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Vol. 48. Núm. C.
Páginas 219-224 (Julio - Diciembre 2014)
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Vol. 48. Núm. C.
Páginas 219-224 (Julio - Diciembre 2014)
DOI: 10.1016/S0185-2620(14)71436-7
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Reseña del libro
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Jorge Silva Riquer
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
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“Más salado que dulce”

La historia de las haciendas en México ha tenido una extensa bibliografía desde hace ya varias décadas. La posibilidad de realizarla siempre ha dependido de varios elementos sustanciales, se debe tener la suerte de localizar la documentación necesaria para estudiar su funcionamiento en los archivos públicos, o bien, contar con la posibilidad de consultar los privados, siempre y cuando existan. Las diferencias se determinan precisamente por el acceso a la información, distinguiéndose entre las que abordan las diversas ventas de tierra, las que reciben los créditos necesarios, las que sufren los confictos por el acceso a la tierra, ya sea usurpación, arriendos y/o fraccionamientos, o bien las que tienen la facilidad de plantear la vida interna de las mismas como parte de la empresa particular, familiar o anónima. Todas ellas sin duda valiosas para entender el devenir de la actividad agrícola mexicana en todas sus modalidades y posibilidades.

Los trabajos realizados bajo cualquiera de esas condiciones siempre aportan nuevos elementos para confirmar lo mencionado anteriormente, para dar nuevos testimonios de análisis, para entender procesos complejos de la producción e inversión, en fin para explicar lo complejo de la unidad agropecuaria mexicana, pero también para señalar, o para ratificar, las condiciones en que se desarrolló la actividad, sus consecuencias e impactos. Todo ello como parte del análisis de la economía agraria mexicana, tan sustancial para entender el comportamiento económico general, máxime si su estudio se ubica en procesos de transición y cambios tecnológicos.

Todo eso lo podemos ubicar en el trabajo que ha desarrollado ya por varios años Sergio Valerio y que hoy presenta en forma de libro, una investigación que lo llevó a varios repositorios públicos, todos ellos indispensables para poder encontrar la información de un complejo agropecuario ubicado al sur y cerca de la ciudad de Guadalajara. Nos referimos a las haciendas llamadas Bellavista, El Plan y Las Navajas, cercanas a varios mantos acuíferos que le proporcionaban condiciones apropiadas para la actividad agrícola. El complejo de tres haciendas se integró por una extensión grande de tierra apta para el cultivo, para la crianza de ganados, para las plantaciones de azúcar, pero también con extensiones marginales de montes no propicias para la actividad productiva.

El texto en cuestión hace una referencia completa a las condiciones en que se dieron las primeras mercedes de tierra a los dueños originales, los avatares que pasaron para enfrentar los cambios en torno a la política real para mantener sus propiedades. Esta parte de la historia que recrea Valerio nos lleva por varios momentos donde se conformaron las propiedades que le interesa estudiar. Su estudio nos recuerda mucho los realizados por historiadores donde el espacio es parte importante, por lo que la ubicación geográfica, que, en este caso, se considera indispensable para entender la importancia agrícola de las haciendas, la efectúa a través de las geografías publicadas y de la etnografía que realizó en sus múltiples visitas a dichos lugares, como él mismo lo indica.

La historia de las haciendas es parte de los avatares que ha sufrido el campo mexicano, no podía ser de otra manera, el traslado de dueños, las hipotecas, las deudas, las herencias, se convierten en un proceso sin fin que marcó las condiciones de estas haciendas en particular, pero que es parte de la historia misma de muchas más, algo que ya se había confirmado. La empresa formada por la familia Remus, encabezada por Nicolás, el organizador, administrador y dueño del complejo agropecuario de Bellavista, es un ejemplo de ello. La compra y consolidación fue un proceso complicado y difícil para lograr establecerlo como una empresa; para ello, se consiguió ordenar la producción con base en ciertas características que se definieron por las vocaciones productivas de cada una de las haciendas, integrantes de la unidad. Así, mientras una producía alimentos, otra se dedicaba a la crianza, otra a la plantación de caña de azúcar, la organización estuvo determinada por la productividad.

Otra forma también presente en este complejo fue la organización en torno a la participación en el mercado local, regional y nacional, lo que dio posibilidades de enfrentar en mejores condiciones la competencia y sobre todo los costos de producción, al abaratar el abasto de productos necesarios para la elaboración de otros que salían al mercado, para la alimentación de los jornaleros y los animales, para el pago de salarios y demás. Todo ello en una racionalidad económica importante que le permitió al complejo consolidar su presencia como una unidad productora de alimentos y azúcar en el mercado regional y nacional, nos indica Valerio.

Esta forma de trabajo y complementación permitió a los dueños reordenar los gastos y cubrir las demandas entre las tres haciendas, sin pérdidas sustanciales en momentos de transformación y/o cambios en el mercado nacional. Podemos decir que la ingeniería productiva permitió la utilización de los espacios productivos de mejor manera, aunado a las compensaciones que se hacían entre cada una de las unidades, lo que permitió mantenerlas como un ejemplo de mayor productividad e integración al mercado.

Bajo esa perspectiva, la familia obtuvo los mayores beneficios de los productos agrícolas, y posteriormente la compañía, Remus. Eso posibilitó la inversión en riego como una parte sustantiva de la misma. Para ello, la construcción de presas y canales permitió elevar la productividad, sobre todo en las plantaciones de caña de azúcar, su principal producto, pero también, en la venta de granos como parte del complemento de su actividad, pues una porción importante sirvió como insumo y pago de salarios a los diversos operarios. Otro proceso importante de cambio en la productividad se dio con la compra, en varios momentos, de maquinaria indispensable para procesar la caña, la cual generaba la mayor riqueza e impacto en el mercado regional y nacional.

La organización determinó también la capacidad de crédito para la inversión de aparatos necesarios para elevar la productividad; en ese sentido, el autor nos narra los dos momentos en que se invirtió en esa necesidad, para lograr obtener la mayor cantidad de extracción de jugo de azúcar, lo que posibilitó el incremento del valor de las haciendas, aunado a la ampliación del espacio de cultivo, la primera fase de producción de azúcares y aguardientes fue satisfactoria para la familia, pues el rendimiento permitió consolidar su fortuna y presencia como una de las familias poderosas de Guadalajara. Mientras que el segundo proceso, marcado por la transición de la revolución y los avatares que trajo consigo, impidió que obtuvieran dividendos, lo que provocó que los préstamos solicitados no redituaran mayores ganancias a la compañía. La guerra y los condiciones de inseguridad, además de la introducción de azúcares del Caribe, impidieron recuperar los préstamos y la vida de la hijas de Remus se hizo cada día más complicada.

La incorporación del riego permitió ampliar las zonas de cultivo, introducir mejores plantas y buscar mantener la productividad. Para ello la relación con los trabajadores fue cordial, según nos relata Valerio, se redujo sustancialmente a la relación del pago adelantado por medio de los pegujales, de los jornaleros y de otros empleados que evitaron incrementar los gastos de este rubro, máxime si una parte del pago se realizó con mercancías. En ese sentido, las cuentas que nos presenta son muestra clara de cómo se amortizaba parte del costo con el pago en maíz, de las Navajas y El Plan, y con la utilización de pegujales como parte del mismo. A otros trabajadores se les arrendaba la tierra, así ésta se ocupaba y recibían el pago en especie, lo que permitía obtener mayores beneficios tanto en trabajo como en especie, lo que hacía que las haciendas estuvieran en constante producción.

Valerio nos indica que la superficie ocupada para el cultivo era menor a la extensión del complejo, alrededor de 20 por ciento sólo era de riego y/o de humedad, otra parte de temporal y la mayor extensión se dedicaba al agostadero y el resto era monte, la cual sólo se utilizaba para la cría de ganado y recolección de leña; pese a eso, el valor de la propiedad de las tierras tuvo incremento, pasó de costar un millón de pesos al inicio de la compra por la familia hasta la cantidad de más de dos millones. Las mejoras fueron constantes, realizadas a través ya de la compañía de las Hijas de Remus.

Otro aspecto importante fue la determinación del gobierno federal y estatal de apoyar la construcción del ferrocarril de Guadalajara a Manzanillo, obtenido por la compañía del Ferrocarril Central de México, lo que sin duda traería mejoras a la región, pero paradójicamente no a los dueños del complejo de Bellavista, como bien lo señala Valerio. El asunto fue complicado, pues el tendido de las vías pasó en medio del complejo, partió en dos a la hacienda de Bellavista y provocó el reacomodo de las relaciones de intercambio y sostenimiento de las demás haciendas. Aunque se contó con una terminal cerca del ingenio de azúcar, el beneficio no se hizo evidente, el costo de traslado fue alto para la distancia tan corta que recorría el producto y a la larga se convirtió en una carga para la hacienda. Además de contabilizar la extensión de tierra que se debía expropiar y/o comprar por parte de la compañía para el tendido de las vías, del establecimiento de los almacenes, de los patios de maniobras, en fin de lo necesario para este ramal del Ferrocarril Central de México, que provocó cambios sustantivos en el complejo.

Lo anterior obligó a la compañía Hijas de Remus a reordenar sus objetivos y reacomodar sus productos con vistas a elevar la productividad del azúcar, aguardientes y derivados, principalmente, aunque se mantuvo constante el cultivo de los otros productos agrícolas para el consumo entre las haciendas y para su venta en el cercano mercado de Guadalajara; por otro lado, la cría de ganados fue al final un elemento que permitió conseguir los préstamos necesarios para lograr la inversión requerida. Esta última etapa de la vida del complejo, se determinó, nos señala Valerio, por la incorporación de la nueva generación de los Remus a la compañía y la indispensable transformación de la maquinaría que para esos años, 1910, ya era obsoleta. Intentó resolver este problema con solicitudes a la Caja de Préstamos para Obras de Irrigación y Fomento de la Agricultura, S. A., lo que ayudó en primera instancia a la conversión, pero al final no fue suficiente la venta de los productos y la Caja se quedó con los pocos beneficios primeramente, para después adjudicarse el complejo ante la imposibilidad de lograr amortizar los pagos acordados y cubrir la deuda contraída.

La historia se repite, podría decir más de un lector, pero no fue así, lo que sucedió fue que el mercado mexicano fue incapaz de lograr la transformación productiva en ese periodo. Así, el complejo agropecuario de Bellavista registró un inició pujante, donde el dueño Remus logró consolidar la productividad y establecer los mecanismos necesarios para hacerlo redituable, en un momento en que los costos de producción se podían controlar a través de la abundante mano de obra barata. Nos recuerda Valerio, por ejemplo: los pagos en especie, la incorporación de maquinaria que lograba reducir los costos y elevar la productividad hasta un momento determinado, el control y conocimiento del mercado para los productos; estos últimos no fueron suficientes y oportunos para enfrentar los cambios y la incorporación cada vez más decidida del mercado mexicano al mundial, lo que obligaba inevitablemente a una incorporación de mayores cambios tecnológicos e inversión. Los dueños de empresas mexicanas, en este caso agrícolas, al parecer no entendieron, o no tuvieron el capital suficiente para hacerlo, o no quisieron intentarlo. La modernidad los arrolló. Pese a las propuestas de la nueva generación de la familia Remus, las condiciones cambiaban para la empresa, y ésta no se ajustó a ellas y perdió la carrera, que en sí fue la constante de muchas de estas compañías en el periodo que se relata en este libro.

La historia que nos presenta Valerio es una narración hacia adentro del complejo agropecuario de Bellavista, donde las formas de trabajo, de pago, de ocupación del suelo, de las mejoras, de la productividad son parte importante de la misma historia. Al final, vemos cómo la familia Remus no acabó de insertarse en los cambios que implicó la transformación industrial tan en boga en ese periodo, pero también, la incapacidad de estos mismos empresarios de contar con los créditos necesarios y oportunos para lograr dichas modificaciones. En fin, es una historia en sí de un complejo importante, que al final no tuvo la capacidad de enfrentar al mercado internacional, todo por los costos de producción, la competencia, entre otros factores más, aspecto importante para la sobrevivencia y transformación de las empresas precapitalistas en capitalistas.

Es necesario señalar que la intención del autor fue “narrar las acciones humanas en el tiempo y el espacio; la narración es un acto discursivo que se basa en el uso del lenguaje, por tanto sigue reglas gramaticales aceptadas socialmente y culturalmente, pero no sólo se atiende al uso del lenguaje sino que es necesario construir una trama”. Así, Valerio construyó su trama, misma que se quedó en el interior del complejo de Bellavista como una “genealogía de un latifundio”, lo que hace complejo entender aspectos que sin duda pudieron dar mayor explicación a esta “narración” y compararla con las otras que han sido presentadas, lo que ubicaría mejor su estudio dentro del complejo de la historia de las haciendas mexicanas en el periodo de la transición de la época porfiriana al siglo xx. Pero eso es pedir algo que el autor no estableció en su “trama”.

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