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Investigaciones de Historia Económica - Economic History Research
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Vol. 14. Núm. 1.
Páginas 57-58 (Febrero 2018)
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Vol. 14. Núm. 1.
Páginas 57-58 (Febrero 2018)
Reseña
DOI: 10.1016/j.ihe.2016.07.010
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Kander, A., Malanima, P. y Warde, P. (2013): Power to the People. Energy in Europe over the Last Five Centuries, Princeton and Oxford: Princeton University Press, 457 pp., ISBN: 9780691168227.
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Isabel Bartolomé Rodríguez
Universidad de Sevilla, Sevilla, España
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Disfrutamos de una época en verdad ambiciosa. Pese a que el grueso de los documentos de trabajo publicados en los últimos años se constituya con aproximaciones de corto alcance temporal, su perfil sea local o exclusivamente metodológico, lo cierto es que el repaso de algunas de las grandes colecciones de Historia Económica, y en particular esta de Princeton, testimonia el afán de nuestros coetáneos por responder a las grandes cuestiones del crecimiento económico contemporáneo. Y este libro lo hace desde la perspectiva energética, muy transitada por los historiadores económicos y, en contraste, orillada por los teóricos del crecimiento económico contemporáneo.

Como se confirma en este volumen, la energía constituía hasta un 80% del producto total en las economías europeas de 1800, mientras que en la actualidad ronda entre un 5 y un 10%. En efecto, la energía ha ido a menos: aunque el consumo energético se haya multiplicado por 27 en el mismo período, el producto total lo ha hecho por 55. Esta circunstancia está detrás de que la mayoría de los análisis y contabilizaciones sobre el crecimiento económico contemporáneo no incorpore la energía. O bien se considera que su impacto tuvo que ser necesariamente pequeño, por su progresivo abaratamiento, o bien que una eventual carestía futura se eludirá, como en el pasado, gracias al cambio tecnológico. El ambicioso objetivo inicial del libro es atajar esta premisa comúnmente admitida y demostrar que antaño la escasez sí supuso una restricción efectiva al crecimiento económico y que el nivel de sus precios puede elevarse en el futuro. Nuestra experiencia reciente viene condicionada por una elevada tasa de retorno de la inversión energética (EROI) que puede variar y, además, toda transición energética es siempre muy costosa. Se aporta un modelo de contabilidad del crecimiento que incorpora la energía (apéndice A), que se asienta sobre los resultados de un proyecto de muy largo recorrido que culmina con la publicación de este libro y de una base de datos que se remonta a 1800, que agrega energías tradicionales y modernas para ocho países europeos1.

La disponibilidad de energía ha afectado a los precios relativos del capital y del trabajo en cada territorio, prefigurando en buena medida su estructura económica hasta 1950. Dicho esto, que nadie piense que sus autores consideran la energía como la palanca del desarrollo contemporáneo, como hicieron Ayres y Warr (2009). Su perspectiva no es alternativa a los paradigmas económicos predominantes, como las ambientalistas, más bien proponen una aproximación complementaria, tanto con la literatura económica general sobre crecimiento económico como con respecto a sus precedentes más específicamente energéticos. En este sentido, bebe en los estudios muy documentados de Fouquet (2008), que compendió las transformaciones en el consumo energético, y las historias de la producción energética de Smil (1994). Sin embargo, el libro dialoga con Mokyr (2009), McCloskey (2006) y con Allen (2009), cuyos discursos procura integrar en el suyo propio. Y polemiza abiertamente con aquellos que han mermado la importancia de las transiciones energéticas, como el propio Crafts (1985), o del carbón, como Clark y Jacks (2007) o Kunnas y Myllyntaus (2009).

El escollo de integrar teoría e historia económica se sortea conjugando partes expresamente analíticas —dos capítulos iniciales y el final, aparte los apéndices— con aquellas más narrativas, que se dividen en tres bloques. En la parte teórica, de raigambre sueca, se considera toda energía que tenga un coste de oportunidad alternativo, de modo que se agregan los combustibles e inanimadas, pero también el alimento humano y del ganado. Como eje del discurso, se retoma la paradoja clásica de Jevons desde la perspectiva de los efectos rebote de la aplicación de nuevas tecnologías energéticas, con etapas sucesivas de intensificación y ahorro de consumo energético en contraposición a las ganancias en eficiencia. Así, aunque la energía haya ido a menos, la eficiencia energética solo se ha duplicado en los últimos 200 años y la desmaterialización/decarbonización energética continúa siendo uno de los graves problemas pendientes en nuestras economías. La parte narrativa, de tradición anglosajona, hunde sus raíces en los hallazgos de Wrigley, aunque se adopte el rígido esquema inicial de los development-blocks de Schön: la energía se considera un factor más alrededor de los grandes macroinventos, incluidas las instituciones.

En mi opinión, el mayor atractivo del volumen obedece a que los tres especialistas encargados de la parte narrativa —Malanima para las economías preindustriales, Warde para la I Revolución industrial y Kander para la II y la III— dejan claramente su impronta en los capítulos respectivos. Así, los capítulos del 3 al 9 se pueden leer de seguido como un relato actualizado y sistemático de la historia económica europea desde el siglo xv, con particular énfasis en los aspectos energéticos, pero sin excluir otros.

Malanima analiza concienzudamente las restricciones energéticas a que se sometían las economías preindustriales, exiguo consumo total e imposibilidad de concentrar potencia en un punto concreto, excepto en la orilla de los ríos. Conjuga aquí su hipótesis sobre la escasez de suelo en las economías orgánicas, incluso en aquellas avanzadas, con el énfasis de Allen respecto al afán ahorrador de trabajo de la industrialización inglesa. Malanima insiste en que con anterioridad a la Revolución industrial el consumo de carbón para usos domésticos era crecido, así como la práctica de cultivos intensivos o la búsqueda de tierras de colonización. Estas alternativas a la escasez de tierra vivida en la Isla durante la Edad Moderna facilitarían luego el buen acceso a los mercados internos e internacionales y la disponibilidad de primeras materias. El uso generalizado de carbón antecedió y acompañó la industrialización británica, pero esta no habría sido tal sin el incentivo al ahorro de trabajo manufacturero en el que insiste Robert Allen.

El carbón sigue protagonizando los capítulos encomendados a Warde. El mineral, pese a que a lo que algunos neoambientalistas suponen, fue de veras significativo durante la transición industrial sin menoscabo de la máquina de vapor. Warde insiste de modo revelador en la complementariedad ineludible entre el uso del vapor y el drenaje de las minas de carbón. Ambos sectores se complementaron y no habrían sido el uno sin el otro. Solo a finales del siglo xix las máquinas de vapor llegaron a ser tan eficientes como los animales de labor (entre un 10 y un 15%), pero los esclavos mecánicos eran no solo más flexibles, sino que concentraban una potencia mayor que ningún otro convertidor energético, convirtiéndose mucho antes en imprescindibles. Los usos domésticos del carbón se ampliaron, con una difusión más amplia del confort en el hogar, aunque fuera en el transporte cuando el uso del vapor fue un fenómeno continental. De una geografía puntillista, con predominio de los usos del mineral a bocamina, se pasó a los mercados continentales y a la especialización regional. El transporte alentó las migraciones, la coordinación horaria, el comercio europeo y luego intercontinental, aunque no erradicara la diferencia entre un centro intensamente consumidor de energía, y de carbón en particular; de un sur de Europa, con menor ingreso per cápita, cuya intensidad energética incluso disminuyó a la largo del siglo xix. La indivisibilidad entre el uso del vapor y la intensificación de las inversiones de capital entrañaba que el coste del carbón continuara siendo una variable relevante en esta transición energética que sustituía trabajo y energías tradicionales por capital y carbón.

La tercera parte del volumen corresponde a Astrid Kander. En su opinión, a partir de 1870 la dotación natural de combustibles dejó de ser un factor diversificador territorial relevante. Al contrario, el nuevo bloque de la electricidad y el petróleo, energías que destacan por sus calidades insustituibles, difuminó paulatinamente las ventajas que para las zonas productoras tuvo el mineral, que había protegido naturalmente a las industrias infantiles europeas. La divergencia en ingreso entre territorios dotados o no dotados de carbón apreciable en la Europa del siglo xix se tornó en convergencia en aquella consumidora de petróleo del siglo xx, aunque los actuales países productores no hayan podido aprovechar su ventaja con el derrumbe de los costes del transporte de crudo. Aparte las sucesivas invenciones asociadas a estas dos nuevas energías y las tecnologías de la comunicación de la III Revolución tecnológica, la autora se concentra en descomponer el impacto de las nuevas energías sobre el crecimiento económico en el siglo xx y en la controversia sobre la decarbonización y/o deslocalización de las externalidades negativas asociadas a la última revolución tecnológica. Según sus hallazgos, la aportación de la energía es singular y contabilizable, y el sesgo de las tecnologías de la comunicación hacia una economía de servicios, una manufactura más ligera y al ahorro energético reciente en muchas ramas de actividad ha logrado más que un desplazamiento de las actividades contaminantes, una auténtica aunque ligera decarbonización. Pese a estos hallazgos, Kander insiste en evitar toda visión determinística de la energía en el devenir económico del siglo xx.

El libro constituye un esfuerzo colectivo, de equipo, con un esquema semejante y una conceptualización explícita y común, pero cada una de las partes de narrativa conserva marcas evidentes de su autoría. Así, no sigue el hilo comenzado por Malanima respecto a la comparación con Oriente. Entre la primera y la segunda parte se deberían haber evitado algunas reiteraciones, pese a la maestría de ambos autores por tratar de desgranar los usos del carbón antes y después de la máquina de vapor. Y la tercera parte, formalizada y muy informada, adolece, sin embargo, de un exceso de focalización en la experiencia nórdica. Nada de esto empaña los logros de este empeño singular y mesurado que, de seguro, nos empodera a sus lectores como historiadores económicos.

Bibliografía
[Allen, 2009]
R. Allen.
The British Industrial Revolution in Global Perspective.
Cambridge University Press, (2009),
[Ayres y Warr, 2009]
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Edward Elgar Publishing, (2009),
[Clark y Jacks, 2007]
G. Clark, D. Jacks.
Coal and the Industrial Revolution 1700-1869.
European Review of Economic History, 11 (2007), pp. 39-72
[Crafts, 1985]
N. Crafts.
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Clarendon, (1985),
[Fouquet, 2008]
R. Fouquet.
Heat. Power and Light: Revolutions in Energy Services.
Edward Elgar Publishing, (2008),
[Kunnas y Myllyntaus, 2009]
Kunnas, J.T. Myllyntaus.
Postponed leap in carbon dioxide emissions: The impact of energy efficiency, fuel choices and industrial structure on the Finnish economy, 1800-2005.
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[McCloskey, 2006]
D. McCloskey.
The Bourgeois Virtues. Ethics for an Age of Commerce.
Chicago University Press, (2006),
[Mokyr, 2009]
J. Mokyr.
The Enlightened Economy. An Economic History of Britain 1700-1850.
Yale University Press, (2009),
[Smil, 1994]
V. Smil.
Energy in World History.
Westview Press, (1994),
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