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Vol. 23. Núm. 10.
Páginas 64-67 (Noviembre 2004)
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Cambio climático
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J A. Valtueña
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Repercusiones sobre la salud humana

Mientras los científicos siguen discutiendo sobre la influencia de la acción humana en el cambio climático y los políticos dudan si tomar medidas drásticas para atajarlo, sus efectos ya se están empezando a notar en diferentes ámbitos de nuestra vida. Uno de los campos en que el cambio climático está teniendo una repercusión real es la salud, con ejemplos como la sobremortalidad estival, las enfermedades derivadas de la alteración de los ecosistemas y las carencias nutricionales que presentan las poblaciones desplazadas a causa de fenómenos climáticos extremos que arruinan las cosechas y desertizan el suelo.

Mientras redacto esta colaboración se está produciendo en España el implacable goteo de las defunciones en las que el excesivo calor es la causa desencadenante o coadyuvante, y ello en lugares tan paradisíacos y aparentemente tan exentos de ese riesgo como son las Islas Canarias. Es un fenómeno de especial trascendencia si se tiene en cuenta que los responsables de la Sanidad, tanto estatales como autonómicos, han advertido al comienzo del estío del riesgo que se avecinaba y han formulado útiles consejos respecto al modo de evitarlos.

Ahora bien, las preguntas que toda persona consciente debe plantearse son, entre otras, las siguientes: ¿Se trata de un fenómeno esporádico o de un calentamiento atmosférico persistente? Y, en particular, si se ha iniciado ese calentamiento, ¿puede hacerse algo útil para frenarlo?

Vivir en un invernadero

Desde que existe, la especie humana ha alterado los ecosistemas locales, pero desde que se inició la era industrial la escala de esas alteraciones ha sido cada vez mayor debido, en particular, al crecimiento demográfico, el creciente consumo de energía, la intensidad del uso del suelo, los viajes internacionales y otras actividades humanas. Todo ello está produciendo una acumulación en la atmósfera de los llamados gases de efecto invernadero, que frenan la evaporación terrestre y provocan una acumulación de calor, actuando del mismo modo que la techumbre de un invernadero. Esos gases son fundamentalmente 4: el dióxido de carbono, el metano, el óxido nitroso y el sulfopentafluoruro de trifluorometilo. Entre los 4, este último es motivo de especial inquietud, porque se desconoce su procedencia (se ha afirmado que provendría de experiencias militares secretas) y porque una molécula de este gas tiene un potencial de retención del calor 18.000 veces mayor que una molécula de CO2.

Durante el siglo xx, la temperatura media de la superficie terrestre aumentó en 0,6 ºC aproximadamente, pero es de destacar que el 66% de ese calentamiento se ha producido desde 1975. Según cálculos fidedignos de los climatólogos, esa elevación de la temperatura va a acelerarse durante el siglo xxi. El Panel Intergubernamental de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, integrado por especialistas de todo el mundo y creado en 1988, estima que el incremento de la temperatura registrado desde el decenio de 1970 excede el límite superior de la variabilidad natural histórica.

Por primera vez en la accidentada historia de la Humanidad asistimos a un cambio del clima propulsado por las actividades humanas. Hasta ahora, las modificaciones del clima global se habían producido de modo natural durante siglos o milenios, debido a la deriva de los continentes, los ciclos astronómicos, los cambios en la producción de energía solar y la actividad volcánica. Pero del mismo modo que el hombre asistió impotente e incluso presa de pavor a tales cambios, una parte importante de la Humanidad de nuestros días contempla el actual calentamiento con una mezcla de indiferencia y fatalismo que no presagia nada bueno. Sin embargo, como señalaba con acierto recientemente Jennifer Morgan, Directora del programa sobre el cambio climático del Fondo Mundial para la Naturaleza, con sede en Gland (Suiza): «Rara vez en la historia de la Humanidad han formulado los científicos advertencias tan terribles... y rara vez los países se han demorado tanto en afrontar una amenaza conocida».

Las acciones indispensables son poco populares y exigirán, por parte de los políticos, un esfuerzo de convencimiento que les costará aceptar, empeñados como están en las acciones a corto plazo que pueden conducirles a ganar las elecciones

Consecuencias para la salud

Conforme al mandato que recibieron en el momento de su creación, 3 organizaciones internacionales se están ocupando de los efectos que el calentamiento atmosférico puede provocar en la salud. Se trata de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el Programa de las Naciones Unidas para la el Medio Ambiente (PNUMA). Su colaboración originó recientemente el informe «Cambio climático y salud humana. Riesgos y respuestas», en el que se examinan de modo ponderado (huyendo de la negrura habitual en ciertos medios ecologistas y del color rosado que tratan de dar a la realidad determinados políticos), las dificultades planteadas y el modo de afrontarlas.

En términos generales, todo cambio climático repercute en la salud de tres modos distintos:

* Efectos relativamente directos provocados por las situaciones extremas de calor, como son las 15.000 defunciones atribuidas a la canícula del verano de 2003 en Francia (único efecto bienhechor: la dimisión por incompetente del director general de salud) o las 6.500 defunciones registradas en la población mayor de 65 años en España que, según un estudio de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria, debían considerarse como la sobremortalidad veraniega.

* Consecuencias para la salud de los procesos de cambio medioambiental y alteración ecológica que se producen como respuesta al cambio climático.

* Alteraciones de la salud en forma de traumatismos, infecciones, carencias nutricionales y daños psicológicos que aparecen en poblaciones desplazadas a causa de la dislocación económica provocada por la modificación del clima.

Resulta obviamente muy difícil cuantificar los resultados que ejercerá en la salud la continua acumulación de gases de efecto invernadero, pues la especie humana ha demostrado sobradamente su enorme capacidad de adaptación a condiciones desfavorables de existencia. De hecho, ya se están adoptando medidas higiénicas defensivas (restringir el ejercicio físico en las horas de más calor, tomar abundantes líquidos, reforzar los servicios hospitalarios de urgencia, instalar sistemas de acondicionamiento de aire), pero la experiencia prueba que las proyecciones pueden verse rebasadas por los hechos. En 1997, Kalkstein y Greene previeron que en 2050 se producirían de 500 a 1.000 defunciones en exceso en Nueva York durante el verano y de 100 a 250 en Detroit, cifras que han sido ampliamente rebasadas, casi 40 años antes, en París en el verano de 2003.

Las enfermedades que más fácilmente pueden agravarse o extenderse como consecuencia del calentamiento atmosférico son las siguientes:

Paludismo (malaria)

Confinado en la actualidad a las regiones tropicales y subtropicales, la sensibilidad de la enfermedad al clima se pone de manifiesto en su aparición en zonas desérticas y mesetarias, cuando el fenómeno climatológico El Niño provoca un aumento de la temperatura y la pluviosidad. Aunque es por ahora un fenómeno esporádico, el paludismo de aeropuerto (observado hasta ahora en Bruselas, Ginebra, Zurich, Nueva York y París) muestra evidentemente la acción del calentamiento atmosférico. Los anofeles procedentes de regiones tropicales, llegados a los aeropuertos de esas ciudades, morían nada más salir del avión que los transportó, mientras que en años recientes son capaces de sobrevivir y de infectar a una persona, como ha sucedido en Ginebra, a varios kilómetros de distancia.

En 1997, Kalkstein y Greene previeron que en 2050 se producirían de 500 a 1.000 defunciones en exceso en Nueva York durante el verano y de 100 a 250 en Detroit, cifras que han sido ampliamente rebasadas, casi 40 años antes, en París en el verano de 2003

Dengue

Es la arbovirosis más importante en la especie humana. Entre 1970 y 1995 se observó en el Pacífico meridional que la cifra anual de epidemias de dengue coincidía con la presencia de veranos más calurosos y húmedos, situación climatológica que será más frecuente al agravarse el calentamiento atmosférico. Se ha observado también que las temperaturas altas provocan una reducción del tamaño de las larvas de Aedes aegypti y, posteriormente, de los insectos adultos. Estos insectos de menor tamaño pican con más frecuencia para producir más huevos, lo que favorece obviamente la difusión de la enfermedad.

Enfermedades transmitidas por roedores y garrapatas

Estos vectores son extremadamente sensibles a los aumentos de la temperatura y de la pluviosidad, en particular, si la lluvia adopta un carácter torrencial. Las enfermedades que vehiculan son, concretamente, la encefalitis transmitida por garrapatas, la enfermedad de Lyme, la hantavirosis pulmonar, la leptospirosis, la tularemia y las virosis hemorrágicas.

Agravación de enfermedades preexistentes

La experiencia de los años 2003 y 2004 muestra que este problema va a ser la consecuencia más inmediata del calentamiento atmosférico. Dos fenómenos contribuyen de modo evidente a esta agravación: el continuo envejecimiento de la población y el constante aumento del número de personas que viven solas, carentes de un contexto familiar o social protector.

Difíciles soluciones

Como exponía con enorme lucidez en estas mismas páginas (Offarm 2002;21[9]:68-9) Javier Doménech, farmacéutico y especialista en tecnología ambiental, «el éxito de cualquier proyecto, sobre todo cuando es pionero, implica la suma de los esfuerzos de cada uno de los engranajes que forman el sistema». En este sentido, el farmacéutico está llamado a desempeñar una función primordial, en primer lugar, por la propia índole de su formación y, en segundo término, por la fluidez de su contacto con la población.

Todas las medidas encaminadas a reducir el efecto invernadero se centran en el cumplimiento del Protocolo de Kioto, elaborado en 1997 por los delegados de los principales países contaminantes del mundo con la presidencia del argentino Raúl Estrada. Los países signatarios del Protocolo de Kioto se comprometieron a reducir en el 5,2% las emisiones de CO2 durante el período 2008-2012, partiendo del nivel existente en 1995. A primera vista parece una disminución fácilmente alcanzable, pero de hecho se trata de invertir totalmente la tendencia al aumento observada en el mundo desde el comienzo de la era industrial. En el caso de España, el Protocolo de Kioto le autoriza un incremento del 15% en las emisiones de gases de efecto invernadero, teniendo en cuenta que nuestro país parte de un nivel más bajo de desarrollo económico que el resto de los países industrializados. Desafortunadamente, España ha superado ampliamente el incremento permitido llegando casi al 40%, lo que obliga a adoptar medidas enérgicas para dar marcha atrás a una evolución que por ahora parece imparable.

Las acciones indispensables son poco populares y exigirán, por parte de los políticos, un esfuerzo de convencimiento que les costará aceptar, empeñados como están en las acciones a corto plazo que pueden conducirles a ganar las elecciones (europeas, estatales, autonómicas y municipales) en las que están sumidos casi de continuo. Los sectores en los que han de incidir principalmente los ahorros energéticos son los siguientes:

Tráfico por carretera

Su constante aumento es, a largo e incluso a medio plazo, un auténtico suicidio económico. No se trata sólo de su importante contribución al aumento del CO2 en la atmósfera, sino del hecho incontrovertible de que se está utilizando un recurso que, según cálculos fidedignos, va a agotarse en un plazo de 40 a 50 años. Pese a estas previsiones, la vida de las poblaciones occidentales, y de las del Tercer Mundo que tratan de imitarlas, se basa cada vez más en el empleo de medios de desplazamiento privados.

Viviendas y oficinas

Consumen casi la tercera parte del gasto energético (en Australia se llega al 50%) y es, sin duda, un sector enormemente proclive a los ahorros, al depender éstos de las medidas impuestas por el gobierno. Según una directiva de la Unión Europea, que va a trasladarse a la práctica en España, podría obtenerse un ahorro energético equivalente al uso de 6,8 millones de toneladas de petróleo hasta 2012 y una reducción de emisiones de 40,2 millones de toneladas de CO2. Se trata, ante todo, de mejorar el aislamiento térmico de las viviendas y de optimizar el funcionamiento de las calderas de calefacción y de los sistemas de alumbrado.

Industria

Es el segundo consumidor de energía, después del transporte, pero también el que plantea más problemas. En los países desarrollados, las inversiones que requieren ciertas industrias para reducir las emisiones de CO2 son tan elevadas que les resulta más fácil deslocalizar y emigrar a un país del Tercer Mundo, donde todavía hay un fuerte potencial de aumento autorizado de la producción de CO2.

El enorme desafío que ahora se le plantea al personal sanitario que está en contacto con la población (médicos, farmacéuticos, enfermeros) es convencer de la necesidad de cambios de conducta. Como se ha demostrado recientemente respecto a la necesidad de protegerse contra la radiación ultravioleta para evitar el cáncer cutáneo y las cataratas, o bien de beber agua sin esperar a tener sed para afrontar la canícula, la tarea no es imposible. Lo importante es empezar ya.


Bibliografía general

50 Simple Things You Can Do To Save The Earth. Berkeley (California, EE.UU.): Earth Works Group, 1989.

Climate Change and Human Health. Risks and Responses. Ginebra. OMS, OMM, PNUMA, 2003.

Enciclopedia de la Ecología y la Salud. JA Valtueña. Madrid: Editorial Safeliz, 2002.

La OMM y los cambios climáticos. Ginebra: Organización Meteorológica Mundial, 1990.

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