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Inicio Estudios de Historia Novohispana In memoriam Sergio Ortega Noriega (1933-2015)
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Vol. 54. Núm. C.
Páginas 1-5 (Enero - Junio 2016)
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Vol. 54. Núm. C.
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DOI: 10.1016/j.ehn.2016.03.001
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In memoriam Sergio Ortega Noriega (1933-2015)
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Teresa Lozano Armendares
Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Instituto de Investigaciones Históricas, Ciudad de México, México
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Amigos, colegas y alumnos, siempre recordaremos a Sergio Ortega, entre otras cualidades, por su calidez y cariñosa sonrisa. De las muchas opiniones vertidas por quienes tanto lo apreciaron, destaco las siguientes: por ser un «cálido amigo y maestro generoso», por su «calidez humana, de quien seguiremos aprendiendo de su obra y ejemplo»; Sergio «fue una persona muy cálida y considerada»; «un señor en todos los sentidos»; «don Sergio tuvo una vida larga, en la cual pasó haciendo el bien a sus semejantes; una vida académica llena de imaginación y provocaciones que hizo mucho bien a sus alumnos y a nosotros sus colegas»; «tenía una sonrisa franca y bella»; «con su gran sabiduría de vida y bondad nos ha dejado un gran legado en el corazón». Sabía escuchar y tenía especial intuición para comprender las necesidades de sus estudiantes; «es una gran pérdida para quienes hemos aprendido a través de sus escritos, pero en especial a través de su generosidad y sencillez»; «hemos perdido un excelente historiador y un AMIGO».

Cuando recibí el encargo de escribir sobre la trascendencia de la persona de Sergio Ortega Noriega, me pareció una ardua labor, no solo por la gran cantidad de trabajos investigados por él y publicados por diversas instituciones, sino porque los rasgos de su personalidad sobrepasan cualquier valoración mundana que se quiera hacer de ellos. El cariño y la admiración que supo ganarse de cuantos con él tuvieron contacto amistoso o profesional, excede los límites de unas líneas pergeñadas al calor de su inolvidable recuerdo. Sergio Ortega, para mí y para cuantos tuvimos el honor de ser sus discípulos, colegas y amigos, fue una persona que hoy y siempre deberá ser valorada como una gran figura del estudio de la historia novohispana.

Nacido en 1933 en la ciudad de Aguascalientes, una aparente vocación lo llevó a estudiar la carrera de ingeniero químico en la Escuela Nacional de Ciencias Químicas de la UNAM, en la cual obtuvo el título en 1960. Pero Sergio debió tener, desde años atrás, una intensa convicción religiosa que lo motivó a ingresar al seminario de la orden marista y ordenarse como sacerdote en 1961. Quiero suponer que su estancia con los maristas despertó en él una profunda atracción por la docencia, la cual ejerció el resto de su vida.

Ejerció el sacerdocio en las ciudades de México y Tonalá. De ahí pasó a la ciudad de Los Mochis, ciudad que más tarde adoptaría como su cuna, donde siguió desempeñándose como sacerdote y además fue profesor de secundaria. Años después, habiendo ya nacido en él el gusto por la historia, decidió cursar, en la Escuela Normal Superior Nueva Galicia de Guadalajara, la carrera de maestro de historia, con la tesis Los seminarios de historia en la secundaria técnica. Continuando con su proyección docente, se trasladó a la capital del país para estudiar la maestría en Historia de México en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde obtuvo el grado en 1975 con la tesis La antigua constitución española y el federalismo mexicano. A continuación, cursó, en la misma institución el doctorado, grado que obtuvo en 1977 con la tesis Topolobampo. Un caso de colonización porfiriana.

Las dos líneas de investigación que a Sergio Ortega interesaron y a las cuales dedicó su larga vida de estudio e indagación histórica fueron la historia regional y la historia de las mentalidades. La primera de ellas la desarrolló en el Instituto de Investigaciones Históricas donde fundó, junto con Ignacio del Río el Seminario del Noroeste de México, cuyo nombre cambió a Seminario del Norte de México, que sesionó en nuestro instituto durante tres décadas; en él se formaron muchos investigadores y llevó a cabo una gran labor de investigación reflejada en una abundante producción historiográfica. En los años 80, Ignacio del Río y Sergio Ortega fueron invitados por el Gobierno del Estado de Sonora a colaborar en una historia general de la entidad; con la generosidad que a ambos caracterizaba, invitaron a un grupo de integrantes del seminario a participar en la elaboración del tomo II, referente a la historia colonial: De la conquista al Estado libre y soberano de Sonora. Cuando la edición del Gobierno del Estado de Sonora se agotó, los derechos legales regresaron a los autores y la obra fue reeditada por el Instituto de Investigaciones Históricas con el título Tres siglos de historia sonorense. También producto de la labor de Sergio en este seminario son: Un ensayo de historia regional: el noroeste de México, 1530-1880 y Breve historia de Sinaloa.

Su cariño por esta región del noroeste fue ampliamente recompensado al ser recipiendario de la Cátedra Magistral José C. Valadés otorgada por el Colegio de Sinaloa en Culiacán, en 1998; con el reconocimiento otorgado por la Universidad Autónoma de Sinaloa por sus aportaciones a la historiografía regional, en 1998. Igualmente, otro reconocimiento otorgado en 1999 por la Universidad Autónoma de Sinaloa y por el Colegio de Sinaloa al que ingresó como miembro en 2002. Y, en 2006, le fue reconocida su trayectoria como investigador al otorgársele el Premio Universidad Nacional en Ciencias Sociales.

Otro tema de interés para Sergio Ortega y en cual se refleja la mayor parte de su producción historiográfica fue la historia de la familia, y encontró el medio para estudiarla a plenitud, fundando, con Serge Gruzinski y Solange Alberro, el Seminario de Historia de las Mentalidades y Religión en el México Colonial, adscrito a la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia. El proyecto inicial de investigación de este seminario giraba en torno a la influencia real de la Iglesia Católica en la sociedad novohispana, por lo que se fijó como un ambicioso objetivo el análisis de las funciones de la Iglesia Católica como difusora del modelo ideológico sobre la comunidad doméstica, y como normalizadora de los comportamientos prácticos. Por ello, el tema general de investigación quedó desglosado en tres puntos: matrimonio, familia y sexualidad. A partir de 1980 y con el objeto de discutir los estudios acerca de la comunidad doméstica en la sociedad colonial, el Seminario de Historia de las Mentalidades organizó cuatro simposios con la participación de un nutrido número de investigadores nacionales y extranjeros; producto de estas reuniones son Seis ensayos sobre el discurso colonial relativo a la comunidad doméstica. Matrimonio, familia y sexualidad a través de los cronistas del siglo XVI, el Nuevo Testamento y el Santo Oficio de la Inquisición; la Memoria del Primer Simposio de Historia de las Mentalidades: familia, matrimonio y sexualidad en Nueva España; De la santidad a la perversión: o de por qué no se cumplía la ley de Dios en la sociedad novohispana; El placer de pecar y el afán de normar; Del dicho al hecho… Transgresiones y pautas culturales en la Nueva España; Amor y desamor. Vivencias de parejas en la sociedad novohispana. En todas estas obras Sergio escribió sobre el discurso teológico sobre el matrimonio, la familia y los comportamientos sexuales, tema que conocía a profundidad por su formación religiosa; examinó el Nuevo Testamento, la obra de Santo Tomás de Aquino, la obra de los teólogos españoles que influyeron en el clero novohispano, como Tomás Sánchez; así como la obra de los teólogos que trabajaron en la Nueva España, principalmente fray Alonso de la Vera Cruz. Gracias a estos trabajos de Sergio Ortega, el discurso teológico ha sido difundido en España e Hispanoamérica.

En 1980, al ingresar yo al Instituto de Investigaciones Históricas, tuve la oportunidad de conocer a Sergio, y en algunas ocasiones platicamos sobre el proyecto de investigación que el Seminario de Mentalidades llevaba a cabo, pero no fue sino hasta 1986, a raíz de yo haber asistido al III Simposio de Historia de las Mentalidades con el tema «Familia y poder en Nueva España», el cual llamó poderosamente mi interés, cuando «descubrí» la línea de investigación a la que me quería dedicar. De inmediato me entrevisté con quien había de ser, desde entonces, mi mentor y gran amigo y le solicité ingresar a dicho seminario, a lo que Sergio, con su acostumbrada bonhomía, accedió. A partir de entonces, nuestra relación de trabajo y amistad se fue fortaleciendo.

Empecé a asistir al seminario en 1987, cuando Sergio comenzó a coordinar a este grupo de investigadores y fui acogida de manera cordial y afectuosa ya que el carácter firme y bondadoso de Sergio propició siempre un ambiente de trabajo agradable entre los compañeros del seminario. Nos reuníamos todos los martes de cuatro a siete de la tarde en un cubículo del Castillo de Chapultepec; durante varios años, las actividades del grupo coordinado por Sergio, se enfocaron a estudiar el discurso de la Iglesia Católica y los comportamientos de las personas; se estudiaron así los comportamientos desviantes reprimidos con mayor constancia por las autoridades coloniales, como lo fueron la bigamia, la solicitación y la difusión de la literatura perniciosa. También se estudió la prostitución y los delitos de lenocinio y alcahuetería; el amancebamiento, la violación, la magia amorosa y la homosexualidad masculina, así como otros comportamientos no delictivos que giraban en torno a la elección de pareja. Sin embargo, fue a raíz del tercer simposio convocado por el Seminario de Historia de las Mentalidades, que este grupo de trabajo optó por enfocar directamente los estudios sobre las relaciones de la comunidad doméstica y la sociedad que forma parte de ella, pero ya no a través de la intermediación de la Iglesia como al principio se había planteado; es decir, se trataba de investigar la acción de la sociedad en la integración de la comunidad doméstica y la acción de esta en la conformación de la sociedad. Pero el método diseñado para el análisis de comunidad doméstica mostró serias limitaciones al no permitirnos abordar lo esencial del objeto de nuestro estudio, es decir, cómo se integraban realmente las comunidades domésticas y cuáles eran sus funciones sociales. Fue por ello que el seminario convocó al cuarto simposio con el tema «Comunidades Domésticas Novohispanas. Formas de unión y transmisión cultural». Al enfrentarnos a la multiplicidad de formas que adoptó la comunidad doméstica novohispana, el seminario tuvo que «inventar» un método para estudiarlas. Fue entonces que Sergio y Lourdes Villafuerte se dieron a la tarea de diseñar una base de datos para poder tener un registro de todas las distintas formas de integración de las comunidades domésticas que encontramos en los documentos. Así, se formó el seminario Comunidades Domésticas Novohispanas, que empezó a funcionar paralelamente al seminario de Mentalidades y que se reunía todos los lunes por la tarde, desde 1994, primero en casa del propio Sergio y, después, en el Instituto de Investigaciones Históricas.

Un aspecto que me es muy grato recordar es el entusiasmo con el que Sergio nos involucró en emprender los que él llamaba «nuestros paseos por el pasado», y que organizó para que los miembros del equipo ComDom, —Lourdes Villafuerte, Carmen Vázquez, María Jesús Sánchez y yo— hiciéramos recorridos por el Centro Histórico de la ciudad de México, con el fin de conocer in situ los lugares que habían sido habitados por los personajes que encontrábamos al analizar documentos. Organizado y metódico como era, se dio a la tarea de dibujar los planos de los 32 cuarteles menores en que había sido dividida la ciudad de México en 1782 y uno de los propósitos de las visitas era confrontar dichos planos con los de la guía Roji, para poder saber a qué calles actuales correspondían las novohispanas. De esta manera, una vez al mes, nos encontrábamos a las 9:00 de la mañana en punto en el Portal de Mercaderes y emprendíamos el recorrido, calle por calle, del cuartel que hubiéramos seleccionado para esa ocasión. Íbamos «armados» de sombrero, cámara fotográfica, zapatos cómodos para caminar y Sergio llevaba una carpeta con el plano del cuartel, donde anotaba los edificios que nos parecían ser coloniales. En aquellos a los que se podía tener acceso, entrábamos, y fue así como descubrimos muchas casas de vecindad que ya lo habían sido en otros tiempos y pudimos constatar el deterioro y mal uso de muchas de las edificaciones; pero también pudimos disfrutar de las casas que han sido conservadas como los dignos palacios que fueron antaño.

Entrábamos a todas las iglesias y nos sentábamos un buen rato en silencio, disfrutando de la paz de esos lugares e imaginándonos a los feligreses novohispanos. ¿Serían como los contemporáneos? Mucho se aprende de observar a quienes, a media mañana, acuden a la iglesia a rezar, a meditar, o simplemente a estar, como nosotros. Aprovechábamos los amplios conocimientos religiosos de Sergio para que nos resolviera todas las dudas que nos surgían acerca de los santos, algunas imágenes y ceremonias y devociones de cada una de las iglesias.

Nuestros recorridos duraban de 9 de la mañana a 1:00 de la tarde; pero algo infaltable y que nos daba mucha satisfacción era «refaccionarnos» a media mañana en algún pequeño restorán del barrio, donde siempre disfrutábamos de un café (no siempre bueno, por cierto) y pan dulce (Sergio prefería pan blanco, al que le echaba sal). En estas paradas para «la refacción», que a veces, dependiendo de lo confortable del lugar, del clima o de otras circunstancias, se alargaban bastante, comentábamos lo visto ese día y Sergio siempre nos entretenía con alguna anécdota de los documentos que estaba transcribiendo para alimentar la base de datos de nuestro proyecto; también aprovechábamos para comentar nuestras experiencias de investigación, y muchos asuntos triviales que hacían muy agradable la convivencia. Así, recorrimos los 32 cuarteles; y, cuando terminamos, volvimos a empezar y descubrimos que algunos lugares habían sufrido cambios, que también anotamos en los planos que Sergio nos llevaba cada día.

Uno de los paseos más memorables fue el recorrido que hicimos siguiendo la ruta que don Lorenzo García Noriega, marido de doña Francisca Pérez Gálvez, siguió para sorprender y atacar al conde de Alcaraz, de quien estaba celoso. Los hechos que narran los documentos ocurrieron la noche del 31 de diciembre de 1814; durante la función en el Coliseo, don Lorenzo notó que el conde de Alcaraz, le hacía señas «amatorias» a su mujer y que esta le respondía con sonrisas. Al terminar la función, don Lorenzo, lleno de ira, sacó a su mujer del teatro, en la calle del mismo nombre (hoy Bolívar) y la llevó a su casa en la calle de don Juan Manuel (República de Uruguay), esquina con Bajos de San Agustín (5 de febrero); posiblemente hicieron el siguiente recorrido: calle del Coliseo y su continuación Colegio de Niñas (Bolívar) hasta doblar a la izquierda por la calle de la Cadena y su continuación Capuchinas (Venustiano Carranza), para doblar a la derecha en la calle de la Monterilla (5 de febrero) hasta llegar a la calle de don Juan Manuel. Regresó sobre sus pasos otra vez al Coliseo y, al encontrarlo cerrado, fue en busca de su rival por la calle del Coliseo hasta San Francisco (Madero); lo encontró en la esquina de esta calle con el callejón de Betlemitas (Filomeno Mata), donde lo atacó con una daga. Lo dejó allí herido y regresó a su casa, posiblemente por el mismo camino.

Este ejemplo, por minucioso y detallado que parezca, ilustra el sentido de nuestras visitas y el disfrute que todos los integrantes del grupo sentíamos al recrear en el tiempo y en el espacio, acontecimientos sucedidos siglos atrás, pero que para nosotros se revestían de actualidad. Estas sensaciones y emociones, que guardaremos siempre con cariño, se las debemos a quien fue el motor y guía de nuestro seminario. Fueron años, Sergio, en los que compartimos ilusiones, trabajo e iniciativas. La convivencia contigo deja en mí una huella perenne y sentimientos de admiración, respeto y cariño que perdurarán por siempre. Todos los que te conocimos te consideramos una persona llena de humanidad, fuerte, emprendedora, infatigable y especialmente generosa. Es de justicia rendir homenaje a quien tanto destacó y con estas líneas pretendo rendirle un sentido recuerdo a quien siempre estará en mi memoria. Hasta pronto, Sergio.

De izquierda a derecha: Teresa Lozano, María Jesús Sánchez, Lourdes Villafuerte, Sergio Ortega y Carmen Vázquez, Ciudad de México, 1997.

La revisión por pares es responsabilidad de la Universidad Nacional Autónoma de México.

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