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Vol. 53.
Páginas 82-85 (Enero - Junio 2017)
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Ricardo Pérez Montfort (coord.), La cultura (vol. iv de la colección México contemporáneo, 1808-2014), México, El Colegio de México/Fondo de Cultura Económica/Fundación Mapfre, 2015. 305 p.
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Omar Fabián González Salinas
Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Michoacán, México
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Se trata del volumen cuatro de la colección México contemporáneo, 1808-2014 coordinada por Alicia Hernández Chávez. Esta serie consta de un total de cinco volúmenes enmarcados en un periodo que recorre desde la Guerra de Independencia –que dio paso a la existencia de México como Estado-nación moderno– hasta el tiempo presente. Un ambicioso, loable y necesario proyecto que busca presentar un panorama general sobre temas de economía, población, política, política internacional y cultura. Este último eje temático es el que se desarrolla en la obra aquí reseñada, y cuya coordinación estuvo a cargo de Ricardo Pérez Montfort, quien además escribió cuatro de los seis capítulos que componen el libro. Los apartados restantes son de autoría de Brian Connaugthon y María Luna Argudín.

La esencia de la obra inicia en el periodo en que México nace a la vida independiente, momento fundacional que engendró un continuo y escabroso proceso de construcción nacional que trató de dotar de una cultura e identidad al nuevo país. Desde entonces se han creado distintas y complejas expresiones culturales con las que México se ha hecho un lugar en el concierto de naciones. Se trata de un proceso difícil de estudiar y de seccionar en cortes de tiempo. De ello da cuenta Ricardo Pérez Montfort en la introducción (Introducción. Las claves: dos siglos de cultura mexicana, 1810-2010) del libro, donde enfatiza que el desarrollo cultural en México ha sido producto de una sociedad compleja y dinámica que ha forjado distintas corrientes de pensamiento y artísticas, así como medios de comunicación cuyos desarrollos se cruzan y mantienen cursos paralelos. No obstante, esta primera sección, así como el resto de la obra, apuesta por proponer cortes cronológicos que faciliten la comprensión del desenvolvimiento de algo que podamos denominar como la cultura de México.

En el primer capítulo (Crisis imperial e independencia. De la Ilustración a las ideas políticas nacionales, 1808-1830) Brian Connaughton resalta la importancia del reformismo borbónico de finales del siglo xviii como antecedente del Estado moderno y del proceso de ciudadanización de la población. Su texto aborda el patriotismo criollo, el movimiento insurgente y su influencia en el florecimiento de una opinión pública que se desarrolló de la mano de una cultura impresa con intereses políticos. Menciona Connaughton que a partir de la década 1830 en esta prensa apareció otro debate en torno a qué era la cultura e identidad mexicana y qué la diferenciaba de otras, en especial de la española. Este apartado deja en claro que las condiciones del país no eran las más óptimas (periódicos de irregular publicación, pobre desarrollo de la educación y altos niveles de analfabetismo) para lograr a cabalidad estos objetivos. Pero también aclara que la reestructuración de la sociedad a partir de nociones de ciudadanía no fue un proceso exclusivo de la sociedad criolla y mestiza, pues las comunidades indígenas también retomaron y se apropiaron del significado y poder de ciertas nociones políticas (el caso de la polisémica soberanía). Entre el Estado y estas poblaciones y regiones periféricas no siempre privaron las relaciones de resistencia, también los procesos de negociación fueron constantes.

Si Connaughton se enfocó en la tarea de ciudadanizar a la población durante las primeras décadas de independencia, el texto de María Luna Argudían (Mexicanizar la cultura, una empresa civilizatoria, 1830-1860), que es una reactualización de un estudio que previamente publicó en otra obra colectiva (Luna Argudín, 2012), retoma este proceso y su fusión con la pulsión por formar una nación, una cultura y una identidad compartida para el país que nacía a la vida independiente con la incertidumbre de no saber qué era México y qué era lo mexicano. Sobre ello es sumamente ilustrativa la frase con la que comienza su participación: «Había que construirlo todo: a la nación, al Estado, a las instituciones, a los ciudadanos, al público» (p. 69). Luna Argudín muestra la importancia de los polígrafos (hombres polifacéticos en el campo de las letras, capaces de escribir poesía, cuento, novelas, historia, teatro, ensayo, periodismo, etcétera), quienes quisieron formar ciudadanía y cultura nacional a partir de la crítica política, la historia y hasta de la geografía y la naturaleza. Asimismo, su texto nos acerca al quehacer de las primeras instituciones y asociaciones educativas y literarias, al trabajo hecho a partir de revistas de misceláneas, estudios históricos, novelas o periódicos. El texto también da cuenta de cómo la instrucción cívica y nacionalista que por décadas fue un esfuerzo individual de polígrafos, a partir de la estabilidad y desarrollo del Porfiriato, se convirtió en necesidad de primer orden para el Estado, una tarea que monopolizó y realizó con notables resultados (p. 107).

En el capítulo La apertura al mundo. Entre modernidades y tradiciones, 1880-1930, Ricardo Pérez Montfort inicia con una caracterización de las expresiones culturales que durante el Porfiriato buscaron la influencia de corrientes europeas, pero sin perder de vista «lo nacional». A diferencia de las colaboraciones anteriores, en este apartado el autor amplía la noción de cultura y no solo menciona corrientes artísticas o de pensamiento, también nos acerca a prácticas más cercanas a la vida cotidiana. Así, se nos ofrece una mirada sobre las actividades recreativas y de ocio, tanto de las clases más favorecidas como de las más golpeadas.

Del Porfiriato Montfort pasa a explicar las formas en que el estallido revolucionario de 1910 impactó en las expresiones culturales. Irrumpió la novela de la Revolución, se abrió el camino para un arte mural que, junto con la música y el cine, intentaron difundir lo «auténticamente» mexicano. El ejercicio de introspección derivó en un alejamiento de la admiración por lo europeo y en una revaloración del «pueblo bajo» o lo popular como lo que genuinamente representaba a México y los mexicanos. Dice el autor que este fenómeno bien puede ligarse al costumbrismo decimonónico (p. 141), pero también podría explicarse como consecuencia de la inmensa participación popular que nutrió los ejércitos revolucionarios. A pesar de estas características, no todo fue un cerrado nacionalismo; el texto también menciona a aquellos grupos intelectuales, como los contemporáneos, que rechazaron la búsqueda por lo nacional e intentaron retomar e insertarse en tendencias universales de prosa, poesía y artes escénicas.

En el apartado siguiente (Auge y crisis del nacionalismo cultural mexicano, 1930-1960) Ricardo Pérez Montfort apunta cómo la introspección nacionalista alcanzó gran difusión dentro y fuera del país, gracias a emergentes medios de comunicación de masas como la radio y el cine. Hubo una oleada por conocer qué era lo mexicano y qué había aportado a la cultura universal; una búsqueda que permeó hasta en la filosofía y el mundo académico. Apunta el autor que a partir de la década de 1940, al tiempo que el Estado daba un giro hacia la derecha, la cultura oficial nacionalista fue despojada de su denso trasfondo social y político y fue reemplazado por una repetitiva y poco innovadora retórica patriótica empeñada en mantener la unidad nacional. Los productos oficiales sobre México y los mexicanos parecían enfocarse en dos objetivos: ser instrumento político legitimador y satisfacer la demanda turística extranjera.

El muralismo, el nacionalismo musical y el cine que tanto había representado un bastión para representar a la cultura mexicana sufrieron crisis económicas y de talento. A ello se añadieron las influencias artísticas y culturales —sobre todo la avasalladora penetración del american way of life— venidas del extranjero, así como el surgimiento de intelectuales y sectores sociales que cuestionaron la cultura mexicana difundida por el Estado. Pero el texto muestra que aunque la cultura oficial del nacionalismo posrevolucionario tuvo un claro declive, no fueron las únicas manifestaciones culturales. La juventud mostró capacidad para forjar particulares formas de expresión cultural. Escritores como Carlos Fuentes y José Emilio Pacheco, la labor universitaria —sobre todo, de la Universidad Nacional Autónoma de México— e instituciones como el Fondo de Cultura Económica se erigieron como dignos representantes de que en el país podían renacer nuevas expresiones culturales de calidad.

Pérez Montfort presenta el último capítulo del libro bajo el título de Entre lo local y lo global. Logros y fracasos de la globalización en la cultura mexicana 1960-2010. Aquí, primeramente se comenta la caída del nacionalismo revolucionario y la constante entrada de influencias extranjeras en corrientes culturales. Destaca la referencia a una sociedad cada vez más crítica del Estado y su campo simbólico. El movimiento estudiantil de 1968 y su violenta represión también aumentaron el distanciamiento entre población y gobierno y ello se manifestó en expresiones culturales («canciones de protesta», «poesías comprometidas», caricatura, dibujo y la pintura) que alimentaron una cultura contestataria. Destacan también los infructuosos intentos de Luis Echeverría para difundir un nacionalismo folclórico dentro y fuera del país. Así, para la década de 1980 la cultura oficial y sus medios llegaron -nuevamente— a una crisis administrativa —producto de los estragos de la corrupción y el nepotismo— y de contenido por su poca innovación y poca credibilidad ante la sociedad. Una segunda sección del capítulo aborda cómo a partir de los ochenta llegó la globalización y su impacto reflejado, entre otros casos, en el grafiti como medio contestatario o en la oferta gastronómica que de pronto se inundó con opciones de los más variados países. En estas páginas aparece la cultura delineada desde los medios oficiales, por la actividad de intelectuales y por las expresiones de cultura popular.

Este es, a mi juicio, el capítulo más atractivo del libro. No por falta de méritos del resto de aportaciones, pero es de reconocer la novedad del tema abordado en las últimas páginas, ya que todavía tenemos un vacío historiográfico que hace falta llenar para explicar el devenir de la cultura en el pasado reciente. En ese sentido, destaco que en este apartado se toquen temas como la inclusión del Levantamiento Zapatista de Liberación Nacional en la conciencia social, las devociones populares que han diversificado y ensanchado el espectro religioso, o la narcocultura que tan caras consecuencias ha traído para el país por su apología que hace del crimen organizado. Sin embargo, es criticable que a estos fenómenos solo se hayan dedicado escasos párrafos. Asimismo, me parece que un tema que escapó al autor fue el fútbol como elemento que despierta un nacionalismo que si bien puede calificarse de chovinista, ello no exime que un festejo «pambolero» en el «ángel» de la Independencia mueve fibras patrióticas de una manera no muy distinta a la que se experimenta una noche de 15 de septiembre en el zócalo capitalino.

Por otra parte, aunque el libro señala las fricciones y retroalimentación entre la cultura oficial y la cultura de distintas regiones de México, me parece que estos temas también exigían un trato más amplio. Reflexionar sobre la convivencia entre lo local y lo nacional es importante para dilucidar cómo entre encuentros y desencuentros se ha mantenido la unidad de un país que vive en una latente pluralidad.

En suma, el libro cumple su cometido en cuanto a presentar un recorrido general sobre el desarrollo de expresiones culturales en el México moderno y contemporáneo. Para ello se recogieron ideas bien conocidas y se añadieron nuevos planteamientos. El lenguaje digerible y la ausencia de complejos debates historiográficos y precisiones teóricas ayudan a que el libro sea de fácil acceso para un amplio público no necesariamente especializado.

Finalmente, Ricardo Pérez Montfort cierra el libro con un declarado optimismo sobre nuevas generaciones de artistas e intelectuales que, al margen del oficialismo, pueden potenciar expresiones culturales de calidad. El tiempo dirá si tenía la razón, pero mientras tanto, es necesario seguir estudiando la cultura en México para entender sus vínculos con la política, sus influencias externas, los derroteros que toma y los que posiblemente tomará.

Referencias
[Luna Argudín, 2012]
Luna Argudín, M. (2012). La cultura. En: M. Luna Argudín (coord.), México. La construcción nacional (pp. 251-303). t.ii: La construcción nacional. Colección América Latina en la historia contemporánea. México: Fundación Mapfre/Taurus.
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