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Vol. 48. Núm. C.
Páginas 208-216 (Enero 2013)
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Vol. 48. Núm. C.
Páginas 208-216 (Enero 2013)
DOI: 10.1016/S0188-9478(16)30100-1
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Marta Lamas
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Mi ingreso a la academia ha sido tardío, tanto así que cuando Mónica Szurmuk me invitó a esta sesión de lasa no supe que había que inscribirse antes y quedé fuera de programa. En cambio, mi ingreso a la política fue temprano. En 1964, al cursar la preparatoria, Francisco Carmona Nenclares, un maestro refugiado de la Guerra Civil española que daba la materia de “Doctrinas filosóficas”, me abrió el horizonte con su clase sobre marxismo, que me permitió interpretar la injusticia social. Resultado: a los 16 años ya era “¡de izquierda!”. Un novio troskista y más tarde estudiar El capital en un seminario impartido por Bolívar Echeverría en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (enah) refrendarían esa opción. Mi politización preocupó de tal forma a mi padre que reelaboró una cláusula en su testamento señalando que, en caso de fallecer, yo no podría heredar hasta no tener una carrera universitaria completa y haber cumplido 35 años. Murió cuando yo tenía 25 años, y dicha cláusula me generó tal resistencia que me titulé hasta bien pasados los 50, cuando también mi madre, que anhelaba que yo alcanzara un grado universitario al igual que ella, había fallecido un poco antes y no tuvo esa alegría.

Las expectativas profesionales que mis padres tenían para mí, sumadas a una culposa conciencia de clase, fueron elementos que sin duda alimentaron mi rebeldía. Como hija de argentinos mi infancia transcurrió entre la ciudad de México y Buenos Aires, y en la calle viví el contraste social entre ambas ciudades en carne propia: en Argentina era una niña común y corriente, mientras que en México ser güerita resultó un privilegio. Tardaría años en reconciliarme con mis orígenes y en manejar mis culpas.

A sus 25 años, mi padre fue elegido por Raúl Prebish para venir a México y echar a andar un banco de ahorro y préstamo para la vivienda familiar. Su trabajo como banquero en México, en la etapa alemanista, lo volvió un hombre rico, pero su pasión siempre estuvo puesta en la antropología. Además de un libro sobre el ahorro y préstamos, publicado por el fce, realizó una investigación sobre la seguridad social en la Nueva España, que el Instituto de Investigaciones Sociales de la unam publicó como libro en 1964. Era un self made man, que me empujó a estudiar Antropología y que padeció mi radicalismo. Murió en febrero de 1973, a los 52 años.

Mi madre era muy progresista. Como típica porteña se psicoanalizaba y era una lectora incansable. Mi casa siempre estuvo llena de libros y de novedades editoriales que traía de Buenos Aires. Era profesora de Letras Francesas y leía todo el tiempo novelas; yo devoré precozmente las que ella iba terminando. ¡A los 12 años estaba leyendo el Cuarteto de Alejandría! Además, mi madre admiraba a Victoria Ocampo y guardaba celosamente las revistas sur que le enviaban desde Buenos Aires. Ahora que ya llevo 23 años haciendo una revista cultural veo la influencia que tuvo en mí esa admiración materna por Ocampo. A pesar de que venía de una familia muy liberal —mi abuela trabajaba como profesora— mi madre había sufrido en carne propia la desigualdad sexista en relación con su hermano mayor. Eso la volvió muy feminista, y a mi hermano y a mí nos trató muy igualitariamente. El mensaje en casa siempre fue que debíamos estudiar antes de cualquier otra cosa. Supongo que la decepcioné cuando me casé muy joven, se intranquilizó cuando me separé a los ocho meses y se preocupó cuando me “arrejunté” con un antropólogo comunista, con quien tendría a mi hijo Diego en enero de 1970.

Justo en esa época aparecieron las noticias sobre el movimiento de liberación de las mujeres en Estados Unidos y en Europa. Mi madre, francófila irredenta, recibía la edición internacional de Le Monde y el semanario Le Nouvel Observateur, y me recortaba las noticias feministas. Recuerdo su entusiasmo cuando en abril de 1971 apareció publicado el desplegado de las 343 mujeres que declaraban haber abortado: ¡Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Catherine Deneuve, Jeanne Moreau y otras figuras de primera línea! Festejamos la importancia de que mujeres famosas se avocaran a cambiar una ley que, a todas luces, era injusta. Ella vió con muy buenos ojos a esas activistas que a principios de los 70 provocaron todo tipo de reacciones, pero seguía más lo que ocurría en Francia que lo que pasaba en México y no registró la primera aparición pública de un grupo mexicano en esa segunda ola feminista, justamente en mayo de 1971. Yo tampoco me di cuenta, pero tiempo después, a finales de ese mismo año, asistí a una conferencia que Susan Sontag dictó durante los cursos de invierno de la entonces Escuela de Ciencias Políticas y Sociales de la unam.

Brillante, irónica y erudita, Sontag reflexionó sobre cómo lo personal, y en concreto el ejercicio de la sexualidad, es político. De su boca escuché por primera vez una reflexión sobre “política sexual” que tocaba problemas que me dolían y avergonzaban. Mis inquietudes resonaron con su crítica y me revelaron una nueva forma de interpretar la realidad que vivía como mujer. Al terminar su deslumbrante conferencia, un enjambre de mujeres ávidas de información la seguimos hasta uno de los prados de Ciudad Universitaria, donde nos sentamos en el pasto y empezamos a interrogarla. Entonces Marta Acevedo, del grupo Mujeres en Acción Solidaria (mas), se acercó a nosotras libreta en mano y nos invitó a escribir nuestros datos a quienes deseáramos asistir a una reunión feminista. Así, entre el impulso de Sontag y la invitación de Acevedo, me integré al incipiente movimiento de liberación de la mujer en México.

Ya he dicho en varias ocasiones que el feminismo me cambió la vida. Hoy digo, además, que el haberme incorporado precisamente a ese grupo, mi primer mas, fue providencial. La mayoría de mis compañeras eran universitarias, de izquierda y sumamente creativas. A partir de 1972 mi vida giró en torno a esa forma de activismo y reflexión personal llamado “pequeño grupo”. Una docena de mujeres nos reuníamos semanalmente para hablar “a calzón quitado” y así descubrir el hilo conductor de una serie de situaciones y emociones en común. Fue una etapa catártica, donde revivíamos momentos dolorosos y donde se ponían en evidencia muchas coincidencias. La mayoría compartíamos problemas y conflictos básicos, a pesar de diferencias de clase y origen cultural: estábamos frente a un síntoma social.

De esa época recuerdo la intensidad de las reuniones, la voracidad con la que me lancé a leer sobre feminismo, la confianza y la solidaridad que se daban entre nosotras. Surgieron muchos proyectos: conferencias, una Casa de Mujeres; grupos de estudio y trabajo; publicación de artículos. El feminismo me descubriría una vertiente donde encauzar mi indignación por las injusticias que veía cotidianamente y me sensibilizó frente a aspectos de la subordinación sexista que la izquierda de ese tiempo no solo no entendía, sino que rechazaba y estigmatizaba.

En 1974 llegó exilada de Buenos Aires la psicoanalista vienesa Marie Langer, una feminista y comunista que tuvo mucha influencia en mí. Ella es una de figuras señeras en mi genealogía de mujeres. Aunque Victoria Ocampo, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir y Susan Sontag representan modelos de mujer que admiro, aprendí más de las que traté de cerca y me abrieron el panorama existencial: Marie Langer, Alaíde Foppa, Chaneca Maldonado, Haydeé Birgin, Jean Franco y Elena Poniatowska. Todas comparten algo fundamental: una extraordinaria vida de independencia, ganada a pulso con su trabajo, y de compromiso con los más desfavorecidos. Todas fueron transgresoras de las prescripciones que el género plantea como “naturales” para las mujeres, y se expresaron vía la escritura y su acción política feminista.

Además, en mi genealogía de figuras señeras está Carlos Monsiváis. Yo ya lo admiraba profundamente cuando él se me acercó, luego de que empecé a publicar en el periódico artículos sobre las “causas perdidas” que compartíamos. Según Monsiváis, esas reivindicaciones éticas se explican por “la certeza del valor inmanente de las exigencias de justicia y de las batallas para alcanzarlo”. Tuve la inmensa suerte de que no solo fuera mi amigo, sino una especie de mentor. Me inició en los estudios culturales, me hizo leer a Raymond Williams y Stuart Hall, y por él volví a interesarme en la antropología. Además, me presentó a Jean Franco, a quién él quería y admiraba. Con él se dio una estrechísima relación, pues además del activismo nos unía la elurofilia (la pasión por los gatos).

A finales de 1982 me fui a vivir tres años a Barcelona, donde estudié teoría psicoanalítica. Regresé a México, justo antes del terremoto de 1985, ansiosa de incorporarme al activismo, pero muchas de las integrantes del grupo se habían desperdigado, persiguiendo sus propios proyectos. No tuve que esperar mucho, pues con el activismo en torno a las costureras damnificadas ingresé al segundo mas, Mujeres en Acción Sindical, y empecé a trabajar con Patricia Mercado. Diez años más joven que yo, Patricia ha tenido gran influencia en mi proceso político y también la considero uno de mis modelos señeros.

En enero de 1986 entré a trabajar a la revista nexos como asistente de su director, el escritor Héctor Aguilar Camín. Esa experiencia ratificó mi convicción sobre la importancia de la mancuerna teoría y práctica. Poco después empecé a elaborar el proyecto de una revista feminista, tipo journal académico, donde pudieran tomar forma y publicarse ideas, independientemente de si habían sido formuladas por una persona en cuerpo de mujer o de hombre. El editorial del primer número de debate feminista, que apareció en 1990, plantea un objetivo: el de ser “un puente entre el trabajo académico y el político”. Era mi forma de unir mis dos partes, la de la activista y la de la intelectual, y con esta publicación aspiraba a movilizar la investigación y la teoría feministas, dentro y fuera de las instituciones académicas, y a superar la esterilidad de los estudios aislados del debate político. No sé si lo he logrado, aunque 23 años después sigo pensando que para transformar las condiciones de vida y la práctica política en México es preciso reflexionar y teorizar sobre esas condiciones de vida, sobre esa práctica y sobre el país.

En 1991 en México se hizo una reforma constitucional que levantó la prohibición revolucionaria de que las iglesias tuvieran existencia jurídica. Esto significó para la Iglesia católica aumentar de manera apabullante su presencia en los medios de comunicación. Para entonces yo llevaba ya 20 años en el movimiento feminista y estaba un tanto desgastada por la informalidad y falta de estructura con las que pretendíamos defender nuestras causas. Me preocupaba la forma en que los obispos iban a desplegar sus concepciones fundamentalistas y decidí constituir un grupo más operativo que, con un discurso laico, democrático e informado, se opusiera sistemáticamente al discurso amarillista y arcaico del Vaticano y sus socios nacionales. Si bien la desproporción de fuerzas podía parecer insuperable, no había que despreciar eso que lo griegos denominan la metis (Detienne y Vernant 1988) y que es la astucia del débil frente al poderoso.

Además, la lectura de Serge Moscovici (1981) me inspiró para concebir un grupo feminista que incidiera en los tomadores de decisiones y condujera de manera más eficaz el cabildeo para la despenalización del aborto. Las feministas debíamos volvernos un factor de influencia eficaz y lograr que los medios de comunicación y los políticos renovaran su perspectiva sobre el aborto. El primer paso era que dejaran de hablar con la tradicional oposición de estar “a favor o en contra” y empezaran a formularse la pregunta de “¿quién debe tomar la decisión de una interrupción del embarazo?”. Fundé entonces el Grupo de Información en Reproducción Elegida (gire) a finales de 1991, con Patricia Mercado, con dos antiguas compañeras feministas, Lucero González y Sara Sefchovich, y con María Consuelo Mejía, quien se convertiría muy pronto en otra de mis figuras señeras por su valentía e inteligencia política.

Aunque en paralelo a la constitución de gireseguí laborando en la revista nexos, pues su ambiente de debate intelectual y crítica cultural y política me nutría, a principios de 1994 la abandoné para dedicarme de lleno a mi organización. Monsiváis me había dado el libro de Saul Alinsky (1971), que plantea que hay que tener objetivos radicales pero métodos reformistas, pero lo que nunca imaginé fue que despegarme de las reuniones colectivas y formar otro tipo organización provocaría tal cantidad de disputas políticas y agravios personales. Saturada de los conflictos provocados por la vivencia religiosa de la política, con sus posiciones mesiánicas, sus cismas y sus sacerdotisas, y en especial de los escollos existentes para debatir las visiones opuestas, yo necesitaba actuar de otra manera. Me desesperaba, no la multiplicidad de concepciones y niveles de conciencia, sino la resistencia a establecer estrategias más eficaces. Para llevar adelante una actividad política tenía la necesidad de contar con un grupo mucho más operativo, que impulsara una estrategia concreta para la legalización del aborto. Ya no me interesaba convencer a mis compañeras; solamente quería trabajar con quienes tenía coincidencias. Sin proponérmelo casi, me había ido corriendo hacia una postura de intervenir en la realpolitik, que tiene ver con ese “amor a lo posible” del que habló José Aricó (1991). Me cansaba el discurso utópico, en ocasiones me irritaba, y coincidí con Aricó, quien señala que el exceso de discurso utópico liquida la posibilidad de amar lo posible y, sin algo de adhesión a lo posible, de búsqueda de lo posible, no se puede hacer de la política una dimensión humana. Ese “amor a lo posible” (Aricó 1991) me fortaleció en mi lucha reformista.

Pero mientras unas intentábamos conseguir influir en procesos políticos más amplios, otras persistían en el lenguaje hiperradicalizado y confrontativo. Enfrenté muchas descalificaciones por el giro que di hacia la incidencia reformista, y la contraposición entre radicalidad y reformismo se decantó en las figuras retóricas de autónomas e institucionalizadas. Esto derivó en dinámicas de intolerancia y arrojó un saldo más bien pobre en cuanto a la posibilidad de diálogo interno y a la formación de instancias de acción unitarias. Creo que ha sido un error no precisar qué se entiende por autonomía o mezclar autonomía política con autonomía organizativa, y calificar sin más a ciertas formas de organización con esos términos antitéticos, pues muchos grupos mezclan la autonomía y la institucionalización en sus estructuras, sus prácticas y sus objetivos. Aunque la llamada institucionalización no es un fin en sí mismo, sino uno de los medios organizativos con que pretende lograr sus fines cualquier movimiento, las autonombradas autónomas nos expresaron su repudio, algunas por el sólido financiamiento que recibimos de parte de fundaciones estadunidenses y europeas para la realización de nuestras actividades feministas que, paradójicamente, establecían condiciones para la autonomía de las mujeres.

Hay feministas que consideran que la institucionalización conduce necesariamente a un descenso en la radicalidad, y otras que señalan que la política como purismo o expresión identitaria no permite avanzar en la construcción de relaciones democráticas. Visto desde la perspectiva de la despenalización que logramos en 2007, institucionalizarnos no significó renunciar a cuestionar la desigualdad patriarcal ni los valores sociales dominantes, y sí significó la posibilidad de promover con más eficacia política un cambio tan fundamental, que mejora la vida y la autonomía de las mujeres. Hoy estoy convencida de que para lograr transformaciones se requiere del concierto de radicales manifestándose en las calles y reformistas cabildeando con los diputados. Como señalaron hace tiempo las feministas italianas, no se trata de creer que todas nos vamos a querer o caer bien, solamente de reconocer que las mujeres nos necesitamos para modificar el lugar subordinado que ocupamos. Sí, todas —autónomas e institucionalizadas— nos necesitamos.

Lo que a mí me permitió fue aprovechar más recursos de la cooperación internacional para una causa que en México ninguna fundación ni ningún partido querían respaldar. “Institucionalizarnos” supuso estructurarnos jerárquicamente, con una clara división del trabajo y una distribución del prestigio y el poder, y reclutar a las personas que se fueron integrando mediante un proceso de selección basado no en sus ideas feministas sino en sus capacidades laborales. Construir una organización ciudadana y responsabilizarme laboralmente de quienes ingresaron en ella me dio una nueva forma de comprender y practicar la política vinculada a un trabajo asalariado. Tal vez ser la “patrona” ha sido la experiencia más dura que he tenido en ese sentido. Espero poder analizarla y relatarla en otro espacio. Pero sin duda me gustó armar un equipo y disfruté el desafío de enfrentarme con la derecha católica y su poderío empresarial. Cumplí con mi herencia familiar anticlerical.

Como mi percepción era que el contexto político en México requería más grupos feministas organizados para abordar las muchas necesidades que enfrentábamos, en los años siguientes me dediqué a fortalecer a otras organizaciones. A partir de 1993 reorganicé una financiadora de proyectos de mujeres (Sociedad Mexicana pro-Derechos de la Mujer, conocida como semillas), en 1996 fundé con Patricia Mercado y otras compañeras una organización que explorara la relación entre la ciudadanía, el trabajo y la familia (Equidad de género) y en 1999 creé, también con ella, una escuela de formación de cuadros feministas (el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir). A este proyecto actualmente le dedico mucho de tiempo dando cursos y talleres.

En 1998, cuando fui invitada a impartir la clase de “Políticas públicas y género” en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (itam), surgió el tema de que no tenía un título profesional, solamente la carta de pasante de la maestría en Etnología, que no era suficiente. Tuve entonces que avocarme a obtener el grado, y lo hice con una investigación sobre “La marca del género: trabajo sexual y violencia simbólica”. Con las clases en el itam (que sigo dando hasta la fecha) descubrí que me encanta la docencia, y así mi giro hacia la academia se fue consolidando. Después ingresé al doctorado en Antropología, y realicé una investigación sobre la transexualidad, que retoma una perspectiva antiesencialista que encuentra en los procesos psíquicos, en la cultura y en la historia el peso determinante de las identidades. Mi doctorado cristalizó mi inquietud feminista por las consecuencias sociales de la diferencia sexual. Ya con las credenciales necesarias ingresé al Sistema Nacional de Investigadores. En la actualidad soy profesora-investigadora de tiempo completo de la Coordinación de Humanidades de la unam, con adscripción al Programa Universitario de Estudios de Género. ¡Me tomó casi toda mi vida adulta llegar finalmente al lugar que mis padres habían deseado para mí!

El término feminista está estigmatizado. Esto no obsta para que me asuma como tal, aunque me cansan y resultan aburridas las discusiones al interior del movimiento, tan cargadas de ideología mujerista y de vis- ceralidad. Rehúyo los encuentros feministas, que gratifican en el plano personal y que mantienen a muchas compañeras en la doble vertiente del ensimismamiento identitario: victimista y narcisista. Creo que hay formas más productivas de elaborar el narcisismo. Para mí, lo ha sido mi vertiente cabaretera donde logro conjuntar mi postura política y mi goce. He formado tres grupos “cómicos y levemente musicales”: La tet a l’air; Las Leonas y Las Moscas Muertas. Si entran a You Tube y buscan Las Moscas Muertas entenderán de qué estoy hablando.

Otro aspecto controvertido de mi accionar político es mi aparición una vez a la semana, a las 7.15 a.m., en un noticiero televisivo que conduce un hombre inteligente y sensible, disfrazado de payaso machista y malhablado y acompañado de una escultural modelo semidesnuda. Cuando recibí la invitación a ser comentarista política en ese programa, le consulté a Monsiváis si no sería una forma de legitimar la discriminación sexista. Monsiváis me reviró y me preguntó si yo quería que mi mensaje feminista llegara a millones de personas que jamás van a leer debate feminista. Él estaba convencido de que debía aceptar, y lo hice, un tanto dudosa. Las críticas de muchas compañeras feministas no tardaron en expresarse. Y aunque hasta la fecha, tres años después, algunas me siguen preguntando por qué avalo el machismo de Brozo, otras ya comprendieron el impacto que tiene hablar de ciertos temas y defender ciertas causas en el noticiero matutino de mayor audiencia en todo el país.

Judith Butler acuñó el término “activismo teórico” para otorgarle valor al trabajo de reflexión teórica frente a quienes conciben la teoría como un ejercicio innecesariamente complicado y defienden el pragmatismo como la práctica política correcta. Hoy me asumo así, como activista teórica, y estoy convencida de que, si entramos a la arena del debate desarmadas teóricamente, no será extraño que nos ganen. Por eso sigo aferrada a la producción del journal que cariñosamente apodamos el “ladrillo” feminista. Tal vez es ahí donde mi experiencia y mi deseo se concretan en un producto cultural que junta lo político y lo intelectual.

Finalmente, el único consejo que me atrevo a darles a las profesionales jóvenes es el que me dio a mí Marie Langer: “Una puede mentirle a la pareja, a las amigas, incluso a la psicoanalista, pero no vale la pena mentirse a sí misma. Hay que decirse la verdad y ser congruente, o sea, seguir persiguiendo la consecución del propio deseo”

Bibliografía
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