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Inicio Boletín Médico del Hospital Infantil de México El bien vivir: ¿cuidado de la salud o proyecto vital? Segunda parte
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Vol. 73. Núm. 4.
Páginas 283-290 (Julio - Agosto 2016)
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Vol. 73. Núm. 4.
Páginas 283-290 (Julio - Agosto 2016)
Salud Pública
DOI: 10.1016/j.bmhimx.2016.01.003
Open Access
El bien vivir: ¿cuidado de la salud o proyecto vital? Segunda parte
To live well: health care or life project? Part II
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Leonardo Viniegra Velázquez
Unidad de Investigación en Medicina Basada en Evidencias, Edificio de Hemato-Oncología e Investigación, 3er. Piso, Hospital Infantil de México Federico Gómez, Ciudad de México, México
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Resumen

El sentido de la vida, la razón profunda del anhelo de vivir y la motivación para actuar en consecuencia, es el antecedente del proyecto vital (PV). Se argumenta cómo la lucha por la dignidad es el verdadero derrotero de superación de la condición humana y el eje de PV que aspiran al bien vivir.

El PV que se propone es una aventura cognitiva que trasciende el consumismo, el individualismo y la pasividad en la búsqueda de otro mundo hospitalario e incluyente, donde tenga viabilidad la superación espiritual, intelectual y moral de la dignidad humana. Este PV entraña: a) una necesidad primaria: vincularse con otras subjetividades afines; b) un núcleo: la lucha incesante por la dignidad sublimada; c) un desiderátum: el bien vivir de las mayorías y d) un propósito indeclinable: la edificación sobre otros basamentos éticos, políticos, jurídicos, cognitivos y ecológicos, de un mundo propicio para el bien vivir.

Se arguye acerca de la superioridad de proyectos vitales altruistas en la consecución del bien vivir comunitario, sobre los afanes centrados en la preservación y el cuidado de la salud que favorecen el individualismo, la pasividad y el statu quo. La búsqueda del “bien morir” es el mejor ejemplo de la influencia benéfica de este tipo de proyectos en el cuidado de la salud.

Palabras clave:
Sentido de la vida
Proyecto vital
Experiencia vital
Dignidad
Individualismo
Pasividad social
Bien morir
Abstract

On the basis that life project as the driving force behind the life experience, the quest for human dignity is the way for true progress and the improvement of human condition. It's pointed out the need to be aware of the meaning of life understanding the motives behind our will to live that is the antecedent of life project.

The proposed life project is a cognitive adventure, capable of transcending consumerism, individualism and passivity, toward the creation of a more inclusive world where the improvement spiritual, intellectual and moral can be viable.

Said life project entails: a) A primary need: to link oneself with like-minded people that synergize against the prevailing order b) A core: The everlasting struggle for sublimated dignity c) A desideratum: The well-being of the majority d) An unavoidable purpose: The creation of a suitable world build on different ethical, political, lawful, cognitive and ecological foundations.

In conclusion, this paper analyzes the influence of projects with an alternate proposal to the endeavors centered in healthcare that favor individualism, passivity and the current status quo. The best example of said alternate proposals is the commonly called “good death”.

Keywords:
Meaning of life
Life project
Life experience
Dignity
Individualism
Social passivity
Good death
Texto completo

“…pienso que la vejez es una buena edad para

luchar por el decoro humano… como cualquier otra.

Bertrand Russell

1Introducción (El sentido de la vida y el proyecto vital)

El sentido de la vida (SV) se refiere a las razones profundas e íntimas donde se genera el anhelo de vivir de cierto modo y la motivación para actuar en consecuencia. Algunos ejemplos son: formar una familia, personas entrañables, pasión por el conocimiento, satisfacción laboral, persecución de metas, profesar una religión, luchar por determinados ideales y valores o apoyar a los que necesitan. Algunas de estas razones u otras más son las que subyacen en la vida adulta a la fortaleza admirable y conmovedora de ciertas personas para sobreponerse a lo adverso, perseverar en “lo imposible”, realizar “lo inalcanzable” o superar “lo insalvable”, que son reveladores de proyectos vitales vigorosos indoblegables por lo que otros viven como inexorable. En estos tiempos, bajo el individualismo como filosofía de vida y su correlato: “sálvese quien pueda”, en medio de una profunda descomposición civilizatoria, el SV suele girar en torno a los vínculos y compromisos familiares, lo que lleva implícito proyectos vitales tácitos correlativos que buscan, por ejemplo, la autosuficiencia, un trabajo remunerativo y seguro, disponer de opciones recreativas o preservar la salud, cuya realización es cada vez más inaccesible para la mayoría de la población.

Cabe ahora referirse al epígrafe que revela el punto de vista de un agudo pensador y militante infatigable que consideraba la “lucha por el decoro humano” en todos los frentes posibles, la prioridad vital por excelencia en cualquier edad1. Esta máxima, contrapuesta al individualismo, revela formas de pensar y de actuar de una conciencia esclarecida de la realidad del mundo de su tiempo y de las raíces de los problemas humanos, orientadas a la defensa y superación de la dignidad, como punto de llegada de este filósofo que iluminó su época. También, de esta sentencia y su biografía, inferimos el SV para este personaje deliberativo: la pasión por el conocimiento, donde captó la interdependencia de subjetividades en la consecución de un mundo mejor, reconoció en la dignidad lo más elevado y universal de los valores implicados en el ascenso de la condición humana, y se afanó por su preservación como la razón principal de su vida (proyecto vital).

Entiendo el proyecto vital (PV) como “perspectiva valorativa de la propia experiencia que articula y orienta las decisiones, acciones y emprendimientos en la consecución de ciertos logros y el cumplimiento de propósitos significativos de vida”. En estos tiempos, aspirar a un mejor mundo donde tenga viabilidad el bien vivir y pretender que el PV propio sea efectivo y trascendente en la consecución de tal aspiración, requiere –siguiendo a Russell– involucrarse en la lucha por la dignidad humana. Esta pugna, dados los intrincados problemas que padecemos como humanidad -cuyo común denominador es atentar, mermar o anular (bajo formas encubiertas) la dignidad más elemental-, amerita resignificarse al reconocer y poder enfrentar con posibilidades los efectos degradantes del lucro sin límites con el individualismo y la pasividad que lo favorecen, que nos insensibilizan ante el envilecimiento generalizado que a todos nos afecta (de muy diversas formas e intensidades) y, por lo mismo, a todos nos incumbe.

Se trataría de replantear la lucha por la dignidad más allá de su connotación actual que la reduce a lo material e individualista, identificando planos progresivos de revalorización, a manera de fases de un proceso de carácter cognitivo, colectivo e interminable:

  • a)

    En primer término se trataría de robustecerla con los valores implicados en la superación espiritual, intelectual y moral de la condición humana, es el plano de la dignidad profundizada y altruista.

  • b)

    La búsqueda de tal dignidad al ejercer formas inéditas de libertad, aproxima a modos elevados de convivencia integrando organizaciones horizontales con vínculos prominentes de cooperación, sinergia y solidaridad, donde la participación de los actores conduce a la auto-gestión colectiva de condiciones y circunstancias de vida elegidas; representa el siguiente plano, de la dignidad liberada y auto-determinada.

  • c)

    Esos PV en conjunción, gestores de condiciones y circunstancias de vida, no serían tales sin una conciencia esclarecida del proceso vital global, como matriz generadora de todas las formas de vida –incluida la humana– en su permanencia y evolución2,3; esta conciencia implica una revalorización de la vida en su conjunto; la lucha por la dignidad se hace extensiva a otras formas de vida, como responsabilidad moral indeclinable de cuidar y preservar nuestra morada común. Es el plano de la dignidad esclarecida.

  • d)

    En ese derrotero los PV generarían modos de vida comunitarios basados en formas inusitadas de interacción: colaborativos, constructivos, satisfactorios, deliberativos, desafiantes y en armonía con el ecosistema planetario, dando lugar al plano superior: la dignidad sublimada (DS), que destaca lo valorativo como momento cimero de la aventura cognitiva, lo cual incluye los atributos cognitivos de los planos precedentes.

Priorizar la lucha por la DS en su connotación de progreso humano genuino, bien puede juzgarse como esotérica, desorbitada, lejana y hasta ajena como núcleo del SV y derrotero de PV individuales. No obstante, los tiempos que vivimos son testimonio de las funestas consecuencias que tiene la prevalencia de las ideas dominantes interiorizadas (individualismo, pasividad), que encarnan en razones de vida circunscritas al interés individual dentro de un amplio espectro de variantes. En un extremo, la búsqueda de los “buenos negocios” y sus privilegios por una minoría envilecida por la codicia y en el otro, de la mera sobrevivencia del día a día, que consume la vitalidad de los desfavorecidos, marginados o excluidos. Entre ambos extremos, procurar la dignidad individual es un espejismo individualista porque es inviable al margen de las colectividades. Es más que evidente que todo atentado a la dignidad de personas, grupos, comunidades o etnias es indicio además de su vulnerabilidad, de la permisividad y complicidad de los poderes que gobiernan el planeta, y de que el respeto a la dignidad en otras poblaciones, regiones o culturas es más aparente que real (justicia discrecional a favor de los “aliados y socios” del poder hegemónico) y en todo caso, circunstancial (mientras permanezcan como tales o sea del lado “correcto de la historia”), no un principio universal de convivencia. Lo dicho no pretende menospreciar la lucha por la dignidad individual cuando va más allá de “adaptarse al medio” o que logra desprenderse del consumismo alienante; el problema es que representa un impedimento para avanzar hacia lo colectivo y comunitario (el individualismo es uno de los mayores obstáculos al auténtico progreso). La lucha por la dignidad no puede prosperar al margen de organizaciones que comparten intereses genuinos, comprometidas con la defensa de la dignidad propia y de ciertos grupos vulnerables como los pueblos originarios, los discapacitados, los pobres, la niñez o los pacientes; operando en determinados espacios: familiar, escolar, laboral, tribunales, etc., donde los integrantes pueden luchar con alguna efectividad contra la injusticia y la desigualdad.

2Vivir en dignidad

Poner en primer plano la DS como núcleo del PV en estos graves momentos de la historia obliga a reflexionar acerca de sus implicaciones y posibilidades. De inicio, es preciso reconocer que el meollo de la dignidad no ha cambiado desde que se concibió como uno de los valores supremos de la existencia, es el respeto en sus diversas facetas: el que se tiene con respecto a uno mismo (manifestado en las características de la autoestima), el que se recibe de los demás y el que se prodiga a otros4. El respeto suele manifestarse en dos vertientes: como expresión restringida a ciertas personas o grupos, o como principio general (actitud) de interacción y convivencia con los demás (reciprocidad). Este último caso lleva implícito el reconocimiento mutuo de portadores de iguales derechos y obligaciones. Si consideramos el racismo y la discriminación imperantes en las diversas culturas, es obvio que la forma de respeto que ha prevalecido en las interacciones sociales tiene una connotación selectiva, y por ende, discriminatoria. Aquí los dignos de respeto (con frecuencia mera simulación) son los allegados, los pudientes, los de mayor jerarquía social o de “buenas costumbres”. La otra forma de respeto, como principio de convivencia que considera la igualdad de derechos sin excepciones, es marcadamente minoritaria en los hechos y en una educación clasista que está de regreso al acentuarse la polarización social; se considera un asunto inconveniente, se deja de lado o simplemente se ignora. Tal situación no es casual en un mundo configurado por la desigualdad, el abuso, el individualismo y la competencia, que son condiciones y formas prominentes de interacción entre las personas, los grupos y los estratos sociales. La lucha por la dignidad colectiva en su connotación del bien vivir, basada en el respeto como principio de interacción y convivencia, enfrenta enormes obstáculos para avanzar en un mundo desigual que se resquebraja, lo cual no obsta para el surgimiento constante de diversidad de organizaciones que defienden los derechos humanos de los desfavorecidos en diferentes aspectos y promueven legislaciones que los fortalecen5. Estas organizaciones, si son portadoras de intereses genuinos y no un señuelo de los buenos negocios, sólo pueden prosperar con una determinación a toda prueba y con un compromiso sentido como ineludible, lo cual lleva aparejado el desarrollo y maduración en los participantes de otros atributos y cualidades que fortalecen las relaciones interpersonales como la empatía, la generosidad, la reciprocidad, la honestidad o la perseverancia (antídotos de la simulación omnímoda que prevalece). Estas características enriquecen la dignidad y cohesión propia del grupo para entablar lazos fraternos con los semejantes y solidarios con los diferentes y así, afrontar con posibilidades los enormes obstáculos que los separan de sus propósitos. No obstante, la condición sine qua non para que la búsqueda de la dignidad colectiva sea fructífera y viable, y no mera ilusión, es que su desarrollo sea una búsqueda del conocimiento para arribar a una conciencia esclarecida y crítica acerca del sí mismo y del orden imperante; en otros términos, la lucha por la dignidad no es una ocurrencia espontánea, es el punto de llegada de otro tipo de educación basada en la crítica que, como aventura de conocimiento compartida, aprende a reconocer, priorizar y actuar por lo que juzga más elevado de la condición humana; es reveladora de una conciencia habituada a la introspección reflexiva, que pone en duda (base de sustentación de la auténtica crítica) las creencias y supuestas verdades incuestionables que predominan en los distintos ámbitos de la experiencia colectiva6. Cuando esta búsqueda cognitiva llega a constituirse en un imperativo vital para los participantes, reordena y redimensiona las prioridades de vida que encuentran su lugar jerárquico en este permanente bogar contracorriente.

La aventura cognitiva que supone la lucha por la dignidad colectiva, que en este ensayo corresponde a una especie de fuerza vital que anima el bien vivir, no es algo innato o intrínseco, sino un resultado contingente (inusitado en las circunstancias actuales) que condensa vivencias interiorizadas en etapas tempranas, suscitadas durante las interacciones en ambientes diversos: familiar, escolar, laboral o social. Cuando el conocimiento del sí mismo y del contexto se profundiza a través de la crítica, la determinación de luchar por la dignidad propia y ajena es un resultado de la búsqueda que se extiende desde el sí mismo a la familia y allegados, y en la medida de su vigor se proyecta a otras colectividades con las que se comparten intereses y aspiraciones. En este derrotero, la cohesión y alcance de los grupos al escalar en magnitud, poco a poco encuentra afinidades diversificándose, a la par que incrementa sus posibilidades. Sobre este particular contrastan las labores cuya entraña es la interacción de subjetividades como la práctica del magisterio o la de atención a la salud, donde cada profesional tiene el encargo social formal o idealizado de apoyar, ayudar, atender, interpretar sentires y circunstancias, confortar, estimular, concienciar, encauzar u orientar a los alumnos o a los pacientes, según el caso. Esto significa que, bajo tales supuestos, este tipo de actividades podrían ser las más propicias, dentro de los diversos quehaceres sociales, para luchar por la DS a gran escala al promover la participación de los implicados en los asuntos vitales que les atañen o en la gestión de su propia vida; sin embargo, el sistema de dominación las condiciona para operar como medios de control social que favorecen la sujeción, la manipulación, la pasividad, el individualismo y hasta la degradación (con muchas excepciones notables e infinidad de matices), casi siempre en contra de los deseos genuinos de los “promotores”. Las instituciones educativas y sanitarias lejos de ser vanguardia en la sublimación de la dignidad colectiva, contribuyen decisivamente a mantener el statu quo.

La defensa de la dignidad colectiva puede emprenderse, obviamente, desde espacios y “trincheras” muy diversos; prosperar en ella sin ser víctima de un espejismoa requiere que la conciencia por la vía de la crítica y el esclarecimiento, capte la necesidad imprescindible de concienciar a otros, a fin de vincularse y asociarse formando colectivos que realizan quehaceres afines y más adelante diversos, configurando en el largo plazo, redes que a su vez den lugar a organizaciones vigorosas a fin de integrar comunidades organizadas a contrapelo del orden imperante. Estas comunidades, al alcanzar cierta madurez, se irían entrelazando en virtud de sus intereses complementarios, convergentes y de cooperación; serían la verdadera esperanza y posibilidad de un mundo mejor para la mayoría, afincado sobre otras bases espirituales, morales, intelectuales y de convivencia. Tales organizaciones serían inviables sin la participación efectiva y creciente de sus integrantes, para conferirles una fuerza cognitiva –sin precedentes– transformadora del contexto7; así como un carácter horizontal, flexible y versátil, donde florecerían cualidades como la iniciativa, la creatividad o el ingenio.

3El sentido de la vida y la experiencia vital

El SV, lo que hace que nuestra existencia sea digna de ser vivida, nos satisfaga y estimule o nos infunda vigor para actuar y sobreponernos, es una construcción propia resultado del tipo y formas de interacción con los objetos de los ambientes donde hemos desarrollado nuestra experiencia. En la gran mayoría, el SV es algo tácito y alejado de la introspección y la reflexión. Desde sus orígenes el SV se va configurando por las vivencias primigenias de cada quien en diferentes espacios, aunque el más influyente suele ser el seno familiar. Para penetrar en el cómo las vivencias cotidianas influyen en las formas de ser y de apreciar la vida, es necesario distinguir dentro de los innumerables momentos de la existencia aquellos donde las vivencias al interactuar con ciertos objetos son intensas, “cargadas” de significado afectivo (positivo o negativo), que dejan huella en quien las experimenta y denotan la cualidad de los vínculos que se entablan con tales objetosb. A ese conjunto de vivencias lo designo como experiencia vital (EV)8; más específicamente, la EV está constituida por la red de vínculos con ciertos objetos cuyo significado afectivo es intenso. Cada humano, por su singularidad, interactúa con el medioambiente de manera peculiar y entabla vínculos con objetos significativos que le son privativos9. La aparición temprana de la conciencia del sí mismo y de la otredad es determinante en los modos de interacción y en las cualidades de los vínculos, porque hacen su aparición los vínculos con un objeto singularmente significativo: uno mismo, los cuales tendrán una influencia decisiva en los que se entablen con los demás objetos10.

El núcleo de la EV (los vínculos con el mayor significado afectivo), en contra de lo que pudiera pensarse, es la relación con uno mismo con su multiplicidad de sentimientos favorables y desfavorables; los conflictos primarios son con uno mismo (esto suele permanecer fuera de la consciencia)11. La forma como cada quien se percibe y valora es el resultado del tipo y cualidad de las vivencias experimentadas e interiorizadas al interactuar en el medio familiar y social: grados variables de aceptación o rechazo, aprecio o menosprecio, acogida o desapego, satisfacción o frustración, seguridad o inseguridad, y sus correspondientes vínculos que son principalmente de índole valorativa y de naturaleza conflictiva por las diferentes combinaciones de lo apreciable y despreciable, de lo deseable o indeseable auto-percibidos de la propia personalidad y corporeidad en los distintos aspectos o ámbitos de manifestación: lo espiritual, lo intelectual, lo moral, lo sentimental, lo relacionado a la sensualidad y a los gustos, lo actitudinal, lo físico o lo relativo a la sexualidad y al erotismo. Es así que la EV es una constelación cambiante de vivencias que derivan del entramado cambiante de vínculos con los objetos significativos propios de cada quien, que dan forma y actualizan: nuestros amores y desamores, inclinaciones y aversiones, apetencias y rechazos, satisfacciones y frustraciones, confianzas y desconfianzas, gustos y disgustos, extrañezas, temores, culpas, inquietudes o aspiraciones.

Es precisamente la característica de los vínculos conflictivos con uno mismo de escapar a la consciencia lo que permite su proyección en los objetos exteriores12. Además, esa exclusión de la consciencia explica por qué tienen una influencia decisiva en la cualidad de los vínculos que entablamos con los diferentes objetos (ignoramos que son proyecciones de los propios conflictos). Como tendencia general tenemos propensión, apreciamos, preferimos, aceptamos o disfrutamos lo que encarna o materializa un valor elevado o deseado según “nuestra escala interna”, o bien que opera como compensación de lo que se vive como carencia o que despreciamos (desvalorizamos) de nosotros mismos. En sentido inverso, nos apartamos, tenemos aversión, repudiamos, rechazamos o sufrimos aquello que menospreciamos de nosotros mismos, que desvalorizamos o que nos exhibe en nuestras carencias y limitaciones (habitualmente al margen de la conciencia).

El SV y el PV (casi siempre tácitos) que se manifiestan en las formas de actuar en el mundo, tienen su simiente en las características de la EV temprana, regida por las formas de relación con el sí mismo, que suponen introspecciones y autovaloraciones e implican grados variables de aceptación y de rechazo de donde derivan las características de la autoestima y la autoafirmación de cada quien. De las características de ambas dependen, en buena medida, los modos de interacción con los objetos significativos en los distintos ambientes donde se despliega la EV y en etapas ulteriores de la vida, suelen ser decisivas en la mayor o menor fortaleza motivacional y confianza para sobreponerse a los malos tiempos, para perseverar en los propósitos o en la búsqueda de realización a pesar de los infaltables obstáculos. Un aspecto fundamental de la EV en nuestra cultura es que permanece oculta o ignorada como objeto de reflexión para el propio sujeto; esto significa que lo que más afecta y daría mejor entendimiento del sí mismo, no es un motivo de búsqueda e indagación promovido por la escuela, la gran negadora. Deriva de esta situación que el SV permanezca desdibujado al no ser un motivo prominente de reflexión, de diálogo, discusión y debate para la enorme mayoría. Esta omisión culturalmente determinada es el más poderoso mecanismo de control de las consciencias al favorecer el individualismo como filosofía de la vida y del reduccionismo empirista como filosofía de la ciencia que rige el quehacer científico13. En tanto la EV permanezca en la oscuridad cognitiva, la pasión por el conocimiento del sí mismo y del contexto no podrá inspirar el SV de las colectividades y difícilmente surgirán PV centrados en la lucha por la DS de cara al bien vivir, base del progreso humano genuino.

Se comprende de lo anterior que existe una gran variabilidad potencial del SV, ya que deriva de la EV privativa de cada quien; sin embargo, en presencia de “atmósferas individualistas y pasivas” donde la EV no es motivo de reflexión e indagación, puede entenderse que esa variabilidad se da, con mucho, dentro de variantes que son propias del individualismo y la pasividad que representan la forma de ser más generalizada en nuestro tiempo. Correlativamente son exiguas las variantes altruistas, en tanto que el interés genuino y prioritario por los “otros” se manifiesta en el compromiso social por los oprimidos, excluidos o desvalidos, que deriva en organizaciones empeñadas en reivindicar y defender los derechos de los desfavorecidos ancestralmente ignorados o quebrantados. También podrá entenderse porqué los PV son casi siempre tácitos y rara vez trascienden los afectos más próximos, por lo que suelen ignorar o desentenderse de lo que ocurre más allá de EV acostumbradas a reflexionar y actuar ante lo cercano, inmediato y perentorio, sin percatarse que los acontecimientos que sacuden el orden establecido no son asuntos ajenos, sino reveladores de los efectos de una quiebra civilizatoria en curso que a todos nos arrastra y atañe.

4Proyecto vital y cuidado de la salud

La lucha por la DS es opuesta al flujo de los acontecimientos en nuestro tiempo, no sólo porque el individualismo y la pasividad se han interiorizado durante la EV temprana (una excepción son las comunidades originarias que preservan sus tradiciones en distintas regiones del planeta), también porque en muchos casos los conflictos internos de las personas (la relación ambivalente con el sí mismo), al ocurrir por fuera de la consciencia y no ser objeto de reflexión y elaboración, permanecen latentes, no resueltos, perturbadores, desgastantes, socavando la vitalidad y la motivación para vincularse de manera intensa, fraterna y colaborativa fuera del círculo más cercano, y se comprometen con tareas colectivas e ideales altruistas dando acogida a los menos favorecidos; es decir, si la dignidad propia amerita rescate, es inviable lanzarse por la dignidad de otros; empero, bien miradas las cosas, todos portamos conflictos con nosotros mismos en grados y matices muy diversos; de ahí que quienes afirman –más allá de la simulación– no tener el menor conflicto interno, lo que realmente nos están diciendo es que su introspección al respecto es escasa o nula y su autocrítica brilla por ausencia. No se trata por tanto de resolver primero los propios conflictos para luego aspirar a involucrarse en la búsqueda del bien vivir. Encontramos en este asunto una aparente paradoja: los conflictos internos que no llegan a ser paralizantes y gravemente perturbadores, enmarcados por el individualismo, la competitividad y sus miserias (la desconfianza, la angustia, la indiferencia, la discriminación, el abuso o el desamparo), al arribar a una conciencia en vías de esclarecimiento, pueden sobrellevarse, aminorarse y eventualmente superarse no por medio de un mayor ensimismamiento, sino a través de otras interacciones deliberadas pero en ambientes diametralmente distintos de respeto, confianza, colaboración, fraternidad y solidaridad, donde se generan vínculos correlativos que al interiorizarse, van modificando la configuración de la subjetividad hacia estados actitudinales y afectivos más estables, constructivos y serenos. De hecho, “una psicoterapia efectiva” en estos casos radica en un cambio favorable y progresivo en los atributos de los vínculos con las personas con quienes se convive y trabaja (respeto, empatía, simpatía, reciprocidad, fraternidad o generosidad).

La pasividad social en conjunción con el individualismo que se manifiestan al apreciar como ajenos problemas de sobrevivencia que anulan la dignidad de “los otros”, por más que afecte a comunidades enteras, a grandes sectores de la población o aún a personas relativamente cercanas manteniéndose al margen en tanto no se perjudiquen directamente los propios intereses, son los principales “cómplices” del orden que normaliza la degradación omnímoda de la condición humana y hace acostumbrarse a esta situación catastrófica silenciada, ocultada o maquillada por los medios de persuasión que, por lo mismo, no se percibe como tal. Esto explica por qué la existencia de PV deliberados más allá del individualismo, suele ser excepción en el mundo actual. También permite entender la creciente necesidad de personas y grupos de implicarse en organizaciones confesionales o sectarias laicas (los “ismos”) en búsqueda de identidad y sentido; de adoptar “las religiones” del consumismo (real o imaginario) y de la medicalización, o de integrarse en grupos que recurren a la evasión (consumo de drogas lícitas e ilícitas) o a la transgresión en diferentes niveles o grados, todo lo cual favorece la permanencia del orden político-económico imperante.

Si el momento actual no es indicio de una crisis económica grave, sino de una quiebra civilizatoria que niega la dignidad humana y anula posibilidades para el bien vivir de las generaciones venideras, es tarea de aquellos conscientes de la catástrofe asumir una responsabilidad ética de luchar por la dignidad en la búsqueda de un mundo configurado sobre otras premisas cognitivas, morales, sociales, políticas, económicas y ecológicas, propiciador del bien vivir que es una aspiración de todos y un derecho universal (ausente en las legislaciones actuales) no privativo de exiguas minorías. Afanarse por el bien vivir es lo que le da verdadero significado a la existencia; idear estrategias individuales y colectivas hacia su consecución, da cuerpo a PV vigorosos genuinamente humanos.

Los PV afincados en aventuras de conocimiento que se adentran en la lucha por la dignidad colectiva, sobreponiéndose a la pasividad, suelen desarrollar más vigor y determinación para afrontar y superar adversidades, para atreverse a plantear y replantear prioridades de vida, para mantenerse con deseos renovados de explorar otros senderos o para comprometerse con otros ideales y valores. Es dentro de este tipo de PV que el cuidado de la salud puede adquirir real sentido pero no como centralidad de las prioridades de vida, sino como imperativo ético ineludible con uno mismo guiado por el altruismo: preservar y prolongar hasta lo posible la vitalidad, el vigor y las facultades (ojo: no se trata de una obsesión por la longevidad a toda costa), que permitan perseverar en una lucha interminable que aspira a un mundo incluyente, pluralista, igualitario y cuidadoso del ecosistema, que supone la superación espiritual, intelectual y moral de la condición humanac. Cuando el cuidado de la propia salud es parte de PV altruistas descentrados del individualismo, es difícil que la medicalización penetre para moldear la forma de ser de los portadores porque el deseo de estar sana/o es subsidiario del de habitar un mundo hospitalario y fraterno y no una obsesión enfermiza autorreferencial. En estas circunstancias la búsqueda de mayor longevidad adquiere auténtico sentido y sobre todo, de un envejecimiento digno y satisfactorio –no “exitoso” que remite al individualismo y a la competencia– en medio de redes de vínculos generosos y reconfortantes. Es a partir de PV altruistas que han surgido otras prioridades dentro del ámbito del cuidado de la salud, que no derivan de la medicalización de la vida porque no son efectos de la propaganda y la persuasión mediática (no abonan directamente a los buenos negocios) como lo relativo al “bien morir” que en rigor, es un componente relevante del bien vivir14.

El bien morir para una conciencia esclarecida y crítica es una buena oportunidad para proseguir la lucha por la DS en carne propia, permitiendo o dando prioridad a aquello que la respete, la preserve o mejor aún, que la engrandezca (negándose a lo denigrante, abusivo y arbitrario y asumiendo las decisiones que le competen), en una atmósfera anímica que suele ser de confianza por el PV asumido; de satisfacción por afanarse por lo que se juzga como lo más valioso de la condición humana; de bienestar con la cálida compañía y reciprocidad por parte de personas con las que se hizo camino; de aceptación serena de lo inevitable y necesario. El bien morir –imaginado de muchas formas– es sin duda una aspiración de casi todos; empero, como potestad de cada subjetividad suele permanecer silenciosa y escondida ante la implacable censura proferida desde las religiones monoteístas, bajo el argumento que todos los seres vivos son propiedad y potestad de la divinidad15–17. A pesar de tamañas cortapisas, este derecho humano no estipulado como tal, defendido por los osados “transgresores” del orden divino, se abre paso en los mundos laicos al cristalizar en normas o conductas que reivindican los derechos inalienables de las personas sobre su propio cuerpo y vida; aparecen así conceptos y fórmulas plasmadas en legislaciones como la voluntad anticipada, la eutanasia pasiva, la eutanasia activa o el suicidio asistido. También surgen manifiestos sobre la muerte digna, la muerte sin dolor y sin angustia o conceder al ser humano la plena posesión de su destino18. Del lado de los servicios sanitarios han surgido corrientes críticas que tipifican los excesos del acto médico en la etapa terminal de la vida o en circunstancias irremediables -como el encarnizamiento terapéutico- y promueven su contrapartida, la prevención cuaternaria (ver primera parte).

En suma, en los tiempos que corren, un PV altruista como directriz de la EV tiene como supuestos ineludibles la toma de consciencia del trance histórico en que nos encontramos y del orden que lo genera (el lucro sin límites que amplifica las desigualdades, excluye a los desfavorecidos que son mayoría, obligándolos a vivir en la obscuridad, la transgresión o la migración, y degrada todo lo que toca). Su presencia hace posible replantear las prioridades vitales al infundir una responsabilidad irrenunciable de luchar sin cesar desde el propio espacio de trabajo y de muy diversas maneras (sin excluir otros espacios en momentos acuciantes), por dignificar la vida humana y demás formas de vida que dan forma y preservan los ecosistemas, y son base de nuestra viabilidad como especie. Esto lleva aparejada la búsqueda de otro orden rector del movimiento social, político y económico, donde se encuentren como posibilidades reales la superación espiritual, intelectual y moral de las comunidades. Por contraste, el cuidado de la salud como centro de las prioridades de vida de la gente, al ser compatible con el individualismo y la pasividad, suele ser cómplice del orden degradante. Paradójicamente, el cuidado de la propia salud (y esto es especialmente aplicable a los diferentes profesionales de la salud), cuando forma parte de proyectos vitales altruistas, sólidos y consistentes, adquiere pleno sentido en el contexto vital de cada quien (soporte somático y psíquico necesario para poder perseverar en la lucha) y suele adoptar formas que lo hacen más apropiado a las circunstancias, asequible a las posibilidades reales, más efectivo y potencialmente beneficioso.

5Epílogo

A pesar de que el bien vivir como aspiración legítima de toda persona es polisémico por las características de cada subjetividad, su estatus social, su historia personal y familiar y sus expectativas vitales, casi siempre se piensa bajo la óptica del individualismo y la pasividad (social). Tal circunstancia, en conjunción con la manipulación mediática, ha favorecido que el cuidado de la salud se ubique en el centro de los deberes y preocupaciones de los ciudadanos en su pretensión del bien vivir y que PV vitales altruistas sean un hecho inusitado.

La pasividad social inducida, fomentada y mantenida a sangre y fuego por las cúpulas del poder desde tiempos inmemoriales, ha sido y es el basamento de las desigualdades sociales a lo largo de las épocas. Ahora mismo es la explicación, como circunstancia permisiva, de la situación catastrófica que transitamos, donde los intereses hegemónicos del capital financiero y especulativo se imponen sin cortapisas en grave perjuicio de la inmensa mayoría de la población que, al compartir desgracias, paulatinamente se vincula, se organiza y asume niveles de participación progresivos (venciendo tenaces resistencias y enormes obstáculos representados por las instituciones que imponen el orden que gobierna el mundo). Estos niveles van de la resistencia ante el abuso y la opresión hasta la defensa y promoción de intereses que unifican a los excluidos, los desamparados, los empobrecidos, los desposeídos, los explotados, los idealistas, los altruistas o los demócratas genuinos. Al reflexionar sobre la quiebra civilizatoria en que nos encontramos, que ha tenido lugar en presencia de las supuestas y autodenominadas democracias desarrolladas y maduras, es obvio inferir que se trata de farsas y de simulaciones cínicas porque “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, además de que nunca ha existido como tal, está ausente en las políticas y las formas de operar de las instancias gubernamentales de nivel local, regional, nacional o global y en las instituciones públicas de todo tipo, ni qué decir de la privadas.

El individualismo y la pasividad inveterada (bajo diversos ropajes) han sido el terreno abonado para el abuso de los poderosos a lo largo de la historia, que ahora deriva en un quiebra civilizatoria global sin precedentes. Ambos llevan a recelar de planteamientos que pongan en tela de juicio las creencias y verdades establecidas o que aporten visiones integradoras –desacreditadas– de los sucesos a través de la complejidad. También impiden tomar conciencia de la situación catastrófica que a todos nos atañe, anestesian la sensibilidad hacia el sufrimiento de los distantes en el tiempo y en el espacio, favorecen el acostumbramiento a la degradación sin límites y normalizan el conformismo y la indiferencia. Es la pasividad en mancuerna con el individualismo como formas de ser predominantes, características de las que debemos tomar distancia si aspiramos a un mejor mundo.

El momento actual no admite dilación: o somos capaces de vislumbrar y avanzar hacia un mundo hospitalario, o nos dejamos arrastrar por la vorágine de la autodestrucción que se nos presenta como el único mundo posible. ¡Cómo renunciar a las obligaciones primigenias como habitantes de una morada común, al permanecer indiferentes ante la devastación progresiva que acontece ante nuestros ojos, provocada por un sistema de dominación autoritario, injusto, excluyente, degradante e implacable! Es a este respecto que he argumentado acerca de la necesidad de PV que trasciendan el individualismo y conjunten la participación, entendida como aventura cognitiva que desarrolla una actitud crítica ante el conocimiento establecido y una pasión por el entendimiento del sí mismo y del contexto, que adquiere su verdadero sentido al integrar colectividades que se organizan y movilizan en torno a valores e intereses con carácter altruista que reivindican la lucha por la DS a contracorriente de la degradación. Estas organizaciones representarían un nivel superior de participación: anticipar lo indeseable que se avecina dadas las tendencias actuales, edificando poco a poco circunstancias (contra-tendencias) que hagan inviable lo indigno en el futuro. Serían la esperanza de un mundo promisorio: incluyente, pluralista, igualitario, justo, solidario y cuidadoso del ecosistema planetario; el cual, en el plano subjetivo significa la superación espiritual, intelectual y moral de la condición humana, y en el plano social el bien vivir de la mayoría.

En este orden de ideas, creo haber sustentado la superioridad de PV altruistas y participativos en la búsqueda del bien vivir comunitario (distante de las ideas dominantes al respecto), sobre los afanes centrados en la preservación y el cuidado de la salud que favorecen la pasividad, el individualismo y el statu quo. La realización de estos PV es, a mi manera de ver, lo más cercano a la consecución de la salud, sobre todo la mental. La lucha por la DS como proyecto vital de la lucidez y la crítica de los participantes sería un tanto ilusoria, sin la que debemos librar por el cuidado y preservación la vida planetaria en su conjunto: “la Madre Tierra”19, con su presencia inefable, su majestuosidad conmovedora y sus misterios insondables que, como manantial creativo de todas las formas de vida que alguna vez existieron y de las actuales incluyendo la humana, representa lo más sublime y venerable, es además, condición ineludible de viabilidad de la DS. Esta lucha por la superación de la dignidad implica infinidad de posibilidades que dependen en lo individual y lo grupal del orden de prioridades de acuerdo a las circunstancias; de la perentoriedad de ciertas líneas de acción con base en “las situaciones del momento”; de los espacios desde los cuales se emprende dentro de una gran diversidad; del instante de las EV de los participantes; de ponderar los grados de viabilidad de las estrategias con arreglo a las circunstancias o de la elección, entre la multiplicidad de facetas y niveles de manifestación de la indignidad, del blanco de la lucha. Todo esto pretende evidenciar que la lucha por la DS como valor supremo de la vida humana favorece como ninguna otra la convergencia, afinidad y articulación de los más diversos esfuerzos y proyectos en diferentes momentos de su desarrollo; es el antídoto contra el sin sentido, la desesperanza, la pasividad, la fragmentación o el reduccionismo que nos aísla20.

Termino con esta reflexión: consciente de haber incursionado por terrenos insólitos, escabrosos, resbaladizos y controvertidos, y al revolver las aguas estancadas de la pasividad, aspiro a que su lectura siembre dudas y sacuda algunas conciencias “seguras de sus certezas”.

Conflicto de intereses

El autor declara no tener ningún conflicto de intereses.

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Quizá el mayor obstáculo para arribar a una conciencia crítica son los medios masivos de manipulación (falazmente llamados de información o comunicación), que como mecanismos de control de las conciencias, propios de los poderes que gobiernan el planeta, proyectan una realidad fabricada, supuestamente objetiva e inexorable, al difundir u ocultar acontecimientos según convenga, o propalar versiones justificativas del orden imperante o condenatorias de los insumisos o adversarios. Lo anterior inculca en las mentes inermes de los receptores, con avasallante insistencia, los temores paralizantes, los prejuicios irracionales, las creencias sin sustento, las falacias encubiertas o las ilusiones vanas en turno, que son clave en el mantenimiento de la desigualdad en las relaciones sociales, que perpetúan el statu quo y fomentan el individualismo.

El concepto “objeto” en lo material y simbólico incluye el sí mismo, personas cercanas significativas, otros seres vivos entrañables, cosas diversas y situaciones revestidas de gran significación; las contingencias de la vida diaria que rompen el decurso insensible de lo acostumbrado o de lo esperado, causando extrañeza, sobresalto, perplejidad, conmoción o temor.

Cabe hacer una diferenciación con el concepto “calidad de vida”, desarrollado con intenciones cuantitativas, que se refiere al bienestar como condiciones de vida de los individuos y las sociedades e incluye, además del estado de salud, aspectos económicos, políticos, culturales y ecológicos. También se ha definido como el grado con el cual una persona disfruta los aspectos o posibilidades importantes de su vida. En este concepto, el individualismo es un supuesto incuestionado y la lucha por la dignidad humana impensable.

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