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Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica
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Vol. 23. Núm. 1.
Páginas 49 (Enero 2005)
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Vol. 23. Núm. 1.
Páginas 49 (Enero 2005)
DOI: 10.1157/13070415
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José María Alés Reinlein
José María Alés Reinlein
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ML. Fernández Guerreroa
a Fundaci??n Jim??nez D??az, Madrid
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La muerte de don José María Alés Reinlein el pasado 7 de agosto cierra una página, quizá la más brillante, de la historia de la Fundación Jiménez Díaz. Desaparecidos Ochoa, Grande, Paniagua, Barreda, Miñón, López García, Vivanco y Perianes, últimos supervivientes de la primera generación de discípulos de don Carlos, el Dr. Alés constituía la memoria viva de toda una época, la conciencia lúcida de un nutrido grupo de personas irrepetibles, que iniciaron en los años 1940 la modernización más audaz de la medicina española. Con Alés se desvanece también una original generación de microbiólogos hospitalarios que pretendieron con éxito influir en la práctica clínica por el mejor interés de los enfermos.

No es mi propósito destacar aquí la enorme valía profesional y los logros científicos de don José. Modestamente pienso que el mejor homenaje que podría tributarle es recordar, emocionadamente, algunos aspectos de su vida contados por él mismo a lo largo de los años en que me distinguió con su amistad.

Nacido en 1909, perteneció a la segunda promoción de alumnos de don Carlos y formó parte del selecto núcleo de iniciadores del Instituto de Investigaciones Clínicas y Médicas, creado por Jiménez Díaz antes de la guerra civil. Padeció la contienda en Madrid, trabajando con otros médicos del instituto en el Hospital Ada de la Fuente en Chamartín, donde tuvo la oportunidad de observar casos de tifus exantemático, fiebre tifoidea, tuberculosis, piodermas y otras infecciones. En la posguerra reinició sus trabajos e investigaciones bacteriológicas junto a "su querido jefe" don Emilio Arjona, en expresión del propio don Carlos "un clínico fino y penetrante, de cabeza clara y bien organizada". Siempre me llamó poderosamente la atención el fervor y el cariño con el que don José Alés le recordaba guardando en una caja acristalada sus robustas gafas, su asa y su lupa. De esta época son los viajes por la provincia de Toledo estudiando sobre el terreno la epidemia de latirismo que como consecuencia de la pobre y monótona alimentación con harina de almortas se observó en la zona; la pesca de "colillas con bastón" junto a Paniagua para su ulterior lavado y secado y poder fumar en un Madrid paupérrimo; la aventura de conseguir penicilina de contrabando en Chicote para tratar la grave neumonía que sufrió don Carlos; los viajes de vacaciones en motocicleta en los que ejercía de "secretario" del apócrifo "Duque de la Cornamusa" quien no era otro que su amigo Paco Vivanco. Resulta irónico recordar que era él el verdadero aristócrata, el marqués de Altagracia, título del que nunca hizo ostentación.

Sé que durante aquellos duros años de penuria cedía parte de su trabajo e ingresos a un buen amigo, con el que vivió momentos dramáticos durante la guerra. La generosidad, la compasión y el sentido profundo de la justicia le acompañaron en toda su extensa vida. Otra infrecuente virtud le era propia: la amplitud de miras. Valoraba justamente el trabajo de los demás; siempre abierto a las nuevas ideas, estimulaba incesantemente a los más jóvenes y carecía de eso que podemos llamar recelo. Así fue posible el desarrollo en nuestro hospital, pionero en tantas cosas, de la Inmunología de la mano de uno de sus primeros discípulos, Fernando Ortiz. Personalmente siempre me sentí apoyado por él, cosa relevante en una época en la que ser un free-lance de las Enfermedades Infecciosas era recorrer un camino pedregoso lleno de obstáculos. Aún recuerdo con cariño el tiempo en que empecé a frecuentar su laboratorio. Uno de aquellos primeros días me obsequió con un ejemplar de Los cazadores de microbios, el delicioso libro de Paul de Kruif, que me introdujo en lo que sería después la aventura profesional de mi vida. Sin duda sabía persuadir y alentar con bondad, respetuosamente, sin intimidar.

El Dr. Alés dedicó toda su vida a continuar la obra de Jiménez Díaz: en síntesis, practicar una buena medicina, investigar problemas clínicos y enseñar el arte a los más jóvenes. Tengo la convicción de que renunció al calor y a la seguridad de una familia para poder dedicarse plenamente a esta noble actividad. Pero también supo disfrutar de la vida. La amistad, la lectura, la música, la conversación y el disfrute de la naturaleza ocuparon sus momentos de esparcimiento. Le gustaban los animales y los árboles, a los que "visitaba" con frecuencia, incluso al final de su vida, en el parque del Oeste. Tuvo perros, caballos e incluso gallinas, cuyos huevos empleaba en la cocina del laboratorio para fabricar un Löwenstein muy especial, que quién sabe, tal vez hasta mejoraba el aislamiento de los bacilos tuberculosos.

¿Qué pudo mover a don José y a los hombres de su tiempo a conducir sus vidas de esta forma? Desde luego no fue la vanidad ni el interés. En mi sentir, eran médicos que actuaban por patriotismo con ansia de honrar a su país; por un amor a España que se expresaba en hacer bien su trabajo y abrir nuevos horizontes a las futuras generaciones. Ese era el auténtico espíritu de don Carlos tantas veces invocado. En sus propias palabras: "la fuerza de impulsión ha estado en la sinceridad del deseo que nos ha movido con incansable tenacidad durante una gran parte de nuestra vida". Nosotros, infectólogos y microbiólogos españoles, somos herederos de esa tradición, pertenecemos a esas generaciones a las que ellos abrieron el camino.

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