sólido, le daba como un plumaje tan extraño, hacía de él una especie tan rara, tan preciosa, que daban ganas de poseerlo para una colección ornitológica; pero cuando, además, esta luz ornada en pájaro se ponía en movimiento, en acción, cuando, por ejemplo, yo veía a Roberto de Saint-Loup entrar en una fiesta en la que estaba yo, irguiendo la cabeza tan sedosa y orgullosamente encopetada bajo el airón de oro de sus cabellos un poco desplumados con movimientos de cuello mucho más suaves, más orgullosos y coquetos que los de los humanos, que, ante la curiosidad y la admiración medio mundana, medio zoológica que inspiraba, se preguntaba uno si estaba en el Faubourg Saint-Germain o en el Jardin des Plantes, y si estaba mirando atravesar un salón o pasear en su jaula un gran señor o un pájaro.

Retrato de Madame Charles Max, aristócrata francesa que Proust utilizó como modelo literario de alguno de sus personajes femeninos de El mundo de Guermantes. Óleo de Giovanni Boldini de 1896.

En busca del tiempo perdido es una obra impregnada de medicina, se podría decir que medicalizada, y abundan las observaciones que muestran un profundo conocimiento de los síntomas de la enfermedad, de los padecimientos del enfermo, de la ineptitud de los médicos y de la ineficacia de los medicamentos

Observaciones médicas

Cada cual tiene su manera propia de ser traicionado, como la tiene de acatarrarse.

La naturaleza no sabe apenas dar más que enfermedades bastante cortas, pero la medicina se ha abrogado el arte de prolongarlas.

Los químicos disponen de análisis, los enfermos de un mal cuyo origen desconocen pueden llamar al médico, y los hechos criminales son más o menos dilucidados por el juez de instrucción. Pero rara vez descubrimos los móviles de los hechos desconcertantes de nuestros prójimos.

Hay en nuestro cuerpo cierto instinto de lo que nos es beneficioso, como en el corazón de lo que es el deber moral, instinto que no puede suplir ninguna autorización del doctor en medicina o teología. Sabemos que los baños fríos nos sientan mal, y nos gustan: siempre encontraremos un médico que nos los aconseje, no que nos impida que nos hagan daño.

Yo repetía perpetuamente el razonamiento que justificaba mi inquietud y el que la refutaba y me tranquilizaba, en un espacio tan exiguo como el enfermo que palpa sin cesar, con un movimiento interno, el órgano que le hace sufrir, se aleja un instante del punto doloroso y vuelve inmediatamente a él.

Proust en estado puro

Las dos mayores causas de errores en las relaciones con otro ser: tener uno buen corazón, o bien amar al otro ser. Nos enamoramos por una sonrisa, por una mirada, por un hombro. Esto basta; entonces, en las largas horas de esperanza o de tristeza, fabricamos una persona, componemos un carácter. Y cuando después tratamos a la persona amada ya no podemos, por muy crueles que sean las realidades con que nos encontremos, quitar ese carácter bueno, esa naturaleza de mujer que nos ama, a ese ser que tiene esa mirada, ese hombro, como no podemos quitarle la juventud, cuando envejece, a una persona que conocemos desde que era joven.

El universo proustiano se construye a partir de reminiscencias infantiles reelaboradas por la memoria. Niño jugando con una pelota (1899), óleo de Félix Edouard Valloton.

Palabra de Proust

Hojas manuscritas del borrador de El tiempo recobrado, en las que Proust describe la crisis asmática de uno de sus personajes.

Es sorprendente que los celos, que se pasan el tiempo tramando pequeñas suposiciones en falso, tengan tan poca imaginación cuando se trata de descubrir lo verdadero.

Los homosexuales serían los mejores maridos del mundo si no hicieran la comedia de que les gustan las mujeres.

La verosimilitud, a pesar de la idea que se hace el mentiroso, no es enteramente la verdad.

Para ser amado, no se necesita sinceridad, ni siquiera habilidad en la mentira. Yo llamo aquí amor a una tortura recíproca.

En el mundo no hay más que conversación.

Los pobres de espíritu se imaginan que las grandes dimensiones de los fenómenos sociales son una excelente ocasión para penetrar más adelante en el alma humana; deberían, por el contrario, comprender que como tendrían probabilidad de comprender esos fenómenos es descendiendo en profundidad en una individualidad.

Nada más limitado que el placer y el vicio. En realidad, se pude decir en este sentido, cambiando el de la expresión, que no se hace más que girar en el mismo círculo vicioso.

Los verdaderos paraísos son los paraísos que hemos perdido.

«Satisfacción del zoólogo»

Me parecía que el ser humano podía sufrir metamorfosis tan completas como las de ciertos insectos. Tenía la impresión de estar mirando a través del cristal instructivo de un museo de historia natural lo que puede haber llegado a ser el insecto más rápido, el más seguro en sus caracteres, y, ante aquella crisálida blanducha, más bien vibrátil que movediza, no podía volver a experimentar los sentimientos que siempre me había inspirado monsieur d'Argencourt. Pero me callé, no felicité a monsieur d'Argencourt por ofrecer un espectáculo que parecía hacer retroceder los límites entre los que se pueden mover las transformaciones del cuerpo humano.

Yo le veía como una muñeca trepidante, con su barba postiza de lana blanca, agitado, paseado por aquel salón, como en un guiño, a la vez científico y filosófico en el que, lo mismo que en una oración fúnebre o en una lección en la Sorbona, servía a la vez de recordatorio de la vanidad de todo y de ejemplo de historia natural.

Todos estos rasgos nuevos del rostro implicaban otros rasgos de carácter; la seca y flaca muchacha se había convertido en una voluminosa e indulgente abuela. Podía decirse que era otra persona, y no ya en un sentido zoológico como en el caso de monsieur d'Argencourt, sino en un sentido social y moral.

Este hombre alto, delgado, de mirar mortecino, con un pelo que parecía que iba a permanecer siempre rojizo, había sido sustituido, en virtud de una metamorfosis análoga a la de los insectos, por un anciano en el que el pelo rojo, demasiado visto, había sido reemplazado, como un tapete demasiado usado, por un pelo blanco.

Había hombres que yo sabía que eran parientes de otros y nunca había pensado que tuvieran un rasgo común; admirando al viejo eremita de cabello blanco en que se había convertido Legrandin, de pronto observé en la parte plana de sus mejillas, y puedo decir que lo descubrí con una satisfacción de zoólogo, la constitución de las de su joven sobrina Leonor de Cambremer, que sin embargo no parecía tener ninguna semejanza con él.

Retrato de Robert de Montesquieu (1897), patrón literario del personaje homosexual de En busca del tiempo perdido el barón de Charlus. Obra también del pintor italiano Giovanni Boldini.

Comparaciones farmacéuticas

En cuanto a Albertina, yo podía pensar en ella, llorando dulcemente, aceptando no verla esta noche como no la vi ayer; pero leer «mi decisión es irrevocable» era otra cosa, era como tomar un medicamento peligroso que me hubiera producido un ataque cardíaco al que no podría sobrevivir.

Mas por la noche, si lograba dormirme, era como si el recuerdo de Albertina fuera el medicamento que me procuraba el sueño, y al cesar su influencia me fuera a despertar.

Pronto comenzarían los ruidos de la calle, permitiendo leer en la escala cualitativa de sus sonoridades el grado del calor creciente en que resonarían. Mas en este calor que unas horas después se impregnaría de olor a cerezas, lo que yo encontraba (como en un medicamento en el que la sustitución de uno de sus componentes por otro basta para hacer de un euforizante y de un excitante que era, un deprimente) no era ya el deseo de las mujeres, sino la angustia de la pérdida de Albertina.

Dos rasgos del carácter de Albertina me vinieron en aquel momento a la mente, uno para consolarme, otro para desolarme, pues en nuestra memoria encontramos de todo; es una especie de farmacia, de laboratorio químico, donde tan pronto ponemos la mano en una droga calmante como en un veneno peligroso.

Cigarrillos antiasmáticos de diferentes marcas utilizados a principios del siglo xx.

En El tiempo recobrado, al final del libro, Proust dice que no ha escrito su obra con un microscopio, sino con la ayuda de un telescopio, para acceder no a lo infinitamente pequeño sino a lo extraordinariamente lejano: los seres humanos y su comportamiento

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