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Vol. 28. Núm. 6.
Páginas 33-36 (Noviembre 2014)
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Nutrición en la tercera edad
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M. Tránsito López Luengoa
a Farmac??utica
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Con el incremento del número de personas que llegan a una edad avanzada adquiere mayor importancia el mantenimiento de un buen estado de salud y la mejora de la calidad de vida. Y en este sentido, una alimentación adecuada, junto a la correcta asistencia sanitaria, son factores determinantes que contribuyen, no solo a prolongar la expectativa de vida, sino a que los años se vivan con mejor salud, mayor autonomía y menor incapacidad.

Se considera que la vejez (edad avanzada, tercera edad o ancianidad) es la etapa de la vida que comienza justo cuando finaliza el período de madurez de la edad adulta. Sin embargo, establecer la edad en que esto ocurre es muy difícil, debido a que este segmento poblacional es muy heterogéneo y desigual. Como fecha de referencia, se suele considerar que es a partir de los 65 años cuando se entra en este ciclo, pero, cómo la población anciana incluye desde personas autónomas muy activas hasta personas mayores con incapacidad y dependencia severa, se han establecido tres subgrupos: ancianos jóvenes (65-74 años), ancianos mayores (75-80 años) y ancianos viejos (mayores de 80 años).

Este colectivo es el de mayor crecimiento en el mundo desarrollado. En las últimas décadas, la mejora de las condiciones socioeconómicas en la mayor parte de los países occidentales ha contribuido a una mejor calidad de vida y, en consecuencia, a una mayor esperanza de vida. Según los Censos de Población y Viviendas 2011 (INE), en España había 8.116.347 personas mayores, el 17,3% de la población total, y se estima que el año 2050 los mayores superarán los 15 millones de personas, el 32% de la población.

Cambios fisiológicos que acontecen en la edad avanzada

No cabe duda de que una alimentación completa y equilibrada es fundamental para mantener la salud y prevenir la enfermedad, pero para que sea eficaz, ésta debe cubrir las necesidades propias de cada uno. Para poder ajustarla a los requerimientos específicos de las personas mayores es necesario conocer qué factores determinan su estado nutricional.

El desgaste del organismo que se produce con el paso del tiempo implica que en la vejez sea frecuente la aparición de ciertos cambios fisiológicos que, junto a algunos factores psicosociales, pueden condicionar de forma negativa el acto de nutrirse. Entre los cambios que acontecen en la ancianidad, a continuación se detallan los que mayor importancia tienen a la hora de condicionar el estado nutricional de la persona.

Cambios en la composición corporal

Desde un punto de vista fisiológico, la principal característica del envejecimiento es la pérdida progresiva de masa corporal magra: disminuye el tejido muscular y, en cambio, suele aumentar el tejido adiposo. Además, se produce un cambio en la distribución de la grasa de manera que ésta tiende a depositarse en la zona abdominal, alrededor de las vísceras, disminuyendo la grasa subcutánea.

La reducción de masa muscular conlleva una disminución de la tasa del metabolismo basal. Del mismo modo, el descenso de la actividad física frecuente en la ancianidad también conduce a una disminución del gasto energético del organismo. Por tanto, la dieta de la persona mayor debe aportar algo menos de energía para evitar situaciones de sobrepeso.

Por su parte el sistema óseo también se altera: se produce una disminución de la densidad mineral ósea, especialmente en las mujeres, lo que conlleva a un mayor riesgo de osteoporosis y, en consecuencia, de fractura. La fractura de cadera es la consecuencia más grave porque, además de ser causa de mortalidad, puede llevar a la inmovilidad y, por tanto, a un deterioro muy significativo de la calidad de vida.

Cambios metabólicos

El paso de los años también conlleva que todas las reacciones que forman parte del metabolismo, se ralenticen. Entre todos los cambios metabólicos que se producen destaca la disminución de la tolerancia a la glucosa, lo que puede dar lugar al aumento de la glucemia con todas las consecuencias negativas que esta situación supone. Esta alteración puede deberse a una disminución en la producción de insulina por parte del páncreas o una menor respuesta en los tejidos a dicha hormona. Además, pueden estar implicados factores dietéticos y la disminución del ejercicio físico.

Cambios en el sistema digestivo

En esta etapa de la vida también se produce una disminución gradual de la cantidad y calidad de las secreciones digestivas (debida al declive de la función secretora de algunas de las glándulas implicadas en la digestión) lo que entorpece el proceso digestivo. Este hecho, junto a que también se atrofia la mucosa intestinal, conduce a una peor absorción y, por tanto, a un menor aprovechamiento de ciertos nutrientes, especialmente proteínas, vitaminas y minerales.

Otro de los trastornos que frecuentemente afecta a la persona de edad avanzada es el estreñimiento, motivado principalmente por la disminución de la motilidad intestinal. Además, en muchas ocasiones, esta situación se agrava por la falta de una rutina de ejercicio físico y la cantidad insuficiente de fibra que presenta la dieta.

Pero, aparte de estos cambios funcionales, no menos importantes son otros factores que también van a incidir negativamente en el apetito y en la masticación por lo que van a dificultar aún más el proceso digestivo.

Por un lado, los ancianos perciben aromas y sabores de forma diferente porque sus papilas gustativas cambian. Y esto, evidentemente, influye negativamente en la apetencia por los alimentos. Por otro lado, la pérdida de piezas dentales, que es muy frecuente en este sector poblacional, dificulta muchísimo que el proceso de masticación y deglución se realice de forma adecuada. Además, junto al deterioro de la dentadura, la producción de saliva disminuye, porque lo que el acto de comer se puede convertir en una actividad muy molesta y desagradable, incluso dolorosa. Esto condiciona a la persona a prescindir de ciertos alimentos básicos (por ejemplo, las carnes) de manera que empobrece su dieta para evitar las molestias digestivas que conlleva comerlos.

El desgaste del organismo que se produce con el paso del tiempo implica que en la vejez sea frecuente la aparición de ciertos cambios fisiológicos que, junto a algunos factores psicosociales, pueden condicionar de forma negativa el acto de nutrirse.

Factores psicosociales que condicionan el estado nutricional

Lamentablemente, la soledad y la depresión son dos factores psicosociales muy frecuentes en la vida de las personas mayores, con el agravante de que ambos van a condicionar de forma muy negativa el estado nutricional del anciano. Mantener una dieta adecuada en situaciones de aislamiento social es muy difícil, porque cocinar para uno, comer solo… produce sensación de desánimo y tristeza lo que lleva a abandonar el interés por el cuidado personal y, evidentemente, por la alimentación. Además, las personas de edad avanzada que viven solas muchas veces presentan alguna incapacidad física que les complica mucho realizar las tareas domésticas, entre ellas, la compra diaria.

Por su parte la depresión implica un grave obstáculo de difícil superación para poder seguir manteniendo el interés por la vida.

Recomendaciones nutricionales para las personas mayores

Una adecuada alimentación y la práctica regular de actividad física son dos pilares fundamentales para mantener un buen estado de salud en toda la población, pero muy especialmente para este grupo de edad, ya que la combinación de estos factores es clave para aumentar la supervivencia con autonomía y una buena calidad de vida.

Básicamente, la dieta en la tercera edad debe ser variada, equilibrada, completa y suficiente. Es recomendable que la comida sea agradable al paladar y que se distribuya en 5 o 6 tomas durante todo el día, fundamentalmente en quienes muestran inapetencia.

En cuanto a las recomendaciones alimentarias, éstas no difieren mucho de las que se sugieren para la población adulta en general. Pero, en función de los cambios que se vayan manifestando en el individuo, es conveniente ir ajustando la dieta con las modificaciones necesarias para adaptarla a la nueva situación de la persona, pero siempre respetando sus gustos y costumbres.

Los aspectos nutricionales más importantes relacionados con esta etapa de la vida se detallan a continuación:

Necesidades energéticas

Dado que en la vejez disminuye la tasa del metabolismo basal, así como la actividad física, la necesidad energética es menor. Evidentemente, para calcular los requerimientos calóricos de una persona se debe considerar el tipo de actividad física y la intensidad de la misma. Pero, de forma general, se estima que el requerimiento energético para varones mayores de 60 años se encuentra alrededor de las 2.400 kcal y en mujeres de 2.000 kcal. Del mismo modo, se considera que a partir de los 60 años de edad, las necesidades energéticas disminuyen un 5% cada decenio.

Hay que tener en cuenta que las dietas con un valor calórico inferior a 1.500 kcal podría conducir a deficiencias nutricionales por lo que es fundamental la elección adecuada de los alimentos integrantes de la dieta. Éstos deben contener una alta densidad nutricional para facilitar que queden cubiertas, tanto las necesidades energéticas como las nutricionales.

Hidratos de carbono

En función de las recomendaciones de la EFSA, los hidratos de carbono deben suponer entre 45-60 % de las calorías totales de la dieta para la población adulta. Para las personas mayores, los más adecuados son los complejos, presentes en cereales, legumbres, hortalizas y verduras. Su digestión es mucho más lenta que la de los azúcares simples (que se deben limitar) por lo que proporcionan energía de forma constante y gradual y, en consecuencia, evitan los cambios bruscos de glucemia (hiper e hipoglucemia).

Una adecuada alimentación y la práctica regular de actividad física son dos pilares fundamentales para mantener un buen estado de salud en toda la población, pero muy especialmente para este grupo de edad.

Proteínas

En principio, los requerimientos de proteínas de las personas de edad avanzada son similares a los de la población adulta, de 0,8 a 1 g /kg/día (la EFSA recomienda que las proteínas de la dieta supongan entre el 10 y el 15 % de las calorías totales). Sin embargo, las necesidades de este nutriente aumentan cuando hay infecciones, así como alteraciones gastrointestinales que reducen el aprovechamiento del aporte proteico. Para cubrir este requerimiento, se considera que el aporte proteico debe aumentarse a los 1,2 - 1,5 g/ kg/día. En cambio, en el caso de alteraciones hepáticas o renales, la ingesta de proteínas debe ser menor, para ajustarla a la capacidad metabólica del hígado o del riñón.

Se aconseja que las proteínas de la dieta sean de alto valor biológico para asegurar el aporte de todos los aminoácidos esenciales y que el 60 % de ellas sean de origen animal (carnes y pescados, huevos y lácteos) y el restante 40%, de origen vegetal (legumbres y frutos secos).

Grasas

Al igual que en el resto de la población, en personas mayores se debe fomentar el consumo de grasas saludables para prevenir enfermedades crónicas. La EFSA recomienda que el porcentaje graso esté entre el 25 y 35 % del valor calórico de la dieta para la población adulta y, aunque no existen unas recomendaciones específicas para las personas de edad avanzada, se considera que dicho aporte no debe ser inferior al 30% del total calórico.

La calidad de la grasa es también un factor muy importante de manera que, se recomienda limitar la ingesta de ácidos grasos saturados (y trans) y aumentar la de los ácidos grasos insaturados, sobre todo, la de los poliinsaturados de la familia omega-3, para evitar posibles déficits. Del mismo modo, es conveniente utilizar aceite de oliva virgen, rico en ácido oleico (monoinsaturado), vitamina E y otras sustancias antioxidantes, tanto para cocinar como para aderezar los platos.

Vitaminas

Las personas de edad avanzada son más vulnerables a presentar deficiencias vitamínicas, bien por la ingesta insuficiente a través de la dieta, por la disminución de los depósitos corporales o por el hecho de que los cambios funcionales que acontecen en el sistema digestivo limitan su absorción. Además, la administración de ciertos fármacos, el consumo de bebidas alcohólicas y el tabaco puede incrementar el déficit de algunas vitaminas. Las carencias vitamínicas más frecuentes que se han observado en este colectivo son la de vitamina C, las del grupo B y la vitamina D. Por este motivo, aunque los requerimientos de vitaminas son los mismos que para la población adulta, en ciertos casos puede ser necesario un incremento de vitamina D, vitamina B12, B6 y ácido fólico.

Minerales

Respecto a los minerales, las recomendaciones son también semejantes a las de la población adulta, aunque hay que prestar especial atención a algunos macronutrientes como el calcio, el hierro y el zinc porque su déficit es muy frecuente en este grupo de población.

La absorción del calcio disminuye significativamente con la edad por lo que, si no se asegura el aporte adecuado mediante la dieta, es fácil que en la ancianidad se produzca una deficiencia de dicho mineral. Los requerimientos de calcio para este grupo de edad se sitúan alrededor de 800 a 1.200 mg/día y siempre es conveniente que el aporte de vitamina D sea el adecuado. La deficiencia de calcio está asociada a un mayor riesgo de osteoporosis, entre otros, por lo que con el objetivo de preservar la masa ósea es muy importante cubrir correctamente la demanda de este macronutriente. Los productos lácteos son las mejores fuentes de calcio de la dieta.

En el caso del hierro, su déficit también es frecuente. Sin embargo, esta carencia normalmente no se debe a un bajo aporte dietético, sino que suele ser la consecuencia de pérdidas sanguíneas que tienen lugar a través del tracto gastrointestinal originadas por ciertas enfermedades crónicas. Otros motivos que originan su déficit no menos importantes son la menor absorción intestinal de este mineral, la aclorhidria o hipoclorhidria que se da en la gastritis atrófica, o la administración continuada de antiácidos. Las recomendaciones para el hierro son de 8 mg/día para ambos sexos siendo más conveniente asegurar su aporte a través de la ingesta diaria de alimentos ricos en él (sobre todo, carne, huevos o pescado) que por medio de suplementos.

Y en cuanto a la deficiencia de zinc, suele producirse cuando la dieta es demasiado restrictiva. Este mineral interviene en numerosas reacciones fisiológicas, entre ellas inmunológicas, por lo que parece ser que su baja concentración en el organismo está relacionada con una peor respuesta inmunológica. La recomendación para este macronutriente es entre 12-15 mg/día, sin embargo, no se suele recomendar el uso de suplementos debido a su mala absorción intestinal.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que la hipertensión, que es una alteración muy común en la tercera edad, está asociada al exceso de sodio de la dieta, entre otros. Por tanto, es recomendable que la dieta para este grupo de edad sea baja en sodio (se recomienda limitar a 2 g/día la ración de este mineral).

Fibra

Las personas mayores debido a la disminución de la actividad física, una hidratación insuficiente y la pérdida de motilidad intestinal, presentan con mucha frecuencia estreñimiento. Por tanto, el papel de la fibra es fundamental para ayudar a contrarrestar esta situación. Sin embargo, en esta etapa de la vida se debe recomendar la ingesta de este componente con mucha precaución de manera que la cantidad aportada debe ser suficiente para evitar el estreñimiento, pero, no debe ser excesiva para no obstaculizar la absorción intestinal de otros nutrientes esenciales como las vitaminas y minerales.

Lo más adecuado es la ingesta equilibrada de ambos tipos de fibra, soluble (frutas, legumbres, avena) e insoluble (salvado de cereales integrales) y asegurar una correcta hidratación a lo largo del día.

Una buena hidratación es fundamental en todas las edades, pero en la tercera edad se producen algunos cambios fisiológicos que conducen a que exista un mayor riesgo de deshidratación.

Agua

Una buena hidratación es fundamental en todas las edades, pero en la tercera edad se producen algunos cambios fisiológicos que conducen a que exista un mayor riesgo de deshidratación. Por tanto, es de vital importancia asegurar el aporte hídrico correcto en las personas mayores (1,5 litros de agua diarios). Como este grupo poblacional también suele tener alterado el mecanismo que regula la sed, muchas veces no sienten la necesidad de beber por lo que es importante recurrir a estrategias fáciles y asequibles que sirvan para recordar al anciano que debe beber.

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