En nuestro día a día, los cirujanos debemos tomar decisiones las cuales van a cambiar de forma sustancial la vida de nuestros pacientes. El proceso de toma de decisiones consiste en evaluar las situaciones, determinar las alternativas para su resolución y seleccionar la opción más recomendable. Para ello se requiere el análisis de las posibles consecuencias, así como la anticipación y evaluación de los resultados1. Es un proceso complejo que integra múltiples factores, desde la evaluación médico/quirúrgica del paciente hasta consideraciones éticas y logísticas. La toma de decisiones en nuestra profesión a veces está rodeada de casos de alta complejidad, falta de tiempo, incertidumbre… lo cual dificulta todavía más un ejercicio difícil de por sí. Además, hay que tener en cuenta que las alternativas terapéuticas deben ser entendidas por el paciente, frecuentemente en un entorno social y familiar que puede ser confuso y a veces en el seno de algún conflicto ético.
Por lo tanto, teniendo en cuenta todas estas cuestiones, ¿cómo se podría mejorar y sistematizar el proceso de toma de decisiones en nuestra profesión?
El primer paso para la toma de una correcta decisión debe de ser la evaluación exhaustiva del estado de salud global del paciente de una manera metódica para evitar posibles olvidos. Para ello nos apoyamos en nuestro conocimiento y experiencia como base fundamental para analizar la historia clínica, examen físico y pruebas complementarias para establecer un diagnóstico correcto2, precisando de una sólida formación y en muchos casos de la colaboración y trabajo en equipo con otras especialidades.
En segundo lugar, el análisis de las diferentes opciones terapéuticas. Decidir si la cirugía es la mejor opción o no, evitando cirugías innecesarias. La existencia de casos de cirugía innecesaria debe estimular el desarrollo del consenso clínico y de la cirugía basada en la evidencia, con el último propósito de disminuir a su mínima expresión los casos de cirugías futiles3. La colaboración entre diferentes especialidades, los comités de evaluación quirúrgica, la consulta con otros especialistas y las reuniones preoperatorias pueden ayudarnos a planificar la cirugía y anticiparnos a potenciales complicaciones para poder ofrecer una perspectiva integral lo más fiel posible a la situación real del paciente no condicionada por otros factores4. Todo esto no es posible en situaciones de urgencia donde se deben de tomar decisiones inmediatas y el tiempo, como sabemos, es el principal factor predictor de supervivencia en muchas ocasiones. No obstante, el contexto de urgencia no debe ser excusa para limitar la autonomía de nuestros pacientes.
En este punto la información clara, adecuada, suficiente y veraz al paciente y su familia es de vital importancia, siendo muchas veces complejo para el profesional separar la parte emocional de la racional a la hora de transmitir la información.
El ejercicio actual de la medicina exige involucrar al paciente en «su enfermedad» y plantearlo como un trabajo en equipo ya que la actitud del paciente y su colaboración es de vital importancia en el postoperatorio tanto inmediato como a largo plazo y las secuelas potencialmente irreversibles de los procedimientos no siempre son aceptadas o deseadas por nuestros pacientes. El paternalismo en medicina ha sido superado en las últimas décadas para promover el derecho a la autonomía del paciente como uno de los pilares éticos de la buena práctica clínica5,6, si bien, muchos pacientes prefieren ser dirigidos, en parte por la falta de conocimiento médico.
En tercer lugar, el uso de diversas herramientas y tecnologías avanzadas pueden ayudarnos a mejorar significativamente los resultados. La tecnología permite el acceso inmediato a diferentes calculadoras de riesgo en diferentes escenarios y pueden ser tenidas en cuenta como información valiosa en la toma de decisiones ya que, en muchas ocasiones, la fiabilidad que alcanzan en términos de pronóstico a corto plazo es muy elevada.
La inteligencia artificial (IA) es un campo en pleno desarrollo que tendremos que introducir en la ecuación a futuro, si bien la integración exitosa de la IA en la toma de decisiones quirúrgicas requeriría estandarización de datos, avances en la interpretabilidad de los modelos, implementación y monitorización, atención a los desafíos éticos y preservación de la evaluación y la intuición humana en el proceso de toma de decisiones, además, del interrogante ético y legal que supone dirimir sobre quién recaería la responsabilidad de la decisión tomada por la IA, pero ejecutada por el médico7–9.
La «inteligencia artificial» puede ayudar, pero nunca debería sustituir a la «inteligencia emocional» a la hora de comunicar de forma clara y empática las decisiones, haciendo partícipes a nuestros pacientes y sus familias. Las habilidades no técnicas desempeñan un papel fundamental en la toma de decisiones, y así deberían de mostrarse tanto en los programas de formación como en nuestra práctica clínica habitual.
En conclusión, la toma de decisiones en cirugía es un proceso integral que requiere la combinación de conocimientos médicos, habilidades técnicas, consideraciones éticas y una correcta comunicación. La mejor decisión es la que respeta los valores, deseos y preferencias del paciente. Frecuentemente hay que evaluar lo técnicamente factible frente a lo correcto desde un punto de vista «humano» y lo biológicamente adecuado9.
Las habilidades no técnicas son una parte esencial de la formación de cualquier cirujano general y una parte fundamental a la hora de tomar una buena decisión clínica ya que esta va a afectar a nuestros pacientes y sus familias muchas veces de forma irreversible.
En la siguiente carta exponemos sobre qué pilares debería estar sustentada una buena toma de decisiones y cómo aparecen nuevas herramientas tales como la IA la cual podría sernos de ayuda en el futuro, si bien actualmente no tiene un papel definitorio en la misma ni sustituirá a la inteligencia emocional dentro de nuestra practica diaria.


