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Inicio Neurología Argentina Y tú, ¿eres prescriptivista o descriptivista?
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Vol. 8. Núm. 2.
Páginas 140-142 (Abril - Junio 2016)
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Vol. 8. Núm. 2.
Páginas 140-142 (Abril - Junio 2016)
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DOI: 10.1016/j.neuarg.2016.04.003
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Y tú, ¿eres prescriptivista o descriptivista?
And what about you?… Are you a prescriptivist or a descriptivist?
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Gabriela Ortiza,
Autor para correspondencia
gabriela@mgo-traducciones.com.ar

Autor para correspondencia.
, Pablo Mugüerzab
a Traductora y correctora independiente de inglés, alemán y latín a español en MGO-Traducciones, Buenos Aires, Argentina. Correctora de los textos en inglés de la revista Neurología Argentina
b Médico y traductor y revisor de inglés a español especializado en medicina, Valladolid, España
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Preámbulo

Al autor que nos ocupa, Steven Pinker, como a los autores de esta reseña, le encantan los manuales de estilo. Si Pinker tuviera que elegir uno, probablemente se quedaría con el superclásico The elements of style de Strunk y White, y por eso abre el prólogo con el principal consejo (que hace el número 13 de un total de 18) que se da en ese libro: «Omit needless words» (omite las palabras innecesarias).

Conviene no demorar ni una frase más para dejarle claro al lector 2 de los conceptos que dominan este ejemplar: el prescriptivismo y el descriptivismo. La norma y el uso, para entendernos. El eterno debate.

The sense está pensado para ayudar a escribir con estilo… en inglés. Reivindicamos que algunas facetas del estilo a la hora de escribir son comunes a todas las lenguas, o al menos algunas de las que conocemos nosotros. Por eso en esta reseña el lector encontrará solo aquellas recomendaciones de estilo de Pinker que, en nuestra opinión, son también válidas para el español.

Capítulo 1: Good writing (La buena redacción)

«La buena redacción comienza de manera poderosa». Así planta Pinker la bandera del primer capítulo del libro que reseñamos.

Un buen redactor es un lector ávido que, mientras lee, absorbe palabras, giros, construcciones, tópicos, trucos retóricos, y la sensibilidad de notar cómo estos encajan y cómo rechinan. Es lo que Pinker denomina el «oído» del buen redactor.

Como una suerte de mapa rutero, Pinker nos va señalando el camino: el buen redactor evita los clichés; insiste en la novedad; prefiere imágenes concretas a resúmenes abstractos; presta atención al punto de vista del lector; siembra palabras y frases no habituales en el telón de sustantivos y verbos comunes; se vale de la sintaxis paralela; no olvida la sorpresa planificada; no abandona la métrica y el sonido que resuenan con el significado y el humor.

Tal vez para aplicar su propio consejo —y desdecir eso del cuchillo de palo— Pinker lanza una máxima inesperada en este contexto: un buen redactor no esconde la pasión y el regodeo que lo motivan a contar sobre el tema que domina. No escribe porque tiene algo importante para demostrar; escribe porque tiene algo importante para decir.

Capítulo 2: A Window onto the word (Una ventana que da al mundo)

Pinker se sabe bien su propia lección y abre el capítulo con una frase impactante: «Escribir es antinatural».

En este capítulo se explica y se desarrolla la definición del estilo clásico (classic style) según Thomas y Turner, autores de un libro al que obviamente Pinker respeta mucho: Clear and simple as the truth, que aprovechamos para recomendar nosotros también («por sí sola, la exactitud se convierte en pedantería»). Según Pinker, el objetivo del estilo clásico es que parezca que las ideas del escritor estaban formadas íntegramente antes de que él las arrope con palabras. Exhorta al escritor a utilizar expresiones como «en otras palabras», que permiten mostrar una misma idea desde otro punto de vista. Repudia el uso de las comillas en el estilo clásico: «si no te sientes cómodo utilizando una expresión sin las comillas, mejor no la uses». Recomienda «evitar los clichés como la peste» y abomina de las pasivas innecesarias.

El capítulo termina con un resumen de los hábitos de escritura que hacen pastosa la prosa, que aconseja evitar.

Capítulo 3: The curse of knowledge (La maldición del conocimiento)

En el capítulo 3, Pinker se pone sensacionalista. Sentencia de entrada que la principal causa de la prosa incomprensible es la dificultad para imaginar cómo se siente alguien que desconoce lo que uno sabe. A esto él lo denomina la «maldición del conocimiento» (the curse of knowledge), un concepto que toma prestado de la economía.

Con este argumento, Pinker echa por tierra 2 mitos comunes en la comunidad académica: a) los seudointelectuales gustan de la palabrería oscura para esconder que no tienen nada que decir, y b) a los académicos no les queda otra que escribir mal porque los cancerberos de las publicaciones científicas y de las editoriales universitarias insisten en el uso del lenguaje pomposo como una salvaguardia de la seriedad.

Un redactor dispuesto a quebrar la maldición debe escapar de las trampas comunes que ella presenta. Abreviaturas, jerga y términos técnicos nunca faltan de cualquier lista de consejos para redactores. El giro que Pinker le da a este tema nos llama a la reflexión. Si el redactor no se sensibiliza ante ellos porque está convencido de que toda la humanidad pertenece a su club exclusivo, al menos que lo haga para multiplicar la cantidad de posibles lectores para su manuscrito. No es cuestión de ser magnánimo sino considerado.

Si el redactor hechizado no actúa con mala fe ni deliberadamente, ¿qué mecanismos inconscientes entran en juego? Según Pinker y los postulados de la psicología cognitiva uno de ellos es la fijación funcional (functional fixity or fixedness): a medida que nos familiarizamos con algo, pensamos más en términos de cómo lo usamos y menos en términos de cómo luce. El otro mecanismo es la aglomeración (chunking): como la memoria operativa de los seres humanos solo puede procesar unos pocos conceptos al mismo tiempo (antes se consideraba que 7, pero últimamente se determinó que son 3 o 4), la mente los aglomera en paquetes e, independientemente de la cantidad de información que cada uno de estos paquetes contenga, cada uno de ellos ocupa una ranura en el cerebro. Con el tiempo y el aprendizaje, estos paquetes a su vez se van a agrupando en paquetes cada vez más grandes.

¿Qué cómo se rompe esta maldición? No es posible hacerlo sin ayuda; necesitamos un revisor. Si la redacción es nuestra profesión, el revisor es imprescindible. También Pinker nos aconseja presentar el borrador a un grupo de lectores similar a nuestros destinatarios, y a nosotros mismos. De todos modos, la idea no es incorporar irreflexivamente todo lo que nos aconsejen los lectores, el revisor o nuestra propia autocrítica. El arte se domina cuando más que saber cuánto redactar, uno sabe cuánto revisar.

Capítulo 4: The web, the tree and the string (La web, el árbol y la cuerda), o un poco de sensibilidad sintáctica nunca viene mal (a bit of syntactic awareness can help you out)

Cuando uno escribe, aunque sea bajo el influjo de la maldición del conocimiento, quiere que lo entiendan.

En este capítulo, Pinker explica cómo la gramática, y en particular la sintaxis, pueden ayudarnos a evitar confusiones, ambigüedades y embrollos varios.

Antes de que huyan los lectores que encuentran que la gramática es el epítome del aburrimiento, Pinker explica que todo ser alfabetizado usa las reglas de la gramática de su idioma desde los 2 años de edad. La cuestión es pensar en la gramática conscientemente.

La sintaxis es el código que traduce una red de relaciones conceptuales tejida en la mente a un orden de antes-después en la boca y de izquierda-derecha en la página, si escribimos en inglés y en español. Así, un árbol de frases decanta en una red de pensamientos y, a su vez, en una cadena de palabras.

Un buen redactor debe asegurarse de que el lector pueda recuperar todas las ramas del árbol. Para hacerlo, el lector deberá completar dos operaciones: encontrar las ramas correctas (parsing) y mantenerlas en la memoria el tiempo suficiente como para desentrañar el significado antes de que se fundan en la memoria a largo plazo. A medida que el lector recorre la oración, no solo enhebra cada palabra en un collar mental, sino que también va reconstruyendo el árbol desde la raíz a las ramas.

Es esta doble demanda impuesta al lector la que justifica el mandamiento de «omitir las palabras innecesarias». «La brevedad es el alma de la inteligencia y de otras muchas virtudes de la escritura», dice Pinker. El quid de la cuestión es determinar qué palabras son innecesarias. La primera tentación es borrar cada palabra que suene redundante. Olvidemos todas las recetas para cocinar la oración más pulcra, más magra… y más insulsa. No es cuestión de longitud; es cuestión de geometría.

Pinker dedica varias páginas a esclarecer cómo las oraciones con una estructura volcada a la izquierda o central resultan difíciles de rearmar para el lector. Analiza ejemplos risueños para concluir que el problema radica en que el orden en que los pensamientos se le ocurren al escritor es distinto del orden en el que el lector los recupera. Estamos ante la manifestación sintáctica de la maldición del conocimiento. Como el redactor ve las relaciones entre las ideas en su cabeza, olvida que el lector debe reconstruirlas.

Un truco para comprobar si hemos escrito un galimatías es susurrar lo que acabamos de redactar. Técnicamente esto se conoce como subvocalización y ayuda también a detectar cacofonías y otros defectos involuntarios de la pluma.

Ya en la última porción de este extenso capítulo (63 páginas), Pinker presenta las falencias que atentan contra la capacidad de reconstruir la estructura del árbol. Acude también al auxilio del lector perdido la puntuación. «Dominar las reglas básicas (de la puntuación) es un requisito no negociable para cualquiera que escriba», Pinker dixit.

El objetivo es cultivar en el que escribe la consciencia de que la gramática lo auxilia para codificar su red de ideas en una cadena de palabras sostenida por un árbol de frases.

Capítulo 5: Arcs of coherence (Arcos de coherencia)

Aunque todas las oraciones de un texto sean lúcidas, pulcras y con buena geometría, una sucesión de oraciones puede ser inarticulada, sin foco —en una palabra: incoherente.

Justamente a la coherencia le dedica Pinker este capítulo. Aquí es donde la estructura del árbol cobra especial importancia. Para el lector, cualquier oración que siga a otra guarda relación con la anterior. El consejo inicial es crear un boceto del texto para visualizar la jerarquía de los pensamientos y ordenarlos. El boceto también servirá para definir los cortes de párrafo.

Pinker retoma la idea del capítulo anterior y no escatima en comparaciones gráficas para que comprendamos su idea central: dentro de la cabeza del redactor, las conexiones entre sus ideas (los «arcos de coherencia», los llama) son claras. En el papel, pueden lucir como la maraña de cables que cuelga detrás de la mesa de la computadora.

La coherencia empieza porque el tema (topic) sea bien claro para el redactor y para el lector. El tema debe enunciarse sin mayores demoras en el manuscrito para que el lector reconstruya el contexto y complete el fondo. Luego debe enunciarse la cuestión (point). Un redactor debe tener algo sobre qué hablar y algo que decir.

La experiencia en la revisión de artículos científicos le sirve a Pinker para detectar algunos de los vicios más comunes de la redacción académica, en cuanto a coherencia se refiere, como el narcisismo profesional que lleva a creer que el lector está interesado hasta en los más mínimos desvíos y callejones sin salida de una investigación antes de enunciar el tema, la «variación elegante», los «monologófobos» y los «sinonimomaníacos».

Pinker se vale de la descripción de Hume en Investigación sobre el entendimiento humano de 1748. Según él, todas las ideas están conectadas por relaciones de semejanza, de contigüidad de tiempo y espacio, o de causa y efecto. Pinker nos remite a capítulos anteriores para mostrar cómo la sintaxis paralela y el uso de ciertos conectores pueden ayudar a reconstruir estos arcos de coherencia montados sobre las relaciones descriptas por Hume. Y, fiel a su estilo, evita las recetas prescriptivas para determinar cuándo es necesario usar conectores para guiar al lector por el recorrido del pensamiento del redactor. Determinar cuánto de un tema conoce el lector es una cuestión inherentemente intuitiva y es lo que distingue a un buen redactor. La única regla que enuncia es esta: «si dudas, conecta».

La coherencia es un aspecto demasiado importante como para agotarse en decisiones mecánicas y en la elección de los conectores adecuados. Depende de la proporción del texto. Depende de la sistematicidad temática. Depende —especialmente en inglés— del cuidado con el que el redactor haya planteado las negaciones.

Redactar un manuscrito coherente nada tiene que ver con hacer alarde de la propia erudición. Un texto coherente es una pieza de diseño. Como tal, no surge por accidente sino mediante el trazado de un plano, la atención al detalle y, sobre todo, gracias a un sentido de la armonía y del equilibrio.

Capítulo 6: Telling right from wrong (Distinguir lo que está bien de lo que está mal)

El objetivo del capítulo 6 es permitir al lector que razone una forma personal de evitar los principales errores gramaticales, de elección de términos y de puntuación. Esto no es contradictorio con el mensaje del libro. Veamos por qué.

Dice Pinker que todo es falso en la historia que empieza por «Hubo un tiempo en el que la gente se preocupaba por escribir bien. Consultaban diccionarios redactados por prescriptivistas (…), quienes decidían sobre el uso correcto de las palabras. Pero en la década de 1960 llegaron los descriptivistas, quienes abogaron por que cada uno escribiera como quisiera».

Si 9 décimas partes de los hablantes de un idioma utilizan un término de forma incorrecta, eso quiere decir que la otra décima parte lo utiliza de forma correcta, y ambas deben estar en los diccionarios. Pero no hay guerra entre prescriptivistas y descriptivistas. No es verdad que si un gramático de un bando tiene razón el del otro no la tiene.

La clave está en darse cuenta de que las normas sobre el uso del lenguaje son convenciones tácitas: nadie decidió que piercing era correcto en inglés en la década de 1990; simplemente arrasó en el lenguaje y en los lóbulos, labios y otros apéndices de los usuarios.

Según Pinker, las razones para obedecer determinadas reglas son: 1) dar motivos de confianza en que el escritor tiene antecedentes de haber leído el idioma en el que ha escrito y de que le ha dedicado toda su atención; 2) poner en práctica la coherencia gramatical, y 3) ratificar determinada actitud hacia el lenguaje.

Terminemos con una cita del libro de Strunk:

«Se observa desde antiguo que, en ocasiones, los mejores escritores no tienen en cuenta las normas de la retórica. Pero cuando así actúan, por lo general el lector encontrará en la frase algún mérito que compense el precio pagado por la transgresión».

En otras palabras, si decides saltarte una norma lingüística, debes conocerla muy bien y compensar de ello al lector con algo en tu escritura que justifique la transgresión.

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