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Inicio Latinoamérica. Revista de Estudios Latinoamericanos El bestiario medieval en las crónicas de Indias (siglos xv y xvi)
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Vol. 2014. Núm. 58.
Páginas 237-270 (Enero 2014)
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Vol. 2014. Núm. 58.
Páginas 237-270 (Enero 2014)
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El bestiario medieval en las crónicas de Indias (siglos xv y xvi)
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Marco Urdapilleta Muñoz
* Universidad Autónoma del Estado de México
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Resumen

El artículo estudia la forma en que está presente el Bestiario medieval, Bestiarum vocabulum, en las crónicas de Indias hasta fines del siglo XVI. A partir de un corpus integrado por cinco crónicas se concluyó que el Bestiario no fue un modelo a seguir en el tratamiento de la fauna ni una fuente. Sin embargo, se advierte un cuadro de similitudes que derivan de la convergencia en una tradición zoológica, pues tanto los bestiarios como las crónicas participan de una vasta y añeja red de vasos comunicantes diseminada incluso más allá de los libros.

Palabras clave:
Bestiario
siglo XVI
América
Historia Natural
Crónicas de Indias
Abstract

This article studies how medieval bestiary, Bestiarum vocabulum, can be found in the Chronicles of Indias as late as 16th century. From a sample of five chronicles, it was stated that medieval bestiary was not a model or a source for fauna depicting; although numerous similarities are observed because chronic and bestiaries share a vast and widespread network stale even beyond the books.

Keywords:
Bestiary
16th century
America
Natural History
Chronicles of Indias
Texto completo

El propósito de este artículo es observar si el Bestiario medieval incidió de alguna manera en la fauna americana representada en las crónicas de Indias pese a que no existe referencia a algún bestiario en ellas.1 Nuestro punto de partida es la idea de que ambos tipos de textos pertenecen a la misma “tradición discursiva”,2 y que aun cuando la forma y lengua resultan diferentes hay una serie de coincidencias en el contenido, ya sea en el repertorio mismo o en la manera de comprender la fauna. Esto significa que la influencia pudo haber sido indirecta. La respuesta a este planteamiento precisa, primero, de una breve caracterización tanto del bestiario medieval como de la historia natural tal como aparece en las crónicas3 de Indias, con el propósito de situar ambos géneros en la tradición zoológica occidental.

El Bestiario

El Bestiario se formó en el siglo xi y su apogeo sucedió a lo largo de los siglos xii y xiii, como un derivado, por evolución, del Fisiólogo latino, obra que aborda la significación, religiosa y moral de los animales citados en la Biblia. Según Xénia Muratova, constituyó una “típica obra enciclopédica popular de la Edad Media”;4pero, al igual que el Fisiólogo, no perdió el carácter de “compendio de ejemplos moralizadores utilizados en los sermones […] repertorios de interpretación alegóricas que permiten describir el simbolismo oculto de los seres que pueblan la naturaleza y […] panegírico a la gloria del Creador”.5 No obstante la explicación alegórico-moral en el Bestiario resultó aligerada, e incluso se eliminó en el Bestiario de Cambrai6 y en el Bestiario de amor,7 texto en el cual el dogma cristiano cedió el paso a la “cortesía”. Además el Bestiario, al igual que el Fisiólogo, careció de un orden sistemático pues el autor reunió información, la interpoló y complementó sus capítulos aleatoriamente; también careció de la estabilidad de su predecesor debido a que se organizó de acuerdo con las distintas tendencias hacia el conocimiento del mundo y la naturaleza, como lo muestran las diversas fuentes de las que se valió: las Etimologías de san Isidoro, el Hexámeron de san Ambrosio, Acerca del Universo de Rábano Mauro y Acerca de las aves de Hugo de Fouilloy e indirectamente, al parecer, de autores clásicos —la Historia natural de Plinio, la Historia de los animales de Eliano, y la Colección de hechos memorables de Solino— así como de la poesía épica, mitos y los Apócrifos del Antiguo Testamento.8

Cuatro tareas serias cumplió el Bestiario: la didáctico-moral en virtud de que se le concibe como un repositorio de ejemplos dirigidos a la construcción de los exempla en los sermones;9 en esta misma dirección se sugieren al lector conductas para su edificación moral; también permitió describir el simbolismo oculto de los seres que habitan la naturaleza y, por último, sirvió como panegírico de la gloria de Dios. Junto a estas funciones graves estuvo la de entretenimiento. Es importante añadir que en muy raras ocasiones se señalaron las propiedades curativas u otros beneficios prácticos de los animales y que el texto por lo regular fue acompañado por ilustraciones que mostraban al animal.

La historia de los animales en el Nuevo Mundo

La descripción de la fauna americana fue una tarea que realizaron algunos exploradores, soldados, funcionarios y religiosos como respuesta a la petición de información de las autoridades, deseosas de conocer la fauna y descubrir las propiedades de la naturaleza del nuevo continente.10 De ahí que no resulte difícil imaginar que en las descripciones se hubiera anotado junto con el hábitat, el aspecto físico y la conducta del animal, las advertencias para cazarlo, procesarlo y aprovecharlo como alimento, vestimenta o medicina, etc. Sin embargo no todo fue premura por sobrevivir y comerciar; la fauna indiana inspiró descripciones y reflexiones de carácter naturalista, fue campo para un fértil ejercicio retórico11 encaminado a celebrar las maravillas de la naturaleza y a su autor, y motivo de especulación didáctico-simbólica. Al mismo tiempo la materia natural constituyó una forma de entretenimiento, gracias a las anécdotas graciosas, las novedades y las maravillas.

¿Ante esta variedad de funciones en qué sentido se habla de un registro de la fauna en el marco de una historia? El término “historia”, tal como aparece referido en las crónicas, no sólo comprendía los “hechos” (res gestarum) de los hombres (historia moral), sino que abordaba otras tres parcelas del conocimiento relacionadas de diversas maneras entre sí: la historia divina, dedicada al conocimiento de Dios; la eclesiástica, a la Iglesia, entendida como institución y la natural, orientada a la naturaleza: plantas, animales, minerales, suelo, etc.12 Pensado como conocimiento de la naturaleza el término historia significaba más bien “investigación” o “estudio”, lo que si bien supuso cierto énfasis en la experiencia del observador—el “testigo de vista”— no implicó la necesidad de desechar el vasto saber especulativo, imaginario, experimental, práctico o vivencial acumulado en la milenaria tradición naturalista de Occidente. En este sentido, la historia natural funcionó como un archivo13 y correspondió a los cronistas de Indias completar los conocimientos de sus predecesores —y también corregirlos— registrando la naturaleza no referida por los antiguos. Es importante tener presente que la palabra “historia”, aplicada al campo del saber acerca de la naturaleza, no tradujo la idea de devenir, de transcurso y mucho menos de evolución pues se consideraba que las especies no cambiaban; existía más bien una inmensa variedad de seres distendidos por el espacio. Además en el marco de la crónica, la historia natural proporcionó la varietas necesaria para aligerar el taedium o sacietas de la narración histórica.

La historia de los animales frente al bestiario

Para hacer el contraste entre la historia natural y el Bestiario, dada la cantidad de textos existentes, se estableció una muestra de cinco crónicas que cumplieran con las siguientes características: 1) que hayan sido escritas antes de terminar el siglo xvi, por ser el momento más intenso del contacto de los cronistas con la novedad de la naturaleza americana; 2) que traten con relativa amplitud la fauna; 3) que representen la gama de acercamientos al reino animal que hubo en la historiografía indiana del periodo a considerar; 4) que las obras seleccionadas sean también las más significativas de su clase en el periodo fijado. Cinco historias alcanzaron estos requisitos14 y como son de sobra conocidas sólo se destacan algunos aspectos relevantes para nuestra investigación.

1. Las Décadas del Nuevo Mundo, 15 del humanista Pedro Mártir de Anglería (1456-1526), es la primera historia de Indias; narra con el latín de los humanistas, y desde España, los hechos de los castellanos. Su modelo de escritura, pese a que sigue en aspectos formales el género epistolar,16 es el relato de viaje17 pues, aunque Anglería jamás se trasladó a América, su manera de contar es “noticiosa” porque en la medida en que le llega la información la traslada a la escritura en un corto tiempo.

Anglería registra la fauna en forma dispersa y fragmentaria; sucede casi siempre como una anécdota curiosa de marcado carácter digresivo o cuando el espécimen difiere ostensiblemente de los conocidos o es portador de alguna maravilla; además en su recepción y representación hay resabios del mundo clásico. Dos breves ejemplos permiten tener una idea de la tónica de Anglería. El tratamiento de los monos responde a la anécdota humorística, es decir, alrededor de ellos “hay muchas cosas de risa que contar” y la principal es que su gracia reside en su capacidad para parodiar a los humanos. En el segundo caso las descripciones traen a cuenta la mitología clásica, ya que compara peces con sirenas: “Tanto Gil González como sus compañeros aseguraron a Pedrarias que durante este viaje hallaron a unas cien leguas de la colonia de Panamá un ancho piélago de color negro, en el cual nadaban unos peces del tamaño de delfines y dotados de cantos armoniosos y adormecedores, como cuentan de las sirenas”.18

Y si a juicio del humanista el animal no difiere de manera ostensible de los conocidos sólo recibe una ocasional y somera mención, en general, a partir de una nominación que lo asimila al más semejante del repertorio europeo, y en latín; acaso a veces nota una ligera diferencia. Hay que tener muy presente que Anglería representó la fauna a través de los relatos de otras personas; sólo vio en raras ocasiones a los animales en cautiverio o disecados.

2. La Historia general y natural de las Indias19 de Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557) es la primera crónica oficial de Indias. Esto significa que Oviedo tuvo la potestad para solicitar a las autoridades indianas información de los hechos de los castellanos y la naturaleza. En este caso persiguió “hacer memoria de los secretos e cosas que la natura produce en estas nuestras Indias”. Cuatro de los 50 libros de la historia tratan de la fauna,20 aunque se refieren más animales a lo largo de la narración, cuando alcanzan alguna peculiaridad. Este carácter acumulativo y noticiario, tan propio de los relatos de viaje, otorga una tónica de improvisación al texto que no demerita la calidad de las descripciones que rivalizan con las de un profesional o físico. Muy atento al provecho que podía extraerse de los animales, Oviedo no descuidó la amplificación retórica, ni la especulación fabuladora ni el gusto por la anécdota. Su modelo fue la Historia natural de Plinio a quien se refiere con frecuencia como su mayor autoridad junto con las enciclopedias De natura rerum de Bartolomé el Inglés y De propietaribus rerum de Alberto Magno, y las Etimologías de san Isidoro.

3. La Historia general de las cosas de la Nueva España21 de fray Bernardino de Sahagún (1499-1590) siguió el modelo del diccionario Cornucopia latina (1502) del lexicógrafo Ambrogio Calepino: “es un tesoro del lenguaje y vocablos de la lengua mexicana”. Pero si bien hay una marcada preocupación por el léxico, la obra de Sahagún apunta también a elaborar una enciclopedia de la cultura de los nahuas del Altiplano. Dos propósitos tuvo esta historia: contribuir a la erradicación del paganismo que permanecía entreverado con las enseñanzas evangélicas, y quitar el estigma de barbarie endilgado a los nahuas mostrando sus logros materiales y morales expresados en su misma lengua.

De los 12 libros que integran la historia, el 11 aborda la naturaleza y los animales llenan los cinco primeros capítulos. El registro de la fauna local, en consonancia con el propósito general del texto, privilegia la óptica nahua —aunque el sistema clasificatorio provenga en gran parte de Europa— y se constituye como un reservorio del que los predicadores pudieran valerse para poner “ejemplos y comparationes” en sus sermones y homilías; en este sentido los animales funcionan como loci o figurae. El otro objetivo fue combatir la creencia en la divinidad de los animales.22 El criterio para la selección de la fauna fue el registro de los “más conocidos y usados” como lo pide la didáctica de los translata signa cristiana.23 Esto significa que se deja a un lado la especulación o la exornación retórica vinculada a la maravilla, pero no el propósito de elaborar una enciclopedia de la cultura nahua a partir de un interés lexicográfico.

4. La Historia natural de la Nueva España del protomédico real y erudito Francisco Hernández (1514-1587), es el fruto de la primera expedición científica a América (1571-1577).24 Al parecer en sus orígenes estuvo compuesta25 por cuatro libros en latín que contenían 2 911 descripciones de vegetales, 410 de animales y 14 de minerales completados con 15 libros con ilustraciones, éstas realizadas con cierta frecuencia por dibujantes indígenas. Las ilustraciones que acompañan la edición consultada casi en su totalidad provienen de la edición romana (1630-1651) y fue elaborada por los eruditos de la Accademia dei Lincei; otras provienen de la edición de la Historia natural de Nieremberg, quien conoció los originales manuscritos de Hernández. Por otro lado, en las descripciones no prima el criterio de la utilidad médica, sino el de la historia natural; es decir, se hace el registro de la fauna con la que entra en contacto el autor o la que describen sus informantes indígenas sin la restricción de la utilidad médica. La inmensa labor naturalista le valió a Hernández ser considerado con justicia un nuevo Plinio —cuya obra había vertido al español y le había servido como modelo— porque trató de completar con nuevos capítulos la enciclopedia de su maestro.

5. La Historia natural o moral de las Indias26 de Joseph de Acosta (1540-1600), impresa en 1592, recoge con gran concisión y puntualidad hechos históricos al tiempo que explica los aspectos de la naturaleza que, desde su perspectiva, no han sido tratados en forma adecuada por las fuentes anteriores. Esta historia gozó de un gran prestigio durante la Colonia, incluso fuera de los dominios de la Corona española, por la capacidad del autor para plantear, entre otras cosas, la solución de los problemas o maravillas de la naturaleza, entendido este concepto como un enigma que aún no alcanza a ser comprendido mediante una explicación que resulte lógica en su campo del saber. Así lo formula el jesuita en el “Proemio” a su historia: “Del Nuevo mundo e Indias Occidentales han escrito muchos autores diversos libros y relaciones que dan noticia de las cosas nuevas y extrañas, que en aquellas partes se han descubierto […]. Mas hasta agora no he visto autor que trate de declarar las causas y razón de tales novedades y extrañezas de naturaleza […]”.27 Los problemas que presentaba la naturaleza eran los de la región “Tórrida” de la que la “filosofía antiguamente recibida y platicada” poco sabía.

La fauna americana aparece sólo en unas cuantas páginas del libro iv, luego de las secciones que tratan las minas y plantas y, en particular, la fauna propia de Indias; a los que ya juzga suficientemente conocidos sólo los menciona. Su interés filosófico se centró en discernir cómo pasó la fauna desconocida al continente y por qué hay animales diferentes a los del resto del mundo, y el descriptivo en el registro de los animales notables por su diferencia como el cóndor, colibrí, buitre. Las vicuñas, tarugos, pacos y guanacos le resultan interesantes, pero a pesar de su novedad su atención se dirige a la utilidad. Las fuentes explícitas de Acosta son la Biblia, De partibus animalium de Aristóteles y la Historia de los animales de Plinio.

Para iniciar el contraste entre el Bestiario y la historia de los animales y mostrar los posibles vasos comunicantes entre ambos géneros que comparten una tradición discursiva, inicio destacando las diferencias más relevantes: en primer lugar, las historias naturales, a diferencia del Bestiario, no se articularon como un texto independiente: en Sahagún y Acosta las descripciones de la fauna conformaron un conjunto bien delimitado, aunque estos segmentos se hallan integrados a la estructura de una obra mayor. Lo mismo sucede con Fernández de Oviedo, pero su ensamble unitario —el libro xii— con frecuencia fue rebasado por una fauna diseminada a lo largo de su texto; en las Décadas, la fauna está dispersa por completo; sólo en el caso de Hernández pudo suponerse que la fauna hubiera podido aparecer en forma de un texto autónomo; sin embargo, también es plausible que el protomédico lo hubiera integrado, a la manera de Plinio, como una unidad en su tratado sobre la naturaleza de la Nueva España.

Otra diferencia que dificulta el acercamiento de los bestiarios a la historia natural es que en aquél la fauna aparece sin ningún principio de orden evidente, en cambio domina en las historias naturales el orden sugerido por Plinio,28 que distribuye los animales de acuerdo a su hábitat (libro viii, animales terrestres; ix, animales acuáticos; x, volátiles; xi, insectos). Fernández de Oviedo, en el libro xii y Hernández lo siguieron cabalmente, no así Sahagún que ubica en el primer capítulo a los “animales” terrestres, en el segundo a las “aves”, en el tercero a los “animales del agua”, en el cuarto a los “animales feroces del agua” y en el quinto a las “serpientes y otros anima[les]”.29 Acosta no tuvo en mente en ese momento a Plinio pues, como se dijo, más bien persiguió explicar el origen y utilidad de la fauna propia de América; este orden no existe en las Décadas.

Tampoco las historias naturales poseen un repertorio de imágenes que ilustre gráficamente la escritura como se acostumbra en el Bestiario; las ilustraciones en el Códice Florentino y en la historia de Hernández, que como ya se dijo, fueron grabados añadidos por los editores, pero teniendo a la vista los manuscritos originales.

Por último, una divergencia crucial entre los bestiarios y las historias naturales está en la característica glosa alegórica que condujo la lectura moral de la fauna en el Bestiario; en la historia natural primó una lectura literal o “histórica”30 que se finca en la experiencia de los sentidos31 y el interés pragmático, aunque los animales no perdieron sus rasgos morales debido a que en su comprensión de la fauna tuvo un papel central la antropomorfización de la fauna. Incluso en Sahagún, cuyo compendio, como se mencionó, está regulado por la pretensión de explicar el dogma y conducta cristiana a los neófitos, no existe un rompimiento efectivo de los patrones descriptivos y pragmáticos a favor de una lectura simbólica o alegórica del reino animal articulado en la mentalidad nahua; a distancia describe los valores simbólicos de los animales entre los nahuas. Estas diferencias en torno a la lectura simbólica de la fauna pueden ser ilustradas mediante tres descripciones del pelícano. La primera corresponde al Fisiólogo, la segunda a Hernández y la tercera a Sahagún:

El fisiólogo dijo acerca del pelícano es muy amante de sus hijos. Cuando engendra los polluelos y éstos crecen un poco golpea el rostro a sus padres; entonces los padres, pegan a sus hijos y los matan. En seguida los padres sienten compasión, y lloran durante tres días a los hijos que mataron; pero al tercer día la madre se desagarra el costado, y su sangre, al derramarse sobre los cuerpos muertos de los polluelos, les devuelve la vida.32

Es claro que esta descripción no se refiere al pelícano tal cual lo pueden representar los ojos o la experiencia naturalista; alude a una conducta en la que el ave aparece significando comportamientos humanos; sólo la lectura alegórica permite descifrar el sentido del texto. En el Fisiólogo la estampa del animal inicia con una representación de la apariencia y conducta de éste y continúa con el segmento de la exégesis alegórico-moral en el que se exponen los principios dogmáticos y éticos del cristianismo, extrayéndose así la substancia simbólica que subyace a la physis. La exégesis alegórica indica que el pelícano es Cristo y sus hijos los humanos que desobedecen al creador; luego, la sangre que cae sobre los vástagos significa que Cristo es la fuente de la vida, la Salvación.

La referencia al pelícano o alcatraz de Francisco Hernández responde a la percepción y criterios de representación de esta ave que tienen los españoles del siglo xvi fincada no en los libros, sino en su experiencia:

Es pues una ave acuática, de donde toma el nombre; empenachada palmípeda, mucho más grande que el cisne y nada comestible; sus plumas son en su mayoría blancas tirando a leonado, aunque las de las alas son en gran parte negras (lo cual sucede principalmente en el macho); tiene uñas negras y pies y piernas blancos […].33

Para situar al lector frente al ave no es suficiente la denominación nahua (atótotl); Hernández se vale de la comparación con el pelícano de la cultura europea y establece que el que ha observado presenta algunas diferencias. Para completar el cuadro anota la utilidad que le dan los nahuas. Resulta claro que no hay aquí ningún ejercicio de lectura simbólica o alegórica de la naturaleza mexica o cristiana.

La descripción de Sahagún no precisa a qué animal equivale el atótotl, palabra que en náhuatl es un genérico que se traduce como “gallina del agua” y que en esta taxonomía nahua denomina varias especies de aves:

Tiene esta ave la cabeza grande y negra, y el pico amarillo, redondo y largo, como un palmo; el pecho y las espaldas blancas. La cola tiene corta. […] Esta ave no se recoge en los espadañales. Siempre anda en el medio del agua. Dicen que es corazón del agua, porque anda en el medio del agua siempre, y raramente parece. Sume las canuas en el agua con la gente. Dicen que da voces; llama al viento, y entonces viene el viento recio, y sume las canuas. Esto hace cuando la quieren tomar. 34

La descripción del franciscano no se reduce a dar las características físicas que identifican al ave; ante todo le importa notar que los nahuas le conceden poderes sobrenaturales sobre los humanos; así, las observaciones que registra el franciscano no son sobre el ave en sí, sino sobre el ave comprendida por los nahuas.

Como se pudo comprobar, los cronistas pretendieron registrar la fauna mediante la observación empírica,35 aunque no siempre se hizo, y se apoyaron en textos que no fueron los bestiarios. Por supuesto hubo excepciones y en el caso de Sahagún, como se dijo, persiguió de manera programática plasmar la perspectiva de los nahuas.36

Fijadas las diferencias básicas entre el Bestiario y las crónicas, toca exponer ahora sus vínculos, los posibles puntos de contacto. Enlisto estas confluencias:

1. Entre los cronistas y los autores de bestiarios prevaleció una concepción de la naturaleza semejante, aunque no idéntica pues entre los primeros había una actitud atenta a los fenómenos; no eran meros compiladores. El punto en común es la concepción de la naturaleza como regida por Dios; ella es la imagen velada de su sabiduría, su “espejo”. La realidad física no sigue leyes propias, traduce los dictados sobrenaturales, el conocimiento está encaminado a descubrirlos, pero para enmendar su vida. Hay aquí un mundo duplicado en el que se halla una realidad física y una realidad “espiritual” que presentan rasgos en común.37 De ahí que “entender o explicar algo era para los pensadores de estos siglos mostrar que lo que se veía no era lo que aparentaba sino que era signo o símbolo de otra cosa distinta.”38 No se pretendió observar el universo para extraer un conocimiento cada vez más preciso y profundo, sino contemplarlo para ver cómo se manifiesta la obra de Dios y, entonces, conocerlo y glorificarlo. Esto significaba también que la naturaleza fue considerada como una fuente de enseñanza moral, pues en ella se escenifica la lucha cósmica entre el Bien y el Mal; en este marco, los animales representan el antagonismo entre estas grandes fuerzas cósmicas. Si la naturaleza aparece como un mensaje de Dios a los hombres, del que se extraen las normas que deben regir el pensamiento y la conducta humana, entonces el estudio de la fauna en sí misma, dado que se consideraba que el animal no tenía alma, que sólo reflejaba el poder de Dios, no resultaba útil ni deseable para la Salvación; rozaba los límites de la idolatría39o cuando menos, dicen los cronistas era vana “curiosidad”. Por otra parte es importante señalar que hay una profunda vinculación entre todas las criaturas del mundo que, finalmente, lleva a una perspectiva antropomórfica de la fauna.40

Entre los cronistas, y sin dejar atrás esta concepción de la naturaleza y sin que se perciba un mayor conflicto, se advierte, en mayor o menor medida, un acentuado interés por los seres naturales y las “causas segundas”. La razón de esta falta de conflicto frontal obedece, por un lado, al reconocimiento de la utilidad de la naturaleza para el hombre, y por supuesto va junto con la idea de que siendo la naturaleza un especulum naturale hay diferentes niveles de comprensión o mejor dicho, de interpretación. Está aquí la lectura literal o histórica que hace caso de los fenómenos considerados como “hechos”, aunque también pretende su explicación, esto es, determinar sus “causas”, tarea propia de los “físicos” (los encargados de estudiar el mundo natural); viene luego la lectura que interpreta el mundo más allá de su apariencia física.41 Y es ésta la más importante para el hombre, dice en varias ocasiones Fernández de Oviedo y Acosta, puesto que le enseñan el camino hacia Dios. Examinemos esto en un revelador pasaje que cito en extenso porque hace explícita la concepción de la naturaleza que rige entre los cronistas:

Toda historia natural es de suyo agradable, y a quien tiene consideración algo más levantada, es también provechosa para alabar al Autor de toda la naturaleza. […] Quien holgare de entender verdaderos hechos de esta naturaleza, que tan varia y abundante es, terná el gusto que da la historia, y tanto mejor historia cuanto los hechos no por trazas de hombres, sino del Criador. Quien pasare adelante y llegare a entender las causas naturales de los efectos, terná el ejercicio de buena filosofía. Quien subiere más en su pensamiento, y mirando al Sumo y Primer Artífice de todas estas maravillas, gozare de su saber y grandeza, diremos que trata de excelente teología. Así que para muchos buenos motivos puede servir la relación de cosas naturales, aunque la bajeza de muchos gustos suele más de ordinario parar en lo menos útil, que es un deseo de saber cosas nuevas, que propiamente llamamos curiosidad. La relación de cosas naturales de Indias, fuera de ese común apetito, tiene otro, por ser cosas remotas y que muchas de ellas o las más no atinaron con ellas los más aventajados maestros de esta facultad, entre los antiguos.

Acosta ejemplifica muy bien la forma de acercarse a la naturaleza que tuvieron los cronistas proponiendo una verdadera jerarquía; entre las positivas en primer lugar está el registro verdadero de los hechos, la “historia natural”, y señala aquí la excelente dimensión ejemplar de esta lectura pues refleja mejor la voluntad de Dios que la historia de los hombres (“historia moral”); en segundo lugar ubica una lectura como la que él hace, que explica las diferencias del Nuevo Mundo mediante la “razón” fincada en las autoridades; la tercera lectura se plantea como la contemplación de la divinidad a través de sus obras. Por último lanza una diatriba contra una forma de conocimiento que refiere como “curiosidad”, que es el simple y vano deseo de las novedades y maravillas de lo exótico.

Si bien la lectura simbólica de la naturaleza está presente en los principios de los cronistas no es frecuente que pongan en marcha este mecanismo de lectura, no queremos dejar este punto sin un ejemplo. Fernández de Oviedo en el Sumario de la natural historia de las Indias hizo una lectura moral explícita cuando, a partir de una escena que protagonizan los peces voladores, reflexiona acerca de la inseguridad de la vida y de la confianza que debe tenerse sólo en Dios, un tópico frecuentado por la retórica eclesiástica:

vi un contraste de estos peces voladores y de las doradas y de las gaviotas, que en verdad me parece que era la cosa de mayor placer que en mar se podía ver de semejantes cosas. Las doradas iban sobreaguadas, y a veces mostrando los lomos, y levantaban estos pescadillos voladores, a los cuales seguían por los comer, lo cual huían con e vuelo suyo, y las doradas perseguían por los comer, lo cual huían con el vuelo suyo, y las doradas perseguían corriendo tras ellos a do caían; por otra parte, las gaviotas o gavinas en el aire tomaban muchos de los peces voladores; de manera que ni arriba ni abajo no tenían seguridad; y este mismo peligro tienen los hombres de esta vida mortal, que ningún seguro hay para el alto ni el bajo estado de la tierra; y esto sólo debería bastar para que los hombres se acuerden de aquella segura folganza que tiene Dios aparejada para quien le ama, y quita los pensamientos del mundo, en que tan aparejados están los peligros, y los poner en la vida eterna, en que está la perpetua seguridad.42

La escena descrita por Oviedo muestra el placer que le causa encontrar en el mundo natural una enseñanza moral. Sin embargo, este afán didáctico en torno a este animal no aparece en la Historia general, donde sólo describe su fisonomía y el buen sabor de su carne. Es de suponerse que para Oviedo la labor del historiador de la naturaleza no era edificar a sus lectores a través del planteamiento de alegorías, comparaciones o ejemplos que suscita la fauna, sino describir al animal, eso sí, con ocasionales valoraciones morales que corresponden a su comprensión del reino animal. Subyace a esta negativa el supuesto de que le corresponde al lector extraer las enseñanzas para enmendar su vida en el momento de la lectura.

2. Hay textos que constituyen referentes comunes entre los autores de bestiarios y los de las crónicas de Indias y que proporcionan a éstos un modelo para desarrollar su materia, por ejemplo la Historia natural de Plinio (fuente no directa, sino asimilada a través de las Etimologías) o bien un repertorio autorizado y necesario para poder identificar o ubicar la fauna de Indias. De acuerdo con esto las fuentes más importantes de las crónicas son: la Historia natural de Plinio en autores como Hernández y Fernández de Oviedo pues, como ya se dijo, estos cronistas al describir los animales pensaron en imitar y al mismo tiempo completar a Plinio haciendo la suma de la nueva fauna.43 En segundo plano están las Etimologías de san Isidoro y la Biblia. En otros textos más abrevaron los cronistas pero no los autores de los bestiarios: De partibus animalium de Aristóteles, citado por Hernández y Acosta, y De partibus animalium de Alberto Magno, mencionado por Fernández de Oviedo; también una fuente ocasional De propietaribus rerum, la enciclopedia de Bartolomé el Inglés, traducida al español. Estas enciclopedias, sin embargo, se nutrieron directamente de las fuentes antiguas, la Biblia, las Etimologías, pero sobre todo de Plinio ya de manera directa.44

Pero el hecho de que se coincidiera en el uso de Plinio, san Isidoro y la Biblia no permite pensar en un influjo indirecto del Bestiario en las crónicas, sino ante todo en la existencia de un vasta tradición discursiva sobre los animales constituida por bestiarios, historias naturales, enciclopedias, relatos de viajes, apólogos, fábulas, refranes, tratados eclesiásticos, emblemática, folclore, etc., que ancló de una u otra forma en el saber de los cronistas y de los autores de los bestiarios. Lo que puede admitirse, entonces, es que el Bestiario medieval no fue considerado una fuente autorizada (o disponible) para encauzar la comprensión de la fauna de Indias.

3. En ambos conjuntos hay animales comunes debido a su apariencia física, aunque sus conductas y propiedades difieren en forma notable. Es el caso del pelícano, mono, cocodrilo, camaleón, venado, bisonte, lobo, perro, sirena, etc. Otros más tienden a ser confundidos mediante una asimilación comparativa, como el jaguar con el tigre o el puma con el león; otros más son tratados como equivalentes en razón de su conducta y valor simbólico como el colibrí y el ave fénix. Así, para proporcionar visibilidad45 a la fauna americana novedosa se utilizaron las referencias conocidas sobre los animales integrados en el repertorio de los bestiarios, aunque no son exclusivos de ellos. Es el caso del gato monillo, cuya asimilación está orientada por la referencia al grifo:46

Dice Isidoro en sus Etimologías que los grifos son la mitad león y la mitad águila. Allende de lo que está dicho, es de notar que es verdad que hay tales animales, porque en el Levítico, cap. xi, hace la Sagrada Escriptura mención de este animal grifo. E declarando la glosa este paso, dice que el grifo ha cuatro pies, e que la cabeza e las alas son semejantes al águila, e que lo restante de su cuerpo es o paresce al león; e mora en las montañas hiperbóreas, e hace muchos males a los hombres e a los caballos. E dice, más desto, aquel tractado llamado De propietaribus rerum que este animal grifo pone en su nido las esmeraldas contra las bestias que ahí moran. Y a propósito de lo que de suso apunté del grifo, ha venido a mi noticia de otra cosa que no me es menos maravillosa que los grifos. La cual cuentan que, en la tierra austral del Perú, se ha visto un gatico monillo, destos de las colas luengas, el cual, desde la mitad del cuerpo, con los brazos e la cabeza, era todo aquello cubierto de pluma de color parda, e otras mistura, de color; e la mitad deste gato para atrás, todo él, e las piernas e la cola, era cubierto de pelo rasito e llano, de color bermejo, como leonado claro. Este era muy mansito e doméstico, e poco mayor de un palmo.47

Se observa que hay varias fuentes de información autorizada de Fernández de Oviedo. En primer lugar, la Biblia; el funcionario cree entonces a pie juntillas en la existencia del grifo y fija su apariencia, hábitat y su enemistad con el hombre y el caballo con san Isidoro. Y a partir de De propietaribus rerum de Bartolomé el Inglés afirma que estos seres guardan esmeraldas o piedras preciosas. Esta imagen del grifo se le ocurre al historiador para dar visibilidad a una especie de gato monillo o gato paul que no es otra cosa que un primate pequeño. Con respecto a esta combinación maravillosa de plumaje con pelo hay que tener presente que Fernández de Oviedo no lo conoció vivo sino disecado y recibió información “de oídas”. Vale tener presente que este cronista es el único que se refirió a este animal.

Hay también animales comunes en los repertorios de ambos lados del Atlántico debido a su apariencia física, aunque en sus conductas y propiedades reluzcan a veces las diferencias. Es el caso del pelícano, mono, cocodrilo, camaleón, venado, bisonte, lobo, perro, etc. Otros tienden a ser confundidos o asimilados en las crónicas mediante una rápida comparación como el jaguar con el tigre o el puma con el león, aunque se notan sus diferencias; otros más son tratados como equivalentes a los recogidos en los tratados del Viejo Mundo en razón de su conducta y valor simbólico, como el colibrí que semeja al ave fénix, pero la distancia es clara: uno hiberna y el otro surge de sus cenizas, aunque ambos refieran a la resurrección de Cristo y a la inmortalidad del alma.

4. Tanto en las crónicas como en los bestiarios se incorporan las descripciones de animales modeladas originalmente desde una óptica cultural ajena, aunque siempre hay un sesgo interpretativo más o menos fuerte en la recepción. En el caso del bestiario que asimiló mitos y leyendas de la India, Egipto e Israel e historias naturales de Roma y Grecia. Las crónicas incorporaron la comprensión de la fauna de las naciones de las Indias.

Esta apropiación de la perspectiva que tuvieron los pueblos de América de los animales fue nula en Acosta y escasa en Anglería y Fernández de Oviedo; permanente y deseable para Sahagún, que planeó su enciclopedia del mundo nahua y frecuente en Hernández, quien no estuvo suficientemente alerta ante los mitos indígenas. En este sentido, resulta muy interesante advertir cómo Hernández, un médico, trata un animal desde la óptica nahua. Veamos al ocotochtli cuya traducción es “conejo de los pinos” (lince o gato montés):

Es un animal feroz del tamaño del galgo, con cuerpo rollizo, bajo y grueso, orejas pequeñas, cara de león o de gato y roja a veces, piernas gruesas, uñas corvas, pelo pardo en el dorso, blanco en el vientre y ceniciento en el resto del cuerpo. […] Vive en los montes de Tetzcoco, y caza ciervos y otros animales semejantes, y algunas veces también hombres, lamiéndoles o tocándoles los ojos, la cual [la lengua] es tan venenosa que al punto los ciega y aún los mata. Cubre los cadáveres de los occisos con yerbas, heno o césped, y trepando a los árboles cercanos aúlla; al punto las fieras que hay en los alrededores conocen lo que quiere, acuden corriendo y se ceban en la presa, y después de todos el ocotochtli, para que no, comiendo él primero, mueran por su veneno los demás animales.48

Es claro que no puede reconocerse la conducta o atributos del lince o gato montés; el tratamiento del ocotochtli corresponde a la comprensión nahua, pues es descrito en los mismos términos que captó Sahagún.49 Pero es importante notar la forma en que se realiza la apropiación en la tradición europea, cuando desde España el jesuita Eusebio Nieremberg50 halla que este animal posee la “virtud heroyca”, la valentía, pues caza animales mayores que él; y también representa la “generosidad” porque además de alimentar a los otros animales los protege de sí mismo. Sin duda el ocotochtli entró con pie derecho en la emblemática española.

Otro ejemplo ilustrativo de esta apropiación tiene que ver con las variedades de la mazacóatl (“serpiente venado”) una serpiente con pequeños cuernos usada entre los nahuas como afrodisiaco.51 Estos rasgos hacen factible que sea asimilada al demonio; la comparación es obvia para quienes hacen la lectura moral de la naturaleza: los cuernos corresponden a la imagen del demonio y sus virtudes genésicas al vicio de la lascivia.52

Los propósitos de esta asimilación de la perspectiva indígena de la fauna fueron variados: el de Sahagún, servir como recurso para la predicación, al proporcionar un acervo del que puede echar mano el predicador para los ejemplos y comparaciones en sus homilías y prédicas; el de Hernández, describir la fauna y recabar el conocimiento medicinal de los indígenas y el de Oviedo y Anglería mostrar algunos usos prácticos, así como el rasgo de novedad y sorpresa.

5. Un aspecto relevante en el registro de la fauna, común a los bestiarios y a las crónicas de Indias, reside en la orientación de la mirada hacia lo diferente, lo que por serlo puede llegar hasta constituirse en maravilla. Con esta idea no se alude a la maravilla que suscita toda la obra de Dios, sino un segmento de ella, el que lleva el acento de la diferencia, lo desconocido, lo novedoso; es la maravilla que es noticia y cuyas propiedades o cualidades no han sido explicadas. Así, el emblemático “nunca antes visto, dicho ni oído” que cebó los oídos de los viajeros y cronistas ante una fauna desconocida encuentra una plena equivalencia en el Bestiario, pese a que sus autores fueron meros compiladores que rastreaban las fuentes antiguas. En este contexto, la maravilla no constituyó un mero elemento de ornato sensacionalista, sino una prueba contundente de que se pisaban tierras exóticas, puesto que la naturaleza obraba de otra manera en cada latitud; asimismo resultó ser un poderoso estímulo para el viaje53 y a la postre un argumento eficaz para probar que el viaje había sido real. Sin duda alguna son Fernández de Oviedo y Anglería quienes mejor representan esta perspectiva, que se advierte gracias a la estrategia laudatoria o “encarecimiento” que acompaña sus descripciones así como por frases como estas: “pues que en las obras de natura tan maravillosas cosas vemos por nuestros ojos e tocamos con nuestras manos, que una sola basta a tener la mente del hombre en grandísima admiración”.54

6. En los bestiarios y crónicas existe la intención de inducir el placer estético, acto que no es desinteresado, sino ligado a la contemplación de la divinidad, ya que la naturaleza es hermosa gracias a que la omnipotencia divina “resplandece” en ella: “el mundo sólo puede ser venustus, lindo, agradable. Las Bellezas de lo creado —dice Dionisio— sólo son reflejos de la suma belleza; una criatura es llamada bella en cuanto participa en algo de la belleza de la forma de la naturaleza divina y de este modo se torna en cierta medida formalmente semejante a ésta”.55 Una faceta muy importante de esta percepción estética de la naturaleza está ligada a la maravilla y a la diversidad; actitud que es bastante notable en Anglería y Fernández de Oviedo de quien tomamos este pasaje que la resume:

Mas aquestas diversidades e otras hace natura en diversos animales e climas; e como dixo un poeta moderno […] llamado Seraphin del Águila, en un soneto o versos suyos, hablando de las cosas naturales e diferentes efetos:

Per tropo variar, natura é bella.

Por tal variar es hermosa la natura. Así que en diversas regiones diferenciadas y extrañas cosas se hallan e se producen en un género mismo de animales.56

No se advierte esta percepción estética de la naturaleza en Acosta, pues él está dedicado a la exploración filosófica y en Hernández dedicado a la medicina, aunque con frecuencia en sus descripciones aparecen evaluaciones acerca de la belleza o no de tal o cual animal. En el caso de Sahagún, dedicado a la etnografía, sólo se encuentra una frase en el prólogo al libro xi en la que subraya que es una “materia muy gustosa”.

Reflexiones finales

Los acervos de Anglería, Fernández de Oviedo, Sahagún, Hernández y Acosta dedicados a la historia de los animales no integran bestiarios porque, primero, carecen de independencia, de una configuración que integre la fauna como unidad y, segundo, sólo en muy contadas ocasiones se muestran proclives a poner en marcha los mecanismos propios de las lecturas no literales, esto es simbólico-morales, pese a que ven en la fauna una opción para edificar moralmente. Y si bien el Bestiario medieval no fue un modelo a seguir ni constituyó una fuente directa para las historias de los animales de las Indias estudiados aquí, y si ni los contactos de los bestiarios con las enciclopedias y tratados que sirvieron de fuente a algunos cronistas permiten asegurar a ciencia cierta que hubo una efectiva continuidad entre las historias naturales y el Bestiario, un cuadro de convergencias y paralelismos lleva a pensar en una presencia difusa del Bestiario medieval en las crónicas. Las similitudes provienen de la confluencia en una misma tradición zoológica fincada en Occidente por la Biblia, Plinio, Eliano, Solino, el Fisiólogo, san Isidoro y la Enciclopedia medieval; esto es, tanto los bestiarios como las crónicas participan en una vasta y añeja red de vasos comunicantes diseminada en los libros, mapas, esculturas, grabados, tapices, pinturas, folclore oral, emblemas, etc. Pero sobre todo hay en común también una manera de ver, comprender y describir la fauna sustentada en una concepción teológico-moral de la naturaleza, aunque, como se ha señalado, entre los cronistas éstas se hayan ya acotadas por la historia natural fincada en el prurito de atender los hechos y los apremios de la utilidad; así, el historiador de la naturaleza no es un mero compilador, sino principalmente un testigo de vista o de oídas que trata de dar cuenta de la nueva fauna, aunque las autoridades del Viejo Mundo siguen siendo un referente, pues el nuevo conocimiento debe ser enmarcado en la tradición zoológica.

Ya en un plano especulativo, y un tanto al margen de las conclusiones, ¿se puede pensar que las descripciones de la fauna en las crónicas podrían constituir un nuevo capítulo del Bestiario? En sentido estricto y por lo que se ha venido argumentando, no. Sin embargo, pensando en los bestiarios medievales que están más cerca de las historias naturales y que no eran textos típicos de su clase como el de Cambrai, que prácticamente participa del estilo enciclopédico por su falta de alegorización, o como el de Aberdeen y otros más, cuyo contenido no se reduce a la fauna, pudiera abrirse un nuevo capítulo. Esto es lo que sugiere el denominado —propia o impropiamente— “primer bestiario español”, el Bestiario de don Juan de Austria (c.1570).57 Su autor extrajo de las diversas fuentes tradicionales y de las que tocan las Indias de Oriente y de Occidente58 recientemente “descubiertas” un repertorio que ilustró, aunque se cuidó de no engrosar sus líneas con la alegoría o el denso aparato filológico y simbólico de los tratados del siglo xvi. Podría suponerse que se trata de una historia natural más; sin embargo, un ejemplo puede hacer pensar otra cosa. Veamos la tónica descriptiva del pez raya, cuya mansedumbre y bondad lo liga no sólo al delfín de Plinio y Solino y los bestiarios medievales, sino también a Matum, el manatí descrito por Pedro Mártir de Anglería:59

Hállanse dos linages de peces deste nombre raya; el uno se llama raya y el otro media raya. Este pez raya que aquí se pone es aventajado entre todos, de mayor nobleza parece qyerre usar de razón pues se inclina a la Misericordia, según vemos en su exercicio, que si ve al hombre caer en el agua le va a socorrer porque no le despedacen las bestias marinas [sic] con su clemencia le ayuda y lleva sobre sus cuestas hasta tierra y le libra y salva.60

Con frecuencia el tratamiento de la fauna en Indias no es muy diferente; el bestiario que pudiera emerger de las crónicas abarca una fauna en la que la mirada acentúa lo diferente y lo exótico, el mito y la leyenda, pero ante todo se expresa y plasma en una estética en la que van juntos el topos y la retórica de la maravilla,61 así como la conducta, la diversa apariencia y las notables propiedades de una fauna desconocida. Puede pensarse entonces que la piedra de toque de este bestiario radica en la “estetización de lo maravilloso”,62 actitud sentida y apreciada por quienes a finales del Medioevo se interesaron por las fronteras, por los límites de lo conocido. Esta disposición se complementa con la idea de que las representaciones de la fauna proceden de una observación aguda, atenta a los sentidos, y del gusto por lo anecdótico; por lo narrativo más que por una rigurosa taxonomía o un estudio anatómico que tiende a cerrar las emociones del observador. Quizá sólo desde esta perspectiva podría hablarse de un bestiario del Nuevo Mundo diferente del medieval y de las sumas zoológicas de la Europa del siglo xvi, como la Historia de los animales de Konrad Gesner y las de Ulisse Aldrovandi, impregnadas de un espíritu libresco y filológico,63 así como de una acusada propensión a la teratología; aunque cuando se piensa en aquél, puede decirse que permaneció el espíritu del observador atento heredado del aristotelismo.64

Es sólo a partir de la segunda mitad del siglo xx que con claridad se ha visto la posibilidad de este nuevo capítulo del Bestiario. Basta con formar unidades textuales independientes dirigidas por la intención de capturar la maravilla y lo exótico que asombraba a los cronistas. Muestra de ello son Para un bestiario de Indias, una reelaboración creativa y al tiempo documentada de Alberto M. Salas,65 así como los diversos ensambles integrados por fragmentos de varios cronistas de los siglos de la Colonia, como el Bestiario de Indias compilado por Marco Urdapilleta,66 o bien las antologías elaboradas a partir de una sola obra, el Bestiario de Indias, constituido con la fauna del Sumario de la natural historia de las Indias de Fernández de Oviedo,67 y Animales del nuevo mundo. Yancuic cemanahuac iyolcahuan, editado por Miguel León Portilla, que agrupa ocho estampas de animales que provienen de la Historia de las cosas de la Nueva España de Sahagún.68 La posibilidad de este nuevo capítulo ha sido advertida también por diversos acercamientos a la fauna descrita en la Colonia como el de Hernando Cabarcas Antequera,69 Esperanza López Parada,70 que ubica el bestiario en el cuento latinoamericano, y Demetrio Gazdaru71 que también busca el bestiario medieval en la literatura americana.

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Por otro lado es importante notar que no hay propiamente un bestiario en castellano; existe un bestiario catalán hecho a partir de diversas recensiones del Bestiario toscano. Véase nota 57.

La definición del término de “tradiciones discursivas” es de Johanes Kabatek, “Tradiciones discursivas jurídicas y elaboración lingüística en la España medieval”, en Cahiers d’Études Hispaniques Médiévales, núm. 27, Lyon, 2004, pp. 250-254.

La crónica y la historia fueron dos géneros historiográficos que en el siglo xvi significaron lo mismo: el relato de hechos pasados (rerum gestarum narratio). La confluencia de este proceso de síntesis, no es original y tuvo antecedentes en la Península. En el periodo medieval se consideró que la crónica era una “descripción de los tiempos” cuyo orden venía dado por la secuencia cronológica; así se consignaban los hechos de manera escueta con una fecha y sin explicitar los nexos entre ellos; en cambio, la historia hacía referencia a la idea de “investigación” esto es, indicaba la presencia del historiador como “testigo de vista”. El historiador podía ser también un compilador.

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Ibid., p. 102.

Véase Ignacio Malaxecheverría, “Introducción”, en Bestiario medieval, trad. ed. e introd. de Ignacio Malaxecheverría, 2a ed., Madrid, Siruela, 2001, pp. 66 y 67.

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En este sentido es interesante el trabajo de Manuel Ambrosio Sánchez, “Los bestiarios en la predicación castellana medieval”, en Actas del III Congreso de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval, 2 vols., Salamanca, Biblioteca Española del Siglo xv/Departamento de Literatura Española e Hispanoamericana, 1994, pp. 915-921.

Una visión sintética acerca de los primeros avances de la historia natural en estas tierras lo proporciona Raquel Álvarez Pélaez, “La historia natural en tiempos del emperador Carlos V. La importancia de la conquista del Nuevo Mundo”, en Revista de Indias, vol. lx, núm. 218, Madrid, 2000, pp. 9-27.

Los cronistas, a excepción de los especialistas en farmacopea o medicina como Francisco Hernández, no tuvieron a su alcance una terminología científica desarrollada en torno a la fauna ni una ordenación de las especies que vaya más allá de lo que pudieran leer de Aristóteles o Plinio. En ocasiones sus descripciones siguieron sólo los cauces planteados por la retórica para la descripción de la fauna, debido a que esta disciplina funcionaba como una matriz productora de textos. Explica Lausberg, Manual de retórica literaria. Fundamentos de una ciencia literaria, trad. de José Pérez Riesco, Madrid, Gredos, 1975, vol. 1, pp. 219 y 220, que en la descripción de la fauna en la retórica clásica se trata primero el lugar en que el animal nace o vive, después, se señalan los dioses que representa, el lugar por donde transita y come; se añade luego su forma física y su utilidad.

Véase el “Prólogo” de Edmundo O´Gorman a la obra de Acosta, Historia natural y moral de Indias, ed. pról. apéndices e índice de materias de Edmundo O’ Gorman, 2a ed., México, fce, 1962, pp. xxxvi-xli.

Así lo deja ver Gonzalo Fernández de Oviedo, Sumario de la natural historia de las Indias, ed. de Manuel Ballesteros Gaibrois, Madrid, Dastin, 2002, p. 55. “La cosa que más conserva y sostienen las obras de natura en la memoria de los mortales, son las historias y libros en que se hallan escritas; y aquellas por más verdaderas y auténticas se estiman; que por vista de ojos el comedido entendimiento del hombre que por el mundo ha andado se ocupó en escribirlas, y dijo lo que pudo ver y entendió de semejantes materias. Esta fue la opinión de Plinio […] y como prudente historial, lo que oyó dijo a quién, y lo que leyó, atribuye a los autores que antes que él lo notaron; y lo que él vio, como testigo de vista, acumuló en la sobredicha su historia. Imitando al mismo tiempo, quiero yo, en esta breve suma, traer a la real memoria de vuestra majestad lo que he visto en vuestro el imperio occidental de Indias, islas y tierra firme del mar Océano”.

Se utilizó en algunas ocasiones también el Sumario de la historia natural de las Indias de Fernández de Oviedo.

Pedro Mártir de Anglería, Décadas del Nuevo Mundo, est. y apéndices de Edmundo O’Gorman, trad. de Agustín Millares Carlo, 2 vols., México, José Porrúa, 1964-1965, p. 528. Muy importante para comprender la visión de la naturaleza de Pedro Mártir es el texto de Antonello Gerbi, La naturaleza de las Indias nuevas, trad. de Antonio Alatorre, México, fce, 1978, pp. 81-92.

Anglería, humanista milanés al servicio de la Corona española, escribió sus Décadas a lo largo de 32 años, aunque interrumpió con frecuencia su registro durante periodos muy largos; la primera epístola está fechada el 13 de noviembre de 1493. Las cartas se articularon en ocho décadas, cada una de las cuales se subdividía en libros y se publicaron completas cuatro años después de la muerte del autor. Una peculiaridad de la obra es su flexibilidad pues comparte varios géneros discursivos, como lo afirma O’Gorman al prologar las Décadas, pp. 9-15: la epístola, la historia, el relato de viaje e incluso se puede ver en su composición y actitud un resabio del ensayo.

Para la caracterización del relato de viaje y el papel del autor véase Jimena Rodríguez, Conexiones trasatlánticas. Viajes medievales y crónicas de la conquista de América, México, El Colegio de México, 2010, pp. 26 y 27.

Ibid., p. 530.

La historia de Fernández de Oviedo fue publicada por primera vez completa, en Madrid, por la Imprenta de la Real Academia de la Historia, en 1851, a cargo de José Amador de los Ríos. La primera parte fue impresa en 1535, pero las restantes no porque fray Bartolomé de las Casas lo impidió, debido a que juzgaba que esta historia era falsa e iba en contra de la dignidad de los indígenas.

Para ahondar en el pensamiento naturalista de Fernández de Oviedo véase Gerbi, op. cit., pp. 265-294 y 332-364. Un estudio amplio sobre esta historia de Fernández de Oviedo es el realizado por Ángel Luis Méndez, “Estudio y análisis del discurso narrativo en la Historia general y natural de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés”, 1992 (Tesis Doctoral, New York University), Ann Arbor, umi Disertation Services, 1993, 608 pp. En particular veáse la sección “Estudio y análisis del discurso naturalista”, pp. 188-228. Otro estudio importante sobre este cronista es el de O’Gorman, titulado “Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés y su Historia general y natural de las Indias”, incluido en Cuatro historiadores de Indias, siglo xvi: Pedro Mártir de Anglería. Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés. Fray Bartolomé de las Casas. Joseph de Acosta, México, Conaculta, 1972, pp. 41-58.

Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de la Nueva España, introd. paleografía, glosario y notas de Josefina García Quintana y Alfredo López Austin, 2 vols., México, Conaculta/Alianza Editorial Mexicana, 1988, p. 677. Fray Bernardino inició propiamente su obra en 1565 y terminó su manuscrito compuesto por dos columnas, una en nahua y otra en español, e ilustrado con abundancia, en 1577. Por su actual repositorio se le conoce como Códice Florentino. La edición que se consulta proviene del texto en español. Para ahondar en los problemas pertinentes a la edición del texto nahua y las ilustraciones véanse los estudios del tomo numerado como 0 de la edición en inglés. Para entender de forma global la manera de proceder de Sahagún en el registro de la alteridad son indispensables dos textos. El primero es el de Jorge Klor, “Sahagún and the Birth of Modern Ethnography: Representing, Confessing, and Inscribing the Native Other”, pp. 31-52, en The work of Bernardino de Sahagún. “Pioneer ethnographer of Sixteeth-Century Aztec Mexico”, editado por Jorge Klor y H. Nicholson Eloise Quiñones, Albany, Austin Institute for Mesoamerican Studies/The University at Albany/Satate Univesrity of New York. El segundo es el de Miguel León Portilla, Bernardino de Sahagún. Pionero de la antropología, México, unam-el Colegio Nacional, 1999.

Sahagún, op. cit., p. 677.

Así lo muestran también los cuestionarios que Sahagún hizo en torno a la fauna, en especial lo que atañe a los cuestionarios sobre la fauna, como lo señala Alfredo López Austin, “Estudio acerca del método de investigación de fray Bernardino de Sahagún”, en Estudios de Cultura Náhuatl, núm. 42, México, 2011, pp. 385 y 386.

Hernández encabezó la primera expedición científica a América. Llegó a Veracruz en febrero de 1571 y retornó a España en febrero de 1577. El propósito de su indagación fue averiguar las propiedades medicinales de las plantas de la Nueva España y para ello se valió de todas aquellas personas, españolas o indias, versadas en la materia. Además debió dar informes acerca de la forma de cultivarlas y enviar a la Península muestras, así como escribir e ilustrar una historia natural que recopilara su información sobre la naturaleza de los territorios que exploraba. El espíritu de investigación del protomédico lo condujo también a los animales y minerales.

Los originales de Hernández se consumieron en el incendio de la biblioteca de El Escorial de 1671. Lo que ahora se conoce son sus “borradores” y varios extractos del original, entre ellos la selección de Recchi denominada De materia medica Novae Hispaniae. La edición a cargo de Germán Somolinos, reúne por vez primera las observaciones de Hernández en torno a la flora, fauna y minerales de la Nueva España. La parte que toca las plantas se tradujo de la Historia Plantarum Nova Hispanie, Madrid, Herederos de Ibarra, 1790 y la de los animales y minerales del Historiae Animalium, et Mineralium Nove Hispaniae Liber Unicus, contenido en Rerum Medicarum Nova Hispaniae Thesaurus, Roma, 1651.

La edición de la historia de Acosta que se utiliza aquí fue establecida de acuerdo con la edición prima impresa en Sevilla por Guillermo Forquel en 1590. Está compuesta por dos partes, la natural y la moral. La natural se desarrolla en cuatro libros; los primeros dos, señala O’Gorman en su “Prólogo”, en op. cit., pp. xli y xlvii, ubican a América en el Universo, el Globo Terráqueo y el Mundo o Ecumene (libros 1y 2) y los restantes continúa este autor, explican que “América estaba hecha de la misma materia que el resto de la creación, lo mismo que sus seres.” En la historia moral trata ya del indígena y lo sitúa como parte de la humanidad en el libro v y vi y luego de la cristiandad, en el libro vii. Para colocar la obra en su contexto, los prólogos de O’Gorman reunidos en la segunda edición de la obra de Acosta son una base sólida.

Acosta, op. cit., p. 13.

En la base de esta clasificación están los principios que Aristóteles había establecido en su Historia animalium (traducido como Investigación sobre los animales) conocidos desde entonces como taxonomía, reflejados en la Historia de Plinio. El orden de aparición en cada clase de animales depende del tamaño (los terrestres inician con el elefante, los acuáticos con la ballena y las aves con la avestruz; las abejas encabezan los insectos debido a su importancia para los humanos. Véase Plinio, Historia natural, trad. de Josefa Cantó, Isabel Gómez, Susana González y Eusebia Tarriño, 2a ed., Madrid, Cátedra, 2007.

Ilaria Palmeri en “La fauna del libro xi del Códice Florentino de fray Bernardino de Sahagún. Dos sistemas taxonómicos frente a frente”, en Estudios de Cultura Náhuatl, núm. 32, México, 2001, pp. 189-221, no refiere este cambio en el orden expositivo general como una muestra de que la categorización occidental no esté presente en el libro xi, pues en particular se refiere a los capítulos y los parágrafos y a las relaciones entre género y especie. Sin embargo es muy probable que lo suponga porque sus conclusiones en general apuntan hacia la imposición de la taxonomía europea sobre la mexica.

En la nota 38 hay más información sobre este punto.

Para el tema de la verdad como experiencia véase José Antonio Maravall, Estudios de Historia del pensamiento español; serie segunda. La época del Renacimiento, Madrid, Cultura Hispánica, 1984, pp. 197 y 198 y Victor Frankl, El “Antijovio” de Gonzalo Jiménez de Quesada y las concepciones de realidad y verdad en la época de la Contrarreforma y del manierismo, Madrid, Cultura Hispánica, 1963, pp. 82-101.

Pseudo Aristóteles/Anónimo, Fisiognomía/Fisiólogo, introd. trad. y notas de Teresa Martínez Manzano y Carmen Calvo Delcán, Madrid, Gredos, 1999, pp. 143 y 144.

Hernández, op. cit., vol. iii, p. 347.

Sahagún, op. cit., p. 697.

Desde el redescubrimiento de los tratados sobre los animales de Aristóteles en el siglo xiii, el estudio de la fauna se interesó de nuevo por la observación empírica, tarea que implicó el estudio de su anatomía así como un intento por formular una nueva taxonomía ligada a la constitución de los animales.

El encuentro de la taxonomía nahua y la hispana se aborda en Palmeri, op. cit., pp. 201-218.

Edgar de Bruyne, La estética en la Edad Media, trad. de Carmen Santos y Carmen Gallardo, Madrid, Visor D. L., 1994, p. 99.

A. C. Crombie, Historia de la ciencia: de san Agustín a Galileo. 1. La ciencia en la Edad Media. Siglos v al xiii, trad. de José Bernia, Madrid, Alianza, 1985, vol. 2, p. 31.

Robert Fossier, Gente de la Edad Media, trad. de Paloma Gómez Crespo y Sandra Chaparro Martínez, México, Taurus/Santillana, 2008, p. 197.

Daniel Poiron, “Los bestiarios en la literatura medieval”, en Anónimo, Bestiario de Oxford…, p. 153.

Este enfoque es una aplicación de la teoría de los cuatro sentidos de las escrituras: el histórico, que trata de los sucesos reales tal como ocurrieron; el tropológico, que se refiere al dominio de los llamados tropos; el alegórico que persigue la edificación moral y el de la anagoge que va en pos de la iluminación espiritual. Al respecto es importante el estudio de José Domínguez Caparros, Orígenes del discurso crítico. Teorías antiguas y medievales sobre la intepretación, Madrid, Gredos, 1993.

Fernández de Oviedo, Sumario…, p. 36.

No hay que perder de vista que Plinio estuvo presente en el Bestiario por vía indirecta a través de Solino, por lo menos hasta el siglo xiii cuando se difundieron ya de manera directa las versiones de la enciclopedia de Plinio. Cfr. Vladimir Acosta, Animales e imaginario. La zoología maravillosa medieval, Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1976, pp. 30-32.

Véase ibid., pp. 40-44.

Recuérdese que hasta el siglo xvi se conocía a través de las figuras de la semejanza; esta operación consistía en reducir lo desconocido mediante una comparación que pone en contacto y contraste dos elementos: “Hasta fines del siglo xvi, la semejanza ha desempeñado un papel constructivo en el saber de la cultura occidental. En gran parte, fue ella la que guió la exégesis e interpretación de los textos; la que organizó el juego de los símbolos, permitió el conocimiento de las cosas visibles e invisibles, dirigió el arte de representarlas”, dice Michel Foucault, Las palabras y las cosas, trad. de Elsa Cecilia Frost, 2a ed., México, Siglo xxi, 2010, p. 35. En efecto, el cronista hacía sus descripciones auxiliado por la comparación, relacionando lo divergente con lo conocido por su experiencia, y casi siempre ubicado en el plano de un saber cotidiano, esto es, a partir de la concreción que dan los sentidos, finos y atentos al matiz que traslucía la diferencia.

María del Rosari Farga, “La mitología del medioevo y su influencia en la Nueva España”, en Fuentes. Estudios Humanísticos y Sociales, vol. 1, núm. 1, Zacatecas, 1999, p. 66, proporciona algunos registros coloniales que aluden a la existencia del grifo en América.

Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, islas y tierra-firme del Mar Océano, ed. y estudio preliminar de Juan Pérez de Tudela Bueso, Madrid, Atlas, 1959, vol. 1, pp. 222 y 223.

Hernández, op. cit., p. 207.

Sahagún, op. cit., p. 623.

Curiosa filosofía y tesoro de maravillas de la naturaleza examinadas en cuestiones, Madrid, Imprenta del Reino, 1630, p. 206.

Sahagún, op. cit., pp. 725 y 726.

En torno a este punto véase Berenice Alcántara, “El dragón y la mazacóatl, criaturas del infierno. Con un exemplum del náhuatl de fray Joan Baptista”, en Estudios de Cultura Náhuatl, núm. 36, México, 2005, pp. 390-393.

Véase Claude Kapler, Monstruos, demonios y maravillas a fines de la Edad Media, trad. de Julio Rodríguez Puértolas, Madrid, Akal, 1986, p. 55.

Fernández de Oviedo, Historia general…, vol. ii, p. 49.

Johan Huizinga, El otoño de la Edad Media. Estudios sobre la forma de la vida y del espíritu durante los siglos xv y xv en Francia y los Países Bajos, versión [del alemán] de José Gaos, trad. del francés medieval de Alejandro Rodríguez, Madrid, Alianza, 1994, p. 386.

Fernández de Oviedo, op. cit., vol. ii, p. 139.

Martín Villaverde [atribuido], Bestiario de D. Juan de Austria: s. xvi Original conservado en la Biblioteca del Monasterio de Sta. Ma de la Vid (Burgos), 2 vols., estudios de J. J. Vallejo Penedo, A. Serna Gómez de Segura, E. Martín Pérez y J. M. Fradejas Rueda y M. Alvar, Burgos, Gil de Siloé, 1998. Una compilación realizada en Castilla en torno a los animales del Tesoro de Latini constituye el primer bestiario en español como lo señala Spurgeon Baldwin, “Introduction”, en The Medieval Castilian Bestiary from Brunetto Latini´sTesoro”, “Introduction”, notes and edition by Spurgeon Baldwin [Exeter], University of Exeter Press, Urbana Champaign, 1982, pp. iii-xii. Brunetto Latini, afirma el precitado autor, no hace más que traducir el bestiario expandido, es decir de los bestiarios de la segunda familia y en particular cree que proviene de De bestiis et aliis rebus atribuido a Hugo de San Víctor y o del Manuscrito de la Cambridge University Library.

Ibid., 121r, menciona al “pájaro bobo” (pingüino).

Anglería, op. cit., pp. 271 y 272.

Villaverde, op. cit., f. 6r.

Para entender el funcionamiento de la retórica de la maravilla véase Marco Urdapilleta, “La retórica de la maravilla. Un tópico discursivo en las crónicas de Indias para la descripción de la naturaleza”, en Discursología: metodología, teoría y práctica, vol. 1, Cheliábinsk/Toluca, Universidad de los Montes Urales del Sur/uaem, 2009, pp. 90-98.

Jacques Le Goff, Lo maravilloso y lo cotidiano en el Occidente medieval, trad. de Alberto Bixio, Barcelona, Altaya, 1990, p. 24.

Esta forma de concebir la labor del naturalista es encarnada por Aldrovandi (2002), cuyas entradas a los animales llevan este orden informativo 1) Sinonimia políglota; 2) hábitat; 3) configuración exterior y anatomía fisiología, modo de reproducción; 4) costumbres antipatías simpatías, instintos familiares, relaciones con el hombre; 5) modo de utilización, caza; 6) remedios y alimentos; 7) filología, onomástica, simbolismo, historia (literaria, legendaria, proverbial), iconografía, heráldica artística, menciones epigráficas.

Un referente general sobre la recepción y absorción de la fauna americana en los tratados europeos del xvi se encuentra en Miguel de Asúa y Roger French, A new World of Animals: Early Modern Europeans on the creatures of Iberian America, Aldershot/Burlington, Ashgate Published Limited, 2005, pp. 183-202.

Alberto M. Salas, Para un bestiario de Indias, Buenos Aires, Losada [1968].

Bestiario de Indias, comp. y pról. de Marco Urdapilleta, 2a ed., Toluca, uaem, 2001.

Gonzalo Fernández de Oviedo, Bestiario de Indias, México, fce, 1999.

Miguel León Portilla, Animales del nuevo mundo. Yancuic cemanahuac iyolcahuan, México, Nostra Ediciones, 2007.

Bernardo Cabarcas de Antequera, Bestiario del Nuevo Reino de Granada. La imaginación animalística medieval y la descripción literaria de la naturaleza americana, Santa Fe de Bogotá, Instituto Caro y Cuervo/Colcultura/Biblioteca Nacional de Cultura, 1995.

Esperanza López Parada, La tradición animalística en el cuento hispanoamericano contemporáneo, 1993 (Tesis Doctoral, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, Servicio de Publicaciones).

Demetrio Gazdaru, “Vestigios de bestiarios medievales en las literaturas hispánicas e iberoamericanas”, en Romanistisches Jahrbuch, núm. xxii, Berlín, 1971, pp. 259-274.

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