Hemos leído con atención el reciente artículo sobre el inicio de la lactancia materna y el contacto piel con piel (CPP) en países de Latinoamérica1. Si bien el estudio aporta datos valiosos que refuerzan la relación entre el CPP inmediato y el éxito de la lactancia, consideramos necesario señalar la brecha existente entre la evidencia científica y la compleja realidad asistencial.
Las autoras parecen omitir una variable determinante para la aplicabilidad de sus resultados: la carga de trabajo y la saturación del sistema sanitario. Implementar un CPP ininterrumpido que sea, además de eficaz, seguro para el recién nacido, exige una vigilancia activa del binomio que no siempre es factible.
En primer lugar, el CPP no debe entenderse como una tarea pasiva consistente en depositar al neonato sobre el torso materno. Según las guías clínicas, esta práctica exige una monitorización visual y física estrecha de la vía aérea2. No podemos ignorar que el 73% de los casos de colapso posnatal súbito (SUPC) ocurren durante las primeras 2h de vida3, periodo que el artículo describe como imprescindible para el contacto mantenido.
En segundo lugar, es imperativo desmitificar que el CPP sea una intervención de «coste cero». La vigilancia continua por personal cualificado requiere una adecuación de las ratios de matronas y enfermería pediátrica, medida que resulta hoy inalcanzable en muchos entornos con recursos limitados.
En el contexto actual de precariedad asistencial, fomentar el CPP ininterrumpido sin garantizar la supervisión profesional no solo es inasumible, sino que puede derivar en una temeridad clínica. Sin un refuerzo real de las plantillas en las unidades de maternidad, estas recomendaciones corren el riesgo de quedar en meros postulados teóricos, peligrosamente alejados de los estándares de seguridad que nuestros pacientes requieren.

