Aunque los términos frágil y fragilidad empezaron a formar parte del lenguaje de los geriatras hace más de 30 años1, estos términos se están incorporando al lenguaje de enfermeras y médicos de cuidados intensivos, en referencia a la situación basal del paciente crítico de cualquier edad.
El término fragilidad se utiliza para referirse a algo delicado o quebradizo. Cuando lo aplicamos a las personas, el concepto de fragilidad más utilizado es el relacionado con la fragilidad física, pero también existe una fragilidad mental2, social o económica3. Evidentemente, todas estas perspectivas de la fragilidad están muy relacionadas, pero la más estudiada, a la que nos referimos los profesionales de la salud cuando se habla de una persona frágil, es a la primera.
A pesar de no existir una definición de consenso, la fragilidad física puede considerarse como la expresión del deterioro del organismo como consecuencia de la edad4 o la mayor vulnerabilidad de las personas en las que acontecimientos aparentemente banales (un medicamento nuevo, una infección o procedimiento quirúrgico menor) puede condicionar una evolución clínica desfavorable5. La fragilidad en adultos mayores es un factor de riesgo de mortalidad, estancia hospitalaria prolongada y deterioro funcional al alta6, pero también es un factor de riesgo de eventos adversos en pacientes jóvenes7, y de mala evolución en pacientes quirúrgicos8. Ni todos los ancianos son frágiles ni todos los frágiles son ancianos.
La prevalencia de la fragilidad es difícil de determinar, debido a la multitud de escalas existentes, las diferentes poblaciones estudiadas, la edad o el sexo9. En el presente número de la revista se publica un interesante artículo multicéntrico de colaboración, con la participación de 5 unidades de cuidados intensivos españolas, en él se describe una prevalencia de fragilidad del 23%, objetivándose como los pacientes frágiles presentaron un mayor grado de dependencia al alta hospitalaria10. En este deterioro funcional intervienen posiblemente diferentes factores, las secuelas físicas son más evidentes, aunque también se ha observado una peor situación funcional derivada del deterioro cognitivo y psicológico y una peor calidad de vida mental de los pacientes frágiles al alta de la uci11.
Por ello, es relevante la investigación sobre la fragilidad de los pacientes que ingresan en cuidados intensivos porque el envejecimiento poblacional es un hecho, la edad media de los pacientes que ingresan en las unidades de cuidados intensivos también aumenta, ello se asocia a un aumento en pacientes con comorbilidades y es previsible que las condiciones de salud al alta puedan empeorar, con respecto a las previas del ingreso.
Los avances tecnológicos que hemos vivido en las UCI en los últimos 50 años, han aumentado la supervivencia de los pacientes que ingresan en intensivos, pero también han condicionado la aparición de nuevas entidades (paciente crítico crónico, síndrome potsuci) con secuelas hasta el año del alta del hospital12. Los pacientes frágiles tienen mayor riesgo de desarrollar síndrome postuci, que los pacientes no frágiles13. Por todos esos motivos, debemos considerar prioritario cómo afrontar el ingreso de personas frágiles o prefrágiles en la UCI, ser honestos con los pacientes y sus familias y respetuosos con sus decisiones de vida al tomar una decisión reflexiva sobre el ingreso o pronóstico y valorar su situación física basal para adecuar sus cuidados14.
Cuando un paciente ingresa en la UCI, es importante que los cuidados enfermeros no se basen únicamente en la perspectiva de supervivencia. Los cuidados deben favorecer la recuperación de su situación física y la calidad de vida previas al ingreso, se deben adecuar a las necesidades actuales y futuras. La recuperación física de un paciente frágil será más lenta y tortuosa y comienza en intensivos.
Sin duda, el primer paso para la prevención y tratamiento de la fragilidad es su valoración. Se han desarrollado casi 70 escalas para identificar la fragilidad física, psicológica o social15 y ninguna puede considerarse el gold estándar. Existen escalas que evalúan la fragilidad globalmente, otras para pacientes con diversas enfermedades, algunos países han desarrollado su propia escala y otros han traducido escalas ya desarrolladas para ser implementadas en su país. No todas las escalas son válidas para todos los ámbitos, una escala puede ser utilizada en atención primaria pero no podrá ser implementada para evaluar la fragilidad de un paciente cuando ingresa en intensivos. En la UCI se precisan escalas sencillas y rápidas de implementar, que no precisen pruebas físicas y que puedan ser aplicadas con la información proporcionada por familiares y/o por la historia clínica. Dos de las escalas más utilizadas en intensivos son la Clinical Frailty Scale y la FRAIL Scale que están adaptadas al español en una población de pacientes críticos y pueden ser aplicadas por enfermeras o médicos de cuidados intensivos sin entrenamiento previo16,17.
La fragilidad física puede prevenirse, puede tratarse y puede revertirse o atenuarse18. Los profesionales de la salud (enfermeras, médicos, fisioterapeutas, psicólogos, logopedas) debemos detectarlo lo antes posible y adecuar el tratamiento (farmacológico y no farmacológico) de forma individualizada, junto con la familia y/o cuidadores.


