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Vol. 51. Núm. 2.
Páginas 131-141 (Julio - Diciembre 2017)
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Vol. 51. Núm. 2.
Páginas 131-141 (Julio - Diciembre 2017)
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DOI: 10.1016/j.antro.2016.12.001
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Monte Albán V y los mixtecos
Monte Alban V and the Mixtecs
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Bernd Fahmel Beyer
Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, México
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Resumen

En este trabajo se aborda la arqueología de la épocaV de Monte Albán y la presencia de materiales asociados con los mixtecos en los valles centrales de Oaxaca. Después de revisar la interpretación histórica de Alfonso Caso y Roberto Gallegos se analiza el significado de la terminología empleada por estos autores y su resignificación dentro de las contribuciones posteriores de índole antropológica. Los cambios de significado no solo han incidido en la narrativa arqueológica sino en la interpretación de los procesos que vincularon a los mixtecos con la cultura zapoteca.

Palabras clave:
Oaxaca
Monte Albán V
Zapotecos
Mixtecos
Abstract

This paper focuses on the archaeology of periodV at Monte Alban and the material culture associated with the Mixtecs in the central valleys of Oaxaca. After revisiting the historical interpretation of Alfonso Caso and Roberto Gallegos, it analyzes the terminology used by these authors and its change of meaning within recent anthropological contributions. This change not only affects the archaeological narrative but the interpretation of the processes that linked the Mixtec with the Zapotec culture.

Keywords:
Oaxaca
Monte Alban V
Zapotecs
Mixtecs
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1Sinopsis

El análisis contextual es, quizá, el mejor instrumento para estudiar las tradiciones, los estilos y las modas que comparten determinadas sociedades en sus bellas artes. La falta de información fidedigna sobre el origen de un objeto es, por lo tanto, un obstáculo infranqueable para las investigaciones de tipo histórico y antropológico. Consciente del problema, Alfonso Caso procuró documentar las diversas facetas de sus proyectos y llevar un registro detallado de las excavaciones que realizó en varios sitios arqueológicos de Oaxaca. Su preocupación le permitió adoptar, también, las premisas del particularismo histórico y concebir un esquema de desarrollo muy sofisticado para la cultura recuperada en Monte Albán. En su momento se entendía a una cultura como la suma de rasgos particulares cuyo estilo podía variar en el tiempo en función de los cambios que dicta la moda (Kroeber, 1948). Más allá de los cambios, lo que daba su “cara” al conjunto de rasgos era la permanencia o el apego a una tradición (Fahmel, 1986). De ahí que la primera propuesta de Caso (1939a, p. 38) caracterizara a la zapoteca como una cultura de constructores y planificadores. Debido a los cambios bruscos que se observan en la tecnología y en las formas constructivas, empero, se reconsideró dicha propuesta y se planteó que la cerámica gris era un mejor elemento para establecer la tradición zapoteca (Acosta, 1965; Caso, Bernal y Acosta 1967)1. La región mixteca, en cambio, era poco conocida a mediados del sigloxx y parecía carecer de los elementos necesarios para sustentar la existencia de una cultura bien definida.

Ahora bien, si el esquema que elaboró Caso junto con Ignacio Bernal y Jorge Acosta es lógico y fácil de entender, se debe a que la región de los valles fue ocupada desde temprano por hablantes de la lengua zapoteca. Aunque en su momento faltaba investigar las fases arqueológicas iniciales, dicho entorno garantizaba que los materiales hallados en Monte Albán formaban parte de una larga tradición que perduró hasta principios del sigloxvi (Bernal, 1965, pp. 804-806). Pero las cosas se complicaron cuando hubo que explicar la convivencia entre los grupos mixtecos y zapotecos documentada en las fuentes históricas. A pesar de que la tradición zapoteca se entendía de una manera flexible y abierta a la influencia de otras culturas mesoamericanas, incluida la mixteca de la época Monte AlbánV, el esquema arqueológico no tenía cabida para una tradición independiente basada en la presencia de cerámica polícroma vinculada con los mixtecos tardíos.

Hoy en día se sabe que las formas y estilos caligráficos de la cerámica policromada varían mucho de una región a otra, y que las diferencias tecnológicas responden a las peculiaridades del lugar donde fue manufacturada2. Por lo tanto, conviene referirse a ella como vajilla policromada, sin equipararla con una cultura o tradición en particular. En Oaxaca, sus variantes son tantas como las que se miran en los códices y lienzos indígenas, lo que sugiere que su uso obedeció al gusto que ciertos sectores de la población desarrollaron por una manufactura de prestigio en proceso de diversificación, y no al valor que se le ha dado como signo de identidad cultural mixteco-poblana (Robertson, 1964, 1970; Lind, 1967, pp. 60-66; Lind, 1987; Byland y Pohl 1994, pp. 10-11; Pohl, 2003, p. 201).

Mucho se ha aprendido desde que Caso, Bernal y Acosta diseñaron el esquema que rige la historia cultural de Oaxaca, y ante todo sobre la cultura de los pueblos que habitaron la región mixteca. No obstante, falta aclarar el papel que dichos pueblos jugaron en los valles tras los enlaces realizados entre Zaachila y Yanhuitlan. De ahí que la pregunta a resolver siga siendo si los indicadores asociados con los mixtecos son adecuados para rastrear sus quehaceres dentro del registro arqueológico de la épocaV. Sin querer dar una solución rápida al problema se contrastarán los datos de las primeras exploraciones con las nuevas propuestas, pensando siempre que la información histórica y los materiales con que se trabaja son escasos. Más allá del análisis de las influencias o de la inserción de elementos foráneos en determinada cultura y tradición cabría ver la vida como un constante ir y venir de gente que elabora contextos sociales y materiales de difícil acceso mediante simples cuadrículas o sofisticados modelos antropológicos.

2Introducción

Los primeros trabajos de Alfonso Caso en la región zapoteca (Caso, 1927, 1928) se inscriben en la historia del arte y en el análisis documental decimonónico. Así, mientras que en Mitla estudió la pintura hallada en el acceso a la Tumba2, cuya iconografía se relaciona con la del Altiplano central y la Mixteca, en Monte Albán elaboró un catálogo de los glifos labrados en numerosas estelas, columnas, dinteles y jambas. Ya que estos últimos son distintos a los glifos que se ven en los manuscritos del Postclásico, los atribuyó al pueblo que hasta la fecha habita los valles centrales de Oaxaca.

Una vez iniciadas las exploraciones arqueológicas en Monte Albán, Caso dio prioridad al análisis estratigráfico de la arquitectura y la cerámica asociada, cuya tipología le permitió hablar de una tradición milenaria enriquecida por las demás culturas mesoamericanas (Caso et al., 1967). Para explicar las razones que llevaron a la ocupación del lugar miró hacia la sierra mixteca, donde se habían localizado diversos sitios en la cima de los cerros (Caso, 1938; Caso, 1939b, pp. 169-171). El estilo de los relieves conocidos como Danzantes, sin embargo, le hizo pensar que fue algún pueblo antiguo, acaso los antepasados “olmecas” de los mixtecos, quien se asentó en Monte Albán (Caso, 1939b, p. 183; Caso, 1947, p. 32).

Con el tiempo las excavaciones demostraron que los objetos recuperados en el sitio se alineaban con la cultura material de los zapotecos mencionados en las fuentes documentales. No obstante, al descubrir la Tumba7 y comparar sus ofrendas con dichos objetos, Caso volvió a dirigir su mirada hacia la Mixteca y en particular a la iconografía de los códices (Caso, 1932a, 1932b). Tras analizar los contextos arguyó que la tumba fue construida y utilizada por los zapotecos, pero usada más tarde por gente que empleaba —o compartía— la iconografía atribuida a la nación mixteca. Esta aseveración fue seriamente cuestionada, y solo treinta años más tarde pudo demostrar que la mayoría de los objetos depositados en la tumba pertenecían a un entorno cultural diferente al zapoteco (Caso, 1969; Paddock, 1986, p. 6).

Las ideas de Caso tomaron fuerza cuando Jorge Acosta excavó un basurero en el pueblo viejo de Chachoapan, en la Mixteca Alta, donde obtuvo grandes cantidades de cerámica polícroma con diseños parecidos a los que Caso observó en los códices (Caso, 1938; Caso et al., 1967, p. 465). Ignacio Bernal (1949, 1964), por su parte, excavó en Coixtlahuaca y recorrió los valles de Etla y Tlacolula. En dichos lugares encontró numerosas vasijas y tiestos policromados junto a la cerámica gris del Postclásico, conocida en aquel entonces como Gris3M3. Con base en el análisis de dicha cerámica y el estudio de los documentos indígenas, Caso pudo argumentar que en algún momento los señoríos de Zaachila y Yanhuitlan habían establecido relaciones que estrecharon sus vínculos dinásticos. La excavación de la Tumba1 de Zaachila vendría a confirmar esas relaciones, y a comprobar la autenticidad de las ofrendas encontradas en la Tumba7 de Monte Albán (Caso, 1964, 1969; Gallegos, 2014). Para definir cabalmente la última época arqueológica de los valles o Monte AlbánV faltaba, sin embargo, ubicar el origen de las vasijas polícromas y precisar su relación con la cerámica Gris3M, que comparte algunas formas con la vajilla policromada (Caso et al., 1967, p. 466; Lind, 1967, 1987).

Ahora bien, desde la perspectiva de Bernal la interacción entre los zapotecos y los pueblos serranos debió ser mucho más compleja de lo que señalan las fuentes documentales, o de lo que sugiere la cerámica polícroma y las joyas depositadas en las tumbas antes mencionadas. Un indicador de fecha más temprana es, por ejemplo, el sistema constructivo mixteco4 descubierto en el Mogote Grande de Yucuñudahui y en las últimas construcciones de Monte Albán, en particular el EdificioB de la Plataforma Norte (Caso, 1938, p. 47; Bernal, 1964, p. 457). En una jamba del EdificioJ, por su parte, se reconoce la imagen de Quetzalcóatl vestido como Ehécatl, mientras que en la Estela4 se ve a un personaje asociado al glifo 8G u Ocho Venado, nombre que recuerda al caudillo de la historia mixteca (Caso, 1928, pp. 83-84, Caso, 1938, p. 12)5. La arquitectura de los palacios de Mitla y la pintura mural ubicada en sus dinteles, en cambio, forma parte del complejo cultural tolteca-chichimeca que incluye cerámicas del sureste mesoamericano emparentadas con las de estilo Mixteca-Puebla (Sharp, 1970; Fahmel, 1988, 2014). La carencia de una explicación para la presencia de todos estos rasgos en los valles centrales de Oaxaca condujo, finalmente, a que John Paddock (1964, 1970) los asociara con la bajada masiva de gente serrana y el abandono del área ceremonial de Monte Albán. En sus exploraciones de Yagul, Bernal había encontrado grandes cantidades de cerámica gris del Postclásico, a las que Paddock (1983b) relacionó con dicha invasión, aunque después se demostraría que la Gris3M no es un producto mixteco sino parte de la tradición alfarera zapoteca (Feinman, Banker, Cooper, Cook y Nicholas, 1990).

El hallazgo de objetos de tradición zapoteca en la Mixteca Alta ha enriquecido el panorama de los contactos que mantuvieron los valles con sus regiones periféricas, pero en ningún momento se ha planteado una invasión o el dominio de aquellos lugares por Monte Albán (Gaxiola, 1984; Byland y Pohl, 1994). En este sentido, los cuestionamientos de la arqueología étnica han permitido acotar el valor de la información documental y desarrollar nuevas perspectivas para la convivencia de los pueblos que aún reclaman ser los protagonistas de la historia postclásica de Oaxaca6.

3Las evidencias: antecedentes de índole iconográfica

Las primeras exploraciones sistemáticas de Monte Albán fueron realizadas por Leopoldo Batres en 1902. En su informe de labores señala que “la extensa montaña está literalmente cubierta de construcciones, en su mayor parte funerarias, desde el pie hasta la cumbre [… donde] se alza la magestuosa ciudad zapoteca” (Batres, 1902, p. 28). Tras comparar los símbolos de sus monumentos con las pinturas de los palacios de Mitla, declara que en las últimas “se distinguen caracteres muy parecidos á los de la mixteca y á los naoas, pero enteramente distintos de los zapoteca, probando esto que los autores de las leyendas jeroglíficas de Mitla no fueron zapoteca sino tolteca ó mixteco” (Batres, 1902, p. 37).

Esta inclinación hacia la búsqueda de semejanzas entre la iconografía zapoteca, la de los códices y otros documentos del centro de México se volvió muy común entre los estudiosos de la región oaxaqueña desde que Eduard Seler (1895) y Alfonso Caso (1927) trabajaron las pinturas murales de Mitla. En su análisis de la pintura ubicada en el acceso a la Tumba2, debajo del Edificio21 del PatioF, Caso señala que “el hecho de que aparezcan dos soles en vez de uno, como en la página19 del Códice Nuttall, las fechas y la presencia del águila junto al segundo sol, puede hacernos pensar en la representación de un mito semejante al de la creación del sol y la luna en Teotihuacan” (Caso, 1927, p. 247). Poco después publicó un estudio sistemático de la escritura zapoteca con fotografías y dibujos de las piedras labradas que entonces se conocían. En esta especie de catálogo de glifos Caso (1928, pp. 9-10) apunta que todo “el que ha visto las estelas de Monte Albán, las urnas funerarias y los códices de Oaxaca, habrá notado seguramente una semejanza entre las urnas y las estelas, y una diferencia profunda con los códices de esa región [… que] representan los jeroglíficos de un modo semejante a los códices y pinturas nahuas”. Tras discutir las diferencias que ve entre el sistema de escritura zapoteco y el de otras culturas concluye que “los zapotecos utilizaron el sistema [de cuentas con] puntos y rayas; los aztecas, solo el de puntos, y los mixtecos, ambos sistemas. [… lo mixteco …] solo se distingue de lo mexicano o azteca, porque algunas veces (sic) utiliza el sistema de numeración de puntos y rayas y el glifo A/O como glifo del año” (Caso, 1932a, p. 131)7.

4Monte Albán y la Tumba 7

Recién iniciadas las exploraciones de Caso en Monte Albán, salió a la luz la tumba cuyo tesoro dio fama mundial al lugar (Caso, 1969). Debido a la enorme atención que recibieron las joyas, el autor aclaró que desde el sigloxviii “tenemos noticias ciertas de saqueos en los edificios de Monte Albán, y solo desde que el Gobierno Federal se hizo cargo de la zona, se suspendieron estos saqueos, pero probablemente una gran parte de las joyas de oro y jade que procedentes de México se encuentran en los museos de los Estados Unidos y de Europa, fueron extraídas de los riquísimos sepulcros de Monte Albán” (Caso, 1932b, p. 6)8. También explicó que la antigua ciudad fue habitada por los zapotecos, y que los objetos depositados tardíamente en la tumba pertenecían a la cultura mixteca. Para demostrarlo analizó en detalle el glifo del año A/O que aparece en los huesos labrados y en el pectoral de oro en forma de caballero tigre. En dicho pectoral, dice:

… tenemos abajo dos fechas. El signo A O nos indica que se trata aquí de dos años. En el cuadro de la derecha, el glifo que se encuentra dentro es indudablemente el signo “casa”, calli, y por fuera tenemos 11 puntos […]. En el cuadro de la izquierda el signo que está dentro del glifo A O es la cabeza del dios del viento, Ehecatl, rodeado por 10 puntos […] los dos años marcados en los dos cuadrados del pectoral no pueden pertenecer al mismo sistema calendárico […]. Como una hipótesis probable, sugiero que en este caso se trata de establecer una correlación entre dos calendarios, el mixteco y el zapoteco, y que se trata del mismo año que los zapotecos llamaban 10 Ehecatl y los mixtecos 11 Calli. […] La existencia en el pectoral del signo A O, semejante en absoluto al que aparece en los huesos labrados, nos demuestra que la joya es mixteca (Caso, 1932a, pp. 131-133)9.

El origen serrano de los objetos encontrados en la tumba fue seriamente cuestionado, aunque los signos calendáricos, los dioses, animales y símbolos representados en ellos son semejantes a los que se ven en los códices mixtecos y mexicanos (Caso, 1932a, p. 149). Es decir, había la posibilidad de que lo zapoteco fuera un estilo antiguo que más tarde fue sustituido por otro debido a la influencia de tribus olmecas o mexicanas en el arte y la industria zapoteca. En respuesta a sus detractores Caso enfatizó su hipótesis original, en la que lo zapoteco y mixteco habrían sido manifestaciones coexistentes de culturas diversas (Caso, 1932a, pp. 149-150). Ante el vacío de información al respecto buscó evidencias en las Relaciones Geográficas de Oaxaca, y en particular en las de Cuilapan y Teozapotlan. En la primera de ellas se señala que:

La gente deste pueblo no tienen su nación y origen, ni su nacimiento, en este pueblo, porque son advenedizos y por tales son tenidos […]. Vinieron estos indios de unos pueblos de la Mixteca que llamamos las Almoloyas, tierra muy áspera y fragosa, por ciertos casamientos que hubo en diferentes t[iem]pos, y esto, ha más de trescientos años. Vinieron estos indios en gran cantidad. Y porque uno dellos, y entrambos, eran personas principales, y el uno dellos era [para] casami[ent]o con la hija del rey de Teozapotlan, que está [a] tres [cuartos] de leguas de aquí, [este] dio a su yerno el sitio deste di[c]ho pueblo, aunque, cuando lo dio, estaba un poco más apartado el concurso y habitación de los mixtecas del di[c]ho pueblo de Teozapotlan, y entonces no le llamaban Yuchaca, como ahora, sino Sayucu, que quiere decir “al pie del cerro”. Y porque aquel sitio no era tan bueno como las tierras que con él dio el rey de Teozapotlan, acordaron los indios, por consejo de los religiosos, de pasarlo a donde ahora está [Cuilapan] (Salazar, 1984, pp. 178-179).

La segunda, en cambio, menciona el arribo de dos contingentes diferentes:

Porque, preguntados cómo vinieron ellos a esta provincia Zapoteca, siendo ellos mixtecos, responden que por vía de un casamiento q[ue] se hizo de una mixteca con un señor de Teozapotlan. Vinieron más ha de trescientos años, aunque fueron pocos los que entonces vinieron; pero, poco antes [de] q[ue] vinier[a]n los españoles, hubo otro casamiento de un señor de Yangüitlan, [que] se casó con la hermana de la mujer del señor y rey de Teozapotlan, el cual [señor de Yangüitlan] vivió en Cuilapa, porque se lo dio el señor de Teozapotlan para que allí viviesen. Entonces vinieron muchos más que [los que] habían venido antes (Mata, 1984, pp. 157-158).

Aunque el valor histórico de estos textos es innegable, Caso no se dio por satisfecho y empezó a revisar otras fuentes del sigloxvi. En el Códice Kingsborough, por ejemplo, encontró que los indios de Tepetla[o]ztoc entregaron a los españoles un collar de tortuguitas de oro exactamente igual al encontrado en la Tumba7 de Monte Albán10. Con ello pudo demostrar que las joyas del entierro colectivo no eran muy antiguas, y que debieron pertenecer a personas principales venidas de fuera, acaso “una familia regia a la que los zapotecos o los mexicanos sorprendieron en una emboscada, o […] un gran señor muerto en la guerra” (Caso, 1932b. p. 31). En la síntesis histórica de sus exploraciones, empero, relacionó la narrativa de los documentos con el debilitamiento de los suelos serranos y un menor rendimiento de las cosechas. Al mismo tiempo, la metrópoli zapoteca era abandonada y pasaba a ser una ciudad de segunda categoría. En ese contexto, “nuevos hombres cultivados al contacto de las culturas del centro de México, hicieron irrupción en el Valle […]. Eran los mixtecos que habían salvado por fin la barrera de montañas en la que durante siglos los había contenido Monte Albán y se derramaban por el valle ocupando los pueblos zapotecas” (Caso, s.f., pp. 4-5).

Ahora bien, la discusión que suscitó el hallazgo de la Tumba7 fue la causa por la que Caso pospuso el estudio de la gente que llegó de los Almoloyas ha más de trescientos años para asentarse en las cercanías de Monte Albán. O sea, que para sustentar sus hipótesis tenía que localizar otros contextos arqueológicos relacionados con los grupos serranos y conocer los objetos cerámicos que estos emplearon al arribar a los valles. Fue entonces que entró en escena el tema de la vajilla policromada. En su segundo informe de labores Caso señala que la cerámica mixteca con decoración polícroma “de variadas y bonitas formas que participan de una gran semejanza y hasta identidad con la de Cholula, nunca ocurre en las partes altas de Monte Albán; solo esporádicamente se encuentra en las faldas de la montaña, y otros lugares del Valle de Oaxaca y […] tiende a ser posterior a la cerámica zapoteca” (Caso, 1934, pp. 15-16). Inspirado en la idea de coexistencia cultural, sugiere que la cerámica mixteca es un producto que solo ocurre en regiones de habla mixteca, y que “cuando aparece en lugares ocupados por pueblos de lengua zapoteca se debe a invasiones posteriores, a influencias esporádicas o quizás a que fueron llevados allí durante la invasión de los mexicanos, en los últimos años anteriores a la Conquista” (Caso, 1934, p. 16).

5Los materiales mixtecos de Monte Albán y otros sitios de Oaxaca

En el informe de las exploraciones realizadas en 1934-1935 Caso reporta abundantes piezas de cerámica polícroma mixteca halladas en las afueras de la gran plaza de Monte Albán. Las de la Tumba59, dice, son de tipo más corriente por haber sido usadas con propósitos funerarios. Entre ellas había “varias ollas de cuello largo y con vertedera en forma de pico, semejantes a las polícromas de esta clase que son tan abundantes en la región mixteca, pero solo la mayor conservaba restos de la decoración polícroma alrededor del cuello. Creo, por lo tanto, que se trata de una tumba mixteca de escasa importancia y que este estilo mixteco de cerámica debe colocarse después de las cuatro épocas zapotecas” (Caso, 1935, pp. 23-24). En la Tumba63 volvió a encontrar una olla vertedera junto con dos patojos, un sahumador, muchos cajetes de barro negro y un comal de barro café. Esta cerámica “parece contemporánea de la descubierta en la tumba59 y de la que descubrimos en la tumba de Xoxo, que encontramos en la primera temporada, y posiblemente corresponde a la ocupación mixteca de Monte Albán, cuando ya la ciudad y otros pueblos del Valle, como Cuilapan, Xoxo y Nazareno, habían sido abandonados por los zapotecas” (Caso, 1935, p. 24). Tras recolectar numerosos tiestos polícromos en la Tumba64 se abocó a la Tumba75, donde volvió a encontrar patojos, sahumadores y cajetes. Ya que no encontró la típica olla con vertedera, asumió que el ajuar podía ser de la última época zapoteca con influencia de los mixtecos. Para confirmar esa influencia, o que la tumba fuera mixteca, menciona el hallazgo de “una barrita de piedra, en la que está esculpida una figura humana del mismo estilo que las figurillas de piedra que son tan abundantes en la Mixteca y que se conocen con el nombre de «penates»” (Caso, 1935, p. 25).

El que la cerámica mixteca predomine en los derredores del Montículo del Pitahayo, o en lugares más bajos de Monte Albán, no le significó a Caso que sus portadores fueran socialmente marginados11. Al contrario, en su informe de las temporadas 1936-1937 explica que “Uno de los entierros encontrados en la región de cerámica mixteca aparece en posición sedente confirmando esto la diferencia entre los métodos de enterramiento, zapotecos y mixtecos” (Caso, 1938, p. 39). Otro entierro incluía “una bella vasija polícroma de tipo mixteco, y en su interior una curiosa herramienta formada por varios cinceles de cobre de distintos tamaños y un instrumento de concha. Dentro de la vasija aparecieron algunos fragmentos de hueso labrado del mismo estilo que los descubiertos en la Tumba7” (Caso, 1938, pp. 36-37). Ello le sugirió que la persona enterrada pudo ser un artífice de huesos labrados, y tal vez uno de los que esculpieron los ejemplares de dicha tumba.

Ahora bien, entre las investigaciones de Eulalia Guzmán en la Mixteca Alta destaca la visita al Pueblo Viejo de Tamazulapan, donde halló abundante “barro policromo, llamado mixteco [y junto a él] dos patas de barro azteca rojo amarillento con rayas negras y un fragmento de molcajete también del mismo barro, con rayas verticales negras” (Guzmán, 1934, p. 38). No obstante, la escasez del polícromo brillante en los demás lugares que recorrió, o su concentración en áreas limitadas, le sugirieron que, de ocurrir lo mismo en los demás sitios arqueológicos de la Mixteca, dicho barro no sería de la región “sino procedente por comercio de Tepeaca o de Cholula. No sé si este barro se encuentre en alguna otra zona arqueológica de la Mixteca, en abundancia tal (como sucede en Tepeaca y Cholula), que dicha zona pueda tomarse como lugar de origen de esa cerámica” (Guzmán, 1934, p. 40). Aunque la cuestión planteada por Guzmán no ha sido resuelta, las excavaciones de Jorge Acosta en la Iglesia Vieja de Chachoapan arrojaron una primera luz sobre el problema. Al respecto comenta Caso, que el edificio colonial está colocado sobre los cimientos de una antigua construcción mixteca ocupada antes de la fundación del pueblo actual. En dicho lugar los fragmentos de cerámica polícroma fueron muy abundantes, habiéndose recogido cerca de 10000 ejemplares12. Como también se encontró un fragmento decorado con flores, cuyos pétalos y sépalos están sombreados, y el puño de una espada del sigloxvi, concluye que el polícromo mixteco es un producto reciente y que los principios de su elaboración se han de ubicar en la última época mixteca (Caso, 1938, pp. 53-54)13.

En Mitla, la excavación de la Tumba5 descubrió los huesos de ocho esqueletos y veinte cascabeles de cobre, algunos de ellos del tipo de hilo enrollado, además de una pinza de cobre, un objeto de metal en forma de disco y una vasija. Sobre esta última señalan Caso y Rubín de la Borbolla (1936, p. 10) que “es de un tipo mixteco muy característico. El cuerpo está pintado de rojo y el cuello de amarillo, negro y blanco con pequeñas rayitas paralelas verticales en el borde. Tiene tres pies cónicos muy largos. Todas estas características la identifican como una vasija mixteca o bien como una vasija zapoteca pero inspirada en modelos mixtecos”. Además se hallaron cinco piedras labradas en los cimientos del edificio que ocupa el Palacio Municipal, cuyo estilo es distinto al de las piedras con relieve de Monte Albán. Sobre ellas escriben los autores que “conservan restos de haber estado pintadas de rojo y pertenecen probablemente a la última época de Mitla, cuando los mixtecos habían ocupado esta población o bien habían influenciado el estilo zapoteco, lo que se ve palpablemente en las pinturas murales que decoran los tableros en el patio interior del Establecimiento Católico” (Caso y Rubín de la Borbolla, 1936, pp. 6-7). El reciente análisis de dichas pinturas demuestra, sin embargo, que no se han de atribuir a los mixtecos, ya que sus antecedentes se encuentran en la región chichimeca del sur de Puebla (Fahmel, 2014). Su elaboración corresponde, por lo tanto, a un contexto en el cual se estaban integrando a la cultura zapoteca numerosos elementos foráneos que parecen fechar en la época tolteca tardía (Bernal, 1964, p. 460).

6Monte Albán IV-V y los zapotecos

En su publicación sobre el calendario y la escritura de las antiguas culturas de Monte Albán, Caso (1947, p. 5) propuso que los rasgos característicos de la cultura zapoteca se observan hasta “las épocasIII-a, III-b yIV, mientras que la épocaV, que puede en gran parte ser contemporánea con laIV, se caracteriza por ser claramente mixteca”. Más tarde aclaró, junto con Bernal (Caso y Bernal, 1952, p. 372), que la épocaIIIB debió terminar con Tula, ya que en las tumbas y ofrendas “han aparecido objetos de cerámica «plomiza» (plumbate) y «anaranjada fina» (fine orange), que son dos tipos muy característicos de la época tolteca; en consecuencia, la llamada épocaIV debe corresponder al período entre el apogeo de Tula, en 900 ó 1,000, y la caída de Tenochtitlán en 1521”. El que los materiales de las épocasIIIB yIV sean tan parecidos se debe a que la cultura zapoteca siguió desarrollándose en los valles, y lo que separa a los dos periodos fue el abandono de la zona monumental de Monte Albán (Bernal, 1965, p. 804; Caso et al., 1967).

En cuanto a las tumbas excavadas en Yagul, Bernal (1964, p. 456) señala que un veinte por ciento de ellas “tiene el tablero de la fachada decorado con mosaico de piedra generalmente muy sencillo y con motivo de xicalcoliuhqui o partes de él. Todas las tumbas con esta decoración […] contuvieron cerámica clasificada como mixteca. Sin embargo, la arquitectura general de las tumbas no parece sino una variante de las tumbas zapotecas de Monte Albán y otros sitios”. En el patioF del Palacio de los Seis Patios, añade, las construcciones zapotecas más antiguas fueron cubiertas sucesivamente por tres edificios de estilo distinto, muy similar al de los palacios de Mitla. En este contexto se halló cerámica mixteca debajo del estuco4, consistente en “cajetes semiesféricos de gris mixteco, pero no las formas de pies largos o rematados por cabezas de animal. Inmediatamente abajo del estuco2 aparecieron dos fragmentos polícromos y abundantes restos de los tipos mixtecos del Valle, de hecho casi todos los tipos de la tabla general” (Bernal, 1964, p. 455).

Con respecto a las ruinas de Mitla, Caso (1939b, pp. 177-179) concluye que “no hay en Mitla nada que no se encuentre en Monte Albán, aunque sea en forma rudimentaria (sic), lo que comprueba que Monte Albán fué el lugar del que salieron los elementos que más tarde habían de formar las características de Mitla”. Bernal (1964, p. 453) secundó esta idea, aunque añade que la arquitectura de Mitla combina elementos zapotecos con “elementos nuevos que podemos llamar, con dudas, mixtecos, principalmente la fastuosa decoración de mosaico de piedra, el empleo de enormes monolitos y la distribución general de los aposentos que no tiene antecedentes directos en Monte Albán u otras ciudades del Valle”. Los grupos de las Columnas y de la Iglesia, dice, “corresponden a la época final antes de la conquista y son posteriores a las construcciones últimas del grupo del Sur. Solo se encontró en esos dos patios cerámica de la épocaV de Monte Albán, pero ni un solo tepalcate polícromo ni objetos de metal” (Bernal, 1964, p. 453). La secuencia del grupo del Sur, en cambio, inicia con la épocaIIIA y continúa durante la épocasIV yV, sin haberse hallado piezas polícromas o de metal. La Tumba7, dice, “es posterior al [último] piso del patio, ya que éste fue roto para construirla; contuvo cerámicaV, pero ninguna pieza polícroma ni metal. Su construcción es, sin embargo, seguramente zapoteca, tanto por el techo en parte angular como por el estilo de la piedra grabada que apareció al fondo” (Bernal, 1964, p. 454).

Ahora bien, cabe recordar que los análisis realizados a la cerámica Gris3M por Feinman et al. (1990) demostraron que dicha cerámica no es más que la continuación, tecnológicamente refinada, de la tradición cerámica de Monte Albán. Con ello no solo se invalida su atribución a los mixtecos, sino que se resuelve el enigma que representa su presencia en Yagul y en las tumbas de Mitla exploradas por Bernal. Es decir, la Tumba3c hallada al lado norte del patio Sur, muy parecida a las dos grandes tumbas del grupo de las Columnas, también sería zapoteca, a pesar de estar recubierta de mosaico de piedra y contener cerámica mixteca (Bernal, 1964, p. 454)14.

7Zaachila y las tumbas del Montículo A

Aunque Alfonso Caso e Ignacio Bernal tuvieron mucho cuidado de no asignar una identidad étnica a los materiales arqueológicos, con el tiempo dieron entrada a la idea que durante la épocaIIIB-IV algunos elementos culturales de la nación mixteca se habían incorporado a la tradición zapoteca. No obstante, siempre defendieron la continuidad de la cultura de Monte Albán hasta la época del Contacto (Fahmel, 2015). En palabras de Bernal (1965, p. 806), “en muchos lugares la cultura identificada con el periodoIV de Monte Albán parece haber sobrevivido hasta la conquista española, aunque más y más mezclada o asociada a la cultura mixteca”. De ésta señala que:

No pienso que sea riesgoso afirmar que los mixtecos históricos fueron los portadores de la cultura Mixteca-Puebla en la región oaxaqueña [sic], aunque ello no significa que fueran sus iniciadores o portadores principales. De hecho, el mismo estilo se encuentra también en la fase final de la Chinantla y del área cuicateca. Esto recuerda el problema, del que ya hemos hablado, del papel que pudieron haber jugado otros pueblos en el desarrollo de las antiguas culturas de Oaxaca (Bernal, 1965, pp. 789-790).

Cuando Roberto Gallegos excavó las Tumbas1 y2 de Zaachila encontró materiales que lo llevaron a pensar que la épocaIV debía fechar entre 800 y 1200 dC, y la épocaV entre 1200 y 1521 dC15. De esta manera puso fin a las hipótesis de Caso y Bernal, y a la posibilidad de que los zapotecos enriquecieran su cultura material con objetos del estilo Postclásico Internacional16. Dentro del esquema simplificado de Gallegos (2014, p. 199), la épocaIV representa los finales de la tradición zapoteca, y la épocaV la ocupación mixteca de Zaachila. Los serranos habrían empleado el sistema constructivo nombrado mixteco y las grecas escalonadas en el vestíbulo de los recintos funerarios, y depositado en su interior diversas joyas y cerámica policromada (Gallegos, 2014, pp. 253-267)17. Para justificar dicha periodificación el autor se sirvió de las imágenes plasmadas en la Tumba1 y su relación con las imágenes del Códice Nuttall (33-35), además de la información que brindan las Relaciones Geográficas sobre el enlace de personas principales de la Mixteca y Teozapotlan a mediados del sigloxiii.

Ahora bien, si se piensa en los valles centrales de Oaxaca como una región que abarca más de 9000kilómetros cuadrados, la sustitución cultural propuesta por Gallegos resulta un tanto violenta. La relación que el autor establece entre la Tumba1, el Códice Nuttall y el primer contingente mixteco que llegó a los valles, empero, motivó una serie de nuevas investigaciones sobre el Señor5 Flor y su dinastía representada en el Códice Nuttall y el Lienzo de Guevea (Paddock, 1983a; Oudijk, 1998). Por otro lado, dio un mayor espacio al quehacer de los mixtecos en Zaachila y abrió la posibilidad de que las joyas descubiertas en ese lugar fueran elaboradas y usadas al mismo tiempo que las de la Tumba7 de Monte Albán.

8La arqueología de los valles y los modelos procesuales

Con base en el trabajo de Gallegos, los arqueólogos empezaron a buscar los sitios que podían esclarecer la situación vivida en los valles al final de la secuencia arqueológica. En un principio, Bernal (1964, pp. 459-460) concibió dos fases relacionadas con el fin del predominio tolteca y la expansión de los mixtecos18. La primera, nombrada Monte AlbánVa, habría comenzado a mediados del sigloxii. Sus indicadores incluirían los cajetes semiesféricos que con frecuencia muestran una banda más oscura o más clara, las jarras con vertedera abierta en el borde, las ollas con decoración aplicada y las formas de silueta compuesta; todo ello, salvo las ollas, en barro gris pulido. En la arquitectura habría aparecido la decoración con mosaico de piedra en los primeros edificios de Mitla y Yagul. La segunda fase, o Monte AlbánVb, habría iniciado alrededor de 1450, manifestándose a través de la presencia, que no la abundancia, de cerámica policromada junto con los elementos del periodo previo. Además estarían los objetos de oro, los huesos labrados, los mosaicos de turquesa, los soportes alargados frecuentemente terminados por cabezas de animal, las construcciones finales y más vastas de Mitla y Yagul, las dos tumbas de Zaachila y la Tumba7 de Monte Albán.

Tiempo después, Joyce Marcus y Kent Flannery (1990, pp. 199-200) presentaron un esquema dividido en tres fases, dentro del cual el horizonte Clásico parece traslaparse con el Postclásico (cfr. Fahmel, 2015). En la primera fase se ubicaría el G3M, que habría evolucionado de la vajilla gris del periodoIV y por ende sería contemporáneo del periodoIIIB. A la par del G3M habría aparecido el Yanhuitlan Rojo-sobre-crema, importado de la Mixteca, pero no la cerámica policromada. Las siguientes dos fases caerían dentro del Postclásico tardío, observándose en la faseV media la convivencia de los tipos previos con los polícromos de estilo Mixteca-Puebla. La faseV tardía se habría extendido hasta el sigloxvi, con todos los elementos del Vmedio y la metalurgia del oro, la plata y el cobre.

Con base en los objetos y las fases antes mencionadas se elaboraron distintos modelos procesuales para explicar el desarrollo político, económico y social de la región, aunque la gente que usó dichos objetos nunca llegó a figurar en tales procesos19. El problema se resolvió, en apariencia, mediante un comentario de Richard Blanton (1978, p. 27), quien puso en duda que la cerámica de la épocaIV perteneciera a los zapotecos y que fuera contemporánea de los materiales mixtecos de la épocaV. Según este autor, “La cerámica del periodoV se encuentra en todos los lugares que hemos recorrido, tanto en las comunidades que debieron ser zapotecas como en las comunidades mixtecas. Sentimos que el periodoV es simplemente el periodo Postclásico tardío del valle”. La contraposición de esta idea con los planteamientos de Caso et al. (1967) llevó a que Flannery y Marcus (1983, p. 279) matizaran la situación y abogaran por la separación de dos asuntos: “las culturas zapoteca y mixteca por un lado, y la cerámica del Postclásico tardío por el otro. La confusión arqueológica aumenta en proporción directa con nuestra incapacidad de tratar a estas como asuntos separados”20. Es decir, que los materiales arqueológicos no necesariamente reflejan una situación histórica o una identidad étnica en particular. Sin embargo, a la postre se reconocería que a pesar de sus formas la cerámica Gris3M es parte de la tradición alfarera zapoteca (Feinman et al., 1990), y que los elementos iconográficos discutidos por Caso (1969) y Gallegos (2014) predominan en la región mixteca y el Altiplano.

Ahora bien, no hay duda de que la solución del acertijo planteado originalmente por Caso se encuentra en el registro arqueológico de numerosos sitios oaxaqueños, incluido Monte Albán. Pero en vez de atender las consecuencias que tuvo el abandono de esta ciudad para la tradición cultural zapoteca, los arqueólogos se han dedicado a la definición de fases y procesos sociopolíticos que dan entrada a las ideas de Paddock (1964, 1970) sobre el devenir de los grupos serranos21. O sea, si los primeros elementos “mixtecos” no fueron introducidos a los valles por gente afiliada a los toltecas habrían sido llevados por grupos previos, a los que este autor designa de forma genérica como “tetlamixtecos”. Estos grupos, que en efecto habían sido olvidados por la arqueología, representarían los materiales tempranos y las innovaciones ocurridas en la Mixteca tras el abandono de Teotihuacan. Su supuesta vinculación con una invasión masiva de los valles, el abandono de Monte Albán y el desalojo de la población zapoteca es, sin embargo, un tanto exagerada. Lo más grave de tales hipótesis es que han fomentado la idea que la cultura Monte AlbánIV fue simplemente dada de baja y reemplazada por la cultura Monte AlbánV (Paddock, 1970, p. 225; Oudijk, 2008, p. 113).

Descartando, pues, las ideas que tienen que ver con grandes cambios poblacionales y la desaparición repentina de una tradición cultural milenaria, queda abierta la pregunta de si el esquema de Caso et al. (1967) permite proponer la existencia de dos tradiciones independientes durante la épocaV, o si solo estamos viendo la influencia de una cultura foránea en la tradición Monte AlbánIIIB-IV. Para resolver este asunto habrá que trabajar intensamente sobre los indicadores que permitan reconocer la filiación de quienes usaron los materiales arqueológicos. Asimismo se tendrá que analizar a fondo el papel que jugaron los “mixtecos” en el señorío de Teozapotlan, y el significado que tuvo la ocupación de Tehuantepec para la geografía política de los zapotecos22.

9Discusión

A través de los numerosos trabajos realizados en Oaxaca se reconoce la imposibilidad de establecer la secuencia cultural de un entorno geográfico sin contemplar los contextos de los materiales y su relación con los de otras regiones. El estudio de la época histórica requiere, además, de un análisis cuidadoso de los conceptos que dan sentido a la información vertida en las fuentes documentales. De ahí que el enfoque particularista o la perspectiva estructural-funcionalista limiten seriamente la interpretación de los vestigios y las sociedades del pasado. Es decir, aunque se hallen yacimientos que en apariencia no interactuaron con otros sitios, es más que evidente que los mixtecos y zapotecos establecieron una red de relaciones sociales, políticas y culturales desde épocas tempranas.

Al concluir sus exploraciones en Oaxaca, Caso et al. (1967, p. 447) subrayaron que “cuando todavía no había desaparecido el estiloIIIB-IV, ya los mixtecos se habían establecido en Monte Albán y fabricaban su cerámica y depositaban a sus muertos en tumbas y entierros. Algunos objetos, que han aparecido en tumbas del final de laIIIB-IV, se encuentran también en tumbas, entierros y ofrendas de lo que hemos llamado ÉpocaV o Mixteca”. O sea, que en la medida que los contextos excavados permitieron rastrear la presencia de gente serrana en los valles centrales también abrieron el camino al estudio de las tradiciones y preferencias de la épocaV (Bernal, 1965; Fahmel, 2014). El análisis historiográfico de los textos arqueológicos demuestra, sin embargo, que la contraposición de la tradición zapoteca y la cultura mixteca asociada a los códices sigue reforzando la visión de un antes y después que obstaculiza la comprensión de lo ocurrido durante el proceso de abandono de Monte Albán (Fahmel, 2015). Más aún, el que no se haya encontrado la manera de estudiar de forma conjunta a los pueblos de los valles y de la sierra, o distinguir los elementos intangibles de la cultura material, es un claro indicio de que hasta la fecha no hay consenso sobre lo que debemos entender por mixtecos y zapotecos en el discurso arqueológico. Aunque la proximidad temporal da cierta ventaja al estudio de los mixtecos históricos, identificados por Caso et al. (1967) con los objetos de la Tumba7 y las Tumbas1 y2 de Zaachila, la diversidad que se reconoce en la etnografía de la sierra y las diferencias lingüísticas que la acompañan impiden establecer una correlación directa entre los grupos del presente, los de la Colonia y sus antepasados (Spores, 1965; Dahlgren, 1990; Rodríguez Cano, 2016). Por otro lado, la evolución del idioma zapoteco y el arribo de gente foránea debieron influir en la cultura y el orden político de los valles durante la épocaIIIB-IV. Los cambios en la situación sociolingüística habrían complicado la interacción entre las viejas y nuevas comunidades, lo que afecta nuestra comprensión de los sitios arqueológicos que sobrevivieron el abandono de Monte Albán. Los palacios de Mitla, por ejemplo, se inscriben dentro de la tradición edilicia de Monte Albán, y con base en el estudio de Elsie Parsons (1936) se sabe que los habitantes del lugar siempre fueron zapotecos. Las pinturas que se hallan en los dinteles, empero, son de estilo códice y representan mitos y deidades del entorno cultural chichimeca (Fahmel, 2014). Entonces, ¿acaso la narrativa se leía o interpretaba en idioma nahuatl? Aunque el sitio fuera ocupado por gente que provenía del sur de Puebla, más bien parecería que los murales son la expresión de un cambio cultural generalizado que favoreció los intereses de un sector de la sociedad zapoteca compenetrado con las ideas del Altiplano. En este sentido, la adopción de la cerámica policromada no se relacionaría con el fin de la cultura de Monte Albán sino con las preferencias de dicho sector social y el valor de la vajilla que estaba de moda en toda Mesoamérica. Claro, siempre habrá quien defienda la hipótesis de una invasión mixteca a los valles centrales de Oaxaca, pero la popularidad de los escapularios dobles y la omnipresencia de la cerámica Gris3M son seña clara del vigor que mostró la tradición zapoteca hasta el arribo de los españoles.

Ahora bien, si se parte de la convivencia de culturas diferentes, como lo proponía Caso, pero se deconstruye el concepto boasiano de cultura, la arqueología de Oaxaca podría explicar situaciones que a todas luces son muy complicadas. Es decir, aunque las costumbres y los hábitos de los pueblos oaxaqueños han permitido enriquecer la descripción de los objetos estudiados, es necesario ir más allá de las fuentes históricas o de la información generada por la etnografía (Clarke, 1978, p. 10). En el contexto de la ofrenda hallada en la Tumba7 de Monte Albán, por ejemplo, el examen crítico del término mixteco resolvería el problema de la etnicidad asignada a los materiales de la épocaV. Al reseñar el pectoral de oro en forma de caballero tigre, Caso (1932a, pp. 131-133) discutió la representación de dos fechas asociadas al glifo A/O y a portadores del año anclados en sistemas de cómputo diferentes. Sin embargo, lo que interpretó como una simple correlación calendárica también es la sincronización de dos maneras de entender el mundo: la mixteca y la zapoteca. A través de este mensaje el usuario del pectoral podía comunicar a sus congéneres que vivía en un entorno bicultural y que conocía la mentalidad de los distintos pueblos asentados en los valles.

En un breve estudio del calendario mixteco, Caso (1956, p. 488) adelantó la hipótesis que:

fue el padre del gran conquistador, 8 Venado “Garra de Tigre”, el llamado 5 Lagarto “Tláloc-sol muerto” o “Tlachitonatiuh”, fundador de la Segunda Dinastía de Tilantongo, quien hizo [una] reforma del calendario en el año 12 ó 13 Casa del cómputo mixteco, que corresponde al año 13 Buho del zapoteco [… con lo cual] los mixtecos adoptaron el calendario tolteca […] a partir de entonces los glifos mixtecos están estrechamente emparentados con los mexicanos, y los años se llaman Caña, Pedernal, Casa y Conejo.

Aunque los materiales diagnósticos de la épocaV, y en especial las cerámicas Gris3M y policromada suelen hallarse en contextos que carecen de inscripciones basadas en el nuevo sistema sígnico, las pinturas de Mitla y el pectoral de la Tumba7 demuestran que también los zapotecos adoptaron el estilo iconográfico denominado Postclásico Internacional. La pregunta es si ello sucedió durante el mandato del señor 8Venado o poco después de su muerte, acaecida en el año 1115 d.C.23.

Antes de terminar es necesario volver a las hipótesis de Caso y Bernal sobre el abandono de Monte Albán y el inicio de la época V (Caso y Bernal, 1952, p. 372; Bernal, 1964, pp. 459-460). Con base en las ideas de estos autores se antoja pensar que a mediados del sigloxii algunas gentes del sur de Puebla y norte de Oaxaca tomaron las rutas comerciales de los toltecas para dejar su impronta en la cultura material, las leyendas y pictografías de la sierra y los valles centrales. En la región mixteca, por ejemplo, se sintió su presencia después de que 8Venado consolidó las alianzas que dieron el predominio a Teozacoalco y Tilantongo (Byland y Pohl, 1994; Byland, 2008). En la región zapoteca, en cambio, parecen relacionarse con las nuevas genealogías que presidieron los sitios ocupados tras el abandono de Monte Albán (Oudijk, 2008; Fahmel, 2014). En ambos casos, la aparición de objetos atribuidos a la épocaV delata el interés de algunos sectores sociales por adoptar los gustos del Altiplano e integrarlos a las tradiciones locales. El único problema con esta propuesta es que en años recientes se ha ubicado el abandono de Monte Albán en el sigloviii, aunque a decir verdad la caída de Teotihuacan no llegó a impactar seriamente al estado zapoteco. De ahí que podamos escoger entre las siguientes opciones: bajar el inicio de la épocaV hasta el sigloix y descartar la información que publicó Alfonso Caso, o extender la ocupación de Monte Albán hasta mediados del sigloxii. En el primer caso se cerraría el hueco que abrieron los esquemas procesuales entre los siglosviii y xiii, aunque se desconfiguraría la relación establecida entre los materiales de la Tumba7 de Monte Albán, las Tumbas1 y2 de Zaachila y la información contenida en el Códice Nuttall. En cambio, si se evitan algunas ideas relacionadas con la estructura cognitiva boasiana y las teorías que dan sustento a los estadios y horizontes culturales, la segunda opción daría cabida a la transformación de la cultura zapoteca a lo largo de la épocaIV y a la paulatina adopción de los elementos que caracterizan a la épocaV. Al final de este proceso habría desaparecido el sistema sígnico que caracterizó a la epigrafía e iconografía de los valles durante quince siglos, y quedado abandonada la gran plaza de Monte Albán. Con ello la antigua ciudad dejó de ser el escenario de la política cultural regional, aunque en cierto momento la dinastía Xipe registrada en el Códice Nuttall pondría en relieve a los señores de Zaachila y su relación con los gobernantes de Yanhuitlan.

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La revisión por pares es responsabilidad de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Véase también Fahmel (1991).

Véase el análisis de las diferencias regionales dentro del área Mixteca-Puebla citado por Pohl (2003, pp. 202-203).

Estos dos tipos cerámicos permitieron a Caso et al. (1967) definir la épocaV de Monte Albán.

Este sistema, conocido también como “opus mixteco” (Fahmel, 1991), se caracteriza por alternar grandes lajas colocadas verticalmente con otras pequeñas dispuestas horizontalmente.

Otro elemento de ascendencia serrana, si no teotihuacana, es el glifo del año A/O que se mira en las pinturas de Mitla, y en una tumba saqueada y una lápida de Suchilquitongo (Seler, 1895; Fahmel, 2005, 2007).

Al respecto, véase el discurso de numerosos Museos Comunitarios y Casas de la Cultura a lo largo y ancho de Oaxaca. También cabe mencionar las Academias de la Lengua Indígena y las Semanas de la Cultura organizadas en los distintos campi del sistema universitario que dirige la Universidad Tecnológica de Huajuapan.

El uso de puntos y rayas por los mixtecos implica algunos problemas que no se vislumbraban en aquel momento, tal y como los implica el supuesto uso exclusivo del signo A/O por esta gente (Caso, 1932b, p.26; Fahmel, 2007).

Cabe aclarar que dicha aseveración responde a las emociones que en su momento provocó el hallazgo de la Tumba7, puesto que a la fecha son más numerosos los objetos de oro y jade recuperados en otras regiones de Mesoamérica.

Esta correlación, que ante todo es una sincronología de dos sistemas de cómputo, indica que la joya fue usada en un contexto bi-cultural. Algo parecido se mira en la Lápida de Cuilapan (Caso, 1928, p.124 y figura95), en la que fueron labrados los años 10Acatl y 10Tecpatl.

Otras referencias a estos collares se encuentran en Caso (1969, pp. 237-238). En ellas destacan tres ejemplares mencionados en el inventario de las joyas que se remitieron al Rey de España con Diego de Soto, y otro en el inventario redactado por Cristóbal de Oñate de las joyas que envió Cortés a España.

En otro lugar reitera que “en las partes bajas [de Monte Albán], donde se establecieron los mixtecos, las vasijas polícromas y los objetos de metal pueden encontrarse aún” (Caso, s.f., p. 5).

Algunos de estos materiales fueron ilustrados en Caso et al. (1967, láminas XIII a XXVIII).

En fecha reciente, Michael Lind (1987, pp. 14-27) volvió a analizar la cerámica polícroma de Chachoapan y la separó en dos grupos. Al más antiguo lo denominó polícromo Pilitas y lo ubicó en la fase Nativitad tardía (1200-1520), mientras que al polícromo Iglesia lo situó en la fase Convento (1520-1660) o época Colonial temprana.

El contexto específico de la Tumba3c se describe de la siguiente manera: “Sobre ese primer patio [de la épocaIIIA] se construyó otro en la ÉpocaIV al que corresponden el entierro2 y probablemente la Tumba3c; esta estuvo abajo de un palacio como los de las Columnas o la Iglesia. Más tarde y rompiendo el patio se construyó la Tumba7 de tipo zapoteca y sobre ella la pirámide Este. Al mismo tiempo se destruyó la Tumba3c y sobre ella y el palacio que la cubría se construyó el montículo Norte del sistema que también parece de estilo zapoteca” (Bernal, 1964, pp.454-455).

Véase también el análisis de la estratigrafía del MontículoA de Zaachila referido en Markens (2014).

Véase la definición de este término en Robertson (1970).

A decir de Caso (1969, p. 235), “El reciente hallazgo hecho por Gallegos de una tumba en Zaachila, con objetos de oro, idénticos a los de Monte Albán, con huesos labrados del mismo estilo y con abundante cerámica policroma que se encuentra en la fase final de la cerámica de la Mixteca, comprueba plenamente que los objetos de ambas tumbas son mixtecos”.

De alguna forma, estas fases corresponden al arribo de los dos grupos de gente serrana, y a los casamientos entre zapotecos y mixtecos que mencionan las Relaciones Geográficas.

En este sentido, se ha de entender por cultura a la gente que empleaba determinada cerámica y otros materiales arqueológicos.

La clasificación detallada de la cerámica y la definición de nuevas fases se observa, por ejemplo, en el trabajo de Markens (2008). Winter y Martínez López (2014), por su parte, ofrecen un buen resumen de las fases arqueológicas de la ocupación de Zaachila.

Un buen ejemplo de los efectos que tuvo la convivencia cultural en Zaachila se encuentra en los depósitos funerarios de las Tumbas3 y 4 de Zaachila (Herrera Muzgo y Vicente Cruz, 2014).

Fecha empleada por Byland y Pohl (1994), basada en los estudios cronológicos de Emily Rabin.

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