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Vol. 26. Núm. 6.
Páginas 102-104 (Junio 2007)
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Enfermedades cardiovasculares
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Sandra Torradesa
a Bióloga.
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Retos para detener una epidemia silenciosa

Las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte en los países desarrollados. Los retos que se plantean los expertos de todo el mundo para detener el avance de lo que consideran ya una epidemia van en 4 direcciones: la prevención, el diagnóstico, el tratamiento y la investigación. En este artículo, la autora revisa algunas de las nuevas perspectivas en el tratamiento de las enfermedades del sistema cardiovascular.

Desplazarse en coche o moto, comer demasiada carne, fumar, realizar un trabajo sedentario, el estrés, la falta de ejercicio y determinados genes, son una mala combinación para la salud de nuestro sistema cardiovascular. Es imprescindible que asumamos nuestra responsabilidad en lo que respecta a nuestra salud. Aún así, es difícil que nos preocupemos por una enfermedad, muchas veces silenciosa, y que puede afectarnos en el plazo de unos años. Pronto podremos conocer mejor el estado real de nuestro sistema cardiovascular y el uso que hagamos de esta información marcará la diferencia entre morir a los 65 años o disfrutar de una vejez larga.

Hace 50 años, los factores de riesgo de las cardiopatías solían conducir a una muerte prematura. En las últimas décadas, los fármacos como las estatinas, las intervenciones quirúrgicas, como la angioplastia y el bypass, y la modificación de algunos hábitos, las pueden mantener bajo control. Sin embargo, todo ello es insuficiente.

Muchas de las enfermedades cardíacas son silenciosas. El 50% de los varones y el 64% de las mujeres mueren a causa de una cardiopatía de forma súbita, sin previo aviso. Los expertos creen que es fundamental determinar el riesgo lo antes posible y de forma precisa. En esta línea, es imprescindible conocer quién y por qué puede tener un infarto. Parte de la respuesta está en nuestros genes.

Rastrear el genoma humano, con el fin de conocer los genes involucrados en las cardiopatías, y desarrollar una prueba rutinaria en la que se pueda calcular la sensibilidad genética de una persona, puede ser definitivo en el control de estas enfermedades.

Conociendo nuestra predisposición genética, la revisión de los hábitos del paciente, el peso, la presión sanguínea y los valores de colesterol, entre otros factores de riesgo conocidos, los médicos podrán determinar de forma más precisa y convincente, qué pacientes necesitan un tratamiento farmacológico con estatinas, qué pacientes necesitan sólo hacer más ejercicio, o qué pacientes tienen que cambiar de forma definitiva su estilo de vida antes de que se produzca un episodio cardiovascular.

Proyectos prioritarios en investigación cardiovascular

Por ahora, los proyectos prioritarios en investigación cardiovascular son, según el prestigioso cardiólogo y presidente de la Asociación Mundial de Cardiología, Valentín Fuster, «la inmunobiología vascular, la genómica y el trasplante de tejidos y organogénesis». El Dr. Fuster asegura que en los próximos años el área de inmunobiología vascular va a revisar y cambiar la terminología empleada para referirse a determinados conceptos fisiopatológicos conocidos, ya que la investigación en este campo permitirá profundizar en muchos procesos. Así, por ejemplo, el término «aterosclerosis» se ha sustituido por el de «aterotrombosis», mucho más exacto en la denominación de este proceso.

Tradicionalmente, se consideraba que la aterosclerosis era un simple proceso de acumulación de lípidos en la pared arterial. Actualmente, se sabe que se trata de un proceso inflamatorio mucho más complejo donde una serie de agentes, como las citocinas, las enzimas proteolíticas y los factores de crecimiento, desempeñan un papel crítico en las lesiones que se producen en las arterias.

El concepto de «placa vulnerable» va a sustituirse por el de «placa de alto riesgo». Anteriormente, los infartos se atribuían a la formación de depósitos de colesterol en la pared arterial de los pacientes con valores altos de colesterol. Se pensaba que estos depósitos causaban un estrechamiento gradual de las arterias coronarias y, en último término, su bloqueo. Sin embargo, se ha constatado que muchos pacientes que fallecían a causa de un infarto sólo tenían pequeñas formaciones de placas y ningún estrechamiento de las arterias coronarias y, en su lugar, se había producido una formación rápida de un trombo, o coágulo sanguíneo, encima de una placa alterada, lo que había bloqueado finalmente la arteria. Buscando una explicación para este fenómeno, los investigadores han constatado, durante estos últimos años, que además de los depósitos de placas de colesterol en las arterias coronarias y carótidas también se produce inflamación. La placa inflamada se puede romper súbitamente y causar una trombosis. Hoy estas placas se conocen como placas de alto riesgo.

Otro concepto que se ha introducido recientemente es el de «factores de riesgo sanguíneos». Tal como indica su nombre, son factores de riesgo que se encuentran en la sangre de pacientes diabéticos, fumadores o con elevados índices de colesterol y que aumentan la trombogenicidad de la sangre. Los pacientes que presentan este tipo de riesgos pueden tener un infarto sin que se produzcan roturas de placas ni placas de alto riesgo.

Finalmente, también, se ha introducido el concepto de «paciente de alto riesgo», que se define como aquel paciente que puede identificarse fácilmente con las nuevas técnicas de imagen, como la resonancia magnética y los marcadores circulantes, y ambas permitirán la caracterización estructural y molecular de las lesiones ateroscleróticas.

Otro de los proyectos prioritarios en la investigación cardiovascular es la genómica. Conocer el perfil genético de un individuo permitirá identificar su susceptibilidad a presentar determinadas enfermedades cardiovasculares.

La enfermedad cardíaca es multigénica, es decir, intervienen múltiples genes. Por este motivo, la caracterización de los genes involucrados en su desarrollo es un campo de investigación extraordinariamente complejo.

Entre las decenas de genes que pueden estar implicados en estos procesos, cada uno puede afectar en 1% al riesgo total de un individuo. Sin embargo, factores externos, como la dieta o el ejercicio, pueden modificar este nivel de riesgo.

Se conocen algunos genes que tienen una clara implicación con el riesgo cardiovascular, como el gen de la apolipoproteína E (ApoE), relacionado con valores altos de colesterol en sangre; el gen de la angiotensina I (AGT), relacionado con el riesgo de presentar hipertensión; el gen del plasminógeno activador inhibidor (PAI-1), vinculado al riesgo de infarto coronario, y la encima de conversión de la angiotensina (ACE), relacionado con el aumento de la presión arterial, entre otros. Actualmente, se pueden realizar test genéticos que detectan formas alteradas de estos genes. Conocer esta predisposición permite al paciente prevenir, mediante un tratamiento adecuado, la aparición de estos riesgos.

El conocimiento de los genes y su relación con la incidencia de las enfermedades también permitirá actuar con fármacos más específicos y apropiados gracias al desarrollo de una especialidad con mucho futuro, la farmacogenética.

En definitiva, la mejora principal que la genómica introducirá en el campo de las enfermedades cardiovasculares será conocer los genes que producen las alteraciones y que conducen a la enfermedad y la posibilidad de identificar a los pacientes que van a beneficiarse de determinados tratamientos. La hipercolesterolemia familiar, la miocardiopatía hipertrófica y ciertos tipos de arritmias son buenos ejemplos de ello.

El tercer campo de investigación cardiovascular es el transplante celular y la regeneración de tejidos mediante células madre. Se podrán utilizar este tipo de células para regenerar el miocardio infartado o fibrosado o, por ejemplo, regenerar válvulas cardíacas. Por el momento, la creación de tejido de válvulas de corazón evitaría al paciente tener que someterse a la implantación de válvulas artificiales que, en el caso de los niños, hay que cambiar conforme crecen y que en los adultos exige administrar fármacos durante toda la vida para prevenir complicaciones.

Conocer es prevenir

La mayoría de los expertos coinciden en que, por ahora, están tratando a pacientes, pero no están previniendo la enfermedad. De este modo, si son capaces de dar una información más exacta del riesgo que tiene un individuo a desarrollar un síndrome coronario agudo, tal vez puedan concienciar mejor al paciente para que adopte hábitos saludables y establecer estrategias terapéuticas adecuadas a las necesidades y los riesgos de cada uno.

El Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares, un organismo estatal del Ministerio de Sanidad y Consumo y del Instituto de Salud Carlos III, inaugurado el año pasado, se encarga de «transformar ciencia en salud cardiovascular». Para ello, la investigación biomédica en este centro pretende seguir un modelo de doble dirección que permita, por un lado, la aplicación de los conocimientos básicos al diagnóstico, tratamiento, pronóstico o prevención de las enfermedades cardiovasculares y, por otro lado, contribuir a responder a los interrogantes científicos que surgen de la práctica clínica diaria.

Algunas de las líneas de investigación son la biología vascular y la biología inflamatoria; la embriología o estudio del desarrollo de tejidos, y las técnicas de diagnóstico por imagen. Sin embargo, independientemente de los esfuerzos que están realizando los expertos para conocer mejor la realidad de las enfermedades cardiovasculares, es conveniente que seamos capaces de informarnos, más y mejor, sobre lo que nos conviene para poder llevar, con mayor acierto, las riendas sobre nuestra salud cardiovascular.

Factores de riesgo modificables para el infarto

La mayoría de los factores de riesgo cardiovascular son modificables y está en nuestras manos controlarlos. Una dieta sana, con frutas y verduras, pude disminuir el riesgo en un 30%. Además, es importante saber lo siguiente:

• La hipertensión casi triplica el riesgo en los varones y lo duplica en las mujeres.

• La obesidad abdominal casi duplica el riesgo.

• Una combinación inadecuada de colesterol bueno (HDL; lipoproteína de alta densidad) y malo (LDL; lipoproteína de baja densidad) puede cuadruplicar el riesgo.

• El estrés y la depresión duplican el riesgo.

• La falta de ejercicio aumenta el riesgo alrededor de un 20%.

• Fumar duplica el riesgo.


Bibliografía general

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