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Vol. 17. Núm. 11.
Páginas 6-11 (Diciembre 2003)
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Historia de Navidad
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ENRIQUE GRANDA VEGAa
a Doctor en Farmacia. egran@jet.es
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El patriota

Como en anteriores ocasiones, nuestro colaborador Enrique Granda construye una historia de Navidad cuyos protagonistas son farmacéuticos. En este caso, se trata de un relato ambientado en la Europa romántica del primer tercio del siglo XIX, en el que se entremezclan en sabia mixtura el relato histórico y la ficción; pero, como siempre, sin perder el referente de la profesión farmacéutica, y la infinidad de facetas por las que ha atravesado en su largo devenir histórico. Nuevamente Farmacia Profesional celebra, con este relato, la Navidad, abriendo un paréntesis en las tareas diarias de nuestros lectores, y deseándoles a todos mucha felicidad en el próximo año.

 

 

 

Corría el año 1829, en fechas cercanas a la Navidad, y Alphonse Rabbe1 se había impuesto desde el mes de noviembre dejar sus cosas en orden. Había traspasado su farmacia a su sobrino Albert, un joven con buena formación en química y botánica, que ya había anunciado su boda con la nieta de Laborde, su maestro y amigo. Una farmacia que daba para vivir, aunque él había sido muy alocado, y la modesta cantidad de dinero percibida de su hermana para ocuparse del establecimiento sólo había servido para liquidar antiguas deudas y ordenar un testamento, con más obligaciones que beneficios para sus herederos y legatarios. Le quedaba su casa en Chantilly, sus libros, algunos cuadros de cierto valor y una obra literaria que lo abarcaba todo: poesía, novela, ensayo, sus notas de viaje, etc. Una obra que era toda su vida, a la que otros tendrían que poner fin un día y en la que había más material por ordenar, concluir y publicar2 que terminado.

MEMORIAS

Desde el mes de noviembre, releía sus memorias sobre su estancia en España, publicadas en 18253, en las que había reflejado su fascinación por los españoles y, sobre todo, por las españolas. Aunque ahora ya no comulgaba con las ideas que le habían llevado a participar en la guerra peninsular, y aunque había dejado de creer --como la mayor parte de sus compatriotas-- en el sueño del emperador Napoleón, en sus memorias había intentado ser neutral, como lo eran las historias de otros farmacéuticos, compañeros suyos, que habían estado más tiempo en España. Al repasar estas memorias no podía olvidar la historia del español que habría de ser inmortalizado años más tarde con el nombre de García de Paredes, pero cuyo verdadero nombre y lugar exacto de ejercicio jamás se sabrán.

Rabbe había recordado a Sebastián Blaze4, casado con la española Cayetana5, hija del farmacéutico José Agudo, que había vuelto a su país tras ser desterrado por Fernando VII. Había tenido también noticias de Antoine Fée6, otro farmacéutico militar que aprovechó la guerra de España para hacer investigaciones arqueológicas, y que había escrito hasta tragedias en verso. Pero la historia de García de Paredes le obsesionaba, porque tenía todos los componentes del héroe romántico. Había muerto como un patriota y en defensa de la libertad, aunque sus vecinos creyeron hasta el último momento que era un afrancesado que confraternizaba con las tropas invasoras.

No era Rabbe partidario de la misma causa, pero le atraía la figura de un hombre empujado por una idea hacia un triste destino.

EL AFRANCESADO

Pero, ¿de qué historia nos está hablando?, se preguntarán quienes no hayan leído el más maravilloso cuento farmacéutico jamás escrito, obra de Pedro Antonio de Alarcón7, que lleva por título El Afrancesado. Pues bien, según Alarcón, era García de Paredes el farmacéutico de la pequeña población de Padrón. Poco importa el nombre y el lugar donde ejerció el protagonista de esta historia: pudo ser en Cataluña, en Andalucía o incluso en Madrid, e igual pudo llamarse Antonio López que Ayala o Moliner. Lo que importa es que su historia, a decir de todos, fue verídica, y es la más extraordinaria gesta acometida por un farmacéutico haciendo uso de su ciencia y de su patriotismo. Él solo, y a base de vino compuesto por láudano, había descabezado de su oficialidad a toda una brigada napoleónica, vengado la muerte de doscientos ochenta y cinco compatriotas y evitado la muerte de otros doscientos, aunque a costa de su propia vida y de la consideración social de sus clientes y amigos españoles... Al menos, hasta casi el último momento de su vida, en el que salva su alma --con ayuda de un terrible fraile guerrillero-- y su honor de patriota, cuando todos comprenden que se había hecho pasar por afrancesado para poder invitar a una cena, quizá de Navidad, a lo más granado de la oficialidad que invadía su ciudad, con la finalidad de acabar con todos ellos. Cuando Rabbe vino a España en 1815, le contaron la terrible historia del boticario cuyo verdadero nombre ha sido sustituido por la ficción. Y se le quedó grabada. Aunque el francés era aspirante a militar y amaba su país, la libertad era para él la última aspiración. Dar la vida por algo tan elevado, llegar a la muerte por amor a la libertad era su ideal y así lo expresaba en sus largas veladas a su entrañable amigo Víctor Hugo y lo iba reflejando en un ensayo al que había denominado Álbum de un pesimista8, que no se había atrevido a publicar. Casi temía que poner punto final a esta obra, siempre inacabada, acabaría siendo como poner punto final a su vida.

La historia de García de Paredes le obsesionaba, porque tenía todos los componentes del héroe romántico

 

DIAS DE NAVIDAD

Finalizaba 1829 con malos presagios políticos para Francia. Se hablaba de una nueva restauración del Imperio, y del fin de una época de libertades. En las tertulias literarias de París la exaltación romántica había sido sustituida por la política. Alphonse comenzaba a hartarse de la literatura y de la política, y aquel año había preferido pasar las veladas en casa de su hermana, casada con un afable coronel de intendencia, y compartir con sus sobrinos la Navidad. Todavía acudía de vez en cuando a su recién cedida farmacia, que ya dirigía su sobrino Albert, y le explicaba recetas e historias que ya empezaban a sonar a antiguas. Su relato favorito era aquel que narraba cómo, en pleno Directorio napoleónico, en 1805, Sertürner, un aspirante a boticario alemán, que contaba sólo 20 años, había obtenido la morfina cristalizada a partir del opio y cambiado radicalmente todos los conceptos galénicos, al demostrar que de las plantas podían obtenerse sustancias químicas puras. Sin embargo, todavía se seguía utilizando mucho el opio, porque la morfina se absorbía muy mal por vía digestiva9. Así que, por aquel entonces, se preparaban los polvos de Dover, cataplasmas opiadas para aplacar dolores externos y, sobre todo, láudano de Sydenham10. Él mismo usaba cataplasmas de opio para tratarse lo que llamaba, eufemísticamente, una «antigua herida de guerra», que llevaba siempre cubierta por un lienzo negro y que le afectaba un párpado, hasta convertirle en un ser siniestro, al menos para quien no le conociera tanto como su familia o sus amigos. Realmente, lo que él llamaba herida de guerra eran las secuelas de un lance amoroso vivido, eso sí, en campaña.

Para todos los que le rodeaban y conocían de cerca, Rabbe era un ser sensible, quizás un poco exaltado con la belleza, amante de las historias y relatos de sus viajes y, sobre todo, de la España que había conocido en la época de Napoleón. Sus historias de bandidos generosos, de guerrilleros, de venganzas por amor, y del colorido y las costumbres del vecino país del sur asombraban a todos, comenzando por los niños y terminando por las personas de mayor edad que, a su vez, podían recordar otras historias y se recreaban en su acento poético y descriptivo.

CAMBIOS

El 23 de diciembre Víctor Hugo le había enviado una carta por medio de su cochero, en la que se lamentaba de que ya no acudía a la tertulia ni había pasado por su casa en los últimos diez días. Su amigo se interesaba por su salud y preguntaba si acaso le ocurría algo que él pudiera remediar. Alphonse le contestó que nada debía quitarle el sueño, que su salud era razonablemente buena --tenía una tos persistente y una febrícula que no le abandonaba-- y se estaba dedicando un poco más a su familia en las fiestas navideñas, pero que aprovecharía cualquier tarde para ir a verle, bien a su casa o a la tertulia. Cumplidor de sus promesas, Rabbe acude al café de Montmartre donde se reúnen literatos, políticos opositores y antiguos hombres de armas, en un ambiente cargado de humo y en el que corre la absenta, el acuavit y el ojén, este último traído por las tropas napoleónicas de Málaga. Pero Alphonse encuentra a todos muy cambiados. Ya no se habla de literatura, el movimiento romántico parece haberse tomado un descanso ante sucesos que asustan a todos: el reinado de Carlos X parece llegado a su fin; la revolución liberal se difumina y la sensibilidad de aquellos hombres exaltados y visionarios augura que pronto habrá cambios para restringir las libertades11. Allí, más de uno habla de quitarse la vida antes de vivir en un régimen sin libertades, y Alphonse les contesta que él ha analizado el asunto y que el suicidio es algo más importante de lo que ellos creen; es, ante todo, la «explosión de un alma generosa, indignada del mundo, segura de su origen celeste y amorosa de su inmortal dignidad»12.

Al salir, va dando un largo paseo con Víctor Hugo, mientras les sigue a poca distancia el coche de este último, y le expone sus proyectos:

 

­ He pensado en retirarme definitivamente a Chantilly para llevar una vida de pequeño burgués, sin exaltaciones ni melancolías. Creo que he tenido una vida rica en experiencias y he sido un hombre libre, pero veo que me llega la hora de retirarme al campo a pasar mis últimos años.

 

Víctor Hugo se lamenta.

 

­ Alphonse, todos te necesitamos, tu familia, y yo mismo, como amigo con el que compartir el trabajo diario y la inspiración, que ya comienza a flaquear en razón inversa a la fama. Pero si así lo quieres, pasaré algunas temporadas contigo.

­ Entiendo que todos me necesitáis --dijo Alphonse-- pero estoy cansado, cada vez me cuesta más mostrarme en público y quiero seguir pensando en la muerte.

­ La muerte, siempre la muerte -- repitió Víctor Hugo--. Es algo que nos llegará a todos. ¿Para qué pensar en ello?

­ Existir es extinguirse --afirmó Alphonse--. Es una cuestión que estoy estudiando con detalle, pero no podemos morir así como así. Hay que morir por algo bello, en plenas facultades. Morir también puede ser un arte...

 

Se despidieron los amigos con las primeras luces del día. Alphonse iría a pasar las Navidades en casa de su hermana, y Víctor Hugo montaría en el coche que le esperaba con un mal presentimiento.

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE 1829

Para Alphonse y su familia, aquella Navidad fue la mejor de los últimos años. Él había hecho traer de Chantilly una caja donde guardaba el más preciado tesoro para sus sobrinos: un belén adquirido en España que tenía pavos de barro con patas de alambre, un San José sin manos, un pesebre con Niño Dios semejante a una bolita color de rosa, un mago montado en arrogante camello sin cabeza, una lavandera, etc. ¡Lo que habían padecido aquellas pobres figuras en los últimos años! ¡Y lo que aún les quedaba por padecer¡ Pero para los niños era el mejor juguete. Alphonse nunca había estado tanto tiempo con su familia como aquel año de 1829, y pudo disfrutar viendo a sus sobrinos jugar con el belén, acudir a los oficios religiosos, preparar almendras grageadas como sólo un boticario experto sabe hacer, y contar sus historias junto al fuego. Su tos y su fiebre le seguían atormentando, aunque las combatía eficazmente con láudano y unas cataplasmas opiadas que le preparaba su sobrino.

Había regalos para todos. Su hermana recibió un bello abanico, recuerdo de una española, en el que se reflejaban escenas que bien podían haber sido pintadas por Goya o por Maello, su maestro. Su cuñado, una daga morisca con damasquinados en oro. Su sobrino Albert, una caja de botica bellamente pintada; y a la novia de éste, un mantón de seda de las hilaturas catalanas. Los niños recibieron cada uno un napoleón de oro y diversos artículos en función de su edad: plumas, cortaplumas, papel de cartas y el mayorcito, un catalejo militar.

Todos le demostraban su cariño y él, solterón empedernido, curtido en algunas batallas menos que las narradas y en otras más dulces que sólo quedan en el recuerdo personal, se encontraba feliz y pensaba que había obtenido casi todo lo que alguien puede desear en la vida. Mas aún le quedaba una pena: no tenía resuelta la cuestión de su muerte, que deseaba grandiosa y en pos de un ideal. El paseo nocturno con Víctor Hugo había agravado su estado, y la noche del 31 de diciembre se retiró tarde. Tras la excelente cena que había preparado su hermana, sintió escalofríos, cargó un poco más de la cuenta con láudano un ponche caliente y se dispuso a dormir con su cataplasma de semillas de lino y polvo de opio. Pero de aquella noche no despertó. Al día siguiente su familia le halló como dormido y en su semblante se reflejaba una gran paz.

Morir también puede ser un arte...

MUERTO EL 31 DE DICIEMBRE DE 1829

Su entierro fue apoteósico, se hicieron elegías para el caso y una legión de literatos, poetas y boticarios de todo París acudió a su despedida. Se habló de enterrarle en el Panteón de Hombres Ilustres y de pedir para él la Legión de Honor a título póstumo. Sus amigos, encabezados por Víctor Hugo, se hicieron cargo de sus obras, tal como indicaba su testamento. No obstante, pasaban los meses y la grandiosidad que su muerte requería, a decir de sus exaltados amigos, no terminaba de concretarse, hasta que alguno de ellos comenzó a elaborar la teoría del suicidio por amor a la libertad. La revolución de julio de 1830, y la llegada del emperador Luis Felipe, que habría de acabar con las libertades y desposeer al pueblo como no se había visto en ninguna otra época de la historia de Francia, les proporcionó la excusa: ¡Sí, Alphonse se había suicidado por amor a la libertad! Así pasaría a la historia. ¿Y por qué se habría suicidado? ¡Para no conocer el año 1830!

Era un patriota, y así había de ser recordado. Víctor Hugo decidió unir su propia fama a la de su amigo, y en unos versos escritos a finales de 1830 conservó para siempre la figura de Alphonse como un romántico apasionado por la historia que abandonó el mundo para no vivir una época sin libertad.

 

Hélas! Que fais-tu doc, ô Rabbe, ô mon ami, Sèvere historien dans la tombe endormí!... 13

 

(Poema XVII de los Chants de crépuscule a Alphonse Rabbe -- mort le 31 de décembre 1829.)

 

Para todos, menos para su familia que conocía sus dolencias y sus acendradas creencias religiosas, Rabbe se había quitado la vida como aquel García de Paredes que tanto gustaba recordar: con opio y en defensa de la libertad. Aunque es posible que, a él mismo, que no conoció el año de la revolución contra el pueblo, ni la vuelta del Imperio a Francia, la historia inventada por sus amigos, acontecida en la Navidad de 1829, que le asemejaba a la figura de García de Paredes, quizá no le hubiera disgustado en exceso. *

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS14

1. Rabbe, Alphonse. El personaje es real, aunque su vida no fue tal como se narra en el cuento. Fue una figura poco conocida en vida, y mucho más tras su muerte.

Tuvo varias profesiones, entre ellas la de farmacéutico. Francés, nacido en Marsella en 1786 y muerto en 1829, ampliamente reseñado por Farinelli y Carrell. Fracasó en sus intentos de convertirse en político, artista, músico y actor. Publicó trabajos de divulgación histórica. Intentó escribir una novela, La soeur grise, («La hermana gris») sin éxito en su publicación, aunque siempre decía que estaba trabajando en ella. Entre las obras que se le atribuyen se incluyen unas Memoires d´un apothecaire, publicadas en París en 1825.

Pero fue una obra apócrifa, editada a partir de sus notas --El álbum de un pesimista-- que le acreditan como precursor del surrealismo francés. Rabbe es objeto de un amplio panegírico por parte del estudioso bibliógrafo italiano Farinelli, que le identifica como «miembro de la administración militar del ejercito francés en España en momentos cercanos a 1808, colaborador de Laborde y autor de una parte de la introducción de la obra del mismo». Rabbe emprendió también una Biografía universal de los contemporáneos, publicada en 1824 en París.

2. Su correspondencia, según Carrell, es esclarecedora de sus necesidades de editor. En el post scriptum de su testamento había escrito: «Si esos señores quieren cada uno elegir un libro entre mis papeles en mi memoria, para publicarlo, me proporcionarán un gran placer».

3. Rabbe A. Memoires d'un apothecaire. Paris, 1825.

4. Blaze S. Mémoires d'un apothecaire sur la guerre d'Espagne pendant les années 1808 à 1814 (Tomos I y II). Paris: Ladvocat Librairie, 1928.

5. Granda E. Una historia de ficción sobre Cayetana Agudo y el farmacéutico Sebastián Blaze se publicó bajo el título Una estrecha amistad en Farmacia Profesional 2001;14(11):4-10.

6. Fèe AL. Farmacéutico militar francés que recorrió España en casi su totalidad. Durrien tiene un estudio sobre el personaje, titulado Les goûts archêologiques d'un pharmacien militaire de l'armèe française en Espagne sous le premier Empire.

Allí se afirma de este viajero que muy joven aún, (Fèe) había tomado parte entre 1809 y 1813 en la terrible guerra de España, recorriendo la península de uno a otro extremo, llegando a Sevilla y a Jerez, asistiendo a las batallas de Arapiles y a la de Vitoria, y escapando difícilmente de los peligros que le supuso su regreso a Francia después de la derrota.

En Toro, el viajero asiste a una procesión de la Fiesta de Dios, extraña mezcla de fandango, durante el cual los hombres, vestidos como diablos cornudos, corrían de aquí para allá persiguiendo a las mujeres. Fèe se interesó mucho por la arqueología. Estando en Jerez escribió una tragedia en cinco actos y en verso, titulada Pelage, a imitación del español (impresa en 1818 en Francia). Cuenta Farinelli que Fèe estuvo alojado en Vitoria en casa de un médico español, padre de una encantadora joven de nombre Casilda, y que en esa ocasión no tuvo en cuenta su condición de oficial francés y le hizo la corte.

7. Alarcón PA. El Afrancesado. Obras completas. Madrid: Aguilar, 1955. Este cuento también puede leerse en: http://members.tripod.com/~gie1808a1814/hechos/franpadr.htm

8. Rabbe A. L'Album d'un pessimiste. Obra publicada tras su muerte por los amigos del autor. A partir de estas notas se habla de un supuesto suicidio de Rabbe, ya que estaba obsesionado por la condición temporal de la vida y por dar a ésta un final acorde a como se ha vivido. Pero la realidad pudo ser menos romántica.

9. Sólo a partir de 1853 se comienza a usar la vía inyectable a partir de la invención, por parte de Alexander Wood, de la jeringuilla hipodérmica.

10. En la Farmacopea Española de 1865 y de 1905 aparece como «Vino de opio compuesto», formado por: opio, azafrán, canela, clavo de especia y vino blanco superior. La dosificación era ajustada de tal manera que cada escrúpulo contuviera dos granos de opio y la dosis recomendada era de 6 a 12 granos (de 3 a 6 decigramos).

11. La revolución de julio de 1830 supone la subida al poder de Luis Felipe y el retorno a un régimen absolutista que, para los liberales, significó que el pueblo pasó a ser desposeído de todos sus derechos.

12. Rabbe A. L'album d'un pessimiste.

13. Cantos de Crepúsculo a Alphonse Rabbe muerto el 31 de diciembre de 1829. La traducción sería: ¡Así pues, qué haces tú, oh Rabbe, oh amigo mío, recto historiador, en la tumba dormido!...

14. La mayor parte de estas notas se han obtenido por gentileza de Beatriz Hernando Pertierra, que las ha recopilado para su trabajo de tesis doctoral en torno a los viajeros por España en la época de Fernando VII.

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