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Vol. 26. Núm. 6.
Páginas 6-10 (Noviembre 2012)
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Su farmacia era La Iberia (Navidad en las Cortes)
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Enrique Grandaa
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Un año más, Farmacia ProFesional aprovecha estas fiestas para felicitar a todos sus lectores con una original historia farmacéutica de Navidad. Nuestro colaborador, Enrique Granda, ha escrito para esta ocasión un relato histórico ambientado en el siglo XIX, concretamente en 1860, que es el año en que se promulgan las Reales Ordenanzas de Farmacia que tanto hicieron por nuestra profesión. El año 2013 coincide, además, con la celebración del 150 aniversario de la muerte de su principal artífice, el farmacéutico, dramaturgo y político ilustrado Pedro Calvo Asensio, a quien rendimos merecido homenaje desde estas páginas, en su calidad de periodista y fundador del emblemático y pionero periódico oficial de la Sociedad Farmacéutica de Socorros Mutuos: elrestauradorFarmacéutico y del que dejó escrito Galdós en sus Episodios Nacionales que su farmacia era La Iberia, periódico que editó y dirigió hasta su temprana muerte.

Los farmacéuticos somos los únicos profesionales que podemos -y debemos dispensar los medicamentos y fórmulas en las boticas, porque para ello tenemos una formación personal y una reputación colectiva que cuidar

Trocar una realidad presente en otra futura, y distinta -no digamos mejor-, es tarea casi imposible incluso desde la política. Hay que ser funcionario, que todo lo pueden, o al menos periodista a quienes muchos temen, para afrontar con garantías de éxito tan complejo objetivo. Así lo creo firmemente, y aunque yo pienso que solo soy un boticario más que se preocupa por sus conciudadanos, El Clamor Público1 y La Discusión2 me han calificado de «farmacéutico, político liberal, editor, periodista y dramaturgo». Demasiados títulos para una persona que únicamente aspira a formar y conformar una opinión libre en una sociedad deprimida que vive en este glorioso año de 1860 el espejismo de la victoria en la guerra de África.

Hace 5 años de la última epidemia de cólera que sufrimos en España3, en la que tuvimos que atender a los que sobrevivieron, brillando en ello el trabajo de unos pocos aventajados a su tiempo, como mi buen amigo Mateo Seoane y sus prácticas higienistas. A él se deben medidas que, sin ninguna duda, darán solución en pocos años a esta y otras graves enfermedades como las fiebres tifoideas (tabardillo pintado o fiebre de los campamentos), aunque la sociedad sea reacia a entender que la causa principal del cólera, en sus diferentes versiones -nerviosa, espasmódica, humoral o gastroentérica- pueda residir en la propia atmósfera, y sea eficaz la higiene por encima de los cordones sanitarios que tantos perjuicios ocasionan al comercio de los pueblos4.

El doctor Seoane ha sido -permítanme recordarlo- el principal redactor, acompañado de otros miembros del Real Consejo de Sanidad como Rubio, Lancero, Montesino, Moreno Lorente, Vela, Asuero y yo mismo, de aquellos informes razonados que, con relación al cólera asiático, se elevaron al Ministerio de la Gobernación del Reino, y en cuya virtud se dictaron varias medidas en diferentes reales órdenes circuladas desde 15 de noviembre de 1848 y que a día de hoy nadie ha refutado. El sulfato de quinina, el alcanfor y el ácido benzoico no tienen sustituto como profilácticos contra el cólera, aunque no voy a descalificar otros remedios porque no tengo pruebas para ello, como el cigarro de cinabrio o el humo de carbón de leña.

Pero la evolución de las enfermedades, y puedo decirlo porque ostento la doble condición, no sólo depende de la ciencia, sino también de la ley. Necesitamos buenas leyes, además de buenos remedios, para que la esperanza de vida supere por fin los 30 años como todos deseamos5.

La Ley de Sanidad que conseguimos sacar adelante hace 5 años6 necesitaba ser completada con unas ordenanzas de farmacia que reconozcan a los boticarios la responsabilidad que, de hecho, ejercen ante los pacientes. Los farmacéuticos somos los únicos profesionales que podemos -y debemos- dispensar los medicamentos y fórmulas en las boticas, porque para ello tenemos una formación personal y una reputación colectiva que cuidar. No somos un gremio, sino profesionales liberales comprometidos contra quienes pretenden dispensar remedios secretos y específicos contrarios a la experiencia.

Sesión del Congreso

Puesto que, como saben, soy diputado por el distrito de la Mota del Marqués, provincia de Valladolid, habiendo vencido en justa lid electoral a Don Ignacio Arévalo, ayer llamado independiente y hoy ministerial7, he defendido la botica en el Congreso. Precisamente, el último miércoles de marzo a las 12 de su mañana nos reunimos en Cortes, manifestando todos vivos deseos de contribuir al logro de los objetos para el que habíamos sido convocados. Después de leída el acta de la sesión anterior, el Señor Mata dio principio a los debates, quejándose de que oficialmente se hubiese publicado en los periódicos antes de la aprobación que iba a recibir en aquel momento, a lo que le contesté que, en mi condición de periodista me había limitado a describir lo que pasó en la sesión anterior, y en mi condición de farmacéutico solo tenía el deseo de dar conocimiento a los profesores de las provincias de todos los trabajos de la Asamblea, dando lugar finalmente a votación que resultó favorable. Luego se promovió una discusión sobre si debían ser sancionadas por la Reina las ordenanzas de farmacia en su actual redacción o había que enmendar el punto relativo a la venta de drogas al por menor.

Finalmente, se encargó a una comisión, compuesta, entre otros individuos, por aquellos facultativos de entre los diputados interesados en el tema, en la que naturalmente no podíamos faltar Seoane, Sagasta ni yo mismo. Al final, el Gobierno tendrá no mayoría, sino mayorías. La mayoría de O'Donnell, siempre opuesto al progreso, la de Méndez Álvaro, por el silencio, y la de los farmacéuticos liberales que promulgamos el ejercicio exclusivo por los profesores aprobados y autorizados. Total: una comisión, 3 mayorías y una reforma que, a pesar de todo, salió milagrosamente airosa en favor del progreso y de la salud.

Cena de Navidad en Lhardy

Cuando ya finalizaba el año y se aproximaban las fiestas navideñas, tuve que recordar a mis compañeros diputados que un grupo de farmacéuticos había decidido organizar un homenaje para quienes habíamos discutido durante meses en la comisión que aprobó las ordenanzas de farmacia.

El inquieto promotor del homenaje era mi discípulo Suárez Guerra, un simpático farmacéutico gaditano que vino a buscarnos al Congreso acompañado de otros colegas sin mucha idea de dónde íbamos a cenar y quiénes asistiríamos, con la improvisación propia de su juventud y de la época romántica que nos tocó vivir aquel también glorioso año para la poesía en que se publican las Rimas de Bécquer. Tras descartar la Botillería de La Canosa, en la carrera de San Jerónimo, nos dirigimos a Lhardy en tropel mi colega, el congresista facultativo Seoane y su cofrade el cirujano Veremundo Cabrera, el docto diputado Pascual Madoz, mi buen amigo Sagasta y mi apadrinado, José Suárez Guerra, promotor de la cena, que se parece a mi retrato de juventud como una gota de agua a otra: aficionado al teatro, batallador periodista, liberal, botánico y a la sazón, farmacéutico, hijo de otro reputado boticario, creador de un vino yodotánico fosfatado útil contra las escrófulas y el reblandecimiento de los huesos que según reza la publicidad que hacen del mismo, y vayan ustedes a saber si es cierto, entona el gran simpático y favorece la función generatriz. También estaban con nosotros Ángel Izquierdo, médico militar que ha puesto en el mapa de la industria farmacéutica a Canarias, llegado a la Corte hace unos días para un negocio particular, y otros buenos amigos progresistas. Queríamos celebrar que dentro de unos días nos deja el año 1860, uno de los mejores sin ninguna duda del siglo, tanto para España como para la farmacia española. Lhardy estaba al completo. Conseguir espacio para todos no fue fácil. A pesar de ello, y gracias a la cercanía del Congreso y a nuestra frecuencia en acudir a este lugar donde se hacen y deshacen gobiernos, conseguimos tras ardua negociación que se nos preparara el salón japonés.

Los farmacéuticos, como Suárez Guerra y yo mismo, teníamos que celebrar la aprobación por fin, el pasado 18 de abril de las Ordenanzas para el ejercicio de la profesión de farmacia, comercio de drogas y venta de plantas medicinales, las más progresistas de toda la historia de la farmacia en España. En cuanto a los liberales, representantes del pueblo soberano, como Sagasta, ingeniero de caminos, y nuevamente yo mismo, teníamos que festejar el resultado de la batalla de Los Castillejos, el final de la cruenta guerra africana, la derrota de las kábilas moras y el triunfo español por el que Tetuán pasaba a ser protectorado español. Quienes creemos en la ciencia, y en su desaforado avance, teníamos que brindar por la llegada de la primera locomotora del ferrocarril del norte a la estación de Valladolid. Y algunos de nosotros que admiramos el triunfo de las ideas demócratas debíamos, aunque a espaldas de la censura, alegrarnos en privado del triunfo de Lincoln frente al candidato oficialista John Cabell Breckinridge en las Américas, por mucho que temamos cuál puede ser la conclusión de la reciente declaración de independencia de Carolina del Sur.

La cena fue memorable y a su final nos dispusimos a brindar por 1860. A la sazón, lo hicimos sin prudencia, de forma que al terminar apenas distinguíamos el novísimo vino que han empezado a destilar en tierras del Marqués de Riscal y del de Murrieta con uvas de Francia, que al parecer se proponen embotellar dentro de unos pocos años, aunque creo que esa modalidad tendrá poco éxito frente al tinto artesanal y bien valorado de nuestra cercana Valdepeñas o de mi querida comarca de Toro.

Así, prácticamente al filo de las horas veinticuatro, brindó Suárez Guerra por el éxito de su elixir alimenticio al fosfato ferroso cálcico, un vino con extracto de carne y maltina, a lo que todos respondimos alzando copas de un licor bastante menos alimenticio para el cuerpo que para el alma. Luego se levantó y pidió la palabra nuestro joven colega Sandoval, heredero de aquel Leandro que fue Boticario Mayor de Cámara hasta la guerra contra los franceses, no se sabe si promotor del incendio de los almacenes de quina de Madrid que casi le cuesta el destierro, decretado por el general Lucot al servicio del intruso.

Se da el caso de que Sandoval, haciendo honor a su fogoso carácter, inició los brindis por la farmacia y por los farmacéuticos leyendo varios de los artículos de las nuevas ordenanzas firmadas por la Reina:

—Aplaudamos, amigos —Leandro dixitel artículo segundo y su claridad en declarar la correspondencia de la elaboración y venta de los medicamentos exclusivamente a los farmacéuticos aprobados, que igualmente proclama que la fabricación de las aguas minerales artificiales habrá de ser dirigida por un farmacéutico. Afirmación esta que dio lugar a un coro de risas y sonoros aplausos por nuestra parte.

—Y brindemos, colegas, por esos artículos que no permiten regentar más que una sola botica, ya sea en el mismo o en diferentes pueblos de nuestra España, pero sí permiten a las viudas e hijos menores seguir regentando su botica, con el apoyo necesario de un farmacéutico. Dando esta plática el mismo resultado de aplausos y copas en alza. Había que escuchar el clamor de los hombres respetables y progresistas presentes en aquella sala.

—Artículo 28 —se dio en leer nuestro joven impetuoso «Los Hospitales solo podrán tener botica para su servicio particular». Artículo 54: «Las sustancias que son a la vez de uso industrial y medicinal no podrán venderlas los drogueros al por menor ni en polvo cuando les conste o sospechen que se destinan al uso terapéutico», y 58: «Queda absolutamente prohibido vender en los locales o almacenes de droguería artículo alguno de los que corresponden a la clase de alimentos, condimentos y bebidas». Y esta lectura vino acompañada de fuertes asentimientos y chanzas contra el intrusismo de los drogueros, que tanto daño causa a nuestra profesión farmacéutica.

—¿Y no merece, queridos contertulios, que honremos a nuestros congresistas por haber sacado adelante que los visitadores reciban 100 reales y 20 más por cada legua que distare la botica de la cabeza del partido a costa de los fondos municipales? ¿Acaso no es encomiable que a partir de ahora las visitas se giren cuando se estimen convenientes, pagando los ayuntamientos, y no cada año a costa del maltrecho bolsillo del boticario a quien se inspecciona? Lo que dio lugar a nuevas felicitaciones y abrazos.

Artículo 54: «Las sustancias que son a la vez de uso industrial y medicinal no podrán venderlas los drogueros al por menor ni en polvo cuando les conste o sospechen que se destinan al uso terapéutico»

Mas la lectura que formó la mayor algarabía y concitó el mejor de los brindis fue el de aquel artículo 16 que tanto esfuerzo y tanta negociación nos costó sacar adelante: «Queda absolutamente prohibida, según la Ley de Sanidad, la venta de todo remedio secreto, especial, específico o preservativo de composición ignorada, sea cual fuere su denominación». A él dedicamos un brindis que se recordará en la historia y que ningún cliente de Lhardy pudo dejar de escuchar aquella noche, pues evitará muchos males. Recordemos, les dije, que en el pueblo de Consuegra, en La Mancha, hace unos 2 meses se instaló un extranjero llamado don Juan Parsa, el cual se titula profesor, y se ha anunciado como un cúralo todo; que a despecho de las autoridades no tiene inconveniente en entrometerse a visitar, esquivando con buen cuidado a médico, cirujano y farmacéutico titulares. Resultado de estas consultas clandestinas es que el tal curandero (pues otro nombre no merece) rebaje a los facultativos, dándose una importancia que los resultados desmienten. Gentes así serán erradicadas con mayor contundencia gracias a estas leyes que apoyan a los profesionales en el ejercicio de su saber.

Tampoco dejaron de escuchar muchos comensales de Lhardy, quienes se acercaron a nuestro saloncito japonés, el poema que, en honor de los farmacéuticos de Toro a quienes defendí con escaso éxito del dudoso gremio de ciertos facultativos homeópatas que se empeñan en elaborar remedios sin la participación de un boticario, y debo decir que lo hago aun a costa de mi peculio por las multas que me dirigen O'Donnell y los suyos que hasta me han atribuido el mote que circula por todo Madrid por el que al General se le llama «cero coma donnell». El editor de El Duende y La Linterna8 contestó a mi demanda de retracto atreviéndose a publicar que «no juzgando injurioso el contenido del párrafo que había lastimado los delicados nervios de los farmacéuticos de Madrid y de Toro, no podía someterse de modo alguno a tan ridícula e improcedente solicitud». El fallo del tribunal no me fue, con todo, favorable, pues el tal editor no repitió sus injurias ante él, permitiéndose publicar «que estaba tranquilo aun si los confeccionadores de 'Bálsamo Tranquilo'9, señores revendedores de drogas, profesores de la nobilísima ciencia de los ungüentos, tuvieran la imprudencia de recurrir». Así, recordando las injurias, fue tan ruidosa mi lectura de la oda que escribí en loor del vino de Toro10, que nadie en la Corte se quedó sin conocer sus estrofas:

¡Cuántas glorias debemos a ese tinto precioso de Castilla!, y en qué poco tenemos su mágico poder, su maravilla.

Que tan solo al buen tinto toresano se le debe cantar por excelencia, dándole sobre todo preferencia porque en su grande y justa nombradía funda toda Castilla su hidalguía.

Estrambote para un final de fiesta en La Iberia

Tan tardía fue la conclusión de nuestra cena de Navidad que la mayoría votó pasar por el cercano Hotel Monier que hace bien poco -cuando su nombre era La Fontana de Oro- fue el primer templo de tertulias políticas liberales en Madrid, para darse un baño11 y continuar la celebración en la sede de La Iberia en Fuencarral 23, faro de libertad -aunque esté mal que lo diga su artífice- y, por tanto, también de progreso para los españoles.

Allí, en La Iberia, dimos nuestro saludo al nuevo día, escribiendo la crónica de una Navidad que merece ser recordada y, mientras continúa la gripe cebándose en los habitantes de esta capital, dimos en apostar cuál será la vigencia de estas ordenanzas y si en el siglo xx, por no decir el lejano xxi, serán todavía las farmacias propiedad del farmacéutico y habrá quien defienda que solo los profesores en farmacia deben despachar los medicamentos y remedios12. Yo, Pedro Calvo Asensio, aposté en mi contra que solo ocurriría hasta 1865, pues ninguna reforma positiva en España ha durado más de 5 años. Ojalá que, en esta ocasión, gane la oposición. Como sabrán todos ustedes, no pude verlo en vida, pero sigo asombrado de lo que logramos entonces en este particular paraíso que se reserva a los que supimos cumplir con nuestra profesión13.


Notas y bibliografía general

1. El Clamor Público fue un periódico editado en Madrid entre 1844 y 1864 que se autodefinía como político, literario e industrial.

2. La Discusión se editó en Madrid entre 1856 y 1864.

3. Las epidemias de cólera fueron una serie de brotes de cólera morbo que ocurrieron desde el primer tercio del siglo xix hasta finales del mismo siglo en las grandes ciudades de España. El primer brote surge en Vigo en 1833, y el segundo al que nos referimos es del año 1855 y afecta a grandes zonas del interior con el resultado de 236.000 fallecimientos.

4. En 1884, Robert Koch descubre el origen de la enfermedad en forma de bacilo; el combate contra su avance tuvo ya desde ese año un sentido científico, no obstante, aparecen brotes epidémicos a lo largo del mundo.

5. La esperanza de vida en la España del siglo XIX no superaba los 30 años, principalmente por la alta mortalidad infantil.

6. Ley de 28 de noviembre de 1955, disponiendo lo conveniente sobre el Servicio General de Sanidad.

7. Eran llamados «ministeriales» los diputados que apoyaban al Gobierno de turno.

8. El Duende y La Linterna fueron diarios de la época de poca circulación.

9. El Balsamo Tranquilo aparece en las farmacopeas de la época y es un aceite de estramonio compuesto.

10. Esta oda, aquí resumida, ocupa varias páginas en su versión original.

11. El Hotel Monier, además de alojamiento y comida ofrecía baños.

12. Las Reales Ordenanzas de Farmacia fueron derogadas por la Ley 25/1990, de 20 de diciembre, del Medicamento. Estuvieron vigentes 130 años, aunque puede afirmarse que su espíritu conformará siempre el ejercicio de la farmacia en España.

13. Galdós escribe en 1906 en el Episodio Nacional que se refiere a Prim situándolo en el año 1863: «Triste fue aquel verano. Murió Calvo Asensio de traidora enfermedad que hubo de rendirle y acabarle en pocos días, dando con todo su vigor físico y mental en la sepultura».

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