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Vol. 51. Núm. 2.
Páginas 217-221 (Julio - Diciembre 2017)
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Vol. 51. Núm. 2.
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DOI: 10.1016/j.antro.2017.05.002
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Panorama de los estudios sobre Teotihuacan: una corrección historiográfica
Adding dimension to studies on Teotihuacan: A historiographic correction
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Esther Pasztory
Lisa and Bernard Selz Professor in Pre-Columbian Art History and Archaeology Department of Art History and Archaeology Columbia University New York, NY 10027, Estados Unidos
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El libro de George Cowgill titulado Ancient Teotihuacan (Cowgill, 2015) es una magistral obra narrativa que sintetiza cerca de mil años de la historia del Valle de Teotihuacan, en gran parte con base en un análisis cuantitativo de los materiales arqueológicos que todavía se conservan, especialmente cerámica, además de datos de excavaciones y recorridos de superficie. Escrito por uno de los arqueólogos más respetados del sector, quien cuenta ya con cincuenta años de trabajo activo en el campo de los estudios sobre Teotihuacan, este volumen ofrece un análisis concienzudo y es un relato combinado que incluye el trabajo previo de cientos de estudiosos, debidamente citados en la amplia bibliografía de la obra, que lograron arrojar un poco de luz sobre esta magnífica y misteriosa ciudad. Cowgill maneja hábilmente tanto los detalles más minuciosos como las comparaciones de amplia escala con otras civilizaciones, haciendo gala de un control impresionante. Este volumen cuenta con el respaldo de una vida entera dedicada a la investigación y en los años venideros sin duda se considerará el estudio más concluyente sobre la civilización teotihuacana y el punto de partida de cualquier futuro trabajo. Sin embargo, para mi gran sorpresa, el autor me ha omitido en gran medida de su labor narrativa y creo que es relevante ofrecer mi punto de vista en una fase crucial del desarrollo de los estudios sobre Teotihuacan.

Cowgill dedica una sección exhaustiva de su libro a los anteriores trabajos de investigación realizados en Teotihuacan y por alguna razón hace una separación entre los estudios del “arte y los artefactos” y los estudios “arqueológicos”, que en realidad con mucha frecuencia se entrelazan. En ninguna de estas dos secciones menciona mi actividad de casi una vida entera dedicada al estudio de Teotihuacan, no obstante mi publicación de varios libros, una docena de artículos significativos y una muestra de gran relevancia, que fue la primera que se centraba exclusivamente en la ciudad de Teotihuacan. Dado que las pocas referencias con mi nombre son comentarios negativos sobre detalles aislados y como, en cambio, un gran número de las interpretaciones más fundamentales a las que di origen no se me atribuyen, deseo incluirme de nuevo en la investigación sobre Teotihuacan del siglo xx, en el lugar que considero me corresponde. Soy la responsable del origen de algunas de las ideas centrales sobre la naturaleza de Teotihuacan. Aunque existen numerosos particulares menores sobre los cuales en algún momento hemos estado en desacuerdo, estos no son tan relevantes, considerando que mi libro principal se publicó veinte años antes del suyo y antes de que se realizaran muchos de los emocionantes descubrimientos que han tenido lugar desde esos tiempos. Deseo centrarme en las grandes ideas que en ese entonces eran importantes, en el orden en el que las fui desarrollando.

Viajé por primera vez a México a finales de los años sesenta, en busca de un tema de tesis doctoral en historia del arte. Había escrito mi tesis de maestría sobre el complejo arte del África Occidental, por ejemplo de Benín y Ashanti. Teotihuacan me pareció impactante y los murales me fascinaron. Pronto me enteré que los murales no habían sido ampliamente estudiados. En aquel viaje inicial, o poco después, conocí a Clara y a René Millon, a George Cowgill, al especialista en figurillas Warren Barbour, a la investigadora de cerámica Evelyn Rattray, al experto en obsidiana Michael Spence y a otros arqueólogos que participaban en el Proyecto de Mapeo de Teotihuacan encabezado por René Millon, que se publicó en 1973. Todos ellos fueron de gran ayuda para mí. En esos tiempos, solo otro estudioso estadounidense parecía estar interesado en los murales de Teotihuacan; se trataba de Arthur Miller, cuya atención, sin embargo, pronto se trasladó al estudio de los murales mayas. En aquel entonces, yo era una estudiante recién graduada de la maestría y René me trató con mucha amabilidad, como un mentor. Cabe señalar que Beatriz de la Fuente no empezaría a trabajar con los murales de Teotihuacan sino hasta algunas décadas después.

Decidí desarrollar mi tesis sobre las pinturas murales del conjunto habitacional de Tepantitla encontradas en las excavaciones de Pedro Armillas en 1944. Presenté mi tesis en 1971 y, si bien no constituyera una gran contribución, se trataba de un buen inicio. El volumen fue publicado en 1976 por la editorial Garland Press (Pasztory, 1976). Los dibujos de las escenas con figuras pequeñas han suscitado gran interés entre los estudiosos y Cowgill retoma en su texto parte del dibujo de la escena del juego de pelota, atribuyéndoselo a Annabeth Headrick, pero sin incluir en la bibliografía mi libro sobre Tepantitla.

En aquellos días, en los textos se pensaba en Teotihuacan como si fuera “de tipo” azteca, pero esto no cuadraba. Me frustraba no haber podido explicar en mi tesis, o incluso ver, las características únicas de Teotihuacan y pensé que, si lograba entender mejor a los aztecas, también habría comprendido mejor a los teotihuacanos. Aunque ya se sabía bastante sobre la civilización azteca, el tema de su arte y sus monumentos estaba muy disperso en la literatura al respecto. Al estudiar estas cuestiones, me pareció útil recopilarlas en un mismo libro, que presenté más tarde, en 1983, con el título de Aztec art (Pasztory, 1983). En este proyecto aprendí que Teotihuacan no era como la civilización azteca, no obstante una que otra similitud y su contexto mesoamericano común.

En 1976, después de su muerte, un arquitecto de San Francisco llamado Harald Wagner legó al Museo De Young, perteneciente a los Museos de Bellas Artes de San Francisco, unos doscientos fragmentos de murales, muchos de ellos de tamaño muy reducido. El museo nos pidió a mí, a René Millon y a Clara Millon (que en 1962 había presentado una tesis sobre la cronología de la pintura mural de Teotihuacan) que estudiáramos dichos fragmentos y publicáramos un texto sobre ellos. El resultado fue el libro Feathered serpents and flowering trees, publicado en 1988 (Pasztory, 1988a). Clara y yo dividimos los murales en dos mitades. René encontró la localidad de la cual habían sido saqueados los fragmentos y comenzó las excavaciones, encontrando nuevos murales; al conjunto habitacional excepcionalmente amplio del que provenían los murales se le puso el nombre de Techinantitla. Para la publicación, me pidieron que escribiera un capítulo de introducción general sobre Teotihuacan. Hasta ese momento, yo había escrito principalmente sobre los murales.

Fue entonces cuando comencé a ver la ciudad de Teotihuacan como algo en sí, más singular y menos azteca. Al reunir la información disponible en los años ochenta, descubrí una discrepancia. Los especialistas y el público que visitaba el sitio parecían pensar que Teotihuacan había sido creada y regida por un gobernante muy poderoso, quizás déspota o incluso paranoico. Solo una persona o un grupo de personas con estas características pudieron haber estado detrás de la monumental arquitectura que vemos en la actualidad. Sin embargo, mi experiencia previa con los conjuntos habitacionales (2 500 en total) y los muchos murales en los que no se mostraba ningún gobernante individual, sino un estilo decorativo impersonal, me convencieron de que la organización social y política de Teotihuacan debió ser de tipo colectivo. Yo no sabía si el término adecuado era “comunal”, “corporativo” o “colectivo”, ni sabía exactamente qué nombre ponerle, de modo que en cierto momento empleé cada una de estas palabras, en un sentido bastante general.

Escribí esto en el borrador de mi introducción para el libro Feathered serpents and flowering trees y se lo mostré a René Millon. Yo era la alumna y él era el maestro. René se opuso vehementemente a la idea. La teoría antropológica de ese tiempo conceptualizaba el estado inicial como absolutista. Como resultado de esta crítica, tuve que atenuar el tono de mi idea del carácter “colectivo” de la ciudad en el texto. Poco tiempo después, tanto René como yo participamos con una ponencia cada uno en una conferencia sobre Teotihuacan llevada a cabo en Dumbarton Oak, en octubre de 1988; me llevé una gran sorpresa cuando escuché a René hablar de un carácter “colectivo” en la civilización de Teotihuacan, después de que me había convencido para no escribir de ello, sin darme ningún crédito por la idea. Le escribí una airada carta de queja, sin disimular mi enojo.

Mientras trabajábamos en el volumen dedicado a los murales de Wagner, el Museo De Young tuvo la idea de efectuar una exposición de arte de Teotihuacan y me pidieron que fuera la curadora académica de la muestra. La curadora museográfica era Kathleen Berrin. Se trataba de un proyecto muy emocionante en el que yo esperaba reunir todas las principales obras de interés visual de Teotihuacan para poder mostrar su estética plana, abstracta, de gran complejidad decorativa e iconográfica, así como sus aspectos más enigmáticos. Pretendía conectar esta estética con mi idea del carácter “colectivo” de Teotihuacan. Pensaba que esto le resultaría particularmente atractivo al sector interesado en las cuestiones similares dentro del arte contemporáneo. No bastaba con solo separar a los teotihuacanos de los aztecas; quería que la muestra lograra establecer una identidad única y diferente para Teotihuacan. Existe un número limitado de obras que podrían definirse como “arte” teotihuacano, y seleccionamos todas las que pudimos, tomando en cuenta las dificultades de los préstamos internacionales, particularmente de México. La muestra fue llamada Teotihuacan: City of the Gods y se inauguró en 1993 (Pasztory, 1993b).

Al final, las cosas no se dieron como yo quería. Para que una exposición de este tipo sea un éxito de taquilla se requiere del trabajo de cientos de personas, cada una con alguna aportación específica para lograr el resultado final. La tarea implica un esfuerzo gigante. Como México había prestado tantas piezas, el INAH quería tener cierto control sobre los conceptos, la muestra y el catálogo; lo mismo ocurría con todas las demás instituciones que habían prestado piezas. El catálogo se convirtió en una empresa de múltiples autores, con más de una docena de ensayos y sin ninguna particular guía temática que los articulara. Los encargados de la muestra montaron una espléndida exposición en la que cada pieza se trató como una joya u obra maestra–justamente lo opuesto de lo que las obras al parecer representaban para la gente de Teotihuacan, donde muchos objetos eran producidos en masa y no se consideraban “tesoros”. Esto por no hablar del concepto de “colectivo” detrás de las piezas. Los encargados de la divulgación acentuaron en cierta medida esta contradicción y confusión en folletos, trípticos y textos de las paredes. Para el museo, al parecer Teotihuacan era simplemente otra muestra “precolombina” más, que bien podía haber sido sobre los mayas, los mixtecos, los olmecas o los aztecas. La exposición era bellísima y al público le encantó, pero no decía nada sobre Teotihuacan.

A fin de cuentas, el catálogo que llevaba el mismo nombre que la exposición (Thames and Hudson) resultó ser un valioso compendio de imágenes de Teotihuacan, acompañadas de un útil conjunto de ensayos. Mi texto un tanto controversial se perdió en medio de este revoltijo. Cowgill incluye la referencia bibliográfica al catálogo en su texto “Previous Research in Art” (“Investigaciones de arte previas”), pero no dice nada de la exposición, ni bueno ni malo, no obstante el hecho de haber participado él mismo con uno de los artículos del catálogo.

Comenzó a quedar claro que si quería transmitir o incluso que se desarrollaran algunas de mis ideas sobre Teotihuacan, entonces debía escribir un libro en el que no me viera limitada por las agendas de otros o por otras situaciones. Dado que no había ningún libro general sobre la arqueología o el arte de Teotihuacan, decidí reunir toda la información que tenía y escribir y escribir una “historia” de la mejor manera en que pudiera, para dar a conocer Teotihuacan a un sector más amplio del público. El resultado fue el libro Teotihuacan: An experiment in living (Pasztory, 1997). Con todas sus imperfecciones, el libro fue un esfuerzo pionero y yo esperaba que pasara a la historia como tal. Cowgill ni siquiera lo menciona en su sección de “Investigaciones previas”.

Para entonces, me quedaba claro que mi noción de “colectivo” era controversial, pero al mismo tiempo deseaba ser la poseedora de dicha noción. Además de ser un sondeo introductorio, el libro tenía tres objetivos generales:

Separar a Teotihuacan de los aztecas como civilización intercambiable. Al parecer, tanto mi trabajo como mi tiempo lograron alcanzar ese objetivo con bastante éxito.

Proporcionarle a Teotihuacan cierto tipo de identidad, como la “identidad” propia que poseen las culturas maya, azteca y olmeca en la mente tanto de los especialistas como de los turistas. Hasta ese momento, Teotihuacan había sido “invisible”, excepto por las grandes pirámides, a las que en México se les decía en forma muy anónima: “Las pirámides”. En este esfuerzo, no me importó exagerar un poco con el fin de crear un “retrato” preciso e interesante. Quería que Teotihuacan estuviera más “en vista” y que se hablara al respecto.

Interpretar la cultura teotihuacana con base en sus imágenes visuales, no tanto para saber qué cosas o a quiénes representaban –un pasatiempo muy de moda, que yo también me permitía– sino para encontrar su perfil intelectual y sicológico a través de sus principios estructurales. Para muchos de los estudiosos, incluido Cowgill, el sistema visual se presentaba como algo “secundario”, aunque este permeara todo lo que Cowgill piensa que es “Teotihuacan”. Para mí, el sistema visual era algo primario. Yo lo seguía llamando “arte”, puesto que no me cuestioné este término sino hasta el 2005, en mi libro Thinking with things (Pasztory, 2005).

Con base en la información que estaba disponible hace veinticinco años, efectué mi reconstrucción de Teotihuacan como un lugar que podía tener un gobernante y una élite gobernante que mantenían un perfil bajo, pero que por lo demás se organizaba en forma colectiva. Prueba de ello eran los 2 500 conjuntos habitacionales multifamiliares que indicaban que algunas familias quizás desempeñaban algún papel en el sistema político de tipo participativo, con un estilo de arte que evitaba todo lo aristocrático a favor de un diseño impersonal, tipo rompecabezas; también en los temas representados se evitaba lo humano y se prefería la fauna, la flora y símbolos dentro de marcos muy decorados. Sugerí que Teotihuacan tenía una organización interna compleja, que se reflejaba en su también complejo sistema de comunicación visual.

Esperaba que este libro estimulara la discusión sobre la identidad de Teotihuacan; y así lo hizo. La mayor parte de las reacciones académicas inmediatas a mi muy hipotético planteamiento histórico fueron negativas. Cowgill y otros creían que Teotihuacan debió tener gobernantes poderosos –pues la idea de que pudiera haber sido construido por un comité parecía algo impensable– y en las recientes excavaciones a gran escala en las pirámides del Sol y de la Luna se buscaba una grandiosa tumba real. Sí se encontraron tumbas, pero ninguna grande y regia, a menos que esta hubiera quedado escondida y fuera imposible de reconocer dentro de la Pirámide del Sol. Los estudiosos de la cultura visual reintroducían a Teotihuacan en el sistema azteca mesoamericano, asegurando que esta civilización había sido menos única de lo que yo planteaba. Yo me había centrado más en las diferencias, mientras que ellos se habían centrado más en las similitudes. Yo tendía a ver las similitudes como algo menos interesante que las diferencias.

Ciertamente, existe un punto medio entre nuestras respectivas ideas… Aunque yo estuviera consciente de la cronología de Teotihuacan tal como se presentaba hace veinticinco años, tendía a pensar en Teotihuacan como algo “único” y mi teoría de gobierno “colectivo” se basaba principalmente en los conjuntos habitacionales y los murales del periodo tardío. Es cierto que no fue este periodo tardío cuando se construyeron las pirámides; después de todo, quizás las pirámides sí fueron construidas por gobernantes absolutistas. El año pasado, cuando estaba escribiendo algo sobre Teotihuacan, comparé la larga historia de esta ciudad con la Roma antigua. Los romanos fueron primero un reino, luego una república y posteriormente un imperio. No hay ninguna razón para pensar que Teotihuacan no haya podido tener una variedad similar de estructuras políticas a lo largo de su historia. Yo simplemente me había centrado en la estructura de tipo “colectivo”.

También Cowgill efectuó un paralelismo con los romanos. Sugiere que Teotihuacan, en sus fases iniciales, tenía un gobierno “colectivo”; luego, durante la fase de construcción de las pirámides, su estructura se volvió extremadamente absolutista. La sugerencia es muy razonable, pero Cowgill nunca menciona el hecho de que el componente “colectivo” de esta idea fuese de mi autoría. Desde que yo escribiera mi libro, el término “gobierno de concejo” se ha utilizado para explicar la organización participativa de sitios como Chichén Itzá, donde tampoco se enfatiza la presencia de un gobernante. Cowgill sugiere algo parecido para Teotihuacan, como una variante del término “colectivo”.

Cowgill no menciona en ninguna parte mi idea original, quizás ingenua, sobre el carácter colectivo de Teotihuacan, como tampoco menciona el libro de 1997 en el que la propuse, Teotihuacan: An experiment in living (Pasztory, 1997). En ninguna parte menciona que mi libro fue el primero en exponer una historia hipotética de Teotihuacan, aunque él no estuviera de acuerdo con la misma. Ni siquiera dice que el libro estuviera totalmente equivocado, pero que estimulaba el pensamiento y la investigación en diferentes direcciones. Simplemente lo hace a un lado, como si nunca hubiese existido. Es cierto que se le cita en la bibliografía, pero se ignora por completo en el texto. Cowgill menciona algunos puntos en los que me equivocaba o con los cuales no estaba de acuerdo, pero el lector no sabe por qué o en primer lugar quién es Pasztory. En muchos sentidos, su libro es un volumen grandioso y de mucha autoridad que responde, corrige y reescribe mi relato inicial con la riqueza de veinte años más de investigación y pensamiento. Al menos pudo haberme dado crédito por tratar de entender las cosas con tantos años de anticipación.

¿Por qué importa? De hecho, saber si algunas culturas mesoamericanas tenían un gobierno “colectivo”, “republicano” o “de concejo” es algo muy significativo. La mayor parte de la gente asocia Mesoamérica con sacrificios y crueldad, devaluando su carácter de antigua civilización. Dada la historia de las relaciones entre los pueblos indígenas y los europeos, la práctica de los sacrificios humanos parecería justificar la conquista europea del Nuevo Mundo. Cuando buscamos modelos culturales y de gobierno, volteamos exclusivamente a las “democracias y repúblicas” de las antiguas Grecia y Roma, y nunca a los pueblos de las Américas. No obstante el hecho que recientemente se descubrieran restos de víctimas de sacrificios en Teotihuacan, si se toman en cuenta la longevidad de la ciudad y la comparación con otras culturas antiguas, el número de víctimas no resulta extraordinario, sobre todo considerando las cifras de las personas que murieron en los circos romanos. El hecho de que Teotihuacan, la ciudad más grande del Nuevo Mundo, tuviera un tipo de gobierno colectivo o de concejo es un gran descubrimiento que debe darse a conocer al público como alternativa para el modelo grecorromano. Es algo muy importante dentro de nuestra visión de los pueblos indígenas de América y nuestra manera de hablar de sus logros.

En mis recientes investigaciones, se ha hecho evidente que la política de participación tal vez no fuera algo exclusivo de Teotihuacan, sino algo más común en la América prehispánica. Los indígenas americanos usaban herramientas de piedra relativamente ineficientes en sus obras y algunos realizaban obras que requerían un trabajo muy intenso. Por lo general, no contaban con un sistema de esclavos que forzara a otros a realizar el trabajo pesado. La gente debía estar convencida, para trabajar en algo. La religión es un buen modo de convencer, y ese aspecto de las culturas indígenas ha sido ampliamente entendido y estudiado en nuestro medio. Pero mis lecturas me hacen pensar que otra manera de hacer que la gente se convenciera para aportar tiempo y esfuerzo a sus comunidades era a través de alguna forma de participación social y política. Los indígenas americanos eran muy buenos para la organización social y eran muy buenos –y pacientes– para el cultivo de las plantas comestibles que hoy en día alimentan a la mayor parte del mundo.

Se me ocurren tres ejemplos. En el siglo xviii, los padres de la constitución de los Estados Unidos aprendieron mucho sobre la esencia de la participación política de los indios que los rodeaban (los iroqueses, los seneca, etcétera). Hay un libro entero que se dedica solo a presentar la bibliografía de lo mucho que se ha escrito sobre la influencia de los indios en los sistemas políticos estadounidenses (Johansen, 1982).

Uno no esperaría que los españoles del siglo xvi fueran sensibles a este tema, pero existen registros muy interesantes sobre las complejas formas en las que la vida social, el calendario, la naturaleza y la arquitectura se combinaban en redes, como en el caso del sistema de ceques de los incas. Su sistema de trabajo obligatorio denominado mita y el sistema de comercio “vertical” también eran ingeniosos y revelaban formas inesperadas de relacionar a la gente con los bienes y con el trabajo. No es que fueran sistemas enteramente “colectivos” o “igualitarios”, ya que los actores del estado eran los más beneficiados. Sin embargo, las personas comunes formaban parte de una red social y política que por lo menos era o parecía ser de tipo colectivo, y la gente era capaz de mover montañas con tecnología del neolítico.

No estoy sugiriendo que Teotihuacan tuviera sistemas de organización social andinos; simplemente estoy diciendo que la genialidad de Teotihuacan, inscrita en la estructura de la ciudad y en su sistema visual, quizás se debiera a una sofisticada red de organización social y política tan compleja como la de los pueblos andinos, que quizás incluía cierta ideología “colectivista”. Sin duda su sistema era más colectivista que el de los aztecas y los mayas. Así pues, cabe preguntarse que, incluso si la Pirámide del Sol de Teotihuacan hubiese sido construida por un gobernante absolutista, como sugiere el escenario de Cowgill, ¿acaso no es posible que hubiera incentivos de participación para quienes hicieron el trabajo y quienes lo organizaron? ¿Acaso Teotihuacan no pudo haber tenido mayores o menores, o diferentes, incentivos de participación a lo largo de su historia? A la caída de la ciudad, este fue el tejido social y político que se derrumbó y desapareció.

Esto nos deja con el lenguaje visual. Yo pude rozar su superficie. En este lenguaje sigue habiendo una filosofía social y natural para quienes logren desentrañarla en el futuro. (P.D.: No importa si hubo o no una Gran Diosa. Esto ayudó en su momento a desarrollar algunas ideas útiles, pero ahora podemos dejarlo. Sin embargo, es evidente que en Teotihuacan hubo una innegable presencia femenina de gran importancia, que sigue en espera de una explicación).

Otras obras de la autora
[Berrin y Pasztory, 1993]
K. Berrin, E. Pasztory.
Teotihuacan: Art from the City of the Gods.
Thames and Hudson, (1993),
[Pasztory, 1973]
E. Pasztory.
The gods of Teotihuacan: A synthetic approach to Teotihuacan iconography.
Atti del XI Congresso Internazionale degli Americanisti 1, Tilgher, (1973), pp. 147-159
[Pasztory, 1974]
E. Pasztory.
The iconography of the Teotihuacan Tlaloc. Studies in Pre-Columbian art and archaeology 15.
Dumbarton Oaks, (1974),
[Pasztory, 1978]
E. Pasztory.
Artistic traditions of the Middle Classic Period.
Middle Classic Mesoamerica: A.D. 400-700, pp. 108-142
[Pasztory, 1988b]
E. Pasztory.
The Aztec Tlaloc: God of antiquity.
Smoke and mist: Mesoamerican studies in memory of Thelma O. Sullivan, pp. 289-327
[Pasztory, 1989]
E. Pasztory.
Identity and difference: The uses and meanings of ethnic style.
Cultural differentiation and cultural identity in the visual arts, pp. 15-38
[Pasztory, 1990-1991]
E. Pasztory.
Still invisible: The problem of the aesthetics of abstraction for pre-Columbian art and its implications for other cultures.
Res: Anthropology and Aesthetics, (1990-1991), pp. 105-116
[Pasztory, 1991]
E. Pasztory.
Strategies of organization in Teotihuacan.
Ancient Mesoamerica, 2 (1991), pp. 247-248
[Pasztory, 1992]
E. Pasztory.
Abstraction and the rise of a utopian state at Teotihuacan.
Art, ideology, and the city of Teotihuacan, pp. 281-320
[Pasztory, 1993a]
E. Pasztory.
An image is worth a thousand words: Teotihuacan and the meanings of style in classic Mesoamerica.
Latin American horizons, pp. 113-146
Referencias
[Cowgill, 2015]
G.L. Cowgill.
Ancient Teotihuacan: Early urbanism in Central Mexico.
Cambridge University Press, (2015),
[Johansen, 1982]
B.E. Johansen.
Forgotten founders: How the American Indian helped shape democracy.
Harvard Common Press, (1982),
[Pasztory, 1976]
E. Pasztory.
The murals of Tepantitla, Teotihuacan.
Garland Publishing, (1976),
[Pasztory, 1983]
E. Pasztory.
Aztec art.
Abrams, (1983),
[Pasztory, 1988a]
E. Pasztory.
A reinterpretation of Teotihuacan and its mural painting tradition.
Feathered serpents and flowering trees: Reconstructing the murals of Teotihuacan, pp. 45-77
[Pasztory, 1993b]
E. Pasztory.
Teotihuacan unmasked: A view through art.
Teotihuacan: Art from the city of the Gods, pp. 44-63
[Pasztory, 1997]
E. Pasztory.
Teotihuacan: An experiment in living.
University of Oklahoma Press, (1997),
[Pasztory, 2005]
E. Pasztory.
Thinking with things: Towards a new vision in art.
University of Texas Press, (2005),
Copyright © 2017. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Antropológicas
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