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Inicio Revista Médica Clínica Las Condes El viejo y su tiempo. Hacia una ética de la razón cordial
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Vol. 23. Núm. 1.
Tema central: Geriatría
Páginas 95-99 (Enero 2012)
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Vol. 23. Núm. 1.
Tema central: Geriatría
Páginas 95-99 (Enero 2012)
DOI: 10.1016/S0716-8640(12)70279-1
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El viejo y su tiempo. Hacia una ética de la razón cordial
The old man and his era. Towards a friendly and rational ethics
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M. Carlos Trejo1
1 Magíster en Bioética, Universidad de Chile.
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Resumen

Cada época vive su vida “en el horizonte que le ha correspondido”. Los problemas e inquietudes de los hombres han sido semejantes y su estilo y respuesta dependen de su circunstancia histórico-cultural. Lo que ha trascendido en el tiempo es que nadie ama la vejez, prueba de ello son los antiguos escritos que datan del 3000 – 2500 aC., en los cuales se denota una visión negativa del efecto del paso del tiempo, como una merma en las aptitudes físicas e intelectuales que se producen en la ancianidad. Aún más, en todo tiempo se ha buscado la forma de enlentecer la llegada de esta etapa, buscando “la fuente de la juventud”.

La línea de pensamiento que guiará este artículo, va en relación con la descripción “comarca que nos cobija”, teniendo presente que estará limitada a la llamada cultura occidental. Por lo tanto la forma, de interpretar la realidad es, en gran medida, compartida por la sociedad que concurre en ese momento histórico y que establece el horizonte.

Actualmente, la ética referida a la ancianidad está fuertemente reducida a la etiqueta, al modo de trato o a la consideración para con ellos. Por todo lo anterior se hace necesario e imprescindible mejorar la autoestima que los ancianos tengan de sí, proporcionándoles la oportunidad de participación en la sociedad, con una cuota de responsabilidad con ellos mismos, procurando llegar a la edad del adulto mayor en buenas condiciones físicas y psicológicas. El adulto mayor debe vivir su vida dentro de sus capacidades y esta es una tarea personal y social. La vinculación ética con los ancianos es un compromiso de afecto. En otras palabras, el motor de las actitudes son los afectos, la verdad por sí misma carece de poder suficiente para superar los afectos a no ser que sea asumida como afecto. Las sociedades se motivan más por las emociones que por las razones. En síntesis, demográficamente el grupo de la tercera edad se hace más significativo, y, por lo mismo, resulta urgente que la sociedad resuelva una relación con este grupo etario, más fecunda, participativa y ennoblecedora.

Palabras clave:
Ética
adulto mayor
gerontología
Key words:
Ethics
elderly
gerontology
Summary

Each era lives its life “in the horizon that has been agreed to”. Men´s problems and worries have been similar, and their style and replies depend on their historical and cultural circumstances. Something that has transcended time, is the fact that nobody likes to be old. There is evidence from old manuscripts dated 3000-2500 AC, where there was a negative view towards the passing of time, seen as the depletion of physical and intellectual skills due to this age. Moreover, in every time there has stated the purpose of slowing this inevitable stage, always looking for “life´s fountain of youth”.

The line of thought guiding this article is related with the description “the land that shelter us”, restricting the meaning to the occidental culture. Therefore, the way life is interpreted, to a large degree, shared by the society of that historical moment setting also its horizon. Nowadays, ethics referred to oldness is strongly narrowed to formality, the way of treating or considering these type of people. As a result, it is necessary and vital to enhance their self-esteem, giving them the opportunity to be members of society with responsibilities, keeping the idea that people can reach oldness in good physical and psychological conditions. Elderly people should live their life according to their capacities, a personal and social task. Ethics´ link to elderly is an emotional compromise. In other words, emotions move elder people, truth is not enough to surpass emotions, unless it is considered as such. Societies are more moved by affections rather than reasons. To sum up, demographically speaking, old people are extremely relevant, in this way, is urgent that the society resolves a fruitful, active and ennoble relation with them.

Texto completo

“Todo necio Confunde Valor y precio”

Antonio Machado

Introducción

Cuando hablamos del adulto mayor nos expresamos, eufemísticamente, de un modo edulcorado, para referirnos a la vejez. Y por algo será que nos manifestamos tan cautos. Simplemente porque nadie ama la vejez, ni siquiera los viejos. La historia registra el empeño por escamotearla o en lo posible evitarla, vivirla como si no existiera. La fuente de la juventud siempre ha sido buscada y ha motivado engaños y charlatanería. Nunca faltan incautos. La ciencia, por su parte, insiste en su estudio y comprensión.

Entendemos la ética del epígrafe como una ética aplicada, práctica. Una ética situada en su circunstancia. Ética ya planteada así por San Pablo y acogida por Santo Tomás o pensadores como Kierkegaard. Es descrita por la palabra griega Kairós (oportunidad) y tan importante en la concepción cristiana, a diferencia de su ancestro judaico: el momento de la decisión como la plenitud de los tiempos. Y caemos aquí en la necesidad de precisar ciertos aspectos relevantes para el análisis del tema.

Cada época vive su vida en “el horizonte que le ha correspondido”. Para Heidegger “el horizonte es el lado vuelto hacia nosotros de algo abierto que nos rodea”. Nos movemos en nuestra comarca (die Gegend) que nos cobija y “el pensar sería llegar a la proximidad de lo lejano” (1).

Los problemas e inquietudes de los hombres han sido semejantes y su estilo y respuesta depende de su circunstancia histórico-cultural.

Primero se enfocará al anciano, luego sus circunstancias. En afán simplificador, hago mención de dos textos que son muy demostrativos:

“¡Qué penoso es el fin de un viejo!: se va debilitando cada día; su vista disminuye, sus oídos se vuelven sordos; su fuerza declina; su corazón ya no descansa; su boca se vuelve silenciosa y no habla; su facultades intelectuales disminuyen y le resulta imposible acordarse hoy de lo que sucedió ayer. Todos sus huesos están adoloridos. Las ocupaciones a las que se abandonaba con placer, sólo las realiza con dificultad y el sentido del gusto desaparece. La vejez es lo peor de las desgracias que puede afligir a un hombre”.

La segunda cita: “recubra la piel con esto. Suprimirá las arrugas de la cara. Cuando la carne se haya impregnado de ella, le embellecerá la piel, hará desaparecer las manchas y todas las irregularidades. Eficacia garantizada por numerosos éxitos”.

La enorme sorpresa no está en el contenido de los textos, sino en la época en que fueron escritos. La primera cita corresponde a Ptah-Hotep, visir del faraón Tzezi, de la dinastía V, hacia el año 2.450 a.C. Y, la segunda, que tiene una sabrosa contemporaneidad, está tomada del “Papiro de Smith” que es el documento con prescripciones médicas más antiguo y está fechado entre los años 3000 y 2500 a.C.

No vale la pena documentar más para comprender que los viejos han sido siempre iguales a través de la historia. Es su entorno y las circunstancias las que cambian su consideración respecto a la ancianidad. Podemos comprobar en el primero de estos textos, que su descripción manifiesta un sentido de pérdida, desconsuelo y una desesperanza que cruzan la historia y lo hace más auténtico, más digno de consideración. El segundo, desde nuestra óptica, nos impresiona como un grotesco esfuerzo por aparentar juventud. Pero su formulación es de tal vigencia que conmueve, pues transcurridos casi 5000 años nos reitera nuestra proximidad humana.

Aún en pos de nuestra línea de pensamiento debemos ensayar una descripción de la “comarca que nos cobija”. Teniendo presente que nos limitaremos a la llamada cultura occidental. El común de los mortales no percibe el cambio de horizonte. Tampoco el que se atreve a otra perspectiva. Es necesario un lapso que permita apreciar la diferencia. Pongamos algunos ejemplos. El cambio fantástico en la concepción musical que ocurrió entre Johann Sebastian Bach, cumbre del barroco y el de su hijo Christian, quien se expresaba en su estilo clásico, bien asimilado por Mozart, porque ya vivían en un mismo horizonte. Había transcurrido nada más que una generación y ya sus lenguajes eran diferentes. Si ponemos el caso de los impresionistas franceses, nos encontramos con un movimiento muy efímero que lo podemos situar entre el salón de los rechazados en 1863 y la muerte de Manet en 1883. Allí se contrapusieron concepciones distintas de ver el mundo. Ya Claude Monet, que murió viejo en 1926, fue testigo de otras concepciones pictóricas. Más significativa aún fue la presentación de las “Demoiselles d’Avignon” por parte de Picasso que rompió con la mirada tradicional de la naturaleza para pintar una reflexión de la misma, pleno de un deseo de interpretación total. Y en esos cortos siete años de cubismo, de 1907 a 1914, se originó otro horizonte que dio génesis al surrealismo, arte pop, etc.

De otra manera se encuentran aquéllos que comparten horizontes y que le brindan otra visión a la realidad. En literatura el caso más significativo es el de Italo Svevo, quien contrata como preceptor de sus hijas a James Joyce. Luego ambos se muestran sus obras que participan de otra noción de la novela. “La conciencia del Señor Zeno” y el “Ulises” son productos de otra manera de captar el mundo. Y, en este mismo momento, se había producido la revolución en la física y del concepto de tiempo que se ajustaba mejor al mundo de las galaxias, demasiado rápido, demasiado enorme y que no cumplía las reglas de Newton que interpretaba bien nada más que el mundo a la medida nuestra: pequeños y lentos. Sin embargo es en las matemáticas donde se le da un severo golpe a la idea del desarrollo lineal que venía en el paradigma durante doscientos años. El teorema de Kurt Gödel pone en evidencia la incapacidad de la razón para establecer sistemas racionales absolutos y definitivos. Su repercusión en el ámbito de las ideas aún persiste. Luego sobrevino la perspectiva desde los sistemas dinámicos inestables. Cambio notable en la concepción del tiempo y también del desarrollo.

Una característica de la filosofía del siglo XX es su irracionalismo, pero vemos que es la forma de concebir el mundo en nuestro horizonte. En tiempos pasados se pudo creer que la razón era capaz de reconstruir de modo completo y perfecto la realidad que se exponía. Hoy eso es impensable. Esta realidad es elusiva y no sólo consiste en los objetos y elementos que se nos presentan, sino en su interpretación. La forma de interpretar la realidad es, en gran medida, compartida por la sociedad que concurre en este momento histórico y nos establece el horizonte. La función de los párrafos anteriores es ayudarnos a alcanzar una idea, aunque sea inevitablemente simplificada y, querámoslo o no, distorsionadora de nuestra circunstancia actual. Circunstancia como nunca compleja, atravesada por múltiples corrientes, incluso contradictorias, simultáneamente vigentes, pero necesaria de ilustrar para comprender la condición del viejo en nuestro tiempo.

Podríamos dar tres características capitales de nuestra época actual: secularizada, pluralista y tecnologizada.

Secularizada. Nadie puede dudar que la influencia de las iglesias en la vida civil ha disminuido, sobre todo, en estos últimos treinta años. Desde la concepción de los Estados Pontificios hasta el Estado Vaticano no son muchos años para la Historia. Desde Pío XII, de corte monárquico, hasta el Papa Juan Pablo II, peregrino y evangelizador, existe una distancia en la manera de concebir el papado, mucho mayor que los años que separan a ambos Pontífices. La autoridad civil se ha separado de la religiosa, si bien existe la identidad entre los cívico y lo religioso en una parte del mundo musulmán.

Pluralista. Esta propiedad es más evidente aún. La interrelación social, el abigarramiento, hacen de nuestra vida contemporánea un momento particularmente rico, interesante, aunque complejo y difícil. Nunca confluyen tantas tradiciones, grupos generacionales, datos, sucesos, etc., que golpean diariamente en nuestro trabajo, incluso en la intimidad de nuestro hogar. Mucho tiene que ver con el desarrollo explosivo de la informática y la comunicación, pero no sólo con ellas, sino con toda nuestra cultura tecnológica y la influencia cada vez mayor de la cultura protestante, que ya había anticipado Max Weber como origen del capitalismo, y que favorece la autorrealización como principio sustantivo. El pluralismo hace necesaria la tolerancia y el diálogo. No es sorprendente que el “giro lingüístico” que acoge la filosofía, sea uno de los más importantes acontecimientos de las últimas décadas en el pensamiento contemporáneo.

Tecnologizada. Tanto se ha escrito y se podría escribir al respecto. Cabe señalar su repercusión como poder, la mayor precisión y posibilidad de prever y las consecuencias éticas de todo esto. La capacidad de dominio y seducción de la técnica tiene subyugada a la humanidad. Y razón no deja de tener, pues le ha brindado posibilidades y bienestar que invitan a la gratitud. Sin embargo nada queda sin su revés. Los problemas creados por la tecnología se hacen también evidentes.

Respecto a la civilización tecnológica, hemos elegido sólo un atributo que merece mención. La relación entre tecnología y poder es directa, pues el conocimiento mismo significa dominio. Desde el ángulo médico produce escalofrío todo lo hecho y lo posible. El hombre se hace progresivamente transparente y su manipulación puede comprometer hasta su tiempo vital y, con la técnica de la clonación, hasta su sentido del tiempo humano. Estas investigaciones del genoma podrían modificar la especie y eso representa un cambio cualitativo en el desarrollo, pues se puede influir sobre el futuro de los seres vivos, actuales y por nacer. No es el camino progresivo y acumulativo, sino un cambio hacia otro destino (se entiende el desplome de las teorías basadas en un desarrollo progresivo y lineal; ya no es su comarca).

La relación tecnológica, poder y ética nos quedó tan meridianamente clara cuando sentados en nuestro sillón contemplamos, al igual que un espectáculo deportivo trivial, la guerra del Golfo. Luces que parecían bengalas o fuegos de artificio en celebración del Año Nuevo, inundaban los cielos de urbes habitadas por ciudadanos anónimos y sin rostros, que recibían ese regalo vesánico desde el cielo -dirigidos por otros ciudadanos anónimos, pero que cantarían victoria, alegres- enviados desde cientos de kilómetros, después de concienzudas y precisas mediciones que resultaron exactas. Si estas bombas hubieran tenido elementos radioactivos, la tierra y los hombres del mañana maldecirían a sus ancestros. Ya la tierra dejó de ser la madre naturaleza para llegar a ser ahora nuestra hija que pende de nuestras decisiones.

Georges Minois, en su “Historia de la Vejez”(2), establece tres factores que definen el estatuto social del anciano. Primero, la fragilidad física: la condición de los viejos es peor en las sociedades menos civilizadas, basadas en la ley del más fuerte (¿la ley del más fuerte es propia de sociedades menos civilizadas, me pregunto?). También en aquellas más anárquicas, como en la época merovingia y en la alta Edad Media en general. Los períodos más ordenados, con estructura legal, le son más favorables. Tal como aconteció con el Imperio Romano y en las monarquías absolutas del siglo XVI.

El segundo factor es el conocimiento y la experiencia que derivan de la duración de la vida. Las civilizaciones más favorables son las que se basan en la tradición oral y en la costumbre, donde los ancianos constituyen el vínculo entre las generaciones y la memoria colectiva. La escritura y los archivos - y ahora la computación - hicieron de los viejos seres inútiles. Por lo mismo, la aceleración de la Historia los fue dejando a la vera de la corriente y el viejo se hace sinónimo de lo pasado de moda.

El tercer factor lo identifica con la alteración de los rasgos físicos. Desagradaba la ancianidad en los períodos en que la sociedad rendía culto a la belleza física. Grecia clásica y el Renacimiento son demostrativos. Las sociedades patriarcales o de opulencia mobiliaria favorecieron a los ancianos que accedían a la riqueza. Al igual, los períodos de transición eran menos favorables que los de estabilidad llamados “clásicos”.

Si comparamos estos factores, expresados a través de la Historia, con una concisa reconstrucción de nuestra época, comprobamos que los llamados adultos mayores de hoy no viven una circunstancia de las más favorables.

Tras esta calificación de la tercera edad, existe un conglomerado heterogéneo que al separarlos como grupo indeferenciado, hace disminuir la especificidad de su problemática.

No hace falta extenderse para entender que es muy diferente la situación de un anciano intelectual y físicamente competente, capaz de elegir y actuar, que la de aquél que no tenga estos atributos. Ni tampoco es lo mismo el viejo que tiene un respaldo económico que aquél que es dependiente de otros para subsistir. Ni siquiera el prestigio previo que haya gozado es garantía para poder afrontar mejor el ocaso de la vida. La integración a una familia o a próximos, establece una diferencia notable con la vejez solitaria.

Por tanto, es importante la circunstancia cultural, aunque ella no es definitiva para el caso individual.

La ética referida a la ancianidad está fuertemente reducida a la etiqueta, al modo de trato o a la consideración para con ellos. También a problemas éticos planteados por la tecnología aplicada al término de la vida y a la justicia distributiva. La manera del trato está directamente vinculada a la circunstancia en la que se vive y que hemos descrito como no del todo favorable. El cambio de poder producido por la técnica hace más asimétrica la condición de los ancianos. Por tanto, y, a la vez, más exigente y obligatoria desde el punto de vista ético para aquéllos que lo rodean y para la sociedad toda. Demográficamente el contingente de la tercera edad se hace más significativo, y, por lo mismo, resulta urgente que la sociedad resuelva una relación más fecunda, participativa y ennoblecedora.

Por de pronto, se hace imprescindible la mejoría de la autoestima que los ancianos tengan de sí. Y no a través de dádivas, sino en el sentido pleno de la palabra participación. Para lograrlo, los ancianos mismos deben realizar un ajustamiento entre ellos y el mundo y así puedan llegar a hacer lo que están capacitados para su ciclo vital y no imiten roles que no les corresponden. La sociedad les ha impuesto el papel casi de santos para ser aceptados. Hace algunos años se hizo un afiche publicitario en Europa en que se veía a una pareja de ancianos con sus torsos desnudos, descarnados, fláccidos, en actitud de hacerse el amor. Fue un gran escándalo. La sexualidad en la ancianidad es mal tolerada por la sociedad. Si tuviéramos un mínimo espacio de reflexión, diríamos que a los viejos se les amputa y se les mata socialmente antes que les llegue la hora de su destino.

Por todo lo anterior es que sostenemos que los ancianos deben vivir su vida dentro de sus capacidades. Y esta es una tarea personal y social. Lolas dice que debiera realizarse una gerontología, es decir, un enseñar a envejecer que no debiera ser distinto a enseñar a vivir (3). Aprender a las renunciaciones que no siempre son negativas. Esta gerontología sería el complemento de la pedagogía, y así como a los niños se les instruye “hacia” el futuro, a los que envejecen enseñarles “desde”, que tiene la ventaja de una mirada con perspectiva, más abarcadora. Hacer efectivas las palabras del salmista “enséñanos a contar nuestros días a fin de que logremos un corazón sabio”.

El grupo de ancianos que son dependientes, forman el estamento de responsabilidad social. El tema de justicia distributiva es tema abierto, no resuelto. Con la perspectiva histórica de fin del siglo XX, podemos sostener que la experiencia de horror y temor que produjeron los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial y las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki dieron, por consecuencia, la toma de conciencia más significativa de ese siglo que, por lo demás, ha sido particularmente violento. Quizás porque estuvieron en el conflicto los países que se consideraban más civilizados e influyentes y nos mostraron el reverso más indigno. El paradigma de lo que sostengo ha sido planteado por el filósofo judío alemán, Hans Jonas, quien en su vida expone las vicisitudes del siglo XX y que, en sus años de ancianidad, publica su obra cumbre: “El principio de responsabilidad”. Este principio filosófico-moral se puede expresar así: “Obra de tal manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana en la Tierra”. Es una obligación abarcadora para toda la vida, incluida la de los seres humanos, que nos obliga ahora y hacia el futuro. De todas las carencias, la más importante de los seres dependientes es la ternura, el sentirse rodeado de un capullo protector. Altamente manifestado hacia los bebés. Excluidos los otros. Sin embargo es en el dolor y la enfermedad donde se revela más diáfana nuestra contingencia y menesterosidad de seres humanos. Y allí es donde cabe recordar las palabras de C. S. Lewis: “al vernos enfrentados al dolor -un poco de valentía ayuda más que mucho conocimiento; un poco de comprensión, más que mucha valentía, y el más leve indicio de amor a Dios, más que todo lo demás”.

La vinculación ética con los ancianos es un compromiso de afecto. Si nuestra sociedad no lo entiende así, estará incurriendo en eutanasia colectiva y ninguna doctrina resolverá el problema.

Reafirmamos lo propuesto por Baruch Spinoza: “El conocimiento verdadero del bien y del mal no puede suprimir ningún afecto en la medida en que ese conocimiento es verdadero, sino en la medida en que es considerado él mismo como un afecto” (4). En otras palabras, el motor de las actitudes son los afectos, la verdad por sí misma carece de poder suficiente para superar los afectos a no ser que sea asumida como afecto. Este es un mensaje para aquellos que ponen sus esperanzas en las leyes para corregir las actitudes. Se verán defraudados, lo cual no significa que las leyes deban ser justas, razonables e imprescindibles. Las sociedades se motivan más por las emociones que por las razones; muy diferente al mundo académico. Están, entonces, más próximas a la Retórica que a la Lógica.

Adenda

Hace una quincena de años que este artículo fue escrito. No ha envejecido, conserva su vigencia. Sin embargo, se hace necesario contextualizarlo al día de hoy, pues los tiempos se siguen acelerando y siguiendo la lúcida sentencia del historiador Mark Bloch “Los hombres son más hijos de su tiempo que de sus padres” daré una síntesis breve, por tanto más sujeto error, de este lapso transcurrido desde la caída del Muro del Berlín en 1989.

El capitalismo no encontró contrapeso y se produjo lo que Edward N. Luttwak denominó “turbo-capitalismo” en el que la influencia del sector financiero adquirió un enorme poder social y político desplazando al sector productivo. El deseo y el placer del consumo, que no tiene límites, condijo a esas burbujas económicas que no tardaron en estallar. En Europa fue algo diferente. El Estado de bienestar fue un logro humanizador de la política económica, sin embargo, las presiones políticas de las últimas décadas fueron desvirtuando estos progresos llevándolo a una situación que sobrepasó los límites razonables.

Cuando Juan Gutemberg inventaba en la ciudad de Maguncia un procedimiento para sacar copias de los libros, no tenía ni la más leve sospecha que realizaba la primera gran revolución democratizadora de la humanidad.

La declaración de Filadelfa de 1774, influenciada por el pensamiento de Locke, inicia junto a la francesa y a las de nuestro continente las segundas revoluciones democratizadoras.

Las terceras revoluciones democratizadoras están asociadas al progreso tecnocientífico de las comunicaciones y de las redes sociales. Cada una de estas revoluciones llevan aparejadas un cambio en el sistema del poder, como también su diseminación social.

Por otra parte, la concentración del poder que origina la economía de mercado, la “sacralización del dinero” en convivencia con la democratización provocada por la tecnociencia, nos ha conducido a una encrucijada solemne, en la cual hay una mayor conciencia en los derechos y posibilidades de las personas en su afán de protagonismo, en contraste con la realidad de abismos sociales, ahora más insoportable. Por ello los movimientos populares de “mal-estar”, de rechazo a las instituciones cívicas y religiosas son el resultado de la concurrencia de los factores antes dichos. Lo preocupante es que estas manifestaciones populares tienen signos anarquizantes, sin proyectos definidos hacia una humanización. Entendida esta humanización con valores que propician un mundo más habitable, una convivencia estimulante.

Los ancianos en esta realidad están en una situación desventajosa. El rápido crecimiento de este estamento de la población, los constituye en un segmento importante que no pasa inadvertido. Su gravitación en el presupuesto de los países se hace cada vez más gravoso. Su presencia incómoda.

Me parece oportuno terminar con una reflexión de Adela Cortina “Porque hemos ido aprendiendo al hilo de los siglos que cualquier ser humano, para serlo plenamente, debería ser libre y aspirar a la igualdad entre los hombres, ser solidario y respetar activamente su propia y a las demás personas, trabajar por la paz y el desarrollo de los pueblos, conservar el medio ambiente y entregarlo a las generaciones futuras no peor de lo que lo hemos recibido, hacerse responsable de aquellos que le han sido encomendado y estar dispuestos a resolver mediante el diálogo los problemas que puedan surgir con aquéllos que comparten con él, el mundo y la vida” (5).

El autor declara no tener conflictos de interés, en relación a este artículo.

Referencias bibliográficas
[1]
M. Heidegger.
Serenidad, pp. 44
[2]
G. Minois.
Historia de la Vejez, pp. 395-440
[3]
F. Lolas.
Gerontología: Enseñar a envejecer como tarea social.
Ensayos sobre Ciencia y Sociedad, pp. 71-74
[4]
Spinoza, B. Etica, IV, prop. XIV.
[5]
Adela. Cortina.
Bogotá, (2000), pp. 63
Ed. El Búho
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