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Vol. 20. Núm. 1.
Páginas 60 (Junio 1997)
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M. Gálvez Ibáñeza
a Médico de Familia, médico de APD, Presidente de la Sociedad Andaluza de Medicina de Familia y Comunitaria (SAMFyC).
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Sres. Directores: He leído con atención la carta de M. Seguí, y me gustaría hacer algunas consideraciones.

En primer lugar, felicitarnos al comprobar que el editorial al que alude haya servido para generar el necesario debate.

En segundo lugar, me gustaría lanzar dos preguntas que considero pertinente nos hagamos todos en el momento actual: «¿Soy parte de la solución o del problema? ¿De qué parte me sitúo, o deseo situarme?» Las preguntas cobran especial relevancia pues si, como parece estamos de acuerdo, ya hemos perdido demasiado tiempo.

El Dr. Seguí argumenta que las sucesivas promociones de médicos de familia fuimos poco comprensivos con la labor de nuestros «ancestros» (sic), se nos acusa de adoptar un comportamiento prepotente, engreído, de tener un enorme y cínico desconocimiento, de menosprecio a todo aquel médico de cabecera de toda la vida. No debe resultar difícil encontrar, en el pasado de cualquier grupo humano, individuos con comportamientos similares a los descritos, pero aplicar tan duros calificativos a todo un colectivo resultaría sorprendente en alguien que pretendiera situarse del lado de la solución y no del mantenimiento del problema.

En otro apartado se muestra convencido de que la herencia de aquel médico entrañable, accesible, humano y humanista, abnegado y amigo no se encuentra en los centros de salud, y duda de que pudiera estarlo algún día. Es mucho decir, cuando lo que puedo ver a mi alrededor es a compañeros/as que llaman a sus pacientes por su nombre de pila, que los visitan a domicilio algunos fines de semana sin estar de guardia, que van a verles cuando están hospitalizados, que conocen sus problemas familiares, unidades docentes en donde la relación médico-paciente es el eje de la enseñanza, donde se enseña que la amabilidad es una importante herramienta terapéutica, etc. Otra cosa es sentir añoranza del médico de pueblo obligado a vivir en el mismo las 24 horas del día, pero ese es otro debate.

En otro apartado de la carta puede leerse que: «Nuestra función está fundamentada en atender banalidades...», poniendo por delante del nivel de conocimientos el nivel de escucha empática y el interés por los problemas del paciente. Resulta difícil entender esas palabras en boca de un facultativo. Para un médico, el «conocimiento» es un prerrequisito. No somos enfermeros o trabajadores sociales. El diagnóstico está en la base de nuestro quehacer como clínicos. Aterra pensar en la palmada en la espalda ante un dolor precordial atípico, una cefalea o un «mareo» mal valorados y tomados como banales por un médico, sea cual sea su adjetivo (de cabecera, de familia, general). Pudiera ser preocupante que tuviésemos que abandonar la discusión sobre nuestro adjetivo para retrotraernos a hablar del sustantivo, el médico.

No es fácil vislumbrar en la carta un posicionamiento del lado de la solución de los problemas; al contrario, subyace un empeño en subrayar diferencias y en generalizar actitudes minoritarias y olvidadas.

Parece razonable repetir la invitación para esforzamos en encontrar ese «mínimo común denominador», que no es tan mínimo, sino que es la esencia de nuestro quehacer cotidiano, como tratamos de expresar en el editorial de referencia. En cualquier caso, si uno de los denominadores comunes que parecen ser aceptados es el de tener un pasado, o un presente, como médicos de APD, acabemos con otro motivo para el optimismo: el presidente, el secretario y el tesorero de la Sociedad Andaluza de Medicina de Familia y Comunitaria somos médicos de familia ­vía MIR­ y médicos de APD.

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