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Vol. 52.
Páginas 143-145 (Julio - Diciembre 2016)
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Eduardo Camacho Mercado, Frente al hambre y al obús: Iglesia y feligresía en Totatiche y el cañón de Bolaños, 1876-1926, Guadalajara, Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis de Guadalajara/Universidad de Guadalajara–Centro Universitario de los Lagos, 2014
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Pablo Mijangos y González
División de Historia, Centro de Investigación y Docencia Económicas, Ciudad de México, México
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Uno de los problemas que más han ocupado a los historiadores de las últimas décadas es el de las condiciones bajo las cuales se imponen y consolidan los sistemas de poder social. Es decir, ¿cómo se logra que un grupo humano acepte someterse a un cierto orden de cosas, ya sea político, económico, religioso o cultural? ¿El poder depende siempre y necesariamente de la violencia? Para abordar esta difícil cuestión, los historiadores han recurrido con éxito al concepto de hegemonía según fue entendido por el pensador comunista italiano Antonio Gramsci. Dicho de manera breve, Gramsci pensaba que el predominio de un sistema determinado de relaciones sociales no se obtiene exclusivamente mediante la coerción física, pues un orden efectivo y duradero presupone siempre la combinación de fuerza y consenso, de represión y acuerdo, de «dictadura y hegemonía». Inspirados en esta idea, numerosos autores contemporáneos han estudiado el proceso de formación de los Estados modernos como un fenómeno basado no solamente en la violencia militar o en el avance imparable del capitalismo, sino dependiente también de negociaciones cotidianas entre los grupos dominantes y las clases populares. Basta pensar, por ejemplo, en la abundante historiografía sobre el papel decisivo de los ejércitos campesinos en la consolidación del Estado liberal y posrevolucionario en México. Tomando las experiencias regionales como punto de partida, los estudios de Florencia Mallon, Guy Thompson y Alan Knight, entre otros, han demostrado que el éxito de nuestras grandes revoluciones políticas dependió en buena medida de las concesiones pactadas entre las elites revolucionarias y los liderazgos populares, pues la colaboración de estos últimos era indispensable para mantener el orden a nivel local.

Frente al hambre y al obús, la más reciente obra del joven historiador jalisciense Eduardo Camacho, se inserta en una novedosa corriente historiográfica que utiliza este mismo método de análisis para entender las grandes transformaciones de la Iglesia católica en el mundo moderno. Siguiendo los pasos de Matthew Butler, Benjamin Smith, Edward Wright-Ríos y Guillermo de la Peña, el autor pretende analizar la implementación de «dos proyectos hegemónicos de la Iglesia católica en las parroquias rurales del norte de la arquidiócesis de Guadalajara» durante el medio siglo transcurrido entre los inicios del Porfiriato y el estallido de la rebelión cristera en 1926. ¿Cuáles son estos proyectos hegemónicos? El primero es la ambiciosa reforma eclesiástica impulsada por el Episcopado tras la victoria definitiva del Partido Liberal en 1867, cuyo principal objetivo, a decir del autor, era lograr que la Iglesia recuperase «el control sobre la religión popular» y se erigiese de esta manera en «la administradora única de lo sagrado». El segundo proyecto es la amplia política reformista descrita genéricamente como el «catolicismo social», la cual buscaba transformar las condiciones socioeconómicas del país a la luz de los principios de justicia, caridad, mutualismo y cooperación entre las clases sociales. Lo importante en ambos casos, insiste el autor, es que su notable éxito se debió fundamentalmente a «la capacidad de la Iglesia para negociar con las culturas locales» y generar en esa medida nuevos «espacios para el reacomodo constante de fuerzas, en una mezcla de coerción y consentimiento».

En consonancia con los objetivos planteados, la obra está centrada en la trayectoria de cinco parroquias —Totatiche, El Salitre de Guadalupe, Bolaños, Chimaltitlán y San Martín— ubicadas en el norte del estado de Jalisco, en el extremo sur de la Sierra Madre Occidental. Si bien Eduardo Camacho reconoce que estas parroquias estaban alejadas de los principales centros de poder político, eclesiástico y económico del Occidente de México, en ningún momento comete la simpleza de presentarlas como realidades completamente aisladas del mundo circundante, a manera de reductos clericales protegidos por la geografía frente a las fuerzas modernizadoras del momento. Más bien, Camacho advierte que el mundo de estas comunidades estaba conformado simultáneamente por varios ámbitos o «espacios de vida» que influían de distintas maneras en el devenir cotidiano: comenzando por el «terruño» donde se desarrolla rutinariamente la vida diaria, el universo de los habitantes de estas cinco parroquias incluía también a los pueblos vecinos, los santuarios de peregrinación (como Temastián y la basílica de Guadalupe), las ciudades de Guadalajara, Zacatecas y Aguascalientes, los destinos migratorios en el norte de México y Estados Unidos, los «lugares y espacios» de la imaginación devocional, como Jerusalén y Roma, e incluso los lugares ubicados más allá del espacio y el tiempo de los hombres, «el cielo, el infierno y el purgatorio», siempre presentes en las oraciones de los fieles. La presencia simultánea de estos espacios en la conciencia comunitaria es muy importante porque permite visualizar las rutas de comunicación cultural entre estas localidades aparentemente marginadas y las capitales donde se definieron los «proyectos hegemónicos» del clero.

En apretada síntesis, podría decirse que el libro está compuesto de dos grandes partes. La primera está dedicada a presentar los proyectos de reforma impulsados por el Episcopado y la Santa Sede durante el último tercio del sigloXIX y el primero delXX. En este apartado destaca el protagonismo de los tres arzobispos —Pedro Loza y Pardavé (1869-1898), José de Jesús Ortiz (1902-1912) y Francisco Orozco y Jiménez (1913-1936)— que guiaron los procesos de reconstrucción institucional de la Iglesia y de recuperación espiritual del espacio público en la arquidiócesis de Guadalajara. A grandes rasgos, la política seguida por estos prelados consistió, primero, en una reorganización administrativa de la arquidiócesis y en un esfuerzo notable por mejorar la formación y disciplina de los sacerdotes, de quienes se esperaba una lealtad cada vez mayor a sus superiores y al Papa. A la par de lo anterior, los tres arzobispos también impulsaron la movilización de los laicos a través de un amplio abanico de instituciones y organizaciones que permitirían a la Iglesia restaurar los valores y las costumbres cristianas en la sociedad, es decir, escuelas, editoriales, periódicos, asociaciones devocionales, asilos, orfanatos, hospitales, círculos obreros, etc. Si bien este proyecto restaurador había enfatizado inicialmente la reforma espiritual de los fieles, para comienzos del sigloXX se había transformado en un ambicioso proyecto de «restaurar todo en Cristo» y convertir a México en una nación integralmente católica.

La segunda parte del libro es la más interesante y original porque aborda justamente el problema de la recepción social de estos proyectos en las cinco parroquias estudiadas. La pregunta que orienta este apartado es muy sencilla de formular pero difícil de responder: ¿qué factores explican el éxito del proyecto de restauración católica a nivel local? ¿Se trató de una respuesta previsible por parte de un pueblo tradicionalista y adormilado, o estamos más bien frente a un fenómeno complejo que obedecía a distintas variables y circunstancias? Para analizar este problema, Eduardo Camacho reconstruye primero la historia social, demográfica, económica y política de las cinco parroquias y a continuación compara sistemáticamente la experiencia de los proyectos eclesiales en cada una de ellas, lo cual le permite distinguir con mayor precisión cuáles fueron las condiciones bajo las cuales floreció el modelo de sociedad católica impulsado por la jerarquía eclesiástica. Sobra decir que un análisis de esta naturaleza requiere de una investigación profunda en los archivos parroquiales y diocesanos donde se conservan los testimonios cotidianos de la relación entre el clero y la feligresía. En este sentido, resulta particularmente atractivo el uso de 300 exvotos resguardados en el santuario del Señor de los Rayos en Temastián, los mismos que permiten apreciar gráficamente los desafíos que enfrentaban cotidianamente los campesinos y el modo en que la religión les permitió dotar de significado y sentido a una realidad muy ardua.

No es lugar de referir con detalle cada uno de los muchos hallazgos del autor, para lo cual refiero a la lectura directa de la obra, pero sí me atrevo a subrayar algunas observaciones importantes que se desprenden de la comparación entre las cinco parroquias. La primera es la notable correlación entre el éxito de los proyectos eclesiales y la presencia, continuidad y tamaño del clero parroquial. Los párrocos y curas de la región, en efecto, no eran solamente los principales mediadores cotidianos entre lo sagrado y lo profano, sino también entre los grandes programas episcopales y los múltiples espacios comunitarios en que estos debían realizarse. Eran los sacerdotes quienes debían atender primero las necesidades espirituales de los fieles y apoyar y vigilar sus organizaciones, y su liderazgo efectivo era crucial para introducir nuevas devociones, mantener la cohesión de las comunidades y reformar las prácticas que no se ajustaban bien a la religiosidad sacramental y ortodoxa promovida desde Roma. El caso de Totatiche ilustra muy bien esta correlación paradójica: según demuestra el autor, fue en esta parroquia donde la Iglesia «tuvo mayor éxito en la organización y participación de los laicos», precisamente gracias «al trabajo continuo del párroco y al apoyo de una cantidad de sacerdotes inusualmente numerosa», así como a la fundación en 1915 de un Seminario Auxiliar que surtió a esta y otras parroquias con «un liderazgo joven, bien formado y comprometido, que influyó en el resto de la sociedad».

La siguiente observación tiene que ver con tres factores que favorecían la receptividad de la población a los proyectos de reforma eclesial. En primer lugar, el control de la religiosidad popular fue más fácil en aquellos lugares donde la desamortización había permitido el surgimiento de una clase de rancheros y pequeños propietarios ajenos a las viejas «tradiciones organizativas» de las comunidades indígenas, las cuales se habían caracterizado históricamente por su autonomía y su consecuente rechazo a la intervención clerical. En segundo lugar, subraya el autor, los pueblos aceptaron someterse a las reformas administrativas de la Iglesia porque estas no solo aseguraban la presencia permanente del «alimento espiritual» administrado por los sacerdotes, sino también porque significaban una oportunidad para acrecentar la jerarquía de sus localidades en el entramado regional: para una pequeña población, convertirse en vicaría o parroquia solía traer consigo ventajas económicas, autonomía frente a los pueblos vecinos, y, eventualmente, mayor poder político. Por último, las poblaciones se sumaron a los proyectos eclesiales en la medida en que el renacimiento de las parroquias y el impulso a nuevas asociaciones piadosas dotó a los feligreses de un profundo sentido de pertenencia y de nuevos espacios de expresión, participación y organización social, cosa que el Estado nunca logró hacer con el mismo éxito.

La tercera y última observación que se desprende del trabajo de Eduardo Camacho es que el actuar del Estado sí tuvo repercusiones en el desarrollo de los proyectos eclesiales, a veces como un obstáculo y muchas otras como un refuerzo —consciente o involuntario— de la labor clerical. Camacho presenta al Estado como portador de otro proyecto hegemónico, que primero durante los años de la Reforma liberal y más tarde durante la Revolución mexicana se enfrentó abiertamente con la Iglesia en el marco de una verdadera «lucha por las conciencias». Dicho esto, lo más sugerente de su análisis del conflicto Iglesia-Estado es la sensibilidad a las circunstancias, personalidades y experiencias locales, las cuales fueron decisivas al momento de negociar la convivencia cotidiana entre las autoridades civiles y las eclesiásticas. Si bien hubo períodos de inconfundible anticlericalismo, también los hubo de colaboración abierta: el autor cita varios ejemplos de alcaldes y párrocos trabajando conjuntamente para resolver problemas de las comunidades, e incluso de alcaldes que, además de tolerar actos religiosos fuera de los templos, apoyaban económicamente a los curas de su demarcación. Paradójicamente, durante los años de conflicto la persecución oficial también ayudó a la Iglesia al fortalecer las devociones locales y la lealtad popular hacia los curas.

Sería necesario un ensayo más amplio para dar cuenta de toda la riqueza contenida en esta obra, la cual será de consulta obligada no solo para los especialistas en las historias de Jalisco y de la arquidiócesis de Guadalajara, sino también para quienes están interesados en una «historia total» del fenómeno religioso, que atienda simultáneamente a sus dimensiones locales y globales, así como a sus expresiones institucionales, comunitarias e individuales. Ojalá y más estudiosos se acerquen a la historia de la Iglesia católica desde la experiencia parroquial, que es finalmente el punto donde se encuentran las grandes directrices eclesiales con las vivencias, circunstancias, sufrimientos y deseos del pueblo creyente. Si algo enseña este libro es que la Iglesia es mucho más que estructuras e ideologías clericales. Al igual que sucede con la historia del Estado, la historia de la Iglesia no es la de un Leviatán religioso que impone sus proyectos a una feligresía pasiva e incapaz de resistir sus anatemas, tal como pretende hacernos creer el anticlericalismo más rancio. Esta historia es, más bien, la de una comunidad formada en difíciles procesos de acomodo y negociación, que se convierte en una realidad fecunda, capaz de transformar vidas e incidir en la sociedad circundante, cuando acepta que sus hijos más pequeños son también agentes de su gran historia.

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