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Vol. 41. Núm. 41.
Páginas 211-214 (Enero 2013)
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Vol. 41. Núm. 41.
Páginas 211-214 (Enero 2013)
DOI: 10.1016/S0185-2574(13)71384-4
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Reseña del libro
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José Alejos García
Centro de Estudios Mayas, iifl
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Luchas “muy otras” es una contribución colectiva de especial interés para la discusión antropológica y el estudio del actual movimiento zapatista, llena de ideas teóricas novedosas y de un optimismo y solidaridad evidentes. Destaca de entrada su propósito de plantearse como una reflexión crítica sobre el quehacer de las ciencias sociales, específicamente respecto a la investigación etnográfica, pero también respecto de las posturas epistemológicas, ideológicas y políticas, muchas veces ocultas, que se mueven detrás de la investigación científico-social. En tal sentido, se aprecia la declaración explícita de algunos autores acerca de sus posicionamientos, principalmente éticos e ideológico-políticos, resumidos en su empatía y compromisos con el zapatismo. Se plantea que la investigación debe ser una actividad orientada claramente en beneficio de los sujetos de estudio. Por otro lado, el volumen reúne artículos de discusión teórica interesante, no sólo para la antropología, sino también para otras ciencias sociales, como la discusión de Speed sobre el neoliberalismo y la concepción del derecho y de la autonomía del zapatismo, o el escrito de Harvey, donde se discute el paso del imperialismo al imperio del capital, el planteamiento del zapatismo como “otra forma de política” y su ejercicio de autonomía como una “alternativa económica y política” (p.173).

Otras contribuciones combinan planteamientos teóricos con experiencias etnográficas en comunidades zapatistas, siendo el concepto de autonomía el que ocupa mayor interés, como lo muestra el ensayo de Cerda García, donde se incluye una revisión crítica del concepto de ciudadanía en el contexto de la lucha zapatista por la autonomía. Otros escritos de orientación etnográfica, como los de Baronnet, Gutiérrez Narváez y Núñez Patiño, muestran la lucha de las comunidades zapatistas por lograr una educación autónoma, con métodos educativos más congruentes con la sociedad y cultura de los educandos, y que buscan romper con la subordinación y alienación contenidos en los programas oficiales. El mismo tenor se encuentra en el estudio de Forbis sobre el proyecto zapatista de salud, en el de Rico Montoya, quien denuncia los efectos de la llamada “guerra de baja intensidad” en los niños y la implementación de una pedagogía de la resistencia, así como en el estudio de Santiago Vera, que examina la estrategia de la “guerra integral de desgaste” y plantea una crítica a la psicología hegemónica, subrayando la participación y capacidad organizativa de la mujer zapatista, entre los principales temas abordados. En general, el libro tiene la virtud de no ser una mera compilación de textos generados de manera individual, sino en cierta medida una obra colectiva, “un ejercicio de autoreflexión crítico colectivo”, como se indica en el prólogo y en las conclusiones.

El grueso del libro está compuesto de cinco capítulos y quince artículos, que van desde los cuestionamientos teórico-metodológicos de la investigación antropológica, hasta temas concretos de ciudadanía e identidad, educación, salud, economía y recursos naturales, examinados específicamente en poblados zapatistas de Chiapas. Según se indica en la introducción, las investigaciones iniciaron en 2003 y concluyeron en 2007 con la realización de un taller de discusión, que contó con otros participantes además de los autores del libro. Una dedicación especial está expresada para Andrés Aubry, fallecido en aquel año, quien fuera uno de los promotores de esta publicación, historiador y decidido luchador social, acompañante del movimiento zapatista, cuya orientación crítica es compartida por los colaboradores.

Respecto a esta orientación crítica del libro, bien representada en el artículo de Aubry, podría ser equiparada en cierto sentido con la postura zapatista de “abajo y a la izquierda”, señalada por Harvey (p. 164), lo cual significa que el investigador asume un posicionamiento junto a las comunidades zapatistas en su lucha de emancipación frente al “mal gobierno” y el neoliberalismo. En este sentido, como apuntan los autores de la introducción, el libro busca, mediante un análisis de las prácticas políticas de autonomía zapatistas y del impacto del movimiento, avanzar hacia una “reconceptualización de lo político”, una reflexión “pluriversal”, contrahegemónica y antisistémica. Estos autores identifican dos ejes centrales que organizan el libro, aportados por las mismas bases de apoyo zapatista: por un lado, la autonomía como eje de nuevas prácticas del poder y de la democracia y, por el otro, la producción de nuevas identidades políticas (p. 21). A ello se agregan tres inquietudes principales que se comparten desde el origen mismo de la compilación, a saber, 1) la necesidad política de efectuar un análisis y reflexión serios, como un aporte al movimiento zapatista, 2) el interés por acercar este último a las luchas sociales de otros países, sobre todo latinoamericanos, y 3) el interés por el papel de la investigación académica en la lucha social (pp. 35-37).

Los autores del libro son académicos destacados, especialistas en los temas de los cuales se ocupan, y en general comparten la postura de que la investigación antropológica debe abandonar la idea de una supuesta “objetividad científica”, que se traduce en imparcialidad y distancia, para reconocer las subjetividades involucradas y convertirse en una “investigación-acción” “comprometida”, “situada”, en donde la actividad de la investigación sea del conocimiento, aprobación y participación de la población estudiada, y donde los conocimientos así obtenidos estén orientados a resolver problemas sociales y sean de beneficio directo para esta última. Esto se evidencia en el esfuerzo de algunos autores por explicitar su posición ideológico-política en favor del zapatismo y en contra del gobierno y del neoliberalismo, así como en la crítica a la investigación “colonialista”, dedicada a la extracción de información de las poblaciones objeto de es tudio para propósitos meramente personales, como la obtención de un grado académico, la publicación de un libro o la obtención de un empleo en una institución académica, si no es que para otros propósitos ocultos como los de proveer conocimientos estratégicos al gobierno y a organizaciones nefastas.

Esta postura la ejemplifica el artículo de Aubry, quien critica duramente a las ciencias sociales por despreciar el “gran saber colectivo de la comunidad estudiada”, por la “incapacidad del investigador para producir un instrumento —otro que no sea sus escritos— como devolución de su trabajo, susceptible de inspirar una práctica transformadora”, y por los candados que han establecido las instituciones académicas, el sni y conacyt (pp. 59-60). Critica igualmente la pretendida “neutralidad académica”, considerando que “nuestra ciencia social, en demasiados casos, es una miseria intelectual y moral, inhumana y sin ética” (p. 61), a lo cual contrapone una investigación de acción, orientada a la resolución de problemas concretos de la sociedad estudiada.

En el plano etnográfico, esta postura la ilu stra el estudio de Núñez Patiño sobre la e ducación en una escuela zapatista ch’ol, donde se critica el modelo de educación bilingüe bicultural y el concepto de interculturalidad de la escuela oficial, proponiendo la socialización de la educación como un modelo alternativo. La autora menciona que su “participación como activista […] proporcionó la confianza de la gente para desarrollar la investigación, acordando apoyar a los promotores en las clases como una forma de retribución” (p. 282).

En general, la aproximación metodológica de los trabajos etnográficos es notable por la participación y decisión activa de las comunidades de estudio, tanto de los temas investigados, los objetivos de la investigación y los procedimientos de obtención de información, como lo muestra el artículo de Mora Bayo (p. 87 ss.), quien relata el procedimiento “dialógico” de su investigación. También Speed retoma el concepto dialógico de Bajtín (p. 137) como marco para entender la redefinición zapatista de derecho y autonomía, en términos de la dinámica entre lo global y lo local. Así pues, un rasgo de las colaboraciones del volumen es su perspectiva “colaborativa” y “dialógica”, evidente en la “asociación” entre el investigador y la población estudiada, en el esfuerzo por mostrar el “compromiso directo” del investigador con los problemas y temas de interés de la población, y en la intención de rescatar las voces locales y perspectivas de los sujetos sociales, incluyendo la perspectiva del propio investigador.

Un estudio que me parece relevante mencionar es el de Aquino Moreschi, dedicado al problema de la migración a Estados Unidos de indígenas zapatistas. A diferencia de otros artículos en donde se muestran las bondades de la vida autónoma en contraste con las perversiones de la sociedad circundante, su estudio aborda un tema difícil para el zapatismo, como lo es la precariedad económica al interior de la comunidad zapatista y el creciente fenómeno migratorio de sus miembros. Destaca también su divergencia respecto a la metodología empleada, pues en vez de limitarse a un recuento de entrevistas o a la organización y participación en talleres, asume una postura propiamente etnográfica, situándose en el punto de vista de un personaje, al cual sigue en su trayectoria de vida. El estudio permite plantear interrogantes acerca de otros aspectos no visibles en los otros trabajos del volumen, como lo son las condiciones de vida realmente existentes en las “comunidades autónomas”, las perspectivas laborales para sus miembros, los conflictos agrarios, el consumo “clandestino” de alcohol, entre otros.

A continuación presento algunos comentarios críticos. Uno de los aspectos más interesantes del libro es su crítica a la investigación científico-social y su propuesta de una investigación situada y comprometida. En general me parece una llamada de atención pertinente, pues, en efecto, muchos esfuerzos y recursos invertidos en investigación están orientados por modas intelectuales y no tienen como finalidad un beneficio para la población investigada. Sin embargo, me parece que establecer una división radical entre la investigación comprometida (y por tanto éticamente correcta) y la no comprometida (y por tanto incorrecta y “miserable”) es un acto maniqueo, que dista mucho de representar a una actitud propiamente científica. Es muy arriesgado juzgar el “compromiso” de un investigador a partir de un beneficio inmediato, directo o tangible, ya que existen muchas maneras de entender y asumir un compromiso y muy distintos medios para aportar beneficios. Los investigadores formados como intelectuales tienen un lugar desde donde aportar, y en tal sentido sus “escritos” no deben ser despreciados.

Otro aspecto relevante es la crítica a la “objetividad” en la ciencia social. Considero que poner en evidencia la subjetividad que interviene en la investigación no debe llevarnos a sustituir una por la otra. Por el contrario, hacer explícitos estos factores subjetivos es un acto de objetividad, que permite comprender y poner en perspectiva los resultados de la investigación de que se trate. En el mismo sentido, de esa manera, también es posible considerar el peso que la militancia, compromiso y restricciones declaradas por el investigador puedan ejercer en el contenido de sus escritos.

Es notable la falta de referencias a estudios etnográficos anteriores relacionados con los temas abordados en los artículos del libro. En general, se privilegia la entrevista, con poco ejercicio analítico, y se muestra poca profundidad en los asuntos culturales abordados, lo cual podría atribuirse a la fuerte dosis de teoría y al escaso ejercicio de la observación etnográfica.

Por último, considero un aporte importante la discusión teórica sobre temas de política, derecho y autonomía, inspirados en las prácticas del movimiento zapatista. En efecto, los zapatistas han venido desarrollando un tipo de comunidad autónoma como respuesta a las enormes carencias, al cerco, al acoso y a la falta de alternativas que les ha tocado padecer, apoyados en gran medida con la participación del apoyo “solidario” de agencias internacionales, pero pretender que ese tipo de comunidad pueda ser una alternativa “campesina” viable frente al neoliberalismo y al imperio del capital, como se sugiere en la introducción (p. 50), en Harvey (p. 172-3) y en StahlerSholk (p. 430-444), me parece un exceso de euforia y un desborde de la utopía.

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