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Vol. 22. Núm. 7.
Páginas 93-98 (Julio 2003)
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La farmacia a través de la literatura
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Juan Esteva de Sagreraa
a Facultad de Farmacia de Barcelona.
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Las fuentes de información que permiten la reconstrucción de la historia de la farmacia son los documentos, los libros, folletos y artículos, la tradición oral y la literatura. Esta última proporciona datos complementarios a los de la historiografía oficial y permite ampliar el punto de vista del observador y acceder a una realidad muchas veces silenciada u oculta.

Si sólo se dispusiese de la literatura para reconstruir la historia de la farmacia faltarían infinidad de datos, entre ellos la historia interna de la materia como parte de la historia del desarrollo del pensamiento científico y de los avances tecnológicos. La literatura actúa a otro nivel y constituye una valiosa fuente de información que complementa y matiza la información suministrada por los especialistas, que proporcionan una información sesgada por su propia intervención en los hechos. Claro está que los escritores mienten, que los novelistas son unos grandes mentirosos, pero también lo hacen los especialistas, a sabiendas o creyendo que dicen la verdad. Son dos versiones complementarias, el anverso y el reverso de una misma moneda.

Es habitual que los técnicos y científicos cultiven una visión en exceso optimista y apologética, y ahí es cuando surge la literatura para poner las cosa en su sitio y ofrecer una visión más completa, no sólo la del especialista sino también la del usuario, la del paciente, la del que sufre los tratamientos empleados por los especialistas.

TODOS SATISFECHOS, MENOS LOS PACIENTES

Los médicos de la antigüedad clásica eran notoriamente ineficaces. Sus recursos terapéuticos eran escasos y estaban lastrados por teorías erróneas, como el humoralismo. La asistencia médica era insuficiente e ineficaz, los medicamentos eran caros y poco seguros y eficaces, la farmacología se basaba en una serie de cálculos matemáticos sobre los grados de calor, sequedad, frialdad y humedad, y se aplicaban con frecuencia tratamientos molestos y perjudiciales como las sangrías y las escarificaciones. Pese a estas deficiencias, si el historiador lee los textos de medicina se encontrará con unos profesionales engreídos y satisfechos, convencidos de estar practicando una medicina difícilmente superable, que unos siglos después fue completamente abandonada y que hoy sólo es válida como material de reconstrucción histórica. La autocomplacencia de los profesionales debe ser contrastada con la opinión de los pacientes que fueron tratados por los médicos con escaso éxito. El problema es que no se dispone de fuentes de información sobre la opinión de esos enfermos, ni se tienen estadísticas sobre los tratamientos y sus curaciones. En esas condiciones, hay que recurrir a las fuentes complementarias --entre ellas, la literatura-- para saber qué pasaba realmente en la calle, qué opinión tenían los enfermos de esa medicina satisfecha de sí misma, que parece modélica si sólo se atiende a la opinión de los profesionales.

La pervivencia de los ritos de Asclepio en la época del hipocratismo y del galenismo indica que la difusión y los éxitos de la medicina oficial eran menores de lo que podría parecer de atender exclusivamente a la opinión de los profesionales de las ciencias médicas. La población seguía yendo a los templos de Asclepio para participar en los ritos de curación onírica, en los que el dios se aparecía a los enfermos en sueños y les curaba. Los miles de exvotos encontrados son el más claro testimonio de que a pesar del discurso técnico de los hipocráticos y de otras escuelas médicas, la población seguía fiel a los postulados de una medicina creencial, entre otras razones por la ineficacia de la medicina de los médicos. Miles de enfermos acudían a los templos de Asclepio, no a los médicos, y este solo hecho basta para corregir sustancialmente la visión que se ofrece de la medicina y de la farmacia de ese período, visión en la que predomina absolutamente el discurso técnico y en la que los aspectos creenciales desempeñan un papel anecdótico. Y sin embargo, Asclepio siguió siendo el médico de la mayoría de la población, mientras que los profesionales de las ciencias de la salud desempeñaron un papel muchas veces minoritario, pues ni siquiera había suficientes profesionales para atender a la totalidad de la población, caso de que ésta hubiese requerido sus servicios.

LA OPINIÓN DE LOS ESCRITORES

La literatura de los clásicos griegos y romanos nos ofrece una visión nada profesional pero más ajustada a la realidad vivida por los ciudadanos. Los textos satíricos de Luciano de Samosata muestran que las masas seguían siendo crédulas e ignorantes y que las supersticiones distaban mucho de haber sido erradicadas entre las capas cultas de la sociedad. El historiador de la farmacia lee a Celso y cree encontrarse en una Roma culta, sabia y desarrollada, pero lee a Luciano y se encuentra la realidad de la calle, la ignorancia de los enfermos, su credulidad, así como las opiniones erróneas de los médicos, de los que Luciano se burla.

El siglo xix es la época de la industrialización de la farmacia, del positivismo, de Claude Bernard, de Pasteur y Koch, de la introducción de los alcaloides, anestésicos, analgésicos y antisépticos, del darwinismo, de la teoría celular y de la teoría atómica. Todo eso impresiona al historiador, y con razón, pero le impresiona más si lee a los protagonistas de esos hechos, a los químicos, biólogos, médicos y farmacéuticos que si pulsa la opinión de la calle, si lee los periódicos o las novelas de Flaubert y Chéjov. La introducción del cloruro cálcico como antiséptico contra las fiebres puerperales realizada por Semmelweis no es sólo una parte de la historia de la ciencia, es también un capítulo de la incomprensión y de la sinrazón humana, y ese aspecto se evidencia mejor en la novela de Céline que en los estudios realizados por los historiadores de la ciencia. Los avances existieron, pero han sido seleccionados por los historiadores, que ofrecen una visión de la ciencia del siglo xix más racional y lineal de lo que fue en realidad. La investigación del historiador contribuye a dotar de orden, sentido y continuidad a unos hechos que fueron confusos y contradictorios, y por eso precisamente son ininteligibles hasta que el historiador los ordena.

La literatura tiene la ventaja de proporcionar una visión más crítica, ajena al pensamiento científico, que refleja mejor lo que ocurrió, aunque no sepa cómo interpretarlo, tarea que sigue correspondiendo a los historiadores. En pleno auge del positivismo, Flaubert escribe Bouvard y Pécuchet, una sátira del progreso: dos botarates juegan a científicos, dos burgueses ilustrados se las dan de progresistas y elaboran un discurso hueco y vacío, y contribuyen, en palabras del propio Flaubert, a la difusión del «palurdismo universal». Flaubert se documentó exhaustivamente, leyó cuanto se había escrito sobre las diferentes ciencias de su siglo y ofreció una visión devastadora de cada disciplina, evidenciando sus contradicciones y absurdos. Frente a una visión ordenada e idílica de la ciencia positivista, Bouvard y Pécuchet, en su torpe credulidad, desnudan a la ciencia y la muestran caótica, formada por conocimientos incoherentes, contradictorios e imposibles de verificar.

A medida que pretenden divulgar la ciencia, Bouvard y Pécuchet la destruyen, al mostrar, sin advertirlo, el cúmulo de errores y opiniones contradictorias sobre los que se sustenta. Avanzan como un ejército demoledor destruyendo cuanto exponen con el mayor entusiasmo y se convierten en contrapeso del discurso progresista y optimista del positivismo. ¿Exageraba Flaubert? Es muy posible, aunque los datos que maneja son fidedignos, pero también exageraban Comte y los demás positivistas al sostener que la ciencia permitiría crear una sociedad que fuera a la vez próspera y fraterna. El novelista suele ser un desencantado, un hombre con poca fe, y por ello su opinión es muy valiosa para corregir los excesivos entusiasmos de ideólogos, reformadores y científicos, siempre proclives a anunciar edenes que luego no se materializan, a proponer sociedades paradisíacas que más tarde se convierten en infiernos.

DISCIPLINA UNIVERSITARIA

Los historiadores de la farmacia construyen su disciplina a partir de la metodología que se enseña en las universidades, con la que ordenan y estudian un material que en buena parte procede de esa misma institución, la universidad. Es una disciplina universitaria, con todo lo que esto supone, para bien y para mal. Los escritores están al margen de la universidad y suministran otro punto de vista, el de la calle, el del estudiante incluso, pero nunca el del catedrático, el del rector, el de los órganos de gobierno de la universidad. El historiador está manejando continuamente documentos y textos surgidos de la universidad, modulados por el discurso universitario, pero el enfermo no es un profesor ni un alumno, sino un señor de la calle, que acude al médico para que le cure, y que más tarde va a la farmacia para adquirir el remedio a sus males. Todo eso es muy prosaico y no encaja bien con un discurso centrado en el saber, la cultura, la ciencia y la universalidad, de modo que hay, una vez más, un corte entre lo que se enseña y lo que se hace, entre la medicina que se aprende en las aulas y la que disfrutan y padecen los usuarios, los enfermos, entre la farmacia como ciencia y la farmacia como práctica profesional, entre el medicamento ennoblecido por la universidad y el medicamento, mucho más humilde, que se vende en las farmacias y que el enfermo tiene en su mesita de noche, al alcance de su mano, por si acaso.

La universidad es una institución compleja, en la que no todo es serio y honorable. Si se escribe su historia basándose en sus documentos y textos internos, se la deforma y se adquiere una visión ideal, alejada de una realidad construida por seres humanos, con sus errores, codicias, intrigas y ambiciones, con sus tonterías y limitaciones. Esa otra visión de la universidad no se encuentra en los libros, se ha perdido, y sólo se puede recuperar con la tradición oral, que también acaba por perderse, y con la literatura cuando un escritor de mérito escribe sobre la universidad.

Josep Pla escribió mucho, y lo hizo con su habitual desenfado, sobre sus recuerdos universitarios. Algunas de las mejores y más divertidas páginas de El quadern gris están dedicadas a la universidad. Incluso el inicio del libro hace una referencia a la vida universitaria: «Como hay tanta gripe, han tenido que clausurar la Universidad. Desde entonces, mi hermano y yo vivimos en casa, en Palafrugell, con la familia. Somos dos estudiantes parados». Ese paro contribuyó, de forma decisiva, a que Pla alumbrase la idea de escribir un diario, El quadern gris, de modo que la obra de Pla le debe mucho a la universidad, al cierre de la universidad. Cuando estaba abierta, en cambio, no entusiasmaba mucho a Pla, quien ha dejado escrito sobre la universidad el juicio más contundente y negativo que conozco: «A veces pienso que si los obreros, los comerciantes, los industriales, los payeses, los banqueros, fuesen en el trabajo, en la industria, en la banca, en la tierra, como los profesores de la Universidad, todo quedaría detenido y parado. El mundo se detendría en seco».

Acaso las mejores páginas de Pla estén dedicadas a sus recuerdos de la universidad. Su descripción de la vida universitaria no tiene desperdicio y, exageraciones aparte, es un buen contrapunto a cualquier historia que se realice sobre la universidad de esa época. La historia oficial de la institución debería ser confrontada con la descripción de Pla para situar las cosas en su sitio, probablemente en el término medio. Las biografías de Vila i Vendrell y de Vila i Nadal o la historia de las asignaturas de Química General y Mineralogía y Botánica no debieran omitir las burlonas y desternillantes observaciones de Pla, sobre todo en lo que concierne a las excursiones protagonizadas por Vila i Vendrell y sus discípulos en busca de plantas y minerales. Se trata del reverso de la vida académica, es cierto, pero ésta, como todo, tiene dos caras, no sólo la oficial, el anverso. Y Pla estuvo siempre de parte del reverso, de la otra cara, la oculta, aquella de la que nadie habla, de la que, por prudencia pero también por pudibundez, parece mejor callar.

CARA Y CRUZ DE LA FARMACIA DEL BARROCO

Abramos los textos de farmacia, los recetarios y las farmacopeas, consultemos los documentos sobre las actividades de los Colegios de Boticarios. Todo parece estar en orden, al menos en relativo orden. Todo es serio, riguroso, metódico. Leemos las obras de Vélez de Arciniega, Luis de Oviedo y Gerónimo Pierola, y nos llevamos una grata impresión. La farmacia ha sido declarada una actividad científica, los boticarios realizan una contribución decisiva al avance de la botánica y de la química. Parece que estemos en el mejor de los mundos, que los enfermos gozaron de una farmacia ejemplar. Pero demos un paso más. Indaguemos en la seguridad y eficacia de los medicamentos utilizados. El entusiasmo empieza a desvanecerse. Confrontemos esa farmacia científica con los miles de manuscritos de farmacia doméstica y popular. El campo de observación se enturbia. Finalmente, leemos a Quevedo, Los sueños de Quevedo. Lo que era orden se convierte en caos. Los boticarios son la prueba de toque para ir al infierno, pues basta seguirles para desembocar en el Averno. Todos se condenan, por estafadores y embaucadores. Ellos son los verdaderos alquimistas, porque convierten las heces de sus recetas, que nada curan, en el oro que cobran a los enfermos. Allí están los boticarios junto a los alquimistas, y con ellos los médicos, los notarios, los alguaciles. Es el mundo por dentro, y Quevedo aprovecha fingir que está soñando para decir lo que de verdad piensa, y no es el único, sobre los profesionales de su tiempo, sobre cuantos atesoran los conocimientos y la información, entre ellos los médicos y los boticarios. Los describe como homicidas, y son los boticarios los que suministran la artillería a los galenos, que con sus recetas matan y diezman a la población. ¿Exageraba Quevedo como siglos después exageró Flaubert? Seguramente, pero no está solo en sus críticas. Léase a Montaigne, a Molière, a Cervantes, a Gracián, y también a Bustos de Olmedilla. Todos ofrecen la misma visión, casi esperpéntica, de unos médicos que alardean de su saber pero no curan, de unos boticarios que venden a precio de oro unas medicinas inmundas, de unos medicamentos que no alivian, de unos enfermos que prefieren no acudir al médico, porque le temen y prefieren intentar curarse por sí mismos. Es la opinión de los mejores novelistas, y su voz no es baladí. Lo que ellos escribieron lo pensaban muchos, y lo leyeron miles de personas. Influyó en los criterios de los ciudadanos más que los textos técnicos, que sólo fueron leídos por los especialistas que compartían la misma formación e idénticos intereses y puntos de vista.

La literatura, en resumen, ofrece una versión más humana y realista que la información procedente de los protagonistas de la historia de la farmacia. Cada época tiene su contrapunto. Galeno ha de lidiar con Luciano de Samosata, como Sócrates ha de soportar la visión satírica de Aristófanes. La farmacia del Barroco ha de digerir a Quevedo, como el positivismo a Flaubert. Puede escribirse una historia de la farmacia a partir de la información suministrada por el Libro de Job, Edipo Rey, Luciano de Samosata, Quevedo, Montaigne, Cervantes, Gracián, Molière, Flaubert, Chéjov, Proust, Svevo, Mann, Camus y Harold Brodkey. Una historia de la farmacia que sería la misma de la que hablan los documentos y los libros técnicos, pero que también sería diferente, más cercana, más real y frágil, menos especializada. Más humana y humilde, expuesta desde el punto de vista del usuario, el enfermo, no del profesional, los médicos y farmacéuticos.

CHÉJOV, FLAUBERT Y LA FARMACIA

El paradigma del boticario positivista del siglo xix no es un boticario real, de carne y hueso, sino un personaje literario, el inefable Homais de Madame Bovary. Él ha contribuido, más que ningún farmacéutico real, a configurar el imaginario farmacéutico de los lectores, de las personas de la calle. Lo mismo puede decirse de Andrei Efímych, el médico protagonista de El pabellón número seis de Chéjov, una obra que gira por completo alrededor de la enfermedad, de los enfermos, de la imposibilidad de curar y de las repercusiones que este hecho tiene en los profesionales. Andrei Efímych, como Chéjov, era un hombre bueno, aunque sin demasiado carácter. Ejerce la medicina en un hospital ruso rural, en condiciones lamentables. El hospital está dejado de la mano de Dios en una época en que Pasteur y Koch ya han hecho sus contribuciones. Lo mejor que se podría hacer con el hospital, dice Chéjov, es cerrarlo. En esas condiciones lamentables ejerce su profesión un buen hombre, Andrei Efímych, que se ve obligado a refugiarse en el estoicismo. Necesita justificarse a sí mismo. Es igual estar sano que enfermo. Los sanos también son desgraciados. La vida es dolor y sufrimiento. La enfermedad es una anécdota, el hombre ha venido al mundo a sufrir. Esta visión desencantada y defensiva se estrella contra la realidad del alienado Iván Dimitrich, un hombre vital que ama la libertad, que quiere gozar de la vida, que prefiere estar sano a enfermo, libre que recluido en el pabellón de alienados. Efímych habla con el alienado, se deja contagiar levemente por sus puntos de vista y el drama se desencadena. Es juzgado sospechoso, se le considera incapacitado para ejercer la profesión, se le califica de alienado y se le interna en el pabellón junto a sus anteriores pacientes, con lo que un médico ambicioso, Evgueni Fedórych Jóbotov, le sustituye en el cargo.

Una vez internado, Efímych se da cuenta de que sus condiciones son penosas y pide un mejor trato, pide que le dejen salir, afirma, como los alienados antes, que él está sano. Nadie le hace caso e Iván Dimitrich le recrimina su anterior estoicismo. Efímych muere y es enterrado. Lo ha destrozado la realidad de un ejercicio médico que nada tiene que ver con lo que se enseña en las facultades de medicina, con lo que se lee en los manuales técnicos, ni siquiera con la medicina más tarde descrita en los textos del siglo xix, más atentos a describir el progreso que la decepción. ¿Exageraba Chéjov? Quizá, pero él no fue sólo novelista, también fue médico. Ejerció la medicina y se tomó tan en serio su profesión como para viajar a Sajalín, al infierno de su penitenciaría, y dejar escrito, más tarde, un libro desgarrador por su realismo, por su total falta de literatura. En ese texto técnico, el médico Chéjov describe la misma miseria moral, el mismo fracaso de la medicina que describió más tarde, de forma novelada, en El pabellón número seis. Su texto sobre Sajalín ha pasado bastante desapercibido. El pabellón número seis ha sido leído por miles de lectores. Es la misma realidad, difícil de vislumbrar entre los tratados técnicos y evidente en la literatura, allí donde el autor puede, como Quevedo en Los sueños, apretar el acelerador a fondo e ir, sin concesiones, donde palpita la realidad de la historia de la farmacia y de la enfermedad: en los padecimientos de los enfermos más que en las disertaciones, a veces sabias, en ocasiones necias, de los médicos y farmacéuticos.

La literatura, como conclusión, es una valiosa fuente de información para los historiadores de la farmacia. Estos han de discernir muy cuidadosamente entre esa información, para diferenciar lo verdadero de lo falso, pero no en mayor proporción de lo que ya están habituados a hacer cuando se enfrentan a la información proporcionada por los documentos y los textos de medicina y farmacia.

Más allá del bien y del mal

El Criticón, de Baltasar Gracián

Y es de advertir que donde hay más doctores, hay más dolores. Esto dice de ellos la ojeriza común, pero engáñase en la venganza vulgar, porque yo tengo por cierto que del médico nadie puede decir bien ni mal; no antes de ponerse en sus manos, porque aún no tiene experiencia; no después, porque no tiene ya vida.

Remedios espurios

El sueño de las calaveras, de Francisco de Quevedo

Sólo se lo estorbó aquel médico que dije que, forzado de los que se lo habían traído, aparecieron él, un boticario y un barbero, a los cuales dijo un verdugo que tenía las copias:

­ Ante este doctor han pasado los más difuntos, con ayuda de este boticario y barbero, y a ellos se les debe gran parte deste día.

Alegó un procurador por el boticario que daba de balde a los pobres; pero dijo un verdugo que hallaba por su cuenta que habían sido más dañosos dos botes de su tienda que diez mil de pica en la guerra, porque todas sus medicinas eran espurias, y que con esta había hecho liga con una peste y había destruido dos lugares.

Nomenclatura botánica

Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert

Para iniciarse en la historia natural intentaron algunos paseos científicos.

­ ¿Ves? --decían, mostrando un asno, un caballo, un buey--. Los animales de cuatro patas se llaman cuadrúpedos. Generalmente los pájaros presentan plumas, los reptiles escamas, y las mariposas pertenecen a la clase de los insectos.

Tenían una red para cazarlas, y Pécuchet, sujetando al animalito con delicadeza, les hacía observar las cuatro alas, las dos antenas, y su trompa, con la que liba el néctar de las flores.

Cogía hierbas medicinales en el borde de las zanjas, indicaba sus nombres, y, cuando no los sabía, los inventaba para mantener su prestigio. Además, la nomenclatura es lo menos importante de la botánica.

¿Arsenal terapéutico?

La isla de Sajalín, Antón Chéjov

En lo que se refiere al inventario de los hospitales, había en las tres enfermerías: un juego de material ginecológico; un juego de laringoscopios, dos termómetros de máxima, ambos rotos; nueve termómetros «para la medición de la temperatura corporal», dos de ellos rotos; un termómetro «para la medición de las temperaturas elevadas»; tres jeringas, una con la aguja rota; 29 jeringuillas de estaño; nueve tijeras, dos de ellas rotas; 34 tubos de enemas; un tubo de drenaje; un mortero grande con su mazo (agrietado); un afilón de barbero, 14 ventosas.

Vidita de boticario

El cuaderno gris, de Josep Pla

Metido en una bata de color paja, el farmacéutico Almeda se pasea delante de su establecimiento en el Carrer de Cavallers. Con su voz nasal --mientras pasa un pañuelo blanco por los cristales de las gafas-- me dice:

­ Imagínese que el otro día entra una niña en la farmacia. «¿Qué quieres, nena?», le digo. «La mamá me ha dicho que me dé diez céntimos de colcrem.» «¿Diez céntimos de colcrem?» «Sí señor, diez céntimos de colcrem.» «¡Diez céntimos de colcrem! ¿Quieres que te lo ponga en dos cajitas, mona?» «¡Sí señor, sí, ya lo creo!» Le pongo el colcrem en dos cajitas y las envuelvo en papel fino. «La mamá me ha dicho ­-dice la nena en el momento de alargar la mano para coger las cajitas-- que mañana pasará a pagarlo.» «Muy bien, nena, muy bien».

El señor Almeda queda un momento pensativo, y después dice, entre conformado y displicente:

­ Ésta es la vidita que hacemos los boticarios en estos pueblecitos, ¿comprende?

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