Desde el inicio de la radiología, con los rayos X, ha sido imprescindible el conocimiento simultáneo de medicina y tecnología para poder interpretar de forma eficaz la imagen radiológica, conjuntamente con la historia clínica. Los avances tecnológicos han proporcionado la disponibilidad actual de distintas y múltiples técnicas de imagen, cada vez con mayor complejidad en su funcionamiento. La propia evolución y la revolución tecnológica han llevado a que, desde la simple información morfológica-anatómica de la imagen en sus inicios, en la actualidad pueda disponerse además de información funcional, molecular o cuantitativa, y que sea necesario posprocesar toda esta información. La correcta integración de la información proporcionada por la tecnología de la imagen y el conocimiento clínico de las enfermedades permite obtener una interpretación y un manejo de los pacientes más eficaz. Conseguir este objetivo con los recursos y las herramientas tecnológicas de que dispone el radiólogo requiere preparación, habilidad y conocimiento en los ámbitos clínico y tecnológico.
La deficiencia en uno de estos pilares, el clínico o el tecnológico, en relación a habilidad y conocimiento supone una incompetencia profesional. Es decir, hoy en día, la competencia del radiólogo precisa un conocimiento integrado de la tecnología y de la imagen clínica. Un radiólogo con grandes habilidades tecnológicas y déficit clínico no puede ser un radiólogo competente; y de la misma forma, un radiólogo con grandes conocimientos teóricos y clínicos de la imagen, pero con déficit de habilidad tecnológica, tampoco es competente.
Existe una necesidad de formación en el manejo y en el conocimiento tecnológico de las distintas técnicas para poder optimizar y mejorar nuestras habilidades como especialistas clínicos en imagen. En general existe suficiente formación teórica como especialistas clínicos en imagen, pero no así en la técnica. Es imprescindible que el residente o el radiólogo se impliquen y dediquen tiempo a manejar y conocer las distintas técnicas, sobre todo aquellas de tanta complejidad como la resonancia magnética (RM). No es casualidad que en el año 2003 se concediera el Premio Nobel de Medicina a los avances de la técnica de RM. El radiólogo debe conocer el potencial y los recursos que pueden proporcionarle las distintas técnicas, y ser capaz de dirigir de la manera más óptima las exploraciones para interpretar la información y poder responder a las preguntas que el clínico realiza en su solicitud, de la forma más eficaz. Para ello debemos dedicar tiempo en la sala técnica conjuntamente al técnico, para conocer y dirigir estas exploraciones de la manera más óptima y utilizando las mejores técnicas y los recursos que hoy en día nos proporcionan los avances tecnológicos.
Es imprescindible que el radiólogo se implique en el conocimiento y el manejo de la tecnología avanzada en todos los ámbitos, desde la competencia clínica y docente hasta especialmente en la investigación, para que mejoremos nuestra capacidad de decisión en la medicina actual. Debemos ser conscientes del cambio de paradigma de la radiología: de especialistas en imagen a especialistas clínicos en imagen. Para ello tenemos que formarnos en todos los ámbitos, desde el conocimiento y la habilidad técnica hasta el conocimiento de las enfermedades, así como estar involucrados en investigar en estos mismos ámbitos. Es necesario que podamos dedicar tiempo a valorar, estudiar e investigar de qué modo podemos mejorar la atención a los pacientes con la cantidad de información que los recursos tecnológicos nos permiten ofrecer.
Esta necesidad de formación tecnológica no está exenta de dificultades, en especial por el progresivo aumento de la carga asistencial que conlleva la propia evolución tecnológica, debiendo realizar más análisis de datos en el mismo tiempo, lo que supone disponer de menos tiempo para dedicar al manejo tecnológico. A pesar de ello, debemos ser conscientes de que el déficit en formación tecnológica supone ofrecer información menos eficaz para los pacientes, que la tecnología sí nos permite ofrecer. No olvidemos que somos especialistas clínicos de imagen y no simples especialistas de imagen. Es decir, nuestro objetivo es el paciente, no solo la imagen. No hay imagen sin paciente (y hoy en día casi no hay paciente sin imagen), y el radiólogo es el responsable de ofrecer la información clínico-tecnológica de imagen más eficaz para el paciente, porque es quien debe conocer mejor la integración de la técnica y la clínica. Este es nuestro potencial como especialistas clínicos en imagen y debe diferenciarnos de otras especialidades que quieren o asumen distintas técnicas de imagen: el valor diferencial de nuestra mejor formación tecnológica combinada con la formación clínica.
Es imprescindible que sepamos integrar y adaptarnos a la mejor simbiosis clínico-tecnológica si queremos que la radiología y el radiólogo mantengan y mejoren su papel fundamental e influyente en las decisiones clínicas que la medicina actual requiere.
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