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Vol. 2. Issue 3.
Pages 104-106 (July - September 2020)
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Vol. 2. Issue 3.
Pages 104-106 (July - September 2020)
Editorial
DOI: 10.1016/j.opresp.2020.06.004
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Respiraos los unos a los otros. Pequeño ensayo para un tiempo donde todo parece expirar
Breathing for Each Other. A Little Essay for a Time When Everything Seems to Be Expiring
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Claudio A. Rabec
Servicio de Neumología y Cuidados Intensivos Respiratorios, Centro Hospitalario y Universitario de Dijon, Dijon, Borgoña-Franco Condado, Francia
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Notre vie est un livre qui s’écrit tout seul. Nous sommes des personnages de roman qui ne comprennent pas toujours bien ce que veut l’auteur.

Julien Green

La libertad es como el aire, cuando falta se hace sentir.

Ocurrió en la era en que el hombre osó pensar que ya nada le ponía limites, que por fin y definitivamente podría regular y construir el futuro, que el mundo estaba en sus manos y a sus pies, que la muerte era solo una cuestión más a resolver y que la inmortalidad y la felicidad estaban a su alcance… El mismo hombre que ya había logrado optimizar al máximo el mundo exterior, convirtiendo todo, objetos inertes y vivientes, en útiles a su servicio y cuyo trabajo en ciernes era optimizarse a sí mismo, en cuerpo y espíritu, reconstruir el ADN, refabricar sus neuronas, generando y modificando la vida, fusionando su cuerpo orgánico con objetos inorgánicos.

De la vastedad de las pequeñas cosas (o del carácter exiguo de las grandes)

Fue en ese momento exacto en que un ente pequeño, insignificante, lo expuso frente a frente a su precariedad, a su carácter mortal sin miramientos. Y lo hizo en todas partes y al mismo tiempo, dejando al hombre tiritando, impotente frente a su propia fragilidad redescubierta. Como una metáfora de un vaivén de olas, con toda la apariencia de creerse seres únicos, pero con la zozobra de poder dejar de existir en un santiamén.

Era la era en que el hombre se aprestaba a dominar lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande. La era en que al decir de Harari1, los 3principales problemas que persiguieron la historia del hombre como un tormento, las epidemias, las guerras y el hambre, parecían pestes definitivamente erradicadas del planeta.

La nueva peste

Y ocurrió entonces que una nueva peste, invisible, generó una gigantesca hecatombe universal, una epidemia que pone de nuevo sobre el tapiz la amenaza latente del hambre y la guerra de todos contra todos, sensación de apocalipsis como hace siglos no conocíamos… Aquellos siglos en que los poderosos se refugiaban detrás de murallas que separaban sus feudos de la miseria. Y entonces aparece otra muralla, la del autorrecluirse, encerrados como una amenaza. La del quédate en casa, la de la distancia de seguridad, la de los gestos-barrera, la del no acercarse, no tocarse, no besarse, no abrazarse. Nos piden ser solidarios, pero en soledad. Porque somos todos potencialmente contagiosos… una vez más, como en otros tiempos, todos somos sospechosos. Son tiempos, al decir de Elías Canetti, de mantener la distancia como única esperanza2. Tiempos en que nuestra fragilidad revelada nos convierte en más iguales que nunca frente a lo microscópico. Prisioneros de un organismo primitivo que hasta carece de núcleo, de citoplasma, de vida autónoma…

No fuimos nosotros

Unos, complotistas, y los antediluvianos de siempre nos hablaron de un castigo divino. Otros, de la naturaleza tomando revancha. Del calentamiento del planeta, de la rotura del equilibrio ecológico y de otras predicciones cataclísmicas. Sin embargo, hay razones para pensar que la tragedia no depende de nosotros. Que, por una vez, no es culpa de nuestra impaciencia, de nuestra rapacidad o de nuestra estupidez. Que se trata de un evento natural, como un tsunami o un terremoto... pero a escala universal. En nuestra mente pueden caber las consecuencias catastróficas de eventos majestuosos. Lo que es difícil de entender, y que nos interpela en tanto que amos del planeta y sus alrededores, es cómo un ser tan infinitamente pequeño puede ser capaz de efectos tan inmensos.

Guerras sapienciales

Otros nos hablaron de guerra. Pero en esta guerra, las armas para combatir al enemigo están en manos de los que juramos levantar el estandarte de la vida. Y contrariamente a la guerra, nuestras victorias no se apoyan sobre la muerte. Al contrario, están al servicio de vencerla.

En cuanto a nosotros, los del frente, hablamos de un enemigo inédito y desconocido. Con facetas múltiples. Que demolió paradigmas. Que nos desconcertó las convicciones, que nos obligó a olvidar mucho de lo que durante décadas y con tanto esfuerzo habíamos aprendido… Nosotros, los expertos, asistimos absortos a la demolición de nuestras certezas, con la sensación que comenzábamos a no reconocer (a des-conocer…) lo que pensábamos que conocíamos bien de nuestro casi nada cotidiano. Rebautismo socrático que reveló nuestra desnudez, que desenmascaró nuestro carácter de ignorantes primigenios.

Una debacle respiratoria, de evolución fulminante, casi sin pródromos, y sin esa sed de aire, ese «dolor respiratorio», tan angustiante y que tanto tememos por conocerlo bien. Que nos obliga a actuar de manera diferente a cómo nos habían enseñado y a como habíamos enseñado. Ignoto corpúsculo que actúa de incógnito, con un desenfado que nos deja incrédulos... (hay una anécdota común a todos los que desafiamos a este mal invisible: la de confrontarnos a la evidencia de un monitor que muestra cifras inquietantes que evolucionan vertiginosamente en caída libre, al tiempo que el paciente que tenemos enfrente no presta atención alguna a las cifras y nos habla casi naturalmente, sin palabra entrecortada, sin signo alguna de lucha… situación inédita que nos hace llegar al extremo de sospechar que las alertas de los instrumentos que tan bien conocemos esta vez se equivocana…).

Tormentas y tormentos

Y también hablamos de decisiones éticas. Pero no aquellas aisladas, arduas, cierto, pero maduradas a ultranza, con las que muchos de nosotros tenemos que lidiar en ciertas ocasiones a lo largo de nuestra vida médica. Sino de varias simultáneamente, tomadas en la premura de la urgencia, sin el tiempo necesario para la reflexión. Demasiadas, difíciles, angustiantes. Y en los feudos más críticos, en aquellas regiones en que el sistema entró en quiebra, la ardua tarea de la selección. Tanto hablaron nuestros científicos de la tormenta de citoquinas, pero nadie nos enseñó nada acerca de la tormenta de pacientes… Nos pusieron, sin que lo quisiéramos, en el lugar de los semidioses. Semidioses hundidos en una trinchera arbitraria, tan diferente a un Olimpo y para la que nadie nos preparó. Sin más poder que el de decidir, de la manera que nos parecía más justa, quién debía ocupar el lugar que siempre estuvimos en condiciones de ofrecerle a todos los que nos confiaron su vida.

Y casi lo peor... el aislamiento, el nuestro, pero sobre todo el de los sufrientes. Y el de sus familias. La prohibición de visitas. Con el agravante de presentir que la única que conservaba su derecho a concurrir, sin aviso, y sin permiso, más o menos de lejos o de cerca, es aquella no deseada, la que nuestro carácter de mortales nos obligará a recibir algún día, indefectiblemente.

El desamparo de morir y dejar morir en soledad.

El heroísmo de hacer lo que se debe

Y contra todo esto, una única arma en nuestras manos: la honestidad. Y la frase de Albert Camus4 que nos resuena en eco, como las campanadas de una iglesia:

«—... il ne s’agit pas d’héroïsme dans tout cela. Il s’agit d’honnêteté. C’est une idée qui peut faire rire, mais la seule façon de lutter contre la peste, c’est l’honnêteté.

—Qu’est-ce que l’honnêteté? —dis Rambert, d’un air soudain sérieux.

—Je ne sais pas ce qu’elle est en général. Mais dans mon cas, je sais qu’elle consiste à faire mon métier»b.

Albert Camus, el visionario que anticipó hace casi un siglo la metáfora del tiempo presente.

Y nuestra faena cotidiana sale de sus sombras, emerge de pronto con una luz nueva.

Es que nuestro ancestral juramento es un acto de fe… Entre «me pongo a salvo» o «trato de salvar» no queda el más mínimo resquicio para la duda.

David y Goliat revisitados

El hombre, ese Goliat que mató a Dios y creyó poder reemplazarlo con su expeditiva expansión exponencial hacia el espacio, en un vértigo sin fin como el del universo que lo acunó, se cruzó un día con ese diminuto David. Entelequia imperceptible, pequeño rey de casi nada, que blandiendo su corona como una honda invisible supo destronar al gigante que cayó con todo su peso sobre él mismo y su obra.

Y le reveló de golpe que la Tierra, que pensaba suya, no le pertenecía. Que la especie amenazada también podía ser la suya.

Y le enseñó que el mundo, al que creía haberle encontrado un sentido, no es justo ni injusto. Sino simplemente inexplicable…

El tiempo está después

Y lo condenó a recluirse. Solo. Con todo el tiempo delante de él. En esa soledad y con ese tanto tiempo, que, en el imaginario de muchos (aquellos para los que lo urgente pasa siempre antes que lo importante), representó siempre un El Dorado anhelado, donde se podría (¡al fin!) concretar todo aquello que siempre había deseado hacer y que los tiempos de la era vertiginosa le hacían postergar para tiempos tan futuros que devenían inciertos. La evasión frente a la invasión…

Pero esta soledad, este tiempo «libre» son distintos. Porque es un tiempo donde las horas pasan demasiado lentas. Y el tiempo que faltaba ya no es más deseable cuando abunda.

Y se convierte en una eternidad, que como toda eternidad nos deja en la incertidumbre de no revelarnos su final.

La compañía de la soledad

Y la soledad ya no es una soledad deseada, sino una padecida… una reclusión que es un exilio (aun cuando tenemos prohibición de exiliarnos… ¿Y si pudiéramos hacerlo, dónde?), un confinamiento donde erigimos las fronteras en los bornes de nuestra intimidad, donde no estamos donde pensábamos que nos hubiera gustado estar (aun si es el lugar y la situación de nuestros sueños más íntimos e irrealizables). Porque el lugar donde estamos ya no es más el que elegimos. Ambivalencias de una soledad que consiste en todavía vivir, pero privados de lo que nos hace posible la vida: la libertad de ir y venir, el reencuentro con los otros, el afecto. Y al mismo tiempo, cada encuentro es angustia, desconfianza mutua, yo como amenaza, el otro como amenaza. Miedo al prójimo, incluso al igual, que es también una amenaza.

Los abrazos me hacen falta, pero les temo. Porque hasta el cuerpo que deseo se vuelve peligroso...

Islas en el mar…

Supo decir un tal Blas Pascal5 que «tout le malheur des hommes vient d’une seule chose, qui est de ne savoir pas demeurer en repos dans une chambre»c. Dijo también, que la condición del hombre era la inconstancia, el aburrimiento, la inquietud. Nunca esos Pensées, esos aforismos escritos hace 6 siglos por un hombre que, después de haber conocido los límites de una ciencia que no le alcanzaba para explicar la esencia, se acercó a Dios, fueron más ciertos. Algunos sostienen que llegó, al fin, la gran ocasión de encontrarse con uno mismo (algún otro supo decir que, en medio de tanta tragedia, tanta muerte en soledad y tanto desarraigo, un tal romanticismo del confinamiento es un desparpajo, apenas un privilegio de clase…).

Pero en verdad, mi yo no existe sin el prójimo, sin el otro, sin el ser querido. Si yo no vivo con los otros es como si no viviera. El «mí mismo» no es una realidad en sí, como una sustancia. Estar separado de los otros es estar separado de mí mismo. Los individuos son islas en el mar, pero las islas no son otra cosa que pliegues en el mar6. La relación no es un accidente… es la esencia misma del yo y de la vida. La primera condición de toda alegría es ser al menos 2. El más bello paisaje es apenas un decorado si no hay nadie para compartirlo.

La vida no es otra cosa que un sistema de relación. Respirar es una relación entre mi yo y la atmósfera. Para volver la vida respirable es necesario restaurar la relación con los otros.

En esta era de la virtualidad, fue necesario que millones de personas se encuentren aisladas para descubrir en qué medida necesitamos respirar del otro..

¿A manera de epílogo…?

Paradoja la de este microscópico ser que no respira y que a muchos les quita la posibilidad de respirar. Y que a todos nos hace la vida irrespirable.

Paradoja la de esta insignificante cadena de ARN, en el límite inferior de lo orgánico, que no respira y que nos situó al borde de ver expirar nuestra actual humanidad.

Agradecimientos

El autor agradece al Profesor Emérito Daniel Rodenstein (Université Catholique de Louvain), por su lectura crítica y su contribución inestimable.

Bibliografía
[1]
Y. Harari.
Homo deus. A brief history of tomorrow.
1st ed., Harvill Secker, (2015),
[2]
E. Canetti.
Masse et puissance.
1st ed., Gallimard, (1960),
[3]
V. Jounieaux, V. Franco Parreira, G. Aubert, M. Dury, P. Delguste, D.O. Rodenstein.
Effects of hypocapnic hyperventilation on the response to hypoxia in normal subjects receiving intermittent positive-pressure ventilation.
Chest., 121 (2002), pp. 1141-1148
[4]
A. Camus.
La peste.
1st ed., Gallimard, (1972),
[5]
B. Pascal.
Pensées.
1st ed., Gallimard, (1977),
[6]
G. Deleuze.
L’ile déserte et autres textes (textes et entretiens).
1st ed., Editions de Minuit, (2002),

Hace casi 20 años, en un estudio fisiológico prínceps, Jounieaux y Rodenstein3 señalaron la ausencia de respuesta ventilatoria a la hipoxemia severa (SaO2 <64%), en condiciones de hipocapnia profunda (PETCo2 <27mmHg), condición presente en la mayoría de estos pacientes como consecuencia de una hiperventilación sostenida. Lo relatado es sin duda la puesta en escena clínica de aquel axioma fisiológico

«… No se trata de heroísmo en todo esto. Se trata de honestidad. Es una idea que puede dar risa pero la única manera de luchar contra la peste es la honestidad. —¿Qué es la honestidad? —preguntó Rambert, con un aire súbitamente serio. —No tengo idea de lo que es en general. Pero en mi caso, yo solo sé que consiste a hacer mi trabajo».

«La tragedia del hombre viene de una sola cosa; no saber permanecer en reposo en una habitación».

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