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Vol. 70. Núm. 4.
Páginas 141-142 (Julio - Agosto 2018)
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Vol. 70. Núm. 4.
Páginas 141-142 (Julio - Agosto 2018)
Editorial
DOI: 10.1016/j.angio.2018.01.002
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La formación, la industria y las sociedades científicas
Training, industry, and the scientific societies
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J.A. González-Fajardo
Servicio de Angiología y Cirugía Vascular, Hospital Universitario 12 Octubre, Madrid, España
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En cirugía, el error técnico es la mayor causa de eventos adversos prevenibles. Con el fin de prevenir estos errores, es necesario tener una buena formación que permita al cirujano el acceso a la formación continuada y a las nuevas tecnologías.

La educación quirúrgica en el pasado ha consistido en métodos habituales como los libros, las revistas, los cursos didácticos de formación y un aprendizaje mediante la tutorización de conocimientos y habilidades adquiridas en unidades acreditadas. El advenimiento de Internet ha roto estas formas y acceso a la información desde sitios remotos. Ya no es necesario viajar o trasladarse a centros de reconocido prestigio o experiencia para adquirir habilidades o saber cómo se hacen las cosas.

El aprendizaje a distancia (módulos audiovisuales, vídeos…) ha permitido que se convierta en una herramienta de conocimiento lejana del instructor e independiente para el receptor que lo adapta a sus necesidades. Las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) son incuestionables y forman parte de la cultura que nos rodea y con la que debemos convivir. Su capacidad de adaptación inmediata hace que los libros, incluso siendo excelentes, queden obsoletos durante el proceso editorial. Estas modalidades, sin embargo, requieren de inversión y de tiempo, pero también de fiabilidad.

Las sociedades científicas deberían cubrir y adaptarse a esta nueva realidad, siendo garantes de certidumbre, de una información basada en evidencia, de una formación donde se diga cómo se hace y qué material se necesita, permitiendo así el desarrollo en estos nuevos campos. El Sistema Nacional de Salud, es cierto, que no soporta esa formación y que dependemos de la industria y su ayuda a eventos y reuniones científicas. Pero no deberíamos quedar a merced únicamente de ella que prioriza con desmedida el beneficio, aunque sea a costa de precios injustificables y resultados muchas veces dudosos y sin suficiente evidencia científica que los soporte.

En el inevitable proceso de evolución a la cirugía endovascular deberíamos sopesar el papel mediático desmedido de la industria. Los organizadores de eventos se rinden a la promoción de productos sin que exista un elemento crítico.

El peso de la industria, indispensable para la organización de eventos, llega a controlar paneles de ponentes en función de los contratos de asesores, proctors y ventas más que de opinión. Todo esto hace que esté cambiando el perfil de las reuniones científicas hasta convertir algunos congresos de gran impacto internacional (científico/comercial) en auténticas «ferias de muestras».

No debería ser la industria únicamente quien diga lo que es bueno, o que nos «vendamos» a sus intereses por su proyección mediática. La cirugía se practica porque de ella se deriva, según la lex artis, un beneficio, pues de otro modo no deberíamos hacerla. Pero el dominio de la cirugía se asienta en fundamentos biológicos de la enfermedad y en el reconocimiento de la agresión que provocamos. Es este apartado de conocimiento lo que debería establecer las indicaciones y contraindicaciones propias de cada técnica, los riesgos y los beneficios, las complicaciones y las terapias alternativas. Es todo ese conjunto de medidas lo que puede y debe diferenciar un cirujano vascular de un técnico intervencionista. No solo se tratan imágenes, sino que se atienden a pacientes: se les ve, se les diagnostica, se les trata, se les sigue y se les previene.

Las sociedades científicas deberían llenar ese hueco de formación y educación mediante cursos, simposios, talleres prácticos… que sean garantes de información veraz y den un poco de luz en la complejidad tecnológica de estos procedimientos. La innovación quirúrgica debería contar, por tanto, con una juiciosa valoración y no solo con el reclamo publicitario de la industria.

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