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Vol. 25. Núm. 4.
Páginas 86-91 (Abril 2006)
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La homeopatía
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Juan Esteva de Sagreraa
a Facultad de Farmacia. Universidad de Barcelona.
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Interpretación histórica de un debate interminable

La homeopatía es la única teoría terapéutica del siglo xviii que sigue vigente, una reliquia de la medicina anterior a la introducción del método experimental en farmacología y fisiología por Claude Bernard. Sus elevadas diluciones no contienen moléculas y se consideran más potentes cuanto más diluidas. La historia de la farmacia sitúa la homeopatía en su entorno simbólico y metafísico, lo que le permite, junto con la realidad de sus curaciones, resistir todas las críticas que le dirige la medicina oficial.

Hasta que Claude Bernard publicó su Introducción a la medicina experimental, la medicina se había basado en concepciones simbólicas, metafísicas o filosóficas, un conjunto de teorías que se disputaban entre sí la verdad y que se descalificaban con argumentos, no con pruebas. La homeopatía es la última de esas teorías, y se formula a finales del siglo xviii y principios del siglo xix, en las antesalas de la teoría microbiana, la teoría celular, la teoría atómica, la teoría de la evolución y el positivismo.

Última en llegar, sigue viva, y goza de excelente salud, en parte alimentada por sus propios detractores.

Vitalismo

El vitalismo era, en el siglo xviii, una de las maneras habituales de explicar la enfermedad. El vitalismo ha sido una constante en la historia de la biología y, aunque ha sido expulsado del pensamiento científico, ha reaparecido con fuerza en las nuevas terapias aglutinadas en torno a la ideología de la Nueva Era. Según Samuel Hahnemann, la fuerza vital «sostiene todas la partes del organismo en una admirable armonía vital». El organismo depende por completo de esa fuerza: «Desde el momento en que le falta la fuerza vital, no puede sentir, ni obrar, ni hacer cosa alguna para su propia conservación». El origen de las enfermedades es el debilitamiento o la pérdida de la armonía de esa fuerza: «Sólo la fuerza vital desarmonizada es la que produce las enfermedades (...) Por lo mismo, la curación tiene por condición y supone necesariamente que la fuerza vital esté restablecida en su integridad y que el organismo entero haya vuelto al estado de salud».

Vis Natura Medicatrix

En el siglo xviii, la homeopatía fue muy bien acogida por muchos médicos y pacientes, que vieron en ella una alternativa a una medicina agresiva, con grandes expectativas pero muy pocos resultados. Hahnemann fue considerado un reformador de la medicina, un hombre que la había despojado de sus errores para encontrar el sendero acertado. Para sus seguidores era más que un médico y les parecía un profeta o un santo, un mesías de la medicina. La homeopatía partía con cierta ventaja: sus medicamentos eran inofensivos y ya sólo por eso podían competir con los remedios oficiales, ineficaces pero, además, dañinos. Por otra parte, se había extendido entre los enfermos y los médicos la idea de que la enfermedad no tenía tratamiento, de que era mejor no hacer nada, inhibirse, dejar actuar a la naturaleza. Los médicos padecían un gran desprestigio, en buena parte por los remedios que empleaban: las sangrías, sanguijuelas, eméticos, los mercuriales y las dietas debilitantes. Se llegó a tal punto que algunos médicos desembocaron en el nihilismo terapéutico y afirmaron que «la mejor medicina consiste en no hacer nada».

Hahnemann sostuvo que el organismo posee un principio o energía vital, inspirándose en el arqueo de Paracelso, un autor con el que tiene muchas similitudes. La función de la energía vital es regular el organismo proporcionándole la capacidad natural de autocuración. Es lo que Hahnemann denomina Natura Medicatrix. Cuando esta energía vital se desequilibra, el organismo enferma. Según Hahnemann, bastaría un pequeño impulso para activar el proceso de autocuración del enfermo, por lo que el medicamento ideal sería aquel capaz de potenciar la tendencia natural del organismo a la curación, no el que la violente y le imponga una terapéutica ajena a las fuerzas curativas y reparadoras del organismo. Es una idea con reminiscencias poéticas que, tras la decadencia experimentada en el siglo xix, ha reaparecido con fuerza a mediados del siglo xx, vinculada a las ideas sobre el naturismo, las energías curativas, el vegetarianismo, la psicología humanista y los tratados de autoayuda.

La homeopatía partía con cierta ventaja: sus medicamentos eran inofensivos y ya sólo por eso podían competir con los remedios oficiales, ineficaces pero además dañinos

Desde la perspectiva de Hahnemann, la etiología de las enfermedades carece de importancia. De poco servirá conocer las causas de la enfermedad, ya que su origen reside en un desequilibrio de la energía vital del enfermo y la curación sólo puede obtenerse restableciendo ese equilibrio. Según Hahnemman, «no hay necesidad de atascarse en argumentos metafísicos o escolásticos acerca de la insondable causa primera de la enfermedad, ese caballo de batalla del racionalista». Lo que hay que hacer es saber qué medicamento es capaz de guiar al organismo de modo que resulte fortalecida su debilitada energía vital. Para elegir un remedio hay que saber cómo se ha producido el desequilibrio de la Natura Medicatrix, que viene determinado exclusivamente por los síntomas de la enfermedad. Por ello, dos enfermos con idénticos síntomas deben ser tratados de la misma manera, aunque las causas de sus enfermedades sean distintas. Algo similar hacían los galenistas, que consideraban los síntomas que para nosotros son enfermedades diferentes como desequilibrios de los cuatro humores, que curaban con remedios cálidos, fríos, secos o húmedos. Un remedio cálido combatía todos los síntomas fríos, no importa de qué enfermedad ni en qué órgano se localizasen. Del mismo modo, para Hahnemann lo importante son los síntomas y fortalecer la fuerza vital, de modo que un mismo medicamento es elegido para combatir lo que para la medicina actual son enfermedades diferentes no relacionadas entre sí. Desde esta perspectiva, la homeopatía es una terapéutica muy antigua, una reliquia procedente de la época en que el organismo se explicaba utilizando conceptos extraídos de la filosofía, con un desconocimiento total del funcionamiento del organismo. Es una terapéutica característica del siglo xviii, anterior a Claude Bernard, a Pasteur, Koch, Ehrlich y Fleming, incompatible con la bioquímica y la genética, pero que sin embargo, sigue ocupando un lugar en la terapéutica, un lugar muy consolidado del que nada indica que pueda ser desplazada a corto o medio plazo.

Placebos más atención personalizada, ésa es la ecuación que resume la idea que de la homeopatía tienen los médicos que no creen en ella

¿Leyes o suposiciones?

Según los homeópatas, su terapéutica se basa en una serie de leyes, pero sus detractores replican diciendo que una ley, para merecer tal nombre, debe haber sido probada experimentalmente, y que nadie ha probado jamás las leyes en que se basa la homeopatía. La peculiar naturaleza de la terapéutica homeopática, basada en la curación individual de cada enfermo después de una asistencia personalizada que sólo cura a ese enfermo concreto, pero no a los demás, permite a los homeópatas afirmar que sus leyes se cumplen en la práctica clínica pero no fuera de ella y que, por tanto, no se le pueden aplicar los criterios exigibles a las demás leyes, un razonamiento que es considerado un sofisma por parte de quienes ven en la homeopatía una seudomedicina, un sistema basado en suposiciones nunca demostradas, que administra placebos a sus enfermos, coadyuvando a la acción benéfica de éstos con una asistencia humanizada y personalizada. Placebos más atención personalizada, ésa es la ecuación que resume la idea que de la homeopatía tienen los médicos que no creen en ella.

Los principios de la homeopatía son una serie de afirmaciones que, según los homeópatas, se cumplen exclusivamente en sus consultorios. Según ellos, siguiendo a Hahnemann, su maestro, la mayoría de las enfermedades son causadas por un desorden infeccioso llamado «psora»; la vida es debida a una fuerza espiritual que es responsable de la salud del cuerpo; toda sustancia capaz de provocar ciertos síntomas en el hombre sano es capaz de curarlos en el hombre enfermo; para curar una enfermedad es necesario utilizar una sustancia medicinal capaz de originar sus mismos síntomas (Ley de la Analogía); las sustancias curativas son tanto más efectivas cuanto más diluidas se encuentran, dilución que debe realizarse para potenciar la actividad de los medicamentos (Ley de las Diluciones Infinitesimales).

Lo que para los homeópatas es evidente y razonable, es un despropósito para sus detractores, que consideran los principios de Hahnemann una serie de afirmaciones sin sentido, que contradicen abiertamente los principios de la física, la química, la farmacología y la enfermedad.

La somatización del malestar

La homeopatía sostiene que los síntomas que provoca una sustancia tóxica en una persona sana pueden ser curados por un remedio preparado con la misma sustancia tóxica, siguiendo el principio similia similibus curantur («lo similar se cura con lo similar»). Hay que tener en cuenta que el concepto homeopático de enfermedad difiere del de la medicina convencional. Sostiene que la raíz del mal es espiritual en vez de física, y que el malestar se manifiesta primero con síntomas emocionales, como ansiedad y aversiones, pasando a ser, si no se tratan adecuadamente, síntomas mentales, desórdenes de conducta y, por último, trastornos físicos. Así, una infección no es debida a una invasión microbiana, sino al debilitamiento de la fuerza vital que ha hecho posible que el cuerpo sucumbiese ante el microbio patógeno.

La Materia Médica Pura de los homeópatas es un listado de síntomas asociados a sustancias, redactado empíricamente mediante ensayos homeopáticos. El investigador bebe una dosis tóxica de una sustancia y anota todos los síntomas físicos, mentales, emocionales y de comportamiento que presenta. El repertorio homeopático es un listado de remedios y síntomas recopilado según este procedimiento empírico y utilizado para determinar el remedio más apropiado para cada caso. Cuando James Tyler Kent publicó su repertorio en 1905, recogió 700 remedios. En la actualidad se usan cerca de 3.000.

¿Dónde están las moléculas?

Los médicos homeópatas han de responder a una pregunta incómoda: si sus diluciones no contienen moléculas, ¿cómo pueden tener algún tipo de actividad? Hahnemann no sabía que estaba excediendo el límite de dilución, porque no conocía el número de Avogadro, una constante física que hace posible calcular el número de moléculas que hay en una cantidad de masa de sustancia. A partir de determinadas diluciones desaparecen las moléculas en la solución. A los partidarios de la homeopatía, sin embargo, les preocupa poco enfrentarse al número de Avogadro y aceptan la evidencia de que no hay ninguna molécula en sus medicamentos, pero que el líquido «recuerda» la sustancia tras el proceso de dilución. Toda la farmacología --y no sólo la farmacología-- tiene una base molecular, y sin moléculas no puede explicarse ningún fenómeno, por eso es preciso hablar de un «recuerdo molecular» conseguido gracias a la enérgica dinamización, que pone en contacto íntimo las moléculas entre sí. Para el historiador, es un argumento muy parecido al de los flogicistas que explicaban la combustión como expulsión al aire del flogisto, por lo que, según ellos, la oxidación hacía que el aire se dilatase (cuando, en realidad, se contrae) y que el óxido pesase menos por haber desprendido flogisto (cuando pesa más, por haber añadido oxígeno). Los detractores del flogisto demostraron que el óxido pesa más que el metal antes de oxidarse y que, consecuentemente, no podía haber perdido flogisto. La respuesta de los flogicistas no se hizo esperar: el flogisto tenía peso negativo y al desprenderlo se gana peso.

El punto de vista del historiador

La medicina oficial ha lanzado contra los homeópatas todo tipo de descalificaciones, sin que la homeopatía se haya resentido. Antes al contrario, los medicamentos homeopáticos han ganado prestigio y reconocimiento, la homeopatía se introduce lentamente en las instituciones universitarias y profesionales, la Unión Europea concede a los remedios homeopáticos la consideración de medicamentos legales y ha diseñado para ellos una normativa específica, a la medida de sus características. Ante cada acusación o prueba en contra, el homeópata responde con la vieja frase: «haberlas haylas», es decir, mis pacientes se curan. El historiador no está en condiciones de resolver el debate, pero sí de plantearlo en términos que lo hacen comprensible: la homeopatía es una terapéutica anterior a la introducción del método experimental en medicina, basada en una serie de principios relacionados con el vitalismo y la idea de la salud como armonía. Sus orígenes son muy remotos: existe una homeopatía prehahnemanniana, la teoría de las señales, según la cual la forma de las plantas indica su acción terapéutica. La homeopatía se inscribe en un nivel simbólico, lo que le permite no ser erosionada por los ataques de la medicina oficial. La homeopatía sagrada, estudiada hasta la saciedad por Frazer, es uno de los grandes mitos de la humanidad y forma parte de su inconsciente colectivo: lo semejante ayuda a lo semejante, el causante del mal lo cura, el mundo se divide en partes que se tienen odio (hostilidad) que hay que evitar, y partes que se tienen afinidad (amor) que hay que frecuentar. Para esta cosmovisión, el mundo es un universo cifrado de signos, señales que el terapeuta debe interpretar; el racionalismo no agota la realidad y existe en el organismo, como parte del cosmos, una tendencia a la armonía, al orden, a la salud, unos secretos inaccesibles para la ciencia que Hahnemann descubrió y que seguirán vigentes indefinidamente, porque son leyes universales más allá de toda comprobación experimental. La homeopatía es una doctrina del siglo xviii que tiene sus raíces en mecanismos simbólicos omnipresentes en la terapéutica arcaica y también en el hipocratismo, el galenismo y el paracelsismo. Su gran acierto estratégico, y quizá también su mayor defecto metodológico, es emplear diluciones que convierten sus medicamentos en placebos, y cualquier experimentador sabe que no es fácil superar la respuesta terapéutica de los placebos. Para el historiador, la homeopatía es una doctrina más de cuantas aplicaron los símbolos, la metafísica y la filosofía a la terapéutica, y habría desaparecido como todas ellas si no utilizara placebos.

¿Existen los alópatas?

Los partidarios de la homeopatía critican frecuentemente la medicina científica y oficial, a la que califican de «alopática» en oposición a su terapéutica por similares. El término «alopática» procede de contraponerla al término «homeopática» y supone una generalización de los planteamientos en que se basa la homeopatía.

Para los homeópatas, sólo existen dos formas de atacar una enfermedad: «por simpatía», mediante aquello que se orienta en la misma dirección que la dolencia, y «por antipatía», mediante aquello que se opone al mal directamente. Su opción es curar con lo mismo (homeo significa «igual»), y afirman que la medicina oficial opta por curar con lo contrario (alos significa «distinto»). Los detractores de la homeopatía, considerados alópatas por los homeópatas, rechazan ese calificativo y niegan que curen por contrarios. Argumentan que una hepatitis, la diabetes o un tumor maligno no se curan por contrarios, sino administrando el fármaco que interfiere la reacción causante de la enfermedad; en ese sentido, hablar de cura por similares o por contrarios es irrelevante. El mecanismo de acción se ajusta al origen de la enfermedad, pero no recurre sistemáticamente a la cura por contrarios. Desde ese punto de vista, la alopatía es una invención de los homeópatas, una ficción.

Samuel Hahnemann.

Dinamización

Incluso los homeópatas reconocen que en sus medicamentos no hay moléculas, que las diluciones son de tal magnitud que allí, aparentemente, no hay sustancia activa. Como a pesar de ello siguen utilizando esos remedios, y como siguen curando a muchos pacientes que acuden voluntariamente a sus consultas en todo el mundo, fue preciso acuñar las nociones de dinamización y memorización de las sustancias activas para explicar y justificar que actúen como medicamentos fórmulas en las que están ausentes los principios activos que justificarían su acción. La única explicación lógica que podía encontrarse al hecho de que esos medicamentos extraordinariamente diluidos curasen es que en el proceso de dilución del principio activo el medio en el que se diluía éste, que suele ser agua, fuera capaz de «memorizar» las características del agente activo, pero evitando su toxicidad. Para que el tratamiento fuera más eficaz se necesitaría agitar vigorosamente el preparado durante su proceso de dilución, de manera que todas las moléculas del disolvente entren en contacto con la sustancia activa. La dinamización exige la intensa agitación del preparado y que el proceso se realice en sucesivas fases de dilución 1:10 o 1:100; es decir, disolviendo sucesivamente una parte de la mezcla original en 10 o 100 partes de disolvente respectivamente, repitiendo a continuación el proceso. El número de repeticiones efectuadas determina la potencia de la disolución, en decimales (o centesimales) hahnemannianos: DH (o CH).

Para el historiador, la homeopatía es una doctrina más de cuantas aplicaron los símbolos, la metafísica y la filosofía a la terapéutica, y habría desaparecido como todas ellas si no utilizara placebos

La defensa de los homeópatas

Acostumbrados a ser atacados por los médicos oficiales y a que éstos los consideren supersticiosos e irracionales, los homeópatas contraatacan argumentando que únicamente su terapia ataca la causa profunda de la enfermedad, mientras que la medicina alopática u oficial es meramente sintomática. Es así, sostienen, porque la verdadera causa de las enfermedades es un desequilibrio en la energía vital, desconocida para la medicina oficial, que, por tanto, no puede curar, sino sólo aliviar, y a la que los homeópatas hacen responsable de iatrogenizar a los enfermos, de intoxicarlos con medicamentos usados erróneamente.

Los adversarios de la homeopatía afirman que los homeópatas son dañinos, porque administran placebos a enfermos que precisarían un medicamento; los homeópatas sostienen que los alópatas, llevados de su ignorancia sobre las leyes de la terapéutica, intoxican a los enfermos con dosis erróneas, excesivamente altas, de sustancias elegidas de forma desacertada. Es un debate interminable, con posiciones enfrentadas que se descalifican mutuamente de forma global, por lo que el acuerdo parece imposible. Se trata de dos sistemas incompatibles, y uno de ellos habrá de imponerse al otro demostrando la falsedad de su oponente.

Aunque los homeópatas están en evidente desventaja, no se desmoralizan y afirman que el tiempo acabará dándoles la razón. Para sus detractores, es una prueba más del carácter religioso, sectario y mágico de los homeópatas. El enfrentamiento se complica si se tiene en cuenta que no es un debate entre médicos y aficionados, sino entre médicos, pues los homeópatas son licenciados en medicina como lo son sus detractores.

Título de medicina homeopática extendido por la Universidad de Sofía (Bulgaria).

Diluye, que algo queda

La preparación de los remedios homeopáticos, conocida como dinamización o potenciación, consiste en una serie de diluciones seguidas de agitaciones. Se cree que la vigorosa agitación que sigue a cada dilución transfiere parte de la esencia espiritual de la sustancia al agua. El factor de dilución de cada etapa es de 1:10 o de 1:100, aunque recientemente se han realizado potencias DM (factor de dilución de 1:50.000 en cada etapa).

La elección de la potencia prescrita depende de si la enfermedad diagnosticada está muy asentada, siendo 12 el punto de partida para males agudos y 30 para los crónicos. El factor de dilución se considera mucho menos importante que el número de diluciones sucesivas.

La homeopatía considera que sus remedios son más potentes cuanto más diluidos están. La potencia se define como un número, de modo que cuanto más alto sea el número, la dilución es mayor. Es una afirmación que se opone a la bioquímica, para la cual cuanto más ingrediente activo hay en un medicamento mayor es su efecto, positivo o negativo.

Los detractores de la homeopatía afirman que las sustancias homeopáticas están tan diluidas que no contienen la sustancia diluida, que no hay moléculas del fármaco en las diluciones más «potentes». Los defensores de la homeopatía dicen que el mecanismo es irrelevante, porque funciona.

El reto del millón de dólares

James Randi, un mago y escapista canadiense conocido por su labor para desenmascarar los presupuestos parapsicológicos, ofreció un premio de un millón de dólares a la persona que demostrase la existencia de algo sobrenatural o paranormal. El millón de dólares también fue ofrecido para quien pudiera demostrar, por el mecanismo que creyera conveniente, la diferencia entre el agua normal y cualquier remedio homeopático de su elección.

El programa científico de la BBC Horizon financió una prueba de homeopatía para intentar hacerse con el premio. Se probaron dos soluciones, una de agua y un tratamiento homeopático, para establecer si producían algún efecto biológico. La solución homeopática no produjo efecto alguno que no fuera achacable al azar y la homeopatía perdió el desafío y el millón de dólares ofrecido por James Randi.

James Randi

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