La obesidad se ha consolidado como uno de los principales determinantes de enfermedad crónica en las sociedades contemporáneas. Su prevalencia continúa aumentando en la mayoría de los países, impulsada por un conjunto complejo de determinantes sociales, culturales y económicos que han modificado profundamente los patrones de alimentación, actividad física y organización de los entornos, sobre todo urbanos1. La disponibilidad creciente de alimentos ultraprocesados, la reducción de la actividad física en la vida cotidiana y las desigualdades socioeconómicas constituyen factores que favorecen el desarrollo y la persistencia de la obesidad a escala poblacional. En este contexto, la obesidad no puede entenderse únicamente como el resultado de decisiones individuales, sino como la expresión clínica de un entorno obesogénico que condiciona de forma significativa la salud metabólica de las poblaciones.
La importancia epidemiológica de la obesidad deriva no solo de su elevada prevalencia, sino también de su estrecha relación con múltiples factores de riesgo cardiovascular. En este escenario, el tratamiento de la obesidad ha representado históricamente uno de los mayores desafíos para los sistemas sanitarios. Aunque las intervenciones sobre el estilo de vida siguen siendo la base del abordaje terapéutico, su efectividad sostenida a nivel poblacional ha sido limitada. Durante mucho tiempo, el exceso de peso se ha venido interpretando fundamentalmente como un problema de balance energético determinado por la ingesta y el gasto calórico. La investigación reciente ha puesto de relieve la complejidad de los sistemas neuroendocrinos que regulan el apetito, la saciedad y el metabolismo energético y la asociación consistente de la obesidad visceral con la hipertensión arterial, alteraciones del metabolismo de la glucosa y la dislipemia aterogénica, configurando el síndrome cardiometabólico. Estas alteraciones interactúan entre sí y contribuyen también de manera decisiva al desarrollo de enfermedad cardiovascular aterosclerótica, que sigue siendo la principal causa de morbimortalidad en los países occidentales. En los últimos años, además, se ha ampliado la comprensión de otros mecanismos considerados tradicionalmente menos clásicos y mediante los cuales la obesidad contribuye al riesgo cardiovascular, como la inflamación sistémica de bajo grado reflejada en biomarcadores como la proteína C reactiva ultrasensible, la hiperferritinemia asociada a inflamación metabólica, la esteatosis hepática asociada a disfunción metabólica o el deterioro progresivo de la función renal2,3.
La aparición reciente de nuevos fármacos antiobesidad basados en el eje incretínico ha modificado de forma sustancial este panorama. Estos tratamientos actúan precisamente sobre circuitos fisiológicos modulando señales centrales y periféricas relacionadas con el control del apetito y la regulación metabólica. Los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1), como semaglutida, y los agonistas duales del receptor GIP-GLP-1, como tirzepatida, han demostrado en ensayos clínicos reducciones de peso significativamente superiores a las obtenidas con terapias previas. Además, nuevas formulaciones orales en desarrollo, como la semaglutida oral de alta dosis o el agonista no peptídico del receptor GLP-1 orforglipron, podrían ampliar en los próximos años el acceso a estos tratamientos4–6.
Más allá de su efecto sobre el peso corporal, estos fármacos han mostrado beneficios consistentes sobre múltiples factores de riesgo cardiometabólico7,8. Las reducciones ponderales alcanzadas se acompañan de mejoras en el control glucémico, descensos de la presión arterial y cambios favorables en el perfil lipídico, particularmente en los niveles de triglicéridos y colesterol asociado a lipoproteínas aterogénicas. De forma paralela, diversos estudios han descrito reducciones en marcadores inflamatorios y mejoras en la esteatosis hepática asociada a disfunción metabólica9. La evidencia procedente de estudios de resultados cardiovasculares ha reforzado la relevancia clínica de estos hallazgos, mostrando que el tratamiento con agonistas del receptor GLP-1 puede reducir el riesgo de eventos cardiovasculares mayores incluso en personas con obesidad sin diabetes10,11. Estos datos sugieren que el tratamiento farmacológico de la obesidad podría tener un impacto directo en la prevención cardiovascular.
Este conocimiento ha contribuido a consolidar la idea de la obesidad como una enfermedad crónica, multifactorial y recidivante, lo que refuerza la necesidad de abordajes terapéuticos sostenidos y multidimensionales. Si estas terapias se incorporan de forma amplia a la práctica clínica, podrían producirse cambios relevantes en la epidemiología de la obesidad y de sus complicaciones metabólicas. Es plausible que la disponibilidad de tratamientos más eficaces contribuya a reducir la incidencia de diabetes tipo 2 y a mejorar el control de factores de riesgo cardiovascular en personas con obesidad12. Sin embargo, es probable que el impacto epidemiológico se manifieste no tanto en una reducción inmediata de la prevalencia de obesidad, sino en una modificación de su expresión clínica. Es decir, podríamos asistir a una transición hacia formas de obesidad con menor carga de complicaciones cardiometabólicas, en las que el control farmacológico del peso y del metabolismo atenúe parte del riesgo cardiovascular asociado.
No obstante, el entusiasmo generado por estos nuevos tratamientos debe ir acompañado de una reflexión prudente. La creciente demanda social y mediática de fármacos antiobesidad podría traducirse en un aumento considerable de su prescripción en los próximos años. Aunque los ensayos clínicos han demostrado su eficacia y seguridad a corto y medio plazo, la obesidad es una enfermedad crónica que requiere tratamientos prolongados, y la experiencia con otras terapias farmacológicas aconseja evaluar cuidadosamente su efectividad y seguridad en condiciones de práctica clínica real. Los efectos adversos gastrointestinales y los trastornos relacionados con la vesícula biliar asociados a estos medicamentos, son igualmente relevantes para la toma de decisiones clínicas en atención primaria y deben ser controlados apropiadamente. Además, el coste de estos tratamientos y las posibles desigualdades en el acceso podrían generar nuevas brechas en salud si no se integran adecuadamente en las políticas sanitarias.
En este contexto, la atención primaria ocupa una posición clave. Los profesionales de este ámbito son, en muchos casos, el primer punto de contacto de las personas con obesidad con el sistema sanitario y desempeñan un papel fundamental en la evaluación del riesgo cardiometabólico13, la indicación de tratamientos y el seguimiento longitudinal de los pacientes. La incorporación de los nuevos fármacos antiobesidad a la práctica clínica requiere un enfoque estructurado que permita identificar a las personas que más pueden beneficiarse de estos tratamientos y establecer objetivos terapéuticos que vayan más allá de la simple reducción del peso corporal. La mejora de la presión arterial, el control glucémico, la reducción de la dislipemia aterogénica o la disminución de la inflamación metabólica constituyen objetivos igualmente relevantes desde una perspectiva cardiovascular.
El manejo de la obesidad en atención primaria debe, por tanto, situarse dentro de un marco de atención multidimensional que combine intervenciones sobre el estilo de vida, tratamiento farmacológico cuando esté indicado y seguimiento continuado en el tiempo. Este enfoque permite integrar el tratamiento de la obesidad con la prevención cardiovascular, abordando simultáneamente múltiples factores de riesgo interrelacionados. En última instancia, el potencial transformador de los nuevos fármacos antiobesidad dependerá no solo de su eficacia farmacológica, sino también de la capacidad de los sistemas sanitarios para incorporarlos de forma racional dentro de estrategias de atención integral.
En definitiva, los avances recientes en farmacoterapia antiobesidad abren una nueva etapa en el abordaje de esta enfermedad. La posibilidad de intervenir de forma más eficaz sobre el peso corporal y sobre múltiples determinantes del riesgo cardiovascular podría modificar progresivamente la historia natural de la obesidad y de sus complicaciones metabólicas. Sin embargo, estos cambios solo podrán consolidarse si se integran en un enfoque amplio de salud pública y de atención clínica que reconozca la complejidad biológica y social de la obesidad. En este proceso, la atención primaria está llamada a desempeñar un papel central como espacio privilegiado para guiar decisiones terapéuticas, establecer objetivos clínicos realistas y acompañar a las personas con obesidad en un abordaje continuado y multidimensional de su salud.

