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Vol. 30. Núm. S1.
Páginas 12-16 (Octubre 2004)
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Patologías emergentes en Salud Mental. ¿Modas, enfermedades o trastornos psicosociales?
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Jesús J de la Gándara Martína, Mª Teresa Álvarez Álvarez-Monteserínb
a Jefe de Servicio de Psiquiatr??a.
b Servicio de Atenci??n al paciente. Hospital General Yag??e (Burgos).
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"Lo único que se necesita para tener un manicomio,

es una habitación vacía y la gente apropiada".

Gregory de la Cava (1936)

¿NUEVAS PATOLOGÍAS PSIQUIÁTRICAS?

Los psiquiatras y la Psiquiatría estamos de moda: estrés, depresión, anorexia, impulsividad, terrorismo... Sin embargo, al mismo tiempo, a la gente le da vergüenza ir al psiquiatra; en ese caso van al psicólogo, y tras un tiempo de visitas, charlas y minutas acaban recurriendo al psiquiatra. Los psiquiatras y los psicólogos somos los gurúes de la postmodernidad. Lo "Psi" está de moda. Pero detrás de todo esto ¿qué es lo que se oculta?, ¿realmente estamos ante una epidemia de nuevas patologías psiquiátricas?, ¿es una plaga contagiosa?, o ¿no son más que los viejos fantasmas de las azoteas humanas cargados con nuevas cadenas?

A nuestro modo de ver lo que se oculta tras todo este ropaje es la angustia de siempre, las viejas neurosis, la eterna infelicidad, eso sí, tamizadas, matizadas, decoradas por los condicionantes sociales y plasmadas en "trastornos de conducta" a través de la flexible patoplastia psíquica. En el fondo, cuando los seres humanos enfermamos siempre tenemos sufrimientos, limitaciones y necesidades. Esas tres cosas se asocian a la angustia y la infelicidad, y los médicos, o los periodistas ­no siempre por este orden­ les ponemos nuevos nombres y entonces se convierten "oficiosamente" en enfermedades. Muchas de esas situaciones no son estrictamente enfermedades, pero es cierto que nos hacen sufrir, nos limitan y nos obligan a recabar ayuda humana o técnica.

Pero, independientemente de las discusiones sobre si realmente son nuevas o si son enfermedades o no, ¿cuáles son estas nuevas patologías? Pues bien, fundamentalmente nos referimos a tres tipos de problemas o trastornos: los relacionados con el estilo de vida actual (estrés, soledad, etc.), las nuevas adicciones de comportamientos o cosas (por ejemplo adicciones electrónicas), y los trastornos relacionados con la autoimagen (por ejemplo la vigorexia).

DESCRIPCIONES

Haremos una simple descripción de estas "nuevas patologías" sin entrar en especulaciones acerca de sus causas, criterios diagnósticos, validez y fiabilidad nosológica, etc.

TRASTORNOS RELACIONADOS CON EL ESTILO DE VIDA MODERNO

El estrés

El estrés no es una enfermedad, es un proceso de relación. El estrés surge cuando la persona no consigue adaptarse a las exigencias de la vida. La relación entre estímulos y respuestas es inadecuada y patógena cuando las situaciones o sucesos de la vida son percibidos como amenazantes por el individuo, lo que pone en marcha una respuesta de alarma y acción excesivas, inapropiadas, etc. En definitiva, el estrés es un proceso "transaccional". Lo verdaderamente importante es la forma en que el individuo percibe e interpreta los estímulos ambientales o las situaciones personales (amenazantes o no) y cómo usa los recursos para responder a las demandas planteadas. El estrés no es una enfermedad, pero sí condiciona el riesgo de enfermar. Del estrés se derivan depresiones, angustias, agotamientos, rupturas, fracasos personales y profesionales, etc. Alguien ha dicho que junto con las enfermedades reumáticas y respiratorias, el estrés constituye la tríada de la llamada "malaria urbana".

En la actualidad ciertos trastornos específicos motivados por estados de estrés son reconocidos oficialmente como enfermedades, por ejemplo, el actualísimo "trastorno por estrés postraumático", de infausta actualidad por culpa de los 11 S y M. También los "trastornos por estrés grave", secundarios a situaciones como los abusos y malos tratos, las catástrofes y accidentes, los actos de violencia y terrorismo, etc. En tercer lugar estarían los mal llamados "trastornos adaptativos", es decir, los problemas emocionales y comportamentales que se derivan de la incapacidad de las personas para "adaptarse" a determinadas situaciones "estresantes" habituales, como problemas laborales, económicos, familiares, etc.

Dentro de los nuevos trastornos relacionados con el estrés, se encuentra el denominado burnout o síndrome de agotamiento por desgaste profesional, o "síndrome del quemado". Se trata de una de las patologías emergentes más en ciernes y más preocupantes, ya que no sólo afecta a muchos profesionales, sino que lo sufren especialmente todos los que prestan sus servicios a otras personas, tales como maestros, profesores, personal sanitario, cuerpos de seguridad, funcionarios, etc., y hay que tener en cuenta que los servicios sociales son prioritarios en las sociedades modernas. El burnout se caracteriza por la aparición de síntomas relacionados con tres factores o dimensiones típicas: el agotamiento psicofísico, la proyección hostil hacia los beneficiarios del propio trabajo (deshumanización) y sentimientos de fracaso profesional y personal. Las complicaciones más frecuentes son depresiones, trastornos de angustia, enfermedades "psicosomáticas", consumo de alcohol, drogas o fármacos, rupturas profesionales o familiares. La prevención y tratamiento son posibles, pero exigen cambios profundos a nivel laboral, profesional, institucional, y sobre todo ajustes de los mecanismos de adaptación propios que pasan por el aprendizaje de métodos de afrontamiento del estrés, la mejor preparación profesional, la mejoría de las condiciones psicofísicas y el abordaje médico de las complicaciones sobrevenidas.

La soledad

La soledad tampoco es una enfermedad, pero igualmente condiciona riesgos importantes para la salud de las personas, especialmente para los grupos más vulnerables como los niños, los ancianos, o los enfermos mermados en sus capacidades de adaptación. A modo de ejemplo valga saber que en la actualidad la soledad es el principal problema de los ancianos, más que la economía o la salud, tal y como rezan las encuestas y es percibido por las autoridades sanitarias y sociales.

La soledad puede ser subjetiva y objetiva, puede ser deseada y productiva o puede convertirse en una tortura. Sería preciso distinguir entre soledad normal y soledad patológica o deletérea. En las últimas décadas se han descrito situaciones de soledad patológica en los ancianos, como el llamado síndrome de Diógenes, que es una especie "soledad maligna" que se caracteriza por deterioro de las relaciones, aislamiento absoluto, rechazo de las relaciones y ayudas, abandono higienicodietético y grave deterioro de la salud, que muchas veces acaba con la muerte en soledad y convirtiéndose en escabrosa noticia de prensa.

Menos dramático, pero no menos sufriente es la situación de los denominados "ancianos golondrina" o "ancianos maleta", es decir, los que cambian de domicilio a temporadas, "a-meses-con-las-hijas", de casa en casa de ciudad en ciudad, en todos los sitios transeúnte, en ninguno importante, sin habitación propia, sin domicilio fijo, sin su médico de cabecera, sin sus amigos, sin su "mando a distancia".

Y que decir de los niños, de esos "niños-de-la-llave-al-cuello", que salen solos, vuelven solos, comen solos, ven la tele solos, y sólo duermen pero nunca hablan. O de esos jóvenes adolescentes, o esos hijos únicos, que viven en el ático de los adosados de sus padres divorciados, con una madre biológica que trabaja mucho y habla poco, con un padre que no es el suyo y no habla nada, y que de vez en cuando preguntan ¿mamá, qué es un hermano? Y conste que esto no es literatura, es esa vida que llamamos "moderna", y de ello a la patología no hay más que un paso, el de la angustia. Muchos niños, jóvenes y viejos lo dan, y luego no saben volver, y entonces necesitan un psicólogo o un psiquiatra que les alivie sus sufrimientos y limitaciones, al tiempo que calman los sentimientos de culpa de hijos, o padres, o de la anónima sociedad.

ADICCIONES DE COMPORTAMIENTOS O COSAS

Los seres humanos somos "drogadictos potenciales", no sabemos vivir sin drogarnos, ya sea con sustancias químicas o con actividades que produzcan placer o alivio de las tensiones humanas. Las adicciones son hábitos patológicos, dependencias que implican la pérdida de la libertad de abstenerse. Frente a lo que comúnmente se piensa las adicciones a drogas ­tabaco, alcohol, etc.­ no son las más frecuentes, de hecho todos los seres humanos ostentamos o padecemos dependencias de costumbres (hábitos, manías), de personas (dependencias emocionales) o de cosas (aparatos, ropas, libros, etc.).

En la actualidad las adicciones comportamentales, también llamadas de "drogas sin droga", son uno de los grupos de patologías emergentes más preocupantes. Una de las más conocidas y deletéreas es la adicción a los juegos de azar, la ludopatía o juego patológico, que merecerá un abordaje específico. No obstante, podríamos describir tantas adicciones de conductas como rarezas pueda ostentar el ser humano, pero sin duda las más impactantes son las que podríamos denominar, genéricamente, como "dependencias electrolúdicas", refiriéndonos a las situaciones de abuso y dependencia de aparatos electrónicos, tales como la televisión, los ordenadores, los teléfonos y móviles, los juguetes electrónicos, la radio, etc. Todas ellas se describen como nuevas adicciones no tanto por el tipo de comportamiento patológico, ya que la característica común es la pérdida de libertad para ejercer el autocontrol sobre un impulso, sino por los objetos adictógenos que son peculiares de la era moderna.

Televisión, zapping, etc.

Cuando la contemplación de la televisión, vídeos, etc., desde una simple apetencia pasa a convertirse en una necesidad absoluta e imperiosa se habla de teleadicción, teledependencia o telemanía. El individuo se deja llevar pasivamente por ese deseo placentero y cuando trata de resistirse a él o no puede realizarlo por alguna razón, comienza a sufrir sintomatología de abstinencia con irritabilidad, nerviosismo, sintomatología digestiva (pesadez, estado nauseoso), insomnio, aturdimiento o cefalea. Si por algún motivo exógeno se ve impedido a llevarlo a cabo, aparece una reacción de agresividad típica similar a la que sucede para otras adicciones. La población más susceptible son los niños y adolescentes, las amas de casa y los inactivos laboralmente (jubilados y parados). Se describen los siguientes patrones patológicos:

­ Teleabuso: patrón de uso excesivo y regular que origina una especie de "intoxicación crónica" de pantalla y secundariamente favorece un estado de pasividad (con ausencia de iniciativa y actitud crítica) y apatía (indiferencia y falta de motivación).

­ Telefijación: hábito anómalo de contemplar la televisión (actitud inmóvil, en penumbra, en solitario o sin contactar con las personas acompañantes) que provoca una absorción absoluta de la mente a la pantalla. En este caso lo que se produce es una "intoxicación aguda", con sensación de embriaguez y con un estrechamiento del campo de la conciencia tal que el individuo parece hipnotizado.

En la edad infantil la interferencia escolar es notable, con disminución de los rendimientos en gran parte por la actitud de pasividad y descenso de concentración. En los adultos pueden influirse los rendimientos laborales, así como las relaciones sociales por la tendencia al aislamiento y la comunicación. Por otra parte, progresivamente se desarrolla un estado de apatía y pasividad que anula la capacidad de una correcta crítica. Las pequeñas contrariedades o frustraciones pueden poner al teleadicto fuera de sí y originar una reacción agresiva o antisocial.

En otras ocasiones, la persona adicta al televisor, sobre todo si es hombre, no es capaz de resistir la necesidad imperiosa de cambiar de canal de forma rápida y repetitiva a través del mando a distancia, sin apenas dejar tiempo real para asimilar cada uno de ellos. Esta conducta implica cierta forma de supremacía respecto al resto de convivientes, lo que causa problemas y frecuente agresividad o violencia.

Videojuegos, Game-Boy, etc.

Existe controversia a la hora de considerar la potencialidad de los videojuegos para crear adicción y consecuencias dañinas. Algunos autores creen que producen dependencia en sentido estricto, pero como cualquier otra actividad agradable sí pueden llegar a producir pérdida del control del impulso de jugar, lo que conlleva un aumento del tiempo, un uso abusivo, estrechamiento del campo de la conciencia, síndrome de abstinencia (irritabilidad, rabietas, reacciones de agresividad, etc.), e interferencia sociofamiliar y escolar. Ahora bien, no está claro si a largo plazo el uso continuado o abusivo es perjudicial para el desarrollo cognitivo y conductual, aunque pueda considerarse una costumbre anómala educativa o socialmente.

Teléfono

El teléfono es un instrumento de comunicación que secundariamente favorece y satisface las relaciones sociales, lo que resulta atractivo. Cuando su uso se realiza con una necesidad interna imperiosa e irresistible, y sin una verdadera obligatoriedad comunicativa, se convierte en una adicción. La persona pasa mucho tiempo hablando a pesar del gasto desmedido y de ser innecesario o superfluo. Cuando pasa cierto tiempo sin poder utilizarlo manifiesta un verdadero síndrome de abstinencia con ansiedad, inquietud, irritabilidad... que cede tras administrarse una nueva dosis telefónica. El deterioro familiar y económico puede hacerse cada vez mayor, y la persona suele justificar sus llamadas como "absolutamente necesarias". Es más frecuente en el sexo femenino, no necesariamente se asocia a la soledad, pero sí a sentimientos de vacío, baja autoestima o rasgos neuróticos de personalidad.

Los teléfonos móviles han facilitado la reiteración y accesibilidad, lo que ha agravado este problema. Los adictos no se caracterizan tanto por necesitar llamar, sino por la de sentirse "receptores" constantes de probables llamadas "absolutamente necesarias" (normalmente relacionadas con el trabajo u otros temas similares). No son capaces de desprenderse del teléfono móvil incluso en situaciones técnicamente dificultosas (ir al baño o conducir) y comprueban repetidamente la cobertura o la batería. Si por algún motivo no pueden disponer del instrumento manifiestan irritabilidad y sentimientos de desprotección que no se calman hasta recuperar la posibilidad comunicativa. Suele asociarse a otras conductas como la adicción al trabajo, y en este caso es más frecuente en varones jóvenes de un nivel y cultura medio-altos.

Internet

La consideración del uso de internet como abusivo y adictivo precisa de las condiciones básicas de toda adicción comportamental, tales como la existencia de un impulso irrefrenable, la sensación de placer y bienestar mientras se usa, el aislamiento del entorno y el estado de conciencia alterado, así como la abstinencia cuando no puede utilizarse. Las consecuencias son la interferencia familiar, social, laboral y económica. Se estima que es una adicción frecuente y en crecimiento preocupante, sobre todo en varones, con ciertos rasgos de personalidades introvertidas y que sufren cambios de carácter por su uso patológico. Un factor atractivo, y por lo tanto adictógeno, lo constituye el anonimato, que incita a la desinhibición. El patrón típico de un adicto a internet es una persona joven, urbana, con conocimientos de inglés y manejo de ordenadores, de profesión liberal y de clase media-alta. Otro tema distinto lo constituye el uso de internet con una finalidad concreta secundaria a otro tipo de adicción, como puede ser el sexo, la compra, las parafilias o el juego. En este caso lo primordial es la conducta problemática inicial y la utilización de internet se modera cuando se normaliza el trastorno nuclear. Para más información se puede consultar la página: www.adictosainternet.com.

Una explicación: "la cadena umbilical"

La idea es la siguiente: cuando nacemos pasamos de una vida paradisíaca, "con lecho, comida y sauna gratis", a un mundo frío, hostil y lleno de incomodidades. Al cortarnos el cordón umbilical nos obligan a pasarnos el resto de la vida buscando compensar esa carencia. Buscamos comodidades, seguridades, felicidades... y para ello lo mejor es que alguien o algo nos asegure la existencia, nos dé sin pedir, nos proteja cálidamente, nos quiera y se deje querer. Nos pasamos el resto de la vida atando el cordón a cosas y personas como si echáramos un ancla; nos encadenamos a las cosas y personas para buscar sustitutos de la "droga umbilical", por eso acabamos siendo adictos a las cosas y personas en las que depositamos la esperanza de nuestro bienestar. No es extraño que nos hagamos dependientes de cualquiera de ellas.

Las dependencias de las cosas son conductas muy extendidas. El ser humano se siente mejor si posee ciertas cosas, si las incorpora a su propia persona, asumiendo que "poseer" es sinónimo de poseerse y sentirse seguro. Así pues no es extraño que nos hagamos dependientes y adictos a cosas (libros, regalos, ropas, discos, coches... o lo que sea) que "amplían" ­real o fantásticamente - nuestra persona y personalidad. De ese modo se entiende que la especie humana sea la más coleccionista de todas las existentes, que coleccionemos de todo, incluyendo basura (silogomanía), y que tan acendrada costumbre pueda llegar a ser un hábito de vida.

Las dependencias de los demás son modos de relacionarse que pueden llegar a ser desadaptadas o morbosas cuando se convierten en "cadenas umbilicales" que nos atan a los demás, incluyendo animales, hasta hacernos perder nuestra capacidad de obrar libremente, condicionados por la opinión o estima que nuestros actos o decisiones merezcan en los otros. Sólo así se comprende la intensa dependencia "emocional" que ata a ciertas madres y sus hijos, o a los componentes de ciertas familias "mutuales", o a la esposa maltratada y masoquista con su "pobre" marido alcohólico y sádico.

TRASTORNOS RELACIONADOS CON LA AUTOIMAGEN

"La buena salud es un estado transitorio que nunca conduce a nada bueno". Eso dicen que decía el gran Letamendi con fina ironía, y no le faltaba razón, pues de ella sólo se puede llegar a la enfermedad o a la muerte. Curiosamente esto parece que en la actualidad le sucede a muchas personas patológicamente obsesionadas por la salud, la belleza y la perfección. Vivimos en la era de la imagen, y por tanto es lógico que aparezcan trastornos de la "autoimagen", lo que podríamos llamar, sin ninguna pretensión científica, "el síndrome del espejo".

Por ejemplo, en la actualidad, un trastorno clásico como la dismorfofobia o "síndrome de Tersites" encuentra terreno abonado para extenderse, y muchas personas terminan cayendo en manos de algunos cirujanos poco "avezados", que acaban operándoles de defectos nasales, auriculares, faciales, corporales... que sólo existen en sus mentes, o siendo víctimas de clínicas privadas poco éticas que intervienen la celutitis o la obesidad, cuando en realidad lo que hay es una "obsesividad".

Estos mecanismo también explican la aparición de los comportamientos anoréxicos y bulímicos que padecen muchas personas. La anorexia y la bulimia nerviosas (enfermedades) no son más que la punta del iceberg de esa enorme epidemia de conductas que rayan lo anormal y a las que muchas personas se someten con dietas rígidas, restricciones anoréxicas, atracones bulímicos, sentimientos de culpa, nuevas y más severas restricciones, dietas saludables, clínicas de adelgazamiento, fraudes... El panorama es desconsolador. En este ambiente es comprensible la aparición de dos "nuevos" trastornos: la orthorexia y la vigorexia.

La vigorexia fue descrita por H. G. Poppe, psiquiatra de Harvard, en varios trabajos publicados entre 1987 y 1993, inicialmente bajo la denominación de complejo de Adonis, anorexia reversa o anorexia masculina. La presentan personas que practican mucho ejercicio físico, especialmente de tipo culturista, pesas, etc. y que acaban estando patológicamente preocupados por la imagen corporal y por el desarrollo muscular, de tal manera que a pesar de que el volumen de sus músculos aumente considerablemente se sienten mal con su cuerpo, e invierten mucho tiempo, energía, dinero, etc., en hacer más y más ejercicio, siempre disconformes con su imagen, sometiéndose a planes de musculación exigentes, a dietas estrictas, hidrocarbonadas e hiperprotéicas, carentes de grasa, etc., para desarrollar más sus músculos. Como aun así se sienten mal, acaban consumiendo anabolizantes y hormonas para continuar con su desarrollo muscular obsesivo. Al parecer afecta a varones de 17-28 años y no se sabe cuántos hay, pero se cree que millones en EE.UU. y miles en España. Desde un punto de vista psicopatológico la enfermedad empieza cuando se pierde el control y se cae en la obsesión y en la dismorfia corporal, lo que genera una adicción comportamental al ejercicio, al espejo y a las dietas. Muchas de estas personas presentan trastornos de la personalidad previos, depresiones subsecuentes, y tienen riesgos somáticos graves derivados del uso de anabolizantes, como hipercolesterolemias, accidentes vasculares, lesiones hepáticas, atrofia testicular, disfunción eréctil o cáncer de próstata. En definitiva, una enfermedad producida por la búsqueda excesiva, obsesiva y patológica de la perfección física.

La orthorexia es otro de estos trastornos de la búsqueda de la salud a toda costa. La palabra viene de "Orthos" (recto, justo, equilibrado) y "orexia" (apetencia), y la introdujo en 1996 S. Bratman en un libro que se hizo famoso: "Health Food Junkies". Consiste en una preocupación desmedida por lo sano, lo natural, lo biológico, que conlleva una repulsa de lo artificial, lo transgénico, etc. El problema surge de nuevo cuando la preocupación se convierte en obsesión y se pierde el control. Entonces se cae en una selección dietética excesiva, con exclusión de carne, grasas, verduras cultivadas con abonos artificiales, pesticidas, etc. La preocupación excesiva acaba generando malestar físico y psíquico y sentimientos de culpa si se comete alguna transgresión dietética, acabando por consumir sólo dietas naturistas y vitaminadas, no siempre tan sanas como se cree. El modelo psicopatológico es el mismo: se empieza por preocupación y se acaba en obsesión, en adicción comportamental. Entonces se padecen complicaciones como depresión, ansiedad, agresividad, anemias, cansancio, disminución de defensas, etc.

El tratamiento de ambos trastornos es posible mediante fármacos como los inhibidores selectivos de recaptación de serotonina (ISRS) y psicoterapia de conducta y asertividad, pero el problema es que casi nunca aceptan estar enfermos y someterse a terapias.

Un modelo explicativo: "la patología del autocontrol"

Los seres humanos practicamos nuestras costumbres con tanta asiduidad que llegamos a convertirlas en "hábitos", los cuales, si se evalúan moralmente pueden ser tildados de "vicios" o se les considera adicciones o "enfermedades"en el caso de que se tenga a su carácter como morboso o insano. En relación con esta cuestión, Hull, un psicólogo muy influyente en el campo del aprendizaje y la motivación, desarrolló una "teoría mecánica de la conducta", según la cual la tendencia a actuar depende de la fuerza del impulso y de la fuerza del hábito. Dicho de otra manera: nuestras conductas dependen de nuestros deseos y de nuestras costumbres. Más tarde él mismo introdujo un nuevo elemento en la fórmula: el incentivo. Si tenemos un ser humano con deseos y costumbres y le aplicamos algún incentivo repetirá su conducta, por lo que caerá en el hábito o en la adicción.

En definitiva, lo que nos mueve a hacer y repetir no es otra cosa que la costumbre reiterada de búsqueda de placer (incentivo), o la compensación de sufrimientos (del cordón a la "cadena umbilical"). Lo que ocurre es que con frecuencia pasamos de "practicar" una costumbre a "cometerla", deslizándonos del "placer" al "sufrimiento". Los expertos explican todo esto con términos mucho más sesudos y eruditos, más científicos, pero no más certeros. Se aducen teorías psicológicas profundas (psicodinámicas), o teorías de aprendizaje (conductuales) o desequilibrios entre razón y sentimiento (cognitivas), o desajustes neuroquímicos (biológicas) o incluso se recurre a la herencia (genéticas), pero en el fondo todo nos remite a un denominador común: la insondable y extraña disposición humana a complicarse la vida, lo cual debe tener algo que ver con el desarrollo de esa parte de su anatomía llamada "cerebro", un órgano con un "manual de uso" tan complicado que ni siquiera la mayoría de sus propietarios están capacitados para entenderlo.

Por eso tal vez la forma más acertada de considerar estas nuevas costumbres patológicas sea la de "temeridades o imprudencias", es decir, formas inapropiadas, inadaptadas, anómalas o morbosas de autoconducirse. En efecto, todo consiste en un problema de autogobierno, de autocontrol. Sabemos que la mayor dignidad del ser humano es la de gobernarse a sí mismo, y que para ello es preciso obrar con un mesurado equilibrio entre lo que "podemos-hacer" (saberes, capacidades), lo que "debemos-hacer" (normas, frenos), y lo que "queremos-hacer" (impulsos, deseos). Sabemos que la disposición y uso correcto de estas tres potencias o cualidades es el mejor indicio de un buen "equilibrio-mental". Sin embargo no todos los seres humanos disponen y usan adecuadamente la capacidad de autogobierno; o mejor dicho, ningún ser humano dispone y usa todo el tiempo de esta "dignísima cualidad", de tal manera que todos, en alguna medida, en algunos momentos, somos "imprudentes" o "temerarios", y nos conducimos olvidándonos de los "frenos", guiándonos sólo por los "impulsos", sin importarnos los riesgos y perjuicios que ello pueda suponer. Esa es para muchos la "salsa de la vida". Ahora bien, sin excesos, pues podemos caer en "la enfermedad", y hacer buena la curiosa frase del legendario director de cine Gregory de la Cava (1936).

TRATAMIENTOS

El secreto de la felicidad es tener muchas pasiones y ninguna dependencia, o como aconsejaba San Agustín: "Peca, pero no tengas vicios", pero esas recomendaciones son poco prácticas. Se pueden utilizar:

Diversas técnicas de intervención psicológicas

­ Técnicas operantes: tratan de controlar la realización de las conductas a través del control de las consecuencias de éstas. Las primeras que se utilizaron son las técnicas aversivas que asocian una conducta a una estimulación negativa (por ejemplo un castigo físico o una prohibición si se realiza la conducta anómala).

­ Exposición en vivo con prevención de respuesta: se trata de llevar al sujeto hasta la situación donde se produce la conducta (las "tragaperras" para la ludopatía, "haber comido" para la bulimia, etc.), pero impidiéndole que se produzca la conducta adictiva, con el objetivo de ir reduciendo la ansiedad frente a estos estímulos y mejorando su control.

­ Terapia cognitiva: se centra en la detección de los pensamientos o creencias inadecuados, bien sean éstas generales o acerca de su adicción para conseguir su cambio. Las técnicas más empleadas son la terapia racional emotiva de Ellis o la terapia cognitiva de Beck.

­ Entrenamiento en habilidades sociales: programas estandarizados para el desarrollo de habilidades sociales adecuadas.

­ Entrenamiento en solución de problemas: de forma genérica o aplicado a los distintos aspectos de la vida: relaciones personales, laborales, de pareja, etc., aporta al sujeto mayor capacidad para resolver problemas y tomar decisiones y así mejorar su autoconcepto, autoconfianza y autoestima.

­ Técnicas para la prevención de recaídas:

1. Identificar las situaciones de alto riesgo de y prever la conducta a seguir.

2. Tener prevista la posibilidad de recaída como parte del proceso de curación.

3. Reconceptualizar las recaídas para que no lleven a la desesperanza y se analicen como un hecho del cual aprender y fomentar la capacidad de control y aprovechar las estrategias adquiridas.

­ Por último, hay técnicas para mejorar el autocontrol:

1. Autoobservación.

2. Establecimiento de objetivos sobre la conducta conflictiva.

3. Entrenamiento en técnicas concretas y criterios de ejecución.

4. Aplicación de las técnicas en contexto real.

5. Revisión de las aplicaciones con el terapeuta.

Tratamientos farmacológicos

Los tratamientos farmacológicos están apoyados por evidencias obtenidas a partir de estudios de la función cerebral de ciertos neurotransmisores (serotonina, endorfinas dopamina) y por evidencias empíricas de la utilidad de ciertos fármacos.

­ Los ISRS: Fluoxetina, Fluvoxamina, Citalopram, Sertralina y Paroxetina.

­ Los antagonistas opiáceos: Naltrexona.

Su uso debe ser controlado siempre por psiquiatras y deben realizarse siempre junto a las medidas psicológicas e intervenciones familiares y sociales.





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