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Vol. 26. Núm. 5.
Páginas 22-26 (Mayo 2007)
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Raúl Guerra Garrido
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ENTREVISTA REALIZADA POR:

EUGENIA GARRIDO

FotografÍas: Luis Domingo

Raúl Guerra Garrido está jubilado como farmacéutico, pero no como novelista. Aunque actualmente no está inmerso en la redacción de una nueva obra, asegura que ideas no le faltan. Se ha tomado un tiempo de descanso para dedicarse a «actividades más mundanas, pero no menos agradables». Entre ellas, hablar para Offarm de su obra, de su relación con la farmacia, de la estrecha línea divisoria que, en su opinión, hay entre las ciencias y las humanidades, y del compromiso que el novelista, al igual que el farmacéutico, tiene para con la sociedad. Mientras llevamos a cabo esta entrevista se está imprimiendo su última novela, La soledad del ángel de la guarda (Alianza Editorial). Una obra en la que, según sus propias palabras, explota una nueva faceta de descripción del miedo.

Raúl Guerra Garrido. Farmacéutico y novelista. Premio Nacional de las Letras Españolas 2006

BIOGRAFÍA PROFESIONAL

Raúl Guerra Garrido nació en Madrid en 1935. Doctor en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid (1960), se dedicó durante un corto periodo a la investigación científica, trabajó después para la industria y de ahí pasó a la oficina de farmacia, donde ejerció como farmacéutico comunitario hasta el año 2000. En julio de ese año, su farmacia en San Sebastián, donde reside desde 1963, quedó destruida por el fuego provocado por la violencia terrorista. Éste no era el primer ataque al establecimiento. Decidió entonces clausurarlo y jubilarse como farmacéutico.

Desde su llegada a la oficina de farmacia, Guerra Garrido compaginó su actividad profesional con su vocación como novelista. En 1969 publicó su primera novela, Ni héroe ni nada, a la que seguirían --hasta el día de hoy-- una veintena más. También ha escrito varias novelas cortas, algunos relatos y antologías personales, ensayos y libros de viaje, y más de una treintena de cuentos en revistas y periódicos.

En 2006 se le concedió el Premio Nacional de las Letras Españolas. Cuando en 1976 ganó el Premio Nadal por su novela Lectura insólita de El Capital, prometió no presentarse a más premios y lo ha cumplido, pero los galardones siguen llamando a su puerta. El último, el Premio Castilla y León de las Letras.

Es miembro fundador del Foro de Ermua y Basta Ya, y es crítico con el nacionalismo vasco. Entre sus textos se encuentran también artículos alertando sobre la fractura social en el País Vasco.

« La pasión de escribir está en el hecho de escribir con independencia del resultado »

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Nació en Madrid, de familia leonesa, y pasó su infancia en el Bierzo. ¿Cree que esa ascendencia imprime carácter?

No especialmente, aunque quizás en mi caso sí fuese así. Las denominaciones de origen son buenas para el vino y poco más, pero sí es verdad que donde pasas la infancia y juventud te marca; aunque a saber cómo.

¿Y su obra? ¿Ha marcado este origen su obra de algún modo?

Cuando empecé a escribir lo hice muy pegado a la realidad del País Vasco. Abordaba los problemas de la inmigración, la industrialización, el nacimiento del terrorismo, etc. En cierto modo me olvidé del Bierzo. Con el paso de los años he llegado a una etapa de cierta nostalgia. Ahora veo el Bierzo como una especie de paraíso perdido, como un refugio. Y de ahí salen mis novelas más memorialistas, más entrañables, más sentimentales. La novela es un género de experiencias, por eso las vivencias marcan la obra de todo autor. De hecho, la farmacia sin ser un tema muy apasionante narrativamente, lo he explotado como tal y hay alguna novela dedicada a la farmacia exclusivamente. Si mi experiencia vital hubiese sido otra, mi narración sería muy diferente.

¿Cómo fue su época de estudiante en la Facultad de Farmacia?

Tengo un expediente con una sola mácula. Siempre sacaba aprobados, salvo una vez que saqué un notable. Tenía una cuadrilla de amigos muy empollones y con vocación de sabios. En nuestro caso, los tres mosqueteros eran cinco: Joaquín del Río, catedrático de Farmacología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra; Emilio Muñoz, bioquímico y ex director del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y Jorge Fernández López Sáez y José Luis Canovas Palacio Valdés, ya fallecidos. Jorge tenía un entusiasmo maravilloso, se dedicó toda su vida a la genética y fue catedrático de esta materia en la Facultad de Biológicas de la Universidad Complutense de Madrid. Y José Luis se dedicó a unas elucubraciones que yo nunca llegué a comprender. Algo así como formulación matemática de procesos biológicos. Recuerdo aquella etapa como unos años muy pletóricos.

¿Cuál ha sido su relación con la farmacia?

A pesar de mis aprobados, quería seguir la carrera científica y dedicarme de lleno a ella, como hicieron mis compañeros de estudio. Obtuve una beca para terminar la tesis en la Universidad de Berkeley (California), pero lo tuve que dejar por razones económicas. La investigación es como un caballo desbocado, una vez que lo pierdes no hay forma de volverlo a cabalgar. Pasé a la industria y, cuando pude, abrí una farmacia y me puse a escribir. Tenía una vocación muy definida dominada por la curiosidad: o era investigador o escribía novelas. Lo tenía muy claro.

¿Se definiría como un farmacéutico que escribe o como un novelista que es farmacéutico?

Cuando empezaba a escribir siempre me preguntaban qué hacia un farmacéutico escribiendo novelas, y cuando me iba a jubilar la pregunta era qué hacia un novelista en una farmacia. Reconozco que si se mira desde fuera es un poco raro. Me he situado entre la frontera de las dos culturas, las ciencias y las humanidades, y he querido explotar ambas, pasar de un lado a otro con un solo paso. En mi caso, el filo que separa una cultura de la otra lo marca el dolor. La gran misión del farmacéutico es aliviar el dolor y, precisamente, el dolor es también la gran materia prima de la novela universal.

« La novela es el género de la experiencia, por eso las vivencias personales del autor marcan su obra »

« En el mundo farmacéutico se da mucho más el poeta que el narrador o que el dramaturgo »

¿Hay muchos farmacéuticos que, como usted, tengan una obra literaria de relieve?

Es curioso, en el mundo farmacéutico se da mucho más el poeta que el narrador o que dramaturgo. La gran figura universal farmacéutica literaria es León Felipe, pero ha habido otros poetas estimables. Federico Muelas y Guillem Viladot, por ejemplo, son dos de ellos, aunque hay muchos otros. La Asociación Española de Farmacéuticos de la Letras y las Artes (AEFLA) agrupa a muchos de ellos.

Entre otros galardones, ha ganado el Premio Nadal y ha sido finalista del Premio Planeta. ¿Hasta qué punto son útiles los premios literarios?

Es como todo. Cuando empecé a escribir, la forma de llegar a editar era a través de los premios. Por aquel entonces, el Nadal era un premio importante que te daba una especie de tarjeta de visita donde podías poner «escritor». Cuando lo gané, dije que no me volvería a presentar a más premios y lo he mantenido. Todos los galardones que he obtenido a posteriori son premios a los que no hay que presentarse. Entiendo que el arte y las letras son bastante intangibles, inmensurables... Por tanto, ¿cómo medirlas? Los premios tienen mucho de aleatorio. Para hacer justicia, habría que entregarlos por riguroso orden alfabético. Esto no quita la alegría que he sentido al recibir los que me han tocado. De hecho, me satisface que vayan por la G y me toquen a mí este año.

Siguiendo con los premios, ¿qué representa en su carrera literaria la concesión del Premio Nacional de las Letras Españolas?

Ha sido importante. No tanto porque se trate de un reconocimiento oficial, como porque está refrendado por lectores muy conspicuos, catedráticos de literatura y críticos literarios, y porque se otorga a toda una carrera, a toda una obra en general y a la novedad de unas técnicas narrativas. Aunque, personalmente, el reconocimiento que más me ha gustado siempre es el de haber tenido lectores.

Recientemente le han comunicado que una calle de Ponferrada llevará su nombre...

Sí. Tengo otra calle en el pueblo de mis padres, en Cacabelos. Pero sólo están construidos los números pares. Espero que la de Ponferrada tenga edificios en las dos aceras. Se suele decir que nada te da tanto éxito como el éxito. Esto es como las cerezas o los besos, tiras de uno y salen en racimo. Y yo, encantado.

¿Es fácil ser escritor en España si se es independiente?

Es muy duro y se paga. Si eres independiente en España, así como en el resto del mundo, es casi inviable llegar a cumplir tu vocación sin perder la dignidad. Para mí, una obra de arte o un texto literario existe independientemente de que haya o no alguien que lo reciba. La recepción es importante, pero la pasión de escribir está en el hecho de escribir y no en el resultado. En este sentido, la literatura es la más fácil de todas las artes y, por supuesto, de todas las ciencias, porque es la que menos instrumentos necesita para trasladar sus ideas desde el pensamiento a la realidad tangible.

¿Cree que la novela ha muerto, como sostienen tantos novelistas y críticos?

Como todos los géneros, la novela va variando según cambian los soportes de expresión. Se ha hecho más minoritaria, pero no ha desaparecido. Y no creo que lo haga. La prueba de la inmortalidad es la poesía. Posiblemente el artefacto más inútil que ha inventado el ser humano es la poesía y probablemente jamás haya habido tanta gente en la humanidad escribiendo poesía como ahora.

El cine hizo que la narración convencional decimonónica pasase al monólogo interior y éste, a su vez, hizo que en las películas saliesen muchos primeros planos. ¿O fue al revés? Todo se influye y coexiste.

¿Quiénes son sus referentes literarios?

En mi generación había una serie de autores muy constantes por supervivientes a la censura, al menos en algunas de sus obras. Por este motivo, quizás, influyó muchísimo en mí lo que se filtraba de Baroja, de toda la generación perdida estadounidense: Faulkner, Hemingway, Steinbeck... También Kafka, la novela del siglo xix y los clásicos rusos. Fue un tiempo muy difícil. Para acceder a las novelas que hoy encontramos en cualquier quiosco, se protagonizaba una escena de película de espías de Le Carré. Llegabas al punto donde te había citado tu librería de cabecera y te entregaban el libro forrado con tapas de novela rosa con una contraseña: pasado mañana a las cinco, aquí. Tenías sólo 48 horas para leértelo porque había que pasárselo al siguiente. Todo aquello le daba un valor añadido a la lectura. Probablemente, un modo de difusión importante de la novela sería prohibirla. Se leería más.

¿Con qué escritores españoles actuales se siente más identificado?

Con los amigos. Los años te convierten en un viejo sentimental. Encontrarme con novelas de viejos amigos como José Antonio Gabriel y Galán, Alfonso Grosso... y de tantos que ya han muerto es muy emotivo.

Para finalizar, ¿cree que las publicaciones farmacéuticas españolas prestan suficiente atención a los temas culturales?

Creo que sí. Todas las publicaciones importantes dedican unas páginas a estos temas y tengo que agradecer, personalmente, que a los que hacemos alguna cosa de este tipo nos prestan atención. En Offarm se dedican muchas y buenas páginas, en las que se dejan ver, además, la vocación literaria de la farmacia a través de los relatos de su director, Juan Esteva, a quién conocí escribiendo poemas, o Javier Puerto.

« La gran misión del farmacéutico es aliviar el dolor y éste es la gran materia prima de la novela universal »

Respuestas sobre...

Compromiso social

¿Piensa que el escritor debe tener un compromiso con la sociedad o sólo debe tenerlo con la literatura?

Creo que el compromiso debe ser simultáneo. Lo mejor que puede pedir una sociedad a un autor es que sea sincero consigo mismo y que eso lo refleje en su obra. En este sentido, el autor sí debe asumir ese compromiso de una forma individual. Esto no es óbice, sin embargo, para ser solidario con la sociedad en la que te ha correspondido vivir y con las ideas que pretendes defender. Sólo en circunstancias políticas muy graves se puede supeditar la obra a lo social. El gran desafío ético de quienes se dedican a las artes es combinar su individualismo con su solidaridad.

Ha vivido en carne propia la violencia en el País Vasco. ¿Se ha sentido apoyado en esos momentos difíciles?

Indudablemente, por los amigos y por algunos colegas. He vivido muestras de apoyo muy entrañables, pero si el fenómeno de la violencia se ha generado, se ha desarrollado y ha llegado hasta donde lo ha hecho es porque navega en medio de unos mares de indiferencia absoluta donde la gente mira para otro lado. La indiferencia, al final, genera impunidad.

¿Qué opina de la situación actual del País Vasco?

La situación actual que se vive en el País Vasco se debe en gran parte a esa indiferencia. Los violentos han llegado hasta donde han llegado porque les hemos dejado llegar.

¿Cree que hay una solución viable al terrorismo?

Soy muy pesimista. Llevo muchos años militando en movimientos cívicos a favor de la democracia y no creo que se consiga llegar a una solución racional y democrática. Con el tiempo se llegará a una mala solución en donde la mitad de la sociedad estará incomoda con la otra mitad.

« El fenómeno de la violencia se ha generado, se ha desarrollado y ha llegado hasta donde lo ha hecho porque navega en medio de unos mares de indiferenciaabsoluta »

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