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Vol. 26. Núm. 2.
Páginas 9-30 (Julio - Diciembre 2015)
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De destierros, desvíos y ventriloquias: Servando Teresa de Mier y Simón Rodríguez, traductores de Atala de Chateaubriand
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Mariana Rosetti
Universidad de Buenos Aires
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Resumen

El presente trabajo analiza la traducción de la novela Atala de Chateaubriand realizada en París en el año de 1801, a manos de Servando Teresa de Mier y Simón Rodríguez, como una búsqueda de reconfiguración de los lazos del sector letrado criollo con el sector ilustrado europeo a través de la toma de posesión de la lengua castellana del primer grupo en los albores de la emancipación del sistema colonial español. Para llevar a cabo esta hipótesis, se considera a esta traducción hispanoamericana teniendo en cuenta las categorías de domesticación (Venuti), apropiación (Bastin) y subversión (Pagni) en diálogo con dos estrategias discursivas presentes en la labor de traducción de los letrados criollos como son las del tráfico de ideas ilustradas (Rotker) y la traducción de la libertad (Rojas).

Palabras clave:
Traducción hispanoamericana
fray Servando Teresa de Mier
Simón Rodríguez
Atala
Independencia americana
Abstract

The present article aims to analyze the translation of the novel Atala (1801) by Chateaubriand made in Paris by Servando Teresa de Mier and Simón Rodríguez as a way to rearticulate the intellectual links between the Creoles lettered group and the European illustrated group through an act of reappropriation of the Castilian language at the dawn of emancipation from the Spanish colonial system. In order to do so, the translation is studied in the light of the notions of domestication (Venuti) appropriation (Bastin) and subversion (Pagni). These concepts will dialogue with two discursive strategies that are present in the translation by the lettered creoles: the travel and traffic of illustrated ideas (Rotker) and the translation of freedom (Rojas).

Keywords:
Hispanoamerican translation
fray Servando Teresa de Mier
Simón Rodríguez
Atala
Independence of América
Texto completo
Introducción: Europa como espacio de creación de traductores criollos

Es un hecho innegable que la descripción que Servando Teresa de Mier plasma en sus Memorias (escritas en las cárceles inquisitoriales de Nueva España entre 1818 y 1820) sobre su estadía forzada en Europa por más de veinte años presenta exageraciones sobre el castigo que la Inquisición española le impone a causa de un sermón guadalupano mal encarado.1 Las vetas picaresca y hagiográfica que aquel relato mezcla con tintes por momentos satíricos y por otros trágicos, sitúan al lector americano en una Europa en decadencia a comienzos del siglo xix, devastada por guerras internas entre las distintas monarquías y amenazada por cambios políticos avasallantes que ponen en jaque sistemas propios del Antiguo Régimen como el sistema colonial. Sin embargo, estas aventuras desmedidas que poseen poca fidelidad para con el discurso histórico, plasman un momento político, social y cultural caótico en el que las tradiciones comienzan a ser cuestionadas o, al menos, miradas con cierta desconfianza. Así, la trama desordenada de las Memorias mezcla y envuelve a su protagonista en cárceles infrahumanas, escapatorias mágicas y reconocimientos y recompensas desmedidas que sorprenden al lector por su inverosimilitud. Empero, a medida que avanza a tropezones el relato de este letrado criollo novohispano, se descubre una interrelación o tejido muy bien entrelazado entre la trama concéntrica y alucinante de las acciones de este narrador-víctima del sistema colonial español y la decadencia de las costumbres europeas (en especial de las ciudades-modelo para América como son Madrid, París y Roma). La desmesura de los hechos que a este criollo le suceden (desde una perspectiva pasiva cual víctima del inextricable sistema de poder colonial que lo persigue sin respiro por toda Europa), nacen y dialogan con un ambiente político-cultural caótico europeo y son producto de un mundo al revés que decepciona constantemente las expectativas de este letrado. Este tipo de relato satírico-paródico se focaliza en criticar y desmontar las instituciones de poder europeas (sea la monarquía, la Iglesia, la familia) con fines didácticos-utilitarios para sus lectores americanos. Al respecto, nos resultan muy útiles las perspectivas críticas de Kathleen Ross (91), Ángela Pérez Mejía (78) y Susana Rotker (2005: 156) quienes consideran que la visión satírica de Mier apunta a criticar el eurocentrismo y a desmantelar la autoridad del viajero al parodiar la tradición del viaje europeo y, en especial, el peso irrefutable de los viajes científico-ilustrados por territorios americanos que se realizaron a lo largo del siglo xviii.2 En consecuencia, se puede pensar a las Memorias de Mier como el intento de un letrado criollo novohispano por mostrarle, revelarle a sus paisanos la otra cara del relato de grandeza europeo, el lado oscuro y obliterado del relato científico-ilustrado que no llega a las costas americanas: “Yo estaba con los ojos vendados como la pobre gente que me escribía de América […] El mundo vive engañado bajo de nombres” (Mier: 224-225).

El proceso de desenmascaramiento de los engaños de la grandeza europea, y en particular de los cimientos del poder de la Corona española, está profundamente ligado tanto en el relato de Mier como en el accionar de otros letrados criollos desterrados en Europa, con un quehacer de traducción y retraducción tendiente a conformar una identidad americana. Debido a ello, el trabajo letrado criollo a comienzos del siglo xix consistirá en traducir no sólo textos políticos y culturales que circulaban por Europa y que mostraban, denunciaban y exigían cambios en los sistemas políticos tradicionales vigentes, sino también en retraducir, es decir, domesticar o apropiarse de nociones, ideas ilustradas y flujos de cambio a través de propuestas capaces de aplicarse en el espacio americano.3 Así, las ciudades europeas promueven entre los desterrados criollos el diálogo fraternal ya sea de criollos pertenecientes a distintas zonas de Hispanoamérica como de letrados americanos y reconocidos escritores y pensadores europeos.4 De esta forma, se plantea la posibilidad de desmontar el sistema colonial a través de una lucha que se da en el plano intelectual y que requiere de nuevos lenguajes y vías de comunicación5 que excedan al locus de enunciación colonial y monológico que estipula una relación de dependencia entre América y la metrópoli española. Este desmontaje trae aparejadas nuevas formas de concebir el flujo de ideas ilustradas entre Europa y América así como también genera replanteamientos sobre la disposición de los centros de poder y sus periferias. Al respecto, los letrados criollos recurren a distintos procedimientos para tratar de integrar las contradicciones de un presente americano completamente distinto al de la Europa ilustrada. Esta práctica transculturadora se articula a través de dos estrategias discursivas precisas: el tráfico de ideas ilustradas (Rotker, 2001: 186) y la traducción de la libertad (Rojas: 18). Las mismas consideran el proceso de independencia americana como un trabajo de traducción entendiéndolo cual “acto de comprensión, de interpretación y de negociación” (18). A su vez, esta labor letrada se construye en el vínculo entre las ideas europeas y las necesidades locales y constituye un proceso dinámico que no cesa de modificarse.6 De esta forma, este trabajo intelectual se piensa como una disputa de poder y de saber sobre el otro ilustrado europeo y, sobre todo, sobre el otro peninsular advenedizo. Las traducciones que realizan los letrados criollos se toman como lecturas formativas tendientes a ver de otra forma a las sociedades americanas sin la tutela colonial, sin su regulación ni vigilancia. Las mismas se ven imbuidas de un carácter utilitario-educativo que busca salidas viables en el pasaje de un sistema político colonizador a otro republicano.

Teniendo en cuenta la labor de traducción cultural que estos letrados criollos inician en Europa y que piensan como puente de transformaciones culturales y políticas para el espacio americano, analizaremos la traducción que realizan Rodríguez y Mier de la novela Atala de Chateaubriand en el año de 1801. Para denunciar el desconocimiento del rey de España y de sus funcionarios sobre el espacio americano, estos letrados criollos traducen la novela de Chateaubriand que les sirve, a su vez, como gesto cultural hispanoamericano de inserción dentro de la cultura literaria pública por medio de la cual encontrarán su lugar dentro del espacio cultural ilustrado europeo. Para ello, apelarán al público joven de Bayona, desligado de las prácticas corruptas del sistema de poder, conformando una traducción agradecida para con su lector al cual pretenden atraer y convencer de esta nueva fraternidad lingüística que estipulan entre el francés y el castellano americanizado. Así, esta traducción representaría la cristalización de un proyecto letrado que busca subvertir las limitaciones comunicativas impuestas por España para proponer, en su lugar, una fraterna comunicación transatlántica entre los pensadores americanos y los europeos.

Los beneficios del discurso literario para la comunidad de desterrados

En el mes de abril de 1801 se publica en París por primera vez Atala, la exitosa novela de Chateaubriand. Su fama y renombre estarán marcados por la cantidad de ediciones que la obra contará en dicho año (cinco ediciones en Francia) así como también por sus múltiples traducciones a lo largo de los siguientes años.7 El furor de ventas, su renovada lectura y sus posteriores ediciones que circularon por Europa (tanto autorizadas por su autor como contra-facciosas) se debieron a dos motivos que dialogan y que sostienen la trama de la novela: la pasión religiosa en tensión con la pasión física entre Chactas y Atala, dos semisalvajes americanos, y la presencia inextricable de la naturaleza americana que guía el accionar de los protagonistas. Al lector europeo lo cautivó el particular exotismo americano planteado por Chateaubriand, quien buscó plasmar la epopeya de la naturaleza en un cuadro narrativo en el que sus personajes principales (Chactas, Atala, el padre Aubry) tuvieran un “estilo mixto” (Rodríguez: 440) al ser productos del cruzamiento cultural-religioso entre Europa y América. De esta forma, el estilo narrativo y la perspectiva eurocéntrica de Chateaubriand sobre la vida salvaje en América pretendían desligarse del tratamiento roussoniano de la pureza y bondad de la naturaleza salvaje para priorizar la intermediación de la labor del poeta-artista. Se destacan al respecto las palabras que esgrime Chateaubriand en el “Prefacio” a su tercera edición:

En fin, yo no soy como M. Rousseau entusiasta de los salvajes; y aunque tenga quizá tanta razón para quejarme de la sociedad, como este filósofo para alabarse, no creo que la pura naturaleza sea la cosa más bella del mundo. Siempre la he hallado muy fea, donde quiera que he tenido la ocasión de verla: y bien lejos de opinar que el hombre que piensa es un animal depravado, juzgo que el pensamiento hace al hombre. Todo se ha perdido por esta palabra naturaleza. Pintemos la naturaleza, pero la naturaleza bella: el arte no se debe ocupar en imitar monstruos (Rodríguez: 439; cursivas del autor).8

Esta intermediación cultural planteada por Chateaubriand resulta estratégicamente productiva para Mier y Rodríguez por varias razones que se insertan en el marco metatextual que antecede la tercera edición de la novela y que condiciona la lectura de ella. En primer lugar, el autor cuestiona el valor y supuesta autonomía ficcional del relato al hacer evidente la fricción de temporalidades dispares entre su planificación como autor y la voracidad del lector europeo que lleva al autor a adaptarse, a regañadientes, al mercado editorial. Así vemos cómo tanto en la “Carta publicada en el Diario de los Debates y en el Publicista” como en el “Prefacio” a la novela, Chateaubriand la concibe como anécdota comprobatoria y final de su estudio El genio del cristianismo que se publicará en 1802:

Ciudadano: en mi obra sobre el genio del cristianismo o las bellezas poéticas y morales de la religión cristiana, se halla una sección entera consagrada a la poética del cristianismo. Esta sección se divide en tres partes, poesía, bellas-artes, y literatura, que se terminan con una cuarta, cuyo título es: Armonías de la religión, con las escenas de la naturaleza, y las pasiones del corazón humano […] Dicha parte concluye con una anécdota extraída de mis viajes por América, y escrita bajo las mismas chozas de los salvajes, intitulada Atala, etc; pero por haberse traspapelado algunos ensayos de esta pequeña historia me veo obligado a imprimirla separadamente, antes de la obra principal, a fin de precaver un accidente que me podría perjudicar infinito (436).

Esta aclaración del autor sobre la aceleración de la publicación del relato evidencia una postura conflictiva del mismo para con un mercado editorial deseoso de novedades y de anécdotas exóticas sobre América. Para Chateaubriand, la publicación temprana de este relato no es un indicador de la autonomía ficcional del mismo, sino producto de un traspapelado y el deseo de evitar un accidente futuro. Es decir, la invasión a la privacidad del autor conlleva en este caso una publicación a contrapelo del estudio, pero no una renuncia o fragmentación del mismo. Así, la narración americana debe leerse como antesala del estudio europeo sobre la religión católica en América, como apéndice o escrito corolario que sólo cobrará sentido si se lo aúna al escrito ensayístico de la intervención europea sobre América. Esta suerte de lectura suspendida o justificativa de un ensayo a publicarse a posteriori, condiciona la intervención en la novela del personaje del padre Aubry como un álter ego del autor al actuar de intermediario entre la interpretación americana de la religión católica y la correcta lectura que debería hacerse de las enseñanzas de dicha religión. Frente al aprendizaje e interpretación que se le ha dado al accionar católico en América, el padre Aubry simboliza la reconversión y corrección del camino tomado en la evangelización de los indígenas o nuevos fieles. Esta reconversión es concebida en la novela como una forma particular de insertarse en el espacio americano, de plantear una forma de vida no sólo religiosa sino también productiva con las condiciones del espacio dadas. Es por ello que este misionero facilita e instruye a sus fieles para que construyan una comunidad de labradores y que vivan en armonía con la naturaleza. Nos adentramos en parte del argumento de la novela para mostrar cómo ella es pensada a partir del deseo del autor de plantear una lectura utilitaria de su carácter narrativo-ficcional. Esta lectura utilitaria será retomada por Mier y Rodríguez sumada al efecto de traspapelado del relato que habilitará a sus traductores a corregir y reconstruir una correcta lectura sobre el espacio americano.

En segundo lugar, el marco paratextual a la tercera edición de la novela destaca la preocupación de Chateaubriand por la figura del viajero encargado de acercar las riquezas americanas a Europa. Para este autor, el artista es el intermediario por excelencia entre la naturaleza y la religión y debe ser revalorizado su accionar por sobre la perspectiva del científico ilustrado: “Después de largo tiempo no leo sino a Homero y la Biblia, lo que me alegraría se trasluciera, y lo que yo hubiese logrado incorporar en los tintes del desierto, y en los sentimientos peculiares de mi corazón, los coloridos de aquellos dos grandes y eternos modelos de lo bello y de lo verdadero” (439). Esta concepción unitaria entre lo bello y lo verdadero en la que el artista amalgama elementos religiosos, culturales y naturales pone en diálogo al saber clásico profano con el saber cristiano en una mixtura romántica original que, sin embargo, no desdeña los aportes de ciertos viajeros del siglo xvii como son los del jesuita Jacques Marquette y de Robert Cavelier de la Salle. No podemos olvidar que el viaje que Chateaubriand realiza por América no incluye las tierras de Luisiana, que es el escenario por excelencia de Atala. Para conocer sobre este territorio americano y sus habitantes, el autor se vale de los escritos de viajeros científicos europeos, sorteando, sin embargo, la mirada de ciertos filósofos ilustrados como han sido Rousseau y Voltaire.9 Esta construcción de un lugar de enunciación particular que mezcla la experiencia personal con la creación artística y la interpretación de otras fuentes escritas, será el camino retomado por los traductores Mier y Rodríguez a la hora de vehiculizar la versión castellana de la novela.

Por último, y en conexión con los otros dos aspectos mencionados, el marco paratextual a la tercera edición concibe la enunciación sobre el territorio americano como una escritura en tránsito realizada en el desierto, en lucha entre la intemperie salvaje y la búsqueda de la palabra correcta para describir lo que se ve:

Atala se ha escrito en el desierto, y bajo las chozas mismas de los salvajes. No sé si el público gustará de una historia, que sigue unos trámites diferentes de todos los conocidos, y que presenta una naturaleza y unas costumbres del todo extrañas para la Europa. No hay aventuras en Atala. Es una especie de poema mitad descriptivo, mitad dramático. Todo consiste en la pintura de dos amantes, que andan y conversan en la soledad (438).

La escritura en el desierto que plantea Chateaubriand estipula una pintura narrativa que se sostiene en un diálogo entre sus protagonistas y una soledad aparente, ya que el paisaje americano los envuelve, conversa con ellos y, en muchas ocasiones, los lleva a enmudecer. Esta negociación constante entre el espacio americano y el accionar de los personajes influye en el tipo de enunciación viajera, en tránsito, que configura la voz narrativa (sea ella René, Chactas, el padre Aubry, el señor López y hasta el mismo Chateaubriand). Es decir que lo que Chateaubriand describe como soledad inextricable o desolación que envuelve al viajero o desterrado por tierras americanas habilita tanto en el marco paratextual como en el contenido del relato la hospitalidad de los desterrados, una suerte de fraternidad en movimiento que carga con los restos de los antepasados a través de la persistencia del recuerdo y la narración de los hechos vividos. Esta construcción narrativa concebida desde el plano fraterno y no jerárquico les permite a Mier y a Rodríguez pergeñar un lugar de autoría compartida con Chateaubriand que se destaca tanto en la portada a la traducción que ellos realizan como en la nota que adicionan a la “Advertencia del autor” sobre las ediciones autorizadas de la novela. En ambos textos, resitúan al lector europeo para que dé con la edición adecuada de la obra, y por ende, que pueda mediante una lectura productiva conocer correctamente los espacios americanos descritos en ella. En la advertencia los traductores aclaran que las contra-facciones a la primera edición de Chateaubriand sólo son peligrosas en francés ya que afectan al original mientras que la traducción al castellano que ellos realizan puede pensarse como una escritura en colaboración, una edición corregida de la interpretación americana realizada por Chateaubriand. Es por ello que en la portada a la traducción se encuentra el nombre del autor de la obra en conjunción con la del traductor de la misma, construyendo así una especie de comunidad literaria entre Chateaubriand y el Sr. Robinson, “Profesor de Lengua Española, en París” (431).10 Comunidad que logra su epítome unificador al otorgar los datos de la casa del traductor, lugar donde el lector europeo hallará la versión corregida de la novela sin rastros ya de la edición original.

Los tres aspectos señalados del marco paratextual se encuentran ligados a las condiciones de producción y de publicación de la novela y allanan el camino de la apropiación y de la subversión textual que realizan sus traductores criollos tras la máscara de la fraternidad de los desterrados. Esta máscara o lugar de enunciación desde el que piensa Chateaubriand a sus personajes en su pasaje por América es el lente que él mismo utiliza para configurarse en el marco de la tercera edición como escritor incomprendido dentro del gobierno napoleónico y es el dispositivo textual que toman los letrados criollos Mier y Rodríguez en Europa para plantear su traducción al castellano. A su vez, este lugar de enunciación estipula una escritura en movimiento continuo, desgarrada del hogar, y habilita cruzamientos entre culturas, costumbres y tradiciones. Así, los cruzamientos entre América y Europa plantean en el tratamiento de Chateaubriand y de sus traductores zonas de contacto literarias, de transculturaciones que cuestionan los límites entre las categorías de lo salvaje y lo civilizado.11 El argumento de la novela se sostiene en los cruzamientos culturales y en los borramientos de fronteras identitarias que experimentan los personajes centrales (específicamente los personajes masculinos, como es el caso de Chactas y de René) quienes buscan, desean y eligen entretejer su historia de vida con la de una comunidad foránea a la que le están profundamente agradecidos. La búsqueda tanto de Chactas como de René de pertenecer a una comunidad los lleva a encarar un viaje transatlántico que es forzado ya que ambos se presentan como desterrados de sus hogares. Sin embargo, esta movilización transatlántica los transforma en sujetos que exceden las características de viajeros temporales para transformarse en herederos de un mestizaje cultural:

Extraño destino es, caro hijo, el que nos une en el desierto. Yo veo en ti el hombre civilizado que se ha hecho salvaje, y tú ves en mí el hombre salvaje que el Gran Espíritu, sin duda por sus designios, ha querido civilizar. Habiendo entrado ambos en el curso de la vida por extremos opuestos, tú has venido a reposarte en mi lugar, y yo he ido a sentarme en el tuyo: así debemos haber visto los objetos bajo un aspecto totalmente contrario (445-446).

La escritura literaria de Chateaubriand permite desestructurar y repensar las categorías de lo salvaje y lo civilizado, tan enraizadas y escindidas en el debate que se da en el norte de Europa entre científicos ilustrados que confinan al continente americano a una dependencia cultural para con una monarquía española ya vetusta.12 Si bien para Chateaubriand la escritura literaria carece de autonomía ya que ejerce el rol de anécdota comprobatoria del ensayo sobre el cristianismo, se destaca la capacidad didáctica y de experimentación cultural que la misma presenta para el autor. Este tipo de narrativa le permite a Chateaubriand plantear diálogos culturales que se plasman en la naturaleza americana y que actúan como monumentos con mayor peso y significación que muchos de los modelos europeos. Dentro de estas inscripciones culturales en el desierto americano que trabaja la novela se destaca el accionar del padre Aubry quien, a modo de enseñanza para la comunidad de labradores que evangelizaba, graba en la corteza de los árboles poemas de Homero y Salomón, así como también los datos de su misión religiosa en América: “Su nombre, su edad, la data de su misión estaban también grabados en una caña de sabana al pie de aquellos árboles. La fragilidad de este último monumento me admiró: ‘El durará todavía más que yo, me respondió el Padre, y tendrá siempre más valor que el poco bien que yo he hecho”’ (472-473).

El ejemplo antedicho permite valorar el espacio americano como lugar de cruzamiento de culturas y de construcción de monumentos que se plasman en la naturaleza, y que por ello dan lugar a una nueva concepción de lo bello y de lo sublime como productos del diálogo entre la naturaleza y el arte. Así, Chactas compara el accionar humano frente al accionar de la naturaleza al señalarle a René la supremacía, belleza y fortaleza del puente natural que conecta la morada del padre Aubry con la comunidad de labradores indígenas:

arribamos a la garganta de un valle donde vi una obra maravillosa; un puente natural como el de la Virginia, de que tú habrás oído hablar quizá. Los hombres, hijo mío, especialmente los de tu país, imitan de ordinario la naturaleza; pero sus copias son siempre mezquinas: no son así las de la naturaleza, cuando le place imitar las obras de los hombres. Entonces es cuando echa puentes de la cima de una montaña a la cumbre de otra, suspende caminos por las nubes, esparce ríos en lugar de canales, talla montes por columnas, y por estanques ahonda mares (473).

Este puente, al igual que las inscripciones del misionero europeo, actúan como uniones imborrables entre América y Europa, monumentos que no se doblegan ni se pierden frente a la violencia humana (sea la impartida por los indígenas enemigos de los natchez o la de los europeos que arrasan con el espacio americano). A su vez, estas construcciones naturales poseen su corolario en el árbol americano, alegoría de la fraternidad de los desterrados, ya que es en él donde los desgraciados viajeros colocan los restos de los infantes fallecidos, e implica la ayuda y el cruce entre culturas y relatos de vida distintos. Frente a este árbol el narrador Chateaubriand ayuda a la hija de Celuta a rendirle homenaje a su hijo fallecido y se pone en contacto con las historias de Chactas y de René. Es interesante rescatar que son los traductores Mier y Rodríguez los que le otorgan el carácter alegórico a este árbol, aunando las distintas “etéreas tumbas de los salvajes” de las que hablaba Chateaubriand en su versión original en una alegoría que revaloriza a la naturaleza americana por sobre los fastuosos mausoleos europeos. Para dotar a este objeto de fuerza alegórica, producto de la subversión del texto original de Chateaubriand, sus traductores americanos recurren a la particular mirada del desterrado europeo sobre este monumento:

¡Árbol americano, que cargando entre tus ramas los cuerpos de los hombres, los alejas de su mansión para acercarlos a la de Dios, yo me he detenido arrobado bajo tu sombra! Tú me mostrabas en tu sublime alegoría el árbol de la virtud: sus raíces que crecen en el polvo de este mundo: su cima que se pierde entre las estrellas del firmamento; y sus ramas que son los solos escalones por donde el hombre, viajero sobre este globo, puede subir de la tierra al cielo (494).

La presencia de este árbol americano detiene la marcha del desterrado europeo y transforma su mirada exótica en mirada unificadora y productiva sobre el espacio americano. La subversión que realizan los traductores americanos consiste en quitarle a la naturaleza americana cualquier rastro de exotismo, y con ello de intangibilidad, para volverla lugar productivo y propicio para el cruzamiento de culturas y de tradiciones transatlánticas. En este sentido, la alegoría que Mier y Rodríguez pergeñan sobre la naturaleza americana actúa como una estrategia de lectura y de comprensión del espacio americano de la que sacan provecho mientras que Chateaubriand y el resto de los viajeros europeos no terminan de aprehenderla y se quedan en el umbral de la fascinación. Esta intromisión de los traductores en el texto del autor transforma lo exótico en productivo y desestabiliza la distancia metafórica o sublime que por momentos el texto original plantea. En consecuencia, la traducción cuestiona la autoridad de la mirada europea sobre América al presentar otras formas de transitar y de comprender el espacio americano, en particular sus zonas más salvajes, y volverlas producto de unificaciones y de cruzamientos que si bien son avizorados y valorados por Chateaubriand, logran ser verdaderamente útiles gracias al tratamiento de sus traductores americanos. Mier y Rodríguez allanan el camino del exotismo, se distancian, lo desarman y se ríen de él. Este procedimiento de subversión de lo exótico se destaca también al comienzo de la novela, en la descripción de la selva americana. En este caso, los traductores respetan la versión original sobre la incapacidad del viajero europeo de transmitirles a los europeos no viajeros el cuadro de vida que el espacio americano presenta ante sus ojos, manteniendo así la sublimidad del mismo:

Pero si todo es silencio y reposo en las sabanas del otro lado del río, aquí, por el contrario, todo está en movimiento y murmullo [...] Más cuando una brisa viene a animar todas estas soledades, a agitar todos estos cuerpos fluctuantes, a confundir todas estas masas de blanco, de azul, verde y rosa, a mezclar todos los colores, a reunir todos los ecos; entonces sale el estruendo del fondo de estas florestas, pasan tales cosas ante los ojos, que yo procuraría en vano describirlas a quien no ha corrido estos campos primitivos de la naturaleza (444; cursivas nuestras).

Sin embargo, y a diferencia de la versión del autor de la novela,13 los traductores americanos insertan, antes de la reflexión por parte del viajero europeo, una descripción meticulosa de la flora y la fauna que se observa en las sabanas de Luisiana, sea de este lado como del otro lado del río.14 La descripción profundiza las distancias entre los lectores europeos de la novela y los habitantes americanos quienes conocen y dan cuenta en detalle del espacio americano. Así es como los traductores convierten el enmudecimiento de la sublimidad de la mirada europea sobre el espacio y costumbres americanas en meticulosidad, sencillez o domesticación de lo salvaje que quiebra la distancia romántica que el autor pretendía darle a estos parajes. Debido a ello, se destacan en la traducción palabras de impronta americana que ha analizado Soldevila-Durante para designar la flora y la fauna americanas.15 Éstas presentan una marcada relativización lingüística de la lengua castellana; se observa, a su vez, en el contenido de la novela ciertas notas al pie de página en las que estos traductores convierten palabras o giros poéticos salvajes en una interpretación sencilla (es el caso de la aclaración que realizan de la explicación de Atala que ha embriagado a los verdugos con “esencia de fuego” y que los traductores interpretan como “aguardiente” o la indicación de la “estrella inmóvil” como “El norte” [460-461]). A través de estos procedimientos que presentan una traducción al pie de la letra se relativiza y satiriza la perspectiva romántica del autor que desea construir una pintura sublime, por momentos inaprehensible, de las costumbres de los salvajes. Esta domesticación o simplificación a nivel lexical de expresiones metafóricas para designar características de la vida en América, es considerada por Andrea Pagni como una retraducción del francés al español del Caribe: “‘pirogues’, ‘canots’, ‘savanes’ y ‘papayes’ son, en el francés de Chateaubriand, americanismos de origen Caribe que contribuyen al efecto de exotismo. Para Simón Rodríguez, que había pasado la mayor parte de su vida en el Caribe, en parte también para fray Servando Teresa de Mier, son revertidos al español, términos usuales que remiten a objetos cotidianos” (2012: 6).

Sea una domesticación, retraducción, simplificación o reversión del francés al español del Caribe, lo cierto es que estos traductores se benefician del discurso literario utilizado por Chateaubriand ya que se muestra como un discurso flexible, capaz de aceptar cambios, desvíos y apropiaciones. En Atala se reflexiona sobre la figura del viajero-desterrado en medio de una naturaleza producto de cruzamientos culturales. Si bien la mirada de Chateaubriand sobre el espacio americano es exótica, este autor hace uso del discurso literario con fines utilitario-didácticos que les será de gran provecho a sus traductores americanos.

La traducción letrada criolla como ventriloquia o forma moderna de abordar el naufragio del sistema colonial

Se sabe que Mier y Rodríguez abrieron su escuela de enseñanza de la lengua española en la ciudad de París por el año de 1801 y que ésta fue de gran utilidad para los franceses ya que recientemente la Corona española, a través del ministro Godoy, le había cedido a Napoleón la isla de Santo Domingo y las tierras de Luisiana:

sin fijar sus términos, ni saber que cedía un territorio tan grande como toda la Nueva España […] Todo esto en cambio de la pequeñita Toscana, para hacer rey de Etruria al príncipe de Parma. Ya Godoy tenía desde antes ofrecida la Luisiana a Napoleón, sólo para captar su favor, sin acordarse ni él ni España que el rey, según las leyes de Indias, no puede enajenar la más mínima parte de América, y si cedía, la cesión es nula (Mier: 26-27).

Es Mier el que se encarga en su escrito autobiográfico de dar cuenta de su labor educativa en colaboración con Rodríguez ya que no existe por parte del letrado venezolano ningún registro de la misma ni de la traducción en conjunto que hicieron de la novela de Chateaubriand. Más allá de las disputas de autoría sobre dicha traducción (duda que se encarga Mier, sin sorprender al lector, de disipar rápidamente),16 nos resulta por demás interesante la conexión estratégica que realizan estos dos letrados criollos entre el acto de enseñar la lengua española con un momento político particular entre España, Francia y las colonias americanas. Para ellos el puente apropiado para llegar más rápidamente a encauzar a la juventud francesa en el correcto camino de una interpretación y valoración correcta del espacio americano es a través de una traducción apropiada (en todo el sentido de la palabra) de una novela romántica francesa que reflexiona sobre América y sobre la hospitalidad que ella alberga para con los que por ella transitan. Esta conexión se presenta de la siguiente forma en el escrito de Mier:

Por lo que toca a la escuela de lengua española que Robinsón y yo determinamos poner en París, me trajo él a que tradujese, para acreditar nuestra aptitud, el romancito o poema de la americana Atala de M. Chateaubriand, que está muy en celebridad, la cual haría él imprimir mediante las recomendaciones que traía. Yo la traduje, aunque casi literalmente, para que pudiese servir de texto a nuestros discípulos, y con no poco trabajo, por no haber en español un diccionario botánico y estar lleno el poema de los nombres propios de muchas plantas exóticas de Canadá, etc., que era necesario castellanizar […] Se imprimió con el nombre de Robinsón, porque éste es un sacrificio que exigen de los autores pobres los que costean la impresión de sus obras […] Ródenas en Valencia hizo apuesta de traducir la Atala al castellano en tres días, y no hizo más que reimprimir mi traducción, suprimiendo el prólogo en que Chateaubriand daba razón de dónde tomó los personajes de la escena, pero imprimiendo hasta las notas que yo añadí. Y donde no puse nota, él puso un desatino, queriendo corregirme. Por ejemplo: nada anoté sobre la palabra sabanas, porque en toda la América septentrional está adoptada esta palabra indiana para significar un prado. Él, que no sabía, quiso enmendarme la plana, y puso sábanas. Tuvo, empero, la prudencia de no poner en la fachada sino las iniciales de su nombre, por si se descubría el robo […] En cuanto a la Atala, el primero que vino a comprárnosla fue su mismo autor, y tuvimos muchos discípulos dentro y fuera de casa (28-30).

Esta extensa cita que hemos extraído del escrito de Mier relaciona los planos educativo, político y económico de forma indisoluble: para que los jóvenes franceses accedan a una correcta lectura del espacio americano (espacio no valorado por los funcionarios españoles y leído ridículamente por los letrados españoles) es necesario que intermedien los hábiles traductores de América. Según la lectura de Mier, sólo estos letrados le pueden otorgar a la traducción del texto literario de Chateaubriand dos funciones bien delineadas: por un lado, considerarlo el puente de una unión transatlántica entre Europa y América más allá de la tutela española (construida en el escrito de Mier como traductora incapaz de dar cuenta de las realidades americanas). Por otro lado, concebir el acto de traducción y enmienda de la mirada europea como forma rápida y eficaz para que Mier y Rodríguez se construyan en sujetos productivos e ingresen al mercado económico europeo tras el velo o mote del viajero extranjero. Este mote será el que sobrevuele a lo largo de toda la traducción hispanoamericana que elaboren Mier y Rodríguez en el que los personajes carguen con el sentimiento de extranjería y destierro sobre sus espaldas y busquen nuevas comunidades de inserción y pertenencia. A su vez, este mote le permitirá a Mier jugar con el concepto de extranjería en las entrañas mismas de la sociabilidad moderna parisina en la que las reuniones culturales se trasladan a los cafés y a los teatros. Es especialmente en los cafés donde Mier muestra cómo se delinean las nuevas bases de sociabilidad moderna que manejan los jóvenes y que deben apropiarse los letrados criollos para tener un exitoso ingreso al mundo europeo más allá del estanco y las ruinas del sistema monárquico español. Estos espacios extravagantes y sinuosos se presentan como el lugar desviado de los salones ilustrados ya que pueden ingresar a ellos todo aquél que lo desee pero sólo se destacarán los hábiles cautivadores de la atención de sus acólitos. Es en estos lugares modernos donde prevalece la posibilidad de encontrar vinculaciones mágicas o sorprendentes que amalgamen a sus concurrentes por sobre el caos y la disgregación de los acontecimientos político-económicos que azotaban a Europa. Así, se destaca en uno de los cafés la figura del ventrílocuo o mago finisecular que concentra dentro de su actuación la posibilidad de apropiarse de la voz del recién llegado a las costas europeas:

Había en el café Borel un ventrílocuo, u hombre que hablaba del vientre, cosa que, si ya no fuese un arte, se creería una hechicería. Él apenas abre la boca y pone la voz donde quiere, lejos, cerca, en las vigas, en la pared, como se le antoja, y juraría uno con todos sus sentidos y todas las veras de su alma, que allí está hablando alguno donde él pone la voz. La varía en mil tonos, y es cosa para volver a uno loco. Así, el que llevaba uno al café Borel, avisaba en secreto al ventrílocuo del nombre y patria del nuevo, y cuando él iba a tomar su café, el ventrílocuo estaba preguntando quién era el fulano, y al momento ponía la voz en una ventana alta, y lo llamaba por su nombre para recibir una carta que le traía de tal parte, su patria. El llamado tomaba al instante la escalera, andaba todos los corredores, y nada encontraba. Pero apenas volvía a su asiento, cuando le volvían a llamar por su nombre, diciéndole: “Venga usted, que aquí estoy”. El otro volvía, y era una diversión para todo el café (53-54).

La anécdota dialoga con el acto de traducción que Mier y Rodríguez realizan de la novela de Chateaubriand y, de hecho, pueden pensarse, gracias a la disposición que Mier les da en el mismo capítulo de su escrito, como actos análogos que implican la toma de posesión y desviación de la voz del extranjero por parte del hábil y experimentado artista que cuenta con la venia de sus acólitos. Ambos ejercicios consisten en modular la voz del otro (sea el autor de la obra a traducir, o el extranjero recién llegado) como si fuera la propia y colocarla en un lugar en el que el dueño de la misma no puede ya acceder para pasar ella a formar parte de los lectores o del grupo presente. Es este ejercicio de desvío el que plantean Mier y Rodríguez al dedicarle su traducción a los “jóvenes de Bayona” y no de París (lugar de edición de la novela de Chateaubriand y sitio donde estos letrados criollos instalaron su escuela de enseñanza). A su vez, este ejercicio de traducción como desvío y modulación estratégica de la voz del otro será el que les permita plantear nuevas lecturas del espacio americano que se distancien e interpelen la mirada colonial planteada por España al proponer, como bien lo observa Andrea Pagni, una versión caribeña (2006: 155) que domestica la mirada exótico-romántica de Chateaubriand.

Por todo lo dicho, podemos pensar el ejercicio de traducción del romanticismo francés sobre el espacio americano que proponen Mier y Rodríguez como el arte del desvío con el que cuentan los letrados criollos para afrontar la crisis por la que pasaba en ese entonces el sistema colonial español. En consonancia con el sobrenombre que Simón Rodríguez elige como máscara en su estadía por Europa (Simón Robinson), el destierro político y el naufragio intelectual serán las condiciones de producción con las que contarán los letrados criollos para pergeñar un nuevo lugar de enunciación distanciado y crítico de la Monarquía española y proponer así puentes culturales transatlánticos con Europa.

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El destierro de Mier en Europa abarca el período que va de 1795 hasta 1816, tiempo mucho mayor que el impuesto en el castigo acordado por la Inquisición española y que contó con la venia del arzobispo Núñez de Haro consistente en un encierro de diez años en un convento de Las Caldas en España.

El cuestionamiento de Mier hacia el modelo eurocéntrico de autoridad no implica, como bien lo observa Pérez Mejía, una propuesta de lectura de Mier que incite el abandono de este sistema cultural sino, por el contrario, que el lector americano, en especial su paisano novohispano, sea consciente que este modelo es producto de una larga cadena de intercambios y de interacciones con el resto del planeta (78).

Para abordar los conceptos de domesticación, apropiación y retraducción del proceso de traducción que realizan los letrados criollos de las ideas y escritos europeos, recurrimos a las perspectivas de Lawrence Venuti, Georges Bastin y Andrea Pagni, respectivamente. Bastin trae a colación dos tendencias para repensar las estrategias de traducción que manejan los “traductores-redactores” en la América hispánica: las estrategias extranjerizantes y las estrategias domesticadoras (2008: 13). Ambas son pensadas como preferencias que pueden convivir a la hora de realizar la traducción y retoman la perspectiva de la traducción como domesticación que sostiene Venuti (18). Sin embargo, a la hora de repensar el proyecto de traducción letrado que se realiza durante el período independentista latinoamericano, Bastin considera las categorías de traducción propia y traducción apropiada de una identidad americana distanciada de la mirada colonial.

En las primeras décadas del siglo xix han tenido un rol fundamental ciertas ciudades europeas y norteamericanas que han favorecido (debido a su estratégico posicionamiento tanto geográfico como cultural) la conformación de comunidades intelectuales. Ellas han sido las ciudades de Cádiz, París y Londres a comienzos del siglo xix y luego, para la década de 1820, ocupará un lugar fundamental la ciudad de Filadelfia en Estados Unidos. Estos espacios han habilitado la unión de los distintos pensadores americanos que han propuesto salidas al sistema colonial español a través de la lectura, comprensión y traducción de documentos europeos y norteamericanos, así como también a través del diálogo que han establecido con distintas figuras representativas del cambio liberal (ver al respecto Lynch, 1985, Colombi 2004 y Rojas, 2010).

Mabel Moraña concibe el proceso de cambio a manos de letrados criollos como un trabajo intelectual estratégico y sumamente planificado que requiere de la “utilización de la escritura como instrumento de desmontaje y a la vez de penetración dentro de los límites del poder impuestos por la ciudad letrada” (27). En relación a este accionar desde las trincheras intelectuales, Elías Palti sostiene en su obra El tiempo de la política. El siglo xix reconsiderado, que la independencia, además de una guerra, fue una revolución intelectual, un asunto de ideas y lenguajes políticos: era preciso abandonar el modo antiguo de pensar la comunidad para organizarla republicanamente (245-258).

José Luis Romero presenta este proceso dinámico como un “tortuoso juego entre las ideas recibidas en América y las cambiantes formas que adoptó la realidad social y política en los países que luchaban por su independencia” (XXXVII).

Se sugieren las lecturas de los artículos de Marta Giné Janer (2007), Ignacio Soldevila-Durante (2006) y Andrea Pagni (2012) que investigan sobre distintas traducciones realizadas tanto en España como en América de la novela. Estos artículos se encuentran disponibles para su lectura en el sitio del Grupo de Historia de la Traducción en América Latina (histal): <http: www.histal.ca=""> (Grupo a cargo del Profesor Georges L. Bastin), así como también en el sitio virtual de la </http:> Biblioteca de Traducciones Hispanoamericanas del Cervantes virtual: <http://www.cervantesvirtual.com/portales/traducciones_hispanoamericanas/presentacion>.

Las referencias a la tercera edición de la novela Atala las extraemos de la traducción realizada por Rodríguez y Mier en el año 1801 que se incluye en el tomo II de las Obras completas de Simón Rodríguez. Trabajamos con la reedición facsimilar realizada en Caracas en el año 2001 que contó con el auspicio de la Presidencia de la República de dicho país. Todas las referencias a la traducción de Mier-Rodríguez como a las particularidades de la tercera edición de la novela provendrán de esta edición.

Ver al respecto el artículo de Ignacio Soldevila-Durante que revela las fuentes que tomó Chateaubriand para reconstruir los elementos naturales y sociales americanos que describe en su novela (446).

El seudónimo lo elige y utiliza Simón Rodríguez como carta de presentación en su estancia europea. Este nombre ficcional llevará a muchos intérpretes a concebir al traductor de la obra de Chateaubriand como un viajero extranjero (inglés) y justificará ciertas falsedades o carencias de la traducción que no serán perdonadas en los casos de las traducciones realizadas en España, como fue el caso de la versión del valenciano Ródenas (Grases, 1955; Giné Janer 2007; Pagni, 2006 y 2012; Soldevila-Durante, 2006).

Las categorías de zona de contacto y de transculturación son tomadas del trabajo de Mary Louise Pratt, Ojos imperiales. En este estudio, Pratt considera a la categoría de zona de contacto como el espacio de los encuentros coloniales, espacio social en el que las culturas dispares se encuentran, chocan y se enfrentan, a menudo en relaciones de dominación y subordinación asimétricas como pueden ser el colonialismo, la esclavitud, etc. Estas relaciones suelen ser duraderas. Son los espacios sociales de encuentro de culturas (26). Con respecto al uso de la categoría de transculturación, Pratt lo toma de la propuesta de Fernando Ortiz en Contrapunto cubano (1943, 1963) en la que adopta este término para reemplazar los conceptos de aculturación y desculturación que describían la transferencia de cultura realizada de una manera reduccionista (25). Para esta investigadora, la categoría de transculturación involucra las formas en las que los grupos subordinados o marginales seleccionan e inventan a partir de los materiales que les son transmitidos por una cultura dominante o metropolitana (25).

Este debate se suscita en la segunda mitad del siglo xviii y en él participan no sólo letrados europeos sino también americanos (ya entrado el siglo xix). La mirada eurocéntrica del norte de Europa destacó y consideró el atraso del continente americano debido a sus condiciones climático-geográficas y a su dependencia económico-política para con la Corona española. Esta polémica con los ribetes y posturas de sus más reconocidos representantes es analizada a detalle por Antonello Gerbi en La disputa del Nuevo Mundo.

Para analizar la versión del autor de la novela hemos cotejado la traducción de Mier y Rodríguez con las traducciones realizadas por la Editorial Porrúa (1987, sin datos del traductor) y la traducción de Patricia Martínez para la Editorial Cátedra (1989).

Ver al respecto las descripciones de las páginas 442, 443 y 444 de la versión de Rodríguez y Mier.

Es el caso de serpent a sonette que los traductores americanos traducen “culebra cascabel” o de oiseau moqueur que convierten en “sinsontles” (Soldevila-Durante: 447 y 452).

Este artículo no intenta demeritar ni cuestionar los análisis de autoría que realizaron a posteriori tanto Pedro Grases (1955) como Alfonso Reyes (1917) en los que las dudas con respecto a la autoría de traducción devinieron en disputas de autoría por la nacionalidad del escrito imbricándose de connotaciones fuertemente patrióticas y políticas de las que carece la mirada de Mier en sus Memorias y que no contribuyen a la lectura crítica que construye el presente trabajo.

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