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Vol. 12. Núm. 1.
Páginas 1-3 (Enero - Marzo 2020)
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Vol. 12. Núm. 1.
Páginas 1-3 (Enero - Marzo 2020)
Editorial
DOI: 10.1016/j.neuarg.2020.01.001
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Inteligencia artificial: ¿por qué no puede ser?
Artificial intelligence: why can’t it happen?
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María Dolores Calabria Gallego
Autor para correspondencia
mdcalabria@gmail.com

Autor para correspondencia.
Servicio de Neurología. Complejo Asistencial Universitario de Salamanca. Salamanca (Castilla y León, España)
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La fiebre de la inteligencia artificial parece no tener límite. A pesar de ser una expresión que data nada más y nada menos que del año 1 9561, el interés no va aminorándose con los años, sino, al contrario, casi de forma paralela al mayor desarrollo y avance tecnológico y computacional, se va generando más y más emoción al respecto. Lo que en aquellos lejanos años cincuenta parecía propio de un relato de ciencia ficción propio del gran Asimov, pero poco creíble en un mundo real, en nuestros días tiene grandes defensores que pelean intelectualmente para demostrar la posibilidad de que las máquinas no sólo adquieran toda capacidad humana, sino que incluso nos superen.

A pesar del pronunciado debate, que, como todo gran debate, nunca tendrá fin, hay una serie de ideas que quizá se nos estén pasando por alto.

Es indudable que una máquina es capaz de sumar, de restar, de hacer miles de operaciones matemáticas de manera casi instantánea. Es verdad que una máquina puede superar a cualquier humano en el juego del ajedrez. La velocidad de procesamiento de una máquina puede ser mayor que la de un humano. Se lo exigimos habitualmente así. Cuando lanzamos expresiones como «¡pero qué lento que va el ordenador hoy!», en realidad es porque el ordenador está tardando unos segundos en hacer lo que nosotros, por nuestros propios medios analógicos tardaríamos quizá más de un mes.

Todo eso es cierto, pero…, ¿podrá una máquina en algún momento tener conciencia? ¿Podrá una máquina en algún momento saber que es precisamente eso, una máquina, y de su relación con el resto de las criaturas? ¿Podrá la máquina en algún momento tener la mínima autonomía que da el saber que se es?

Hablamos de inteligencia artificial, pero si obviamos este punto, ¿qué inteligencia es esa? El término de inteligencia artificial es muy potente, para algunos casi amenazador, y, sin embargo, si no existe esta mínima capacidad del yo, de la identidad, quizá no estamos utilizando dicho término más que con fines poéticos.

Tengamos en cuenta que para que esta facultad se dé, alguien ha debido crear a la máquina así. ¿Alguien puede darle a la máquina esta capacidad? No hablo de que parezca, sino de que sea. Parecer…, cierto es que vivimos en un mundo de puras apariencias. Que una máquina actúe como si fuera así…, que diga unas frases que le den esa apariencia… No, no, ser es algo mucho más. Si no, ahora mismo podríamos hacer con una caja de cartón, una maqueta de un ordenador de última generación con una carita sonriente, pudiendo declarar categóricamente que hemos creado un ordenador capaz de ser feliz. No, no se trata de meras apariencias, de que el producto lance incluso frases propias de un ser que se sabe ser, sino de que las sienta.

Vamos a ahondar un poco más. ¿Puede una máquina soñar? 2 No. En primer lugar, ¿para qué? ¿Para qué íbamos a hacer máquinas que soñaran, o que se durmieran? Se nos olvida a veces que el ser humano es algo más que pragmatismo. La máquina, sin embargo, es, por definición, pragmática. La definición de la Real Academia de la Lengua recoge en su definición que una máquina “se usa para facilitar o realizar un trabajo determinado”.

También es verdad que el sueño está devaluado fatalmente en nuestro siglo, que se duermen menos horas de las que se deben, y se duerme mal, los hábitos son nefastos, y los vamos enseñando nefastamente a las nuevas generaciones. Sin embargo, el sueño es una peculiaridad humana y animal que tiene mucho que ver con el resto de nuestras vidas. En teoría pasamos un tercio del día durmiendo, y de ese tiempo, una parte considerable la pasamos soñando. Lo que ocurre en el sueño no es igual que lo que ocurre en la vigilia, nos hace fortalecer la memoria selectivamente, nos hace poder recordar, pero no todo, sino una parte y de una manera muy particular, de una manera humana. El sueño puede que sea un campo olvidado, pero indudablemente es responsable de que funcionemos en muchos sentidos tal y como lo hacemos.

Si las máquinas no sueñan, no podremos equiparar su inteligencia a la nuestra, su forma de ser inteligentes a la nuestra. Ellas serán pragmáticas, nosotros, aunque cada vez sea algo más discutido, seres humanos.

«Los ordenadores son inútiles. Sólo pueden darnos respuestas» (Pablo Picasso), o lo que es lo mismo, no pueden hacerse ni una sola pregunta. Es obvio que una máquina nunca se reuniría con otra máquina para debatir sobre algo nuevo, inaudito, como, por ejemplo, un tema ético, o sobre esto mismo, sobre esta cuestión de la inteligencia artificial.

El concepto de libertad llega a veces a ser incluso variado o confuso. Esa definición callejera de que libertad es poder hacer lo que uno quiera es un tanto pobre. Lo que uno quiera puede estar viciado. ¿Es un alcohólico libre cuando bebe?, y sin embargo hace lo que quiere. Los filósofos tienen trabajo para unos cuantos siglos todavía si quieren llegar a la definición exacta.

Quizá una definición pueda ser también la capacidad de hacer algo nuevo. Uno es libre, incontestablemente, si es capaz de ir a contracorriente. La imagen típica de falta de libertad es la del aborregamiento, la de seguir al rebaño porque sí. Uno es libre, indudablemente, si es capaz de ser individuo, individual; si es capaz de pensar por sí mismo, de sentir genuinamente. ¿Qué máquina del mundo se saldrá del redil? Un procesador de una categoría determinada, hará exactamente lo que haga otro procesador de la misma categoría. En el ser humano, salvando que la plena libertad es algo extraordinario, aunque suene a tópico, nunca podrá ser así, pues no hay dos seres humanos idénticos.

“Mientras una máquina no escriba un soneto o componga un concierto a raíz de los pensamientos y las emociones que haya sentido, y no por mero azar al emplazar los símbolos, no podremos establecer una equivalencia entre máquina y cerebro” (Geoffrey Jefferson). Admito que quizá algún día pueda conseguirse lo primero, o incluso lo segundo, pero no a partir de pensamientos y emociones, y desde luego, ni sabrá lo que ha hecho, si tiene mayor o menor valor artístico; ni jamás podrá disfrutar con lo que ha hecho.

Se trata en realidad de que una máquina, básicamente, en lo que es muy buena es en cuanto a la inteligencia matemática. Eso no lo vamos a negar. Y es cierto que muchas cosas se pueden codificar, traducir a un lenguaje matemático, y desarrollarse así. Sin embargo, esto no lo es todo. En la era en la que hemos descubierto que el coeficiente intelectual se nos queda corto, en la era en que hemos descubierto que en realidad hay varios tipos de inteligencias, eso no es suficiente.

Ninguna máquina ha descubierto por sí misma la Teoría de la relatividad, que, sin embargo, un hombre, Albert Einstein sí ha podido enunciar. Albert Einstein, con todo, aun siendo un genio en física, en matemáticas, en ciencias en general, sufría de ciertas carencias en lo que se refiere a la inteligencia emocional, y eso hasta el punto de que su hijo pudiera declarar abiertamente que odiaba a su padre3. Si Albert Einstein no pudo transformar por medio de su inteligencia matemática las demás esferas de su realidad, ¿qué nos hace pensar que una máquina pueda hacerlo?

Para finalizar, sólo una llamada de atención. Algunos hablan de este tema casi con una sombra de temor, como si fuera inevitable que sí, que las máquinas lleguen a tener una inteligencia medianamente digna primero, y superior a nosotros después, que se conviertan en señoras del Universo, y que nos desbanquen como nosotros mismos hemos ido desbancando a lo largo de la Historia a otras especies, incluso hasta la extinción o la esclavitud.

Es argumento suculento para servir de guion de alguna película, las ha habido ya, enfocadas de un modo u otro, de esta temática. Y, sin embargo, no por medio de una inteligencia autónoma, sino por medio de una caída de fichas de dominó, cuya primera ficha derribamos nosotros mismos, a veces sí que nos hacen daño.

Innegablemente la tecnología se asocia con avance, con progreso, y no hace falta repasar todas las conquistas que hemos podido ir realizando en nuestras vidas cotidianas gracias a ello, pero se dan también estos casos de perjuicio.

Es el caso de los smartphones que todos poseemos. En muchos casos, suponen una fuente de estímulo continua que compite para robar nuestra atención, puesto que la atención dividida es poco óptima o fundamentalmente una triste utopía. Compiten para robarnos la atención de otras tareas sociales, familiares, afectivas, o, como ya decíamos sobre el sueño, fisiológicas.

Se habla incluso de adicción, de atracones4 de series, de películas, ... Se habla de enfermedades nuevas, como el síndrome de Hikikomori, que debido al consumo desproporcionado de tecnología (videojuegos, ordenador, películas, etc.) los pacientes sufren un aislamiento total en sus dormitorios con la consiguiente pérdida de sincronizadores circadianos5.

¿Por qué no hablar de la falta de cercanía con entornos naturales? El contacto con la naturaleza le proporciona al ser humano innumerables beneficios, tanto psicológicos, como de otros muchos tipos. Hemos dejado de lado la naturaleza, el deporte. El aumento de obesidad, de sedentarismo, en la población infantil, parece ir de la mano con el aumento de consumo de tecnología. Se trata de una tendencia creciente. Preocupante como para desarrollar campañas de salud al respecto.

En realidad, estas amenazas se pueden resumir en una sola, nos estamos mecanizando, estamos haciendo de nosotros mismos una realidad utilitarista. Nos estamos artificializando. No me cabe la menor duda de que lo que les falta a las máquinas para poder tener una inteligencia plena, y que he citado anteriormente, para muchos no es muy importante. Para muchos, lo importante es lo que pueden hacer ellas, lo pragmático, y así desean ver al hombre, productor.

Sin embargo, el hombre y la inteligencia del hombre no es eso. Y, aunque suene tremendista, si no seguimos las leyes de la naturaleza humana, esto puede volverse en nuestra contra. En realidad, no hace falta imaginar ideas de ficción, estos puntos en muchos casos ya están pasándole factura a algunos. La falta de plenitud y complacencia con uno mismo que como una epidemia se extiende en nuestros ambientes quizá lo corrobore.

Otro gravamen ocurre precisamente, por lo contrario. Mientras las máquinas van ganando en efectividad, nosotros nos vamos cubriendo de pereza y de impaciencia, nos vamos atrofiando. Algún ejemplo ya se ha comentado arriba. Así habla un humanista al respecto:

“Estos instrumentos, cuando no los controla el espíritu, atrofian la voluntad, que se hace abúlica, le incapacitan para el esfuerzo. El homo faber prefiere no molestarse, hundirse en la comodidad y molicie aprovechando la energía física que le proporciona el cerebro electrónico o la máquina de afeitar. Se aprisiona cada día más en un sistema mecánico que merma estímulos que antes le inducían a desarrollar su propia y personal energía”6.

No se trata de demonizar a la máquina, tampoco de tenerles miedo. Se trata de que estén bajo nuestro dominio, de que tengamos muy claros sus límites, lo que son. Mucho se ha estudiado sobre antropología, sobre la naturaleza del hombre, bien, pero parece ser que convendría también crear una nueva disciplina que estudie la naturaleza de lo computacional.

En lo personal, pienso también que el desarrollo tecnológico le está viniendo un poco grande a un hombre que se ve desbordado. Nunca se nos educó en cómo utilizar la tecnología. Nadie nos educó así, precisamente porque la tecnología no formaba una parte protagonista de la vida de nadie hace tan sólo veinte años. Educar en el uso de las nuevas tecnologías, y no sólo en cómo se utilizan a nivel práctico, sino a nivel humano, llegando a saber qué franja de mi vida han de ocupar, cuáles son sus límites, quizá llegue a ser una asignatura ineludible de la enseñanza escolar básica en unos años, así como lo es ahora la educación física o la ética.

Bibliografía
[1]
McCarthy J (11 de noviembre de 2 007) “What is Artificial Intelligence”. Sección “Basic questions”. Consultado el 27 de octubre de 2 011.
[2]
J.A. Pareja, A. Cárcamo.
El sueño de las máquinas.
Kranion., 13 (2018), pp. 59-61
[3]
B. Parker.
Einstein: the passions of a scientist. Nueva York: Prometheus Books, (2003),
[4]
S. Umesh, S. Bose.
Binge-watching: a matter of concern?.
Indian J Psychol Med., 41 (2019), pp. 182-184
[5]
B. Rodríguez Morilla, C.J. Madrid Navarro, E. Estivill Sancho, J.A. Madrid Pérez.
Capítulo 3 Cronobiología del sueño.
Patología básica del sueño, pp. 21-34
[6]
T. Morales.
Hora de los laicos Segunda edición.
Madrid: Encuentro, (2003),
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