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Vol. 5. Núm. 14.
Páginas 56-77 (Enero 2014)
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Vol. 5. Núm. 14.
Páginas 56-77 (Enero 2014)
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La construcción de una “urbe para los universitarios” y las celebraciones del IV Centenario1
A construção de uma ‘urbe para universitários’ e as celebrações do IV centenário
Constructing a ‘city for university students’ and celebration of the 4th centenary
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María de Lourdes Alvarado
Mexicana. Doctora en Historia. Investigadora del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (IISUE), Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Temas de investigación: historia de la educación, educación y género.
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Resumen

Hacia mediados de 1948, en medio de condiciones críticas motivadas por un movimiento estudiantil que condujo a la renuncia del doctor Salvador Zubirán a la rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México, tomó posesión del cargo el licenciado Luis Garrido. Además de restablecer la calma en la Máxima Casa de Estudios y de atender a su fortalecimiento académico, encabezó dos hechos de gran significación para la institución: la celebración del IV Centenario de la fundación de la Universidad y la edificación de una “urbe para los universitarios”. El presente trabajo aborda los antecedentes y desarrollo de ambos acontecimientos, así como la manera como fueron entrelazados por la administración del rector Luis Garrido.

Palabras clave:
Universidad Nacional Autónoma de México
IV Centenario
fundación
Resumo

Em meados de 1948, entre condições críticas motivadas por um movimento estudantil que levou à renúncia do doutor Salvador Zubirán à reitoria da Universidade Nacional Autónoma do México, o Sr. Luis Garrido tomou posse do cargo. Além de restabelecer a calma na Máxima Casa de Estudos e de atender ao seu fortalecimento acadêmico, o Sr. Garrido encabeçou dois eventos de grande significado para a instituição: a celebração do IV Centenário da fundação da Universidade e a edificação de uma “urbe para os universitários”. O presente trabalho abrange os antecedentes e o desenvolvimento de ambos os acontecimentos, bem como o jeito em que eles foram entrelaçados pela administração do reitor Luis Garrido.

Palavras chave:
Universidade Nacional Autônoma do México
IV Centenário
fundação
Abstract

Towards mid 1948 in the middle of critical conditions caused by a student movement that lead to the resignation of Doctor Salvador Zubirán from the rectorship of the National Autonomous University of Mexico, Luis Garrido assumed said position. In addition to restoring calm to the most recognized university in Mexico and its academic strengthening, he headed two events of great significance for the institution: the celebration of the 4th Centenary of the foundation of the university and the construction of acity for university students”. This work addresses the background and development of both events, as well as the way in which they are interlinked with the administration of rector Luis Garrido.

Key words:
National Autonomous University of Mexico
4th Centenary
foundation
Texto completo
Introducción

Al mediar el año de 1948, en medio de condiciones críticas motivadas por un movimiento estudiantil que condujo a la renuncia del doctor Salvador Zubirán a la rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), tomó posesión del cargo el licenciado Luis Garrido Díaz (1898–1973), considerado por sus contemporáneos como uno de los más destacados jurisconsultos mexicanos de su tiempo. Gracias a su capacidad política, a su férrea personalidad y a su fuerza de carácter, éste supo imponer su autoridad, presidiendo una de las gestiones más exitosas de la época. Además de restablecer la calma en la Máxima Casa de Estudios y de atender a su fortalecimiento académico, encabezó dos hechos de gran significación para la institución: la celebración del IV Centenario de la fundación de la Universidad y la edificación de una “urbe para los universitarios”.

Por lo que toca al primero, el rector capitalizó la coyuntura histórica que se le presentó, conmemorando una fecha que había pasado casi desapercibida a las autoridades precedentes. El hecho era significativo pues asumía oficialmente la continuidad histórica entre la corporación colonial creada por Cédula Real de 1551 y la Universidad Nacional, fundada en septiembre de 1910, posición opuesta, como sabemos, a la expresada por Justo Sierra en innumerables ocasiones.

En cuanto a la construcción de Ciudad Universitaria,* Garrido tuvo la suerte de asumir el timón institucional cuando dicho proyecto había recorrido un largo camino y superado innumerables obstáculos, por lo que había cubierto buena parte de los requisitos formales necesarios para su puesta en práctica. Por tanto, hacia finales de la década de los cuarenta del siglo pasado, únicamente se requería que el nuevo rector lo incluyera en su programa de trabajo, excelente oportunidad que, por supuesto, no pasó inadvertida para el fino olfato político del funcionario.

Pese al problema que representaba el financiamiento simultáneo de ambos proyectos, el rector asumió el reto, confiando seguramente que el saldo de ambos acontecimientos sería positivo, tanto en el plano institucional como en el personal. Calculaba, con toda razón, que con las nuevas instalaciones la Máxima Casa de Estudios, que apenas unos años antes se tambaleaba por los múltiples intereses personales y partidarios que la asolaban, legitimaría su prestigio y liderazgo entre las instituciones de educación superior afines del continente y de Europa. Por otra parte, no había comparación posible entre una institución joven, inmadura e inestable, fundada cuatro décadas atrás, y otra que ostentara un pasado tetrasecular y, por si fuera poco, ubicada en flamantes y modernas instalaciones.

El presente trabajo tiene por objeto abordar los antecedentes y desarrollo de ambos acontecimientos, así como la manera como fueron entrelazados por la capacidad organizativa y política de la administración encabezada por Luis Garrido. Decidido a coronar un antiguo proyecto, compartido por buena parte de la comunidad estudiosa y cuyas primeras expresiones se remontan a la administración de Plutarco Elías Calles, el rector se propuso reunir a la “gran familia universitaria”; en una sede adecuada a sus altos fines y sus crecientes necesidades, para lo cual dispuso de un vasto terreno ubicado en el pedregal de San Ángel. Finalmente, pese a todos los inconvenientes y obstáculos que se presentaron durante el largo proceso de construcción, la “ciudad del conocimiento”, como muchos la llamaron, se tornó en una realidad. Las obras llegaron a su fin dentro de los tiempos programados y el rector en turno tuvo la gran satisfacción de recibir las instalaciones el 20 de noviembre de 1953, precisamente en el 43 aniversario del inicio del movimiento revolucionario.

La UNAM al mediar el siglo

Al iniciar la década de los cincuenta del siglo pasado, la Universidad Nacional de México gozaba de un periodo de relativa estabilidad y bonanza, por demás distante del complejo panorama que la había caracterizado décadas atrás, en las que la institución literalmente se tambaleó debido a los múltiples intereses y problemas que la asolaban. La situación llegó a tal punto que, tras la renuncia del rector Brito Foucher el 28 de julio de 1944, dos grupos antagónicos eligieron simultáneamente rector: José Aguilar Álvarez y Manuel Gual Vidal.

Frente a este difícil panorama, el presidente Manuel Ávila Camacho, al que ambos grupos acudieron en busca de apoyo, tomó cartas en el asunto e invitó a sendos contrincantes a deponer sus expectativas y acatar la autoridad de una Junta de Avenimiento, integrada por varios ex rectores,2 quienes se darían a la tarea de elegir un nuevo representante de la UNAM. El Ejecutivo federal fue contundente al dirigirse a este sínodo, expresando que no obstante que había quienes le aconsejaba intervenir en la institución para imponer el orden, él era partidario de otorgarle una oportunidad más, seguramente la última, para que ésta demostrara a la comunidad si realmente era o no digna del carácter autónomo del que gozaba desde 1929.

Así las cosas, la Junta eligió como nuevo rector al doctor Alfonso Caso, cuyo prestigio y trayectoria académica eran una garantía para la institución. La Ley Orgánica aprobada en noviembre del mismo año muestra la decisión del académico de “salvar no a la Universidad de 1944, sino de salvar a la Universidad futura”, como lo expresara al iniciar la discusión sobre el nuevo código. Como bien señala un estudioso del tema, con dicha gestión inició una amplia transformación de la que emergería una Universidad fortalecida y con un papel protagónico dentro de la política económica que echaría a andar el Estado mexicano desde el término del gobierno cardenista y al amparo de las circunstancias favorables al desarrollo de México provocadas por la segunda Guerra Mundial (Domínguez, 2010: 188).3

Al mediar la década de los cuarenta, sin embargo, el panorama de la Universidad distaba de ser idílico, la demanda estudiantil crecía notablemente a la vez que aumentaba el número de profesores y escuelas universitarias, mientras que los recursos se mantenían muy por debajo de los requerimientos básicos, por lo que se tenía que laborar en condiciones por demás difíciles, “cercanas a la miseria”, según términos del doctor Alfonso Caso en una de las sesiones del Consejo Constituyente de 1944. Para entonces, la Universidad Nacional estaba constituida por dos facultades (Filosofía y Letras y Ciencias) y las escuelas nacionales de Jurisprudencia; Economía; Comercio y Administración; Medicina; Enfermería y Obstetricia; Odontología; Medicina Veterinaria y Zootecnia; Ingeniería; Ciencias Químicas; Arquitectura; Artes Plásticas; Música y la Nacional Preparatoria. A éstas se sumaban los institutos de Matemáticas, Física, Química, Geología, Geografía, Geofísica, Biología; Estudios Médicos y Biológicos, Investigaciones Sociales, Investigaciones Históricas, Investigaciones Estéticas, a más del Centro de Estudios Filosóficos, el Observatorio Astronómico Nacional y la Biblioteca Nacional.

En cuanto al crecimiento de la población estudiantil, hacia 1948 la Universidad contaba con 21 245 jóvenes matriculados, de los cuales 4 080 eran mujeres; sólo tres años después la cifra general había ascendido a 27 588, con un total de 4 644 alumnas (UNAM, 1959: 12). Ello muestra la fuerte presión social que se volcó sobre la institución, alentada por la decisión de las autoridades universitarias de no frenar la matrícula, ya que, según interpretación de Raúl Domínguez, éstas dieron preferencia a la razón política-social sobre la de carácter académico. Prueba de ello es que a partir de 1848 y pese a la imperante necesidad de contar con más recursos, se congeló el monto de las cuotas universitarias por concepto de inscripción y colegiatura, con lo que el Estado asumió la responsabilidad de brindar una educación semi-gratuita a los estudiantes universitarios. Solo como ejemplo de esta política, baste señalar las siguientes palabras del rector Luis Garrido: “No creo pertinente hacer aumentos de colegiatura porque entre los universitarios hay una inmensa mayoría que no puede sufragar grandes gastos para sus estudios. La selección económica de los alumnos me parece injusta” (Garrido en Revista Universidad de México, 1984: 1–2).

Tras el rectorado del licenciado Genaro Fernández Mac Gregor,4 continuador de Caso, y la renuncia con carácter irrevocable al mismo cargo de su sucesor, el doctor Salvador Zubirán,5 siguió la gestión del licenciado Luis Garrido, la cual abarcó del 2 de junio de 1948 al 14 de febrero de 1953, ya que en 1952, cuando debió finalizar su administración, fue reelecto por decisión unánime de la Junta de Gobierno con el objeto de que el cambio de poderes no afectara la construcción de Ciudad Universitaria. No obstante, Garrido advirtió y lo cumplió, que renunciaría al cargo una vez que se inaugurara dicha obra, lo cual prueba su verticalidad e “inquebrantable lealtad a la institución” (Domínguez, 2010: 195).

Luis Garrido un rector pragmático

El inicio del rectorado del licenciado Garrido se llevó a cabo en condiciones críticas, tanto que no pudo tomar posesión inmediata de las oficinas de rectoría debido a que un sector de estudiantes, “ridículamente minoritario”, al decir del ingeniero Javier Barros Sierra (1948a: 1; 1948b: 3),6 inconformes con la actuación de la Junta de Gobierno y con la Ley Orgánica vigente, su soporte jurídico, nombró y dio posesión como rector al licenciado Antonio Díaz Soto y Gama, en una asamblea que se llevó a cabo en el anfiteatro Bolivar, al mismo tiempo que Garrido rendía protesta de ley en el salón José Martí de la Facultad de Filosofía y Letras. Las siguientes palabras de este último reflejan la crisis que entonces vivía la institución:

Agradezco a la H. Junta de Gobierno el inmenso honor que se me ha concedido designándome rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, cargo que he aceptado sólo por las circunstancias de que en la aguda crisis por las que atraviesa nuestra institución, ningún universitario que se precie de serlo puede rehusarse a prestar su colaboración, por modesta que sea, para salvar el prestigio de la Universidad restableciendo su funcionamiento normal (Tirado, 1948: 1 y 8).7

En efecto, pese a las difíciles condiciones que debió enfrentar, Garrido supo imponer su autoridad, presidiendo una de las gestiones más exitosas de la época. Además de restablecer la calma en la Máxima Casa de Estudios y de atender a su fortalecimiento académico, encabezó dos hechos de gran significación para la institución y para su propia administración: la celebración del IV Centenario de la fundación de la Universidad y la edificación de una obra magna, una “ciudad del conocimiento”, como algunos la llamaron, que consolidara la unidad de los universitarios. Si bien ambos proyectos nacieron de manera independiente, se fundieron en uno sólo gracias a la habilidad política y al pragmatismo de Garrido.8

Por lo que toca al primero, el rector supo capitalizar la coyuntura histórica que se le presentó, conmemorando una fecha que había pasado casi desapercibida por las autoridades precedentes. A reserva de volver sobre el tema, el hecho era significativo pues asumía oficialmente la continuidad histórica entre la corporación colonial creada por Cédula Real de 1551 y la Universidad Nacional, fundada en 1910, posición opuesta, como sabemos, a la expresada por Justo Sierra en innumerables ocasiones, entre las cuales destaca su discurso del 22 de septiembre del año del Centenario.

En cuanto a la construcción de Ciudad Universitaria, Garrido tuvo la suerte de asumir el timón institucional cuando dicho proyecto había recorrido un largo camino y superado innumerables obstáculos, por lo que prácticamente había cubierto buena parte de los requisitos formales necesarios para su puesta en práctica. Por tanto, hacia finales de la década de los cuarenta, únicamente se requería que el nuevo rector lo adoptara como parte de su gestión, excelente oportunidad que, por supuesto, el fino olfato político del funcionario no dejó pasar.

Pese al problema que representaba el financiamiento simultáneo de sendos objetivos, Garrido decidió asumir el reto. Seguramente confiaba que el saldo de tan gran esfuerzo sería positivo, tanto en el plano institucional como en el personal, ya que con las nuevas instalaciones la Máxima Casa de Estudios, que apenas unos años antes se tambaleaba por los múltiples intereses personales y partidarios que la asolaran, legitimaría su prestigio y liderazgo entre las instituciones de educación superior afines del continente y de Europa. Por otra parte, no había comparación posible entre una institución joven, inmadura e inestable, fundada cuatro décadas atrás, y otra que ostentara un pasado tetrasecular y, por si fuera poco, ubicada en famantes y modernas instalaciones.

Así, aunque inicialmente la construcción de Ciudad Universitaria no formó parte del programa de festejos del IV Centenario, muy pronto se vio la conveniencia de relacionar ambos sucesos, reforzando con ello su impacto ante la opinión pública nacional e internacional lo que, como aconteció en otras ocasiones del pasado, tanto interesaba a las autoridades federales y universitarias en turno.

Una urbe para los universitarios

Garrido optó, desde el inicio de su gestión, por continuar adelante con la construcción de la urbe universitaria en el sur de la ciudad, la que debería establecerse en una superficie lo suficientemente amplia como para cobijar el total de dependencias que conformaban a la institución. Sin embargo, como acontece con las grandes obras, ésta no fue tarea de una sola administración y, mucho menos, de un solo hombre. Hasta donde hemos podido indagar, los primeros pasos para su establecimiento se remontan al final de la década de los veinte, bajo el rectorado de Antonio Castro Leal (1928–29), pero sobre todo del encabezado por Ignacio García Téllez, considerado como el primer gran impulsor del proyecto.9

Posteriormente, la idea fue retomada por Manuel Gómez Morín y por Luis Chico Goerne, en la gestión del último de los cuales los arquitectos Federico Mariscal y Mauricio de María y Campos elaboraron un proyecto de edificación del complejo universitario, aunque, por las circunstancias del momento, éste no pasó del plano de las “buenas intenciones”. Sin embargo, la idea se mantuvo presente durante las siguientes administraciones (Gustavo Baz, Rodulfo Brito Foucher, Genaro Fernández MacGregor y Salvador Zubirán), cada una de las cuales colaboró en mayor o menor medida a su realización. A lo largo de este proceso se eligieron los terrenos definitivos que ocuparía la institución y se consiguió la “amplia cooperación de los campesinos y de sus organizaciones agrarias para permitir la venta de sus tierras a la UNA”. Finalmente, el proyecto fue aprobado por la Cámara de Diputados, con lo cual, según expresión del rector Fernández MacGregor, éste “logró poner-se en vías de realidad” (El Nacional, 1945: 1 y 4).

Lo cierto es que al inicio de la gestión del Lic. Garrido, la construcción de Ciudad Universitaria (cu) era prácticamente un hecho, por lo que el académico no vaciló en integrarlo a su programa de actividades, capitalizando con esta decisión los trabajos y esfuerzos de mucho tiempo. Si bien durante los primeros meses de su rectorado las actividades a favor de “la urbe del conocimiento” fueron bastante lentas, a partir de 1950 inició una actividad inusitada. Para abrir boca, el 28 de febrero se entregó al presidente de la república, el licenciado Miguel Alemán Valdés, el título de Doctor en Derecho Honoris Causa y poco después (5 de junio de 1950) (Revista Universidad de México, 1945: 1 y 4), en compañía del entonces secretario de Gobernación, Adolfo Ruiz Cortines y de algunas destacadas personalidades del medio político y académico, el rector, colocó la primera piedra de Ciudad Universitaria en el edificio que posteriormente ocuparía la Facultad de Ciencias10, considerado por el directivo universitario como “el más importante” del conjunto de escuelas, facultades e institutos que se concentrarían en las nuevas instalaciones. Poco después se iniciaría la construcción simultánea de tres escuelas más: Filosofía, Economía y Jurisprudencia. Es interesante recordar que para entonces, el costo de CU se calculaba en setenta millones de pesos y se esperaba que alojaría a 20 mil estudiantes, a los que además de su formación escolar se les ofrecería “un número suficiente de casas habitación” (El Informador, 1950: 3).

El espacio elegido para dicha obra se ubicaba en terrenos ejidales de las delegaciones de Tlalpan y de Magdalena Contreras, en el Distrito Federal, en una extensión de aproximadamente 700 hectáreas.11 Este tema no era nuevo, sino que contaba con un largo historial plagado de esfuerzos y contratiempos de diversos tipos. Una de las fuentes consultadas, afirma que fue el rector Rodulfo Brito Foucher quien inicialmente solicitó al presidente Ávila Camacho el terreno para su construcción e inició los trámites para la expropiación del mismo, así como “la venia del gobierno federal para invertir en dichas obras la cantidad de $5 000 000.00”, que según la nota respectiva, estaban depositados en el Banco Nacional Hipotecario y de Obras Públicas, en la forma de valores inmediatamente negociables (UNAM, 1943: 11). Sin embargo, las expectativas de Brito eran demasiado ambiciosas, pues demandaba 1 200 hectáreas, extensión en la que, según sus cálculos, podrían construirse amplia y desahogadamente las instalaciones universitarias y quedaría “un sobrante de terreno suficiente que en el futuro constituiría la base del patrimonio universitario, la independencia económica, y, en consecuencia, la verdadera autonomía de la Universidad” (El Universal, 1948: 17 y 25).12

En términos generales, desde sus orígenes la construcción de CU gozó de la simpatía de ciertos sectores de la opinión pública, ya que tanto ayer como hoy se ha visto a la institución como un pilar del desarrollo científico y cultural del país, además de expresión inequívoca del compromiso del gobierno con la educación superior de los mexicanos. Para subrayar los beneficios de las nuevas instalaciones para la población universitaria se esgrimieron argumentos de todo tipo; incluso se aludió a los de carácter psicológico, ya que—se pensaba—en un ambiente alejado de la ciudad, maestros y alumnos trabajarían con menos presiones, lo que a su vez redundaría en mayor aprovechamiento y superación para todos.13 Hacia 1951, ya bajo la administración de Garrido, no faltó quien subrayara que esta obra representaba el acto de mayor relevancia de las celebraciones del IV Centenario (Cárdenas, 1951: 4), mientras que algún otro escritor destacaba que la obra respondía a “una necesidad imperiosa de nuestro medio”, gracias a la cual se superarían la precariedad e incomodidad de los edificios que tradicionalmente albergaban a las escuelas e institutos universitarios. ¡Por fin!, se afirmaba, la institución ocuparía toda una ciudad, una magnífica ciudad amplia, moderna, higiénica, como correspondía a la más antigua Universidad de América (idem, cursivas de la autora).

Las autoridades de la institución no se quedaron atrás en materia de elogios, destacándose sus múltiples ventajas durante las diversas etapas por las que transitó el proceso de construcción de la nueva sede universitaria. Por ejemplo, en 1945 el rector Fernández MacGregor hacía notar sus futuros beneficios, ya que concentraría:

en un solo lugar la mayor parte de las escuelas y facultades, haciendo así más fácil y menos costosa su administración. Aumentará también el cupo de las escuelas, que ya son ahora insuficientes para contener a la población escolar que busca enseñanza de ellas. Por estar alejada la Ciudad Universitaria del centro de la capital, quitará a los estudiantes muchas causas de distracción. Y como se buscará la manera de que los profesores se agrupen también en los mismos terrenos, hará más fácil a éstos la asistencia a clases. A los profesores se les darán facilidades para edificar sus casas en la zona residencial (El Nacional, 1945: 1 y 4).14

Sin embargo, no todo fue “miel y dulzura”, pues junto a las expresiones de reconocimiento, también abundaron críticas de diverso tipo. Ya desde el rectorado de Brito Foucher se atacó seriamente la ubicación y el tamaño del terreno solicitado por dicho funcionario. Por ejemplo, se afirmaba que el Pedregal de San Ángel era epicentro de los movimientos sísmicos del Valle de México, que la dotación de agua y drenaje sería sumamente costosa y que era imposible construir sobre lava, dado que las numerosas fallas de las rocas impedían una adecuada consolidación de los cimientos o la harían excesivamente costosa. En una palabra, para descalificar la zona del Pedregal elegida para la construcción y de paso al proyecto en su conjunto, se exponían tecnicismos que no todos entendían. Pero el colmo fue que, ya por firmarse el decreto expropiatorio, los funcionarios del Departamento Central, no satisfechos con la superficie solicitada por el rector, demandaron una “franja de cien metros a cada lado de la avenida Insurgentes, con el objeto innombrable de ampliar la propia avenida” (El Universal, 1948: 17 y 25). Aunque esta última petición fue retirada para no entorpecer las negociaciones, la inesperada salida del rector Brito Foucher retrasó el asunto por algún tiempo más.

Al parecer, fue hasta la gestión del doctor Salvador Zubirán cuando se retomó, esta vez con toda energía, el proyecto universitario, incluido el tema del terreno para la obra, asunto que continuaba pendiente. Como en ocasiones anteriores, el presidente Ávila Camacho prestó todo su apoyo al rector en turno y, tras la publicación de la Ley sobre la fundación y construcción de Ciudad Universitaria, el 11 de septiembre de 1946 firmó el decreto expropiatorio respectivo (Diario Oficial, 1946: 7–11). Sólo que para entonces, las 1 200 hectáreas solicitadas originalmente por Brito Foucher se habían reducido considerablemente, quedando el resto en manos de ejidatarios, quienes serían presa fácil de inversionistas particulares. No se necesitaba ser brujo para saber que con la urbanización de la zona, el área circundante a CU cobraría valor, convirtiéndose en blanco perfecto de todo tipo de ambiciones y especulaciones, como en efecto sucedió.

Pero los ataques continuaron, alegándose que el proyecto era irrealizable, que las instalaciones perjudicarían la buena marcha de la Universidad pues facilitarían la concentración de los estudiantes y la consecuente multiplicación de “asonadas”. También se sacó a relucir la ausencia de vías de comunicación entre la ciudad de México y el “vastísimo campo de lava conocido como el Pedregal de San Ángel” y no faltó quien se apoyara en argumentos de carácter histórico, aduciendo que al mudarse al sur de la ciudad, la Universidad perdería su tradición hispánica. Total, afirmaba El Universal, tras todas y cada una de estas razones estaba el interés de lucro de muchos de los opositores conectados de una u otra forma con la institución, ya fueran empleados, ya profesores, “quedando todas sus dudas aclaradas cuando alguien aseguraba que podrían adquirir “un terrenito” a precio de suegra” (El Universal, 1948: 17 y 25).

Sin embargo, Zubirán se mantuvo firme y no prestó oídos a tales objeciones, mostrando su falta de bases y origen doloso, así como la viabilidad financiera del proyecto. Para ello, entre otras acciones echó a andar la llamada “Campaña de los diez millones” (UNAM, 1948: 46–50), cuyo producto, como la que le antecedió tiempo atrás, se aplicaría a dos objetivos: levantar CU y fortalecer a la Universidad. Muy importante también fue el apoyo que le brindó el licenciado Miguel Alemán, quien siendo aún presidente electo, ofreció al rector $400 000 para los terrenos de CU, expresándole su especial interés por la obra. Congruente con tal declaración, con posterioridad el mandatario federal asignó la cantidad de cinco millones de pesos para el arranque de la construcción. Finalmente, declaraba el rector Zubirán, el proyecto que hasta entonces había sido un simple sueño, empezaba a convertirse en realidad.

Sin embargo, sectores inconformes con esa administración, entre los que seguramente no faltaban algunos interesados en sacar partido de las inminentes obras universitarias, movilizaron a un “grupo insignificante de revoltosos inconscientes, y cayó Zubirán, víctima de su propia y magnífica obra”, según términos del entonces profesor universitario Javier Barros Sierra (véase El Universal, 1948: 17 y 25; Barros Sierra, 1948: 3 y 8). Esta renuncia, una más de la serie que caracterizó la época, abrió las puertas de la rectoría al licenciado Luis Garrido, quien como ya se indicó, a su arribo a dicho cargo prácticamente encontró finalizados los trámites correspondientes a la construcción de Ciudad Universitaria.

En cuanto al financiamiento de las nuevas instalaciones, cuyo costo, a mediados de 1950 se calculó en 70 millones de pesos, pero cuyo presupuesto final ascendió a 100 millones,15 constituyó uno de los problemas más difíciles de solucionar. Al inicio de su gestión, Garrido confiaba en el buen tino de la Comisión creada por la Ley sobre fundación y construcción de Ciudad Universitaria (31 de diciembre, 1945); en la venta de terrenos adyacentes y en la enajenación, ya fuera al mismo gobierno o a particulares, de los antiguos edificios que ocupaban las dependencias universitarias, propuesta esta última que venía de atrás pero que afortunadamente no se llevó a la práctica. Sin embargo, el riesgo que corrió la institución fue grande, pues la Secretaría de Bienes Nacionales se comprometió a “tomar de la Universidad los edificios actualmente ocupados”, y el avalúo respectivo estuvo a cargo de un grupo de expertos del Banco Nacional Hipotecario Urbano y de Obras Públicas, quienes calcularon que el monto total de los edificios sede de la institución era de 35 o 40 millones de pesos (El Universal, 1948: 17 y 25).16 Para bien de la UNAM, desde 1949 se determinó que tales inmuebles no podrían venderse para recaudar fondos para la construcción de la “ciudad de la cultura y el saber”, gracias a lo cual esta Casa de Estudios conserva hoy día sus edificios tradicionales.

Con todo, pese a la voluntad presidencial y del rector Garrido, debido a la falta de fondos, las obras reanudadas en 1949 avanzaban muy lentamente, pues únicamente se disponía de los réditos de una inversión de cinco millones de pesos en bonos del Banco Nacional Hipotecario, provenientes del patrimonio original con que se había dotado a la Universidad (UNAM, 1979: 42). En conclusión, tal y como lo dijera el arquitecto Carlos Lazo, la Ciudad Universitaria representaba un problema con múltiples facetas: técnicas, financieras, humanas y políticas, pero la conjunción de diversas circunstancias y voluntades permitió que, pese a todos los inconvenientes y obstáculos que se presentaron durante su prolongado proceso de construcción, ésta se tornara en una realidad. Las obras terminaron en el tiempo programado y el rector Luis Garrido tuvo la satisfacción de recibir las nuevas instalaciones el 20 de noviembre de 1953, precisamente en el 43 aniversario del inicio del movimiento revolucionario.

El Centenario de la Universidad (1551–1951): una conmemoración inesperada

En septiembre de 1951 se cumplían 400 años de la fundación de la Real Universidad de México y el rector Garrido, ignorando la posición de Justo Sierra así como de buena parte de los rectores que ocuparon dicho cargo entre 1910 y 1950, asumió la continuidad histórica entre la corporación colonial y la institución creada en 1910. El hecho era significativo, pues a lo largo del periodo dominaron los prejuicios liberales y positivistas que reprobaban e ignoraban a la antigua corporación, por lo que reivindicarla en tanto origen o antecedente de la UNAM representaba una tesis audaz e inesperada. Un breve repaso del tema confrma lo antes dicho.

Por ejemplo, para celebrar el tercer aniversario de la creación de la Universidad Nacional, el 22 de septiembre de 1913 se llevó a cabo una comida en el restaurante de San Ángel Inn, con el fin de rememorar el banquete ofrecido en 1910 por Justo Sierra, entonces secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes. Años después, en la ceremonia de su séptimo aniversario (1917), el rector José Natividad Macías centró su discurso en el tema de la autonomía y en la iniciativa que en aras de tal principio planteara ante el Congreso el presidente de la República. Vicente Lombardo Toledano también abordó dicha efeméride e inspirado en las ideas de Sierra, recordó el desarraigo histórico de la Universidad Nacional: “Cuando al cumplirse el Centenario de la Patria, el maestro Sierra fundó la Universidad Nacional, no quedaba de aquella [la Real Universidad de México] sino un recuerdo en la mente de unos cuantos mexicanos. Nació, pues, nuestra institución sin arraigo en el pasado, por una necesidad urgente de organizar las múltiples manifestaciones en la mentalidad nacional”.17

El octavo aniversario de la institución, aún bajo el rectorado de Macías, fue igualmente celebrado, esta vez mediante una doble ceremonia, iniciada en el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria y finalizada en el claustro de la Universidad Nacional, donde abundaron discursos de alumnos, profesores y, como ameritaba la ocasión, del propio rector. Tras la alocución de Julio Jiménez Rueda, entonces director de la Escuela de Arte Teatral, tomó la palabra el profesor Antonio Ramos Pedrueza, portavoz de la “Sociedad Eguía Lis”, quien reconoció la labor de quien fuera primer rector de la institución. Pero la ceremonia no quedó ahí, alumnos y profesores brindaron a Macías una comida en la que, a la usanza de la época, hubo nuevos discursos, como el pronunciado por el profesor Antonio Caso, quien elogió el trabajo realizado por la Casa de Estudios durante sus ocho años de vida y manifestó su deseo de verla “libre enteramente de la acción oficial, con vida y recursos propios”, una de las primeras demandas presentadas en aras de la autonomía. En cuanto al rector, aprovechó la oportunidad que le brindaba la ocasión para agradecerle al presidente Venustiano Carranza la protección brindada a la institución, “a pesar de los vientos desfavorables que como un huracán vinieron hacia ella”. Por último, el catedrático Enrique González Martínez cerró la jornada con la poesía “El Buen Maestro”, en honor de la memoria de Justo Sierra, impulsor de la Universidad Nacional (Fernández, 1918: 147–157).

Hacia 1925, la Rectoría, encabezada por Alfonso Pruneda, convocó a un concurso estudiantil para celebrar el XV aniversario de dicha fundación, en el que, de acuerdo con los intereses y valores en boga, los participantes deberían desarrollar un trabajo escrito que contribuyera al acercamiento entre el pueblo y la Universidad, para lo cual, decía, contaban con dos recursos: el departamento de extensión de la cultura y el servicio social.18 En el XVI aniversario se conmemoró organizando diversos concursos estudiantiles por medio de los cuales los universitarios se pondrían al servicio de la Universidad y de la colectividad.19

Entre el conjunto de celebraciones conmemorativas de la fundación de la Casa de Estudios destaca la correspondiente a su XXV aniversario (1935), para la cual, dada la difícil situación económica por la que ésta atravesaba, el rector, Fernando Ocaranza, en medio de una de las más difíciles crisis universitarias, solicitó a la Secretaría de Gobernación su autorización para llevar a cabo un único sorteo con el fin de reunir fondos para celebrar dignamente las “bodas de plata” de la Universidad. Aunque la inmediata renuncia de dicho funcionario y de muchos de sus colaboradores impidió que la festividad se llevara a cabo, el hecho da cuenta del valor simbólico que se otorgaba a la fecha y la importancia que le concedían las autoridades académicas, empeñadas en rememorar la efeméride.20 Sin embargo, no eran tiempos favorables para pensar en conmemoraciones; los problemas de la institución, inmersa como estaba en defender la autonomía y la libertad de cátedra contra los embates gubernamentales opuestos a tales directrices, vivió ese onomástico en medio del caos. Las siguientes palabras dan cuenta de los temores y desesperanza que animaba a ciertos sectores y la constante invocación a la autoridad moral de Justo Sierra: “¡Qué cinco lustros! ¡Qué balance de veinticinco años! Lo peor de todo es que los jóvenes universitarios hayan tenido que ocurrir ante un congreso de sabios en América, en demanda de un voto pro libertad de cátedra. Manes de Justo Sierra: ¿qué veis desde los serenos confines del ideal?” (El Universal Gráfico, 1935: 6–11).

Si bien las celebraciones anuales en honor de la fundación universitaria continuaron a lo largo de las primeras cuatro décadas de vida de la institución, el común denominador de las mismas fue ignorar a la corporación colonial. Sin embargo, hubo algunas excepciones significativas, como fue el caso del discurso pronunciado por Ezequiel A. Chávez en ocasión del XIII aniversario de la Universidad Nacional. El entonces rector, gran conocedor de la historia del país y en especial de las temáticas cultural y educativa, hacía hincapié en la importancia de la Universidad colonial, así como en su pervivencia a lo largo del siglo XIX, pese a las acciones y esfuerzos de quienes pretendieron destruirla “arrancándole su nombre y su unidad sintética”.21 No obstante tales opiniones, Chávez finalizaba su alocución flexibilizando su postura inicial al destacar el carácter “nuevo” de la institución, con lo que se ajustaba al concepto prevaleciente.

Un año más tarde (22 de septiembre de 1924), don Ezequiel vuelve al tema subrayando las positivas aportaciones de la antigua Universidad, sólo que entonces asume una posición más firme, pues se refiere al acontecimiento como el XIV aniversario de su “reorganización”, lo que significaba un giro notable en la interpretación del hecho. Incluso, el funcionario destacaba que en “su primera forma” representó “uno de los dones supremos de la civilización española ofrecida a la América”, la cual sólo se había extinguido aparentemente, pero en realidad sobrevivía, transfigurada, para beneficio de la población mexicana:

cuando aparentemente se extinguió, en la primera mitad del siglo XIX, y cuando aparentemente también quedó en suspenso, hasta el año de 1910, subsistió no obstante, aun cuando estuviese disgregada en las diversas Facultades que hoy la continúan [cursivas de la autora], de suerte que cuando nos damos cuenta de su vida, vemos bien que ella es, transfigurada, la realización, imperfecta aún, pero la realización de aquel anhelo de sus primeros fundadores, de que hubiera en este país, para beneficio de todos, una casa universal de estudios (Chávez, 1924).

Por ende, para Chávez, la antigua Universidad no murió en el siglo XIX, como tantos afirmaban, sino que sufrió una especie de metamorfosis que le permitió “resucitar” en 1910. Y es que, en esencia, a su juicio ambas instituciones eran lo mismo, perseguían idéntico propósito: “ser casa de estudios en la que se armonicen cuantos conocimientos haya, y se subliman para beneficio de cuantos hombres existan, ligando así a los antecesores con los sucesores” (idem.).

Tras la conquista de la autonomía, durante el rectorado de Ignacio García Téllez, se expresó la misma idea; en el pasado, explicaba dicho académico, la Universidad sufrió prolongados recesos, por lo que erróneamente se consideró que había desaparecido. Por ello, “cuando Justo Sierra la reorganizó, el año del Centenario, se consideró que se le fundaba y se llamó fundador al [que en realidad era su] reconstructor” (El Nacional, 1930: 1 y 8). Sin embargo, pese a esta interpretación, seguramente inspirada en las ideas de Chávez, el personal docente de las diversas facultades y escuelas envió coronas a la tumba de Justo Sierra, e incluso, el mismo rector, acompañado por don Ezequiel y por varios estudiantes, rindió homenaje a quien fuera el fundador de la Universidad Nacional.

En 1936 se observan leves cambios, Salvador Azuela (1936: 1–3), orador en la ceremonia conmemorativa del 22 de septiembre, rememoró el valor de Justo Sierra, “sombra paternal e ilustre” de las nuevas generaciones, quien con la creación de la Universidad Nacional había logrado “la amalgama armoniosa de lo viejo aquilatado y lo bueno nuevo”. Con más sentido histórico que muchos de sus predecesores, rescataba los importantes aportes de la Real y Pontificia Universidad y “los trabajos dispersos de las escuelas de enseñanza preparatoria y profesional del siglo XIX”. Gracias a ello y a la “intuición clarividente” de Sierra, insistía, fue posible la tarea de coordinación y síntesis realizada por la Universidad Nacional.

Empero, pese a tales excepciones, pervivía la versión expresada en diversas ocasiones por Justo Sierra. Un ejemplo entre otros es el discurso conmemorativo del XVIII aniversario de la Universidad Nacional, en el que Luis Rubio Siliceo, jefe del Departamento de Extensión Universitaria, subrayaba el origen de la “nueva Universidad”, la cual “no podía ser continuadora de ese anacrónico instituto que no sentía las palpitaciones populares, que no fue capaz siquiera de comprender la trascendencia del movimiento independiente que inició nuestros albores de pueblo libre” (Rubio, 1929: 7).

Sorprende, por tanto, la decisión de Luis Garrido al desconocer dicha tradición y adoptar oficialmente la tesis de la unidad histórica entre la Real y Pontificia Universidad de México y la institución creada en 1910. Y no sólo eso, sino que optó por conmemorar con toda “pompa y platillo” los cuatro siglos de vida de la Casa de Estudios.

Pero nos preguntamos, ¿cuál era el verdadero propósito o propósitos del rector para avocarse a esta celebración tetracentenaria? ¿Quiénes lo apoyaron en la realización de esta empresa? ¿En qué consistió el programa conmemorativo? ¿Cómo se llevó a cabo el conjunto de festividades? ¿Cuáles fueron sus logros y resultados finales? A continuación trataremos de ofrecer una breve respuesta a tales cuestionamientos.

El programa de festejos

El punto inicial de las conmemoraciones de 1951 fue constituir el Comité Central Directivo del IV Centenario,22 organismo que, posteriormente, se transformaría en el Comité Organizador de las festividades. Este órgano contó con la presidencia honoraria del licenciado Miguel Alemán, presidente de la república, y con varios vicepresidentes honorarios: licenciados Ramón Beteta, Agustín García López, Manuel Gual Vidal y Antonio Martínez Báez. La presidencia del mismo recayó en el rector Luis Garrido, mientras que el licenciado Alejandro Quijano ocupó la presidencia ejecutiva; el secretario general y director de las ediciones del IV Centenario fue Agustín Yáñez; el tesorero, Alfonso Ramos Bilderbeck. Para presidir la comisión organizadora del Congreso Científico que se llevaría a cabo dentro del marco de festejos fue electo Alfonso Caso, mientras que el doctor Silvio Zavala fungiría como presidente de la Comisión de Exposiciones. Las vocalías fueron ocupadas por los doctores Nabor Carrillo, Francisco Fernández del Castillo, Julio Jiménez Rueda, y Francisco Monterde; por el arquitecto Carlos Lazo; por los licenciados Alfonso Ortega y José María de los Reyes, además del profesor Francisco Savín.23 Es claro que el rector y probablemente el Ejecutivo de la nación tenían especial interés en que los actos conmemorativos fueran todo un éxito académico, cultural y político, pues entre sus organizadores figuraban algunas de las personalidades más destacadas de su tiempo, quienes supieron darle al evento el brillo y significación esperados.

Uno de los acuerdos iniciales de la Comisión Organizadora fue invitar a prominentes personalidades del mundo científico y cultural internacional con lo que además de garantizar la calidad del evento, se esperaba obtener un alto impacto en el ámbito universitario internacional. Por lo que puede observarse por la documentación respectiva, la convocatoria fue todo un éxito; baste recordar que asistieron los presidentes de dos agrupaciones universitarias internacionales: doctor Jean Sarraih, rector de la Universidad de París y presidente de la Asociación Internacional de Universidades y el doctor Carlos Martínez Durán, ex rector de la Universidad de Guatemala y presidente de la Unión de Universidades Latinoamericanas. También estuvieron presentes 15 representantes de universidades, entre los figuraban varios rectores, vicerrectores y algún canciller, como el doctor Bernhard Von Kleinsmid de la Universidad de Sur de California. Asimismo asistieron aproximadamente 65 delegados universitarios, todos de muy diversa nacionalidad, aunque predominaron los provenientes de América Latina y de los Estados Unidos de Norteamérica, nación esta última que tuvo la delegación más copiosa, conformada por 29 académicos, es decir poco menos del 50% del total de delegados internacionales. España en cambio, país que por su peso histórico debió tener una nutrida representación, sólo contó con dos académicos: el doctor César Real de la Riva, vicerrector de la Universidad de Salamanca, y el doctor Luis Jordana de Pozas, de la Universidad Central de Madrid. Es decir, en este punto del programa, el espíritu del IV Centenario estuvo muy por debajo de lo expuesto reiteradamente por las autoridades universitarias.

Desde el inicio de la celebración se adoptó un lema en latín, posiblemente en recuerdo de la importancia de esta lengua en las instituciones educativas del pasado, el cual encabezaría la documentación de las diversas dependencias durante la celebración: Novi Lux Orbis Quatre Saecularis Anima Patriae. De acuerdo con la interpretación bastante flexible de la revista Universidad de México, tales palabras hacían referencia “a la misión desempeñada por la Universidad en nuestra patria desde el siglo XVI a nuestros días” (Universidad de México, 1951: 23). El mensaje integrador de los festejos también se hacía notar en las invitaciones al evento, consistentes en grandes pliegos blancos en los que resaltaban, “a todo color los escudos de las dos universidades: la de la Colonia y la actual”.24 Como en otras ocasiones, esta conmemoración contó con un himno propio, cuya letra se debió a la pluma del doctor Alfonso Méndez Plancarte y la música al maestro José F. Vázquez (Méndez, 1951: 15).

El programa de actividades, en palabras del rector Garrido, tenía un objeto preciso: “descostrar el adelanto cultural de nuestra vieja casa de estudios” (Mañana, 1951: 5–6) y para ello se ejecutaron múltiples e importantes actos, como puede apreciarse en el cuadro anexo. Abarcaba tres momentos representativos: la expedición de la cédula de creación, fechada el 21 de septiembre de 1551, la solemne inauguración, el 25 de enero de 1553 y la apertura de cátedras efectuada el 5 de junio del mismo año (1553). En un afán de festinar el largo lapso de la triple celebración, se decidió que de octubre de 1551 a junio de 1553 cada facultad, escuela o instituto de la Universidad encabezaría la realización de un evento mensual.25

Entre las variadas actividades que conformaron el programa definitivo destacan algunos eventos de especial importancia, como la realización de dos reuniones de universidades, una nacional, convocada por la Asociación de Universidades e Institutos de Enseñanza Superior de la República Mexicana y una más, de carácter internacional, la Asamblea Extraordinaria de la Unión de Universidades Latinoamericanas, así como la constitución del Consejo de Investigación Científica dentro de esta última organización. Ello respondía a la reciente inquietud —nacional e internacional— de “pensar” a las universidades, de replantearse su problemática y de establecer lineamientos para optimizar su funcionamiento futuro, razón por la que, durante la década de los cuarenta, se llevaron a cabo diversos foros en el país, entre los cuales figura el que tuvo lugar en el IV Centenario de la Universidad. Asimismo, el tema abría nuevos ámbitos de acción política, interés que seguramente animó al rector Garrido, a todas luces empeñado en asumir el liderazgo de las universidades latinoamericanas.

Pero como ya se dijo, las actividades fueron muy diversas y a cual más interesantes; en la solemne velada oficial del Centenario, efectuada el 21 de septiembre en el Palacio de las Bellas Artes, la UNAM reconoció los méritos de algunas personalidades del mundo científico, a las que otorgó grados honoris causa. El mismo día, sólo que por la mañana, tuvo lugar en la Facultad de Filosofía un homenaje a fray Alonso de la Veracruz, “maestro de Teología egresado de la Universidad de Salamanca, fundador de la primera biblioteca que existió en la Nueva España y autor del primer libro de texto para estudiantes universitarios, publicado en América” (Paz, 1951: 10). Asimismo, se realizó la Exposición de Arquitectura, cuya sede fue el Palacio de Iturbide; el Congreso Científico Mexicano, inaugurado el lunes 24 de septiembre en el Palacio de las Bellas Artes y clausurado cinco días después; la Exposición de la Cultura Mexicana en el Castillo de Chapultepec y el Primer Congreso Continental de Estudios Anatómicos, cuyos trabajos se desarrollaron del 1° al 10 de octubre. Pero probablemente la cereza del pastel de las fiestas conmemorativas del IV Centenario sería la inauguración, en septiembre de 1551, de los primeros edificios de la flamante Ciudad Universitaria: Leyes, Economía, Comercio y Filosofía. Con este acto, las autoridades de la institución dejaban claro, ante propios y extraños, que su interés no miraba exclusivamente al pasado, sino que estaban comprometidos con establecer los medios que permitirían a la sociedad mexicana un futuro mejor.

Mención aparte merece el programa editorial conmemorativo, que reunió una serie de títulos alusivos al pasado educativo y cultural de México, entre cuyos autores figuraron prestigiados intelectuales mexicanos. A más de la reflexión histórica que llevaron a cabo, muchas de ellas rescatando el pasado de la Universidad y de algunos colegios coloniales, tales obras abrieron nuevas rutas a la investigación histórica, convirtiéndose con el paso del tiempo en clásicos de obligada consulta sobre el tema (véase Anexo 2).

De manera paralela, se llevó a cabo un programa especial para “agasajar y dar a conocer nuestro país” a los delegados y representantes extranjeros. Con ese fin se planearon excursiones a Huejotzingo, Cholula, Puebla, Xochimilco y Jalapa, ciudad esta última donde la Universidad Veracruzana y la Asociación de Universidades e Institutos de Enseñanza Superior de la República Mexicana rindió homenaje a la UNAM. La velada finalizó con una fiesta mexicana en el parque de los Berros.

Por último, aunque de manera casi simbólica, se incluyó en el programa de celebraciones a los empleados de la institución, a quienes se dedicaron las clásicas “mañanitas”, en el edificio central de la Universidad, y para la comunidad universitaria en general se realizaron los v Juegos Nacionales Estudiantiles.

A manera de conclusiones

De acuerdo con la documentación y hemerografía consultadas, parece ser que la conmemoración de IV Centenario de la Universidad, impulsada por la administración del rector Luis Garrido, fue todo un éxito. De ello da cuenta la copiosa representación de autoridades y académicos de diversas universidades que asistieron a la celebración, así como el abigarrado y variado programa de actividades que se preparó para la ocasión, en el que había un poco de todo y para todos.

Sin embargo, pese a la reiterada insistencia por parte de los anfitriones de subrayar el papel histórico de la Real Universidad de México, el programa conmemorativo muestra una realidad bien distinta. En términos generales, los actos especialmente dedicados a la antigua corporación fueron mínimos y estaban lejos de ser los medulares. El primero de ellos y seguramente el más significativo para los fines referidos, fue el homenaje a los fundadores de la Universidad, realizado en el patio de la Facultad de Filosofía y Letras, el 21 de septiembre, fecha en la que, en 1551, fue expedida la cédula de creación de la Real Universidad de México. El segundo fue la representación en el Palacio de Bellas Artes de la obra Cristóbal Colón, del escritor mexicano Fernando Benítez y, por último, la ceremonia organizada por la Universidad Femenina de México, en la que se representó el Diálogo latino de Cervantes de Salazar sobre la Universidad, el cual data de 1553.

Tampoco fueron mayores las referencias a Justo Sierra y, hasta donde deja ver el programa oficial, nulas las relativas a la ceremonia del 22 de septiembre de 1910. Seguramente se consideró que dado el espíritu de la celebración este último hecho no resultaba pertinente. Es claro que lo que realmente interesaba a las autoridades universitarias en turno era aclarar ante propios y extraños el abolengo de la institución, nacida al calor de la Conquista y, como tal, una de las más antiguas del continente.

También resulta bastante obvio que el programa del IV Centenario privilegió el análisis y discusión de las universidades latinoamericanas contemporáneas así como sus avances en el campo científico, temáticas que a todas luces interesaban al rector, decidido, como ya se dijo, a encabezar el liderazgo de estas importantes casas de estudio en Latinoamérica.

Sin embargo, tanto el rector como la mayor parte de los miembros del Comité Organizador tenían la suficiente capacidad y cultura como para dejar de lado el objetivo fundamental de la conmemoración, por lo que, al margen del programa oficial de celebraciones, hicieron justicia a la antigua Universidad impulsando la realización de una amplia colección de obras conmemorativas sobre su historia y la del otras instituciones coloniales, como el Colegio de San Pedro y San Pablo, el Palacio de Minería, o La iglesia y el convento de San Agustín (véase Anexo 2). Aunque este aspecto de la efeméride ni siquiera fue mencionado en el programa respectivo, con el paso del tiempo se convertiría en una de sus aportaciones más significativas.

Cómo citar este artículo
[Alvarado, 2014]
María de Lourdes Alvarado.
La construcción de una ‘urbe para los universitarios’ y las celebraciones del IV Centenario.
Revista Iberoamericana de Educación Superior (ries), pp. 55-77
Anexo 1 Lista de rectores1910–1953**

Elaboración propia. Fuente: “Cronología histórica de la UNAM”, Guía Universitaria, México, UNAM, Secretaría Universitaria, 1992 y Página UNAM (Web), Rectores.

Joaquín Eguía Lis (1833–1917), rector del 22 de septiembre de 1910, al 22 de septiembre de 1913.

Ezequiel Adeodato Chávez Lavista (1868–1946), rector del 1 de diciembre de 1913, al 2 de septiembre de 1914 y, del 28 de agosto de 1923, al 8 de diciembre de 1924.

Valentín Gama y Cruz (1868–1942), rector del 11 de septiembre, al 4 de diciembre de 1914 y, del 28 de abril al 29 de junio de 1915.

José Natividad Macías (1857–1948), rector del 1 de julio de 1915, al 22 de noviembre de 1916 y, del 3 de mayo de 1917, al 7 de mayo de 1920.

Miguel E. Schultz (1851–1922), rector del 23 noviembre de 1916, al 3 de mayo de 1917. Sustituyó temporal-mente a José Natividad Macías cuando éste participó en el Congreso Constituyente de 1917.

Balbino Dávalos Balkim (1866–1951), rector del 11 de mayo al 2 de junio de 1920.

José Vasconcelos Calderón (1882–1959), rector del 9 de junio de 1920, al 12 de octubre de 1921.

Mariano Silva y Aceves (1886–1937), rector interino de la Universidad Nacional de México del 12 de octubre, al 12 de diciembre de 1921.

Antonio Caso (1883–1946), rector del 7 al 11 de mayo de 1920 y, del 12 de diciembre de 1921 al 28 de agosto de 1923.

Alfonso Pruneda García (1879–1957), rector del 30 de diciembre de 1924, al 30 de noviembre de 1928.

Antonio Castro Leal (1896–1981), rector del 9 de diciembre de 1928, al 21 de Junio de 1929.

Ignacio García Téllez (1897–1985), rector del 11 de julio al 1 de agosto de 1929 y, del 4 de septiembre de 1929, al 12 de septiembre de 1932.

José López Lira (1892–1965), Como Secretario General de la Universidad, sustituyó al rector García Téllez, del 2 de agosto al 4 de septiembre de 1929.

Roberto Medellín Ostos (1881–1941), rector del 12 de septiembre de 1932, al 15 de octubre de 1933.

Manuel Gómez Morín (1897–1972), rector del 23 de octubre de 1933, al 26 de octubre de 1934.

Enrique O. Aragón (1880–1942), En su carácter de director de la Facultad de Filosofía y Letras, sustituyó durante un mes a Manuel Gómez Morín tras su renuncia como rector.

Fernando Ocaranza Carmona (1876–1965), rector del 26 de noviembre de 1934, al 17 de septiembre de 1935.

Luis Chico Goerne (1892–1960), rector del 24 de septiembre de 1935, al 9 de junio de 1938.

Gustavo Baz Prada (1894–1987), rector del 21 de junio de 1938, al 3 de diciembre de 1940.

Mario de la Cueva (1901–1981), rector interino, en sustitución del doctor Gustavo Baz, del 3 de diciembre de 1940 al 18 de junio de 1942.

Rodulfo Brito Foucher (1899–1979), rector del 18 de junio de 1942, al 27 de julio de 1944.

Samuel Ramírez Moreno (1898–1951), Como Secretario General de la Universidad, tras la renuncia de Rodulfo Brito Foucher en julio de 1944 y, según lo previsto en el Estatuto, convocó al Consejo Universitario para designar al nuevo rector.

José Aguilar Álvarez (1902–1959), El 3 de agosto de 1944, el Consejo Universitario lo consideraba legítimo sucesor del anterior, sin embargo, éste renunció al cargo, a petición del presidente de la República, días después.

Manuel Gual Vidal (1903–1944), Fue nombrado rector por un Directorio encabezado por Gual Vidal, Roberto Medellín Ostos y Raúl Cervantes Ahumada, simultáneamente al nombramiento de José Aguilar Álvarez. Gual Vidal renunció también a petición del presidente de la República.

Alfonso Caso Andrade (1896–1970), rector del 15 de agosto de 1944, al 24 de marzo de 1945.

Genaro Fernández Mac Gregor (1883–1959), rector del 24 de marzo de 1945, al 28 de febrero de 1946.

Salvador Zubirán Anchondo (1898–1998), rector del 4 de marzo de 1946, al 23 de abril de 1948.

Alfonso Ochoa Ravizé (1913–1992), la Junta de Gobierno lo designó para ocuparse de los asuntos de la rectoría tras la salida del doctor Zubirán, del 24 de abril al 1° de junio de 1948.

Luis Garrido Díaz (1898–1973), rector del 2 de junio de 1948, al 14 de febrero de 1953.

Anexo 2 Ediciones del IV Centenario de la Universidad****

Elaboración propia. Fuente: “Ediciones del IV Centenario de la Universidad Nacional”, en Julio Jiménez Rueda (1955), Historia Jurídica de la Universidad de México, UNAM y Margarita Paz Paredes (1951), “Cuarto Centenario de la Universidad Nacional”, en Revista Universidad de México, vol. V, núm. 51, p.10.

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La construcción de la Ciudad Universitaria del Pedregal. Concepto, programa y planeación arquitectónica, UNAM, (1979),
[UNAM, 1959]
UNAM.
Anuario Estadístico, UNAM, (1959),
[UNAM, 1948]
UNAM (1948), “Ideario, realizaciones y proyecto del doctor Salvador Zubirán”, México, Imprenta Universitaria, pp.46–50 [ahunam, Col. Rectores, caja 3, rector: Salvador Zubirán].
[UNAM, 1943]
UNAM.
Balance de la labor realizada por la actual administración universitaria durante un año, UNAM, (1943),
[Universidad de México (Revista), 1951]
Universidad de México (Revista).
Inició sus trabajos el Comité del IV Centenario.
Universidad de México (Revista), v (1951), pp. 5
[Universidad de México (Revista), 1948]
Universidad de México (Revista).
Ideario del rector Garrido, (1948), pp. 1-2
[Universidad de México (Revista), 1948b]
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Un resumen de los acontecimientos que alteraron la vida universitaria, II (1948), pp. 12-15
[Universidad de México (Revista), 1946]
Universidad de México (Revista).
S. P.”, “La ciudad universitaria.
Universidad de México (Revista), 1 (1946), pp. 16

Una versión de este trabajo fue publicada en Mariano Peset y Jorge Correa Ballester (coord. y pról.) (2012), Matrículas y lecciones. XI Congreso Internacional de las Universidades Hispánicas, vol. I, Valencia, Universidad de Valencia.

La Junta de Avenimiento estuvo conformada por los ex rectores Ignacio García Tellez, Manuel Gómez Morín, Fernando Ocaranza, Luis Chico Goerne, Mario de la Cueva y Gustavo Baz (Ramírez, 2010: 183).

Si bien la Ley Orgánica fue aprobada a finales de 1944, fue publicada en el Diario Oficial en el mes de enero de 1945.

Uno de los principales propósitos de la gestión de Fernández Mac Gregor (marzo de 1945 a enero de 1946) fue la de fortalecer la disciplina al interior de la Universidad, basada “en el respeto al principio de autoridad”. Asimismo, se interesó por mejorar su nivel académico, aplicando la ley del profesorado de carrera, gracias a lo cual se aumentarían de $600 hasta $1 500 los emolumentos de los profesores, lo que permitiría que éstos consagrasen su tiempo a sus clases, a la elaboración de libros de texto y “a llevar una vida decente y modesta”. Además restableció el sistema de oposición, con lo que garantizaba que únicamente ingresaran a la institución académicos suficientemente preparados. Por último, se propuso hacer de la Universidad una institución solidaria con los problemas de las clases populares por medio de la creación del servicio social y la colaboración de los institutos de investigación en la solución de los problemas de México. El rector puntualizaba que la Universidad no podía ser de izquierda ni de derecha, sino nacional (El Nacional, 1945: 1 y 4).

Motivado por un movimiento impulsado por un grupo de estudiantes de la Escuela de Jurisprudencia, inconformes con ciertas normas académicas vigentes, como por ejemplo el porcentaje de faltas permitido para tener derecho a exámenes ordinarios, se constituyó un Comité de Huelga que, junto a sus seguidores, invadió el edificio central de la Universidad y agredió al rector Zubirán, obligándolo a salir del inmueble y exigiendo su renuncia. Ante los hechos, calificados por la Revista Universidad de México como “una hora vergonzosa de México”, el alto funcionario (Zubirán) presentó, con carácter de irrevocable, su renuncia al cargo (24 de abril, 1948), no obstante “las múltiples adhesiones de la casi totalidad del profesorado y de grandes grupos de alumnos”. Sin embargo los inconformes no se dieron por satisfechos con este hecho, sino que continuaron adelante con el movimiento de huelga que, para entonces, desconocía a Ley Orgánica y descalificaba la autoridad de la Junta de Gobierno. Ante las difíciles circunstancias, este último órgano decidió clausurar la Universidad hasta que se pudieran reanudar las labores en forma pacífica y de acuerdo con la normativa universitaria. En respuesta, un grupo de estudiantes nombró rector al licenciado Antonio Díaz Soto y Gama al mismo tiempo que la Junta de Gobierno eligiera al doctor Luis Garrido para desempeñar el mismo cargo, en medio del surgimiento de nuevos grupos subversivos con “fiebre de publicidad”. La violencia y confrontación aumentó al punto que el 7 de junio, los rebeldes decidieron prender fuego a las puertas del edificio central de la Universidad, provocando un verdadero zafarrancho que se extendió a las calles aledañas. Finalmente, tras esta acción extrema e injustificable, los inconformes entregaron las instalaciones. Poco después, Soto y Gama hizo pública su decisión de abandonar la causa para “proseguir la misma lucha ideológica en otros campos”, con lo que finalizó este penoso capítulo de la historia universitaria (véase Revista Universidad de México, 1948: 12–15).

Por supuesto, Soto y Gama no sólo contaba con el apoyo estudiantil; de su parte había algunos maestros, “no muchos afortunadamente”, según afirmaba Antonio Gómez Robledo, entre los que destacaba José Vasconcelos (Barros Sierra, 1948: 1 y 3).

Antonio Gómez Robledo (1948: 3 y 6) descalificaba duramente el movimiento encabezado por el Lic. Soto y Gama: “Hay un Rector, Garrido, y un Antirrector, Soto y Gama, ni más ni menos que en otros tiempos hubo un Papa y un Antipapa. Y así como los títulos del primero son del todo claros para quien quiera ver las cosas de buena fe, los del segundo no tienen otro color que la voluntad de un grupo minoritario que, fuera de toda ley, lo izó sobre el pavés, como las clásicas guardias pretorianas, en una asamblea que, al decir de Elourduy, buen testigo y nada fariseo de la legalidad, más tuvo de partido de futbol [sic] o de corrida de toros que de plebiscito universitario”.

Además de una serie de cualidades (prolongada trayectoria como abogado penalista, experiencia académica de más de 25 años en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, capacidad intelectual y prestigio moral), el propio Garrido se autodefinió como una persona “pragmática”. Y en efecto, en distintos aspectos de su gestión como rector se puede advertir esa característica, como veremos más adelante.

De acuerdo con Clementina Díaz y de Ovando, durante el rectorado de García Téllez se elaboró el primer proyecto de construcción de Ciudad Universitaria, el que tendría un costo aproximado de dieciocho millones de pesos y se ubicaría “en las cercanías de Tlalpan”. Es importante destacar que bajo esta administración se organizó una colecta pública, la “Campaña de los veinte millones”, cuyo objeto fue el de reunir fondos para apoyar las escasas finanzas de la institución y, en especial, para la construcción de Ciudad Universitaria. Sobre el tema, véase Díaz y de Ovando, 1979b: 19 y 24, 70.

Se trataba del edificio de la Torre de Ciencias, que constaría de 14 pisos y alojaría a los institutos de investigación dependientes de la Universidad de México [sic]: el Instituto de Matemáticas, el de Física, el de Química, el de Geología, el de Geofísica, el de Geografía, el de Biología, el de Estudios Médicos, el de Investigaciones Sociales, el de Investigaciones Estéticas, el de Historia, el de Derecho Comparado, el de Investigaciones Científicas y el de Investigaciones Económicas (El Universal, 1950: 1 y 5). Pero el tema causó cierto debate, El Universal del 6 de junio del mismo año hacía notar que la colocación de la “primera piedra” de Ciudad Universitaria realmente la había realizado el rector Zubirán, durante la presidencia de Manuel Ávila Camacho, hecho que según el escritor de este artículo había pasado desapercibido en la ceremonia antes citada. Dos años después de que esta nota saliera a la luz pública, el 20 de noviembre de 1952, Garrido recibiría las obras universitarias ya terminadas (ibid.).

El dato fue tomado en “S.P.”, “La ciudad universitaria” (Universidad de México, 1946: 16–17). Sin embargo, sabemos que, hacia 1952, poco antes de su inauguración, la superficie construida en CU era de 84 450 metros cuadrados, cifra que aumentó rápidamente, debido a las crecientes demandas y actividades vinculadas con la formación profesional de la población, llegando a un total de 1 185 498 metros cuadrados en 1978 (UNAM, 1979: 14).

Sin embargo, desde la década de los veinte surgieron las propuestas iniciales en aras de la construcción de una Ciudad Universitaria, pues en 1928, Mauricio de María y Campos y Marcial Gutiérrez Camarena presentaron, como tesis para la licenciatura en Arquitectura, un proyecto con dicho fin, idea que apoyaron algunos estudiantes y que tomó fuerza después de 1929. Al respecto, Clementina Díaz y de Ovando (1979a: 35) afirma: “desde que los estudiantes regresaron a clases empezaron a bregar, junto con sus maestros y el rector García Téllez, para la creación de esa orbe que tanto deseaban y que tanta oposición encontraría en los medios gubernamentales inclinados a favorecer la educación rural”.

Véase Excelsior, 1947: 3, esta nota periodística glosaba las declaraciones hechas por el rector Zubirán, al finalizar la “Campaña de los Cien millones”, tema al que nos referiremos más adelante.

Sin embargo, de acuerdo con las palabras de este funcionario, Medicina, Odontología y Enfermería no se ubicarían en las mismas instalaciones, ya que deberían estar cerca de los hospitales. Por ello, el doctor Gustavo Baz, Secretario de Asistencia en turno, erigiría los edificios para estas escuelas en el Centro Médico que también se planeaba construir.

El dato fue un cálculo expresado por Garrido a la prensa, y corroborado por varias de las fuentes consultadas. De acuerdo con Jorge Avendaño Inestrillas, colaborador de El Universal, hacia septiembre de 1951 se había invertido buena parte de los 100 millones de pesos que costarían las instalaciones finales de CU (El Universal, 1951: 17).

Al respecto contamos con el testimonio del propio rector Salvador Zubirán, quien en enero de 1948, informaba que el Gobierno de la República, a través de uno de sus altos funcionarios además de distinguido universitario, se esforzaba por colocar algunos de los edificios universitarios como oficinas de propio gobierno, lo que daría a la causa universitaria “mayor cantidad de dinero, proporcional al valor de los edificios” (UNAM, 1948: 46–50).

Véase Macías, 1917: 185–197; Lombardo Toledano, 1917: 253–254. De la misma época es la visión del escritor J. B. Iguíniz (1917: 330–331), quien en el artículo denominado “La Universidad Pontificia” planteaba la desaparición de esa institución durante el siglo XIX.

Véase AHUNAM, Fondo Universidad Nacional de México, Rectoría, caja 15, exp. 255, ff. 6723 y 6724.

Véase AHUNAM, Fondo Universidad Nacional de México, Rectoría, caja 18, exp. 278, ff. 8120 y c.20, exp.278, ff.9456.

Las palabras textuales de dicho comunicado son las siguientes: “Para cubrir el déficit a que antes me he referido se han ideado diversos procedimientos, entre ellos la “Lotería de la Universidad”, que celebraría un sorteo al finalizar el mes de septiembre próximo […] para conmemorar el XXV aniversario de la fundación de la actual Universidad Nacional de México” (AHUNAM, Fondo Universidad Nacional de México, Sección Rectoría, caja 35, exp. 428. ff. 2735 2736).

Ezequiel A. Chávez, “Discurso pronunciado por el rector de la Universidad Nacional, licenciado Ezequiel A. Chávez, en el acto conmemorativo del XIII aniversario de la fundación de la misma”, Fondo Ezequiel A. Chávez, caja 3, exp. 24 (2 de 3), doc. 11–2, ff. 2388–2405.

Este órgano inicial estuvo encabezado por el rector de la Universidad y conformado por distinguidos miembros de la comunidad universitaria, los doctores Silvio Zavala, Ignacio González Guzmán, y Francisco Fernández del Castillo; los licenciados Agustín Yáñez y Alfonso Ramos Bilderbeck; el arquitecto Carlos Lazo, y el contador David Thierry. La presidencia ejecutiva de dicho órgano recayó en el licenciado Alejandro Quijano.

“Programa General de los actos conmemorativos del IV Centenario de la Universidad de México”, AHUNAM, colección Memoria Universitaria, sección Publicaciones periódicas, subsección Revista Universidad de México, enero-diciembre, 1951.

“Programa de las Fiestas del IV Centenario de la UNAM”, AHUNAM, Colección Memoria Universitaria, Publicaciones Periódicas, Revista Universidad de México, septiembre 1951: 1.

Sólo a manera de ejemplo, en agosto de 1948, el rector Garrido informó que el Centro de Estudios Filosóficos participaría con una “monumental historia de las ideas en México”, cuyos primeros capítulos estarían a cargo del profesor Edmundo O'Gorman (El Nacional, 1948: 1). Al parecer, esta dependencia tenía especial interés en la efeméride, pues además de la actividad antes citada, en octubre de 1951 llevó a cabo un acto conmemorativo. En noviembre del mismo año se realizaría uno más, esta vez organizado por el Instituto de Historia.

Nota editorial. El campus central de Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) fue incorporado, por unanimidad, a la lista del Patrimonio de la Humanidad de la unesco en su Convención del 28 de junio de 2007, realizada en Nueva Zelanda. Según el comunicado de la UNESCO “este sitio se ha inscrito porque constituye un conjunto monumental, ejemplar del modernismo del siglo xx. El campus, que integra obras destacadas del urbanismo, arquitectura, ingeniería, paisajismo y bellas artes, es uno de los más importantes iconos arquitectónicos y urbanísticos del modernismo de toda América Latina.

Elaboración propia. Fuente: “Cronología histórica de la UNAM”, Guía Universitaria, México, UNAM, Secretaría Universitaria, 1992 y Página UNAM (Web), Rectores.

Elaboración propia. Fuente: “Ediciones del IV Centenario de la Universidad Nacional”, en Julio Jiménez Rueda (1955), Historia Jurídica de la Universidad de México, UNAM y Margarita Paz Paredes (1951), “Cuarto Centenario de la Universidad Nacional”, en Revista Universidad de México, vol. V, núm. 51, p.10.

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