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Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México
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Vol. 53.
Páginas 92-94 (Enero - Junio 2017)
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Fernando Ciaramitaro y Marcela Ferrari (coord.), A través de otros cristales. Viejos y nuevos problemas de la historia política de Iberoamérica, México/Mar del Plata, Universidad Autónoma de la Ciudad de México/Universidad Nacional de Mar del Plata, 2015
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Claudio Albertani
Universidad Autónoma de la Ciudad de México, Ciudad de México, México
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El libro A través de otros cristales. Viejos y nuevos problemas de la historia política de Iberoamérica tiene, en primer lugar, un carácter polémico, en el sentido de que va contra algunos lugares comunes historiográficos, algo que celebro sin reservas. En efecto, los coordinadores, Fernando Ciaramitaro y Marcela Ferrari, cuestionan las hipótesis marxistas y estructuralistas que se aceptaron durante décadas en América Latina por la disciplina histórica en especial y las ciencias sociales en general. Su objetivo principal es poner en tela de juicio la capacidad explicativa de la historia estructural y rescatar la lectura de la historia política, emancipándola —afirman— de los arcaísmos positivistas e institucionalistas y de los enfoques centrados en las historias nacionales o, peor, en el nacionalismo.

El trabajo se enmarca en una historiografía relativamente nueva que tiene origen en intercambios multidisciplinares con la ciencia política, la sociología y, más recientemente, la antropología y la lingüística. Lo que pretenden es reconstruir los fundamentos de la vieja historia política, liberándola de la metodología del materialismo histórico y de la historia económica o estructuralista, que la habían trasformado en variable subordinada o en un epifenómeno de los procesos económicos y sociales.

Además de la microhistoria italiana —impulsada por Carlo Ginzburg y Giovanni Levi— y de las perspectivas sociológicas de Norbert Elias y Pierre Bourdieu, los coordinadores recuperan la obra hoy algo olvidada de François Xavier Guerra, quien, en un libro que desató mucha polémica en su momento, México, del antiguo régimen a la revolución, reformuló los estudios sobre la revolución mexicana, enfatizando la contradicción entre la herencia de la revolución francesa en el discurso oficial y en las leyes, y las prácticas políticas clientelares y premodernas heredadas del porfiriato. El resultado es la edificación de una modernidad trunca y de una ficción democrática que se prolonga hasta la actualidad.

A partir de dichos enfoques, los ensayos reunidos en A través de otros cristales incluyen tres casos concretos: Brasil, Argentina y México. Abordan problemas añejos —el Estado, los partidos, la construcción y el ejercicio de liderazgos— junto a otros más nuevos —la participación ciudadana, la búsqueda de consensos, la cultura política y las cuestiones electorales. Y mientras que, para Brasil, el capítulo de Beatriz Alves y André Luis Eiras, «La política exterior brasileña en la era democrática…», presenta, con una mirada descriptiva y de relativa larga duración (1985-2010), las continuidades y las rupturas de la política exterior brasilera, hasta el gobierno de Lula da Silva, los apartados relacionados con el caso argentino, de Carolina Barry, Adriana Kindgard y Virginia Mellado constituyen una sugestiva y sugerente muestra del estado del arte de la historia política rioplatense con relación al vínculo entre peronismo y democracia. Desde disímiles miradas, espacios, geografías, escalas, épocas, etcétera, las tres historiadoras argentinas estudian unos argumentos atados a la primera fase de constitución e institucionalización del peronismo clásico, como el papel de este movimiento sociopolítico en su etapa de recuperación democrática, que empezó en los años ochenta del siglo pasado.

Sin embargo, en esta reseña me centraré en los dos autores que abordan el caso mexicano, Raúl Zamorano Farías y Mariano Torres. Comparto con ellos la crítica al materialismo histórico, aunque diría que esta no me parece una crítica al pensamiento del propio Marx, sino más bien a las falsificaciones de que ha sido objeto. Y es que, junto a su hermano gemelo, el materialismo dialéctico, el materialismo histórico es una perorata estalinista que tiene poco que ver con Marx y con el marxismo crítico. Personalmente, me adhiero a las corrientes historiográficas que intentan cuestionar la historia oficial a beneficio de las historias de resistencia y utopía de los subordinados, esas que, como diría Walter Benjamin, pretenden hacer valedero aquel secreto compromiso entre las aspiraciones de las generaciones pasadas y la nuestra. De manera que mis preocupaciones se encuentran bastante alejadas a las de los autores.

Dicho esto, no puedo dejar de reconocer que estos ensayos sobre México son de gran interés y, a pesar de no compartir las premisas, me encuentro de acuerdo con varios señalamientos y algunas de las conclusiones. «Diferenciación y periferia de la sociedad moderna…», de Zamorano Farías, plantea el hecho de que en México está ausente la democracia y no se vislumbra ninguna transición hacia ella. Esto, claro está, no es ninguna novedad, pero lo que me parece valioso es que, a diferencia de las corrientes académicas dominantes, Zamorano Farías cuestiona la tesis del «Estado ausente» o «Estado fallido», algo que podemos verificar empíricamente con el crimen de Iguala, del cual ya se cumplieron más de dos años.

No es un Estado débil, fallido o ausente el que cometió la masacre, sino un Estado fuerte. Los gobernantes de México actuaron a partir de la premisa de que podían cometer el crimen, mentir de manera vergonzosa y salir impunes porque sabían o creían saber que detrás tenían la arquitectura institucional de un Estado fuerte. El texto es contemporáneo a los hechos y Zamorano Farías nos ofrece una descripción del Estado mexicano que calza perfectamente. El sistema —explica— opera como artefacto personalizado por grupos, individuos, caudillos, delincuentes y mafiosos que colocan la razón del poder por encima del poder de la razón, pero esto no es el resultado del subdesarrollo, tampoco de la ausencia del derecho, sino de redes clientelares que —añado yo— operan en perfecta sintonía con formas avanzadas del capitalismo depredador, como es el caso de las mineras de oro en Guerrero.

Ciertamente —y aquí también me encuentro de acuerdo con el autor—, la conclusión no es optimista y se sintetiza en la pregunta final: ¿cómo es posible que la democracia pueda producir más igualdad y más libertad, más autorrealización subjetiva y más paz, mejor equilibrio ecológico y una más justa distribución? Precisamente, remata, estos son los límites de cómo opera el orden social y las expectativas de la democracia en México.

El segundo ensayo, «Colapso de un régimen y reorganización del estado revolucionario en México…», de Mariano Torres, ofrece una crítica del Estado posrevolucionario haciendo énfasis en la ilusión de independencia y de justicia social que pregona el régimen. Estoy de acuerdo con el autor: la revolución mexicana echó abajo una democracia ficticia para establecer otra ficción de democracia. También aplaudo la crítica al famoso volumen de Adolfo Gilly, La revolución interrumpida, aunque probablemente por razones distintas. Mientras Torres piensa que no hubo una revolución, sino una encarnizada lucha por el poder entre diferentes facciones y caudillos, yo creo que sí hubo revolución, aunque no interrumpida, sino derrotada o, si se prefiere, traicionada, como gran parte de las revoluciones del sigloxx. Igual que Benjamin, pienso, sin embargo, que no hubo en esto ninguna necesidad o fatalidad histórica y creo, más bien, en la necesidad de hacer historia a contrapelo buscando cómo pudo haber existido otra historia. Tampoco comparto gran parte del análisis que sigue, lo cual se inscribe, a mi parecer, en una historiografía de tipo conservador. Torres pone en tela de juicio y fustiga lo que llama el mito del reparto agrario y de la justicia laboral, en el marco de un pensamiento que rechaza la idea misma de revolución y de luchas por la emancipación. Es verdad que las reivindicaciones del movimiento agrarista y del naciente movimiento obrero no produjeron los efectos esperados. Es verdad también que el nacionalismo ramplón alimentó otro mito, la ilusión de la independencia. Una vez más, sin embargo, esto no estaba inscrito en una «necesidad histórica» o en el destino manifiesto de México. Estos mitos son, más bien, otros tantos productos de la contrarrevolución encabezada por Carranza y Obregón, los verdugos de Zapata y Villa. Esta y no otra es, desde mi punto de vista, la razón por la cual los repartos de tierra y, antes, el paquete de leyes pro-obreras y pro-campesinas contenidas en la constitución mexicana dieron vida a las relaciones de poder de la mayor parte de los regímenes del sigloxx mexicano.

Queda patente cómo el debate sigue abierto y cómo el libro coordinado por Ciaramitaro y Ferrari contribuye a ello.

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