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Vol. 26. Núm. 5.
Páginas 94-102 (Mayo 2007)
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Literatura y hachís
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Juan Esteva de Sagreraa
a Facultad de Farmacia. Universidad de Barcelona.
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La vida maldita de Baudelaire y Valle-Inclán

Las drogas han ejercido una gran atracción sobre los poetas malditos, esa variedad de literatos que huyen de la realidad y, abominándola, se refugian en mundos imaginarios y crean paraísos e infiernos artificiales, menos aburridos. Baudelaire y Valle-Inclán escribieron sobre sus experiencias con el hachís (Cannabis sativa). Baudelaire redactó una monografía técnica, Los paraísos artificiales, mientras que el autor de Luces de bohemia dedicó al hachís uno de sus mejores poemarios, La pipa de Kif.

Ilustración de Cannabis sativa reproducida en Flora alemana, austriaca y suiza (1885), de Otto W. Thomé.

«En mí no hay base para una convicción.»

Charles Baudelaire

«Fui luzbeliano. En la contraria suerte

Dictó el orgullo su sonrisa al labio,

Miré la vida hermana de la muerte

Y tuve al sonreír arte de sabio.»

Ramón María del Valle-Inclán

Charles Baudelaire (1821-1867) fue uno de los poetas más influyentes del siglo xix y el más famoso representante, junto con Poe, de la literatura maldita, de la relación entre literatura y drogas, de la poesía de la desesperación y los excesos. Contribuyó a la mitificación del dandismo, que dio en Oscar Wilde su mejor fruto. En España, el prototipo de dandi fue Valle-Inclán, que llenó su vida de gestos y su obra de textos que se alejan de la realidad y la vulgaridad para construir un mundo sensible, delicado, algo retorcido y decadente. Valle-Inclán escribió pocas poesías, pero de gran valor literario, que permiten compararlo con su colega francés. Curiosamente, Baudelaire escribió mucha poesía, pero se refirió al hachís en términos periodísticos y técnicos, mientras que el escritor gallego, que escribió poca poesía, elaboró varios poemas sobre el efecto del hachís y el cloroformo, muy características de su poesía modernista.

El culto a los excesos

Hijo de un ex seminarista, profesor de dibujo, pintor y jefe del Despacho de la Cámara de los Pares, Baudelaire fue criado por Mariette, la sirvienta de la familia, a la que dedicó un poema en Las flores del mal:

A la sirvienta de gran corazón de quien tenías celos,

y que ahora duerme su sueño bajo el húmedo césped,

sin embargo debiéramos llevarle algunas flores.

Al enviudar, su madre Caroline se casó por conveniencia con Jacques Aupick, un militar vecino de la familia con el que probablemente mantenía relaciones en vida de su marido. Para el niño, la experiencia supone un gran impacto emocional. Todo artista de mérito necesita previamente que el mundo de su infancia sea destruido, ser arrojado a un territorio inhóspito y desconocido. Baudelaire perdió muy pronto el paraíso de su infancia y escribió más tarde para poblar el mundo con las flores del mal y los paraísos perdidos. Su madre se impregna de la personalidad de su nuevo marido y se vuelve rígida y puritana. A la pérdida del padre y a su suplantación se une el «secuestro» de la madre por un desconocido y la implantación en casa de unas normas ajenas, que a Baudelaire se le hacen odiosas. El conflicto contra su clase y su entorno está servido y ya sólo hace falta que se desarrollen el genio y el talento para que pueda escribir una obra contra la moral y la sociedad de su tiempo.

En Estados Unidos, desde mediados del siglo xix hasta los años treinta del siglo xx, fueron muy populares las recetas médicas elaboradas con extractos de marihuana y de hachís. Etiqueta de un frasco del extracto fluido de hachís comercializado por Eli Lilly.

En 1840 se matricula en la Facultad de Derecho y frecuenta a la juventud literaria del Barrio Latino y hace amistad con Gérard de Nerval, Charles-Augustin Sainte Beuve, Théodore de Banville y Honoré de Balzac. Comienza a llevar una vida despreocupada y bohemia y a tener frecuentes altercados con su familia. Consume drogas, frecuenta los burdeles y mantiene relaciones con Sarah, una prostituta judía del Barrio Latino, bizca y calva, que le contagia la sífilis. El segundo paso está dado: al desarraigo y la pérdida de la inocencia se une la enfermedad maldita. Por aquella época tiene también una amante fija, la mulata Jeanne Duval. La familia, escandalizada, responde a la antigua y un consejo familiar, en marzo de 1841, decide enviarle a Burdeos para que embarque hacia los Mares del Sur. La travesía, que dura 18 meses, añade un nuevo ingrediente a su proyecto de dandi: el viaje exótico, el contacto con otras culturas, menos severas. De regreso a Francia, sigue llevando una vida desordenada y bohemia. Ahora ha visto mundo, y su desprecio por la sociedad burguesa aumenta. Hace sus primeros pasos literarios como crítico de arte y contribuye al éxito de Delacroix, pintor por aquel entonces muy controvertido. Su trabajo como crítico queda recopilado en Curiosidades estéticas y El arte romántico. Como crítico musical, toma partido a favor de la música de Wagner. Traduce a Poe, a quien considera un hermano literario.

Participa en la revolución de 1848 para socavar el mundo burgués y en 1857 publica con gran escándalo Las flores del mal. Esos poemas o flores se consideran una ofensa al buen gusto y a las buenas costumbres y Baudelaire es procesado. Dos nuevos peldaños necesarios para todo escritor maldito: una obra escandalosa, una denuncia, un juicio.

Baudelaire fotografiado por Carjat en 1862.

Fachada del Hotel Pimodan, actualmente Hotel Lauzun, en uno de cuyos apartamentos vivió Baudelaire y se reunía el Club des Haschischins (fotografía tomada en 1900).

Charles Baudelaire respirando un ramillete de flores del mal, caricatura de Marceline publicada en Le Monde Ilustré.

Gustave Courbet retrató a un joven Baudelaire leyendo mientras fuma su pipa de hachís.

Baudelaire está satisfecho, puede vomitar su odio a la burguesía de la que en su infancia fue expulsado: «Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias».

La sentencia ordena suprimir 6 poemas y le impone una multa de 300 francos. La nueva edición, en 1861, incluye 35 nuevos poemas. Emprende la redacción de los Pequeños poemas en prosa, que se editarán en 1869. Otra de sus obras más famosas, Los Paraísos artificiales (1858-1860), está escrita bajo la influencia de Thomas de Quincey, autor de Las confesiones de un opiómano inglés.

En 1864, Baudelaire se instala en Bruselas e intenta ganarse la vida dictando conferencias, pero no tiene éxito. Proyecta una edición de su obra completa, pero fracasa y se venga escribiendo un panfleto titulado ¡Pobre Bélgica! Baudelaire ya dispone de otro requisito imprescindible para su obra de maldito: la falta de éxito, el resentimiento. Su salud empeora y como consecuencia de la sífilis sufre un primer conato de parálisis (1865). La afasia y la hemiplejia aparecen en marzo de 1866, cuando tiene un ataque en la iglesia de Saint Loup de Namur. Trasladado por su madre a una clínica de París, permanece lúcido pero sin habla hasta su fallecimiento, en agosto del año siguiente. Es enterrado en el cementerio de Montparnasse junto a la tumba de su padrastro.

Los paraísos artificiales

Las flores del mal es una obra de concepción clásica pero oscuramente romántica, en la que Baudelaire expone su concepción del poeta moderno como un ser maldito, rechazado por la sociedad burguesa, a cuyos valores se enfrenta. El poeta se entrega a los vicios denostados por los burgueses, la frecuentación de prostitutas y el consumo de drogas, pero con ello sólo consigue el hastío (spleen, en la terminología de la época). El mal no abre las puertas a la felicidad, sino al hastío, el paraíso está definitivamente perdido y las drogas, que abren la percepción a un mundo ficticio, son una falsa salida. El viaje del autor maldito se inició con el desarraigo familiar, la pérdida del padre, la intrusión del padrastro, la madre «secuestrada» por el nuevo esposo, la introducción en la casa de rancios valores ajenos, la vida bohemia, la sífilis, el viaje exótico, la participación en la revuelta social, la obra recibida con escándalo, la condena, los viajes a los burdeles y el consumo de drogas. Un largo viaje que en todo autor que se precie ha de desembocar en el hastío si quiere ser tomado en serio. En Baudelaire se cumplen todos los ritos de paso del escritor maldito y así es como su obra se convierte en el más claro exponente de la literatura bohemia: el burgués contra la burguesía, un náufrago y sus viajes a los infiernos. Arthur Rimbaud será el heredero de su literatura, el poeta maldito por antonomasia.

Penurias y enfermedades

Alcanzada la mayoría de edad, Baudelaire percibe la herencia paterna de 75.000 francos, se independiza y abandona el piso familiar, instalándose en un pequeño apartamento. Dilapida rápidamente la fortuna de su padre y contrae numerosas deudas, por lo que su madre y su padrastro obtienen en 1844 que sea inhabilitado y sometido a un consejo judicial. Su dinero pasa a ser administrado por su padrastro, que le entrega una cantidad trimestral de 600 francos.

Privado de recursos, desposeído del dinero que fue de su padre, ahora administrado por su odiado padrastro, Baudelaire no se repondrá de la humillación. Esperaba ansiosamente el día de su independencia económica, y ésta se ha volatilizado de sus manos y ha quedado en manos del padrastro. Gasta más dinero del que dispone, huye de sus acreedores, se esconde en casa de sus amantes y trabaja sin descanso sus poemas e intenta ganar dinero con sus publicaciones.

En 1845, desesperado, ensaya el suicidio en un cabaret ante un grupo de amigos y se hace un corte con un puñal. Su padrastro, para evitar el escándalo, paga sus deudas y le obliga a vivir una temporada con él y con su madre. Es la época en la que se reúne con otros bohemios y artistas en su ático del Hotel Pimodan, en el número 17 del Quai de Anjou. Allí fuma hachís junto al pintor Fernand de Boisdenier y el escritor Théophile Gautier, entre otros. En una de esas veladas se funda el Club des Haschischins, cuyos miembros se dedican a fumar hachís, aunque Baudelaire estaba más acostumbrado a tomar opio en forma de láudano, un vicio mucho más económico en aquella época.

Sus relaciones con las mujeres son extrañas y angustiosas, marcadas por sus tendencias homosexuales. Es asiduo del círculo literario en casa de Madame Sabatier, «la presidenta», amante de un banquero. Baudelaire se enamora platónicamente de ella y le dedica los poemas «A la que es demasiado alegre», «Reversibilidad», «El alba espiritual» y «Confesión». Cuando Madame Sabatier accede a las pretensiones amorosas de Baudelaire, éste la rechaza y prefiere seguir manteniendo una relación idealizada.

Sus enfermedades le atormentan. Tiene trastornos nerviosos y dolores musculares. Se ahoga, aparecen las crisis gástricas y reaparece la sífilis. Para combatir los dolores, fuma opio y toma cápsulas de éter para combatir el asma. Paraísos artificiales, escrito en 1860, es un relato de las experiencias personales del poeta con el hachís, a la vez que una forma de dar a conocer en Francia la obra de De Quincey sobre los efectos perniciosos del opio.

En 1861 presenta su candidatura a la Academia Francesa. Ha pensado en la posibilidad de rehabilitarse y obtener un salvoconducto de dignidad profesional y la solvencia económica. Como muchos miembros de la alta burguesía, intenta a destiempo recuperar la posición social que destruyó con su comportamiento juvenil, pero el intento se salda con el fracaso. Busca el reconocimiento oficial y se siente agobiado por el ambiente de la bohemia, pero no puede hacer marcha atrás. Su fama de maldito le persigue y es rechazado. Nervioso, enfermizo y siempre con apuros económicos, pareja de una mulata infiel y vulgar, alcoholizada y posteriormente parapléjica, Baudelaire se siente fracasado.

Sus últimos días son dignos de un esperpento que podría haber firmado Valle-Inclán. Para ayudarle a sobrellevar el dolor, sus amigos acuden junto a su lecho a interpretarle Wagner. Paralizado, mudo e idiotizado, sobrevive varios meses hasta que el 31 de agosto de 1867 muere tristemente, a los 46 años, en brazos de su madre en el hospital en el que estaba ingresado.

Feo, católico y sentimental

Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936) era hijo del escritor liberal y galleguista Ramón del Valle-Inclán Bermúdez de Castro (1823-1890) y de Dolores de la Peña y Montenegro, ambos de ascendencia hidalga. Terminó el bachillerato en el Instituto de Pontevedra, en 1885, y estudió Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela. Acude a clases de esgrima y se matricula en la Escuela de Artes y Oficios en 1888. Abandona los estudios de Derecho y regresa a Pontevedra en 1890 al fallecer su padre. Viaja a Madrid en 1890, frecuenta el Museo del Prado y las bibliotecas de la ciudad y colabora en El Globo. En 1892, viaja a México durante algo menos de un año, y vive en Veracruz

y en la capital federal. Colbora en El Veracruzano Libre y El Universal, diario capitalino en el que publica varios relatos. De México pasa a Cuba, donde permanece algunos días en Matanzas. De regreso a España, en 1893, se instala en Pontevedra, donde publica su primer libro, la colección de relatos de tema amoroso Femeninas (1894).

En 1894, Valle-Inclán se transmuta en dandi y adopta su peculiar indumentaria: la capa, que originalmente era un poncho mexicano, chalina, sombrero, botines blancos de piqué y, ante todo, sus largas y características barbas, las «barbas de chivo» cantadas por Rubén:

Este gran Don Ramón de las barbas de chivo,

Cuya sonrisa es la flor de su figura,

Parece un viejo dios altanero y esquivo,

Que se animase en la frialdad de su escultura:

El cobre de sus ojos por instantes fulgura

Y da una llama roja tras un ramo de olivo.

Tengo la sensación de que siento y que vivo

A su lado, una vida más intensa y más dura.

Participa como actor en obras teatrales como La comedia de las fieras, de Jacinto Benavente, o Los reyes en el destierro, adaptación de una novela de Alphonse Daudet. En 1899, en una discusión en el Café de la Montaña, el periodista Manuel Bueno le causa una herida en el brazo que termina gangrenándose y hace necesaria la amputación. Valle-Inclán ha entrado en la leyenda y su figura de dandi añade un elemento macabro, la falta de un brazo, que lo asemeja con Cervantes. Se convierte en el más raro de los raros, el más extravagante de su generación, y la rareza de su aspecto cuadra con la singularidad de su obra, con sus poemas y esperpentos, con Tirano banderas y La corte de los milagros. Liberado de la necesidad de aparentar normalidad, obligado por su aspecto a ser raro y extravagante, su prosa se hace música, inventa palabras y giros, se inspira en el habla de los gitanos y construye esa cima del teatro español que son los esperpentos.

Como Baudelaire, vive la bohemia literaria, en su caso la modernista, y supera en hambre y penurias al francés. Su casa es tan pequeña que es preciso subir las sillas con poleas para poder pasar. En Alma Española publica, en diciembre de 1903, una curiosa autobiografía. En Los Lunes del Imparcial empieza a publicar Sonata de otoño, con la primera aparición del marqués de Bradomín, «feo, católico y sentimental».

Las sonatas de otoño, estío, primavera e invierno, memorias ficticias del marqués de Bradomín, son la cumbre de la prosa modernista, una prosa que en muchas ocasiones se convierte en poesía, como en los pequeños poemas en prosa de Baudelaire. En 1906 estrena en el Teatro de la Princesa una obra basada en el protagonista de las sonatas, el Marqués de Bradomín. Forma parte del reparto Josefina Blanco, futura esposa del autor, con la que se casa en 1907. El matrimonio tiene tres hijos: Joaquín María (1914), Carlos Luis (1917) y Jaime (1921),

En 1908, Valle-Inclán inicia la publicación de su ciclo novelístico La guerra carlista. Sus simpatías por el carlismo no son sólo estéticas: en 1910 se presenta a diputado por el Partido Carlista, pero no obtiene escaño. Viaja a Argentina en 1910 con la compañía de teatro de García Ortega, en la que figura Josefina Blanco, y pronuncia algunas conferencias sobre la literatura española. Visitan Chile, Paraguay, Uruguay y Bolivia.

De regreso a España, escribe al rey solicitando la rehabilitación de los títulos de marquesado del Valle, vizcondado de Vieixin y señorío del Caramiñal. Sus peticiones no son atendidas. Como Baudelaire, combina la audacia literaria con el conservadurismo político, y en una época de revoluciones reivindica los valores de la aristocracia.

En 1927 inicia la publicación de un proyecto narrativo semejante a los Episodios Nacionales de Galdós. Se trata del ciclo El ruedo ibérico, que pretende narrar la historia de España desde el reinado de Isabel II hasta la época contemporánea al autor. Únicamente llega a escribir tres novelas de este ambicioso proyecto: La corte de los milagros (1927), Viva mi dueño (1928) y Baza de espadas (1932).

Se opone a la dictadura de Primo de Rivera y en 1927 participa en la creación de la Alianza Republicana. En 1929 es encerrado en la cárcel Modelo de Madrid por negarse a pagar una multa impuesta con motivo de unos incidentes ocurridos en el Palacio de la Música. Se presenta a diputado por La Coruña en las listas del Partido Radical de Alejandro Lerroux, sin salir elegido. En 1932, el gobierno de la República le nombra conservador del Patrimonio Artístico Nacional y director del Museo de Aranjuez, cargo del que dimite al poco tiempo. Elegido presidente del Ateneo de Madrid, dimite al no atenderse sus propuestas de reorganización. Otra dimisión, ésta estrictamente familiar: se divorcia de su esposa.

El dandi no se aplaca y en la última etapa de su vida simpatiza con lo más radical que encuentra, el comunismo. A iniciativa suya, en 1933 se reúne en el Ateneo de Madrid el Primer Congreso de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios y es nombrado presidente de honor de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética.

El 8 de marzo de 1933 es nombrado director de la Escuela de Bellas Artes de Roma. Esta vez no dimite y se mantendrá en el cargo poco más de un año, con penurias inadecuadas a su cargo. En marzo de 1935 se retira a Santiago de Compostela, ingresando en una clínica, donde muere de cáncer el 5 de enero de 1936, tras negarse a recibir auxilio religioso. Es sepultado al día siguiente, en una modesta ceremonia civil.

Los paraísos artificiales

El sentido común nos dice que las cosas de la tierra existen sólo escasamente, y que la verdadera realidad está únicamente en los sueños. Para digerir tanto la felicidad natural cuanto la artificial, es ante todo necesario tener el valor de tragarla; y quienes fuesen merecedores de la felicidad son justamente aquellos a quienes la felicidad, tal como la conciben los mortales, les ha hecho siempre el efecto de un vomitivo.

Al no considerar sino el placer inmediato, el hombre, sin preocuparse por violar las leyes de su constitución, ha buscado en la ciencia física, en la farmacéutica, en los licores más groseros, en los más sutiles perfumes, bajo todos los climas y en todas las épocas, los medios para huir, aunque sólo fuese por algunas horas, de su habitáculo de fango (...) de esta suerte, el hombre ha querido crear el paraíso mediante fármacos y bebidas fermentadas, como un maníaco que sustituyese sólidos muebles y verdaderos jardines por decoraciones pintadas en tela y montadas sobre bastidores.

Que las gentes del mundo y los ignorantes, curiosos por conocer placeres excepcionales, sepan, por tanto, que no encontrarán en el hachís nada milagroso, absolutamente nada más que lo natural en exceso. El cerebro y el organismo, sobre los cuales opera el hachís, sólo producirán sus habituales fenómenos individuales, aumentados, sin duda, en lo que atañe al número y a la energía, pero siempre fieles a su origen. El hombre no escapará de la fatalidad de su temperamento físico y moral; respecto de las impresiones y los pensamientos familiares del hombre, el hachís será un espejo que aumenta, pero un mero espejo.

¿Habré de añadir que el hachís, como todos los juegos solitarios, hace que el individuo sea inútil para los hombres y que la sociedad resulte superflua para el individuo, impulsándole a admirarse constantemente a sí mismo y precipitándole día tras día hacia el abismo luminoso en el que admira su rostro de Narciso? (...) Quien haya recurrido a un veneno para pensar, muy pronto no podrá pensar sin veneno. ¿Podemos figurarnos la espantosa suerte de una imaginación paralizada, incapaz de funcionar sin la ayuda del hachís o del opio?

Retrato anónimo de Baudelaire a la edad de 35 años.

La atracción de lo vulgar: Jeanne Duval

Baudelaire abandonó el hogar paterno y llevó una vida bohemia y disipada. Se encuentra como pez en el agua en los bajos fondos, los teatros y los prostíbulos. Conoce a aventureras y prostitutas, aunque nunca abandonará sus tendencias homosexuales. En 1843 conoce a Jeanne Duval, una mulata sin ningún atractivo especial, una persona vulgar que seduce a Baudelaire precisamente por su vulgaridad. El artista exquisito enamorado de una meretriz, el burgués que huye de la burguesía para ser secuestrado por una mujer vulgar. La seducción de la feminidad en su aspecto más prosaico. Un tema inmortal que ha dejado una relación inolvidable: Swann y Odette en algunas de las mejores páginas de En busca del tiempo perdido.

Jeanne Duval era una actriz mulata que representaba un papel secundario en un vodevil del Teatro Partenón. A pesar de su vulgaridad, de las frecuentes desavenencias y peleas y de las infidelidades de la mulata, Baudelaire jamás romperá con ella y permanecerá unido a esta mujer sin atributos, que desempeñará un papel fundamental en la vida del poeta, y también en su obra, inspirándole algunos de sus mejores poemas: «Perfume exótico», «La cabellera», «Te adoro igual que a la bóveda nocturna», «Meterías al universo entero en tu callejuela», «Sed non satiata», «Con sus ropas ondulantes y nacaradas», «La serpiente que danza», «El vampiro», «Remordimiento póstumo», «El gato», «Duellum», «El balcón», «Un fantasma», «Te doy estos versos para que si mi nombre», «Canción de primeras horas de la tarde», «El bello navío», «La invitación al viaje» y «La Beatriz».

Jeanne Duval fue retratada al óleo por Eduard Manet en 1862. Museo de Bellas Artes de Budapest.

Dos poemas «narcóticos» de Valle-Inclán

La Pipa de Kif

Mis sentidos tornan a ser infantiles,

Tiene el mundo una gracia matinal,

Mis sentidos como gayos tamboriles

Cantan en la entraña del azul cristal.

Con rítmicos saltos plenos de alegría,

Cabalga en el humo de mi pipa Puk,

Su risa en la entraña délfica del día

Mueve el ritmo órfico amado de Gluk.

Alumbran mi copta conciencia hipostática

Las míticas luces de un indio avatar,

Que muda mi vieja sonrisa socrática

En la risa joven del Numen solar.

Divino penacho de la frente triste,

En mi pipa el humo de su grito azul,

Mi sangre gozosa claridad asiste

Si quemo la verde Yerba de Estambul.

Voluta de humo, vágula cimera,

Tú eres en mi frente la última ilusión

De aquella riente, niña Primavera

Que movió a rosa de mi corazón.

(...)

El ritmo del orbe en mi ritmo asumo,

Cuando por ti quemo la Pipa de Kif,

Y llegas mecida en la onda del humo

Azul, que te evoca como un «leit-motif».

Tu luz es la esencia del canto que invoca

La aurora vestida de rosado tul,

El divino canto que no tiene boca

Y el amor provoca con su voz azul.

¡Encendida rosa! ¡Encendido toro!

¡Encendidos números que rimó Platón!

¡Encendidas normas por donde va el coro

Del mundo: Está el mundo en mi corazón!

Rosa del sanatorio

Bajo la sensación del cloroformo

Me hacen temblar con alarido interno,

La luz de acuario de un jardín moderno,

Y el amarillo olor del yodoformo.

Cubista, futurista y estridente,

Por el caos febril de la modorra

Vuela la sensación, que al fin se borra,

Verde mosca, zumbándome en la frente.

Pasa mis nervios, con gozoso frío,

El arco de lunático violín,

De un si bemol transparente pío

Tiembla en la luz acuaria del jardín.

Y va mi barca por el ancho río

Que separa un confín de otro confín.

El autor de Luces de bohemia, retratado con su habitual aspecto de dandi en 1920.

Las luengas barbas fueron uno de los signos de identidad de Valle-Inclán.

Valle-Inclán, con sombrero y sus habituales barbas, posa junto a otros socios del Ateneo de Madrid.

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