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Vol. 42. Núm. 42.
Páginas 175-179 (Enero 2013)
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Vol. 42. Núm. 42.
Páginas 175-179 (Enero 2013)
DOI: 10.1016/S0185-2574(13)71391-1
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Martha Ilia Nájera Coronado
Centro de Estudios Mayas, IIFL, UNAM
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Con base en diferentes métodos de acercamiento, Roberto Romero aborda el simbolismo del murciélago en la cultura maya. Para analizar las imágenes se acerca al método propuesto por Panofsky, con posterioridad recurre a los estudios comparativos de la Historia o ciencia de las religiones para encontrar un significado más allá del dato. Plantea con claridad qué será lo que entiende por símbolo y cuáles son los recursos que tiene para abordar el tema en cuestión, que no se limitan a la iconografía del murciélago, sino también aborda documentos indígenas y españoles de la época Colonial, así mismo recurre a la tradición oral de los grupos contemporáneos mayas, quienes, a pesar del tiempo y los siglos de dominación occidental, resguardan en lo más íntimo de sus creencias conceptos que tuvieron su raíz en el pasado prehispánico, rasgos que permanecen casi imperceptibles en la historia.

El libro está dividido en tres grandes apartados y unas páginas introductorias en las que nos expresa las ideas que los cronistas tuvieron sobre este mamífero; en la primera parte se refiere a la biología del murciélago, tema que parecería extraño en un estudio de carácter histórico, pero que le fue necesario para conocer su fisonomía y sus hábitos, y con posterioridad estar en posibilidad de lograr su identificación. Una segunda parte consiste en referencias sobre el inframundo y los seres que lo habitan, espacio sagrado al que también pertenece el murciélago. Una vez planteados estos presupuestos, está en posibilidad de hablarnos sobre el simbolismo de dicho animal y de las diversas valencias que integran su figura difícil de asir por sus propias características inframundanas, y de la que hasta ahora poco se había dicho en el campo mesoamericano.

Son pocos los cronistas que aluden a este mamífero y parecería que, a excepción de los vampiros, es decir, murciélagos hematófagos que muerden a seres de sangre caliente, las otras especies no llamaron la atención de los cronistas coloniales, no obstante su abundancia en zonas tropicales. Curiosamente es el fraile Francisco Ximénez, en el siglo xviii, el único que cita en su crónica a los murciélagos frugívoros. Y lo que quizá resulte un poco extraño para nuestro paladar actual es que en algunos sitios servían de alimento. Hoy día es el mamífero más perseguido por el hombre, aunque sólo uno entre más de mil clases en el mundo se alimenta con sangre, y la mayor parte de ellos tienen una función benéfica para el ser humano, siendo grandes polinizadores o controlando la abundancia de insectos. También hay murciélagos que se alimentan de ranas o peces.

Su anatomía es similar a la del resto de los mamíferos, con la gran diferencia de sus miembros anteriores que se convierten en alas, mediante un sistema de membranas flexibles y resistentes que se adhieren a los lados del cuerpo, y de sus miembros posteriores que son aptos poder colgarse. La estructura de su cabeza depende del método que tengan para obtener o capturar la comida, al igual que la forma de su nariz y boca. Después de leer las páginas en las que el autor nos refiere las características biológicas del murciélago, como por ejemplo el sistema de ecolocalización que poseen, o las diferentes formas que presentan para obtener su alimento, no queda duda de que son una especie fascinante. Es al final de este apartado en donde incluye algunas reflexiones sobre el murciélago en la cultura zapoteca, lo que le permite ir ubicando el simbolismo de este animal en Mesoamérica, afirmando que el murciélago no fue un dios en sí mismo, sino una entidad sobrenatural, de cuyos atributos participan varias deidades. Para esta sección recurre principalmente a revisiones de la obra de Alfonso Caso e Ignacio Bernal, en su ya célebre estudio sobre las urnas de Oaxaca.

Una vez planteada esta idea, inicia con la descripción pormenorizada del inframundo y sus habitantes, espacio oscuro lleno de contradicciones, pues al mismo tiempo que es el lugar de la muerte es el sitio de la vida en potencia, en donde residen las semillas que germinarán para dar el alimento al hombre. Este ámbito es visitado también por seres del mundo celeste y está gobernado por varios señores con una corte de animales, generalmente de hábitat nocturno. Lejos de ser un espacio impenetrable, es en donde los gobernantes bajan a contender en forma de ways o realizan rituales en los que vuelven a renacer. En este lugar conformado por nueve niveles, encuentran su reproducción terrenal en algunas pirámides precisamente de nueve niveles.

Gracias a las vasijas “tipo códice” el autor puede recrear los conceptos que se tenían durante el periodo Clásico sobre la topografía del inframundo. Es una región en donde abundan las aguas estancadas, ríos y lagos y otros seres antropomorfos, antropozoomorfos o enteramente zoomorfos, dioses envejecidos, caducos, y criaturas descarnadas que causan no sólo la muerte, sino también terribles enfermedades. Las entradas a este espacio pueden ser cuevas, cenotes, grietas o espacios creados por el ser humano como las canchas del juego de pelota, que eran una expresión simbólica más del espacio geográfico del inframundo. Otra forma simbólica de umbral eran los portales zoomorfos que representan al monstruo Witz, “montaña” o “loma”, de ahí la multitud de templos-monstruo por toda el área maya, pues eran los lugares preferidos por los gobernantes para penetrar al mundo inferior durante sus rituales iniciáticos; a veces se representaban con un orificio cuadriforme, lo que indicaba que también allá existían los cuatro rumbos. El autor no deja de mencionar varios de los glifos que los epigrafistas han leído como una entrada al inframundo, como hom, way y ‘och b’ih. Los diferentes planos del infra-mundo también se comunicaban por símbolos axiales, como los árboles (dentro de los que se considera la insustituible planta de maíz) o los grandes gobernantes cuyo cuerpo fungía como un gran árbol y aún las serpientes que se elevaban como puente de comunicación entre el cielo y el infra-mundo. Me parece que en este apartado la información está un tanto dispersa, lo que responde a la gran cantidad de datos que encontró el autor.

Este espacio era el idóneo para encontrar a los terribles pero necesarios dioses de la muerte, cuyos nombres no dejan lugar a dudas de cuáles eran sus funciones: Ah Puch, “El descarnado”, Kisín, “El flatulento”, Yum Kimil, “Señor de la muerte”, por citar algunos, eran también quienes presidían los sacrificios humanos, principal-mente los rituales de decapitación. En la plástica maya son deidades fáciles de distinguir porque generalmente se presentan semidescarnados y ataviados con collares y pulseras con ojos de la muerte. Estos seres también pueden ser ways de ciertos personajes que envían enfermedades como chak ch’ah cham, “la muerte de la bilis roja” o la indigestión, y sitz cham, “la muerte glotona”, que creo alude a la templanza en el alimento como una de las virtudes de los antiguos mayas.

Pero no sólo dioses vinculados con la muerte se encuentran en ese espacio, sino también otras deidades como el dios L, el dios N y el dios E o del maíz, quienes también residen en el inframundo y de quienes, según nos dice el autor, no se han leído sus nombres. El dios L, deidad anciana que gobernaba antes del tiempo de la creación y que fue derrocada con la aparición del Sol, parece ser el protector de los comerciantes por el bulto que trae consigo. Otro anciano es el dios N, quien se distingue por una red como tocado y un pendiente de caracol o pahuatun. A menu-do figura emergiendo de un gran molusco o una tortuga, sendas imágenes de un inframundo acuoso y en donde se encuentran las semillas de la generación, la vida por germinar. Por ello, no podía faltar el joven y “apuesto” dios del maíz, que encarna al propio grano. Esta deidad se distingue porque, si bien tiene rasgos humanos, su cabeza asimila la forma de una mazorca y puede tener una hoja doblada de esta planta sobre la frente. En este apartado me hubiera gustado ver al dios B, Chaahk, cuya presencia es casi una constante en el inframundo.

No podría existir un inframundo sin la presencia de los animales, como el poderoso jaguar, símbolo tanto de las fuerzas irracionales y de la muerte, como del Sol durante su viaje por ese espacio oscuro. Otros habitantes eran las aves nocturnas como el búho, seres agoreros y cuyo canto puede pronosticar la muerte, pues fungían como los mensajeros de los dioses que provocaban los decesos entre los humanos; o bien el perro, psicopompo que ayudaba a los muertos a encontrar su destino final. También están las ranas y los sapos, especímenes con hábitos nocturnos que croan para pedir la lluvia y que habitan en estanques en donde afloran las aguas originales, un umbral más para el inframundo. Por último se menciona a la serpiente, esa energía que infunde vida al cosmos y que es el way del dios K’awiil, por lo que en algunas vasijas el dios surge de su gran mandíbula abierta. Es un ser multivalente que comparte características ctónicas

En resumen, señala el autor, las actividades de los seres del inframundo se vinculaban con causar la muerte, ejecutar sacrificios cruentos, enviar enfermedades y recibir a los que fallecían. La vida del inframundo, agrega, es como un espejo del plano terrestre, por ello, durante el ritual, al igual que los hombres danzaban en la tierra, sus habitantes lo hacían en el inframundo, así se observan ways, dioses y animales que a veces empleaban este ejercicio para lograr una transformación como lo hacen los hombres en la tierra, cuando usan máscaras con las que adquieren las características de otro ser.

Una vez descrito el hábitat propio del murciélago, el autor pasa al tercer apartado para hablar de su simbolismo; aclara que, si bien encarna la energía de muerte, también personifica la de la vida. Una de las actividades que realiza el murciélago es la decapitación, e identifica al vampiro, por sus hábitos alimenticios, con estas funciones. Al estar relacionado con la sangre se vincula con la fertilidad del inframundo.

Para ejemplificar esta actividad propia del vampiro, cita al Popol Vuh, texto que relata que uno de los gemelos míticos durante su estancia en el inframundo es decapitado en una de las casas de tormento por el murciélago de la muerte, creo que como una de las pruebas iniciáticas a las que se somete para poder convertirse con posterioridad en el Sol. El autor considera, al igual que Laura Sotelo, que es una de las pruebas que sufren los que fallecen en su viaje hacia la inmortalidad. A su vez aparece durante la antropogonía ayudando a los dioses creadores a destruir una de las humanidades fallidas, la de hombres de madera, a quienes cortan la cabeza. El autor brinda otros datos sobre la tradición Mixteca-Puebla en la que el mamífero no sólo aparece decapitando, sino también extrayendo el corazón, por lo que se concluye que una de sus funciones principales es la muerte por sacrificio.

Romero incluye algunas imágenes de diferentes vasijas que le sirven para ilustrar varias de sus deducciones e infiere que, en ciertos ejemplos, se trata de sacerdotes o chamanes que se transforman en murciélagos después de un ritual para, con posterioridad, realizar una decapitación.

Otra valencia de este mamífero nocturno en los mitos es como devorador de la luz, intentando la destrucción de los astros. Ya se había citado cómo el quiróptero decapita a uno de los héroes gemelos, el que se convertirá en Sol, idea que parece conservarse hasta el siglo pasado, pues los tzotziles señalan que hombres negros con cuerpo de murciélago, los ‘ik’aletik, seres malignos, podrían devorar al Sol y producir un eterno eclipse que provocaría la muerte de la humanidad.

Como todo símbolo, algunas de sus valencias son opuestas, por ello no es de extrañar que de la misma manera representa la sexualidad y la fertilidad. El autor presenta diversas imágenes en las que el murciélago figura con el miembro viril erecto, y nos recuerda que el falo simboliza la potencia generadora y el principio activo. Se detiene en un mito del centro de México en el que el quiróptero es producto de la simiente de Quetzalcóatl, y es quien se encarga de formar el órgano sexual femenino de Xochiquetzal, y refiere varios datos sobre la relación del murciélago con la sangre mens-trual. Más adelante trata sobre el ‘ik’al, figura mítica de los tzotztiles contemporáneos que por sus características, con toda seguridad se refiere al murciélago, y es temido porque viola a las mujeres y decapita a los hombres, con lo que conserva muchas de sus valencias prehispánicas.

El pensamiento de los mayas es muy elaborado, y por ello no sólo presentaban imágenes de seres zoomorfos o zooantropomorfos como hemos visto, sino también varios animales constituyendo un solo ser, como el murciélago-jaguar o zotz balam, animal de hábitos nocturnos y asociado al inframundo. Los chontales se refieren a ellos como hombres-murciélago-jaguar, seres sobrenaturales que están dotados de sabiduría y tienen el don de volar. Son protectores de la milpa y de la comunidad, a la vez que fácilmente irascibles si se burlan de ellos, cobran venganza chupando y despellejando a la víctima, uniendo las fuerzas de los dos animales. En el último apartado el autor muestra cómo el mamífero en cuestión funge como intermediario entre los dioses de la muerte y los escribas.

La obra se complementa con dos apéndices, uno referente a las diversas familias que habitan el área maya desde la óptica propia de la biología y uno más en el que se ofrece un cuadro de los sustantivos con los que se conoce al murciélago en diferentes lenguas mayas y se puede observar la unidad lingüística de los pueblos mayas al emplear el mismo vocablo para designar al animal.

Una observación que resulta relevante es que el autor recurre en cada una de las valencias o funciones de los murciélagos a otras culturas no sólo mesoamericanas, sino también sudamericanas para mostrar creencias similares en torno a este mamífero; de la misma forma, cuando los datos se lo permiten, presenta creencias contemporáneas en las que la figura del murciélago, o bien un ser con características muy similares, todavía participa de valencias del periodo prehispánico y colonial. Todo ello le permite comprender con mayor claridad las funciones de este mamífero en la cultura maya.

La obra Zotz. El murciélago en la cultura maya, es un ejemplo de cómo se pueden presentar datos originalmente dispersos en multitud de imágenes y documentos, en este caso sobre el murciélago, y darles un sentido coherente. Por ello invito al lector a revisar este libro en el que encontrará una lectura ligera y podrá comprender a este vilipendiado animal del que, tras leer la obra que se presenta hoy, no nos queda duda de que es una obra maestra de la naturaleza.

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