La Dieta Mediterránea ha demostrado ser uno de los patrones alimentarios más eficaces para la prevención de la enfermedad cardiovascular y otros desenlaces cardiometabólicos, pero la investigación científica ha tendido históricamente a enfocarse en la composición de los alimentos y sus nutrientes, dejando en un segundo plano otros componentes esenciales del modelo. Estos factores no nutricionales, incluyendo la comensalidad y la convivialidad, la estacionalidad y sostenibilidad de los alimentos, las prácticas culinarias o la sincronización temporal de la ingesta, forman parte integral de la arquitectura conceptual de la Dieta Mediterránea y fueron un criterio clave para su reconocimiento como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Pese a su relevancia, su tratamiento sistemático en la literatura científica ha sido limitado.
El presente consenso revisa y sintetiza la evidencia reciente sobre estos factores no nutricionales, identificando mecanismos por los cuales influyen en la adhesión al patrón y en determinantes biológicos relevantes para la salud vascular, como la regulación metabólica, la inflamación de bajo grado y la función circadiana. Además, traer a la luz estos elementos facilita la implementación y adaptación del modelo mediterráneo en otros contextos socioculturales, promoviendo la adopción de un patrón integral que conserve sus fundamentos conceptuales más allá de la mera replicación de alimentos, y permite a estas personas a acceder a los beneficios adicionales conferidos por estos factores no nutricionales.
Este enfoque holístico propone que la Dieta Mediterránea, concebida como un patrón de estilo de vida, puede ser adaptada de manera coherente a distintas realidades culturales y geográficas, optimizando así su transferencia a la práctica clínica y a las estrategias de prevención de la arteriosclerosis y sus factores de riesgo.
Mediterranean Diet has proven to be one of the most effective dietary patterns for preventing cardiovascular disease and other cardiometabolic outcomes, however, scientific research has historically tended to focus on the composition of foods and their nutrients, neglecting other essential components of this dietary pattern. These non-nutritional factors, including commensality and conviviality, food seasonality and sustainability, culinary practices, and the temporal synchronization of food intake, are integral to the conceptual framework of Mediterranean Diet and were a key criterion for its recognition as an Intangible Cultural Heritage of Humanity. Despite their relevance, their systematic treatment in the scientific literature has been limited.
This consensus statement reviews and synthesizes recent evidence on these non-nutritional factors, identifying the mechanisms by which they influence adherence to the pattern and biological determinants relevant to vascular health, such as metabolic regulation, low-grade inflammation, and circadian function. Furthermore, highlighting these elements contributes to the implementation and adaptation of MediterraneanDiet in other sociocultural contexts, promoting the adoption of a comprehensive pattern that preserves its conceptual foundations beyond the mere replication of foods, and allows these individuals to access the additional benefits conferred by these non-nutritional factors.
This holistic approach proposes that the Mediterranean Diet, conceived as a lifestyle pattern, can be coherently adapted to different cultural and geographical realities, thus optimizing its transfer to clinical practice and to strategies for the prevention of arteriosclerosis and its risk factors.
La Dieta Mediterránea ha sido tradicionalmente definida y estudiada desde una perspectiva fundamentalmente nutricional, centrada en la composición de los alimentos, la frecuencia de consumo y la distribución de macronutrientes y micronutrientes. Sin embargo, desde sus primeras formulaciones conceptuales, este patrón dietético ha sido entendido como un modelo cultural y social complejo, en el que los alimentos y los nutrientes constituyen solo una parte de un entramado más amplio de prácticas, conocimientos y valores compartidos. Esta dimensión no nutricional fue precisamente uno de los elementos clave para su reconocimiento como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, al considerarse que la Dieta Mediterránea no solo representa un conjunto de alimentos, sino también un sistema de prácticas sociales, rituales, tradiciones culinarias, formas de comensalidad (entendida como el acto de compartir las comidas) y transmisión intergeneracional de conocimientos estrechamente vinculados al territorio, la biodiversidad y la identidad cultural de las comunidades mediterráneas. Esta visión integradora queda reflejada de manera explícita en la pirámide de la Dieta Mediterránea, donde en su base se incorporan de forma estable factores no estrictamente nutricionales que contribuyen de manera decisiva a sus efectos sobre la salud.
A pesar de ello, existe una notable escasez de textos científicos de revisión que analicen de forma sistemática y específica estos factores no nutricionales, que forman parte inherente del concepto de Dieta Mediterránea y se representan de manera consistente en sus modelos gráficos y documentos de referencia. En la literatura científica, estos elementos han recibido históricamente una atención secundaria frente al estudio de los alimentos concretos o de sus componentes bioactivos, lo que ha generado una visión parcial del modelo mediterráneo y ha limitado su correcta interpretación, implementación y transferencia al ámbito clínico y de salud pública.
En los últimos años, diversos campos relacionados con estos factores no nutricionales han experimentado una expansión relevante de la evidencia científica, con avances sustanciales en áreas como la comensalidad y la convivialidad, la sostenibilidad y la estacionalidad de los alimentos, la preparación culinaria, el entorno social de las comidas o la crononutrición. Estos aspectos, tradicionalmente considerados accesorios o culturales, han demostrado influir de manera significativa en la adherencia al patrón mediterráneo, en los comportamientos alimentarios y en múltiples mecanismos biológicos relacionados con la inflamación, el metabolismo energético, la regulación circadiana y el riesgo cardiometabólico.
El presente documento surge, por tanto, con el objetivo de revisar y sintetizar la evidencia disponible sobre aquellos factores no nutricionales de la Dieta Mediterránea que han experimentado un mayor desarrollo científico reciente, integrándolos en un marco conceptual coherente que vaya más allá del análisis de nutrientes aislados. Este documento no pretende abordar todos los componentes no nutricionales del modelo mediterráneo, y otros, como una adecuada hidratación, la práctica regular de actividad física moderada, el descanso o determinados aspectos psicosociales, forman parte indiscutible de la Dieta Mediterránea y han sido abordados en profundidad en revisiones específicas, a las que se remite al lector interesado.
Desde esta perspectiva, el consenso propone una visión actualizada y ampliada de la Dieta Mediterránea como un patrón integral de alimentación y estilo de vida, en el que los factores no nutricionales desempeñan un papel central y deben ser considerados de manera explícita tanto en la investigación como en la práctica clínica y las estrategias de salud pública.
Breve revisión de la relación entre la Dieta Mediterránea y entidades prevalentes con alto impacto en morbimortalidadLa evidencia científica demuestra que una alta adherencia al patrón dietético mediterráneo se asocia con menor mortalidad, menor riesgo de enfermedades crónicas y un impacto ambiental más favorable. No obstante, su reconocimiento como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad subraya que la Dieta Mediterránea constituye un marco sociocultural más amplio que la mera elección de alimentos, cuya contribución específica a dichos beneficios aún no está plenamente establecida. La presente revisión examina aspectos poco explorados de esta filosofía de vida, entre ellos la estacionalidad en la elección de alimentos, la preferencia por productos de proximidad, las preparaciones culinarias tradicionales, el consumo de comidas en compañía, la relevancia de la socialización en el estilo de vida mediterráneo y el ritmo alimentario a lo largo del día.
En esta introducción, y con el fin de contextualizar la contribución de la Dieta Mediterránea a la salud, se revisa brevemente la evidencia disponible sobre sus efectos en los principales problemas de salud. Posteriormente, se analizan de manera individual los elementos diferenciales que caracterizan este patrón dietético y estilo de vida. Para ello, se incluyen deliberadamente tanto estudios observacionales como ensayos de intervención realizados en contextos no mediterráneos, con el fin de mostrar que, aunque el estilo de vida mediterráneo parece contribuir a parte de los beneficios observados, estos se mantienen, al menos de forma parcial, incluso en su ausencia.
Dieta Mediterránea y mortalidadHace más de dos décadas, un grupo de investigadores griegos evaluó los hábitos dietéticos de más de 22.000 participantes y los siguió durante una media de tres años. Observaron que quienes mostraban una mayor adherencia a la Dieta Mediterránea tradicional presentaban un riesgo de mortalidad un 25% menor, en términos relativos, respecto a aquellos con peor adherencia a este patrón alimentario1. Resultados similares se observaron en un estudio realizado en España con más de 40.000 participantes seguidos durante una media de 13 años2, así como en otro realizado en EE. UU. con más de 25.000 mujeres seguidas durante una media de casi 25 años3. En todos estos estudios, la dieta se evaluó únicamente al inicio del estudio. Por ello, resulta especialmente relevante otro estudio estadounidense, con más de 73.000 participantes y más de 12 años de seguimiento, en el que se analizó también el efecto de los cambios en la adherencia dietética sobre el riesgo de mortalidad. En dicho estudio, quienes mejoraron su adherencia a la Dieta Mediterránea a lo largo del tiempo presentaron un menor riesgo de mortalidad4.
Dieta Mediterránea y obesidadEn el estudio SUN, una cohorte española con más de10.000 participantes, se observó que quienes presentaban una mayor adherencia a la Dieta Mediterránea experimentaban una menor ganancia de peso a lo largo del tiempo5. De manera paralela, un estudio realizado en EE.UU. evidenció que una mayor adhesión a la Dieta Mediterránea atenuaba la ganancia de peso a lo largo del tiempo, asociación que resultó aún más pronunciada en personas con sobrepeso u obesidad6. Asimismo, un metaanálisis que integró resultados de múltiples estudios mostró que una elevada adherencia a este patrón dietético confiere protección frente a la ganancia de peso a cinco años y reduce el riesgo de desarrollar sobrepeso y obesidad7.
Dieta Mediterránea y enfermedad cardiovascularLa enfermedad cardiovascular constituye la principal causa de mortalidad a nivel mundial y representa una importante carga de morbilidad. Una revisión sobre la relación entre la Dieta Mediterránea y la salud cardiovascular concluyó que la evidencia disponible acerca de la asociación entre una mayor adherencia a este patrón alimentario y un menor riesgo de desarrollar enfermedad cardiovascular es sólida y consistentemente favorable8. En este contexto y como ensayos clínicos aleatorizados cabe destacar los ensayos PREDIMED y CORDIOPREV9,10.
En el ensayo PREDIMED, más de 7.000 personas de alto riesgo vascular en prevención primaria fueron asignadas aleatoriamente a una de tres intervenciones nutricionales: una Dieta Mediterránea suplementada con aceite de oliva virgen extra, una Dieta Mediterránea suplementada con frutos secos o una dieta control (con características de baja en grasa). Tras una media cercana a cinco años de seguimiento, se observó que los participantes de ambos grupos asignados a la Dieta Mediterránea presentaron una reducción relativa del 30% en la incidencia de enfermedad cardiovascular, incluyendo cardiopatía isquémica, accidente cerebrovascular y mortalidad cardiovascular frente a la dieta control9. Por otro lado, en el ensayo CORDIOPREV se asignó aleatoriamente a 1.002 participantes con antecedentes de cardiopatía isquémica a una intervención nutricional basada en una Dieta Mediterránea o en una dieta baja en grasa. Los resultados mostraron nuevamente una reducción relativa del riesgo de presentar un nuevo evento cardiovascular superior al 25%9. En conjunto, existe evidencia científica de alto nivel que respalda el efecto protector de la Dieta Mediterránea frente a la enfermedad cardiovascular.
Dieta Mediterránea y cáncerEn una revisión de estudios observacionales se concluyó que una mayor adherencia a la Dieta Mediterránea se asocia con un menor riesgo de desarrollar diversos tipos de cáncer, entre ellos mama, colorrectal, de cabeza y cuello, respiratorio, gástrico, de vejiga y hepático, así como una menor mortalidad global y por cáncer en personas con un cáncer previo11. Más recientemente, en el estudio European Prospective Investigation Into Cancer and Nutrition (EPIC), un estudio paneuropeo con más de 450.000 participantes se observó que una mayor adherencia a la Dieta Mediterránea se asociaba con un menor riesgo de desarrollar cualquiera de los 13 tipos de cáncer considerados causalmente relacionados con la obesidad12.
Por otra parte, en el ensayo PREDIMED, previamente mencionado, se constató que las mujeres asignadas aleatoriamente al grupo de Dieta Mediterránea suplementada con aceite de oliva virgen extra presentaban un riesgo significativamente menor de desarrollar cáncer de mama13.
Dieta Mediterránea y demenciaEn la actualidad, la carga global de morbimortalidad asociada a las demencias se encuentra en aumento. En este tipo de enfermedades, la prevención tiene un papel fundamental, ya que una vez establecidas, en muchas ocasiones, el margen terapéutico es escaso. En este contexto, un estudio realizado en el marco de la cohorte británica UK Biobank, que incluyó a más de 60.000 participantes inicialmente libres de demencia, encontró que una mayor adherencia a la Dieta Mediterránea se asociaba con un riesgo significativamente menor de desarrollar demencia14. Más recientemente, un estudio realizado en EE. UU. que incluyó a más de 5.600 participantes observó que una mayor adherencia a la Dieta Mediterránea se asociaba con un menor riesgo de desarrollar enfermedad de Alzheimer y otras demencias relacionadas. Cabe destacar que esta reducción del riesgo fue más pronunciada entre los participantes con mayor susceptibilidad genética a estas enfermedades15. Uno de los mecanismos subyacentes propuestos para estos hallazgos ha sido la modulación de genes relacionados con la neuroinflamación16.
Elección de alimentos, cultura de la compra, preparación de alimentos y opciones saludables para el medio ambiente en la Dieta Mediterránea.
Preparación y conservación de los alimentos en la Dieta MediterráneaIntroducciónLa Dieta Mediterránea se caracteriza por el uso del aceite de oliva como principal grasa culinaria. En su forma virgen, este aceite destaca por su elevada riqueza en antioxidantes, lo que lo convierte en una opción idónea tanto para el aliño como para el cocinado. La evidencia científica que respalda sus beneficios procede de estudios clínicos de intervención, citados anteriormente, y en los cuales se ha demostrado que una Dieta Mediterránea rica en aceite de oliva virgen, en comparación con una dieta con menor contenido graso, reduce la morbimortalidad cardiovascular, tanto en el ámbito de la prevención primaria10 como en la secundaria, en individuos con antecedentes de enfermedad cardiovascular arteriosclerótica9. Parte de estos beneficios se atribuyen a que, en su forma virgen, el aceite de oliva se obtiene exclusivamente mediante procedimientos mecánicos, constituyendo un auténtico zumo de aceituna, sin necesidad de los procesos fisicoquímicos propios del aceite de oliva refinado. De este modo, además de su efecto favorable derivado del elevado contenido en ácidos grasos monoinsaturados, principalmente ácido oleico, el aceite de oliva virgen es también una fuente relevante de vitaminas y otros compuestos minoritarios con efectos saludables, los cuales se pierden en el proceso de refinado de los aceites, como la vitamina E y diversos antioxidantes fenólicos, entre ellos la oleuropeina y el hidroxitirosol17.
Más allá de los antioxidantes propios del aceite de oliva virgen, la Dieta Mediterránea se caracteriza por su elevado aporte de compuestos antioxidantes procedentes de verduras, frutas y frutos secos. Este perfil antioxidante global parece desempeñar un papel clave en su efecto anti-aterógeno y vasculoprotector18. Asimismo, la combinación sinérgica de los distintos componentes bioactivos presentes en los alimentos característicos de este patrón alimentario, junto con las formas culinarias tradicionales que preservan micronutrientes habitualmente perdidos en otros métodos de cocinado, contribuiría de manera significativa a sus beneficios sobre la salud cardiovascular y general18.
Una de las características tradicionales de la Dieta Mediterránea es la combinación de alimentos de larga conservación, como las legumbres, con productos frescos, de temporada y de proximidad. Sin embargo, en los últimos años se ha observado una disminución en la adherencia poblacional a este patrón alimentario19, a pesar del conocimiento de sus efectos saludables20. Entre los factores determinantes del abandono de los hábitos dietéticos tradicionales destaca el desarrollo, por parte de la industria alimentaria, de técnicas de procesado y conservación que prolongan la vida útil de los alimentos y mejoran su palatabilidad. Estas técnicas han facilitado la proliferación de platos preparados listos para calentar y consumir, con características y componentes muy variables con respecto a los platos tradicionales. En contraste, los guisos tradicionales propios de la Dieta Mediterránea requieren un mayor tiempo de elaboración y, aunque constituyen una opción rica en nutrientes saludables, con frecuencia se ven desplazados por estas alternativas más cómodas, de preparación rápida o de consumo inmediato. De acuerdo con el descenso observado en el consumo de frutas y verduras frescas, se han identificado como posibles causas la necesidad de una reposición más frecuente de estos alimentos en el hogar, el incremento de su precio en comparación con alternativas procesadas, así como la mayor comodidad que ofrecen otras opciones listas para «abrir y comer».
Preparación de los alimentos en la Dieta Mediterránea Técnicas culinariasLa Dieta Mediterránea tradicional se caracteriza por una gran diversidad de preparaciones culinarias, en las que se combinan distintos tipos de vegetales, teniendo como elemento común el uso del aceite de oliva virgen tanto para el aliño como para el cocinado20.
Entre estas preparaciones destacan las ensaladas de temporada, de base vegetal, que pueden incorporar legumbres y que suelen consumirse como primer plato o guarnición en las principales comidas. Asimismo, las sopas frías, como el gazpacho, el salmorejo o el ajoblanco, son especialmente habituales durante los meses de verano. En el caso del gazpacho, la combinación de ciertos ingredientes como tomate, aceite de oliva virgen, pimiento, pepino y ajo aporta compuestos bioactivos, responsables de cierto efecto protector vascular y antihipertensivo, aunque, evidentemente, controlando la adicción de sal al mismo. Además, el procesado tradicional de estos alimentos puede también contribuir a sus efectos saludables. El triturado del tomate, típico de los sofritos, gazpacho o salmorejo, por ejemplo, mejora la biodisponibilidad del licopeno que contiene, al romper las paredes celulares, lo que facilita su absorción y potencia su capacidad antioxidante y su efecto beneficioso sobre la función endotelial21. En el seguimiento de la cohorte del estudio PREDIMED, el mayor consumo de gazpacho aparece asociado con una menor prevalencia de hipertensión22. El salmorejo es otra crema fría tradicional cuyos ingredientes principales, tomate, pan, ajo y aceite de oliva virgen, le confieren propiedades beneficiosas comparables a las del gazpacho, derivadas en gran medida de los polifenoles presentes en su composición. Además de los efectos antioxidantes del tomate y del aceite de oliva virgen, el ajo aporta flavonoides, saponinas y compuestos organosulfurados con capacidad moduladora del estrés oxidativo. No obstante, al igual que ocurre con el gazpacho, los beneficios sobre la salud del salmorejo se atribuyen fundamentalmente a la acción sinérgica de la combinación de vitaminas, minerales y una amplia variedad de antioxidantes presentes en sus ingredientes23. De forma similar, en este contexto de preparación de alimentos en crudo, el simple gesto de restregar tomate sobre una rebanada de pan y añadir aceite de oliva virgen también mejora la biodisponibilidad de los licopenos, a lo que se suma el efecto antioxidante del consumo de aceite de oliva virgen en crudo.
Otro componente fundamental de la Dieta Mediterránea, que sirve de base para una gran variedad de platos, es el uso del sofrito, una preparación de tomate, ajo, cebolla o puerro cocinados lentamente con aceite de oliva virgen, como fondo de numerosos guisos. En el cuestionario MEDAS del estudio PREDIMED, su consumo se incluye como uno de los ítems indicativos de una mayor adherencia a la Dieta Mediterránea10. La cocción a fuego lento con aceite de oliva virgen mejora la bioaccesibilidad de carotenoides y polifenoles, como la naringenina, el ácido ferúlico y la quercetina, presentes en los alimentos, favoreciendo su absorción en el tracto digestivo. Además, esta técnica culinaria genera una combinación sinérgica de antioxidantes que contribuye a dotar a la dieta de un perfil con mayor beneficio cardiovascular24. Las recomendaciones dietéticas para la prevención cardiovascular de distintas sociedades, como la Sociedad Española de Arteriosclerosis (SEA), señalan que el consumo de esta salsa puede realizarse de forma diaria18.
Dentro de la selección y preparación de los alimentos en la Dieta Mediterránea destacan determinados métodos de cocinado, no tanto por la técnica en sí, sino por la forma en que se aplican. Como ejemplo representativo, resulta pertinente analizar la técnica de la fritura en la cocina mediterránea, que se caracteriza por el uso de aceite de oliva virgen a altas temperaturas, en el que se sumergen los alimentos con el fin de conferirles unas propiedades organolépticas óptimas25. Esta técnica se emplea con frecuencia en la preparación del pescado, aumentando su contenido graso. Los cambios nutricionales resultantes dependen tanto de las características del pescado como del aceite utilizado, ya que se produce un intercambio de lípidos entre ambos. Así, el pescado frito en aceite de oliva virgen se enriquece en ácido oleico, con una reducción paralela de ácidos grasos poliinsaturados n-3 (ácido eicosapentaenoico [EPA] y ácido docosahexaenoico [DHA]), que pasan al aceite. En cambio, la fritura con aceite de girasol favorece procesos oxidativos con formación de radicales libres y aldehídos potencialmente tóxicos, fenómenos que no se observan con el aceite de oliva virgen debido a su alto contenido en compuestos fenólicos y su mayor resistencia a la oxidación25,26. La idoneidad del uso de aceite de oliva virgen frente a otros aceites de semillas también se ha evaluado en la fritura doméstica de patatas, observándose un menor contenido de acrilamida27, La acrilamida, formada durante la fritura de alimentos ricos en almidón, se ha asociado con un mayor riesgo cardiovascular28. Asimismo, la capacidad antioxidante del aceite de oliva virgen se ha comparado entre su uso en crudo y su aplicación en distintas técnicas culinarias, fritura, hervido y salteado, mostrando resultados similares29. No obstante, temperaturas elevadas o tiempos prolongados de fritura pueden reducir su contenido en polifenoles30. En definitiva, la fritura con aceite de oliva virgen parece constituir una opción más saludable que el uso de otros aceites comunes. Además, muchas preparaciones de pescado frito incluyen un rebozado previo en harina y huevo, o únicamente en harina, antes de su fritura en aceite de oliva virgen. Cuando el rebozado es homogéneo, la temperatura del aceite adecuada y el tiempo de fritura breve, se forma una costra superficial que limita la exposición directa del pescado al aceite. Este efecto favorece un cocinado más eficiente, reduce la deshidratación y la absorción de grasa, y confiere al producto final unas características organolépticas específicas, con un contenido graso inferior al de la fritura sin rebozado31,32.
El consumo habitual de frutos secos (almendras, avellanas y nueces), es parte de la Dieta Mediterránea y su ingesta ha mostrado beneficios en la reducción de la morbimortalidad cardiovascular9,10. Aunque los frutos secos se consumen habitualmente en crudo, también forman parte de diversas salsas de la cocina mediterránea, como la tradicional picada —elaborada con frutos secos, aceite de oliva virgen, ajo y otros vegetales—, utilizada como base en numerosos guisos de cocción lenta, o la salsa romesco, que aporta además antioxidantes procedentes del tomate, el pimiento rojo y el pimentón. Asimismo, el ajoblanco, una sopa fría elaborada con almendras molidas, ajo, agua y aceite de oliva virgen, destaca por su elevado contenido en polifenoles. Los frutos secos aportan ácido oleico en el caso de avellanas y almendras, y ácido α-linolénico en las nueces, además de otros nutrientes y compuestos bioactivos como ácido fólico, vitamina E, arginina, precursora del óxido nítrico, fitoesteroles y diversos antioxidantes18.
Un reciente metaanálisis muestra un incremento de la morbimortalidad cardiovascular y mortalidad total, con las dietas de mayor índice glucémico33. Alimentos comunes en la Dieta Mediterránea como la pasta o el arroz, se suelen consumir con sofritos u otras salsas, que reducen el índice glucémico de estos alimentos. Como ejemplo paradigmático, la paella valenciana realizada con un sofrito de aceite de oliva virgen, tomate, ajo, diferentes verduras, legumbres de temporada y proximidad, y carne blanca (pollo y/o conejo), puede ser un fiel exponente de las interacciones de los diferentes alimentos, por su riqueza en antioxidantes, por la reducción de la respuesta glucémica que se consigue con el arroz blanco debida al aporte graso y proteico del conjunto del plato, y por la riqueza de fibra de las verduras que prolonga el tiempo de absorción de los hidratos de carbono y reduce el índice glucémico18,34.
Conservación de los alimentos en la Dieta MediterráneaTradicionalmente en la Dieta Mediterránea, se han empleado diferentes métodos de conservación de los alimentos, tendentes a prolongar su tiempo de consumo y a mejorar sus cualidades organolépticas. Entre ellos podemos encontrar el marinado, consistente en sumergir un alimento fundamentalmente proteico (carne, pescado) en un líquido cuya base suele ser aceite de oliva virgen, y diferentes fuentes de fitoquímicos antioxidantes como son especias y hierbas aromáticas (orégano, romero, tomillo, perejil, laurel…), durante un tiempo variable de incluso hasta varias semanas, con el objeto de prolongar su tiempo de consumo y modificar sus cualidades sensoriales, aromatizando el alimento y dotándolo de una textura diferente35. Este marinado previo al asado o fritura posterior de la fuente proteica ha mostrado reducción de contaminantes como las aminas heterocíclicas y de otros oxidantes que se producen con el braseado a altas temperaturas36.
Otro procedimiento de conservación de los alimentos en la Dieta Mediterránea es el escabechado, con la utilización de vinagre, producto de la oxidación del alcohol etílico. Su principal componente bioactivo es el ácido acético, que tiene efecto antibacteriano y contribuye a la perdurabilidad de los alimentos. Hay evidencias de su efecto de mejora sobre el control glucémico, a través de diferentes mecanismos que incluyen la reducción de la gluconeogénesis hepática, el incremento de la producción del péptido similar al glucagón 1 (GLP-1), y el aumento de la sensación de saciedad37. Además, el escabechado incluye aceite de oliva virgen y diferentes especias y hierbas, que logran una conservación muy rica en polifenoles con gran capacidad antioxidante y potencial beneficio para la salud35.
La elaboración casera de conservas con aceite de oliva virgen, y el desecado son otros métodos clásicos de conservación de los alimentos. La deshidratación por desecado es aplicada a frutas como las ciruelas, uvas (pasas), higos, dátiles, en las que la concentración de azúcares aumenta, pero también lo hace la concentración de fibra y persiste el efecto beneficioso de los polifenoles que contienen38. Otros vegetales como el pimiento rojo sufren proceso de desecación, obteniéndose ñoras, presentes en muchas salsas de nuestra cocina, o hierbas como el perejil que con la deshidratación pierde el aroma, pero mantiene un alto contenido de antioxidantes, y forma parte de diferentes salsas, en las que es común su empleo con aceite de oliva virgen y ajo (salsa verde)39.
En definitiva, los beneficios atribuibles a la Dieta Mediterránea no son exclusivos de la composición de los alimentos que la integran, sino, además, de la compleja interacción entre ellos, con el uso de los métodos tradicionales de preparación y conservación que optimizan las propiedades nutracéuticas de los mismos, proporcionando una dieta rica en nutrientes bioactivos de reconocido beneficio sobre la salud, que además logra una excelente palatabilidad.
Elección de productos frescos y de temporada. Productos de cercaníaLa Dieta Mediterránea, más allá de su concepción como patrón nutricional, constituye una manifestación cultural vinculada históricamente al consumo de alimentos locales, frescos y de temporada. Estos alimentos, que alcanzan su óptimo de producción y consumo en función de la estación del año, aportan no solo beneficios medioambientales y para la economía local, sino también unas cualidades organolépticas óptimas y ventajas biológicas específicas que contribuyen al mantenimiento de la homeostasis corporal40.
Entre los beneficios para la salud asociados al consumo de alimentos de temporada se incluyen un mayor contenido en nutrientes y mejores propiedades organolépticas, derivadas de su desarrollo sin necesidad de procesos artificiales de conservación, así como una menor exposición a sustancias potencialmente nocivas. Además, estos alimentos suelen presentar un mayor contenido en antioxidantes y compuestos bioactivos, esenciales, entre otros aspectos, para la regulación de la inflamación y el estrés oxidativo en el organismo41–43. El alto contenido en antioxidantes contribuye a neutralizar los radicales libres, protegiendo las células del daño44 y los compuestos bioactivos presentes en alimentos de temporada pueden reducir la inflamación crónica, previniendo enfermedades relacionadas16.
La inflamación crónica contribuye al desarrollo de enfermedades metabólicas (obesidad, síndrome metabólico, diabetes tipo 2), cardiovasculares y neurodegenerativas43,45. Muchos alimentos contienen compuestos bioactivos que regulan la inflamación por diferentes mecanismos, y muchas veces, la estacionalidad puede influir en estos elementos. Uno de los ejemplos más representativos lo constituyen los pescados grasos mediterráneos, como la sardina o la caballa, tradicionalmente consumidos en su temporada natural, que aportan ácidos grasos omega-3 de cadena larga (EPA y DHA). Estos compuestos inhiben la síntesis de prostaglandinas y leucotrienos proinflamatorios y contribuyen a la regulación de la actividad de las células inmunitarias46, y que tienen un marcado potencial cardiosaludable. El contenido de aminoácidos y grasas de estos pescados varía de forma importante a lo largo del año. Por ejemplo, en el caso de la sardina, se ha descrito que los ejemplares pescados y consumidos durante el tercer trimestre del año presentan un contenido de grasa total y, en particular, de ácidos grasos omega-3, casi el doble que los del segundo y cuarto trimestres (3,1g de omega-3/100g de sardina frente a 1,7 y 1,9g, respectivamente), y hasta siete veces superior al del primer trimestre (0,42g/100g)46. Otros agentes reguladores del estado inflamatorio son los polifenoles presentes en el aceite de oliva virgen o las frutas, que bloquean vías proinflamatorias dependientes de NF-κB y reducen la producción de citocinas como IL-6 y TNF-α8,44. Aunque no está directamente relacionado con la estacionalidad, conviene recordar que las propiedades bioactivas de los micronutrientes del aceite de oliva pueden disminuir con el paso del tiempo, por lo que tanto la duración como el material de embotellado constituyen factores clave que influyen en su contenido en polifenoles. A modo de ejemplo, en un estudio de Esposto et al. se observó que, tras 10 meses de almacenamiento, la pérdida de polifenoles fue del 10-15% en envases metálicos, del 15-20% en vidrio oscuro, del 30-40% en vidrio transparente y alcanzó el 45-55% en botellas de plástico PET transparente47. La fibra dietética presente en verduras, frutas y legumbres, por su parte, contribuye a la salud intestinal y la producción de ácidos grasos de cadena corta, con efectos antiinflamatorios sistémicos. Aunque la fibra no parece variar dependiendo de la estacionalidad, sí que es cierto que las características de maduración de los vegetales en general y las frutas en particular hacen que su consumo sea mucho más placentero en determinados meses, aumentando la posibilidad de su consumo48.
El estrés oxidativo ocurre cuando hay un desequilibrio entre los radicales libres y los antioxidantes en el cuerpo, lo que provoca daño celular y acelera el envejecimiento41. Estos antioxidantes neutralizan los radicales libres y previenen el daño celular. Entre estos compuestos se incluyen las vitaminas C y E, que actúan como antioxidantes directos, bloqueando la acción de los radicales libres y protegiendo las membranas celulares, los carotenoides, que protegen la piel y los ojos del estrés oxidativo49, y los compuestos fenólicos, que estimulan la expresión de enzimas antioxidantes en el organismo41.
Como hemos visto, la Dieta Mediterránea, rica en frutas, verduras, legumbres, aceite de oliva y especias, posee propiedades antioxidantes y antiinflamatorias que pueden reducir el riesgo de enfermedades no transmisibles como la obesidad, la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardiovasculares9,10,44,48. Los antioxidantes pueden mejorar la sensibilidad a la insulina y reducir el estrés oxidativo, factores clave en la prevención de la diabetes tipo 245. Los polifenoles ayudan a modular la inflamación metabólica y el estrés oxidativo en la obesidad y la acción antiinflamatoria puede influir positivamente en el microbiota intestinal, favoreciendo un equilibrio que puede contribuir al control del peso42,44. La elección de productos de temporada refuerza la diversidad dietética, elemento clave en la regulación del microbioma intestinal. El consumo de frutas, verduras y legumbres variadas a lo largo del año proporciona diferentes tipos de fibra dietética fermentable, que al ser metabolizada por la microbiota produce ácidos grasos de cadena corta como butirato, acetato y propionato. Estos metabolitos ejercen efectos antiinflamatorios sistémicos, mejoran la integridad de la barrera intestinal y participan en la regulación de la glucemia y la presión arterial50. Al mismo tiempo, la biodiversidad alimentaria actúa como factor protector frente a disbiosis intestinales asociadas a obesidad y envejecimiento, reforzando el papel preventivo de la Dieta Mediterránea cuando se mantiene anclada en la temporalidad de los productos. La Dieta Mediterránea ha mostrado efectos positivos en la modulación de genes relacionados con la neuroinflamación en adultos mayores con alto riesgo cardiovascular16, y su consumo puede contribuir a la protección neuronal y reducir el riesgo de enfermedades como el Alzheimer y el Parkinson. Según la estacionalidad, la Dieta Mediterránea de temporada garantiza un consumo regular de flavonoides y compuestos fenólicos, especialmente en frutas rojas, cítricos y vegetales de hoja verde, cuyo pico de concentración se da en épocas específicas del año. Asimismo, el aporte de omega-3 procedente de pescado fresco de temporada contribuye al mantenimiento de la plasticidad sináptica y a la integridad de membranas neuronales, aspectos críticos en la preservación de la memoria y la atención, y su concentración en el pescado es radicalmente dependiente de la época del año51.
La transición hacia modelos alimentarios globalizados ha generado una homogeneización de la dieta, caracterizada por el acceso permanente a productos fuera de temporada y por la pérdida de contacto con mercados locales. Esta tendencia reduce la exposición a la variabilidad natural de compuestos bioactivos, limita la diversidad de la microbiota intestinal y conlleva un mayor consumo de alimentos ultraprocesados, ricos en grasas trans, azúcares refinados y aditivos que inducen inflamación crónica52. Desde un punto de vista biológico, esta pérdida de estacionalidad debilita los mecanismos protectores de la Dieta Mediterránea y favorece la aparición de desequilibrios metabólicos que incrementan la incidencia de obesidad, resistencia a la insulina e hipertensión arterial.
En síntesis, la elección de alimentos locales y de temporada dentro de la Dieta Mediterránea no debe entenderse únicamente como un rasgo cultural o económico, sino como un determinante biológico que asegura un aporte óptimo de antioxidantes, polifenoles, ácidos grasos esenciales y fibra dietética en el momento de máxima biodisponibilidad. Este enfoque contribuye a la modulación del estrés oxidativo, la inflamación crónica, la salud intestinal, la función vascular y la neuroprotección, con efectos observables en la reducción de enfermedades crónicas a lo largo de la vida. Por el contrario, la pérdida de esta estacionalidad constituye un riesgo silencioso que erosiona de forma progresiva los fundamentos biológicos del patrón mediterráneo y limita su potencial en la prevención de enfermedades no transmisibles.
La dieta planeterránea: una aproximación sostenible y saludable para el siglo XXIAdemás de los incuestionables beneficios para la salud (enfermedades cardiovasculares, metabólicas, neurodegenerativas y neoplásicas)9,10,53, la Dieta Mediterránea ocasiona un bajo impacto ambiental (con un menor uso de recursos hídricos, emisión de gases de efecto invernadero y uso de nitrógeno), lo que la hace una alternativa de alimentación ejemplar, al representar un modelo sostenible de producción y consumo de alimentos, y sustentarse en el uso de productos de proximidad y de temporada, como hemos revisado anteriormente. Esta filosofía de consumo, lejos de limitarse a un enclave geográfico concreto, es fácilmente adaptable a las peculiaridades de cualquier territorio, con la incorporación a la dieta de alimentos locales, con potenciales beneficios para la salud y que ocasionen un limitado impacto ambiental, dado su consumo en el ámbito de su producción54.
Con esta línea argumental, la dieta planeterránea surge como una evolución de la Dieta Mediterránea, adaptada al escenario actual de cambio climático, pérdida de la biodiversidad y aumento de las enfermedades crónicas. Basada en los principios de sostenibilidad ambiental y de promoción de la salud, esta dieta propone una alimentación mayoritariamente vegetal, con presencia reducida de productos de origen animal y énfasis en alimentos locales y de temporada55. En este punto, y de cara a poder realizar las adaptaciones necesarias en distintos lugares del planeta, es importante identificar las frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y fuentes de grasas insaturadas que presentan contenidos nutricionales y características similares a los proporcionados por los alimentos característicos de la Dieta Mediterránea, para aquellas poblaciones que no viven en esta área.
A modo de ejemplo, en Latinoamérica, el aguacate, la papaya, los plátanos verdes y las bayas constituyen fuentes de ácidos grasos monoinsaturados, micronutrientes y polifenoles56. Otros cereales del África Central, como la tapioca/mandioca y el teff, pueden promover la producción de ácidos grasos de cadena corta, como ocurre con los cereales integrales de la Dieta Mediterránea. Igualmente, la quinoa es rica en proteínas y proporciona aminoácidos esenciales, con un contenido limitado de grasa, principalmente ácidos oleico y linoleico57. No obstante, hemos de recordar que, aunque estamos repasando alimentos que, en zonas de proximidad, pueden sustituir a determinados componentes de la Dieta Mediterránea, el consumirlos en el área mediterránea supondrían un mayor impacto ambiental derivado de la huella de carbono producida por su transporte y distribución desde su origen.
Existen ejemplos del diseño de dietas saludables siguiendo las directrices de la dieta planetaria recomendada por la Comisión EAT-Lancet en 201958. Un modelo aplicado en Suecia, respetuoso con el medio ambiente y adaptado a la idiosincrasia de la población, redujo el impacto climático hasta un 53%59. Una reciente revisión sistemática ha demostrado que una alimentación de predominio vegetal podría mejorar la salud y reducir el impacto ambiental de la dieta, en un marco de sostenibilidad en el que se prioriza la ingesta de productos frescos, locales, de temporada y mínimamente procesados60.
La implementación de la dieta de salud planetaria recomendada por EAT-Lancet59, por otra parte, no está exenta de ciertos posibles inconvenientes a considerar, como por ejemplo que podría ocasionar déficit en algunos nutrientes como hierro, calcio, zinc y vitamina B12, al limitarse el consumo de fuentes proteicas animales. En este sentido, se ha planteado la duda razonable de si la preservación del medio ambiente y mejora de la «salud planetaria» va en detrimento de la salud poblacional, y, en este ejemplo, se ha determinado que una transición adecuada estaría más dirigida a limitar el consumo de carne roja, pero preservando otras fuentes de proteínas como son huevos, pescado, mariscos y productos lácteos. Otros tipos de adaptación a la dieta planetaria tendrían enfoques y soluciones diferentes, pero, en definitiva, en lugar de preconizar una dieta ideal única para el conjunto del planeta, sería mejor sugerir directrices que permitan una dieta saludable para la población y medio ambiente, adaptada a los productos y costumbres locales61.
Siguiendo con el concepto de la dieta planeterránea, y explorando la simbiosis que la filosofía de la Dieta Mediterránea puede aportar a la dieta planetaria, se ha demostrado que, al comparar los resultados de seguir una u otra con relación al impacto ambiental, ambas muestran una huella ambiental baja y similar, en un seguimiento de una cohorte poblacional española. En ambos casos una mayor adherencia a la dieta se asoció con una menor mortalidad por todas las causas62. En la misma línea, una reciente revisión sistemática evidenció que la Dieta Mediterránea es sostenible y saludable, y que está alineada con las recomendaciones para la salud y sostenibilidad ambiental63.
A pesar de sus múltiples beneficios, la adopción generalizada de la dieta planeterránea ofrece varios desafíos, entre los que destacan: 1) los cambios necesarios en conceptos y hábitos culturales arraigados, especialmente en contextos urbanos y globalizados; 2) el acceso desigual a los alimentos frescos y sostenibles, que puede generar inequidades nutricionales; y 3) la desinformación y comercialización de otro tipo de alimentos de más amplia implantación, como los alimentos ultraprocesados, que dificultan la elección saludable64.
Conclusiones elección y procesamiento de alimentos en la Dieta MediterráneaEn conclusión, la Dieta Mediterránea representa un patrón alimentario sostenible, mediado por el consumo de alimentos de producción local, respetuosos con la biodiversidad y con la cultura y cocina tradicional mediterránea. La adaptación de esta dieta a otras regiones (dieta planeterránea), representa una oportunidad para optimizar la salud humana y planetaria. Al asentarse en principios sólidos tanto nutricionales como ecológicos, constituye una respuesta eficaz a los grandes retos del siglo XXI. El fomento de su adopción podría transformar el paradigma alimentario actual hacia un modelo más justo, saludable y resiliente (fig. 1).
Modelo integrador sobre características clave de la elección y preparación de los alimentos en la Dieta Mediterránea más allá de sus propiedades nutricionales: sinergia entre elección de alimentos, técnicas culinarias, estacionalidad y sostenibilidad para la optimización de la salud cardiometabólica y la preservación del medio ambiente.
Uno de los rasgos distintivos de la Dieta Mediterránea, más allá de su composición nutricional, es la comensalidad o convivialidad, entendida como el acto de compartir las comidas en un contexto de socialización. Este espacio, inherente a la sociedad humana, con evidencias de banquetes comunitarios que se remontan al menos hace 12.000 años, favorece la cohesión familiar, la transmisión de valores culturales y la regulación emocional. La comensalidad alude, por tanto, a las interacciones sociales positivas que se generan entre individuos que comen juntos, constituyendo un fenómeno relacional de gran relevancia antropológica y sociocultural, y aporta valor más allá del puramente nutricional, siendo vehículo de cohesión social, espacio de encuentro y comunicación interpersonal. Todo esto ha sido reconocido por la UNESCO como parte esencial de la Dieta Mediterránea, en su declaración como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad65,66.
Aunque el concepto filosófico del que hablamos es claro, refiriéndonos a las ventajas biológicas y socioculturales explicadas arriba, la nomenclatura para enfocar el estudio científico de los efectos de este concepto no está tan elaborado. En este sentido, consideramos necesario realizar un par de matices lingüísticos y conceptuales. Primero, aunque la palabra «comensalidad» no está en el Diccionario de la Lengua Española, sí podemos encontrar «comensalía» (compañía de casa y mesa), en la misma línea conceptual, entendido en la literatura anglosajona por «comensality» (acto de comer juntos y compartir alimentos en cualquier ámbito) y atendiendo al origen etimológico de la palabra en latín «mensa» (vivir todos juntos en la mesa). Segundo, «convivialidad» es utilizado en algunos países de Latinoamérica como sinónimo de camaradería, compañerismo o fraternidad, asimilable en parte a «conviviality», concepto que enfatiza el acto de disfrutar mientras se comparten alimentos con seres queridos, propiciando la sensación de comunidad y socialización en torno a los alimentos. En este sentido, y para separar ambos conceptos, nos referiremos aquí a la comensalidad en los efectos delimitados al acto de comer, y a convivialidad a aquellos que incluyen, además, otros actos sociales conjuntos67.
En el campo de la investigación, y siguiendo esta falta de uniformidad léxica, existen datos recogidos sobre comensalidad en las grandes encuestas nutricionales, aunque en escasa cuantía, solapándose con términos no equivalentes como «comida en familia» (family meals) o «comer juntos» (eating together)68,69. Una revisión de la literatura publicada desde la fecha actual hasta 2019 sobre comensalidad identificó 61 estudios, la mayoría cualitativos y con pocas encuestas dietéticas, en un campo multidisciplinario y perspectiva muy diversa (cultural, histórica, etnográfica, antropológicas, dietética...), con una amplia variedad de maneras de cómo se puede entender e identificar la comensalidad. Los autores concluyeron que, para recopilar información sobre la importancia de la comensalidad en la salud y el bienestar, se debería combinar una metodología validada de encuestas dietéticas con estimaciones también validadas de comensalidad70.
Características de la comensalidad en el contexto del estilo de vida mediterráneo: Frugalidad, moderación y sobremesa: una reflexión sobre los límites del comer en compañíaLa Dieta Mediterránea, más allá de su perfil nutricional, constituye una expresión compleja y holística de un estilo de vida que integra dimensiones socioculturales y comportamentales del acto alimentario. Entre estas dimensiones se encuentran el contexto social en el que se come, las personas con quienes se comparte la comida, la manera en que se consume, y la valoración del placer y disfrute vinculados a la alimentación. La práctica tradicional de la siesta breve tras la comida principal forma parte de este modelo integrador71. Aunque los efectos biológicos de la siesta se revisarán en profundidad en el apartado de Crononutrición y Dieta Mediterránea, podemos adelantar aquí que las siestas breves (menos de 30 minutos) han sido asociadas con beneficios cardiovasculares72. Estos factores, que se encuentran en la base de la pirámide de la Dieta Mediterránea, introducen el marco en el que se inscribe la comensalidad para referirse a cómo se come.
En el contexto de la Dieta Mediterránea, la frugalidad y la moderación han ocupado históricamente un papel central. Estas virtudes alimentarias definieron el patrón mediterráneo tradicional de las décadas de 1950 y 1960, en un contexto marcado por la escasez y la autosuficiencia local. Hoy, frente a la sobreabundancia alimentaria, la penetración de productos ultraprocesados y la pandemia global de obesidad, la frugalidad adquiere un nuevo significado: no como limitación forzada, sino como elección consciente y adaptativa. Este principio, cuando se preserva dentro del marco relacional y cultural mediterráneo, constituye una herramienta clave para enfrentar los desafíos contemporáneos de salud pública. En este sentido, resulta importante estudiar los límites y posibilidades del comer en compañía, especialmente en torno a la sobremesa, donde se expresa la tensión entre el placer, la tradición y el riesgo de la desregulación alimentaria10,73,74.
La sobremesa, como prolongación social del acto alimentario, representa una manifestación de la comensalidad mediterránea. No solo implica compartir alimentos, sino también tiempo, conversación y afecto, promoviendo la cohesión intergeneracional y la transmisión cultural75. Datos recientes sugieren que la convivialidad, hecho que incluye la comensalidad, puede contribuir a mejorar el estado de ánimo, reducir el estrés y reforzar conductas alimentarias saludables, especialmente cuando se da en un contexto estructurado y libre de distracciones digitales73,76,77.
No obstante, esta misma práctica puede presentar riesgos cuando se desvirtúa de sus fundamentos tradicionales. Algunos estudios sugieren que comer en compañía podría incrementar el tamaño de las raciones, y mencionan el fenómeno de la facilitación social del consumo, según el cual la presencia de otros comensales incrementa significativamente la ingesta calórica, entre un 18% y un 44%, dependiendo del número de participantes y del contexto, fenómeno que puede verse intensificado durante la sobremesa78,79. Cuando la sobremesa se acompaña de postres azucarados, bebidas alcohólicas o aperitivos ultraprocesados, puede propiciar un balance energético positivo mantenido, en contradicción con los principios de frugalidad y moderación del modelo mediterráneo.
En este sentido es fundamental distinguir entre una sobremesa consciente y regulada, inserta en un estilo de vida saludable, y una sobremesa desestructurada y centrada en el hedonismo alimentario. Estudios previos que han evaluado el uso de una escala de estilo de Vida Mediterránea (MEDLIFE)71 que incluía los componentes del estilo de vida mediterráneo relacionados con la actividad física, el descanso y los hábitos sociales, incluida la convivialidad, han evidenciado que la adherencia a este dominio en particular se asoció de forma independiente con una menor mortalidad por todas las causas y por enfermedades cardiovasculares80.
Finalmente, el reto contemporáneo reside en preservar y adaptar las prácticas comensales mediterráneas sin desvirtuar su esencia saludable. Frente a la creciente individualización del consumo alimentario y la digitalización de las interacciones, conviene reivindicar el valor de la convivialidad. La frugalidad mediterránea no implica privación, sino mesura; no excluye el placer, sino que lo enmarca dentro de una ética del autocuidado, la reciprocidad y la sostenibilidad.
Mecanismos fisiológicos implicados en el efecto beneficioso de la comensalidad en el contexto del estilo de vida mediterráneoLos mecanismos que vinculan la comensalidad con sus efectos beneficiosos en la salud son poco conocidos. Aunque abordaremos fundamentalmente las bases biológicas/bioquímicas, no podemos dejar de lado el enfoque social/sociológico relacionados con el bienestar.
Hipótesis sociológicaSuponiendo que compartir mesa y comida induce un estado de bienestar o felicidad, este tendría una influencia directa en varios mecanismos biológicos, como la respuesta inflamatoria, el nivel de presión arterial, la frecuencia cardiaca (FC) o los niveles de cortisol. El acto de comer activa el sistema de endorfinas, y hacerlo socialmente, simularía un efecto sobre dicho sistema similar al obtenido con el ejercicio físico81.
Existen determinantes sociales que influyen en la alimentación. Ya hemos comentado que comer en compañía de familiares, cónyuges, amigos y colegas y las condiciones en las que se come, influyen en la ingesta energética principalmente por el tamaño de la comida. El aislamiento social, la pobreza y la soledad también regulan la ingesta de alimentos y, por consiguiente, la sensación de apetito. No podemos olvidar los factores socioeconómicos, el nivel de alfabetización, la desigualdad social, la dimensión familiar, la salud, la facilidad de acceso, la ocupación, el gusto, las preferencias alimentarias, las redes comunitarias, la educación de los padres, la calidad nutricional de los alimentos, las habilidades culinarias, la trayectoria vital, las experiencias pasadas, las costumbres étnicas o los hábitos alimentarios previos.
Hipótesis biológica-bioquímicaAnatómicamente, las recompensas sociales se procesan a nivel cerebral mediante circuitos corticoestriatales, a través del sistema de recompensa dopaminérgico (que integra el núcleo accumbens, el pálido ventral, el área tegmental ventral y la amígdala). Este sistema, en global, integra los estímulos recibidos de señales homeostáticas, hedonistas y de experiencias alimentarias previas, condicionando el placer recibido de los alimentos, e incluso las señales sensoriales recibidas82.
La dimensión social del individuo puede, incluso, condicionar la anatomía cerebral. Se ha demostrado, por ejemplo, que las personas con escasos contactos sociales tienen un hipocampo y una amígdala más pequeña, con mayor riesgo de deterioro cognitivo83. A su vez, determinados neurotransmisores, como la dopamina, parecen condicionar la necesidad homeostática de contacto social y la conducta alimentaria. En ratones, la liberación de dopamina en el núcleo estriado ventral promueve la interacción social y los antojos de comida, y a la inversa: en situaciones de interacción social gratificante en humanos, se produce la activación de este cuerpo estriado, en un mecanismo que parece estar condicionado positivamente de un modo aún mayor si existe un vínculo social previo, como la familia o amigos durante la comida compartida84. Finalmente, cabe mencionar aquí que estas interacciones dentro de entornos de convivencia liberan además otras hormonas asociadas al placer, como la oxitocina y las endorfinas85.
En los últimos años se ha avanzado notablemente en la comprensión de los mecanismos que regulan la aparición y perpetuación de la obesidad, identificándose complejas interacciones entre señales periféricas, cerebrales y conductuales que determinan tanto la cantidad como la calidad de los alimentos que consumimos86,87. Sin embargo, la mayor parte de esta investigación ha abordado la regulación de la ingesta desde un prisma individual y fisiológico, dejando en un segundo plano la influencia del contexto social. La comensalidad, al constituir un escenario privilegiado de interacción, puede modular de manera significativa estas mismas vías, actuando como un regulador emergente de la saciedad y de la selección alimentaria. Como hemos visto, comer en compañía activa circuitos de recompensa dopaminérgicos y potencia la liberación de endorfinas y oxitocina. Con respecto a estas últimas, se ha publicado que la oxitocina reduce la recompensa cerebral asociada al consumo de azúcar, reduciendo su consumo88. Al mismo tiempo, la conversación, el ritmo pausado y la estructura de la comida compartida tienden a enlentecer la velocidad de ingesta. Comer lentamente aumenta la sensación de plenitud postprandial, potencia la supresión de grelina y reduce en torno a un 25% la ingesta calórica posterior de aperitivos durante las horas posteriores89. Comer en compañía potencia además la elección de platos más saludables, especialmente en niños y adolescentes, disminuyendo el consumo excesivo68,90,91. Asimismo, reduce conductas de comida excesiva tipo atracón, que suelen darse en soledad91. En contraposición, y como explicamos anteriormente, cualquier reunión social no cotidiana en torno a una comida (acontecimientos festivos principalmente) también puede conllevar en ocasiones a una sobreexposición a comida, pudiendo llevar finalmente a un aumento de la energía consumida ocasionando un balance energético positivo puntual78. En este sentido, compartir la mesa no solo influye en «cuánto» se come, sino en «qué» se escoge comer, y la Dieta Mediterránea contribuye a una mayor ingesta de frutas, verduras y platos de base vegetal cuando la dinámica social refuerza las normas culturales del comer mediterráneo90.
Relación entre convivialidad y saludRelación entre convivialidad y salud en poblaciones mediterráneasPara evaluar la relación entre convivialidad y salud en poblaciones mediterráneas existen varios estudios que utilizan el índice MEDLIFE. Este modelo se estructura en tres bloques o dominios relacionados con la vida mediterránea: el bloque 1 se centra en la composición de alimentos de la dieta, el bloque 2 recoge hábitos típicos de preparación de alimentos, y el bloque 3 actividad física, descanso, vida social, patrón de sueño adecuado, siesta breve tras la comida principal y la convivialidad, entendida como la costumbre de comer en compañía y participar en actividades sociales que refuercen los lazos comunitarios. En este sentido, el índice MEDLIFE es un indicador global de Dieta Mediterránea, aunque para evaluar los resultados de convivialidad son especialmente relevantes los resultados del bloque 3, por lo que, además de los resultados globales, mostramos estos resultados específicamente (bloque 3) en la tabla 1.
Relación entre convivialidad y salud en poblaciones mediterráneas evaluadas por el índice MEDLIFE
| Cohorte | n | Seguimiento | Resultados de la variable principal | Análisis bloque 3 | Análisis convivialidad | |
|---|---|---|---|---|---|---|
| Universidad Navarra92 | 18.631 | 11,5 años | RR 0,5 para MACE-3 en Q4 vs. Q1 | Relación NS | NO | |
| Seniors ENRICA-293 | 2.184 | N/A | Q4 vs. Q1 | PAS n -3,17 mmHg↓ PAS n 1,67 mmHgFC -0,34 lpm | Relación significativa | NO |
| ENRICA71 | 11.090 | 8,7 años | Q4 vs. Q1 | SM: OR 0,73OA: OR 0,63↓cHDL: OR 0,76MG: RR 0,58MCV: RR 0,33 | Único bloque que mantuvo relación significativa con todos los eventos | NS |
| CORDIOPREV94 | 851 | 5 años | >13 ptos vs<12 ptos | SM: OR 0,37SM-: 2,08 | Relación NS | NO |
| Seniors ENRICA-195 | 1.880 | 3,3 años | T3 vs. T1 | Fragilidad: OR 0,38 | Relación significativa | NO |
| Seniors ENRICA-1 y 2105 | 1.726 | 2,8 y 2,4 años | Mejoría del dolor, frecuencia, intensidad y localización | Relación significativa | NO | |
| Universidad Navarra96 | 15.279 | 11,7 años | Q4 vs. Q1: RR no significativa | Relación NS | NO |
RR: razón de riesgo; MACE-3: mortalidad cardiovascular, infarto agudo de miocardio e ictus no fatales; Q1: cuartil 1; Q4: cuartil 4; NS: no significativo; PAS: presión arterial sistólica, FC: frecuencia cardiaca; SM: síndrome metabólico; OA: obesidad abdominal; cHDL: colesterol HDL; MG: mortalidad general; MCV: mortalidad cardiovascular; OR: Odds Ratio; N/A: no aplicable; Ptos: puntos
Un estudio prospectivo sobre una cohorte de 18.631 estudiantes de la Universidad de Navarra92 observó, tras 11,5 años de seguimiento, una correlación inversa entre la puntuación del índice MEDLIFE -modificado en 13 ítems para la cohorte- y la incidencia de episodios cardiovasculares (muerte cardiovascular, infarto agudo de miocardio (IAM) o ictus no fatal) con una razón de riesgo (RR) ajustado de 0,5 para el cuartil de mayor puntuación (14-23 puntos) frente al de menor puntuación (0-9 puntos), aunque solo el IAM alcanzó significación estadística. El análisis individual de los tres dominios del índice de MEDLIFE mantuvo la misma relación inversa, pero solo alcanzó significación estadística el bloque 1, siendo la RR para el bloque 3 del 0,87. En este estudio, como en todos los que evaluaremos en este apartado, debemos de tener en cuenta que, al incluirse menos ítems cuando evaluemos únicamente el bloque 3, podemos estar incurriendo en un sesgo de falta de potencia para detectar significación, ya que los estudios y su tamaño de la muestra habrán sido diseñados para el conjunto de las preguntas de los tres bloques.
El seguimiento de 2.184 individuos de la cohorte Seniors-ENRICA-293 evidenció que quienes estaban en cuartil más alto de puntuación MEDLIFE presentaban una menor presión arterial sistólica (PAS) nocturna (-3,17mmHg; IC 95% -5,25 -1,08, una mayor caída de la PAS nocturna (1,67%) y menor FC (-0,34 lpm en 24h). El bloque 3 se asociaba con una menor PAS nocturna (-0,50mmHg), una mayor caída de la PAS nocturna (0,32%) y también una menor FC (-0,34 lpm en 24h).
En la cohorte del estudio ENRICA, con más de once mil participantes71 y con una mediana de seguimiento de 8,7 años, los participantes con el cuartil más alto de puntuación MEDLIFE comparado con los del cuartil más bajo, tuvieron un Odds Ratio (OR) ajustada de 0,73 para el síndrome metabólico, 0,63 para obesidad abdominal y 0,76 para colesterol HDL bajo. Igualmente, los sujetos del cuartil más alto experimentaron una menor mortalidad general (RR 0,58) y CV (RR 0,33). El análisis de los 3 dominios solo fue estadísticamente significativo para el bloque 3, especialmente con el síndrome metabólico (RR 0,88) y la mortalidad general (RR 0,87), fundamentalmente debido a la actividad física y no a la convivialidad.
Más recientemente, una muestra de 851 participantes del ensayo CORDIOPREV94 analizó la adherencia al índice MEDLIFE al inicio del estudio y tras cinco años. La mayor adherencia (> 13 puntos) se asocia con menor riesgo de SM (OR 0,37) y alta probabilidad de revertirlo (OR 2,08) respecto a baja adherencia (< 12 puntos). En el análisis separado de los tres bloques, el bloque 1 y el bloque 2 (hábitos dietéticos mediterráneos) se asociaron con un menor riesgo de SM a los cinco años (OR 0,77 y OR 0,79), no observada para el bloque 3.
Al margen de la relación entre convivialidad y los FRCV o la morbimortalidad CV y general, esta también se ha relacionado con otras dimensiones de la salud. Así, la puntuación elevada en el dominio 3 del índice MEDLIFE se relacionó de forma independiente con un menor riesgo de fragilidad en la cohorte Seniors-ENRICA-1 (1.880 sujetos ≥ 60 años)95.
Relación entre convivialidad y salud en poblaciones no mediterráneasEn el estudio «Feeding America's Bravest» (249 bomberos estadounidenses), la máxima adherencia a MEDLIFE (tertil superior, 11-17 puntos) se relacionó con menor síndrome metabólico (OR 0,29) y menor obesidad abdominal (OR 0,42) e hipertrigliceridemia (OR 0,24), con relación al tertil inferior, aunque, llamativamente no se encontró significativa para diabetes tipo 2, hipertensión o HDL bajo, aunque no se hallaron resultados significativos específicos para el bloque 396. En contrate con el anterior, y quizá si en acuerdo con los resultados obtenidos de menor obesidad y síndrome metabólico en el estudio anterior, en la cohorte británica UK Biobank, con seguimiento de 9,4 años, una mayor puntuación en MEDLIFE se asoció a menor riesgo de diabetes tipo 2 según aumentaban los cuartiles de adherencia global a MEDLIFE (RR de 0,90, 0,80 y 0,70 en el menor cuartil de adherencia al segundo, tercero y cuarto respectivamente. De nuevo, el ítem de convivialidad del bloque 3 no mostró efecto independiente (RR 1,06)97. Mismos resultados de disminución progresiva de RR a través de los cuartiles de adherencia se encontró para mortalidad y cáncer, en un estudio posterior en la misma población, sí encontrándose en este caso significación para el bloque 380.
En definitiva, los datos existentes en este apartado aportan evidencia de que la puntuación global del score MEDLIFE predice menor diabetes, síndrome metabólico y mortalidad, pero subrayan que la convivialidad por separado, tal como se mide actualmente, no explica por sí sola dichos beneficios. Podemos barajar un par de hipótesis para explicar estos resultados. Por una parte, que los estudios se dimensionan para un score completo que evalúe tanto la comida como el estilo de vida, y la significación de los resultados estadísticos puede perder potencia cuando evaluamos los bloques por separado. Por otra parte, y quizá teóricamente con mayor peso, que los resultados que tienen que ver con la elección de los alimentos (bloque 1) o su procesamiento (bloque 2) pueden ser más acertados para una comparación intercultural, ya que los resultados sobre la salud parecen deberse más a factores biológicos que culturales y los componentes del bloque 3 (dormir al menos 6-8 horas diarias, hacer siesta de ≥ 30 minutos al menos dos veces por semana, comer en compañía al menos una vez al día y participar en actividades sociales o recreativas fuera del hogar al menos dos veces por semana), pueden chocar con los usos y costumbres locales, por lo que puede que no dependan tanto de la persona como de la sociedad en la que se implantan, por lo que quizá no sean la mejor (aunque si la más utilizada) herramienta para valorar la convivialidad fuera del entorno familiar y social típico del estilo de vida mediterráneo.
Comensalidad como herramienta terapéutica y su impacto sobre la saludEn nuestro conocimiento, no existen estudios publicados -aleatorizados o no- que hayan utilizado la comensalidad o la convivialidad, como herramientas terapéuticas, y analizado su impacto sobre la salud de las personas. No obstante, se han descrito experiencias en otras regiones y desde distintas aproximaciones conceptuales a la comensalidad.
Por ejemplo, se han desarrollado programas prometedores basados en la comensalidad para mejorar las dificultades en la alimentación y el aislamiento social en personas de edad avanzada98–101. En el ámbito hospitalario, se ha señalado que la comensalidad puede impactar en la ingesta de alimentos y objetivos nutricionales y tener implicaciones para el bienestar de los pacientes102. Incluso se ha observado una mejora del burnout de los médicos tras seismeses de implantación de un programa de intervención basado en la comensalidad, aunque los efectos se atenuaron a los 12 meses103.
Aunque con todas las limitaciones expuestas, la ausencia de definiciones uniformes y consensuadas de comensalidad y convivialidad orientadas a la investigación y su implementación como herramienta terapéutica, y la heterogeneidad de los estudios, incluida la aplicación del índice MEDLIFE (incluye de alguna forma la convivialidad), podemos afirmar que hay suficientes indicios para considerar que ambas aportan beneficios a la salud, especialmente cuando se vinculan al modo de vida mediterráneo. Este beneficio podría ser debido a diversos motivos, considerándose que el soporte y la integración social derivadas podría proporcionar una disminución de las respuestas inflamatorias al estrés, disminuyendo la morbilidad y la mortalidad por enfermedades crónicas104.
Impacto de las redes sociales y tecnologías digitales en la comensalidad.Retos y oportunidades. Comensalidad digitalEl actual ecosistema digital ha modificado profundamente la relación con la alimentación y las prácticas sociales vinculadas a la comida. Redes sociales, aplicaciones móviles, plataformas de entrega a domicilio y consumo audiovisual durante las comidas están transformando tanto el «qué» como el «cuánto» y el «cómo» se come.
La comensalidad constituye un componente esencial de las comidas compartidas, reflejando su dimensión social y relacional. La irrupción y expansión de las redes sociales, frecuentemente accesibles durante las comidas, plantea nuevos retos y oportunidades con relación a la comensalidad. Estudios recientes han explorado cómo estas tecnologías pueden alterar, positiva o negativamente, la dinámica social de las comidas, modulando la calidad de la interacción entre los comensales. Entre los efectos negativos, se ha observado que la distracción generada por el uso de dispositivos digitales favorece una ingesta excesiva, al interferir con la atención plena a las señales interoceptivas de saciedad que regulan el cese de la alimentación, así como a la mayor ingesta de alimentos no saludables, relacionándose con un aumento en el índice de masa corporal, especialmente en adolescentes106, mientras que, como vimos, comer en compañía se asocia con mayor consumo de frutas y verduras y menor riesgo de trastornos del comportamiento alimentario68,90,91.
Muchos hogares unipersonales están abandonando, conscientemente o no, los beneficios de la comensalidad. Mensajes como «Comer solo es la forma más extrema de sentirse desconectado en nuestra cultura», «comer solo está devaluado y no se considera una comida ‘real’ para muchas personas» o «casi todas las personas (que fueron encuestadas) pensaban que una comida ideal debería ser en compañía de otros» son habituales107.
Resulta pertinente analizar el fenómeno de las comidas en solitario, identificando sus principales determinantes sociales y sus posibles repercusiones sobre la salud física y el bienestar emocional, especialmente con los patrones de ingesta alimentaria y la percepción de soledad. Asimismo, es necesario revisar las iniciativas y estrategias actuales orientadas a mitigar estos efectos adversos, incluyendo el potencial de la tecnología para generar nuevas formas de conexión social entre personas familiarizadas con entornos digitales. Este análisis adquiere especial relevancia ante el aumento sostenido de los hogares unipersonales y de las personas que comen solas, particularmente en colectivos vulnerables como niños y personas de edad avanzada108.
Se han identificado efectos adversos tanto en el plano nutricional, manifestados en extremos como la ingesta insuficiente o, por el contrario, el exceso alimentario, como en el ámbito psicosocial, con una mayor prevalencia de síntomas depresivos y una reducción en la percepción de conexión social, lo que repercute negativamente en el bienestar general. Asimismo, el hecho de vivir o comer en soledad puede conllevar implicaciones económicas y medioambientales relevantes, relacionadas con el incremento de costos y el desperdicio de alimentos.
El término «comensalidad digital» hace referencia a diversas formas de interacción social en torno a la comida mediadas por la tecnología. Este concepto abarca desde experiencias facilitadas por plataformas digitales que promueven encuentros presenciales, hasta formas virtuales de compañía durante la comida, como las videollamadas (skeating) o las tele-cenas interactivas, fenómenos como el «Mukbang», donde individuos comen solos mientras observan a otros hacerlo en transmisiones en directo107. La reciente pandemia COVID-19 impuso temporalmente la «comensalidad virtual» para las interacciones sociales fuera del ámbito de la convivencia, permitiéndolas en aquellos escenarios en los que la presencialidad no es posible o no se aconseja. En este sentido, puede proporcionar un contexto de «solos pero juntos» para equilibrar la necesidad de interacciones sociales108. Se han descrito efectos beneficiosos en la salud física y mental, sugiriendo que puede aliviar los sentimientos negativos y promover emociones positivas durante periodos de cuarentena o no, y mejorar las relaciones cercanas en las parejas, ofreciendo implicaciones prácticas para utilizar la alimentación social en la promoción de una alimentación saludable108.
En escenarios más futuristas, la comensalidad puede establecerse entre una persona y un agente digital, como robots asistenciales en contextos geriátricos u hospitales. Estos ejemplos ilustran cómo la tecnología digital redefine las formas de compartir la comida, ofreciendo alternativas a la interacción presencial tradicional, aunque su efecto no está bien descrito102.
Evidencia científica recienteLos resultados de diversos estudios confirman que las intervenciones digitales centradas en la promoción de la alimentación de la Dieta Mediterránea pueden mejorar significativamente la adherencia en diferentes poblaciones. Sin embargo, son pocos los estudios que abordan su dimensión cultural y social, incluida la comensalidad. Las apps móviles, especialmente aquellas con feedback personalizado, son herramientas eficaces para modificar conductas alimentarias en plazos cortos. En este sentido, el estudio con la app e-12HR en estudiantes universitarios mostró un aumento en la puntuación índice MEDLIFE (+25,7%) y en la proporción de adherentes (+74,5%) tras cuatro semanas109, el ensayo EVIDENT II evidenció mejoras modestas en la adherencia cuando se combinaba la app con consejo sanitario, sin diferencias significativas respecto al consejo solo, lo que resalta el acompañamiento profesional110, y el estudio SalBi Educa Nutrition realizado sobre adultos en atención primaria mostró un aumento superior al 10% en adherencia a Dieta Mediterránea111. Aunque son estudios evidencias limitadas, por factores como duración corta, muestras no homogéneas, uso de escalas autorreportadas o falta de evaluación de parámetros clínicos objetivos, abren para la puerta para futuras investigaciones más relevantes en este campo.
Estrategias actuales y futuras en la integración del mundo digital en la comensalidad típica de la Dieta MediterráneaEstrategias posibles para preservar la comensalidad típica de la Dieta Mediterránea en la era digitalFrente al riesgo de disminución de la comensalidad, se proponen estrategias como:
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Campañas educativas para promover el «mindful eating» y la desconexión digital en las comidas.
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Apps familiares que promuevan recetas colaborativas o retos culinarios intergeneracionales.
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Normas comunitarias como «sin móviles en la mesa» o «ritual digital de comida compartida».
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Cocina como acto social en entornos escolares y comunitarios.
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Estas iniciativas permitirían integrar el componente relacional y cultural de la Dieta Mediterránea en la era digital, favoreciendo su sostenibilidad.
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Formación digital para profesionales.
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Alfabetización crítica de la población.
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Aplicaciones validadas con integración clínica.
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Revalorización del acto culinario compartido.
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Apps personalizadas con biomarcadores.
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Programas educativos digitales en AP.
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Retos sociales y gamificación colaborativa.
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Participación activa de sanitarios en redes.
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Protección activa de la comensalidad mediante campañas y recursos familiares.
Las comensalidad y la convivialidad son aspectos fundamentales del estilo de vida mediterráneo, ya que actúan como espacios de cohesión social, transmisión cultural y regulación emocional que trascienden el mero acto de comer. Compartir una comida se asocia con la activación de los circuitos neurobiológicos de recompensa y afiliación social, con la liberación de mediadores como la oxitocina y las endorfinas, lo que podría contribuir a una mayor saciedad, bienestar psicológico y autorregulación de la ingesta de alimentos.
Las pruebas epidemiológicas disponibles sugieren que estas prácticas, integradas en el modelo global de la dieta y el estilo de vida mediterráneos, están asociadas con un menor riesgo cardiometabólico, menos fragilidad y una menor mortalidad, aunque su efecto aislado es difícil de separar del conjunto de hábitos saludables que las acompañan.
En un contexto marcado por la creciente individualización de las comidas y la distracción digital, es prioritario revalorizar el acto culinario compartido como elemento modulador del entorno alimentario, con un impacto potencial en la salud, la sostenibilidad cultural y la preservación integral del patrón mediterráneo. De manera inversa, las propias características estructurales de la Dieta Mediterránea pueden actuar como activos de alto valor para la generación de vínculos sociales, funcionando como elementos vehiculizadores de la interacción y la convivialidad en contextos de soledad o aislamiento. En estos escenarios, los recursos propios de la era digital —como la teleconferencia o los entornos virtuales compartidos— pueden desempeñar un papel complementario, facilitando formas adaptadas de comensalidad y socialización sin perder los principios nucleares del patrón mediterráneo (fig. 2).
Representación integradora de la comensalidad y la convivialidad en la Dieta Mediterránea como elementos clave de socialización y relación familiar, que resume sus fundamentos conceptuales, los mecanismos sociológicos y biológicos implicados, la evidencia clínica disponible y los retos emergentes en la era digital.
Los seres vivos presentan una organización temporal de sus funciones fisiológicas que sigue ritmos endógenos de aproximadamente 24 horas, conocidos como ritmos circadianos. Estos ritmos regulan el ciclo sueño-vigilia, la secreción hormonal, la temperatura corporal, la presión arterial, el apetito o el metabolismo energético, entre otros procesos, permitiendo anticipar los cambios ambientales diarios y optimizar el uso de los recursos disponibles112,113.
El reloj circadiano central se localiza en el núcleo supraquiasmático del hipotálamo anterior y se sincroniza principalmente con el ciclo luz-oscuridad a través de la información que recibe de la retina. A partir del núcleo supraquiasmático, señales neurales y hormonales organizan el resto de los relojes del organismo, de manera que la mayoría de los tejidos mantiene ritmos propios, pero coordinados, en la expresión de genes, en la actividad enzimática y en la sensibilidad a distintas señales metabólicas. Cuando esta organización jerárquica se desajusta (p. ej., por cambios abruptos de horario, trabajo nocturno o privación crónica de sueño) se produce una cronodisrupción que se ha relacionado con mayor riesgo de obesidad, resistencia a la insulina y enfermedades cardiovasculares114–116.
Además del reloj central, casi todas las células del organismo albergan relojes periféricos basados en bucles de retroalimentación de genes reloj (CLOCK, BMAL1, PER, CRY y otros) que generan oscilaciones de aproximadamente 24 horas en la expresión génica y en la función celular. Entre estos relojes periféricos, el adipocito constituye un actor clave en la regulación del metabolismo energético, ya que su reloj interno modula la lipólisis, la lipogénesis, la sensibilidad a la insulina y la secreción de adipocinas proinflamatorias. La desincronización entre el reloj del adipocito y el del núcleo supraquiasmático, o entre el reloj del tejido adiposo y los patrones de ingesta, se ha vinculado a dislipemia, inflamación crónica de bajo grado y alteraciones de la homeostasis glucémica117,118.
En este contexto, la crononutrición se presenta como una aproximación integradora que estudia cómo el momento de la ingesta, la distribución energética a lo largo del día, la regularidad de las comidas y el contenido de la dieta en distintas franjas horarias influyen sobre los relojes circadianos y el riesgo cardiometabólico. No se limita a recomendar «desayunar» o «cenar temprano», sino que considera la interacción entre horarios de comida, composición de los alimentos, cronotipo individual (tendencia matutina o vespertina) y otros comportamientos relacionados con el estilo de vida, como el sueño, la actividad física o la exposición a la luz113,119,120.
Las causas de la cronodisrupción son diversas y pueden agruparse, de forma simplificada, en varios grandes bloques. Entre los factores conductuales destacan los horarios irregulares de sueño, los cambios frecuentes de turno, el trabajo nocturno, el jet lagsocial (la diferencia entre el horario biológico preferido y el horario impuesto por las obligaciones laborales y sociales)119 y la exposición a luz intensa (artificial) en momentos inadecuados. En el ámbito nutricional, sobresalen los patrones de alimentación disruptivos, como ayunos prolongados seguidos de ingestas copiosas nocturnas o el consumo habitual de dietas hipercalóricas vespertinas o nocturnas, que obligan al sistema digestivo y a los tejidos metabólicamente activos a funcionar en fases de menor sensibilidad a la insulina y menor gasto energético (tabla 2)113,116.
Clasificación práctica de causas de cronodisrupción114,117
| Clasificación práctica de causas de cronodisrupción115,120: |
| 1. Factores conductuales: horarios irregulares de sueño, trabajo nocturno, jet lag, exposición nocturna a luz artificial. |
| 2. Factores nutricionales: alimentación desincronizada, ayuno prolongado, dieta hipercalórica en horarios nocturnos. |
| 3. Factores sociales: presión laboral, estrés crónico, falta de actividad física, alteraciones en la rutina diaria. |
| 4. Factores genéticos y epigenéticos: polimorfismos en genes del reloj circadiano, modificaciones epigenéticas inducidas por el ambiente. |
| 5. Factores ambientales: contaminación lumínica, ruido, temperatura ambiental, iluminación nocturna. |
También intervienen factores sociales, como la presión laboral, el estrés crónico, los desplazamientos largos o la falta de actividad física. A ello se suman factores genéticos y epigenéticos, como variantes en genes reloj que predisponen a cronotipos más extremos o a una mayor vulnerabilidad frente a los cambios de horario, y factores ambientales, como la contaminación lumínica, el ruido nocturno o las condiciones de temperatura y luz artificial en el hogar y el lugar de trabajo114,117.
Esta aproximación conceptual proporciona el marco necesario para entender cómo la reorganización temporal de la ingesta puede contribuir a prevenir y tratar las enfermedades cardiometabólicas. Como se ha comentado, la crononutrición no sustituye al análisis del contenido nutricional de la dieta, sino que lo complementa añadiendo una dimensión temporal que permite alinear las comidas con los periodos de mayor sensibilidad insulínica, mayor gasto energético y mejor capacidad de procesamiento metabólico. En los apartados siguientes, analizaremos cómo el estilo de vida mediterráneo (que integra un patrón dietético concreto con horarios de comida relativamente regulares, sueño adecuado, siesta breve y comensalidad) puede considerarse un modelo particularmente coherente con los principios de la crononutrición, y hasta qué punto esta alineación temporal se traduce en beneficios clínicos adicionales.
Influencia del estilo de vida mediterráneo en la crononutriciónEn población general, una mayor adherencia a la Dieta Mediterránea se ha asociado de forma consistente con mejor calidad de sueño, menor probabilidad de insomnio y mayor frecuencia de cronotipos matutinos, tanto en estudios observacionales como en revisiones sistemáticas121–124. En jóvenes universitarios, por ejemplo, una buena adherencia al patrón mediterráneo se relaciona con mejor calidad global del sueño y mayor probabilidad de cronotipo matutino123. De forma concordante, en adultos italianos, el cronotipo matutino se asocia con mayor adherencia a la Dieta Mediterránea y con un patrón de hábitos de vida más saludables125, mientras que cronotipos intermedios y vespertinos tienden a mostrar peor perfil dietético y de sueño125,126.
El jet lag social, la discrepancia entre el horario de sueño preferido biológicamente y el impuesto por las obligaciones sociales y laborales se ha relacionado de forma negativa con la adherencia al patrón mediterráneo y de manera positiva con el índice de masa corporal en adultos jóvenes127. En poblaciones mediterráneas, mayores niveles de jet lag social se asocian también con patrones de sueño más cortos o irregulares y con hábitos alimentarios de menor calidad, sugiriendo que la desincronización entre los relojes social y biológico puede erosionar progresivamente la estructura temporal y nutricional de la dieta127,128.
El patrón de Dieta Mediterránea no solo se define por su perfil de alimentos, sino también por una organización temporal de las comidas que favorece la sincronía circadiana. Estudios poblacionales europeos han mostrado que los países del sur concentran una mayor proporción de la ingesta energética en las horas diurnas y mantienen un ayuno nocturno relativamente estable, con una distribución de las comidas más alineada con el ritmo circadiano natural que la observada en países del centro y norte de Europa129. En el marco del denominado «estilo de vida mediterráneo», se describe históricamente una comida principal al mediodía, una cena más frugal y en horario relativamente temprano, y horarios de ingesta y descanso razonablemente regulares130–132. Esta organización permite que la mayor parte de la ingesta coincida con las horas de mayor sensibilidad insulínica y gasto energético, y es coherente con las recomendaciones de la crononutrición orientadas a reducir el riesgo de obesidad y alteraciones glucémicas, tal y como sugieren los estudios que relacionan una mayor ingesta calórica en las primeras horas del día y cenas tempranas y ligeras con mejor control de peso y glucemia133,134.
En el contexto del estilo de vida mediterráneo, la siesta corta tras la comida principal (habitualmente inferior a 20-30 minutos) ha sido objeto de creciente interés como posible modulador circadiano y factor protector cardiovascular. Estudios experimentales han mostrado que este tipo de descanso favorece la activación del sistema nervioso parasimpático, con descenso de la FC y de la presión arterial durante la siesta, sin comprometer la calidad del sueño nocturno posterior, especialmente cuando la duración de la siesta es breve135,136. Desde el punto de vista autonómico, quienes duermen siesta regularmente presentan una mayor actividad vagal, reflejada en una mayor componente de alta frecuencia en la variabilidad de la FC, tanto durante la siesta como en las horas posteriores135. En el ámbito clínico, un estudio en pacientes con hipertensión mostró que quienes dormían siesta al mediodía tenían presiones arteriales medias más bajas a lo largo de 24 horas, tras ajustar por variables de confusión137.
A nivel cognitivo y funcional, las siestas breves tras el almuerzo ayudan a contrarrestar el descenso fisiológico de alerta que se produce a primeras horas de la tarde. Revisiones específicas sugieren que siestas de alrededor de 20-30 minutos mejoran la atención, reducen la fatiga y minimizan la «inercia del sueño», el periodo posterior al despertar en el que el individuo no se siente completamente despejado, que sí aparece con siestas más prolongadas138. No obstante, en un metaanálisis de estudios de cohortes se han descrito asociaciones entre la presencia de siestas diurnas frecuentes o de larga duración y un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular y mortalidad72,139. Estos hallazgos probablemente reflejan, al menos en parte, la peor salud basal de quienes tienden a dormir siestas largas, por lo que no permiten concluir que la siesta breve, tal como se practica tradicionalmente en los países mediterráneos, sea perjudicial; más bien subrayan la importancia de la duración y del contexto clínico a la hora de interpretar sus efectos.
En conjunto, la evidencia disponible sugiere que el estilo de vida mediterráneo se caracteriza por una serie de rasgos, buena calidad de sueño, cronotipos relativamente más matutinos, menor jet lag social, horarios de comida más regulares, comida principal al mediodía, cena frugal y siesta breve, que favorecen la alineación entre los ritmos biológicos y las actividades cotidianas. La comensalidad, con comidas compartidas en familia, sentados a la mesa y sin distracciones digitales, añade además una dimensión social que se ha relacionado con mejor adherencia a la Dieta Mediterránea y mayor estructuración de las ingestas, como vimos en el apartado anterior75,130. Este conjunto de características sitúa al estilo de vida mediterráneo como un modelo particularmente coherente con los principios de la crononutrición, en el que la dimensión temporal y social de la alimentación refuerza los beneficios metabólicos derivados de su composición.
Evidencia clínica y epidemiológicaExisten numerosos estudios que relacionan la distribución temporal de la ingesta energética, las características sociales de las comidas y los componentes de la dieta con marcadores de crononutrición y riesgo cardiometabólico. En adultos, los patrones que concentran la mayor parte de la ingesta en las primeras horas del día, «comer cuando hay luz», con una cena temprana y no copiosa y horarios relativamente regulares de comida, se asocian de forma consistente con menor riesgo de obesidad, síndrome metabólico, alteraciones del perfil glucémico y mayor control del peso corporal120,133,140. Este patrón de distribución energética diurna, característico de los países del estilo de vida mediterráneo se ha vinculado como hemos visto con un perfil cardiometabólico más favorable, incluso tras ajustar por la calidad nutricional de la dieta128,140. Los datos del estudio EPIC muestran que los países del sur concentran una mayor proporción de la energía en horario diurno, mantienen un ayuno nocturno relativamente estable y presentan menor prevalencia de jet lag social que los países del norte, donde la cena tiende a ser la principal comida del día129.
La desincronización entre los horarios biológicos y las exigencias sociales constituye otro eje clave de la evidencia disponible. En adultos jóvenes, el jet lag social se ha asociado con mayor índice de masa corporal y menor adherencia a la Dieta Mediterránea, con una mediación parcial por la calidad global del patrón dietético127. De manera concordante, en estudiantes universitarios libaneses, una alta adherencia al patrón mediterráneo se relacionó con menor probabilidad de mala calidad de sueño (OR 0,35), lo que sugiere que los hábitos propios de la Dieta Mediterránea podrían contribuir a atenuar la desincronización circadiana asociada al contexto académico y social123. En adultos italianos, el cronotipo matutino se asoció con mayor adhesión a la Dieta Mediterránea (OR 1,54) y con una mayor frecuencia de desayunos tempranos, mientras que cronotipos intermedios y vespertinos mostraron patrones de ingesta más tardíos y menor calidad global de la dieta125,126. En conjunto, estos hallazgos respaldan que los cronotipos matutinos presentan, a nivel poblacional, un perfil más alineado con los principios de la crononutrición, con horarios de ingesta más estructurados, mejor adherencia al patrón mediterráneo y mejor calidad de sueño, frente a los cronotipos vespertinos, que se caracterizan por mayor retraso de las comidas, mayor omisión de desayunos y peor perfil de sueño121,123,125,126.
Más allá de los estudios en población general, los datos procedentes de pacientes de alto riesgo cardiovascular aportan una perspectiva particularmente relevante. En el ensayo CORDIOPREV, realizado en pacientes con cardiopatía isquémica, se analizó la interacción entre duración del sueño nocturno y patrón dietético, y se halló que dormir más de ocho horas durante la noche se asoció con un mayor riesgo de recurrencia de eventos cardiovasculares a largo plazo (OR 1,59), pero la adherencia a una Dieta Mediterránea mitigó en parte este exceso de riesgo141. Estos resultados sugieren que el patrón mediterráneo, entendido en sentido amplio, podría atenuar los efectos adversos de determinadas alteraciones del sueño sobre la evolución cardiovascular. De forma complementaria, estudios en trabajadores a turnos han mostrado que la exposición crónica a horarios laborales desincronizados se asocia a una menor adherencia al patrón mediterráneo y a patrones de ingesta más irregulares, con mayor carga energética en horario nocturno y peor calidad global de la dieta, lo que refuerza el papel del estilo de vida mediterráneo como modelo potencialmente protector frente a la cronodisrupción142–144. Se puede encontrar un resumen de toda esta información en las tablas 3 y 4.
Estudios clínicos y epidemiológicos sobre crononutrición, Dieta Mediterránea y resultados cardiometabólicos
| Autor (año) | Diseño / población | Exposición principal | Variable cronobiológica / de estilo de vida | Outcome principal | Resultado resumido |
|---|---|---|---|---|---|
| Huseinovic 2019129 | Estudio de calibración EPIC, 10 países europeos | País / patrón cultural de ingesta | Horario de las comidas, proporción de energía diurna/nocturna | Patrón de distribución energética | Los países mediterráneos concentran más energía en horas diurnas y mantienen un ayuno nocturno más estable que los países del norte de Europa. |
| Hermenegildo 2016140 | Cohorte poblacional española | Distribución de la ingesta a lo largo del día | Proporción de energía en comidas tempranas vs. tardías | Ganancia de peso | Una mayor proporción de la ingesta en las primeras horas del día se asocia con menor ganancia de peso a largo plazo. |
| Garaulet 2013133 | Estudio en programa de pérdida de peso | Hora de la comida principal (comedoras tempranas vs. tardías) | Momento de la comida principal | Pérdida de peso | Comer la principal comida del día en horarios más tempranos se asocia con mayor eficacia en la pérdida de peso, independientemente de la ingesta calórica total. |
| Rovira-Llopis 2024145 | Revisión sistemática y metaanálisis | Protocolos de «time-restricted eating» | Ventana diaria de ingesta (horas de inicio/fin) | Glucemia, peso, control metabólico | La alineación temprana de la ventana de ingesta (ingesta diurna) se asocia con mejor control glucémico y mejoras modestas en peso. |
| Wehrens 2017146 | Ensayo cruzado controlado en adultos | Modificación experimental del horario de las comidas | Momento de ingesta respecto al ciclo biológico | Marcadores circadianos (melatonina, cortisol, temperatura) | Cambiar el horario de las comidas desplaza marcadores circadianos humanos, indicando que el «meal timing» actúa como zeitgeber del sistema circadiano. |
| Zerón-Rugerio 2019127 | Estudio transversal en jóvenes adultos | Grado de jet lag social | Jet lag Social (diferencia horario laboral vs. libre) | IMC, adherencia a Dieta Mediterránea | Mayor jet lag social se asocia con mayor IMC y menor adherencia a la Dieta Mediterránea. |
| Barragán 2023128 | Población mediterránea | Horario de comidas y sueño | Horas de primera/última ingesta, duración del sueño | Fenotipos de obesidad | La combinación de horarios tardíos de ingesta y sueño insuficiente se asocia con fenotipos obesogénicos en población mediterránea. |
| Naja 2021123 | Estudio transversal en jóvenes | Adherencia a Dieta Mediterránea | Calidad del sueño, cronotipo | Calidad de sueño, cronotipo | Alta adherencia a Dieta Mediterránea se relaciona con menor probabilidad de mala calidad de sueño (OR ∼0,35) y mayor probabilidad de cronotipo matutino. |
| Arab 2025121 | Revisión sistemática y metaanálisis | Adherencia a Dieta Mediterránea | Parámetros de sueño | Calidad y duración del sueño | La mayor adherencia al patrón mediterráneo se asocia de forma consistente con mejor calidad de sueño y menor riesgo de insomnio. |
| Godos 2024122 | Revisión sistemática | Adherencia a Dieta Mediterránea | Características de sueño | Duración, eficiencia, trastornos del sueño | La Dieta Mediterránea se relaciona con diversos parámetros de sueño más favorables, en especial mejor calidad subjetiva. |
| Lotti 2022125 (morning chronotype) | Estudio transversal en adultos italianos | Cronotipo | Cronotipo (matutino vs. intermedio/vespertino) | Adherencia a Dieta Mediterránea, hábitos de vida | El cronotipo matutino presenta mayor adhesión a Dieta Mediterránea (OR ∼1,54) y perfil de hábitos más saludable. |
| Lotti 2022126 (metaanálisis) | Revisión sistemática y metaanálisis | Cronotipo | Cronotipo y horarios de ingesta | Parámetros cardiometabólicos, depresión, cáncer | Los cronotipos vespertinos se asocian con peor perfil cardiometabólico y más conductas de riesgo, incluyendo patrones de ingesta más tardíos. |
| Lowden 2010143 | Revisión | Trabajo a turnos | Turnos, especialmente nocturnos | Metabolismo, rendimiento, hábitos dietéticos | El trabajo a turnos se asocia con mayor riesgo de trastornos metabólicos y patrones de ingesta irregulares con carga energética nocturna. |
| Gupta 2019142 | Revisión focal en turnos | Trabajo a turnos | Qué, cuándo, dónde y por qué comen los trabajadores a turnos | Variables dietéticas y de rendimiento | Los trabajadores a turnos tienden a comer en horarios biológicamente inadecuados (noche), con elección de alimentos de peor calidad y más ingestas desestructuradas. |
| Lotti 2025144 | Estudio en trabajadores italianos | Trabajo a turnos vs. horario diurno | Exposición a turnos | Conductas alimentarias, calidad de sueño, salud mental | El trabajo a turnos se asocia con menor calidad de sueño, más conductas alimentarias desadaptativas y peor salud mental; patrón globalmente alejado del estilo mediterráneo tradicional. |
| Yamada 201572 | Cohorte prospectiva | Duración de la siesta diurna | Siestas diurnas (duración, frecuencia) | Evento cardiovascular, mortalidad | Siestas diurnas largas o frecuentes se asocian con mayor riesgo cardiovascular y de mortalidad, probablemente como marcador de peor salud basal. |
| Yang 2024139 | Metaanálisis de cohortes | Hábito de siesta | Duración de siesta | Eventos cardiovasculares, mortalidad | Confirma asociación entre siestas prolongadas y mayor riesgo de enfermedad y mortalidad; subraya la importancia de distinguir siestas breves vs. largas. |
| Nakayama 2019135 | Estudio en pacientes con riesgo CV | Siesta breve | Siesta corta diurna | Variabilidad de la FC, parámetros autonómicos | La siesta corta mejora la variabilidad de la frecuencia cardiaca y favorece la activación parasimpática en pacientes con riesgo cardiovascular. |
| Kallistratos 2020137 | Estudio en pacientes hipertensos | Hábito de siesta | Siesta al mediodía | Presión arterial 24 h | Los pacientes que duermen siesta al mediodía presentan presiones arteriales medias más bajas a 24 h, tras ajustar por confusores. |
| García-Ríos 2025141 | Ensayo dietético de larga duración en cardiopatía isquémica | Adherencia a Dieta Mediterránea y duración del sueño | Duración del sueño nocturno | Recurrencia de eventos cardiovasculares | El sueño nocturno prolongado (> 8 h) se asocia con mayor riesgo de recurrencia CV; la adherencia a Dieta Mediterránea atenúa este exceso de riesgo. |
| Romero-Cabrera 2022147 | Análisis de subestudio en cardiopatía isquémica | Cronodisrupción + dieta | Índices de cronodisrupción, patrón dietético | Riesgo cardiometabólico | La combinación de alta cronodisrupción y patrón dietético desfavorable se asocia con mayor riesgo cardiometabólico; la Dieta Mediterránea se vincula con mayor «robustez circadiana». |
Relación entre la organización temporal de la ingesta, la crononutrición y distintos desenlaces metabólicos y cardiovasculares.
CV: cardiovascular; FC: frecuencia cardiaca; HOMA-IR: homeostasis model assessment of insulin resistance; IMC: índice de masa corporal; IC: intervalo de confianza; NS: no significativo; OR: Odds Ratio; Q1: cuartil 1; Q4: cuartil 4; RR: riesgo relativo.
Componentes del estilo de vida mediterráneo y posibles vías de acción circadiana
| Componente del estilo de vida mediterráneo | Ejemplos concretos | Dianas circadianas implicadas | Mecanismos propuestos |
|---|---|---|---|
| Distribución temporal de la ingesta112,129,133,140,145,146,148 | Comida principal al mediodía, cena frugal y temprana, mayor proporción de energía diurna | Reloj central (NSQ), relojes periféricos hepático y adiposo | Mejor alineación entre ingesta y periodos de mayor sensibilidad insulínica y gasto energético; menor carga calórica nocturna; mejora del control glucémico y del peso |
| Ventanas de ingesta diurna (crononutrición)120,133,145,146,149 | Evitar ingestas muy tardías; ventanas de 8-12 h en horario diurno | Relojes periféricos metabólicos, secreción de melatonina | «time-restricted eating» diurno mejora perfiles de glucemia, insulina y peso; el horario de las comidas actúa como zeitgeber del sistema circadiano |
| Composición de la Dieta Mediterránea44,116,150–153 | Alta densidad vegetal (frutas, verduras, legumbres), grasas monoinsaturadas (AOVE), omega-3, baja carga glucémica | Relojes periféricos de hígado, músculo y tejido adiposo; vías inflamatorias | Mejora de respuesta glucémica, aumento de GLP-1 y oxintomodulina, mejor perfil de leptina/insulina, reducción de inflamación y estrés oxidativo que interfieren con ritmos circadianos |
| Polifenoles y fitoquímicos44,153,154 | AOVE virgen extra, frutos rojos, frutos secos, vino tinto moderado | Genes reloj (CLOCK, BMAL1, PER, CRY), vías redox | Acción antioxidante y antiinflamatoria; modulación directa/indirecta de la expresión de genes reloj y de la robustez de las oscilaciones circadianas |
| Comensalidad y organización social de las comidas75,130–132,155 | Comer en familia, sin pantallas, horarios regulares de desayuno-comida-cena | «Reloj social», eje HHA, conducta alimentaria | Mejora de la calidad global de la dieta, mayor adherencia a la Dieta Mediterránea, ingestas más estructuradas, menor social jet lag y mejor manejo del estrés |
| Siesta breve mediterránea135–138 | Siesta <30min tras la comida | Sistema nervioso autónomo, eje HHA | Aumento del tono parasimpático, descenso transitorio de PA, mejor recuperación cardiovascular sin afectar negativamente al sueño nocturno. |
| Calidad y regularidad del sueño nocturno121–124,147,156 | Sueño suficiente, horarios relativamente constantes | NSQ, eje HHA, ritmos de cortisol/DHEA y melatonina | Mejor perfil de cortisol diurno, menor activación crónica del eje HHA, ritmos de melatonina más robustos, mejor organización circadiana global |
| Trabajo a turnos como «anti-modelo mediterráneo»142–144,147 | Turnos rotatorios, trabajo nocturno, ingestas tardías y desestructuradas | Desincronización NSQ-relojes periféricos, social jet lag extremo | Aumento de cronodisrupción, patrones dietéticos alejados de la Dieta Mediterránea, peor calidad de sueño y mayor riesgo cardiometabólico |
Componentes del estilo de vida mediterráneo relacionados con la crononutrición, los ritmos circadianos y sus principales mecanismos biológicos implicados.
AOVE: aceite de oliva virgen extra; BMAL1: brain and muscle ARNT-like protein 1; CLOCK: circadian locomotor output cycles kaput; CRY: cryptochrome; DHEA: dehidroepiandrosterona; GLP-1: péptido similar al glucagón tipo 1; HHA: eje hipotálamo-hipófisis-adrenal; NSQ: núcleo supraquiasmático; PA: presión arterial; PER: period.
La Dieta Mediterránea podría favorecer la salud circadiana a través de varios mecanismos interrelacionados que actúan sobre el marcapasos central y los relojes periféricos. En primer lugar, la distribución energética diurna propia de este patrón, concentrando la mayor parte de las calorías en las primeras horas del día, con comida principal al mediodía y cena frugal y relativamente temprana, alinea la ingesta con los periodos de mayor sensibilidad insulínica, mayor gasto energético y mejor capacidad de procesamiento metabólico116,148. Estudios de alimentación restringida en el tiempo y de modificación del horario de la cena muestran que adelantar las ingestas y evitar grandes cargas calóricas en la fase biológica nocturna mejora el control glucémico, la respuesta insulínica y algunos marcadores de peso corporal, así como parámetros del sistema circadiano como la fase de melatonina133,134,145,146.
El contenido nutricional de la Dieta Mediterránea refuerza estos efectos temporales mediante mecanismos hormonales y moleculares. Su composición rica en fibra, polifenoles y grasas monoinsaturadas y omega-3 se asocia a una respuesta glucémica más estable, a una mayor saciedad y a una modulación favorable de incretinas como el GLP-1 y la oxintomodulina150–152. En ensayos en pacientes con diabetes tipo 2, la Dieta Mediterránea ha demostrado aumentar los niveles posprandiales de GLP-1 y oxintomodulina en comparación con otros patrones dietéticos, lo que podría contribuir a mejorar la sensibilidad a la insulina, la regulación del apetito y la pérdida de peso151. Paralelamente, el predominio de grasas monoinsaturadas frente a grasas saturadas y la menor carga glucémica respecto a la dieta occidental se han vinculado con un mejor perfil de insulina y leptina, hormonas clave en la sincronización metabólica entre el tejido adiposo, el hígado y otros órganos periféricos116,150,152.
Los polifenoles propios de la Dieta Mediterránea, presentes en aceite de oliva virgen extra, frutas, verduras y otros alimentos vegetales, ejercen potentes efectos antioxidantes y antiinflamatorios que pueden modular directamente la fisiología circadiana. En modelos celulares y experimentales, diversos compuestos fenólicos han demostrado atenuar el estrés oxidativo, reducir la activación de vías inflamatorias y modificar la expresión de genes reloj, favoreciendo una oscilación más robusta de los ritmos moleculares44,154. Además, se ha descrito que el tipo y la cantidad de nutrientes ingeridos pueden influir en la amplitud y fase de los relojes periféricos en tejidos metabólicamente activos, de modo que patrones ricos en grasas saludables y fitoquímicos, como la Dieta Mediterránea, podrían contribuir a una mejor coordinación entre el reloj central y los relojes de hígado, músculo y tejido adiposo153.
En el plano psicosocial, la comensalidad característica del estilo de vida mediterráneo (comer en familia o con amigos, sentados a la mesa, sin pantallas y con tiempo para conversar) se ha asociado con mejor calidad global de la dieta, mayor adherencia a la propia Dieta Mediterránea y una mayor estructuración de las comidas, especialmente en familias con adolescentes75,130,131. Este contexto social favorece horarios relativamente regulares para desayuno, comida y cena, contribuyendo a alinear el «reloj social» con los principios de la crononutrición (horario, frecuencia y regularidad de las ingestas) y a reducir la disincronía tipo social jet lag, que se ha relacionado con menor adherencia a la Dieta Mediterránea y mayor índice de masa corporal en adultos jóvenes119,127,128. Además, comer sin prisas y en un entorno anticipatorio, en el que intervienen estímulos olfativos, visuales y sociales, favorece las respuestas de fase cefálica, como la liberación temprana de insulina, que preparan el aparato digestivo para la llegada de nutrientes y contribuyen a respuestas glucémicas más estables y predecibles155,157.
Finalmente, los componentes relacionados con el sueño y el descanso también forman parte de los posibles mecanismos que vinculan el estilo de vida mediterráneo con una mejor organización circadiana. La siesta breve (< 30min), tal y como se practica tradicionalmente tras la comida principal en muchos países mediterráneos, se ha asociado con una mayor activación parasimpática, una mejor variabilidad de la FC y descensos transitorios de la presión arterial, sin comprometer de forma relevante el sueño nocturno cuando se mantiene una duración corta135–137. Aunque algunos metaanálisis han descrito asociaciones entre la presencia de siestas diurnas, especialmente largas o frecuentes, y un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular y mortalidad, estos resultados parecen estar condicionados por la peor salud basal de los sujetos que tienden a dormir siestas prolongadas, y no permiten atribuir un efecto perjudicial a la siesta breve en individuos sanos72,139. Por otro lado, una mejor calidad de sueño, observada en quienes siguen la Dieta Mediterránea, se ha relacionado con una menor activación crónica del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal y con ritmos diurnos de cortisol y dehidroepiandrosterona más robustos y bien definidos, lo que se traduce en una mayor estabilidad del eje cortisol-melatonina y en una mejor organización circadiana global123,156,158.
En conjunto, estos mecanismos sugieren que la Dieta Mediterránea, entendida como un patrón que integra composición nutricional, horarios de ingesta, comensalidad y calidad del sueño, puede actuar como una estrategia de crononutrición particularmente coherente con la biología circadiana, contribuyendo a mejorar la homeostasis metabólica y cardiovascular.
Implicaciones prácticas y futuras líneas de investigaciónLa convergencia entre crononutrición y Dieta Mediterránea ofrece una base sólida para formular recomendaciones de salud pública que integren no solo qué y cuánto, sino también cuándo comer. Priorizar la ingesta energética en las primeras horas del día, con una comida principal al mediodía y una cena ligera y temprana, se alinea con los periodos de máxima sensibilidad insulínica y mejor capacidad de manejo glucémico, tal y como respaldan los estudios de modificación del horario de la cena y de distribución calórica a lo largo del día133,134. En este marco, la Dieta Mediterránea no solo aporta un perfil nutricional cardioprotector, sino también una organización temporal de las comidas que encaja de forma natural con las recomendaciones de la crononutrición.
La siesta breve tras la comida (< 30 minutos) podría recomendarse, con cautela, en contextos mediterráneos y en personas sin patología cardiovascular avanzada. La evidencia indica que favorece la estabilidad autonómica y la recuperación cardiovascular sin afectar al sueño nocturno si es corta, mientras que los efectos adversos se asocian principalmente a siestas prolongadas o a poblaciones no adheridas a la Dieta Mediterránea72,137,139. En paralelo, mantener rutinas consistentes de horarios de sueño e ingesta, factores tradicionales en la Dieta Mediterránea, contribuye a reducir el jet lag social y a mejorar la calidad global del sueño, factores clave para preservar la integridad del sistema circadiano128.
La dimensión social del estilo de vida mediterráneo ofrece también implicaciones prácticas relevantes. Fomentar, al menos, una comida compartida diaria, sin pantallas y en un entorno que favorezca la conversación, puede ayudar a sincronizar el «reloj social» con el biológico, modular el estrés cotidiano y mejorar la calidad global del patrón dietético75. En términos operativos, esto se traduce en promover horarios regulares para desayuno, comida y cena, evitar la ingesta desestructurada y «picoteos» nocturnos, y preservar espacios de comensalidad que favorezcan una ingesta más pausada y una mejor atención a las señales internas de hambre y saciedad.
De cara al futuro, se requieren ensayos clínicos que integren de manera explícita la Dieta Mediterránea con estrategias de alimentación restringida en el tiempo (p. ej., ventanas de ingesta diurna compatibles con la realidad laboral mediterránea) para evaluar posibles sinergias metabólicas y circadianas. Asimismo, sería deseable avanzar en la identificación y validación de biomarcadores circadianos clínicamente útiles (perfiles de melatonina y cortisol, patrones de actividad-descanso, variaciones de glucemia continua) que permitan monitorizar el impacto real de las intervenciones de crononutrición basadas en la Dieta Mediterránea. Finalmente, resultará crucial explorar la transferibilidad cultural de estos hábitos a contextos no mediterráneos, adaptando los horarios y la estructura de las comidas a distintas realidades laborales y sociales sin perder los principios fundamentales de la crononutrición.
En conjunto, la Dieta Mediterránea, por su composición y por la estructura temporal y social de sus ingestas, se configura como una estrategia de crononutrición natural capaz de mejorar la salud metabólica y cardiovascular, ofreciendo un marco práctico para alinear las recomendaciones dietéticas con la biología circadiana.
Conclusiones de la relación sobre Dieta Mediterránea y cronoturiciónLa Dieta Mediterránea se consolida como un modelo de crononutrición natural que alinea la organización temporal de la ingesta con los ritmos circadianos endógenos. La priorización del consumo energético en las horas de luz, junto con una cena temprana y frugal, favorece la sincronía entre el reloj central y los relojes periféricos, optimizando la sensibilidad insulínica y la eficiencia metabólica. Más allá de su composición nutricional —rica en polifenoles con capacidad moduladora de los genes reloj—, el estilo de vida mediterráneo integra elementos como la comensalidad y la siesta breve, que actúan como zeitgebers sociales y biológicos, reforzando la robustez circadiana y contribuyendo a la reducción del riesgo cardiometabólico y de la mortalidad general (fig. 3).
Conclusiones del presente articuloEn el presente consenso se han revisado las evidencias disponibles sobre la influencia en la salud de los factores no nutricionales de la Dieta Mediterránea, tradicionalmente representados en la base de su pirámide conceptual pero escasamente abordados de forma sistemática en la literatura científica. Estos factores se suman a otros componentes ya ampliamente establecidos del modelo mediterráneo, como la actividad física regular, una adecuada hidratación o la vida social activa. La evidencia reciente sugiere que elementos como la elección y el procesamiento de los alimentos, la comensalidad y la convivialidad, la organización temporal de la ingesta y la crononutrición, así como determinados patrones de descanso, pueden actuar como determinantes diferenciales de los beneficios para la salud asociados a este modelo de alimentación. A continuación, se sintetizan los principales mensajes clave identificados en cada una de estas áreas.
La Dieta Mediterránea debe entenderse como un patrón integral de alimentación y estilo de vida, cuyos beneficios sobre la salud cardiovascular no pueden explicarse únicamente por la composición nutricional de los alimentos.
La elección y preparación de los alimentos, priorizando técnicas culinarias mediterráneas tradicionales junto con productos de cercanía y de temporada, influyen en la cantidad, calidad y biodisponibilidad de los nutrientes y compuestos bioactivos de la dieta.
Las prácticas culinarias domésticas modulan la respuesta metabólica postprandial y procesos inflamatorios y oxidativos relevantes para la salud vascular.
La estacionalidad, proximidad y sostenibilidad de los alimentos se asocian a una mayor diversidad dietética y a una mejor calidad global del patrón alimentario mediterráneo.
La comensalidad, especialmente en contextos de comidas regulares, compartidas y sin distracciones digitales, mejora el proceso biológico de la ingesta, favoreciendo el tiempo de masticación, las señales de saciedad y la modulación neuroendocrina del apetito.
El contexto social de las comidas se asocia a una mayor activación de circuitos cerebrales de recompensa y bienestar, con potencial reducción del estrés y la ansiedad y efectos favorables sobre la adherencia dietética.
Los estudios que utilizan índices integradores de estilo de vida mediterráneo, como el MEDLIFE score, han sugerido asociaciones beneficiosas de la convivialidad y otros factores no nutricionales con desenlaces de salud, si bien se requieren más estudios para evaluar adecuadamente estos componentes y validar su aplicación en contextos no mediterráneos.
La organización temporal de las comidas y la crononutrición, incluyendo la concentración del consumo energético en las primeras horas de vigilia, se asocian a una mejor regulación metabólica, mayor sensibilidad a la insulina y menor inflamación postprandial.
La siesta corta (menor de 30 minutos), característica del patrón de descanso mediterráneo tradicional, se ha asociado a beneficios cardiovasculares y metabólicos, probablemente a través de la modulación del estrés, la función autonómica y la sincronización de los ritmos circadianos.
La integración explícita de los factores no nutricionales potencia la adherencia a largo plazo a la Dieta Mediterránea y amplifica sus beneficios más allá de la composición nutricional aislada.
La identificación y adaptación de estos usos y costumbres facilita la implementación del modelo mediterráneo en otros contextos socioculturales, permitiendo aproximaciones más fieles a su arquitectura conceptual y a sus efectos sobre la salud.
FinanciaciónEsta revisión no ha recibido ninguna subvención específica de organismos de financiación de los sectores público, comercial o sin ánimo de lucro.
Contribución de los autoresTodos los autores han participado en el diseño y la conceptualización de este manuscrito, así como en su revisión final y correcciones con el fin de aprobar y reconocer el contenido final de esta revisión. Igualmente, todos los autores han participado en la búsqueda bibliográfica y selección de la evidencia científica más relevante sobre la materia. Ninguno de los contenidos incluidos en esta revisión está siendo considerado para publicación en otra revista.
Conflicto de interesesNo existen conflicto de intereses relacionados con la elaboración de esta revisión.
Queremos dar las gracias al Centro de Investigación Biomédica en Red de Obesidad y Nutrición (CIBEROBN), CIBER de Diabetes y Enfermedades metabólicas (CIBERDEM), CIBER of Epidemiology and Public Health (CIBERESP), iniciativas del Instituto de Salud Carlos III de Madrid, España y a todas las Unidades que han participado en la concepción de este manuscrito.








