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Vol. 46. Núm. 46.
Páginas 229-231 (Enero 2015)
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Vol. 46. Núm. 46.
Páginas 229-231 (Enero 2015)
Reseña del libro
DOI: 10.1016/S0185-2574(15)30020-4
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Aurora Díez-Canedo
Centro de Estudios Literarios, Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México
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Waldeck bajo el escrutinio de la teoría crítica moderna

Cinco capítulos —el 1 y 2 son la primera y segunda parte de un mismo tema titulado “Oriente está en Yucatán”— y dos “codas” integran este libro ilustrado con el que su autora parece culminar varios años de investigación dedicados estudiar a Fréderic de Waldeck, su relación con la ciencia de su tiempo, y con México, en especial con los sitios arqueológicos de Palenque y Uxmal.

Depetris explica a Waldeck desde las aportaciones de una serie de autores —desde Foucault hasta Mary Louise Pratt— al análisis del discurso, al género de la literatura de viajes, la visión del otro, la representación, el lugar de enunciación, etcétera, de tal manera que ofrece una lectura crítica de este viajero alemán del siglo xix, que vivió en Londres y en París, y pasó 12 años en México.

Como aclara la autora, su estudio no es histórico sino literario (p. 145); parte de la idea de considerar todo relato de viaje como “ficción falseada”. Si bien se basa en una interpretación de la obra de Waldeck, Voyage pittoresque et archéologique dans la province de Yucatán (París, 1838), la manera en que presenta sus resultados no es lineal sino en segmentos, característica que, en parte, se debe a que el libro reúne una serie de estudios, algunos de los cuales han sido dados a conocer previamente en primeras versiones (ver Agradecimientos, p. 167), y se pueden leer de manera independiente. Reunidos ahora en un libro, el resultado es un tema en distintas facetas.

La obra de Waldeck, Voyage pittoresque, tiene la característica, como el título lo indica, de incluir ilustraciones que transmiten lo que en parte el viajero “vio con ojos propios” pero manipuló para demostrar que las ruinas mayas contenían claros rasgos de civilizaciones orientales, concretamente egipcios e hindúes. Es así que dibujó figuras hieráticas vestidas con taparrabos y tocados egipcios adosados a las grecas de los templos mayas de Uxmal, y curveó las volutas de las cornisas del Templo de las dos serpientes para que se vieran como trompas de elefantes.

Waldeck estuvo en contacto con la Société de Géographie de París, que patrocinaba viajes científicos para comprobar si los antiguos habitantes de Centro América eran originarios del lugar o tenían antecedentes remotos. El sitio más enigmático por esos tiempos era Palenque, y hacia allí se dirigió originalmente nuestro personaje, pero dificultades en el traslado desde Veracruz a Tabasco (enfrentamientos locales y una epidemia) lo hacen desistir de su propósito. Muy interesante resulta la estratagema que usa Waldeck para cambiar el foco de atención de Palenque a Uxmal, cuyas construcciones le parecen “muy superiores” y que, además, era un sitio casi desconocido para la comunidad científica europea.

Waldeck no era historiador ni arqueólogo, sus antecedentes como integrante de la expedición de Napoleón a Egipto parece ser que son inventados. Pero tenía varias habilidades entre las que destacan las de dibujante y litógrafo. Una condición de los viajes científicos del siglo xix era incluir dibujos de los lugares explorados. Waldeck seguramente conoció, afirma Depetris, el informe de la expedición a Palenque que realizó el capitán Antonio del Río a fines del siglo xviii y que no se publicó sino hasta 1822 en París, y esto gracias —según él mismo cuenta— a sus propias influencias. Dicho informe venía acompañado de los dibujos realizados por Ricardo Almendáriz.

Resulta muy interesante la relación de Waldeck con Lord Kingsborough, mecenas y patrocinador de nuestro viajero, aunque también “la expedición de M. Waldeck a Palenque fue posible gracias al apoyo pecuniario de treinta o cuarenta franceses y otras personas de México” (p. 11). No se profundiza en dicha relación en el libro, pero, según explica la autora, en agradecimiento al coleccionista inglés, Waldeck no hace sino reforzar, a costa de su propia experiencia en los lugares y con apoyo de una no muy fiable teoría lingüística, el origen hebreo de los edificadores de los sitios arqueológicos de la cultura maya que visitó: Palenque y Uxmal. También le rinde un homenaje al bautizar a la Pirámide del Adivino con el nombre de Kingsborough (p. 95, n. 152).

Depetris repasa los antecedentes coloniales de la teoría del origen asiático de los indios de América: Núñez de la Vega, Gregorio García, el propio Las Casas, Francisco Ximénez, y se pregunta si Waldeck pudo haber leído a estos autores.

Vale la pena detenerse en el capítulo 4, que da título al libro: “El héroe involuntario”, pues es su aportación y la parte donde la autora deja ver el complejo entramado de lecturas que constituyen su acercamiento teórico y crítico a Waldeck, su momento y su viaje. Gadamer, Benveniste, Bajtín, David Spurr, Genette, Bourdieu, Foucault, Pratt, Todorov, Said, aportan los elementos para entender cómo el viajero alemán representa a toda una civilización al mismo tiempo que se construye a sí mismo como personaje de su narración. Forma parte del capítulo el erudito inciso “El baúl de referencias”, donde se estudian, mediante citas directas del francés, las ideas sobre América de los enciclopedistas y los llamados antropólogos del siglo de las Luces como Buffon y De Pauw; el determinismo climático de Montesquieu y los alcances de la conocida hipótesis de la inferioridad de América hasta Comte y Hegel. Según la autora, Waldeck carga consigo todo el bagaje del europeocentrismo y de su procedimiento comparatista desde una superioridad y ventaja frente a lo diferente, plenamente asumida.

Depetris considera al Voyage pittoresque una obra estructuralmente fallida, algo que el propio Waldeck no se preocupa por esconder. El análisis que hace la autora no es historiográfico, sino estructuralista, y desde la retórica y la narratología: descubre la retórica de la cientificidad del siglo xviii, el orientalismo como una construcción occidental (Said) y el discurso imperialista que subyace en todo esto.

Uno de los problemas del siglo xviii es la incapacidad para relacionar la grandeza de los vestigios de la América antigua (las ruinas) con los indios del presente, a los que se veía como incultos y degradados. Las observaciones de Waldeck sobre las costumbres y la ignorancia de los habitantes de Yucatán dan testimonio de esta brecha insalvable para muchos ilustrados franceses. Si bien Waldeck se considera a sí mismo como un científico, en sus descripciones —casi siempre negativas— de los yucatecos, su discurso se vuelve coherente y acorde con las ideas imperialistas que están detrás del interés científico de la época. Waldeck adquiere entonces una estatura de héroe al metonimizarse con Europa y Occidente, pero esto es al mismo tiempo algo en lo que no interviene para nada su voluntad.

La presente edición cuenta con una buena selección de las ilustraciones realizadas por Waldeck. Intervenidas por el hábil dibujante; descubierta esta artimaña por los franceses de la Sociedad de Geografía (M.L Angrand dictamina un gusto excesivo por el detalle que muestra más cosas de las que vio en realidad, p. 18), no serán dadas a conocer sino hasta que se publica la obra de Brasseur de Bourbourg en la década de 1860.

Libro con el que su autora culmina una trayectoria de investigación y demuestra su dominio de la teoría crítica literaria moderna, deja caminos abiertos para futuros trabajos, más enfocados en la recepción y el análisis historiográfico. Nos deja con la curiosidad de conocer más a fondo la situación por la que atravesaba el país durante la estancia de este y otros viajeros extranjeros interesados en las antigüedades pero que también veían a México como una tierra de oportunidades. El conocido saqueo de “monumentos” del México indígena y colonial en vista del descuido y negligencia de las autoridades; los problemas que tuvo Waldeck tanto con el gobierno (p. 34, n. 68) y su relación o lo que lo distingue de otros extranjeros que estaban o estuvieron en México por motivos parecidos, entre ellos el famoso Aubin, Francois Corroy, el propio Brasseur.

Waldeck parece no salir muy bien parado en este proceso, o por lo menos así lo deja ver este libro. Es un explorador oportunista, que “vivía aquejado por una crónica escasez económica” (p. 13), algo mi-tómano, inventor de realidades que pasan por verdades “científicas”, escritor desordenado... pero que supo vender sus proyectos y que además vivió 109 años.

El libro cierra con dos “codas”, recurso un tanto extraño en un texto que aborda el tema desde muy diversos ángulos y enfoques. El lector se pregunta si no podían haber entrado estos fragmentos en algún capítulo o si la autora los deja fuera deliberadamente para sorprendernos con una nueva faceta de Waldeck: la “Coda primera” trata de la opinión negativa que ajusto Sierra O’Reilly le mereció Waldeck y su libro. Se transcribe una nota del que fuera traductor de Stephens aparecida en El Registro Yucateco titulada “Federico de Waldeck. Su obra está llena de embustes y desaciertos”.

La “Coda segunda” no tiene que ver con Yucatán ni con las antigüedades mayas pero da cuenta del multifacético Waldeck y amplía nuestra idea de los intereses de este curioso personaje: se trata del hallazgo que hizo en el convento de San Francisco de México en 1831, según cuenta el viajero en sus Diarios, de una edición de grabados eróticos del siglo XVI de Giulio Romano titulados I modi, que él retrabajó en estilo neoclásico y mandó reproducir. Según termina Depetris, este proyecto no llegó a realizarse; sin embargo se conservan los grabados de Waldeck, dos de los cuales aparecen en la edición, junto con los originales del siglo XVI, con lo que se puede ver que si bien Waldeck no pasaría a la historia como héroe de la arqueología ni de la ciencia, su fuerte fue la imagen, una imagen siempre retocada según su gusto y seguramente el de sus potenciales consumidores.

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