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Vol. 42.
Páginas 171-175 (Septiembre - Diciembre 2017)
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Claves para entender el desarrollo social desde el contexto institucional Valverde Viesca Karla, Construcción institucional del desarrollo social en México, México, unam, 2015
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Helena Varela Guinot
Doctora en Ciencia Política, Sociología y Antropología Social por la Universidad Autónoma de Madrid. Profesora de Tiempo Completo en el Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana, México
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Ha pasado ya más de un año desde que tuve la oportunidad de presentar en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería la obra Construcción institucional del desarrollo social en México, escrito por Karla Valverde Viesca, académica e investigadora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la unam. El tiempo transcurrido desde entonces permite acercarse a la obra de una manera distinta a cuando acaba de ser publicada, porque nos da una perspectiva y una distancia suficiente como para valorar su significado y relevancia; finalmente, la prueba del tiempo -qué tanto sigue siendo vigente o pertinente al cabo de los años- es un indicador claro de los aportes de la misma.

En ese sentido, la relectura del libro de Karla Valverde me llevó a plantear estas reflexiones en dos líneas diferentes: por un lado, quisiera destacar las principales contribuciones de Construcción institucional del desarrollo social en México; por otro, no quiero dejar de señalar algunos temas e interrogantes que surgen de la lectura de este libro, temas que no necesariamente están resueltos en la obra, pero que se encuentran planteados de manera inteligente y que invitan a la reflexión y al cuestionamiento desde quienes la leemos.

La autora parte de una paradoja que se presenta en la realidad de un México que, por un lado, parece haber logrado un nivel aceptable de desarrollo democrático, mientras que por otro no logra reducir los niveles de desigualdad y pobreza (p.15). En ese contexto, Karla Valverde trata de identificar las claves de ese contrasentido, para lo cual emprende un recorrido para explicar el desarrollo social y la manera en que ha sido entendido y abordado en México a lo largo del tiempo. Resultado de esta reflexión, destacaría una serie de aportaciones que convierten la obra Construcción institucional del desarrollo social en México en un referente importante para la disciplina.

En primer lugar, la autora logra una síntesis magistral en torno a la evolución del concepto de desarrollo social. Destaca el hecho de que Valverde se posiciona frente a las corrientes dominantes que abordan el estudio de este fenómeno desde lo económico, y adopta una perspectiva politológica que desde mi punto de vista constituye uno de los grandes aciertos del análisis, al permitir una mayor comprensión de los fenómenos sociales.

Asimismo, me parece sobresaliente el recorrido que hace Karla Valverde en el capítulo primero, para ir señalando las diferentes concepciones que se han presentado sobre el fenómeno del desarrollo, a saber: desarrollo como crecimiento económico, desarrollo asociado al bienestar y al desarrollo social; desarrollo como superación de la pobreza; la propuesta del desarrollo sustentable; la relación entre democracia y desarrollo; el impulso al desarrollo humano, y el enfoque en derechos sociales y énfasis en temas como el buen vivir o el enfoque de capacidades. Cabe destacar que esta revisión también va acompañada con información detallada de los indicadores con los que a lo largo del siglo xx y xxi se han tratado de medir los niveles de desarrollo; lo cual hace que la riqueza conceptual que entraña el trabajo de Valverde, se complemente con un sustento empírico sobre el fenómeno que puede ser da gran ayuda para cualquier investigador o investigadora en el tema.

Una contribución que es destacable de manera adicional, la constituye la revisión que se hace de la recapitulación de las instituciones ligadas al desarrollo social, tanto a nivel internacional como a nivel nacional. Este compendio no es simplemente una enumeración de las instituciones, es decir, un mero catálogo. Al contrario, lo que se presenta en esta obra es un recorrido histórico que va acompañado de un análisis perfectamente imbricado en la perspectiva institucionalista, sobre el papel que juegan las instituciones y las personas que las conforman. En ese sentido, la perspectiva del institucionalismo histórico nos ofrece interesantes elementos de análisis, tanto al destacar el papel del marco institucional externo y su impacto en los andamiajes nacionales, como en general al enfatizar el papel del contexto a la hora de entender cómo operan las instituciones. Cito lo que, desde mi punto de vista, es uno de los grandes aportes del libro cuando la autora se plantea

analizar el desarrollo como un conjunto de ideas, discursos, procesos, instituciones, organizaciones y actores que constituyen un entramado para la sociedad, y por tanto, un soporte para alojarlo” (p. 188).

Se trata de entender un fenómeno tan complejo como el del desarrollo social desde una perspectiva integral, considerando las múltiples aristas que dan cuenta del mismo.

Estas contribuciones realizadas en Construcción institucional del desarrollo social en México, adquieren aún mayor valor al acompañarlas de una serie de reflexiones y debates, que me parecen fundamentales para enten-der el tema de preocupación que dio origen a la obra; esto es, las enormes desigualdades que han persistido, a pesar de los “avances” habidos en el terreno político e institucional. Uno de los aspectos más valiosos que se derivan de su lectura, es que abre muchos interrogantes e invita a pensar nuevas vetas de discusión y análisis; destacaré algunos de los que me parecen más relevantes.

El primero tiene que ver con el concepto de desarrollo supeditado a lo económico. En general, ha parecido dominar la tendencia que ve al desarrollo como crecimiento económico sobre aquella que observa al desarrollo como impulsor de las capacidades del ser humano. ¿Dónde queda lo social? Quisiera destacar cómo la Dra. Valverde apunta el hecho de que al dominar esa primera perspectiva, en realidad no se logran superar las contradicciones del modelo económico, sino que se logran una serie de paliativos que hacen frente a los problemas generados por el modelo, sin ir al fondo o el origen de lo que los genera. Y la consecuencia inevitable es, como señala la autora, que “lo social comenzó a quedarse a la zaga de la política económica” (p.120); y lo que es peor, al producirse este fenómeno en el contexto de un hiperpresidencialismo, en donde el titular del ejecutivo controlaba todos los aspectos de la res publica, el resultado fue que la política económica y la social “se llevaban a cabo prácticamente bajo el designio presidencial” (p.122). Esta mirada al pasado y la forma en que se tomaron las decisiones, nos ofrece muchas pistas para entender por qué hoy vivimos en una sociedad absolutamente desigual. ¿Serían diferentes las características de nuestra sociedad si esa visión economicista del desarrollo hubiera estado matizada por otros actores políticos y sociales, más allá del titular del ejecutivo?

Relacionado con este cuestionamiento, es obligada la reflexión de un tema que está en el trasfondo de toda la obra que aquí presentamos: el papel del Estado, a partir de lo que la autora señala como dos aspectos centrales: “delimitar cuál es su función y definir las áreas en las cuales debe o no intervenir” (p. 119). Atender estas dos cuestiones requeriría mucho más que este espacio, como lo prueba la cantidad de literatura que existe sobre ello. Se trata de un debate inconcluso, que Karla Valverde mantiene abierto a lo largo de todos los capítulos, y que es necesario incluir en la pregunta final con la que concluye su obra: “¿Hacia dónde vamos?” (p. 191). El desarrollo social va ineludiblemente unido al papel que asuma el Estado frente a la realidad.

Un tercer tema que me parece de gran relevancia, tiene que ver con la idea de injusticia, que sin ser objetivo del libro está latente en todo momento. Al contrastar las nociones teóricas con los datos empíricos que dan muestra de esas desigualdades que no han logrado reducirse a pesar de la política social implementada en los distintos sexenios, se hace patente el hecho de que los efectos negativos del modelo de desarrollo económico siempre los pagan los mismos; y éstos no son los actores políticos o económicos que han generado los desajustes, sino que el pago se ubica en el conjunto de la sociedad y se concentra de manera lacerante en los que menos tienen. El resultado es que la brecha entre los que más tienen y los que viven las diferentes formas de la pobreza, en vez de reducirse, tiende a ampliarse. ¿Qué formas de desarrollo estamos generando que impiden la movilidad social y perpetúan las desigualdades?

En relación a esta pregunta, no puedo dejar de destacar un debate politológico que es crucial en estos momentos, y que tiene que ver con la correspondencia entre el modelo económico y el político. Un interrogante que está presente a lo largo de la obra, es hasta qué punto más democracia significa más crecimiento. La autora, en diversos momentos, pone el dedo en la llaga al señalar que la propia realidad nos da cuenta de que más democracia no significa, necesariamente, menos desigualdad. Eso se liga con la controversia en torno al concepto de democracia, y nos remite a aquellos autores que pretenden ir más allá de la idea de democracia procedimental, y que plantean la necesidad de hablar de una democracia sustantiva, que sea capaz de lograr ciertos objetivos, medidos en términos de adquisición de derechos y del logro de ciertos niveles de igualdad y de libertad. El problema surge cuando la democracia no parece ser capaz de lograr dichos niveles y entonces corre el riesgo de que se presente una crisis de legitimidad. ¿Es función de la democracia asegurar unos mínimos niveles de bienestar en la población?

Dar cuenta de este debate abre a su vez nuevos interrogantes, no exentos de polémica. Uno de los más provocadores, desde mi punto de vista, es hasta qué punto la desigualdad o la pobreza pueden considerarse efectos colaterales de una forma determinada de desarrollo económico; o por el contrario, dicho modelo de desarrollo se ha sostenido porque está fundado en una forma específica de crecimiento desigual ligada a un tipo concreto de democracia (de corte electoral). Si bien estos temas no son abordados en la obra de forma abierta y deliberada, no dejan de estar implícitos, como se muestra, por ejemplo, a través de la idea de desarrollo que legitima y justifica la intervención de las potencias mundiales en otros países.

¿Cuál es la consecuencia de que haya dominado una perspectiva econo micista del desarrollo social que lo ubica, además, en sistemas democráticos que son entendidos fundamentalmente en su dimensión procedimental? La respuesta que nos ofrece la autora es incontrovertible: la política social que busca el desarrollo es compensatoria, al basarse en paliativos frente a las fallas del mercado (de la misma manera –y esto no lo dice Valverde, sino quien escribe estas líneas–, que se puede entender el diseño de algunos mecanismos de participación ciudadana como medidas compensatorias ante la crisis de legitimidad de las democracias electorales). El problema es que mientras no se consideren como un objetivo en sí mismo (la participación o el desarrollo social), sino como simples atenuantes, difícilmente lograremos generar las condiciones que promuevan verdaderas mejoras en la calidad de vida (en lo político o en lo social) de las personas. Es interesante analizar el papel de la política social a lo largo de la historia, como una forma de control social, con el consecuente impacto en el desarrollo democrático.

En ese sentido, quisiera dar un paso más allá de los propios planteamientos de la autora y esbozo un cuestionamiento que me dejó la lectura de su obra. ¿Qué hacer con el concepto de desarrollo? Me gusta la propuesta de Valverde al decir que es “una idea, un concepto, una meta a alcanzar e incluso un ideal que en el devenir histórico estructura y ordena a las sociedades y a los seres humanos que las integran” (p. 188). En ese sentido, la autora deja abierto un mundo de posibilidades, lo cual justifica que termine su obra con una pregunta (¿Hacia dónde vamos?).

Quisiera señalar mi punto de vista al respecto, el cual diversifica aún más los caminos por los cuales podemos transitar. Hay un problema de partida al concebir el desarrollo social como un proceso gradual e incremental que se va desenvolviendo en diversas etapas, y que sólo el paso por las mismas permite que las personas lleguen a vivir mejor. Visto así, no pareciera que hubiera alternativas, pues el único camino posible para lograr el bienestar es el del desarrollo. La pregunta es si realmente es el único camino, o si después dehaber ido al origen de las ideas y a comprender el comportamiento de las personas (como hace Karla Valverde en su obra), no nos debemos cuestionar si en realidad debemos buscar otras formas para lograr el bienestar de las personas que no se hayan constituido en mecanismos de legitimación de las acciones de quienes detentan el poder. La Dra. Valverde habla de la necesidad de tener un enfoque integral, y coincido plenamente con ella; desde mi punto de vista, este enfoque debiera partir por el cuestionamiento de los mismos conceptos previamente establecidos.

Sin lugar a dudas, el libro Construcción institucional del desarrollo social en México es una gran obra. Su riqueza radica en su propio contenido (centrado en el análisis conceptual y en el recorrido histórico que se realiza), pero también en lo que puede derivarse de ella para una mayor comprensión de nuestra realidad política, económica y social, y para pensar cómo lograr una sociedad más democrática y menos desigual.

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