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Vol. 18. Núm. 11.
Páginas 6-11 (Diciembre 2004)
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Historia de Navidad
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ENRIQUE GRANDAa
a Doctor en Farmacia
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Continuando la tradición iniciada hace 15 años, nuestro colaborador Enrique Granda vuelve a sacarnos de la rutina diaria con una historia farmacéutica de Navidad; y lo hace nuevamente sobre un tema histórico, encuadrado en la Guerra de la Independencia que trajo a España a jóvenes farmacéuticos que acompañaban a las tropas de Napoleón y que reflejaron sus aventuras en libros de memorias que son rigurosamente históricos1. Con ello, farmacia profesional quiere aprovechar también la aparición de su número de diciembre de 2004 para transmitir un mensaje de paz y espíritu navideño a quienes ejercen día a día su actividad en la oficina de farmacia.

Apreciado lector: si alguna vez pasas por un pueblecito llamado Ardentes2 de la Francia central, en lo que antes fuera la provincia de Touraine, y que hoy pertenece a la prefectura de Indre-Loira, podrás visitar una escuela maternal que se llama Antoine Fée. Pocas personas, excepto su directora, Madame Bénedictine Maauoui, podrán decirte quién fue Antoine Fée y, sobre todo, qué le hace merecedor de otorgar su nombre a un parvulario, algo que, probablemente, ni ella misma sabe. Y si, movido por la curiosidad, consultas una enciclopedia francesa, lo máximo que encontrarás es que Antoine Laurent Apollinaire Fée fue un conocido boticario3 del siglo xix, con una brillante carrera que le llevó a ejercer como profesor de botánica en varias universidades y a fundar la prestigiosa Sociedad Botánica de Francia. Quedará sin contestación la incógnita de las razones por las que lleva su nombre un jardín de infancia, 125 años después de su muerte. La respuesta hay que buscarla muchos años antes, precisamente en las Navidades de 1808 y en España, donde Antoine Fée acababa de llegar, recién licenciado en Farmacia, a sus 19 años, como teniente farmacéutico ayudante del Segundo Cuerpo de Observación de la Gironda con los ejércitos de Napoleón.

VIAJE POR ESPAÑA

El joven Antoine había nacido en el seno de una familia acomodada que se preocupó de dar estudios a sus hijos, y él se había licenciado en Farmacia en París obteniendo las máximas calificaciones en química y en botánica. Tras el Directorio y el ascenso de Napoleón al Imperio, vio, como tantos otros, que la única carrera que podría permitirle alcanzar cierta consideración social eran las armas, aun para alguien que amaba la ciencia como él. Así, tras un curso acelerado para cuerpos especiales, juró la bandera, ciñó la espada y, después de abrazar tiernamente a sus padres y hermanos, partió para la aventura que le auguraba la campaña en España. Su unidad entró por Bayona y recaló en Vitoria, donde Antoine recibió boleta de hospedaje en la casa del médico don Martín Aguirre, viudo, y que contaba con una única hija llamada Casilda.

UN INCIDENTE

La historia verídica relata que Antoine, quizá por sus pocos años, la liviandad del servicio que se le asignó en su unidad y las frecuentes salidas de don Martín a atender a sus enfermos, no tuvo inconveniente en hacer la corte a Casilda, hasta que llegaron noticias de ello a su coronel quien, inmediatamente, y tras un firme correctivo, decidió enviarle a Burgos. Pero la cosa no quedó ahí. Al enterarse don Martín, algo después de su partida, exigió reparaciones al gobernador militar, pero sólo obtuvo la promesa de que Antoine sería castigado «como correspondía al caso...». Don Martín, viendo que el escándalo era un hecho en Vitoria, decidió enviar a Casilda a Madrid con una hermana de su madre, encomendando a ésta que atara muy corto a la joven, mientras se olvidaba el incidente, cuestión ésta improbable en una época en la que las pésimas comunicaciones postales sólo tenían parangón con la maledicencia de quienes traían y llevaban noticias en sus viajes.

SEPARACIÓN

Antoine, ajeno es estos acontecimientos, va camino a Burgos recogiendo plantas y maravillándose de la variedad de especies que proporciona el Páramo de Masa a su ya bien nutrido herbario. De Casilda guarda un recuerdo emocionado y la seguridad de que, a pesar del escándalo, sólo ha obtenido un beso robado, pero ninguna seguridad de ser correspondido. Y no puede imaginar siquiera las consecuencias de su acción. En Burgos se entera de los sucesos del 2 de mayo y comprende que lo que parecía un paseo militar, acaba de convertirse en una guerra heroica y sangrienta. Transcurre el verano en esta bella y fresca ciudad, y a principios de otoño es destinado a Madrid sin conocer que Casilda se encuentra allí, que su tía ha fallecido, y que la necesidad y también sus excelentes aptitudes para el canto la han hecho enrolarse en una compañía de teatro de mano del italiano Rogracaromi, que actúa como representante de artistas para el Teatro del Príncipe, especializado en el género de bufos caricatos.

EN MADRID

Tras presentarse en el cuartel de Murat, decide, en lugar de aposentarse con una familia, alquilar una casa espaciosa que han dejado unos artesanos acomodados que han salido apresuradamente hacia el sur después de los sucesos de mayo, dejando el encargo de alquilarla a unos parientes y de que éstos la proveyeran de los muebles necesarios. La experiencia de Vitoria y las malas relaciones con la población de Madrid así lo aconsejaban, pero también aconsejaban entrar en contacto con españoles notables que pudieran echarle una mano en caso de necesidad, y él había pedido, antes de iniciar el viaje, cartas de presentación para varios amigos de su maestro Lavoisier. Así consigue presentarse a don Pedro Gutiérrez Bueno4, ya un anciano, que le recibe amablemente y le introduce en los círculos farmacéuticos de la capital, donde conoce a médicos y farmacéuticos que le muestran distintos hospitales y le hablan del horrible clima de Madrid. «Aquí», le dice uno de ellos, «tenemos un calor sofocante en los meses de verano, que hay que paliar con agua de cebada o con cerveza mezclada con limón, que son las bebidas típicas del estío. En invierno hace mucho frío y hay que tener cuidado con lo que llamamos "el corregidor de Burgos", un airecillo que nos da buen trabajo a los médicos y farmacéuticos, y que es el causante de pulmonías y accidentes de pleuresía de los que pocos se salvan». En sus horas libres, Antoine recorre tertulias de rebotica, visita el hospital general de Madrid, junto a la puerta de Atocha, cuyas obras seguían sin acabarse a pesar de haberlo iniciado Felipe II, y conoce la inclusa5, por entonces atestada de niños huérfanos, no por abandono sino por el fallecimiento de sus padres en la guerra. La visión de los niños, las pésimas condiciones en que se encuentran y las normas terapéuticas vigentes desde los tiempos del médico Jerónimo Soriano6, le trastornan tanto que se hace en él costumbre ir todos los días a aconsejar nuevos remedios a sus colegas, obteniendo éxitos y también fracasos, pero siempre el agradecimiento y la simpatía de todos, por la ayuda que les presta.

 

CASILDA VUELVE A ESCENA

Cierto día, cuando se disponía a acudir a la inclusa, un amigo le persuade de que podría ser de utilidad en un dispensario que se conoce como la «enfermería de cómicos», en la calle de Jesús y María, donde las necesidades son comparables a las de la inclusa, ya que no cuentan ni siquiera con las más elementales medidas de higiene, un médico fijo o medicamentos. Antoine se resiste lo suficiente, pero al fin accede, al decirle su amigo que su visita sería corta y luego podría ir a ver a «sus niños». La visita fue corta, en efecto, pero sus consecuencias, lamentables: Casilda había ido a visitar a una amiga enferma y Antoine no podía suponer qué hacía allí su amiga, ni llegó a saberlo, porque Casilda exigió del médico y otras personas presentes que evitaran a toda costa que aquel «francés» le dirigiera la palabra ni tratara de seguirla. Sus palabras fueron: «Caballero, siga usted por su camino, no trate de importunarme y olvide que me ha visto...». Antoine quedó desconcertado y apenas pudo balbucear alguna disculpa. Algo había ocurrido. Quizá la propia situación política, quizás algún problema familiar, pero el resultado era el mismo: Casilda le rechazaba de pleno.

UNA VOCACIÓN COLMADA

En los días siguientes hizo algunas averiguaciones que le confirmaron lo que aventuró el primer día. Su actuación en Vitoria había tenido, al parecer, más consecuencias de las que él pensaba: Casilda estaba definitivamente perdida para él y la situación entre españoles y franceses ya no tenía remedio. Sólo restaba seguir con su vocación y continuar atendiendo a los niños, y a ello se dedicó con todas sus fuerzas, llegando a invertir la mayor parte de su sueldo en medicinas, alimentos y ropas para ellos. Llegó a más: convirtió su casa en un pequeño dispensario y obtuvo permiso para llevar allí a reponerse a los niños más delicados y a aquellos cuya supervivencia se ponía en duda. Los resultados comenzaron a ser espléndidos. Casi todos sus niños se salvaban con calor, buena alimentación, los cuidados y el cariño que les proporcionaban los soldados a su cargo, y algunas amas de cría que les prestaba la inclusa. Pero su medicamento milagroso era un suero de administración por vía oral con pequeñas cantidades de azúcar y sales minerales, bien compensadas, que parecía curarlo todo. En realidad, sólo usaba dos medicamentos: quinina como antipirético y el suero salino con azúcar, un poco de bicarbonato y sales sódicas y potásicas, que hacía milagros cuando disminuía la fiebre. La mayor parte de los niños mejoraba y podía volver a la Casa de Expósitos a terminar su curación.

LA NAVIDAD DE 1809

Casi sin darse cuenta, Antoine había vivido un año en Madrid, tiempo suficiente para que su fama corriera de boca en boca por los mentideros de la capital. No sólo se le consideraba un sabio, sino también un francés muy especial, que se desvivía por los españoles huérfanos de la guerra. Las noticias llegaban casi diariamente a Casilda a través de Rogracaromi y su corazón comenzaba a flaquear: Antoine es ya, para ella, un héroe del que habla a todos sus amigos, pero no se atreve a encontrarse con él porque recuerda las duras palabras que le dirigió y la ruptura con su padre por su causa.

Cuando se aproxima la Navidad de 1809, le llegan noticias a Casilda de que Antoine ha caído enfermo con fiebre alta y ha sido llevado a su casa en un ruidoso coche de colleras por sus amigos. Su primer pensamiento es para los niños y, sin pensarlo, va a la inclusa, se presenta como la ayudante de Antoine, y allí le encomiendan que continúe su tarea. Todos los niños están bien excepto uno, que parece requerir cuidados especiales: es un recién nacido encontrado en la calle, sin nada que le identifique; está muy escocido, ha pasado mucho frío y no quiere comer. Casilda pide a un farmacéutico amigo de Antoine que le prepare suero y observa complacida como al cabo de unas horas el niño ya puede ser alimentado por una nodriza. Mientras dura la enfermedad de Antoine, Casilda se desvive con todos, pero se pasa largas horas acunando al niño que atendió el primer día. Incluso investiga la posibilidad de adoptarlo, algo que, como le hacen ver, resultaría imposible en su actual oficio y situación.

DESAPARICIÓN

Antoine también tiene noticias de lo que está pasando y arde en deseos de volver a su tarea. Casilda ya ha sido avisada de la vuelta de Antoine, pero no quiere encontrarse con él. En su primera visita, después de la enfermedad, Antoine pide ver al niño que salvó Casilda y lo encuentra sano y lleno de alegría. Hasta que una jornada, precisamente el día de Navidad, sin saber nadie el porqué, el niño desaparece. Se le busca por todas partes, hasta que Antoine se arma de valor y se presenta en casa de Casilda. «Señorita», le informó, «el niño que usted ha cuidado ha desaparecido. Tengo que prevenirle de que usted no tiene derecho a llevárselo de la inclusa». La respuesta de Casilda es inmediata y, por su expresión, verdadera: «Mi niño tiene que estar, no ha podido desaparecer, yo le he salvado». Y mientras repetía «tiene que estar», corría alocadamente hacia la inclusa.

Pero lo cierto es que por más que se buscó al niño, no apareció, aunque Casilda se creyó desde entonces con derecho a acudir a la inclusa y a dejarse acompañar por Antoine, al que trataba con una mezcla de distanciamiento y desenfado que confundía al farmacéutico. Hablaron mucho del tierno infante desaparecido, pero no encontraron solución. Estaba claro, alguien se lo había llevado y tal vez allí donde estuviera fuera más feliz que en la inclusa.

SOLUCIÓN DE COMPROMISO

Antoine proseguía en su cerco amoroso, pero Casilda le decía que su oficio de artista le impedía mantener relaciones serias con un sabio, y que ella sólo podía entenderse con «majos y toreros», sacándole cada ver más de quicio. Sin embargo, si algún día Antoine faltaba a su cita por alguna circunstancia extraordinaria, le buscaba en la botica de don Pedro Gutiérrez Bueno o iba directamente a su casa, le amenazaba con no volver a acompañarle o le hablaba de los muchos seguidores que la rondaban. Así pasaron varios meses hasta que los caprichosos acontecimientos de la guerra les separaron de nuevo. Antoine fue destinado al cerco de Cádiz, donde puntualmente escribía a Casilda todos los días. Allí escribió un drama en verso e incluso le dedicó una oda que más tarde sería publicada en París con el título de Pélage, mas no volvieron a verse.

En 1813, poco después de la victoria española de Arapiles y cuando las tropas napoleónicas huían desordenadamente, volvieron a encontrarse en Vitoria. Allí decidieron no separarse más. Sin embargo, quedaba una cuestión importante por resolver, y era obtener la bendición de don Martín, el progenitor de Casilda. La primera entrevista fue muy violenta, ya que el médico era un varón tradicional, las afrentas del joven farmacéutico, graves, y además infringidas por un enemigo de su patria. Sólo había una solución de compromiso: un matrimonio discreto y el exilio para ambos, por lo que el anciano doctor acabó aceptando, quizá como mal menor, el matrimonio de su hija con Antoine.

AÑOS DESPUÉS, EN PARÍS

Antoine continuó sirviendo en el ejército y en la batalla de Waterloo ya era un comandante ayudante, aunque cultivaba la botánica y también escribía sobre cuestiones políticas. La caída de Napoleón le sitúa fuera del ejército y se ve perseguido por la nueva situación política. Le quedan sus extraordinarios conocimientos científicos y numerosos amigos que saben de su valía, así es que decide arriesgar todos sus ahorros en la adquisición de una farmacia en París.

Antoine y Casilda parecían felices, tenían varios niños, y él acababa de abrir una excelente farmacia en Saint Germain, que contaba con una vivienda adosada. Sus fórmulas a base de sales eran reclamadas por los médicos más prestigiosos y sus conocimientos de pediatría le habían otorgado merecida fama. Entre sus compañeros farmacéuticos era muy respetado y varios de ellos le habían sugerido la posibilidad de crear una asociación de farmacéuticos en París, necesaria para defender sus intereses, por lo que Antoine hizo sus preparativos para fundarla.

En aquellos años Antoine Fée llegó a ser uno de los profesionales más destacados de París, que era tanto como decir de toda Francia, y a la vez era un hombre feliz, con Casilda y sus hijos, hasta que llegó el duro mes de diciembre de 1820.

SOBRESALTADOS

Faltaban pocos días para Navidad, exactamente tres, cuando ocurrió la catástrofe. Al volver de almorzar, Antoine encontró muy asustada a Casilda, que le dijo: «El pequeño Antoine tiene mucha fiebre. No he querido decirte nada hasta que le viera el profesor Levert y éste no alberga muchas esperanzas. Quizá sea pulmonía y a su edad eso puede ser fatal». Antoine creyó que se le caía el mundo encima, porque sabía por experiencia que era difícil salvar a un niño con esos síntomas. La casa se llenó de consternación. Antoine y Casilda no dejaban un momento al enfermo, pero la fiebre no remitía. El niño se iba alejando de la vida lentamente, hasta que la noche de Navidad, ya con la esperanza perdida y vencido por el sueño, Antoine dejó caer la cabeza unos instantes. Cuando la levantó sobresaltado creyó que estaba soñando. En la cuna no estaba su hijo Antoine, sino el niño de la inclusa de Madrid al que había salvado Casilda en 1808, que además se reía y quería jugar. Tras mirarle fijamente, Antoine volvió su mirada a Casilda y vio su cara transformada.

«¿Ves lo mismo que yo? ¡Nuestro pequeño Antoine no está. Hay otro niño. Es el niño de la inclusa de Madrid!», exclamó Casilda, íntimamente persuadida de que se le había trastornado el juicio. Cuando acercó la luz, también él pudo ver al niño de la inclusa. Sus ojos se llenaron de lágrimas, se miraron, y cuando volvieron a mirar hacia la cuna vieron al pequeño Antoine, sin fiebre, que se reía y se chupaba los dedos... Acababan de dar las 12 de la noche en el reloj del recibidor, y acababa de comenzar el día de Navidad de 1820, uno de los años más fríos que se recuerdan en París. *

Bibliografía
[1]
Madrid: Universidad San Pablo (CEU), octubre 2004.
[2]
000 habitantes, ha dado otra figura se??era para la ciencia. Adem??s de Antoine F??e, es natural de Ardentes Stanislass Limousin, al que se debe el invento de las ampollas hipod??rmicas.
[3]
Ver biografía en recuadro..
[4]
Ver biografía en recuadro..
[5]
El dif??cil nombre de Enkhuizen se fue corrompiendo por el uso y acab?? en el actual de inclusa, usado como denominaci??n gen??rica de estas casas de acogida.
[6]
M??todo y orden de curar las enfermedades de los ni??os. (Edici??n facs??mil del original). Madrid: Laboratorios Juventud, 1974.
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