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Investigaciones de Historia Económica - Economic History Research
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Vol. 12. Núm. 1.
Páginas 57-58 (Febrero 2016)
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Vol. 12. Núm. 1.
Páginas 57-58 (Febrero 2016)
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DOI: 10.1016/j.ihe.2015.03.012
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Carmen Erro Gasca. El empresario fotógrafo. José Ortiz Echagüe (1886-1980). Madrid, EADS CASA, 2012, 342 págs., ISBN: 978-84-616-1910-8.
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Esther M. Sánchez Sánchez
Universidad de Salamanca, Salamanca, España
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Con motivo del 90 aniversario de la fundación de Construcciones Aeronáuticas S. A. (CASA), Carmen Erro examina la trayectoria personal y profesional de su fundador, José Ortiz Echagüe. La obra constituye, por su forma y contenido, una acertada combinación entre libro de historia y catálogo fotográfico: es la biografía de Ortiz Echagüe la crónica de la empresas CASA y la Sociedad Española de Automóviles de Turismo (SEAT), y la historia de la industria aeronáutica española, sin olvidar las obligadas referencias al contexto internacional; y es también la reproducción de algunas de las mejores fotografías artísticas de la España de la primera mitad del siglo xx.

Nacido en el seno de una familia de larga tradición militar, Ortiz Echagüe (Guadalajara, 1886-Madrid, 1980) pasó su infancia y adolescencia entre Guadalajara, Logroño y Madrid, formándose como piloto e ingeniero militar. Tras unos años en el norte de África, se instaló definitivamente en Madrid. Fue allí donde, en 1923, fundó CASA, por aquel entonces un modesto taller mecánico destinado a la «construcción y reparación de toda clase de material relacionado con la aviación y el automovilismo». Tres años después salían de sus naves de Getafe los primeros aviones biplaza Breguet XIX, fabricados con licencia de la francesa Ateliers d’Aviation Louis Breguet. En pocos años CASA se convirtió, junto con Talleres Loring (futura Aeronáutica Industrial S. A.) y la Hispano-Suiza, en una de las 3 grandes firmas aeronáuticas españolas. Ahora bien, más allá de coyunturas favorables como las 2 guerras mundiales, lo cierto es que la travesía de estas empresas estuvo plagada de dificultades financieras y debilidades técnicas, lo que las condujo a diversificar su actividad productiva (producción de material eléctrico y electromecánico, fundición de aleaciones de aluminio, etc., e incluso edición de libros), y solicitar reiterada asistencia a compañías extranjeras (francesas, británicas, alemanas y norteamericanas, fundamentalmente).

Durante la Guerra Civil, y a pesar de que su condición militar le obligó en un primer momento a jurar fidelidad a la República, Ortiz Echagüe se decantó claramente por el bando rebelde y sus aliados italianos y alemanes, poniendo a su disposición las instalaciones de CASA. Durante el primer franquismo, ya exento del servicio militar activo, consolidó su prestigio profesional y su posición ideológica, lo que le habilitó un lugar privilegiado en el reparto estatal de cupos, licencias, divisas y demás permisos exigidos en aquellos años de economía dirigida. CASA logró eludir por un tiempo las ambiciones nacionalizadoras del Nuevo Estado, pero en 1943 se vio obligada a integrarse en el recién creado Instituto Nacional de Industria. Ortiz Echagüe, confirmado al frente de la empresa, no pudo obviar ni la estrecha vinculación entre la fabricación de aviones y las decisiones político-estratégicas del país, ni la condición del sector aeronáutico de monopsonio cuyo único demandante era, además, un estado autoritario. Como era de esperar, la vinculación al Instituto Nacional de Industria significó la pérdida de autonomía en la gestión de la empresa, pero también un trato preferente en la concesión de privilegios estatales, entre ellos, varios préstamos para la reconstrucción y ampliación de las plantas de Madrid, Getafe y Sevilla. Tras los Pactos de 1953, CASA firmó con las Fuerzas Aéreas norteamericanas destacadas en España una serie de contratos para el mantenimiento de sus aviones a corto y medio plazo, contratos que resultarían decisivos para la revitalización financiera de la compañía.

Pese al trato de favor recibido del Estado, CASA protagonizó varios enfrentamientos con las autoridades oficiales, especialmente las del Ministerio del Aire. Ortiz Echagüe les manifestó repetidamente su disconformidad ante la falta de materiales y divisas, la rigidez de los precios, la escasez de técnicos y especialistas, la lentitud en la tramitación de los permisos y la mezcla de informalidad y arbitrariedad de la Administración franquista. Estos desencuentros no impidieron, sin embargo, que en 1950 Ortiz Echagüe fuese nombrado presidente de la SEAT, también perteneciente al Instituto Nacional de Industria, lo que le llevó a asumir una intensa actividad profesional. Como presidente de SEAT lanzó el primer vehículo de la firma, el 1400, al que después siguieron el 600, el 1500 y el 850, todos ellos con patente de la italiana FIAT.

Al frente de CASA, Ortiz Echagüe intentó desarrollar prototipos propios, pero la distancia tecnológica y productiva entre la empresa española y sus competidoras extranjeras seguía siendo enorme, salvo excepciones, como el célebre C-212 Aviocar, que llegaría a estar presente en más de 40 países. Desde los años sesenta, al calor de la liberalización, CASA amplió sus cauces de colaboración con multinacionales occidentales, destacando las norteamericanas Northrop, Lockheed y McDonnell Douglas, y las francesas Breguet, Dassault y Sud-Aviation. Pudo así contar con licencias de fabricación y contratos de asistencia técnica para la elaboración de aparatos modernos, y establecer los contactos necesarios para, con el tiempo, integrar grandes proyectos europeos e internacionales como Airbus o Eurofighter. Siguiendo la senda europea, CASA protagonizó varios procesos de concentración empresarial, siendo los más destacados la absorción de Hispano-Aviación (1971) y la adquisición de Aeronáutica Industrial S. A. (1995). En 1999 la firma española se integró en el consorcio europeo European Aeronautic Defence and Space Company (desde 2014, Airbus Group), asumiendo la gestión de la División de Aviones de Transporte Militar. Aquel pequeño negocio surgido en 1923, que el propio Ortiz Echagüe calificaría de «atrevido disparate» y ante el que recelaría en más de una ocasión, se había transformado en un gigante europeo de la industria militar y espacial, con una gran vocación de innovación e internacionalización.

Paralelamente a su labor empresarial, Ortiz Echagüe desarrolló su afición por la fotografía, que le llevó a convertirse en un destacado profesional de la imagen artística (o «pictorialista»). Recorrió, cámara en mano, los rincones más remotos de la geografía española, captando magníficas instantáneas de escenas costumbristas, oficios tradicionales y tipos populares, que después retocaría manualmente para lograr más fuerza y dramatismo en las imágenes. Sus fotografías fueron recopiladas en varios libros (España, tipos y trajes, de 1933; España, pueblos y paisajes, de 1939; España mística, de 1943; España, castillos y alcázares, de 1956), expuestas en prestigiosos museos nacionales e internacionales (entre ellos, el Reina Sofía de Madrid y el Metropolitan de New York) y objeto de importantes premios y distinciones (como la Medalla de Oro de la Real Sociedad Fotográfica española o el título de Honorary Fellow de la Royal Photographic Society británica).

Carmen Erro presenta, aparte de un libro visualmente muy atractivo, un estudio serio, riguroso y bien documentado, elaborado con fuentes de tipología y procedencia diversa (Actas del Consejo de Administración de CASA y SEAT, papeles personales de Ortiz Echagüe, fotografías industriales y artísticas, etc.), en su mayoría conservadas en los archivos históricos de CASA, SEAT y la Universidad de Navarra.

La autora se muestra, a mi juicio, excesivamente benévola y complaciente con el protagonista de su libro. Sin duda, son ciertos los adjetivos con los que le califica: trabajador, eficaz, valiente, inteligente, ingenioso, perfeccionista, paciente, familiar, discreto… Pero Erro minimiza su relación con el poder establecido, sobre todo el franquista, e insiste demasiado en su lado pragmático, afirmando que sus actos se explican más por la necesidad de amoldarse a los condicionantes de su época que por cualquier razón de tipo político-ideológico. Ortiz Echagüe demostró, en efecto, esa capacidad de adaptarse a las circunstancias y de redefinirse continuamente que caracterizó, en términos generales, al empresariado español bajo el franquismo. Puede que no estuviese del todo de acuerdo con la voluntad autárquica e intervencionista del régimen, y así lo manifestó en más de una ocasión. Pero pertenecía al grupo dirigente, a la elite militar y empresarial, y ello le granjeó un trato de favor por parte del Estado y le facilitó los movimientos en aquel entramado de reglamentaciones y disposiciones oficiales. Como artista, esa cercanía al régimen de Franco, sumada al contenido extremadamente conservador de su obra, le valieron también el descrédito de artistas e intelectuales coetáneos y posteriores, un tema que Erro ni siquiera menciona.

No podía ser de otra forma en una historia de encargo, confiada a la autora por su conocimiento de la historia empresarial, su vinculación a la Universidad de Navarra y su cargo de directora de la sociedad Centennial, que ofrece servicios especializados de marketing, entre ellos la elaboración de libros conmemorativos, a empresas que celebran algún tipo de aniversario.

El libro presenta algunos otros desaciertos: un relato excesivamente descriptivo, unos capítulos demasiado independientes los unos de los otros, y una bibliografía limitada que omite trabajos de referencia de publicación reciente. En todo caso, aporta información valiosísima sobre un protagonista indiscutible de la industrialización y la cultura españolas, un hombre polifacético y prolífico como pocos, que a lo largo de su vida y obra concilió aspectos aparentemente inconciliables: mientras que el empresario, 50 años al frente de CASA y 17 en la presidencia de SEAT, contribuyó a la modernización de la economía española fabricando aviones y automóviles, el fotógrafo rescató algunas de las tradiciones y paisajes más remotos (y bellos) del país.

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