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Vol. 2014. Núm. 32.
Páginas 37-58 (Mayo - Agosto 2014)
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Vol. 2014. Núm. 32.
Páginas 37-58 (Mayo - Agosto 2014)
DOI: 10.1016/S0185-1616(14)70580-3
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Maquiavelo y los condottieri
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Roberto García Jurado*
* Profesor-investigador, Departamento de Política y Cultura, División de Ciencias Sociales y Humanidades, UAM-Xochimilco, México
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Resumen

En este artículo se analizan las opiniones y reflexiones de Maquiavelo sobre los condotieros quienes eran soldados mercenarios, capitanes de fortuna que desempeñaron una función muy importante en los acontecimientos militares y políticos de Italia en los siglos XIV, XV y XVI. Particularmente sobre cuatro de ellos: John Hawkwood, Francisco Sforza, Frabrizio Colonna y Castruccio Castracani. Con el análisis de estos personajes, o más bien, con el análisis de la opinión que de ellos tenía Maquiavelo, se pretende mostrar no sólo uno de de los aspectos más importantes de la guerra en el Renacimiento, sino sobre todo aportar elementos básicos para comprender su concepción general de la naturaleza humana y su conexión con el análisis político.

Palabras clave:
Condottieri
Mercenario
Soldado
Guerra
Política
Abstract

This paper analyzes Machiavelli’s reflections and opinions about the condottiere were relevant characters in the Machiavelli’s work, the condottiere were mercenary soldiers, soldiers of fortune which had and important function in military and political facts in the XIV, XV and XVI centuries. Particularly about four of them: John Hawkwood, Francisco Sforza, Fabrizio Colonna y Castruccio Castracani. The analysis of these characters, or the Machiavelli’s opinion about them, has the objective to show one of the most important elements of the Renaissance’s wars, and so offer basic considerations to understand the general conception of human nature and the connection with political analysis.

Key words:
Condottieri
Mercenarie
Soldier
Warfare
Politics
Texto completo

Más allá del desarrollo que experimentaron las humanidades y las artes en la época del Renacimiento, la Italia de este periodo se vio desgarrada por una serie de conflictos políticos y militares que condicionaron en buena medida las ideas y experiencias de pensadores tan importantes como Maquiavelo. Debido a la importancia vital que en ese momento tenían las cuestiones militares para el Estado, Maquiavelo les dedicó no sólo los trascendentes Capítulos 12, 13 y 14 de El príncipe y la integridad de su celebrado Del arte de la guerra, sino que además sus otras dos grandes obras, los Discursos sobre la primera década de Tito Livio y la Historia de Florencia, contienen pasajes y reflexiones fundamentales sobre ello.

La importancia del tema de la guerra en el pensamiento de Maquiavelo no ha pasado desapercibida para sus mayores críticos y comentaristas; sin embargo, no se le ha prestado suficiente atención al aspecto específico de los condotieros, esos capitanes de fortuna que durante los siglos XIV, XV y XVI participaron en muchos acontecimientos militares por toda Europa, adquiriendo la mayor importancia en Italia, en donde llegaron a ser protagonistas indiscutidos no sólo de la guerra, sino incluso de la política, por lo cual Maquiavelo les dedicó incontables páginas y meditadas reflexiones.

En italiano condotta significa contrato, y como durante el siglo XIV los Estados italianos comenzaron a contratar más frecuentemente a ejércitos mercenarios para realizar diversas tareas militares, a sus capitanes se les comenzó a llamar simplemente condotieros, una palabra que transparentaba claramente los términos de su relación laboral o comercial con sus patrones o clientes.

En su obra, Maquiavelo dio cuenta implícita y explícita de la importancia que tuvieron los condotieros en su época. No puede pasar desapercibido que quien podría considerarse el héroe malogrado de El príncipe sea precisamente un condotiero, César Borgia, que además era hijo de Alejandro VI, uno de los papas más controvertidos del Renacimiento. No menos relevante es el hecho de que Francisco Sforza, otro de los condotieros más famosos del siglo XV, sea el primer personaje al que Maquiavelo se refiere en este mismo libro, utilizándolo además como ejemplo de príncipe nuevo, una figura tan valorada y estimada para él. Más aún, páginas adelante, Sforza es también citado como ejemplo de los príncipes que adquieren el principado por virtud, con lo cual pocas dudas quedan de la estimación que dicho personaje le merecía.

Igualmente significativo resulta el hecho de que un libro tan importante para él como Del arte de la guerra, escrito a la manera de diálogo, sea protagonizado nada menos que por Fabrizio Colonna, otro renombrado condotiero, miembro además de una de las familias romanas más poderosas, y en boca de quien Maquiavelo pondría sus propias experiencias, ideas y opiniones más relevantes sobre la guerra. Inclusive, otra obra suya que sólo podría considerarse menor por su reducida extensión, la Vida de Castruccio Castracani de Lucca, está dedicada precisamente a este connotado condotiero del siglo XIV, quien fue un personaje muy destacado no sólo en su natal Lucca, sino que llegó a convertirse en su momento en la pieza clave de la vida política de toda la Toscana, incluida la propia Florencia, de quien fue azote y verdugo.

Más allá de las personalidades específicas de todos estos condotieros y de lo que representaron para Maquiavelo, su relevancia histórica fue fundamental; determinaron la organización militar de toda una época y formaron parte de uno de los procesos más importantes en la construcción del Estado moderno: la creación e institucionalización de un ejército propio y la consecuente centralización de los medios de coacción física y seguridad nacional.

De este modo, en este artículo se analizan los comentarios y reflexiones de Maquiavelo sobre cuatro de estos famosos condotieros: John Hawkwood, Francisco Sforza, Fabrizio Colonna y Castruccio Castracani. Así, a partir de los comentarios del propio Maquiavelo y de la información histórica disponible sobre ellos, se establece en cada sección una caracterización de los mismos, evidenciando las diferencias entre el personaje real y la imagen de éste que Maquiavelo proyecta, con el fin de ofrecer en la parte conclusiva una interpretación sobre las opiniones contrastantes de Maquiavelo sobre ellos.

1John hawkwood, el condotiero mercenario

A pesar de la relevancia histórica de John Hawkwood (1320-1394), las alusiones que hace Maquiavelo de él pueden pasar inadvertidas por la sencilla razón de la dificultad de la traducción de su nombre, y es que la manera más común en que los italianos lo tradujeron fue como Giovanni Acuto (también Acut, Auti o Aucut), lo cual pudo deberse a un intento de trascribir su apellido, es decir, de adaptarlo a la fonética italiana; pero también pudo estar presente el intento de fundir la fonética de su apellido con una calificación de su personalidad, ya que Giovanni Acuto significa en italiano algo así como Juan el “agudo” (Deiss, 1967; Trease, 1970).

Maquiavelo se refiere a Hawkwood sólo en dos ocasiones, y en las dos le llama de manera diferente. Una de ellas es la que se encuentra en el Libro III de la Historia de Florencia, en donde le llama Giovanni Aguto, y cuenta cómo Florencia lo contrató primero y licenció después en el marco de las luchas civiles entre el pueblo y los nobles, así como entre güelfos y gibelinos que precedieron a la rebelión de los ciompi de 1378 (Maquiavelo, 2009: 172, 176). La otra ocasión en que se refiere a él es en el Capítulo XII de El príncipe, en donde lo llama Giovanni Aucut, y aunque es una mención muy breve, es mucho más significativa (Maquiavelo, 2010: 98).

En este Capítulo, Maquiavelo realiza una de las críticas más directas e incisivas a la organización militar que imperaba en casi toda Italia en esa época, basada esencialmente en la contratación de ejércitos mercenarios y de quienes se ostentaban como sus animadores y capitanes, los condotieros. El Capítulo podría dividirse en dos secciones; en la primera clasifica los diversos tipos de tropas que puede tener un príncipe: propias, mercenarias, auxiliares o mixtas, adelantando desde aquí la crítica a las tropas mercenarias que será una constante en toda su obra; en la segunda parte explica el origen histórico de este sistema militar, en donde destaca precisamente la figura de John Hawkwood.

Maquiavelo expone ahí mismo cómo el origen del sistema de condotieros se remonta a la época en la que el emperador comenzó a perder influencia y control sobre Italia, y en contraste la Iglesia, y de manera particular el papa fue adquiriendo mayor poder terrenal, incitando o fomentando la autonomía de los otros Estados italianos, con el doble propósito de debilitar al Imperio y fortalecer su propia posición (Ramos-Oliveira, 1995).

Entre el siglo XII y XIII, la mayor parte de los Estados italianos experimentaron una serie de revueltas populares que propiciaron dos resultados relevantes. Por un lado, muchas de estas revueltas populares estaban dirigidas contra de una élite nobiliaria que estaba vinculada y apoyada por el Imperio, de lo que se desprendió que su triunfo condujera tanto a una revolución política como a una mayor independencia: a raíz de la revolución política se constituyeron gobiernos comunales y republicanos, y a partir de la independencia frente al Imperio se fue generando una mayor identidad de lo que sería en el futuro Italia (Guicciardini, 1971; y Martines, 1979).

No obstante, muy poco después, en una buena parte de estos gobiernos comunales comenzaron a destacar e imponerse algunos ciudadanos que alteraron el gobierno comunal, republicano, para transformarlo en un principado. Como lo explica Maquiavelo, la necesidad de estos nuevos príncipes, o señores, para imponerse sobre la sociedad, así como su poca experiencia política, los inclinó a recurrir a soldados mercenarios, de los que luego ya no pudieron prescindir. Así, también de acuerdo a Maquiavelo, el primer condotiero que dio prestigio a estas tropas mercenarias fue Alberico de Conio (ca. 1348-1409), mejor conocido como Alberico da Barbiano (Martines, 1979).

En efecto, como refiere Maquiavelo, la autonomía de los estados Italianos se comenzó a generar desde finales del siglo XII, cuando el emperador fue perdiendo fuerza y la fue ganando el papa. A fines del siglo XII, en 1198, Inocencio III asumió el papado y se propuso darle unidad y cohesión a toda la parte central de Italia que hasta ese momento había sido conocida como los Estados pontificios, pero que en realidad nunca habían sido una unidad política definida. A partir de esa época, los Estados pontificios se convirtieron en un centro de poder efectivo frente al Imperio. Del mismo modo, en 1189 murió el emperador Federico Barbarroja, quien nunca pudo imponer del todo su poder en la península, y aunque su nieto Federico II trató también de hacerlo, nunca lo logró, lo que constituyó el último intento serio para conseguirlo.

Con la proliferación de los gobiernos comunales y republicanos de los siglos XII y XIII proliferaron también las milicias populares, esto es, tropas constituidas a partir de un servicio militar obligatorio exigido por el gobierno comunal. Sin embargo, es muy probable que estas milicias populares fueran idealizadas dos siglos después por los humanistas del Renacimiento, incluido el propio Maquiavelo, ya que sin negar la obvia participación del pueblo en ellas, era muy común que siempre fueran complementadas con algún contingente de soldados mercenarios (Salvatorelli, 1969; y Martines, 1979).

No obstante, había una diferencia fundamental entre estos mercenarios y los mercenarios de los dos siglos siguientes. Mientras en un primer momento el gobierno comunal los contrataba individualmente y los supeditaba a su propia milicia, en los dos siglos subsiguientes comenzó a contratarlos colectivamente, como compañías de ventura capitaneadas por un condotiero profesional, el cual, lejos de ser un apéndice en su aparato militar, lo controlaba y dirigía en su totalidad. Como resulta evidente, esta nueva posición de los soldados mercenarios y sus capitanes los colocaba en una situación totalmente distinta con respecto a sus empleadores, pues de ser simples subordinados, se convirtieron en una especie de asociados y, en ocasiones, victimarios, lo cual escandalizó a la sociedad italiana renacentista (Mallett, 2009).

En este sentido, aun cuando Maquiavelo presenta a Alberico de Conio, o da Barbiano, como el primer condotiero que dio prestigio a las tropas mercenarias, es necesario aclarar que no fue él el primero, ya que antes habían destacado muchos otros renombrados capitanes. Ciertamente, antes de Alberico todos los capitanes que habían brillado habían sido extranjeros, ultramontanos, como se acostumbraba llamar entonces al resto de los europeos no italianos, siendo él el primer condotiero italiano en sobresalir. Con esto se presenta un dilema: o bien Maquiavelo se equivoca e ignora la incursión de los primeros grandes condotieros, lo que es poco probable, o bien en su afirmación se cuela su espíritu patriótico y nacionalista confiriendo a Alberico una primacía inexacta pero llena de reivindicación nacionalista (Viroli, 2001; y Trease, 1970).

Alberico no sólo fue el primer gran condotiero italiano, sino que también creó la primera compañía de soldados mercenarios italianos. Habiendo prestado inicialmente sus servicios precisamente en las tropas de John Hawkwood, se separó de éstas para formar su propia compa-ñía, la Compañía de San Jorge, la cual era completamente diferente a cualquier otra que hasta ese momento se había formado, en tanto que desde un principio la integraron exclusivamente soldados italianos, lo que permite apreciar un ánimo nacionalista en el propio Alberico, que seguramente tampoco habría pasado desapercibido para Maquiavelo. Más aún, poco después de haberse formado la Compañía de San Jorge, Alberico prestó sus servicios al papa Urbano VI, quien lo envió a combatir las tropas bretonas de Roberto de Ginebra, el futuro antipapa Clemente VII, que asolaban en esos momentos la Romaña. Así, una vez que Alberico los venció y regresó a Roma, Urbano VI lo recibió con el saludo de Italia liberada de los bárbaros. Todo esto refuerza la percepción de que cuando Maquiavelo atribuye la primacía a Alberico de ser el primer gran condotiero no se debe a una imprecisión, sino a un gesto abiertamente nacionalista (Oman, 1991; Ancona, 1973).

Los capitanes de ventura extranjeros habían comenzado a destacar desde algún tiempo antes. El mismo Bocaccio en el Decamerón (VI.3) refiere las hazañas amorosas de Diego de la Rat, un capitán catalán que en 1305 había sido enviado a Florencia por el rey Roberto, Duque de Calabria, en donde fungió como capitán general de los ejércitos mercenarios por más de diez años, acumulando éxitos y fracasos, siendo uno de éstos el haber sido derrotado por Castruccio Castracani, de quien nos ocuparemos después. En este sentido, Bocaccio se refiere a él con tal naturalidad que bien podría pensarse que la sociedad florentina estaba perfectamente habituada a la presencia de este tipo de personajes.

No obstante, el primer auge de las compañías de ventura ocurrió aproximadamente entre 1320 y 1350, cuando una gran cantidad de soldados mercenarios de toda Europa fueron trasladándose gradualmente a la península para satisfacer los requerimientos crecientes de los nuevos gobiernos principescos. Ya encontrándose en suelo italiano, se aglutinaron en los momentos en que se encontraban desempleados y así, como compañías, se contrataban con uno u otro Estado demandante de sus servicios. Muy pronto, estas compañías comenzaron a desarrollar una de sus prácticas más reprobables y condenadas, la extorsión. Cuando carecían de empleo se agrupaban y se aproximaban al territorio de algún Estado para ofrecerle seguridad, es decir, para exigirle el pago de una determinada cantidad a cambio de no ser atacado. En esta primera etapa había soldados de toda Europa, aunque predominaban los alemanes, incluso los primeros capitanes que adquirieron reputación como condotieros eran también de esa nacionalidad, como Conrad de Landau y Werner de Urslingen (Mallett, 2009; Martines, 1979; y Trease, 1970).

En 1360, Eduardo III de Inglaterra y Juan II de Francia firmaron el Tratado de Brétigny, el cual significó una tregua en la Guerra de los Cien Años, cerrando la que podría considerarse su primera etapa. Pero colateralmente implicó también el despido de grandes contingentes de soldados que servían en ambos ejércitos, quienes al verse desempleados emprendieron el camino que ya muchos de sus antecesores habían andado, esto es, cruzar los Alpes para buscar ponerse al servicio de los Estados italianos que seguían engrosando sus ejércitos con soldados mercenarios. Y así fue como en ese mismo año la Compañía Blanca, llamada así por sus relucientes armaduras, se dirigió inicialmente a Aviñón para luego cruzar los Alpes. La Compañía era comandada por el alemán Albert Sterz, pero como lo plasmó Arthur Conan Doyle en su novela La compañía blanca, venían en ella muchos ingleses, entre los que destacaba John Hawkwood (Oman, 1991).

Luego de una disputa y escisión dentro de la Compañía, Hawkwood quedó como capitán de una de sus partes. En los años que siguieron Hawkwood prestó sus servicios a Pisa, Milán, Padua, Roma y finalmente Florencia, a la cual sirvió de 1378 a 1394, años en los cuales se desarrolló una estrecha relación, al grado de que la república lo nombrara Capitán General de sus ejércitos, le entregara posesiones territoriales, dispensas fiscales y honorables distinciones. No obstante, durante todo ese tiempo Hawkwood pudo prestar intermitentemente sus servicios a otros Estados, lo cual Florencia no consideró que interfiriera nunca con la lealtad subyacente de su Capitán (Deiss, 1967; y Trease, 1970).

Como ya se ha referido, la sección de El príncipe que Maquiavelo dedica a las cuestiones militares, los Capítulos XII, XIII y XIV, inician con una absoluta reprobación de los ejércitos mercenarios. A partir del contexto que se ha trazado de la situación militar italiana en esos años, se puede apreciar que esta reprobación se debía en esencia a dos razones.

La primera es el carácter comercial que le imprimen los mercenarios a una actividad que no debía tenerlo, es decir, una actividad que debía ser considerada el servicio público más sagrado del ciudadano; la defensa de su patria, la defensa de su tierra, de su familia y de su propia persona. Para Maquiavelo, cobrar o percibir un salario por tomar las armas y defender al propio Estado le parecía la máxima degradación a la que podía llegar un ciudadano (Mallett, 2005).

En segundo lugar, la reprobación que Maquiavelo dirigía a los soldados mercenarios parecía no limitarse sólo a su carácter comercial, sino también a su procedencia nacional. Mucho se ha discutido ya acerca de la presencia de un espíritu nacional italiano en una fecha tan temprana, pero a la luz de las afirmaciones de Maquiavelo y muchos otros humanistas contemporáneos o precedentes, parece a todas luces evidente (Viroli, 2001; y Mallett, 1988).

Es cierto que en la Italia del siglo XVI la inexistencia de un Estado que unificara al país convertía en extranjero a cualquier italiano que pisara una localidad distinta a la de su origen. Sin embargo, el espíritu nacional en ciernes ya producía una noción de identidad que unía en cierto modo a los nacidos en suelo italiano y señalaba a quienes no tenían esta procedencia, particularmente al resto de los europeos. De esta manera, aunque Maquiavelo no hace distinción entre nacionales y extranjeros cuando descalifica a los soldados mercenarios, su reprobación parece exacerbarse cuando a su carácter comercial se suma su extranjería.

Esta doble reprobación recae sin duda sobre John Hawkwood. El afamado condotiero inglés gozó en su época de un gran reconocimiento en la sociedad florentina, al grado de que en 1393, un año antes de su muerte, el mismo gobierno de la república reconociera su lealtad y valía, y en voz del gran humanista Colluccio Salutati propusiera la construcción de una estatua en su honor. Más aún, al no realizarse el monumento en esa ocasión, más de cuarenta años después, en 1436, ya en plena hegemonía de los Medici, se rescató el proyecto y se encargó a Paolo Uccello una pintura conmemorativa que se plasmaría dentro de la propia Catedral, lo que indica el grado de consideración y estima que Florencia le guardó muchos años después de su muerte (Hudson, 2006).

Sin embargo, Maquiavelo no compartía esa simpatía y lejos de ofrecerle cualquier homenaje lo descalificó de manera terminante. Cuando expone en el ya referido Capítulo XII de El príncipe las razones del porqué son dañinas las tropas mercenarias. explica que tan malo es que los capitanes de estas tropas sean eminentes como que no lo sean; si no lo son, dice, la ruina del Estado es casi segura; pero si lo son, no se puede confiar en ellos, porque buscarán acrecentar su propio poder a costa incluso de sus propios empleadores. Unas cuantas líneas adelante es cuando Maquiavelo se refiere a John Hawkwood, aludiendo a la campaña militar que Florencia había emprendido conjuntamente con Francia en 1390-1391 en contra de Milán, cuya victoria le habría dado a la República una fuerza y supremacía indiscutible en el norte de la península. Sin embrago, Maquiavelo dice “No venció Giovanni Aucut, cuya lealtad —al no vencer— no se podía conocer, pero todos confesaron que de haber vencido, los florentinos hubieran estado en sus manos” (Maquiavelo, 2010: 98).

Como puede verse, no hay margen de duda, la desconfianza de Maquiavelo hacia el condotiero es patente. Incluso llama la atención que Maquiavelo atribuye su propia desconfianza a un público mayor cuando dice “todos confesaron que de haber vencido…” Pero no era así realmente, como se ha dicho ya, en los últimos años de su servicio profesional Florencia le confirió tales distinciones y beneficios al condotiero inglés que difícilmente podría albergarse la idea de que desconfiaran de él, es decir, al parecer el único que desconfiaba era Maquiavelo.

A pesar de la estatura semiheroica que alcanzó Hawkwood, en su descalificación Maquiavelo evidencia no sólo su desagrado por los condotieros, sino también parece filtrarse uno de los principios básicos de sus concepciones políticas: más allá de la virtud de un individuo, cuando las condiciones exteriores le son propicias, no dudará en tratar de acrecentar su poder.

2Francisco sforza, el condotiero príncipe

Con Francesco Sforza (1401-1466) ocurre todo lo contrario que con John Hawkwood, Maquiavelo habla profusamente de él, lo cita prácticamente en todos sus escritos, poniéndolo como ejemplo y modelo, tanto para bien como para mal. Habría que advertir, por supuesto, que la relevancia histórica de uno y otro es completamente distinta, John Hawkwood fue un militar brillante y afamado, pero Francisco Sforza fue uno de los personajes más importantes en la historia de Milán y de Italia en el siglo XV, fundador además de toda una estirpe que se extendió a varios Estados y que aún en la época en que Maquiavelo escribía Él príncipe retenía el ducado de Milán a través de uno de sus nietos, Maximiliano Sforza.

También Sforza representa un tipo de condotiero distinto en comparación con Hawkwood. Si bien existen características comunes que se pueden atribuir a todos los condotieros, ellos incluidos, también hay diferencias notables, como en este caso, pues en tanto que el inglés ilustra claramente el carácter comercial e intrusivo de algunos condotieros, el Duque se presta más para ejemplificar al condotiero que mediante las armas se convierte en príncipe, al militar que como Maquiavelo advertía cuando hablaba de Hawkwood, si es eminente y triunfa, termi-na por dominar a sus patrones y adueñarse del Estado que lo contrató, como lo hizo Sforza con los Visconti (Mallett, 1988).

La significación de la figura de Francisco Sforza para Maquiavelo se aprecia nada más al abrir El príncipe en su primera página, donde en el breve Capítulo 1 lo pone como ejemplo de príncipe nuevo, una categoría de enorme relevancia en el libro, en la cual Maquiavelo concentra reconocimiento, admiración y esperanza. Más aún, unas páginas adelante, en el Capítulo 7, lo vuelve a poner como ejemplo, esta vez de quien adquiere el principado por virtud, un halago superior, prácticamente sin comparación a otros que hubiese podido expresar y que difícilmente empaña las críticas que le dirigió en otros pasajes.

No obstante, Maquiavelo caracteriza a Francisco Sforza con la misma ambigüedad, o mejor dicho, ambivalencia, que a muchas otras personalidades. Si bien en algún momento las eleva hasta la cumbre de la gloria, en otro las denuesta de manera implacable. Esto fue lo que hizo con la figura de César Borgia, de Cósimo de Medici, de Jerónimo Savonarola. Sin embargo, a pesar de estas ambivalencias, no cabe duda que la trayectoria y habilidad de Sforza lo impresionaron de manera sensible.

Francisco Sforza fue hijo ilegítimo de Muzio Attendolo (1369-1424), otro famoso condotiero originario de la Romaña, quien dio origen a todo un linaje de condotieros, al grado de que podrían contarse quince miembros de esta familia que practicaron el oficio, aunque quien más destacó fue Francisco (Collison-Morley, 1934; Ady, 1907).

Desde muy joven, Muzio se incorporó a las tropas de Alberico da Barbiano, o Alberico de Conio, como le llama Maquiavelo. Alberico, también originario de la Romaña y cuyas posesiones colindaban precisamente con las que el papa había otorgado a Hawkwood, fue quien al observar el empeño y tesón que desde muy pronto comenzó a mostrar Muzio le apodó Sforza, que podría traducirse aproximadamente como esforzado, empeñoso. Posteriormente Muzio serviría a Milán, Perugia, Florencia, Roma y Nápoles. Fue precisamente Juana II de Nápoles quien a la muerte de Muzio y en consideración a los servicios que le había prestado autorizó a todos sus descendientes para que utilizaran el mismo apelativo que su padre, Sforza. Desde ese momento todos ellos gustosamente cambiaron el apellido Attendolo por el de Sforza.

En cuanto Francisco llegó a la edad militar Muzio lo incorporó a sus tropas y se encargó personalmente de adiestrarlo en el uso de las armas, en lo cual Francisco mostró muy pronto la misma capacidad y habilidad de su padre. Incluso podría decirse que la educación que Muzio le transmitió a su hijo no fue sólo técnica sino también personal. Se dice que acostumbraba decir Si tienes tres enemigos has la paz con el primero, pacta una tregua con el segundo, y dirígete contra el tercero con toda la fuerza de que dispongas. Expresión que rezuma toda una experiencia estratégica y da cuenta de todo el rigor de la vida política y militar renacentista.

A la muerte de Muzio, Francisco no sólo heredó su apelativo, sino también sus tropas, las cuales reconocieron en él a un digno sucesor de su anterior capitán. Cuando Francisco pasó al servicio de Milán en 1424, gobernada en ese momento por Felipe María Visconti, iniciaría la etapa más importante de su vida, ya que a la postre se convertiría primero en su yerno y luego, paradójicamente y muy a su pesar, en su sucesor.

La relación que se establecería entre Felipe María y Francisco sería bastante compleja. Por principio, Francisco se convirtió en el brazo armado de Felipe y en su principal instrumento de conquista y expansión. Tan grande era el interés de Felipe por conservar los servicios de Francisco, que le ofreció en matrimonio a su propia hija, lo cual colocaba a Francisco en una posibilidad directa de sucesión, pues al carecer Felipe de descendencia masculina, Francisco se convertía en potencial sucesor al ducado. No obstante, a pesar de este vínculo familiar y del grado en que Felipe dependía de él para todas las cuestiones militares, nunca le depositó toda su confianza, reservándose un gran margen de duda, al grado de que llegó a separarlo, perseguirlo y encarcelarlo por sospecharlo traidor (Collison-Morley, 1934).

Francisco vivía así una experiencia muy similar a la que tiempo atrás había experimentado John Hawkwood con la familia Visconti, cuando se encontraba al servicio de Bernabé Visconti, tío de Felipe María, quien también le había entregado al condotiero inglés a su hija en matrimonio, con lo que seguramente esperaba asegurar su lealtad, aunque tampoco le confirió nunca toda su confianza. Bernabé fue en efecto desposeído de su Estado, encarcelado y luego envenenado, aunque no por Hawkwood, sino por su hermano Gian Galeazzo, padre de Felipe María. Así, como puede observarse, la inseguridad enfermiza de Felipe María tenía una fuerte dosis de herencia familiar (Guicciardini, 1971).

Hawkwood y Francisco Sforza también coinciden en otra circunstancia igualmente significativa, coincidencia que podría decirse que constituye una característica del propio sistema de condotieros, esto es, que ambos incurrieron en las prácticas de extorsión típicas de éstos. En el caso de Sforza, cuando Felipe María lo envió a defender Lucca en contra de las pretensiones de dominación de los florentinos, éstos trataron de comprarlo para que les entregara la ciudad, a lo cual éste no accedió, aunque por otro lado sí aceptó el dinero de los florentinos para no defenderla a cabalidad y abandonarla a su suerte (Ady, 1907).

Como puede verse, si bien Sforza es ejemplo de príncipe nuevo y virtuoso, tal y como Maquiavleo lo presenta en las primeras secciones de El príncipe, también lo es de la corrupción y deslealtad con la que Maquiavelo describía a los condotieros, y para lo cual recurría al mismo Sforza para ejemplificarlo. Esto puede observarse claramente en el Capítulo XII, “Los milaneses, una vez muerto el duque Felipe, contrataron a Francisco Sforza para que luchara contra los venecianos, y él, tras vencer a los enemigos en Caravaggio se alió con ellos para someter a sus patronos” (Maquiavelo, 2010: 97). Y es que a la muerte de Felipe María, Milán se encontró sin sucesor legítimo al trono, o con multiplicidad de ellos, ya que lo reclamaban Alfonso de Aragón, a quien Felipe había declarado su heredero poco antes de morir; el Duque de Orleans, esposo de una prima de Felipe; y el propio Sforza. Sin embargo, ante este desconcierto, muchos milaneses descontentos aprovecharon para azuzar una rebelión popular que dio como resultado la instauración de la república ambrosiana de 1447-1450. No obstante la pretensión de Sforza, el gobierno republicano lo contrató para enfrentar a Venecia, lo cual aceptó inicialmente, aunque luego pactó con los venecianos una fugaz alianza, misma que a pesar de la impresión de Maquiavelo, no fue determinante para que éste alcanzara el ducado.

Y es que Sforza, al verse sin el apoyo real de los venecianos, acosó y amedrentó tanto a la ciudad hasta que sus propios simpatizantes internos aprovecharon la situación de angustia y lograron que los milaneses aclamaran el regreso de Sforza y lo proclamaran duque de Milán. Así, aun cuando este título debía ser conferido por el emperador, Sforza lo recibió directamente del pueblo, lo cual debía interpretarse como un verdadero pacto, un contrato entre un pueblo y su gobernante.

Pero tal vez la crítica más dura en contra de Sforza y de todo el sistema de condotieros se encuentre hacia el final del primer libro de la Historia de Florencia, cuando Maquiavelo arremete no solamente contra ellos sino también contra sus mismos compatriotas, a quienes reprocha haberse dejado penetrar por un espíritu mercantil que desplazó a la nobleza y a la voluntad de servicio público, que permitió que las armas de Italia fueran a parar a “manos de príncipes pequeños o a manos de hombres sin Estados”, cuyos instrumentos eran precisamente estos capitanes de ventura sin mayor interés en los asuntos de quienes los contrataban. En este punto es donde se formula una de las críticas más ásperas contra los condotieros:

Entre ellos, los más famosos de entonces eran Carmagnola, Francisco Sforza, Nicolás Piccinino… Todos estos viviendo como vivían a costa de la guerra, se habían puesto de común acuerdo y habían formado una especie de coalición hábilmente organizada y, gracias a la cual, se las arreglaban de manera que, la mayor parte de las veces, perdieran tanto el uno como el otro contendiente. Al final redujeron a tal estado de vileza esta profesión que cualquier mediano capitán, en el que hubiera brotado una sombra della antica virtú, los habría puesto en ridículo… (Maquiavelo, 2009: 75)

Como puede verse, a pesar de la admiración y reconocimiento que Maquiavelo experimenta hacia Sforza, también lo incluye en este sindicato de condotieros marcado por la simulación y el escarnio. Más aún, cuando se relee con atención del Capítulo IX de El príncipe, llamado “Del principado civil”, en donde se trata el caso de los individuos que son llevados al principado gracias a la sociedad misma, ya se trate del pueblo o los nobles, es ineludible remontarse al propio ejemplo de Francisco Sforza. Ciertamente, Maquiavelo podía haber estado pensando en César Borgia, que fue aclamado como su señor por Imola; o en Castruccio Castracani, que lo fue por Lucca, sin embargo, la relevancia y significación del título conferido a Francisco por Milán parece opacar los otros casos que Maquiavelo pudiera haber considerado para este efecto, máxime si nos percatamos que en este Capítulo Maquiavelo no da ejemplo alguno de un principado civil relevante, pues cuando habla de Nabis y Giorgio Scali lo hace para ilustrar aspectos menos relevantes tratados ahí, lo cual nos deja abierta la puerta para conjeturar cuáles casos tendría en mente, de donde emerge poderosamente el caso de Sforza.

3Fabrizio colonna, el condotiero profesional

No se tiene la certeza absoluta del año de nacimiento de Fabrizio Colonna, aunque esto debió ocurrir entre 1450 y 1460. Sin embargo, la fecha de su muerte sí está perfectamente bien establecida, pues acaeció en 1520, el mismo año en que Maquiavelo concluyó Del arte de la guerra, una de sus obras fundamentales y tal vez la más directamente relacionada con el tema que tratamos. Podría decirse incluso que en ese libro Maquiavelo concentra y sistematiza la mayor parte de su pensamiento sobre la guerra que ya había esbozado en El príncipe y los Discursos, de lo cual hace posteriormente algunas reiteraciones en la Historia de Florencia.

Como se sabe, el libro está escrito a la manera de diálogo entre cinco personajes reales, casi todos ellos amigos cercanos de Maquiavelo, a excepción de Fabrizio Colonna, un reconocido condotiero de la época, miembro de una de las familias más poderosas de Roma, a la cual Maquiavelo se refiere en el Capítulo XI de El príncipe para referir la manera en que el papa vivía en Roma acosado por las disputas y revueltas recurrentes entre los Orsini y los Colonna.

La elección de Fabrizio Colonna como protagonista del diálogo ha sido una de las cuestiones más desconcertantes y debatidas acerca de esta obra, ya que él representa uno de los ejemplos más típicos de la deslealtad y traición características de los condotieros (Colish, 1998).

Fabrizio Colonna, como todos los condotieros, sirvió en su vida profesional a muchos señores. Más aún, se distinguió de alguna manera, ya que sirvió tanto a Francia como a España, las dos potencias europeas que ocuparon y dominaron la península durante el siglo XVI (Braudel, 1974; y Guicciardini, 1971).

Estando al servicio del rey Fernando y en proceso de negociación de una nueva condotta con Alfonso de Nápoles en 1494, apenas el rey Carlos VIII pisó Asti al inicio de su campaña en el reclamo de Nápoles, y Fabrizio junto con su primo Próspero se pusieron al servicio de Francia y combatieron entonces a quienes hasta ese momento habían sido sus patrones. Unos pocos meses después, una vez que Carlos había ocupado Nápoles y la había desocupado rápidamente ante la amenaza de la Liga formada en su contra a instancias del papa Alejandro VI, los Colonna volvieron a ponerse al servicio de la corona española, esta vez bajo el mando directo de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, quien se encargó de vencer y expulsar a los franceses de Nápoles. Cuando murió Fabrizio en 1520 tenía el cargo de Gran Condestable de Nápoles, una merecida recompensa en consideración a los servicios que prestó a la Corona española en la recuperación de este reino (Lojendio, 1942).

Como puede verse, la trayectoria profesional de Colonna no se distingue mayormente de la de cualquier otro condotiero de la época, por lo que siempre han sido fundadas las interrogantes que se han sugerido para intuir las razones que llevaron a Maquiavelo a elegirlo como personaje central del libro. La elección sorprende más si se considera que Maquiavelo lo elige para poner en su boca una crítica mordaz e incisiva de los mismos condotieros y del orden militar del que eran parte. Además, no sólo pone en su boca esta crítica demoledora, sino que también lo hace portavoz de sus propias opiniones acerca de la guerra y de las cuestiones militares en general, llegando incluso a señalar aciertos o virtudes de la organización militar de Florencia, en la cual el mismo Maquiavelo había participado directamente cuando era secretario de la segunda cancillería y cuando fue secretario de los Nueve de la guerra.

Más aún, Maquiavelo pone en boca de Fabrizio un discurso no sólo digno de un gran condotiero, sino incluso de un príncipe. Cuando uno de los contertulios le pregunta qué cosas de la antigüedad introduciría, él responde “La costumbre de honrar y premiar las virtudes, no despreciar la pobreza, estimar el espíritu y la disciplina militar, obligar a los ciudadanos a amarse los unos a los otros, vivir sin banderías, apreciar menos lo particular que lo público…” (Maquiavelo, 2000: 13)

Maquiavelo tenía a la mano muchas otras figuras de las que podría haber echado mano, como la del mismo Alberico de Conio, a quien consideró el primer gran condotiero, sobre el cual recaía además toda la carga nacionalista que ya se ha hecho notar antes; o bien podía haber recurrido a la propia figura de César Borgia, a quien ya había halagado en El príncipe; incluso parecería más pertinente recurrir a Giovanni de las Bandas Negras, quien se encontraba en su apogeo y era además un miembro destacado de la familia Medici, con la que buscaba congraciarse. Pero no lo hizo, dejando abiertas muchas interrogantes acerca de sus motivaciones.

Dejando aparte esa cuestión, contemplando la obra en conjunto y haciendo abstracción de las argumentaciones particulares que se dan en cada caso, las opiniones de Maquiavelo sobre el arte de la guerra que pone en boca de Colonna podrían resumirse en diez principios básicos:

  • 1.

    La vida civil y militar no deben separarse, sino que deben estar íntimamente ligadas.

  • 2.

    La práctica de la guerra no debe ser una profesión, sino una actividad parcial, aunque ineludible, de los propios ciudadanos particulares.

  • 3.

    Cada Estado debe tener un ejército propio integrado por una milicia.

  • 4.

    Las instituciones militares de la antigüedad deben recuperarse e imitarse.

  • 5.

    En el ejército la infantería debe tener preeminencia sobre la caballería.

  • 6.

    Las instituciones políticas deben propiciar un orden pacífico y estable, no una guerra continua e intermitente.

  • 7.

    La adecuada institucionalización y organización militar son la base de la fuerza y eficiencia de los ejércitos, no la calidad individual de los soldados.

  • 8.

    La guerra debe ser una fuente de riqueza y beneficio, no un factor de empobrecimiento público o una sangría para la sociedad.

  • 9.

    El botín y los recursos producidos por la guerra deben ir a parar a las arcas públicas y redundar en el bien común.

  • 10.

    Las repúblicas generan más hombres virtuosos, incluidos generales para el ejército, que las monarquías.

En Del arte de la guerra, Maquiavelo reproduce en buena medida la crítica a los condotieros que ya había planteado en El príncipe y en los Discursos; sin embargo, introduce en esta ocasión una nueva orientación muy significativa. Si bien en los textos anteriores parecía responsabilizar individualmente a quienes hacían de la guerra su oficio, presentándolos como hombres malvados y corrompidos, en esta ocasión no los responsabiliza en lo individual, sino que los hace producto y consecuencia de una institución y un sistema que condiciona su proceder:

Nunca se considerará bien a quien ejerza una función que para ser provechosa, le obligue a ser rapaz, fraudulento y violento, y a tener muchas otras cualidades que le hagan malo. Quienes se valen de ella, sean grandes o pequeños, no pueden ser de otra manera, porque ese oficio no los alimenta en la paz; de ahí que se vean obligados a desear que no la haya, o a lucrar en época de guerra lo suficiente para seguir subsistiendo en tiempo de paz (Maquiavelo, 2000: 16).

Como puede verse en este pasaje, Maquiavelo no parte de la idea de que hombres malos, corrompidos y desleales sean los que se dirijan a la guerra teniendo esta orientación como antecedente, sino que es el funcionamiento de esta institución militar la que los obliga a ser de esa manera. Más adelante, en este mismo párrafo, Maquiavelo refuerza esta interpretación

Y de no querer la paz provienen los engaños que los jefes militares urden contra quienes los contratan, para que la guerra dure; y si llega la paz, sucede frecuentemente que los jefes privados de sueldo y medios de vida, enarbolan descaradamente una bandera de ventura y saquean sin piedad una provincia (Maquiavelo, 2000: 16).

Cómo puede observarse otra vez aquí, la lógica de estos ejércitos y la dinámica de la guerra misma generan el comportamiento destructivo y depredador de estos soldados.

Esta interpretación nos introduce en uno de los temas más discutidos y polémicos que se han tratado sobre el pensamiento de Maquiavelo, y que se refiere a la cuestión de la ética y sus determinantes sociales. En El príncipe Maquiavelo decía sin atenuación alguna “Porque, en general, se puede decir de los hombres lo siguiente: son ingratos, volubles, simulan lo que no son, huyen del peligro, están ávidos de ganancia” (Maquiavelo, 2010: 116). Una caracterización de la naturaleza humana terminante, absoluta, que podría considerarse incluso uno de los rasgos constitutivos de lo que luego se llamaría el maquiavelismo clásico. Sin embargo, aunque esta descripción de la naturaleza humana que no parece dar espacio a concesiones o matices, en los Discursos abre un pequeño hueco para admitir que a los hombres “la ley los hace buenos”; es decir, que a través de la legislación la naturaleza humana puede redimirse (Maquiavelo, 2005: 41). Por esa razón, es tan significativa esta nueva formulación que establece en Del arte de la guerra, porque aquí ya plantea claramente que la malevolencia, deslealtad y perfidia de los condotieros es producto del ordenamiento militar al cual están integrados; que las instituciones republicanas generan más hombres de valía que las monárquicas; y que no sólo los suizos son buenos soldados, sino que cualquier individuo puede convertirse en un excelente soldado si se le impone un orden militar adecuado. Es decir, sólo a un paso de la derivación natural de esta premisa: que la naturaleza humana en general es un producto y derivación de las instituciones políticas y sociales en las que se desenvuelve el individuo.

4Castruccio castracani, el condotiero virtuoso

El tratamiento de la personalidad de Castruccio Castracani (1281-1328) que hace Maquiavelo es tan intrigante como el de Fabrizio Colonna. Habiendo sido enviado a la ciudad de Lucca por los Medici en 1520 con el fin de arreglar un asunto mercantil, Maquiavelo decidió aprovechar su estancia para escribir lo que podría considerarse una biografía novelada de Castruccio Castracani, uno de los personajes históricos más importantes de la ciudad, no sólo porque fue su gobernante por más de 20 años (1316-1328), sino porque era considerado todo un héroe de la ciudad; durante su gobierno había vencido, rivalizado y humillado a Florencia, a la cual le disputó la hegemonía en la Toscana hasta el día de su muerte (Maquiavelo, 1991).

En la vida real, Castruccio Castracani fue miembro de una acaudalada familia de Lucca, la cual para mediados del siglo XIII ya figuraba como una de las más prominentes de la ciudad, gracias esencialmente a sus actividades financieras que se proyectaban incluso al plano internacional. En 1300 los Castracani fueron expulsados de la ciudad por los güelfos, y a partir de ese momento Castruccio emprendió un peregrinaje que iniciaría en Inglaterra, para continuar en Flandes y luego volver a Italia, en donde sirvió como soldado en Pisa, Verona, Bergamo y Venecia (Blomquist, 1971).

Luego de este periplo que se extendió por 15 años, en 1315 se une a Uguccione della Faggiuola, quien ya se había adueñado de Pisa, a quien le ayuda a convertirse ahora en señor de Lucca. No duró mucho la colaboración de éstos, pues la desconfianza de Uguccione hacia Castruccio se fue acrecentando, al grado de que terminó por encarcelarlo y, aun cuando tenía todas la intenciones de ejecutarlo, no llegó a ello debido a una rebelión popular que frustró la tentativa, misma que Castruccio aprovechó para ponerse a su cabeza y expulsar a Uguccione de la ciudad. La habilidad de Castruccio le valió ser nombrado primero gobernador de la guerra y capitán de la milicia por un año, cargo que debía desempeñarse en mancuerna junto con Pagano Cristofani. Al poco tiempo se deshizo de éste y asumió el nombramiento de capitán y defensor de la ciudad por diez años, hasta conseguir que el emperador Ludovico el Bavaro le concediera en 1328 el Ducado de Lucca, Pistoia, Luni y Volterra, una distinción que no había conseguido hasta ese momento ningún otro príncipe italiano y que daba cuenta de la relevancia y el poder que ya había acumulado. Por desgracia, la muerte lo sorprendería ese mismo año, privándolo de la oportunidad de ejercer plenamente su mando. Tenía tan sólo 47 años (Green, 1985; y Deiss, 1967).

No obstante, la descripción que hace Maquiavelo de la vida de Castruccio difiere en algunos aspectos relevantes de la realidad histórica. Por principio, Maquiavelo atribuye a Castruccio un origen desconocido, pues lo presenta como un niño expósito, con lo que lo envuelve en todo un ropaje mítico y heroico, pues le atribuye el mismo origen que tuvieron personajes como Moisés, Edipo, o Rómulo y Remo. De esta manera, y así como ocurrió con estos personajes míticos, Maquiavelo acentúa la virtud de este individuo que desde sus oscuros y difíciles orígenes logra imponerse a la fortuna llegando hasta una de las mayores posiciones de gloria frente a la ciudad.

De la misma manera, Maquiavelo atribuye a Castruccio una temprana afición por la lectura de los hechos de guerra, lo cual ya había señalado en el Capítulo XII de El príncipe como uno de los rasgos fundamentales que a su juicio debían tener los príncipes, es decir, que consideraran la guerra su máxima prioridad. Además, también atribuye a Castruccio el gusto por la lectura de la vida de personajes ilustres, es decir, la educación por medio del ejemplo, el método educativo que él consideraba más efectivo. Incluso cuando Maquiavelo describe la disposición de los ejércitos y la manera en que se desarrolló la batalla de Altopascio en la que derrotó a los florentinos, atribuye a Castruccio los movimientos y tácticas de batalla que él mismo acababa de plasmar en Del arte de la guerra, debido a lo cual no podía más que conferirle su admiración y respeto. Más aún, cuando narra la manera en la que Castruccio se apoderó de Pistoia se puede identificar cómo cada paso que dio parece ajustarse a un guión derivado de los consejos y advertencias vertidas en El Príncipe y los Discursos (Bondanella, 1972; y MacFarland, 1999).

Fuera de la Vida de Castruccio Castracani de Lucca (1520), Maquiavelo sólo se refirió a él en dos breves pasajes de los Discursos y también en dos discretos pasajes de la Historia de Florencia. En los Discursos refiere simplemente cómo los florentinos debieron acogerse al rey Roberto de Nápoles para que los defendiera de Castruccio (Maquiavelo, 2005: 219, 228). En el primer pasaje de la Historia recuerda sólo que

Por este tiempo se le quitó a Uguccione la señoría de Lucca y Pisa. Señor de Lucca pasó a ser Castruccio Castracani, simple ciudadano de la misma; y como era joven y osado y cruel y afortunado en sus empresas, en muy poco tiempo se convirtió en el jefe de los gibelinos de la Toscana (Maquiavelo, 2009: 110).

El segundo es aún más breve, pero la descripción de su personalidad es más cáustica, poniendo en boca de Luis Guicciardini un reproche a la ciudad de Florencia “¿Es que no recordáis, que cuando estuvo desunida, logró vencerla Castruccio, que no era más que un oscuro ciudadano de Lucca…?” (Maquiavelo, 2009: 158).

Así, como puede verse, la imagen histórica que Maquiavelo tenía de Castrucccio y que proyectó en sus escritos era bastante más severa y reprobatoria, lo cual no obstó para que lo tomara como modelo idealizado de un condotiero virtuoso.

Conclusión

Luego de la revisión y análisis de los comentarios y reflexiones de Maquiavelo sobre estos cuatro condotieros, no puede dejar de advertirse una notable paradoja; y es que si bien Maquiavelo reprueba en lo general y por principio a todos los condotieros, muy frecuentemente en lo particular e individual los reconoce y admira. ¿A qué se debe este contrasentido o ambivalencia?

Como ha quedado expuesto en las páginas anteriores, Maquiavelo desaprueba a los condotieros porque encarnan y representan uno de los mayores vicios en los que pueden incurrir los ciudadanos de un Estado, que es el abandono de sus responsabilidades y obligaciones cívicas. Como Maquiavelo relata en el Capítulo XII de El príncipe, los condotieros y los soldados mercenarios proliferaron en Italia en la época en que también comenzó a incrementarse la mercaduría, es decir, la actividad comercial y financiera en Italia, sobre todo en Florencia. Aun cuando no debía haber sido así, los ciudadanos abandonaron sus deberes y aficiones militares por dedicarse de manera primordial o exclusiva a enriquecerse, despreciando el servicio militar que en esas condiciones era un servicio público esencial y vital para el Estado.

Incluso en la Historia de Florencia, Maquiavelo llegó a reprobar la afición a las letras cuando ello significara el debilitamiento del ardor guerrero, de tal suerte que aprueba la actitud de Catón cuando prohibió que entraran en Roma los filósofos, un oficio que aun cuando podría considerarse honrado y admirable, amenazaba con seducir a la juventud al grado de apartarla de la afición por las armas (Maquiavelo, 2009; 237).

Como se observa, Maquiavelo otorgaba al servicio militar el más alto valor dentro de las virtudes cívicas, por lo que todas la demás actividades debían supeditársele sin condición. Por ello, la reprobación de lo condotieros era en el fondo una reprobación de la conducta de sus propios conciudadanos; los italianos en general y los florentinos en particular.

Sin embargo, como se ha visto, no podía sentir más que admiración y reconocimiento por muchos de estos hombres, ya que también poseían toda la fuerza, el arrojo y la determinación para imponerse, para dominar a la fortuna y las circunstancias que les había tocado afrontar, una virtud que no solamente era encomiable en un príncipe, como Maquiavelo trató de demostrar, sino en todo ciudadano, pues a través de ésta se expresaba y concretaba el servicio público y el compromiso hacia el bien común, que consideraba el máximo bien, el objetivo más noble de los hombres y del Estado.

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