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Vol. 26. Núm. 2.
Páginas 135-137 (Julio - Diciembre 2015)
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Emmanuel Carballo. Párrafos para un libro que no publicaré nunca. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2013.
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Gamaliel Valentín González
Facultad de Filosofía y Letras, unam
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El ojo crítico de Emmanuel Carballo (1929-2014), puesto sobre la vida cultural y literaria de México, supo reconocer lo perdurable de lo efímero. Sin proponérselo, a través de una obra diversa y de su labor como editor, él mismo fue forjando su propia trascendencia. El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes ha publicado Párrafos para un libro que no publicaré nunca dentro de su colección Memorias Mexicanas, libro que reúne 96 textos escritos entre 1953 y 2011. Curiosamente estos párrafos parten del año en el cual termina Ya nada es igual. Memorias (1929-1953), publicado anteriormente por el Fondo de Cultura Económica. A diferencia de este último, el propósito del volumen que nos ocupa no es el de reconstruir un pasado, no obstante lo logra. Este libro descubre al hombre en su labor crítica, íntima y hasta ociosa. El orden cronológico de los textos nos ubica ante una lectura azarosa conformada por entrevistas, reseñas, meros pensamientos, cartas, ensayos, etc., géneros diversos que no escapan a la límpida escritura del jalisciense.

La vida del autor se reconoce entre líneas mientras el tono de su discurso va cambiando. Primero es aventurado y luego cobra firmeza, se vuelve severo y autocrítico, se reconoce a sí mismo como autoridad y, a la vez, señala sus límites. Comienza con pequeñas apostillas que definen lo que para él significan algunos conceptos del mundo literario: “El nacionalismo en [la] literatura es como el aire, invisible de puro transparente”, dice. Comenta sobre el didactismo, el mimetismo, la cortesía y la furia. No pasa de largo su relación con Carlos Fuentes, con quien fundó, en 1955, la Revista Mexicana de Literatura, órgano que lo mismo se ganó detractores —por la crítica ejercida al estalinismo y a algunas expresiones defendidas por los partidos comunistas— que seguidores, por el entusiasmo con el cual se ponderaban los valores expresivos de autores como Agustín Yáñez, Juan Rulfo o José Revueltas.

El autor relata sus años en Guadalajara y su temprano interés por la literatura, mismo que lo dotó de una manera particular de escribir sobre cualquier tema, así lo demuestran las líneas que ocupa para hablar de los aficionados del fútbol y de la lucha libre. A lo largo de sus reflexiones también explica la genialidad de autores que afortunadamente hoy son materia de estudio, como Efrén Hernández y Julio Torri. Del primero destaca las atmósferas narrativas y las intromisiones psicológicas, lo llama “el cuentista más extraño del siglo xx”. Del segundo advierte que “anticipa entre nosotros a Franz Kafka y Jorge Luis Borges y prefigura las prosas castigadas y exactas de Juan José Arreola”. En otro de sus textos se atreve a enumerar un canon nacional en el que señala a José Joaquín Fernández de Lizardi, Emilio Rabasa, Ángel de Campo, Manuel Gutiérrez Nájera, Ramón López Velarde, José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes, José Gorostiza y Octavio Paz. Para cada uno de ellos tiene algo qué decir y criticar.

Por otro lado, Carballo advierte que el arte de la creación literaria pasa forzosamente por la técnica narrativa. A sabiendas de que el tono crítico “es el de la observación, nunca el del mandato”, su pluma se muestra cargada del rigor puntual de la experiencia, por eso desdeña a quienes, con afán de adquirir protagonismo a la sombra del escritor, simplemente se dedican a publicar artículos tremendistas, con más saña que objetividad. Este libro tiene, sin duda, un tono rijoso, con argumentos, y polémico en serio; nada le falta, contiene opiniones que mueven a la reflexión, como aquélla en donde propone que los best sellers —“obras amorfas, perecederas y a las que se pueden aplicar toda clase de denuestos”— son benefactores de la buena literatura, ya que abren, con el tiempo, campos de difusión a los novelistas serios. En otro lugar señala que la literatura está lejos del pueblo porque, además del alto precio de los libros, la escriben los burgueses, la editan los burgueses, la leen los burgueses y la critican los burgueses. “Todo queda en familia”, asevera Carballo.

Párrafos para un libro que no publicaré nunca es también el testimonio del esfuerzo editorial que Carballo consolidó en la editorial Diógenes, fundada junto con el español Rafael Giménez Siles en 1966, año en el cual el autor de Protagonistas de la literatura mexicana asumió una posición política antiimperialista. Aunque publicó a Fidel Castro, a los sandinistas y a los tupamaros, no dejó que lo político hiciera a un lado el tacto con la buena prosa, pues también publicó a escritores como Reynaldo Arenas, conocido crítico de la Revolución cubana. Igualmente llama la atención el interés que en los años sesenta mostró Carballo por la joven literatura experimental de la época, particularmente por la obra de Parménides García Saldaña, ya que no son pocos los textos en los que es elogiada. Dicho interés propició la separación entre Giménez Siles y Carballo, quien asumió la dirección de Diógenes hasta la década de los ochenta.

Este libro es el contrapunto entre la vida literaria de Emmanuel Carballo y la de “a pie”. Sus páginas nos llevan de una carta escrita al hijo, con el tono afectivo que sólo existe en el seno familiar, a otra dirigida a Seymour Menton, cuyo contenido expresa las firmes convicciones de quien la redacta. Ya en los últimos textos, correspondientes a sus últimos años de vida, Carballo recrea con nostalgia los días que pasó en compañía de sus amores de juventud y agradece también la presencia infaltable de su queridísima Beatriz Espejo.

Finalmente, el jalisciense rememora sus pasos por la ciudad de México y evoca las librerías que ya no existen en sus calles, donde adquirió libros que lo acompañaron desde entonces: “Esta ciudad fue la tumba de mis convicciones de joven provinciano y el trampolín que me impulsó a ser el que ahora soy”; “El paso de los años fue silenciando al poeta, al cuentista, al crítico omnipresente y beligerante e hizo que apareciera en primer plano el historiador y el memorialista”. Así, cual si de retales se tratase, la voz de uno de los críticos literarios más destacados de México durante el siglo pasado, zurce sus propias memorias. Cada parte es una variación de la misma imagen, y es en esto en lo que radica el valor del libro: refleja la vida de un hombre que vivió de y para la literatura mexicana a través de su trabajo. Trabajo que contiene la vida de otros hombres que forman parte importante de la cultura nacional.

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