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Vol. 9. Núm. 2.
Páginas 97-107 (Junio 2013)
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1745
Vol. 9. Núm. 2.
Páginas 97-107 (Junio 2013)
Artículo
DOI: 10.1016/j.ihe.2012.07.001
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El acceso al trabajo corporativo en el Madrid del siglo xviii: una propuesta de análisis de las cartas de examen gremial
The access to corporative craftsmanship in eighteenth-century Madrid: an analysis of guild master diplomas
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José Antolín Nieto Sánchez
Grupo Taller de Historia Social, Departamento de Historia Moderna, Universidad Autónoma de Madrid, Madrid, España
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Figuras (1)
Tablas (8)
Tabla 1. Hijos de maestros que siguen la profesión paterna en el gremio de carpinteros (total y porcentajes)
Tabla 2. Distribución de los maestros sastres por edad y procedencia a la entrada en el gremio, 1719-1799 (en porcentajes)
Tabla 3. Distribución de los maestros carpinteros por edad y procedencia a la entrada en el gremio, 1701-99 (en porcentajes)
Tabla 4. Edades medias de entrada a la maestría en ocho gremios, 1700-1799
Tabla 5. Procedencia de nuevos maestros carpinteros, 1701/1728 y 1760-1797 (por décadas, totales y porcentajes)
Tabla 6. Procedencia de nuevos maestros sastres, 1720-1799 (por décadas, totales y porcentajes)
Tabla 7. Procedencia de nuevos maestros sastres y carpinteros (ciudades, villas y campo)
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Resumen

Este artículo se enmarca dentro de la profunda revisión del papel de los gremios que está teniendo lugar en Europa desde hace al menos 2 décadas. La realidad corporativa era diversa, de modo que el vaciado de 3.343 cartas de examen de oficiales que pasaron a ser maestros en el Madrid del siglo xviii permite sostener que no hubo un solo camino hacia la maestría y que el grueso de la mano de obra cualificada de la ciudad ni procedía de esta ni sus padres pertenecían a las corporaciones a las que accedían sus hijos. En Madrid, la reproducción de los gremios estuvo muy vinculada con los requerimientos políticos, lo que no impidió que las corporaciones organizasen sus propios mercados de trabajo cualificado. Estos datos cuestionan la explicación canónica que sitúa la endogamia corporativa como la causa principal de la crisis del sistema gremial.

Palabras clave:
Gremios
Trabajo
Siglo xviii
Madrid
Códigos JEL:
N33
N63
N90
N93
Abstract

This article is a contribution to the comprehensive re-examination of the role of guilds in early-modern urban economies, which has been undertaken by European scholars over the last two decades. The study of a series of 3,343 guild master diplomas obtained by journeymen in eighteenth-century Madrid reveals a diverse pattern of access to mastership. The majority of Madrid's skilled workforce had not been born in the city, nor were they guildmasters’ sons. In early-modern Madrid, the reproduction of the guilds was closely tied to political regulation, but this did not preclude them from organizing their own skilled labour markets. This evidence helps us to clear these institutions of the accusation that their corporative, inbred nature was responsible for their lengthy crisis.

Keywords:
Guilds
Work
Eighteenth Century
Madrid
JEL classification:
N33
N63
N90
N93
Texto completo
1Introducción

En 1774, Pedro Rodríguez Campomanes (Rodríguez Campomanes, 1774) consideraba que «Nada es más contrario a la industria popular que la erección de gremios y fueros privilegiados», sus ordenanzas eran «el colmo del perjuicio» y «el fomento de las artes es incompatible con la subsistencia imperfecta de gremios». Como fiscal del Consejo de Castilla, Campomanes marcó la acción política española del momento. Dos años después, desde el pensamiento económico, Adam Smith haría lo propio con su idea de los gremios como «una conspiración contra el público», mientras que entre 1774 y 1776 los fisiócratas franceses encabezados por Turgot extendían la reacción antigremial. Tras la revolución de 1789 y la abolición de los privilegios gremiales, primero en Francia y después en gran parte de Europa, los historiadores tomaron el propio discurso de los ilustrados y sus políticas como prueba evidente de que los gremios habían obstaculizado el desarrollo del Viejo Continente. Los pensadores y políticos de la época consideraban que las trabas a su ideal de «progreso» debían ser eliminadas mediante el laissez faire (Rodríguez Campomanes, 1774, pp. CIX-CX; Smith, 1776/1984, p. 125; Kaplan, 2001).

Durante el siglo xix y buena parte del xx los gremios fueron vistos como instituciones al servicio de una elite urbana rentista, una prolongación de la organización medieval del trabajo que ahogaba la capacidad empresarial y la innovación, solo miraban por el interés de un puñado de artesanos, mientras que los maestros «trabajando dentro de la estructura gremial (…) prácticamente habían cerrado el acceso al oficio a todo el mundo excepto a sus hijos» (Hohenberg, 1995, p. 144). Según esta interpretación, las corporaciones eran marcadamente monopolistas, ineficaces, restrictivas y conservadoras. Como prueba adicional se alegaba que ya en el siglo xvii su importancia disminuyó en Inglaterra, y nunca se establecieron en lo que después sería Estados Unidos. Es decir, donde los gremios habían decaído antes o no se habían organizado, había florecido el capitalismo. Europa estuvo a la zaga de este desarrollo porque la hegemonía gremial solo se vino abajo al derrumbarse el resto de las instituciones del viejo orden1.

Esta visión solo cambió a partir de los años 1980, gracias a trabajos que cuestionaron el impacto negativo de los gremios. Varios estudios sobre ciudades holandesas y francesas de los siglos xvi al xviii mostraron que los gremios desempeñaron un papel importante en la economía urbana y se adaptaron a las nuevas circunstancias de forma diferente según lugares y períodos. Teniendo en cuenta las dimensiones sociales y políticas del mundo corporativo, estas investigaciones hicieron de la flexibilidad la clave explicativa de su supervivencia (Duplessis y Howell, 1982; Kaplan, 1979, 1986, 2001; Sonenscher, 1986,1989, 1996; Farr, 1988, 1997, 2000). Paralelamente, otros autores seguían la estela de Ostrom (1990) y revalorizaban la acción colectiva, de modo que los gremios, como los comunales, pasaron a ser instituciones capaces, mediante una «revolución silenciosa», de jugar un papel decisivo en la asignación de recursos (de Moor, 2009).

Sobre estos estudios previos y con el referente de una nueva Historia económica institucional, se asentaron las aportaciones del autor que demolió sistemáticamente hacia 1990 el edificio antigremial. Epstein, primero en solitario (Epstein, 1991, 1998), y después rodeado de historiadores económicos y sociales de los Países Bajos e Inglaterra, comenzó una revisión de los gremios menos interesada en sus debilidades y más en las causas de su formación y longevidad. Junto a Soly, Lis, Lucassen, Prak y Van Zanden, potenció una visión comparativa a nivel planetario que ha devenido en el conocimiento de los gremios de África, Oriente Próximo, Asia o América Latina. En muchos países los gremios sobrepasaron el otoño del Antiguo Régimen europeo y persistieron en el siglo xix e incluso en el xx. Esta literatura del «retorno gremial» tiene una clara vocación de historia global (Prak, Lis, Luccasen y Soly, 2006; Lucassen et al., 2009).

Esta corriente investigadora ha cuestionado la mayoría de las tradicionales ideas sobre las corporaciones (todavía defendidas por autores como Ogilvie en el punto de la ineficacia [Ogilvie, 2004, 2008]) y se ha preocupado por la diversidad organizativa gremial, la capacidad de gestión y adaptación, la innovación tecnológica y la difusión de conocimientos artesanos (Belfanti, 2004; de Munck, 2007; Munck et al., 2007), la subcontratación (Lis y Soly, 2008), o la movilidad laboral (Reith, 2008; Lucassen y Lucassen, 2009). Los gremios han dejando de ser carteles monopolísticos para pasar a ser instituciones capaces de crear mercados laborales propios y reducir costes de transacción en 3 aspectos: en la reproducción, creando un ambiente que alentase a los artesanos a invertir en el adiestramiento de las generaciones venideras; en la organización productiva, coordinando procesos complejos de producción; y en la comercialización, resolviendo los problemas derivados de una información asimétrica entre productores y consumidores. Al mismo tiempo, habrían estimulado el crecimiento gracias a elaborar productos de calidad más elevada y a una mayor cualificación del trabajo. En suma, los gremios tendrían muchas características que hasta la fecha solo se aplicaban a las empresas capitalistas (Epstein y Prak, 2008).

En España se desconoce casi todo del «retorno» gremial2. Solo Torras (2007) ha criticado esos clichés historiográficos sobre los gremios que los asocian con el anquilosamiento y la rutina; ha defendido la existencia en el ámbito de la innovación corporativa de adaptaciones graduales, acumulativas y a la larga sustanciales; y que los gremios no eran hostiles per se al cambio de productos y procesos. Otros autores han basculado hacia posturas menos intransigentes con las corporaciones (González Enciso, 1998), mientras otros han advertido que la cuestión gremial no se encuadra en un único modelo de comportamiento. La diversidad de opciones gremiales ante la coyuntura incluiría desde reacciones en clave de adaptación hasta respuestas rígidas (Benaul, 1992; Ros, 1998).

Persiste, con todo, una visión peyorativa de las corporaciones muy crítica en puntos como los privilegios, la rigidez o la imposibilidad de competir con otras formas productivas3. Y, entre los pocos que conocen el «retorno», los hay que se oponen abiertamente a él, culpando a los gremios del escaso desarrollo de la industria textil castellana con relación a otros países. No es difícil criticarles de anacronismo cuando argumentan que los gremios se opusieron ya en el siglo xvi a la construcción del «libre mercado» (González-Arce, 2010)4.

Este trabajo cuestiona 2 ideas de la perspectiva tradicional: la primera, la que alude a una casta magisterial que reserva la agremiación a sus hijos y familiares; y, la segunda, la de unas organizaciones que fomentaron que el trabajo cualificado procediese de la población nativa de las grandes ciudades alentando la inmovilidad geográfica del factor trabajo. Estos estereotipos se revisarán analizando el comportamiento de la población artesana de Madrid en el siglo xviii. En esta línea, se demostrará que en Madrid la mano de obra agremiada no se reclutó solo entre las familias de los maestros, lo que permitirá estudiar los mercados laborales organizados por los propios gremios y las pautas de movilidad de los trabajadores cualificados que acabaron confluyendo en esta ciudad cortesana5. Se puede adelantar que en la etapa previa a la industrialización hubo varios modelos de movilidad laboral, que también se revelan en el caso de Madrid6.

2Fuentes

El retorno gremial también ha sido posible por la elaboración de importantes bases de datos con la documentación de las propias corporaciones, y en relación con esto último, la vuelta al archivo (Epstein y Prak, 2008; Lucassen et al., 2009; Mocarelli, 2009; Minns y Wallis, 2009; Wallis, 2008). En este sentido, este artículo utiliza un documento muy conocido, pero poco estudiado desde la óptica de la reproducción de los oficios y la movilidad geográfica del trabajo: las cartas de maestría o de examen, expedidas por un escribano que acreditaba la incorporación al grado de maestro en un gremio determinado7. Las cartas recogidas incluyen información vital para nuestra investigación: el nombre del nuevo maestro, su lugar de nacimiento y vecindad, la edad, los nombres de los padres (a veces la profesión paterna), el lugar natal de estos últimos y el estado civil del nuevo maestro8. Este trabajo se basa en la recopilación de 3.343 cartas relativas al siglo xviii. Su análisis proporciona una buena cantidad de indicadores del comportamiento artesanal: entre otros, los índices de reproducción corporativa, las tasas de endogamia, las edades de entrada a la maestría y los flujos migratorios.

Las cartas cubren 44 oficios e incluyen ocupaciones con muchos miembros y otras que tenían un número escaso. Hemos conseguido reconstruir varias series de los gremios más nutridos: la de los sastres, con 1.776 cartas, está prácticamente completa, excepto para la primera década del siglo; las 607 cartas de los carpinteros solo dejan al descubierto los años 1729-1739 y 1742-1757. De un oficio más pequeño, como la cerería, tenemos una serie muy homogénea –117 cartas- de los años 1710-1720 y 1740-1780. De otros 7 oficios se han localizado más de 40 cartas (pasamaneros, emballenadores y cotilleros, tratantes de ropa usada o prenderos, cerrajeros, ropavejeros, caldereros y herreros de grueso) (ver Apéndice).

El grueso de la información expuesta procede de los citados 10 oficios, sin duda, los más representativos de Madrid. Por su importante ritmo de incorporación sobresalen los sastres –a un promedio de 21 nuevos maestros al año en todo el siglo- y los carpinteros, a otro de 10 entre 1760 y 1799 (fig. 1). Estimamos que la evolución positiva a lo largo del siglo de este índice de reclutamiento de nuevos maestros en los oficios de industrias básicas es un fiel reflejo de la buena «salud» corporativa. Mientras tanto, otros gremios, más vinculados con la elasticidad de la demanda, como los emballenadores y cotilleros, pasaron de reclutar a casi 7 nuevos maestros en los años 1730 a menos de 3 en lo la década de 1750, y muchos otros de similares características solo incorporaban anualmente a uno o 2 nuevos maestros9.

Figura 1.

Incorporación de nuevos maestros sastres y carpinteros, siglo xviii.

Fuente: Elaboración propia a partir de AHPM, Apéndice.

(0,1MB).

Las cartas de maestría relacionan la estructura gremial con el acceso al estatuto de maestro. Esto acota la investigación al estrato superior de la comunidad gremial, los maestros que tenían en exclusiva el derecho a manufacturar y poner a la venta sus productos dentro de la jurisdicción municipal. Con vistas a poder defender con más solidez los puntos que cuestionan la endogamia y la inmovilidad artesana, hemos incorporado al estudio 550 escrituras de aprendizaje recuperadas para todo el siglo.

3El reclutamiento de nuevos maestros: requisitos gremiales e imperativos políticos

Durante el siglo xviii Madrid contó con uno de los grupos más nutridos de asalariados de España. A diferencia de centros industriales castellanos como Segovia o Palencia, no era una urbe exportadora de manufacturas, limitación que no impidió que de los más de 17.500 trabajadores de 1757, el 42% realizase sus labores como artesanos, el 35% lo hiciese en la construcción y mobiliario, y el resto en actividades de abastecimiento. Estas cifras aún aumentaron al final del siglo –hasta un 55% en el caso de los artesanos-, pese al declive de la construcción.

En el ecuador del siglo, la industria estaba dominada por la sastrería (1.369), zapatería (1.237), panadería (971) y carpintería (657), oficios hegemónicos 50 años después. Sin superar los 500 miembros, pero con más de 100, había 29 ocupaciones, con los plateros a la cabeza (479); con menos de 100 operarios había 64 oficios. El predominio de los dedicados a la construcción, el acabado y el lujo -lo que hemos denominado la Tríada capitalina-, habla a las claras del estado artesano de la industria. Es más, el 44% de los trabajadores estaban integrados en alguna corporación, lo que nos aleja de la supremacía del gremialismo de otras urbes, pero sigue reflejando el peso de las permanencias en la oferta de Madrid (Nieto, 2006).

Llegar a integrar ese porcentaje de trabajadores en los gremios suponía atravesar unos pasos fijados por las mismas corporaciones. Por eso, en este apartado se analiza el acceso al oficio desde su base, el aprendizaje, en aras a calibrar la reproducción artesana y la incidencia de los requisitos impuestos por las ordenanzas gremiales y los factores políticos en el ritmo de reclutamiento.

El aprendizaje era la llave de entrada a un oficio artesano y requería de un acuerdo entre el maestro y el padre y/o curador del aprendiz en el que se fijaban las condiciones que debían cumplir las partes que le asentaban, incluidas las que asumía el muchacho. Las 550 escrituras de aprendizaje recogidas para 70 oficios artesanos revelan que los aprendices –todos varones- entraban a este grado laboral con una media de 15,3 años en 1700, cifra que subió hasta 16,4 en 1740, para tras una caída paulatina situarse en 14,5 en 1790. Por supuesto, había aprendices que tenían menos edad: en todo el siglo uno de cada 4 era menor de 14 años –2 de cada 3 si elevamos la edad a los 16- y cumplían contratos que oscilaban entre 5,4 y 6,2 años. La mayoría acababa su adiestramiento entre los 18 y 20 años. Estas cifras fluctuaban en función de la coyuntura económica y las respuestas a esta por parte de las familias de los candidatos a aprendiz, pasando por el estado civil de los tutores (las viudas eran aquí mayoría) o las redes de paisanaje del muchacho en la ciudad. Los aprendices procedían en un 65% de fuera de Madrid y, salvo los pasamaneros, no tenían vinculación previa con el oficio a través de padres o parientes.

Tras obtener la «contenta» o visto bueno del maestro que capacitaba al aprendiz para acceder a oficial, se abrían varias posibilidades que no siempre pasaban por promocionarse a la maestría. Durante el siglo xviii muchos oficiales tuvieron difícil abrir un taller propio y pudieron permanecer en esta categoría, emigrar o trabajar ilegalmente. El que quería ascender debía acumular el suficiente capital para afrontar los gastos de instalación del taller –el quid de la cuestión- y la cuota de examen. ¿Cuánto tardaban los aprendices en ser maestros? Hasta 1750 los sastres alcanzaban esta categoría tras pasar una media de 16 años como aprendices y oficiales, lo que equivalía a tener la carta de maestría con 31 años; los carpinteros pasaban 14,5 años para obtenerla, siendo maestros 2 años antes.

El examen facilitaba acceder a la maestría en los gremios y, por tanto, era uno de los instrumentos utilizados por estos para salvaguardar su reproducción. También era una pieza muy codiciada al garantizar el skill premium sobre el resto de las categorías del oficio (Llopis y García, 2011). Al examen y la subsiguiente tasa de ingreso en la categoría de maestros, algunos gremios añadían una cuota para el sostenimiento de su cofradía. Otros requisitos económicos, como presentar un fiador, eran exclusivos de corporaciones con unos gastos de examen muy elevados (curtidores) o de aquellas que intentaban garantizarlos debido a la alta movilidad geográfica de los candidatos (tejedores de lienzo)10. Pese a ser un requisito muy citado, la presentación de pruebas de limpieza de sangre solo afectaba a los oficios metalúrgicos (cerrajeros, herreros) y ciertas ocupaciones mercantiles (mercaderes de hierro, 5 gremios mayores).

Estos requerimientos eran manejados estratégicamente por los mismos gremios así como por la monarquía con objeto de garantizar la entrada -o no- de nuevos miembros y la estabilidad social. Estas estrategias se pueden analizar mediante la parte económica que constituyen las tasas de examen.

Hacia 1750, el gremio de sastres, el más numeroso de Madrid, con 420 maestros y 703 oficiales, atravesaba por apuros económicos derivados de unas nutridas imposiciones fiscales y la construcción de su sede, lo que había motivado la suscripción de voluminosos préstamos. Para solucionar su problema financiero el gremio pretendió subir las tasas de examen a 541 reales, pero el Consejo de Castilla, fiel a una política paternalista, decidió mantenerlas a niveles relativamente bajos (solo en 1787 admitió pasar de los 108 reales exigidos hasta entonces a 126). A los carpinteros se les aplicaron medidas similares, de modo que siguieron vigentes los 22 reales fijados por sus ordenanzas del xvii. Como no tardaremos en ver, este proteccionismo tendría repercusiones en el reclutamiento de nuevos maestros, y las mismas estrategias desplegadas por artesanos de localidades muy alejadas revelan que Madrid era una excepción en materia de tasas de examen (en 1750, en Barcelona los oficiales sastres abonaban por este concepto más de 800 reales, en Cádiz 800, y en Valencia y Zaragoza, 640)11.

Los oficios menos numerosos se decantaron por aumentar los derechos de examen, pero los mantuvieron a niveles asequibles debido también al férreo control del Consejo de Castilla. En 1725 cotilleros y emballenadores tuvieron que renunciar a una propuesta de elevar las tasas a 550 reales y todos los examinados entre 1733 y 1756 tuvieron que pagar 110 reales. Las ordenanzas de los herreros de 1760 fijaron la tasa en 220 reales, reducida a la mitad solo para los hijos de maestros. No aumentaron los 95 reales exigidos por los prenderos desde 175012. Con todo, hubo gremios que sí fueron apoyados por el Consejo en su pretensión de subir las tasas y cerrar la corporación a nuevos aspirantes. Las ordenanzas de 1757 de silleros y guarnicioneros impusieron condiciones draconianas para los maestros recién llegados: 264 y 396 reales respectivamente, es decir, el doble de lo exigido a los oficiales que habían aprendido en Madrid13.

¿Qué revela el volumen del reclutamiento de nuevos maestros? Aquí es ilustrativo fijarse en las pautas de sastres y carpinteros, 2 gremios nutridos, centrados en elaborar productos básicos y muy abiertos a incorporar nuevos maestros. Ya vimos que en 1757 la sastrería ocupaba a 420 maestros y la carpintería a 159. En este punto, el índice de reclutamiento de los sastres aumentó durante el siglo: hacia 1720 ingresaban en el gremio una media de 10 maestros/año, en 1750 lo hacían más de 15, y en 1790 se alcanzó la cifra de 36 (fig. 1)14.

Si relacionamos el ritmo de reclutamiento de nuevos maestros con las dificultades financieras del gremio, las cosas se complicaron mucho para los sastres en 1799. En esa fecha los 840 maestros atravesaban por problemas derivados del tamaño liliputiense de sus talleres: mientras los maestros doblaron su número con relación a 1757, no hubo un crecimiento similar de los oficiales, 1.137 en 1799. En suma, en términos relativos había menos oficiales debido a que el gremio, imposibilitado de subir sus tasas de examen, optó por dar más cartas de maestría de lo necesario a costa de «vaciar» la oficialía. Esta política gremial de finales del siglo descansaba en los efectos de la competencia (de trabajadores ilegales y legales escindidos del gremio como los ropavejeros y los capitalistas roperos de nuevo, sin olvidar a la legión de modistas y bateras), así como en la fuerte presión ejercida por las asociaciones de oficiales (López y Nieto, 1996, 2010).

La evolución de los carpinteros fue más lineal: entre 1757 y 1799 casi se cuadruplicó el número de maestros –los 159 de 1757 eran 599 en 1799- y, sobre todo, los oficiales crecieron mucho más, pasando de 309 a 2.301 entre ambos años (4 por maestro en la última fecha). A finales del siglo las tasas de examen seguían siendo asequibles lo que ayudó al incremento de los maestros, a la mayor prosperidad de sus negocios -acordes posiblemente con una mayor demanda- y a que pudiesen contratar más oficiales15.

En suma, el número de maestros y trabajadores inscritos en los gremios fue cambiando durante el siglo debido a las estrategias desplegadas por las propias corporaciones -en aras a controlar el volumen de las diferentes categorías ocupacionales en beneficio de los maestros- y, sobre todo, a la política de un Consejo de Castilla que veló –salvo excepciones- para que Madrid tuviese bajas tasas de examen con el fin de facilitar la entrada en los gremios de buen número de oficiales y mantener la paz social en la corte. En suma, el aporte de nuevos maestros obedeció a causas económicas y políticas, y no a razones puramente demográficas, de modo que el reconocimiento de la destreza por procedimientos formales no fue un problema en Madrid durante todo el siglo para parte de los aspirantes a maestros.

4Corporaciones abiertas versus corporaciones cerradas

Hay una regla que imputa a los gremios haber facilitado el acceso a la maestría a los hijos y yernos de los maestros, cerrándola al resto de oficiales y aprendices. Pero esta idea no casa con las investigaciones recientes realizadas a nivel europeo. A comienzos del siglo xv en la abigarrada franja europea de talleres que enlazaba Brujas con Venecia solo la mitad de los negocios artesanos pasaba de padres a hijos (Rosser, 1997, pp. 16-17). Ya en el siglo xviii los registros de entrada a las corporaciones francesas avalan pautas que raramente superan el 40% de transmisión endogámica. En Dijon se pasó del 30% entre 1700-1730 al 12% al final del siglo; en Caen del 52% en 1730 al 32% en 1780. Los incendios de la Comuna nos privaron de datos globales para París, pero el ratio de cartas de maestría admitidas en sus gremios entre 1785 y 1788 (a una media de 1.550/año) es demasiado alto para sugerir una simple sucesión de padres a hijos (Shephard, 1996, p. 63; Sonenscher, 1989, p. 107).

¿Qué dicen las cartas madrileñas en este punto? Las de los sastres son muy parcas al respecto, siendo solo poco más de 20, de un total de 1.776 cartas, las que aluden a la profesión paterna. Las más rigurosas de comienzos de siglo muestran que 11 de los 134 nuevos maestros sastres eran hijos de maestros (8%). Más fiables son las 607 de los carpinteros que cubren todo el siglo y revelan que 120 nuevos maestros seguían el oficio paterno, o un 19,7%. El mismo porcentaje ofrecen los caldereros y un poco más bajo, los sombrereros. De esta norma solo escapan los herreros (34%) y los pasamaneros (36,4 desde 1750). Contando con las cifras europeas ofrecidas arriba, solo puede concederse que las de Madrid son homologables, razón por la que carpinteros, caldereros, sombrereros e incluso sastres no protagonizaron la endogamia defendida por los ilustrados y algunos historiadores.

Las cartas también informan sobre la proporción de nuevos maestros naturales de Madrid que continuaron la profesión paterna, y la de aquellos que, siendo de otros lugares, siguieron los pasos profesionales de sus progenitores. En el caso de los carpinteros -el único gremio con datos fiables-, la proporción de hijos de maestros se mantuvo constante durante el siglo –uno de cada 5 nuevos maestros- y no fue muy importante numéricamente. Desde 1750 aumentaron los nuevos maestros que seguían el oficio paterno lejos de los talleres de sus padres -estos no residían en Madrid-, pero las cifras no sobrepasaron los niveles continentales (tabla 1).

Tabla 1.

Hijos de maestros que siguen la profesión paterna en el gremio de carpinteros (total y porcentajes)

Años  Total de cartas  Porcentaje total  Porcentaje de hijos de maestros madrileños  Porcentaje de hijos de maestros no madrileños  Procedencia desconocida 
1700-1749  185  19,9  8,1 (15)  3,2 (6)  8,6 (16) 
1750-1799  422  21  7,3 (31)  13 (55)  0,7 (3) 
Total  607  20,7 (126)  7,5 (46)  10 (61)  3,1 (19) 

Lo anterior revela que la movilidad ocupacional de la comunidad gremial era importante tanto en la ciudad como entre los medios rural y urbano. Los gremios madrileños siguieron abriendo sus puertas a lo largo del siglo y dado que fueron pocos los que siguieron la profesión paterna es posible defender que no hubo un monopolio reservado a los hijos de maestros en detrimento del resto. No es verosímil que los maestros no tuviesen suficientes hijos para sucederles en los puestos que ocupaban en la comunidad gremial. Más probable es que los hijos abandonasen su promoción en el interior del oficio paterno y hubiese margen para la movilidad social y económica de oficiales que no eran hijos de maestros.

La tabla 2 muestra la distribución por edad de los nuevos maestros sastres. Tres cuestiones se aprecian referentes a los más jóvenes: la primera, que la incorporación de maestros menores de 20 años es bajísima, no superando en todo el período la media del 1%16. La segunda, que estos maestros jóvenes se incorporan con más fuerza entre 1719 y 1769, momento en el que comienzan a disminuir de manera significativa. La tercera, que los nuevos maestros madrileños entran en la corporación antes que los no madrileños. Aunque la serie de los sastres no es muy fiable a la hora de reflejar la profesión paterna, sorprende que solo uno de los poco más de 20 nuevos maestros sastres menores de 20 años tuviese a su progenitor en el oficio. En suma, los sastres admitieron a pocos maestros muy jóvenes.

Tabla 2.

Distribución de los maestros sastres por edad y procedencia a la entrada en el gremio, 1719-1799 (en porcentajes)

  MadrileñosNo madrileñosTotal 
Edad  1719-1739  1740-1769  1770-1799  1719-1739  1740-1769  1770-1799  1719-1799 
-20  2,2  5,2  1,1  1,5  0,2  0,3  0,8 (15) 
20-29  48,9  40,3  42,8  41,9  38,9  36,4  38,7 (680) 
30-39  42,3  36,4  45  44,9  47,1  44,6  44,8 (788) 
40-49  4,4  16,8  10  10,2  12,1  16,7  13,8 (243) 
+ 50  2,2  1,3  1,1  1,5  1,7  1,7 (31) 
Total  100 (45)  100 (77)  100 (110)  100 (263)  100 (461)  100 (801)  100 (1757) 

Los carpinteros muestran rasgos distintos (tabla 3). El porcentaje de nuevos maestros menores de 20 años es mucho más alto que en los sastres. Y casi todos los que integran este grupo proceden de Madrid, lo que casa con maestros carpinteros que utilizaban su posición de maestros y veedores para promocionar a sus hijos. Pero no son cifras muy elevadas, por lo que ni siquiera aquí el gremio tuvo unas pautas que avalen la endogamia a la que tradicionalmente se le asocia.

Tabla 3.

Distribución de los maestros carpinteros por edad y procedencia a la entrada en el gremio, 1701-99 (en porcentajes)

  MadrileñosNo madrileñosTotal 
Edad  1701-1728  1740-1769  1770-1799  1710-1728  1740-1769  1770-1799  1710-1799 
-20  6,7  17,6  7,4  4,3  5,5 (32) 
20-29  60,8  54,4  55,6  56,4  50,7  44,1  52,5 (303) 
30-39  27  24,6  28,2  36,4  41,2  36,9  32,7 (189) 
40-49  5,4  1,7  8,8  5,8  7,9  10,4  7,6 (44) 
+ 50  1,7  1,1  4,3  1,5 (9) 
Total  100 (74)  100 (57)  100 (135)  100 (85)  100 (63)  100 (163)  100 (577) 

En el resto de cohortes los nuevos maestros sastres atrasan su incorporación al oficio según avanza el siglo. Las de nuevos maestros de 30-39 años son cada vez más nutridas independientemente de la procedencia, aunque la tendencia es más marcada en los no madrileños, que incluso incrementan significativamente la entrada más allá de los 40 años desde 1770. Los carpinteros tienen otras pautas: el grueso de los madrileños entra pronto al comienzo del siglo –cohorte de 20 años-, rasgo que se mantiene estable, con solo un repunte de la entrada de mayores de 30 años en 1770-1799. Los no madrileños entran a edades más elevadas, llegando a superar los 50 años.

Las cartas facilitan la edad de entrada a la maestría, lo que permite saber el tiempo de acceso y la permanencia hasta lograr el título. Dejando de lado a los hijos de maestros, en la primera mitad del siglo se entraba a la maestría con una edad cercana a los 30 años e incluso menos (tabla 4). Pero todos los oficios estaban retrasando la edad de entrada: los sastres pasaron de 29,3 años en 1700 a 31,5 en 1750; los carpinteros, de 28,6 a 33,1; y los cereros de 25,1 a 25,8. Las prácticas de los veedores de introducir a sus hijos cuando ocupaban el cargo, solo rejuvenecieron a los caldereros.

Tabla 4.

Edades medias de entrada a la maestría en ocho gremios, 1700-1799

  Media de edad
  SastresCarpinterosCererosCotillerosSombrererosCaldererosPasamanerosHerreros
 
1700    29,3  24,6  28,6                         
1710  35  31,4  25,1  28,9    25,1                     
1720  34,2  31,2  26  29,7    25,6      20  30             
1730  29,5  30,8        26,5    29      16  25,7         
1740    29,8  33  28,5  25,5    27,6      5,3  25,4         
1750    31,5  24,4  33,1  22  25,8  15  27,2    31      8,7  35,2     
1760    33,9  22,6  30,2  13  24,4        31      22,3  29,8     
1770    34  20,6  30,9  21  23,5          15,5  29,9  20,6  32  19,7  35,3 
1780  22  33,1  25,9  31,1  33  22,1      23,5  31,6      20,2  29,8  24,8  37,3 
1790  25,5  31,2  29,3  30,8          26,2  30,2             

H: hijos de maestros; R: resto.

Desde 1750 las pautas se diversificaron: unos oficios adelantaron la entrada, otros la retrasaron. Los oficios grandes, pasamaneros y cereros optaron por aminorarla. Hasta 1770 los sastres llegaban a maestros 3 años y medio más tarde que antes -a los 34 años en 1770- pero al acabar el siglo su edad de entrada era similar a los niveles de 1720. Los carpinteros redujeron su edad de entrada en más de 2 años, y el gremio se rejuveneció a su vez al incorporar a hijos de veedores y maestros, pero no se volvió a los niveles de la primera mitad del siglo. En 1790 se accedía a maestro con más de 30 años. En 1780 los pasamaneros entraban 5 años antes que en 1750, pero la precocidad era patrimonio de los cereros: en esas décadas entraban 3 años antes, siendo maestro con 22 años. Las causas de esta reducción de la edad de entrada en los oficios grandes residen en la política gremial vista más arriba tendente a vaciar la oficialía en el caso de los sastres y a la relativamente buena situación de los negocios de carpinteros y cereros en la segunda mitad del siglo17.

Pautas contrarias manifiestan los antaño precoces caldereros, que ahora se incorporaban a la maestría 4 años más tarde (a los 30 en 1770). También a esa edad obtenían la carta los sombrereros, y muy tardíos eran herreros y prenderos: los primeros eran maestros con 37,3 años en 1780, mientras que los segundos llegaron a ser titulares de su carta con casi 40. Este gremio era excepcional, dado su carácter comercial y a que a él acudían «rebotados» de otras ocupaciones, razones que explican que hubiese nuevos prenderos con más de 50 años. En los oficios que retrasaban la entrada, puede que las condiciones para abrir un taller independiente fuesen cada vez más desfavorables a los oficiales.

5Movilidad geográfica

Durante la Edad Moderna los artesanos fueron tremendamente móviles y se sintieron muy atraídos por las ciudades capitales. En el Londres de 1650, el 85% de sus 20.000 aprendices no eran londinenses; en 1700 eran artesanos muchos de ese 70% de habitantes de Londres nacidos fuera de la ciudad. En la Viena de 1742 solo el 24% de sus maestros artesanos había nacido allí, lo que convertía a la ciudad en un imán para los habitantes del entorno rural. Desconocemos los datos de París, pero en Dijon había un 60% de nuevos maestros que no eran naturales de la ciudad, cifra que se eleva al 66% si contamos con los aprendices contratados en Lyon en 1786. Todo indica que las corporaciones europeas se renovaron por una inyección regular de entradas exógenas (Farr, 2000, p. 146; Shephard, 1996, p. 58; Sonenscher, 1989, p. 109).

En España apenas disponemos de datos generales, pero todo apunta a que las pautas diferían dependiendo de oficios y áreas geográficas. A mediados del siglo xviii en Barcelona más del 60% de los «velers» procedía del Principado, mientras que solo el 20% de los torcedores de seda en 1762-1765 habían nacido en la ciudad condal, frente al 32% procedente del resto de Cataluña. Cifras más concluyentes son las ofrecidas para los panaderos, albañiles y carpinteros: de los 828 aprendices contratados entre 1722 y 1785, el 75% eran forasteros (Molas, 1970, p. 442-443; Arranz y Grau, 1970). Sevilla, con el 73% de nuevos maestros nacidos en la ciudad, dependió de aportes internos18.

¿Y Madrid? La ciudad ofreció estímulos suficientes para que compensase viajar hasta ella con el fin de ganar una cierta cualificación, primero, y obtener el grado de oficial y maestro después. Desde el siglo xvi la corte alentó el desarrollo de un sector secundario basado en los oficios de la construcción, el lujo y el acabado, al tiempo que organizó una estructura social en la que tenían cabida cortesanos, burócratas, rentistas y comerciantes, pasando por los mismos artesanos, criados y pobres (Ringrose, 1985; Sarasúa, 1994; Madrazo y Pinto, 1995; López García, 1998; Zofío, 2005; Nieto, 2006). Los últimos no eran una demanda real, pero muchos de los grupos sociales que pululaban al amparo de la economía cortesana fueron una demanda constante (López y Nieto, 2011, 2012). Además, Madrid estructuró en su entorno unas «nebulosas industriales» que le proporcionaron manufacturas baratas durante la Edad Moderna –fundamentalmente paños– pero al entrar en crisis proporcionaron también migrantes cualificados (Nieto, 2000, 2012). Madrid atraía por su variedad de mercados de trabajo, y estos explican que la ciudad pasase de 150.000 habitantes en 1750 a 190.000 en 1800 (Carbajo, 1987).

Las cartas de examen son una fuente excelente para estudiar estos mercados de trabajo y la movilidad artesana. También lo es la base comparativa del siglo xvii, pues las casi 600 cartas recogidas para 1643-1649 remiten a una población no madrileña que representaba más de la mitad del total. El grueso de los nuevos maestros en el Siglo de Hierro procedía de ambas Castillas, ya había un divorcio en relación con Andalucía y tampoco llegaban cupos importantes de aragoneses, catalanes y extranjeros (Zofío, 2005, 2012, p. 322-328).

¿Qué dicen al respecto las cartas del siglo xviii?19. A comienzos del siglo el 57,1% de las de carpinteros se expidieron a madrileños, llegando a ser el 68,5% si incluimos a los procedentes de la provincia. Pero la situación cambió mucho en 1790, cuando el 55% de nuevos maestros no eran de Madrid y su entorno. Y esto en un gremio que podríamos asociar con un comportamiento tradicional, es decir, maestros madrileños con poca movilidad. ¿De dónde procedían estos nuevos maestros? Sobre todo de Castilla la Mancha y menos de Castilla León (tabla 5)20.

Tabla 5.

Procedencia de nuevos maestros carpinteros, 1701/1728 y 1760-1797 (por décadas, totales y porcentajes)

  1700171017201760177017801790
 
Madrid  20  57,1  28  50,9  25  36,7  45  46,3  41  48,2  54  55,1  50  34,7 
Provincia  11,4  10,9  17  25  11  11,3  12  14,1  11  11,2  14  9,7 
Castilla La Mancha  5,7  14  25,4  15  22  20  20,6  14  16,4  10  10,2  33  23 
Castilla León  2,8  5,4  5,8  14  14,4  9,1  15  10,4 
Otros  22,8  7,2  10,2  7,4  12  14,3  14  14,4  32  22,2 
Total  35  100  55  100  68  100  97  100  85  100  98  100  144  100 

Había otro modelo: si los carpinteros desdibujan mucho el sedentarismo artesano, los sastres lo eliminan. Entre 1720 y 1789, las aportaciones de nuevos maestros sastres de Madrid y su provincia pasaron de un 31% a un 17,8% en la década de 1790, siendo más fuerte este descenso en la provincia (tabla 6)21. Dicho de otro modo: en la última fecha, más de 8 de cada 10 nuevos maestros no eran madrileños, pues los sastres habían abierto el gremio a los forasteros. Estos procedían de ambas Castillas, que aportaron el grueso de los nuevos maestros madrileños (en 1790 eran el 36%). El resto se componía de gallegos, asturianos, aragoneses y catalanes, contingente que globalmente suponía casi un cuarto de los nuevos maestros en 1790. Las cartas revelan que en toda esta área muchos oficiales habían ejercido el oficio en una o 2 villas antes de pasar a examinarse a Madrid, lo que apunta la existencia de una cierta oficialía itinerante. Por último, uno de cada 10 nuevos maestros era extranjero, sobre todo, de Francia, país que dictaba las modas del momento. Los silencios también son elocuentes: andaluces, murcianos, extremeños o cántabros no se interesan por Madrid. Probablemente porque estas áreas habían organizado mercados de trabajo propios y alentaban una fragmentación geográfica de las áreas de reclutamiento.

Tabla 6.

Procedencia de nuevos maestros sastres, 1720-1799 (por décadas, totales y porcentajes)

  17201730174017501760177017801790
 
Madrid  17  17  26  13,2  32  13,7  22  14,4  23  14,8  27  12  36  11,1  47  13,1 
Provincia  14  14  16  8,1  23  9,8  15  9,8  12  7,7  25  11,1  26  17  4,7 
CastillaLa Mancha  18  18  38  19,3  54  23,1  49  32,2  27  17,4  49  21,7  64  19,8  73  20,3 
Castilla León  13  13  29  14,7  40  17,1  21  13,8  26  16,7  29  12,8  52  16,1  58  16,2 
Galicia  14  7,1  13  5,5  1,9  11  11  4,8  20  6,1  15  4,1 
Asturias  13  6,6  10  4,2  3,28  1,2  3,1  23  7,1  17  4,7 
Cataluña  3,4  5,9  16  10,3  18  22  6,8  17  4,7 
Aragón  2,5  5,9  4,5  16  7,1  18  5,5  35  9,7 
Otros  25  12,7  26  11,1  12  7,8  14  26  11,5  32  9.9  41  11,4 
Extranjeros  10  10  22  11,2  20  8,5  4,6  17  10,9  17  7,5  30  9,2  38  10,6 
Total  100  100  196  100  233  100  152  100  155  100  225  100  323  100  358  100 

Podemos insistir en la procedencia. Dejando Madrid a un lado, tanto sastres como carpinteros se reclutaban en el medio rural castellano, sobresaliendo aquí la participación de Castilla La Mancha. Los núcleos de menos de 5.000 habitantes cercanos a Madrid se sintieron especialmente atraídos por los mercados de trabajo capitalinos, aunque en los sastres también destaca la aportación de los grandes núcleos de población castellano-manchegos, con Toledo a la cabeza. En Castilla León, el otro motor de la sastrería madrileña, la situación era similar, pero grandes ciudades como Salamanca y Valladolid aportaban más efectivos, eclipsando la aportación de villas de tamaño medio. Pocos procedían de Segovia y Ávila, que parecen tener mercados propios de trabajo en la confección. En cuanto a Galicia y Asturias, los nuevos maestros procedían de pequeños concejos y muy pocos de grandes ciudades. Por su parte, en Cataluña destacaba el aporte de Barcelona (50), y en Aragón el de Zaragoza (tabla 7).

Tabla 7.

Procedencia de nuevos maestros sastres y carpinteros (ciudades, villas y campo)

Áreas  Más de 5.000 habitantesMenos de 5.000 habitantes
  SastresCarpinterosSastresCarpinteros
  Total  Total  Total  Total 
Castilla La mancha  117  31,9  28  23,9  249  68,1  89  76,1 
Castilla León  79  29,4  13  26  189  70,6  37  74 
Asturias  8,8  5,2  82  91,2  18  94,8 
Cataluña  57  57,5  75  42  42,5  25 
Aragón  25  24,5  55,5  77  75,5  45,5 
Andalucía  21  75  80  25  20 
País Valenciano  13  65  85,7  35  14,3 
País Vasco  42,1  33,3  11  57,9  66,6 

La demografía de los núcleos procede de Fortea (1995).

En suma, las villas menores de 5.000 habitantes predominaban en el área de reclutamiento cercano a Madrid, y las grandes urbes castellano-manchegas actuaban como nodos que vinculaban esas villas menores con Madrid. Al alejarnos al sur, este y nordeste los nuevos maestros procedían de ciudades más grandes. En Asturias y Galicia el protagonismo era de aldeas minúsculas. Por supuesto, muchos de los lugares de procedencia carecían de gremios de sastres y carpinteros.

El grueso de los nuevos maestros forasteros se valía de los vínculos familiares y de paisanaje para poder entrar a la comunidad gremial de Madrid. Entre los sastres y carpinteros, lo más común es que se tratara de 2 e incluso 3 hermanos, o de gente del mismo pueblo. Es posible que hubiese hermanos pequeños trabajando como aprendices y oficiales de hermanos mayores antes de conseguir la maestría. También parece plausible que hubiese padres que mantuviesen a los hijos hasta que pudieran establecer taller propio.

Según reducimos el tamaño de los oficios, las pautas son más dispares, aunque siguen negando la hegemonía de Madrid. Había, por supuesto, oficios con fuerte presencia de nuevos maestros madrileños -pasamaneros (52%) y herreros (51%)-, pero eran muchos más en los que predominaba la mano de obra foránea (cereros (72%), prenderos (63%), caldereros y sombrereros (54%). En este último gremio destacaban extranjeros y, sobre todo, catalanes. Desde 1790 estos procedían en su mayor parte de Igualada y lo hacían como ya examinados.

Durante el siglo xviii la migración de larga distancia se redujo a 2 centenares de extranjeros que alcanzaron la maestría en Madrid. El grueso eran sastres -166- procedentes en su mayor parte de Francia (57,8%), seguidos a mucha distancia de italianos, flamencos y alemanes22. Muchos menos eran los nuevos maestros carpinteros, sombrereros y cotilleros de procedencia extranjera. El escaso peso de estas maestrías concedidas a extranjeros indica que en Madrid no hubo equilibrio entre población autóctona y foránea.

¿Qué podemos aprender de estas pautas de movilidad geográfica? En síntesis, que la diversidad de vías de acceso a los oficios artesanos de Madrid permite hablar en el siglo xviii de mercados laborales segmentados susceptibles de dividir en 3 categorías23. La primera engloba los oficios que elaboraban productos básicos, nutridos en número, con un destacable influjo gremial y que reclutaban a sus maestros parcialmente en Madrid (carpinteros, cerrajeros), o en un ámbito muy abierto, siendo posible vislumbrar redes de trabajo itinerante en el caso de los sastres. En la segunda categoría se incluyen oficios pequeños pero especializados, que no producían bienes de primera necesidad, reclutaban una importante mano de obra de larga distancia y en algunos casos habían obtenido el reconocimiento previo de su cualificación en otros lugares (sombrereros, cereros, cotilleros). La tercera categoría la forman esos oficios organizados en talleres bajo control corporativo (pasamaneros, herreros), que requieren de cierta inversión productiva y se nutren de mano de obra madrileña. En estos oficios es donde se tendió más a la endogamia, pues varias sagas de artesanos se valieron de ocupar la veeduría o la simple maestría para introducir en el oficio a sus hijos y parientes.

Aunque aquí no han sido analizados, hubo otros 2 mercados de trabajo: el primero, integrado por los grandes oficios de la construcción (albañiles, carpinteros de armar, pintores), sin control gremial y que requerían una abundante mano de obra madrileña y, sobre todo, de lugares más alejados. El segundo, lo formaban los oficios del abasto de alimentos (panaderos, carniceros), que observaban ciertas formas de agremiación y muchos de sus trabajadores procedían del medio rural próximo.

En síntesis, la migración a la corte española de personas que acabaron siendo maestros artesanos no fue espectacular ni se encuadra en los flujos golondrina que mostró Meijide (1960) y de los que se valió Lucassen (1987) para incluir a Castilla en uno de sus 7 sistemas de migración europea durante el cambio del siglo xviii al xix. No se trata aquí de 30.000 migrantes anuales desplazándose desde el norte al sur peninsular, sino de una migración más pequeña, constante, lenta, incrustada en movimientos de medio y largo alcance, que a veces es sinuosa –Madrid no tenía que ser el objetivo final desde el principio-, y completamente masculina. La mayoría de sus protagonistas dejaba sus tierras natales muy jóvenes, sin apenas instrucción formal, pero con ciertos rudimentos prácticos del oficio adquiridos en los talleres de familiares cercanos. No eran pocos los migrantes que se atrevían a echarse al camino confiados en las redes de paisanaje tejidas previamente en los lugares de acogida. Solo una minoría tenía también la fortuna de contar en Madrid con familiares, lo que hace del factor local un elemento básico para entender la migración laboral del siglo xviii.

6Conclusiones

El «retorno gremial» ha facilitado un marco analítico capaz de impulsar el estudio de la anquilosada cuestión corporativa. Gracias a sus herramientas, en este artículo hemos podido mostrar la diversidad de respuestas gremiales a la coyuntura y desarrollar indicadores que expliquen el comportamiento artesano en varios ámbitos. En primer lugar, este artículo ha dejado claro que las bajas tasas de examen exigidas en la ciudad que albergaba la Corte –y obligadas a mantenerse por imperativo político- convirtieron a sus gremios en el referente de muchos oficiales imposibilitados de aspirar a la maestría en sus lugares natales. En segundo lugar, que en la mayoría de los gremios los nuevos maestros no eran hijos de padres de la misma corporación. En tercer lugar, que las formas de reclutamiento fueron cada vez más complejas, lo que trae a primer plano a unos trabajadores cualificados muy móviles y a unos gremios abiertos a la promoción a la maestría. Y, en cuarto lugar, que las corporaciones madrileñas estuvieron tras el desarrollo de varios mercados de trabajo cualificado al final del Antiguo Régimen. Los gremios de industrias básicas –los más importantes desde la óptica del reclutamiento artesano en Madrid- abrieron sus puertas a muchos oficiales no solo del entorno cercano sino también de amplias áreas peninsulares. La misma extensión del área de reclutamiento laboral es un buen índice de la atracción ejercida por los mercados de trabajo cualificado de Madrid.

La investigación desarrollada hasta ahora no agota el campo de estudio explorado por la literatura del «retorno». Son muchas las líneas de investigación abiertas: por supuesto, para Madrid, habría que cerrar las bases de datos creadas para todos los oficios y décadas, y ver su evolución tanto a comienzos de la Edad Moderna como en el primer tercio del xix. A su vez, habría que estudiar más sobre la propia organización corporativa, las redes de subcontratación, el aprendizaje, la transmisión del saber y la innovación tecnológica. Y la propia complejidad de los mercados de trabajo que relacionaban a Madrid con el territorio peninsular induce a preguntarnos por la situación de aquellas zonas de donde procedía la mano de obra.

En todo caso, si consideramos que la incorporación de nuevos maestros es un buen índice de la salud gremial, en la primera década del siglo xix los gremios madrileños de industrias básicas estaban atravesando por el mejor momento de su historia: los 311 nuevos maestros sastres que se incorporaron entre enero de 1800 y mayo de 1808 suponían el mayor nivel de toda la Edad Moderna, al igual que los 120 nuevos maestros carpinteros entre ambas fechas. Con estas cifras pocos podían presagiar que los gremios –al menos, los madrileños- estaban heridos de muerte, máxime cuando habían pasado por tiempos peores y salvaron las dificultades a base de respuestas flexibles. Solo una decisión política explicaría las medidas tomadas en Cádiz poco después.

Financiación

Este trabajo se inserta en los proyectos de investigación HAR2011-27898-C02-02 (Permanencias y cambios en la sociedad del Antiguo Régimen, ss. xvi-xix. Una perspectiva desde Madrid) y –proyecto coordinado– HAR2011-27898-C02-00 (Cambios y resistencias sociales en la edad moderna: un análisis comparativo entre el centro y la periferia mediterránea de la monarquía hispánica), ambos del Plan Nacional I+D+i (MICINN), 2011-2014.

Agradecimientos

Agradezco a Juan González Pañero y a los trabajadores del Archivo Histórico de Protocolos de Madrid las facilidades prestadas para realizar este trabajo. Igualmente, las observaciones realizadas por los evaluadores.

Anexo
Áreas de reclutamiento de nuevos maestros gremiales (1700-1799)

Oficios  Total exámenes  MadridProvinciaResto de EspañaExtranjerosNo consta
   
Sastres  1.776  233  13,1  155  8,7  1.216  68,4  166  9,3  0,3 
Carpinteros  607  271  44,7  79  13  234  38,5  1,3  15  2,5 
Cereros  117  17  14,5  11  9,4  85  72,6  1,7  1,7 
Pasamaneros  96  50  52  6,2  32  33,3  5,2  3,3 
Cotilleros  90  28  31,1  11  12,2  42  46,6  6,6  3,3 
Prenderos  85  13  15,2  3,5  54  63,5  3,5  12  14,1 
Cerrajeros  82  36  43,9  13  15,8  29  35,3      4,8 
Ropavejeros  51  9,8  5,8  23  45  1,9  19  37,2 
Caldereros  48  19  39,5  26  54,1      4,1 
Herreros  43  22  51,1  11,6  15  34,8  2,3     
Sombrereros  33  24,2      18  54,5  21,2     
Zaps. nuevo  31  13  41,9  19,3  16,1  3,2  19,3 
Cordoneros  26  30,7  7,6  13  50      11,5 
Tejedores lienzo  25  16  15  60 
Esparteros  24  12  50  12,5  37,5         
Zaps. viejo  23  15  65,2  8,6  26         
Cuchilleros  23  11  47,8  8,6  10  43,4         
…                       
Total  3.343  830  24,8  320  9,5  1.869  56  204  6,1  120  3,6 

Protocolos para los principales oficios: AHPM, prots. 14521-28, 14584, 14774, 16225, 16476-77, 16548-49, 16765-69, 16834-35, 18896-901, 19442-45, 20152-53, 21548-58 (sastres), 14505-28, 16555-60, 17620-17649, 20150-58 (carpinteros), 16762-68 (emballenadores-cotilleros), 18900-01, 19442-19445 (herreros), 17493-97, 20248 (prenderos), 16762-68, 20389-20391 (caldereros), 16680-85, 17637-39, 17641-49 (cereros), 18897-99 (pasamaneros, sombrereros), 19812-21 (pasamaneros) y 21548-57 (sombrereros).

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Sirva la tibieza con que se recibió el avance que de esta tendencia historiográfica se hizo en López y Nieto (1996).

Valga el ejemplo de un manual, donde se afirma que los gremios del siglo xvi «no favorecieron el desarrollo técnico, la autopromoción y la introducción de innovaciones (…). Pronto mostraron su incapacidad para competir con las nuevas formas de producción, con el trabajo rural no agremiado o con el capital comercial, y finalmente, el mantenimiento inalterado de sus privilegios y la falta de flexibilidad, los convirtieron en un obstáculo al desarrollo». Solbes (2006, p. 83).

González-Arce, amén de oponer a los gremios manufactureros de Segovia una «libre empresa» inexistente en el siglo xvi, elude que el choque entre capital industrial y mercantil se produjo bajo el paraguas corporativo en ambos casos (tanto los tejedores como los hacedores de paños y los mercaderes textiles estaban asociados en gremios o cofradías); e ignora que el desarrollo de formas precapitalistas de organización industrial –en sus vertientes de Kauf o Verlagssystem- no fue incompatible con los gremios, pues el máximo esplendor de la pañería castellana –el siglo xvi- estuvo relacionado con agentes económicos que estaban innovando en formas organizativas que partían de una base gremial. Es más, García Sanz (1994), el máximo conocedor de la pañería segoviana, nunca ha explicado la retracción de esta mediante los gremios y sí mediante la facilidad del capital mercantil por cambiar sus líneas de inversión.

Estudiar los gremios desde esta perspectiva supone abandonar un enfoque local en aras a percibir los flujos migratorios que vinculaban el campo y la ciudad, la capital y un amplio territorio peninsular y extrapeninsular.

Patrones estudiados para los oficios cualificados urbanos europeos en Sonenscher (1986), Shephard (1996), Ehmer (1997) y Epstein (2004). Para los no cualificados, Lucassen (1987) y Bande (2003).

Para la España del siglo xviii, Bernal et al. (1978), Villas (1982), Díez (1990).

No todas las cartas facilitan estos datos: la estereotipación de muchas impide discernir la procedencia paterna o el tiempo transcurrido entre aprendizaje y maestría. Parecida en forma, aunque diferente en fondo, es la carta de agregación o incorporación al gremio, expedida por el escribano gremial a petición de una persona que había realizado el mismo oficio en otro lugar, obtuvo allí su carta y perseguía se reconociese su cualificación en Madrid.

El ritmo de reclutamiento era muy desigual. De los 8 gremios que en 1768 pagaban derechos a la Sala de Alcaldes por expedir las cartas en su escribanía de gobierno, maestros de coches, alojeros, silleros, guarnicioneros, confiteros, guanteros y jalmeros solo examinaban a un máximo de 5 oficiales al año, mientras que los zapateros de nuevo superaban las 2 decenas. AHN, Consejos, Lib. 1.356, ff. 559r-536r.

Significativamente las cartas de los curtidores se denominan «fianza para examen», involucraban como fiadores a miembros del oficio o afines y se elevaban a principios del xviii a 500 ducados.

Los problemas sartoriales con la Sala en AHN, Consejos, leg. 490; y similares, en Turín. Cerutti (1996). Que las tasas madrileñas eran bajas lo sabían bien los oficiales de sastre de Zaragoza y Huesca. La desigualdad llevó a los primeros a reclamar reducir sus tasas al nivel de Madrid (o a 200 reales). Ante la negativa gremial a aceptar su demanda, los hubo que emigraron a la capital. Peiró (2002, p.144). En 1785 varios de Huesca jugaron la baza de examinarse en Madrid y pleitear después ante el Consejo de Castilla para conseguir convalidar el título madrileño en Aragón. AHPM, prot. 19.445, ff. 66, 145 y 147.

AHN, Consejos, leg. 12.531, Archivo General de Simancas, Consejo Supremo de Hacienda, leg. 317, exp. 2 y Archivo de la Villa de Madrid (AVM), Corregimiento, 1-51-38.

A los aspirantes foráneos no les valía con presentar la carta de examen de la localidad de origen: tenían que examinarse bajo las condiciones del gremio madrileño. AVM, Secretaría, 2-244-3 y 2-244-18.

El descenso de 1730 se explica por carecer de la serie completa de esos años, mientras que el retroceso de 1750 y 1760 es una ralentización del importante incremento de 1740.

El número de maestros y mano de obra auxiliar en AHN, Fondos Contemporáneos, Ministerio de Hacienda, lib. 7.463 bis y Censo de 1799.

Para Dijon Shephard (1996, p.66), ya consideraba muy bajo el 4,7% entre 1693 y 1790.

Más información sobre la cerería en Lemeunier (2011).

Hemos establecido como patrones de referencia las comunidades autónomas actuales.

Este rasgo se confirma con los cotilleros y emballenadores: entre 1733 y 1756 el 30% era de Madrid, su provincia (12,6%) y ambas Castillas (17,2% cada una). Los extranjeros eran un 6,8%.

La Tierra de Madrid, el ámbito jurisdiccional de la Villa y su zona próxima, aportaba el 30% de los nuevos maestros procedentes de la provincia, destacando la aportación de las aldeas más grandes como Getafe o Pinto. Pero los motores de la reproducción del oficio en las cercanías de Madrid estaban en villas más alejadas, más grandes y con una jurisdicción que escapaba a la ciudad: de Alcalá de Henares procedían 13 nuevos maestros, y de Valdemoro, 18.

Entre los nuevos maestros de procedencia gala sobresalían los de los departamentos fronterizos del sur –uno de cada 4-, sobre todo, del área de Tarbes. Algunos de estos últimos aprendían en Francia y trabajaban luego en Huesca, donde el alza de las tasas de examen de sus gremios experimentada hacia 1780 les obligó a acudir a Madrid para alcanzar la maestría.

Para esta categorización de los mercados laborales son útiles las propuestas Reith (2008, pp.128-130), y Díez (1990, pp.60 y ss). La primera incluye 5 mercados de trabajo: los protagonizados por los principales oficios de la construcción, los que producen en talleres pequeños y cuyos productos se distribuyen de manera extralocal, oficios de pequeña escala vinculados con la alimentación, oficios de manufacturas básicas y, por último, oficios pequeños y altamente especializados. Las pautas de reclutamiento de Díez incluyen a los gremios cerrados (curtidores), los que programaron su cierre (plateros) y los que abrieron sus puertas en respuesta a los cambios económicos y demográficos del siglo (carpinteros, zapateros, albañiles, horneros y oficios de la seda). Para el caso cerrado de los curtidores madrileños, Zofío (2011) ilustra pautas muy similares en el siglo xvii a las apuntadas por Díez y extrapolables al xviii.

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