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Investigaciones de Historia Económica - Economic History Research
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Vol. 9. Núm. 2.
Páginas 124-125 (Junio 2013)
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Vol. 9. Núm. 2.
Páginas 124-125 (Junio 2013)
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DOI: 10.1016/j.ihe.2013.02.003
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Ramón Lanza García. Miseria, cambio y progreso en el Antiguo Régimen. Cantabria, siglos xvi-xviii. Santander, Ediciones de la Universidad de Cantabria, 2010, 344 págs.
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Antonio Presedo Garazo
Universidade de Vigo, Orense, España
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Como es bien sabido, Ramón Lanza García es uno de los historiadores españoles que más han contribuido a la investigación sobre la evolución histórica de las regiones periféricas de la cornisa cantábrica durante el Antiguo Régimen, tal como acredita su extensa producción historiográfica publicada desde la segunda mitad de la década de los años ochenta del pasado siglo xx hasta la actualidad. En esta ocasión, nos ofrece un nuevo ensayo de historia económica de gran interés, con un título muy sugerente y perfectamente ilustrativo de los contenidos abordados, sobre el conjunto de Cantabria en el transcurso de las 3 centurias modernas, si bien no prescinde de la perspectiva comarcal a la hora de plantear sus reflexiones, haciendo un uso adecuado del método comparativo para contrastar los valores y las trayectorias que se detectan en las áreas más próximas a la costa con los de aquellas otras del interior, como también a la hora de comparar la evolución de este territorio principalmente con Castilla, Galicia y las Provincias Vascas. El resultado es un texto que contribuye a resaltar la originalidad del modelo cántabro en un contexto geográfico más amplio, que representa la periferia peninsular en su conjunto en una época decisiva de la Historia de España, la Edad Moderna, y que seguro resultará de interés no solo para los historiadores de la economía o los historiadores modernistas, sino también para los contemporaneístas, puesto que Lanza García prolonga su riguroso análisis, con buena lógica, hasta la primera mitad del siglo xix.

Ya desde inicios del siglo xvi, Cantabria se presenta como una región densamente poblada, con un modelo matrimonial tardío, abundancia de soltería definitiva, una mortalidad ordinaria, infantil y parvularia relativamente moderada para la época, y una destacada influencia de los movimientos migratorios. La evolución demográfica secular deja tras de sí, primero, un crecimiento moderado de la población durante la primera centuria moderna, cuyo cenit se alcanza antes que en otras regiones castellanas y que afecta más a los núcleos urbanos que a las localidades rurales; segundo, tras el retroceso que sigue al lento avance de finales del xvi, que se prolonga hasta 1630, se produce un incremento poblacional, ahora sí, importante, que se traduce en una verdadera expansión cuyo mayor alcance se sitúa entre mediados y la última década del xvii, de la cual se benefician los valles rurales interiores, pero no los núcleos urbanos; y tercero, un nuevo y decisivo impulso demográfico en el siglo xviii, que afecta sobre todo a la segunda mitad de la centuria, con un nuevo impulso de la población urbana, destacando Santander, junto a las comarcas rurales, propiciado por un mayor desarrollo de las actividades económicas que afecta tanto al conjunto del territorio como al conglomerado de la economía regional.

La agricultura es el sector económico que emplea a un mayor número de efectivos demográficos a través de las explotaciones agrícolas familiares, cuyos propietarios trabajan directamente las tierras que las integran con el objetivo de intentar garantizar su supervivencia y reemplazo generacional, si bien la mayoría no logra alcanzar el ideal de la autosuficiencia. La abundante población se encuentra proporcionalmente con poca tierra cultivable a su disposición, por lo que el policultivo y la intensificación del trabajo agrícola se han convertido en los 2 pilares fundamentales del sistema agrario cántabro. De hecho, la agricultura ya ha alcanzado en algunas áreas un grado notable de intensificación en el siglo xvi sobre la base de un sistema de rotación de cultivos que permite alternar los cereales con las legumbres y el lino, y una especialización pecuaria que gira en torno al ganado vacuno, cuya alimentación depende de la praticultura y el acceso a los montes. No obstante, al igual que acontece en el resto de la cornisa cantábrica y la Galicia atlántica, es en el xvii cuando la introducción del maíz, motivada por la demanda de alimentos que se genera a raíz de la crisis de 1607-08, actúa como el factor decisivo en dicha intensificación agraria, puesto que el cultivo de este cereal del ciclo estival precisa de un abonado más intenso y una mayor cantidad de trabajo por unidad cultivada; de ahí que también se produzca entonces una expansión ganadera que afecta sobre todo al ganado vacuno, y, en consecuencia, una mayor oferta de productos cárnicos y lácteos, como también de reses que son incorporadas al mercado de ganado para tiro y engorde, o cedidas en aparcería. La culminación del proceso se sitúa a mediados del siglo xviii, coincidiendo con el aumento de la demanda de más recursos alimenticios motivada por el incremento demográfico, lo cual se traduce en la puesta en cultivo selectivo (verduras, legumbres y hortalizas) del entorno periurbano de Santander y un nuevo impulso pecuario que se prolongará hasta 1770-80.

La actividad industrial permitía que la población de Cantabria dispusiese de ingresos complementarios a los que generaba el sector primario, a través de jornales que se cobraban generalmente por el desempeño de un oficio a tiempo parcial, en manufacturas en las cuales, por término medio, no se aprecia una gran concentración de mano de obra y predomina un nivel tecnológico limitado. Parte de esta actividad se halla relacionada con los recursos naturales en que es rica esta región, de ahí el peso relevante tanto de la actividad extractiva y transformadora de la madera como de la que se desarrolla en las ferrerías, sectores ambos ya documentados en el tránsito del xv al xvi, a los cuales debemos añadir la explotación de minas subterráneas de sal (Cabezón y Treceño) y la pesca, con la consiguiente industria conservera, que se practica en las villas de la costa, con una clara preferencia por el besugo y la sardina, y en la que también se practica la captura de ballenas. La inversión industrial de mayor envergadura fue protagonizada por la Monarquía en el astillero de Guarnizo a partir de 1582 (refundado como Real Astillero a comienzos de la década de los años veinte del siglo xviii con un notable incremento productivo) y en el de Colindres desde 1619 para la fabricación de buques para la armada real, junto con las fábricas de hierro colado de Liérganes y La Cavada a partir de 1630-35 para la elaboración de cañones y munición, cuya mano de obra cualificada, que se empleaba en las tareas productivas más complejas, era de origen flamenco. Por su parte, la iniciativa privada será fundamental en las nuevas propuestas industriales que surgen en las últimas décadas del xviii: fábricas de harina como las de Viveda (trasladada a Zurita) y Campuzano, o las de cerveza y azúcar de la ciudad de Santander, y las fábricas de curtidos de Povedal de Marrón o Campuzano no hubieran sido posibles sin la participación de hombres emprendedores como Juan Fernández de Isla o José de Zuloaga.

Por su parte, la actividad comercial estaba limitada por los obstáculos orográficos propios de esta región montañosa, de ahí que la construcción de la carretera de Reinosa (1748-52) suponga un hito importante que coincide en el tiempo con el impulso demográfico, la culminación del proceso de intensificación agraria y una mayor preocupación por el desarrollo industrial ya señalados. El resurgimiento comercial que se registra en la tercera centuria moderna afecta de manera muy especial al comercio marítimo, debido al papel destacado que juega la ciudad de Santander y su puerto en la exportación de productos procedentes de la España interior (lana, cereales y vino) y madera de la cornisa cantábrica, como también en la importación, sobre todo de bacalao y tejidos europeos.

La evolución histórica de la población y los sectores económicos en la Cantabria de los siglos xvi-xviii no fue ajena a la influencia de 2 factores fundamentales que también estudia en profundidad Lanza García. En primer término, los regímenes de propiedad de los bienes agropecuarios: las tierras comunales resultaban imprescindibles para el mantenimiento de una agricultura intensificada y una ganadería vacuna especializada; predominaba el arrendamiento a corto plazo con una renta gravosa para el arrendatario como modalidad de cesión dominial; y la aparcería facilitó el acceso al ganado, si bien en dicho contrato el propietario actuaba como prestamista. En segundo lugar, no fue menor la incidencia de la fiscalidad regia, basada en una heterogénea relación de cargas, un reparto contributivo desigual, propio de la sociedad estamental, y una repercusión fiscal que gravaba al consumo y las transacciones comerciales. Con tales condicionantes, el crecimiento demográfico y económico se hallaban estrechamente relacionados, a la vez que condicionados, por las oscilaciones cíclicas propias de la economía rural antigua, por lo que los cambios que propiciaron las fases expansivas de la población y la economía cántabras se encontraron siempre limitados por el marco institucional y fiscal propio del Antiguo Régimen.

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